19 mar 2010

CANGREJOS por Jean-Paul Dutronc


Le vigilaban, atisbaban con sus
ojillos maléficos el más leve de sus
movimientos...
No podía dar crédito a lo que
sus ojos veían, pero, sin duda, un
ejército de cientos de miles de
soldados acorazados habían
invadido sus dominios y le tenían
en estado de sitio.

Descorrió las cortinas de la ducha, y ya iba a poner un pie en el suelo, cuando advirtió horrorizado que todo el piso del cuarto de baño estaba lleno de cangrejos.
Con el corazón palpitando furiosamente dentro de su pecho, corrió de nuevo las cortinas de plástico y trató de serenarse. No resultaba en absoluto razonable, pero la verdad era que había podido comprobar por sus propios ojos que, no bien los dedos de sus pies rozaron inadvertidamente los caparazones de aquellos crustáceos, cientos de pinzas se abalanzaron anhelantes deseando hundirse en su carne.
Se frotó los ojos con las manos y después las pasó por la húmeda cabellera. Las gotas de agua comenzaban a secarse sobre su piel, que se enfriaba rápidamente.
Abriendo de nuevo el grifo, dejó que el agua corriera sobre su cuerpo. Aplicó la ducha directamente encima de la nuca y sintió una agradable sensación de tibieza y una gratificante relajación. Sonrió para sus adentros y movió la cabeza negativamente considerando lo absurdo de aquella fugaz fantasía. Un chasquido le hizo volver a la realidad.
Atisbando por la abertura de la cortina, vio el toallero y un extremo del armario situado junto al lavabo. Fue descorriéndola poco a poco, y, con cierta aprensión, dirigió la vista hacia el suelo. Allí estaban. Formando un inquieto estrato que se ondulaba perezosamente, unos encima de otros, se apilaban los cangrejos, que, apenas advirtieron su presencia, comenzaron a agitarse nerviosamente. hasta él se elevó un murmullo de chasquidos, y cientos de pinzas se alzaron como implorando algo que ni quiso imaginar. Innumerables pares de ojos, inquietas cabezas negras de alfiler, se agitaron para terminar confluyendo en su persona.
Cerró otra vez las cortinas, y recluido en aquel estrecho cubículo, procuró serenarse y afrontar con tranquilidad la insólita situación. Los cangrejos estaban allí. Aquella segunda ojeada había sido suficiente para apreciar que no se trataba de ninguna broma de su imaginación. Preguntarse de dónde habían salido, cuántos eran, o qué esperaban, no iba a conducirle a nada. El suelo del cuarto de baño estaba plagado de cangrejos; las pinzas de tales crustáceos podían causar daño; la aprensión de su carne desnuda por parte de semejante número de fuertes tenazas podía producirle la muerte: tales eran los hechos.
Dejando al margen, por tanto, cualquier consideración acerca del origen de aquella estrambótica situación, lo único que debía interesarle era cómo salir de la bañera y abandonar el cuarto de baño sin que las pinzas de aquellos bichos hicieran presa en su cuerpo.
La puerta distaba cerca de dos metros, por lo que rechazó de inmediato la idea de correr alocadamente hacia ella. Suponiendo que tuviera la suerte de no ser apresado, lo más probable era que sus pies resbalaran sobre aquellos caparazones y, una vez en el suelo, no habría nada que hacer. Incluso, si conseguía alcanzar la puerta incólume, ¿quién le decía que cientos o miles de inquietas patitas terminadas en fuertes pinzas no le aguardaban anhelantes sobre el suelo del pasillo y del dormitorio? Desde el momento en que había sucedido lo que sus ojos estaban contemplando, aquella situación podía hacerse extensible, por la misma desquiciada lógica, al resto de la casa.
Estornudó varias veces. Las toallas estaban demasiado lejos para poder alcanzarlas desde la bañera, y, si no quería atrapar un resfriado atroz, la única solución, en tanto hallara una salida para aquella absurda situación, era continuar duchándose de vez en cuando.
Furioso y asustado, tomó la pastilla de jabón y la lanzó contra el lugar en que era mayor la concentración de cangrejos. La pastilla rebotó contra el caparazón de un gran crustáceo, que le miró fijamente agitando sus enormes pinzas, y después fue a aparar cerca del inodoro. El susto que le invadía subió de grado al comprobar que varios cangrejos se abalanzaban sobre ella y, cuarteándola con sus tenazas, la devoraban en un abrir y cerrar de ojos sin que, al parecer, sufrieran el más mínimo trastorno. Ahora se encontraba convencido de que, si acaso se le ocurría poner el pie en el suelo, quedaría descarnado en cosa de segundos.
Uno de los bichos intentó escalar los baldosines y trepara hasta el borde de la bañera, pero desistió al segundo intento. La pulida superficie resultaba tan resbaladiza que hacía imposible la ascensión.
Mientras dejaba correr el agua tibia por su cuerpo, se le ocurrió la idea de cocer a los cangrejos. ¿No era aquel el procedimiento que se empleaba para matarlos?
Procurando que el agua caliente no le quemara los pies, los colocó en el borde de la bañera, y en aquel difícil equilibrio, abrió por completo el grifo. Instantes después, el agua salía casi hirviendo, y una atosigante nube de vapor obstaculizaba su visión.
Cuando consideró que la temperatura era la máxima que podía ser alcanzada, apartó las cortinas y dirigió el chorro hacia los cangrejos, que, al sentir sobre sus caparazones el ardiente líquido, hicieron crujir sus pinzas y las entrechocaron furibundamente.
Satisfecho, sonrió, y la alegría por su inminente triunfo fue transformando la sonrisa en una carcajada incontenible. Rió y rió hasta que, en uno de los accesos, advirtió que perdía el equilibrio, y por un momento temió caer sobre los cangrejos, pero en el último segundo realizó una brusca torsión y se derrumbó sobre la bañera produciéndose un agudo dolor en las rodillas y el la espalda. Un instante después, la manguera de la ducha, que había soltado en su caída, se balanceó sobre él y un chorro de agua hirviente le abrasó arrancándole un alarido desgarrador.
Como pudo, alcanzó el grifo del agua caliente y lo cerró por completo. El muslo derecho se le enrojeció violentamente y el dolor de la quemadura ocultó, de momento, el producido por la caída sobre la bañera. En aquel lastimoso estado, esperó a que se despejara la nube de vapor.
Cuando la atmósfera se clarificó lo suficiente, advirtió que los cangrejos continuaban allí. Tan sólo dos o tres de ellos yacían patas arriba sin vida. El color de los caparazones de sus víctimas se había vuelto violentamente rojo.
Aunque dolorido por el golpe, y con lágrimas en los ojos debido al escozor de la quemadura, se sintió aliviado al comprobar que el sistema había dado resultados. Tan sólo era cuestión de actuar con serenidad y lanzar el chorro contra los crustáceos procurando que no le alcanzara a él mismo.
Situándose de tal modo que hurtaba su cuerpo a las salpicaduras del agua caliente, volvió a abrir el grifo a tope. El ardiente líquido se abatió contra los cangrejos, y, nuevamente, una nube de vapor invadió la estancia. Pero, cuando ya gozaba por anticipado de su triunfo, se dio cuenta de que, a pesar de mantener el grifo abierto, la nube de vapor comenzaba a disiparse. Unas gotas de agua salpicaron su mano y pudo apreciar que la temperatura del chorro descendía ostensiblemente. Al instante comprendió lo que estaba ocurriendo. Antes de introducirse en el baño había sopesado la bombona de gas sospechando que su contenido estaba ya en las últimas, pero, suponiendo que quedaba lo bastante para una ducha, había decidido arriesgarse. Aquel resto de gas había sido suficiente, tal y como imaginó, para una ducha, pero sólo para una.
Cuando la nube de vapor se disipó, creyó notar que el número de cangrejos había aumentado, y, mirando el baldosón de la pared más cercano al suelo, comprobó que el estrato de crustáceos lo ocultaba casi en sus tres cuartas partes.
Dolorido, y tiritando de frío por no poder secarse, se esforzó en hallar una solución a tan insólita situación. Podía arrancar las cortinas que rodeaban la bañera y tenderlas sobre el suelo para caminar sobre ellas hasta la puerta, pero ¿estaría libre de crustáceos el pasillo? ¿Sería posible matarlos uno a uno machacándolos con el frasco de gel?, se dijo.
Quizá fuera una tarea ardua, pero, ni corto ni perezoso, tomó el pesado recipiente de plástico y, sin soltarlo, lo dejó caer por su base sobre uno de los cangrejos. Se oyó un crujido, y el cangrejo movió espasmódicamente sus pinzas durante un momento. Luego quedó inmóvil.
Alentado por aquel éxito inicial, que había enfurecido a los demás animales, los cuales hacían chasquear nerviosamente sus pinzas, dejó caer el frasco sobre otro cangrejo, y después sobre otro, y, produciendo un movimiento de vaivén, despejó, bamboleando el recipiente, un espacio delante de la bañera, lo que al instante comprendió que no le favorecía porque los cangrejos, avisados, se retiraban por propia iniciativa, d forma tal que, tras haber acabado con unos cuantos, no pudo alcanzar a ninguno más.
De pronto vio que, escalándolo por la parte de atrás, dos o tres cangrejos se sumergían en las profundidades del inodoro. ¿Estarían iniciando la retirada, si es que aquella había sido su vía de acceso?
Continuó a la expectativa, pero no vio que ningún otro crustáceo los siguiera. Sin duda se trataba de una avanzadilla exploratoria.
Decidió esperar el desarrollo de los acontecimientos. la marea que inundaba el suelo del cuarto de baño pareció aquietarse, y el ingente número de crustáceos parecía también a la expectativa.
De pronto, experimentó un agudísimo dolor en los dedos de los pies. Miró hacia abajo y comprobó aterrado que un cangrejo había hecho presa en su dedo meñique. Otros dos pequeños bichos, surgiendo por el agujero del desagüe, corrían hacia él.
Aterrado, comenzó a dar saltos en la bañera pretendiendo desasirse de las pinzas que aprisionaban su dedo y le causaban un dolor insufrible. Utilizando la esponja, empujó a los dos crustáceos fuera de la bañera, y, tomando el frasco de gel, lo dejó caer sobre el que había hecho presa en su dedo. Una vez despanzurrado, no por eso aflojó la presión de su pinza, y tubo que ser é quien, a costa de ímprobos esfuerzos, se librara de la espantosa presión de aquellas duras y cortantes tenazas.
Rápidamente obturó el desagüe mediante el tapón, y después arrojó el cadáver del cangrejo sobre sus camaradas. Al asomarse al borde de la bañera advirtió que, haciendo uso de una nueva estrategia de ataque, los crustáceo intentaban introducirse en al pileta trepando sobre el cuerpo de los otros, que formando un montón, facilitaban así el ascenso a los que venían detrás.
No le fue difícil desmoronar aquella torre, pero desde entonces tuvo que permanecer atento porque, al menor descuido por su parte, volvían a intentarlo.
Al poco, se dio cuenta de que una gran quietud se extendía entre los cangrejos. Apenas si realizaban algún movimiento, y había cesado aquel incesante chasquear de sus pinzas: ni siquiera le miraban.
Retirados de la bañera, y agrupados cerca de la pared, parecían en actitud reflexiva. Hubiera jurado, incluso, que se comunicaban silenciosamente entre ellos de la misma forma que un grupo de asaltantes, rechazados al primer intento, reagrupan sus fuerzas y trazan los planes de una nueva estrategia.
Aprovechando que la zona cercana a ala puerta se hallaba momentáneamente despejada, no atreviéndose a poner el pie en el suelo, desenganchó las argollas que sujetaban una de las cortinas de plástico y, tomando la barra metálica, actuó a distancia sobre el picaporte de la puerta, que se fue abriendo poco a poco.
El suelo del pasillo era un hervidero de crustáceos, cuyos caparazones relucían reflejando la escasa luz procedente de la ventana del patio.
Durante un momento, aquella masa de cangrejos pareció vacilar, y, al segundo siguiente, echaron a correr en tropel. Con ayuda de la barra dio un fuerte empujón a la puerta, que volvió a cerrarse, y, a continuación, sintió el ruido producido por las patas de loa animales al arañar furiosamente la madera.
Considerando lo absurdo de la situación a punto estuvo de abandonar la bañera sin ningún tipo de precauciones, pero, finalmente, la prudencia le contuvo. Supuso que serían cerca de las once. Sentía dolorido el cuerpo, especialmente en las zonas en que se había golpeado al caer sobre la bañera, y los continuos estornudos eran la señal de que habían atrapado un formidable catarro. ¿Cómo disculparse en la oficina por llegar con un retraso de dos horas? ¿Con qué cara iba a ser capaz de explicar el asunto de los cangrejos?
En aquel momento sonó el timbre y los cangrejos se inmovilizaron aún más. A continuación oyó que se cerraba la puerta de entrada. La mujer de limpieza acostumbraba a llamar antes por si él se encontraba en la casa, a pesar de que disponía de una llave propia. «¡Brígida!», exclamó con toda la fuerza de sus pulmones. Tras unos instantes de silencio, oyó la voz de la asistenta. «¿Señor?», dijo, todavía desde el vestíbulo. «¡Brígida!», gritó nuevamente sin saber qué añadir a continuación.
La imaginó despojándose parsimoniosamente de su abrigo y depositando en una silla del recibidor las eternas bolsas de plástico que siempre llevaba consigo. A continuación oyó sus pasos bajando los dos escalones que conducían al salón, y permaneció atento al menor ruido. «¿Está usted ahí, señor?», decía mientras se aproximaba al cuarto de baño. El contuvo la respiración extrañado de no oír el crujir de caparazones bajo el considerable peso de su asistenta.
Un momento antes de que Brígida alcanzara la puerta del baño, percibió una ligera exclamación de sorpresa, y, acto seguido, una frase pronunciada en voz baja llegó hasta él a través de la puerta cerrada. «¿Qué es esto», se preguntó la mujer. «Pero...», comenzó a decir.
Un alarido formidable surgió de la garganta de Brígida, y su exclamación se confundió con el rumor de cientos de patas que corrían a su encuentro. La mujer dio dos o tres pasos quejándose lastimeramente, y a continuación pareció que se derrumbaba muy cerca de la puerta del cuarto de baño .Los cangrejos, agrupados junto a la pared de baldosines, se removieron inquietos y clavaron en él sus ojos como pequeños y diminutos botones negros.
«¡Jesús!», suspiró la asistenta con voz ahogada. Después lanzó varios gritos desgarradores y no se volvió a oír más que el rumor de cientos de patas y el chasquido de sus pinzas. A los pocos minutos un hilillo de sangre se coló por debajo de la puerta.
Un crujido, una serie de crujidos simultáneos, comenzaron a legar desde el pasillo. Era como si un gran número de tijeras se desplazara sobre una pieza de tela gruesa deshaciéndola en fragmentos. El flujo de sangre continuó derramándose sobre los baldosines del cuarto de baño, y algunos de los cangrejos se excitaron al sentirse bañados en él; movieron sus patitas e hicieron crujir sus pinzas en inquietante aplauso. Por toda la casa se extendió un nauseabundo olor a vísceras calientes expuestas al aire, y los crujidos procedentes del pasillo continuaron incesantes y monótonos.
Cuando la fetidez inundó el cuarto de baño, la masa de cangrejos se removió inquieta y algunos de los animales alzaron las pinzas haciéndolas oscilar a derecha e izquierda como estimulados por el olor de la carne. Después, se fueron desplegando, y abandonando el montón en el que desde hacía rato se habían constituido, ocuparon toda la superficie de baldosas hasta el borde mismo de la bañera.
Con ayuda de la barra de la cortina, fue abriendo poco a poco la puerta mientras los crustáceos situados junto a ella se dejaban arrastrar remolonamente. Muy cerca del marco pudo ver un bulto informe en el suelo. Sobre él deambulaban inquietos centenares de cangrejos que continuaban atentos su tarea de despedazamiento. Un grito de horror escapó de sus labios y un sentimiento de náusea invadió su garganta cuando vio a lo que había quedado reducida la asistenta.
Empujando la puerta con la barra metálica consiguió cerrarla otra vez temiendo la invasión de los crustáceos que, al parecer, habían ocupado toda la casa. Se acurrucó en un extremo de la bañera y a punto estuvo de prorrumpir en amargas lágrimas de impotencia.
Algunos minutos más tarde, se quietó la actividad del pasillo, y el incesante rumor, el constante cortar y machacar, fue sustituido por el significativo silencio que suele suceder a los almuerzos copiosos. Mientras tanto, los cangrejos, uno a uno, como si calcularan perfectamente el peso que podía resistir, comenzaron a trepar por una de las toallas de baño, y, caminando por el filo del lavabo, pretendían aproximarse a la bañera.
Tomando la ducha de mano, intentó rechazarlos de igual modo que se hace con un grupo de manifestantes, cosa que no resultó difícil; pero, al efectuar aquella maniobra, la toalla de baño, por donde los cangrejos ascendían, quedó completamente empapada, lo que unido a la equilibrada posición en que se encontraba, contribuyó a aumentar la solidez y estabilidad de aquella improvisada escala.
Al mismo tiempo, simultaneando el ataque por aquel frente, los crustáceos formaron una torre junto a la puerta, y así, unos sobre otros, se constituyeron en un montículo por el que otros congéneres trepaban ágilmente con la intención de deslizarse dentro de la bañera.
Teniendo que atender a dos frentes a la vez, la situación se hizo más difícil, aunque todavía sostenible. Los cangrejos parecían dotados de un irracional i limitado valor sin que la destrucción de algunos de sus compañeros les arredrara en absoluto. Todo lo que deseaban a juzgar por su contumacia ciega era apresar y desgarrar la carne humana con sus fuertes pinzas.
Poco más tarde, algunos crustáceos, cuyo número parecía no disminuir, cayeron dentro de la bañera e intentaron hacer presa en sus pies.
Rechazándolos como pudo, comprendió que la defensa en aquel reducto no podría ser sostenida durante mucho tiempo. A pesar de su aparente lentitud, los cangrejos afluían en tal número, que superaban con mucho su capacidad de movimientos.
Sin dejar de rociar con el agua a presión a los invasores, abrió como pudo la puerta con ayuda de la barra: cientos y cientos de cangrejos reposaban sobre el suelo del pasillo y sobre los restos descarnados de lo que había sido Brígida. Parecían encontrase en una especie de letargo posterior al festín, y mientras se defendía de los más próximos, consideró la posibilidad de salir corriendo aprovechando aquella circunstancia y abandonar la casa.
Algunos de los más feroces habían entrado ya en la bañera e intentaban aferrarse a los dedos de sus pies. Soltó la ducha ciego de ira y de terror, y puso los pies sobre los resbaladizos caparazones de los crustáceos, que ocultaban el suelo del cuarto de baño. Al instante, decenas de fuertes pinzas se incrustaron en su carne y experimentó dolores agudísimos.
A grandes zancadas salió al pasillo advirtiendo que el peso de sus pies aumentaba considerablemente debido a la cantidad de cangrejos que, como imperdibles, traspasaban su carne. Al pisar los caparazones de los durmientes, todo el suelo se convirtió en un hervidero.
Saltando sobre los restos de Brígida, se encaminó hacia la salida aullando de dolor y sintiéndose cada vez menos ágil.
Al llegar al vestíbulo comprendió que por allí nunca conseguiría abandonar la casa. Cientos, miles de crustáceos se amontonaban sobre el piso del vestíbulo formando una infranqueable muralla, por lo que, cada vez más lentamente, corrió hacia el dormitorio y se encerró en él. Milagrosamente, el suelo de la alcoba se hallaba completamente despejado de animales.
Agachándose, y dando gracias por hallarse momentáneamente a salvo, se arrancó los cangrejos de sus pies y de sus pantorrillas llevándose con ellos fragmentos de tejido. Al cabo de cinco minutos había conseguido desprenderse de todos los bichos, y a causa de la excitación de que era presa, no experimentaba ningún dolor pese a tener los pies y las piernas destrozados.
No bien hubo finalizado su tarea, se oyeron crujidos en la parte baja de la puerta. Poco después la madera más próxima al suelo comenzó a partirse y a desmigajarse: innumerables pinzas socavaban los bajos de la puerta.
Ciego de terror, fue retrocediendo hasta encontrarse a la altura del lecho. Desde allí contempló cómo la madera cedía y, finalmente, una inmensa riada de cangrejos invadió el dormitorio encaminándose con determinación hacia donde él se encontraba; y el empavorecido habitante de aquella casa, al no encontrar otra escapatoria que la ventana de un onceavo piso, saltó sobre la cama y se sumergió en ella cubriéndose con las mantas. AL instante se sintió presa de cientos de fuertes garfios, y su cuerpo, en vez de reposar sobre las sábanas, se estremeció al contacto con los ásperos caparazones de los cangrejos que se habían refugiado, esperándole pacientemente, en el interior del lecho.
Tras unos instantes de forcejeo, se sintió completamente inmovilizado. La interminable procesión de animalillos llegó hasta el pie de la cama, y trepando por las patas torneadas, se abalanzó sobre el infeliz que yacía desnudo y apresado.
Pocas horas más tarde, un esqueleto humano, casi completamente limpio, podía contemplarse sobre las sábanas empapadas en sangre. En el suelo del pasillo, una segunda osamenta yacía en una forzada posición, y sobre las baldosas del cuarto de baño, algunos otros pequeños y aplastados cadáveres completaban el insólito cuadro.

2 mar 2010

NORIKO por Pedro Montero




Aprovechó la generosidad de un amigo y empleó todo su talento fabulador, todas las fuerzas de su imaginación de escritor en conjurar el destino de unos personajes creados por él y que le acosaban, ahora, desde el lejano Japón medieval


Anoche estaba escribiendo en mi estudio y supongo que me quedé dormido. De pronto se abrió la puerta suavemente y apareció, tan bella, tan pálida como siempre, Noriko, que, arrodillándose en el umbral, colocó las palmas de sus manos en el suelo delante de sus rodillas y se inclinó ladeando ligeramente el cuerpo en una ceremoniosa reverencia. Los adornos de plata sujetos a su pelo tintinearon cuando su frente rozó el entarimado y una flor de cerezo cayó al suelo, desprendiéndose del minúsculo ramo tramado a su negra cabellera. Un instante después se levantó y, ajustándose honestamente el kimono de un rosa desmayado, salió de la estancia, invitándome con un gesto a que la siguiera. Hubiera querido ver sus ojos, pero en todo momento su mirada permaneció clavada modestamente en tierra.
La seguí durante largo rato, manteniéndome unos pasos detrás de ella, y aunque de vez en cuando la nieve se arremolinaba y su figura se hacía borrosa hasta casi desaparecer, sus leves pisadas dejaban huellas en el campo que los copos tardaban algunos momentos en borrar.
Un instante antes de entrar en el templo se volvió hacia mí y entonces pude ver sus ojos almendrados en los que temblaba una lágrima. En su mirada no había odio ni rencor; sólo un mudo reproche que me hizo desviar la vista de su pálido rostro. Cuando volví a mirar ya no la vi. Penetré en le recinto, pero ella había desaparecido. De pronto comprendí. Atravesé velozmente el patio en dirección al pabellón de clausura dispuesto a violar el sagrado aislamiento, cuando, desde la baranda que rodea el piso superior, una figura blanca se precipitó en el vacío. Un pañuelo de seda la siguió mansamente y se posó a su lado momentos después como un eco de su caída. Desde donde me encontraba pude ver cómo el kimono rosa de Noriko se tornaba de un rojo bermellón.
Es una pesadilla que me obsesiona cada noche —explicó el novelista—; desde que escribí ese cuento sueño constantemente con Noriko, asisto a todos los avatares de su desgraciada historia y, finalmente, soy testigo de su horrenda muerte sin poder evitarla. Todas las noches entro en el templo, me detengo unos instantes, buscándola, y veo caer su cuerpo desde una gran altura. Luego el kimono se tiñe de rojo con su sangre.
—¿Cuál es el argumento de ese obsesivo relato?— pregunté yo.
El autor encendió un cigarrillo y se dispuso a resumirme la historia que él mismo había ideado y de la que ahora le era imposible liberarse.
—El argumento que se desarrolla en el Japón medieval —comenzó mi amigo—. Una muchacha, Noriko, es forzada a contraer matrimonio con un poderoso señor feudal llamado Takura. La piedad hacia sus padres impide a Noriko rebelarse contra su destino, pero el azar provoca que la joven conozca a un extranjero del cual se enamora y con el que se comunica por medio de una fiel criada: Natsumi. Entre los dos traman la huida, pero en el último momento el amante renuncia a llevarse a Noriko por miedo a las represalias de su esposo y huye solo. La muchacha, desesperada, decide poner fin a su vida arrojándose desde lo alto del templo y allí acude con su fiel criada que lamenta la espantosa e inexorable decisión de su ama. En el último momento el extranjero se arrepiente de su decisión y vuelve. Corre hasta el templo donde sabe que se encuentra su amada y, una vez allí, la busca desesperadamente. Noriko le ve desde lo alto de uno de los pabellones al que ha ascendido con intención de quitarse la vida, pero es demasiado tarde. Ha ofrendado a los dioses su propia inmolación y tanto las divinidades como los fantasmas de sus antepasados se vengarían en ella misma y en la persona de su amante si dejara de cumplir su promesa y mancillara su honor. De este modo, para evitar que caiga sobre el extranjero la maldición divina, se arroja desde lo alto y muere.
—Bonita historia —dije yo cuando hubo terminado de narrarla—. ¿Porqué no la has incluido en tu último libro si hace tiempo que la tienes escrita?
—Ni yo mismo lo sé —repuso mi amigo—. Tardé tanto tiempo en escribirla, puse tanto cariño en ella, que he llegado a creérmela. Ni que decir tiene —continuó— que, como ocurre siempre con todos nuestros personajes, la mayoría de ellos suelen ser prolongaciones de nosotros mismos, desarrollos de una faceta de nuestra propia personalidad —explicó, pero en este caso, me temo que he ido demasiado lejos al identificarme por completo con el extranjero de mi historia.
Adivinando lo que yo pensaba, pero que la prudencia me impedía formular abiertamente, confesó:
—Yo fui protagonista de una historia parecida, que terminó tan trágicamente como ésta. Siempre he lamentado haber sido cobarde en una ocasión en que los hechos me exigían haber actuado con cierta gallardía y con un arrojo que estuve muy lejos de manifestar —concluyó.
Como yo expresara la opinión, que él sin duda compartía, de que las ideas subconscientes y los soterrados sentimientos de culpabilidad se valen para exteriorizarse en ciertos momentos en que descuidamos la guardia, como han hecho patente los psiquiatras, le propuse un juego que concebí en aquel mismo momento, a fin de que lograra liberarse de su angustia.
—Eminentes hombres de ciencia aseguran —expliqué—
que para disipar los sentimientos de culpabilidad, ya provengan de actuaciones que los justifiquen, o sean frutos de una mente enfermiza o de cierta estrechez de conciencia, el único remedio eficaz es su exteriorización mediante el empleo de ciertas técnicas reservadas a los médicos psiquiatras. Pero a mí se me ocurre —manifesté— que tú mismo puedes libertarte de esas inculpaciones mediante un tratamiento correctivo que, debido a tu profesión, estás en condiciones de autoaplicarte.
Como mi amigo mostrara sumo interés en mis observaciones continué diciendo:
—Parece ser que en tu caso no te ha servido de nada poner de manifiesto, aunque de forma simbólica, los sentimientos que te imputas. Por tanto —proseguí—, trata de modificar esas acusaciones contra ti mismo por un camino inverso.
—¿Qué camino es ése y qué procedimiento he de emplear? —me preguntó, sumamente interesado.
—Modifica tu historia. Escribe otra narración referida a las mismas situaciones y en la que intervengan los mismos personajes, pero con un final distinto en el que exoneres de toda culpa al extranjero de la historia; es decir, a ti mismo.

«Seguí a Noriko durante largo rato, manteniéndome detrás de ella, y aunque de vez en cuando la nieve se arremolinaba y su figura se hacía borrosa hasta casi desaparecer, sus leves pisadas dejaban huellas que los copos tardaban algunos momentos en borrar…
… Atravesé rápidamente el patio en dirección al pabellón de clausura dispuesto a violar el sagrado aislamiento, cuando, desde la baranda que rodea el piso superior, una figura blanca se precipitó en el vacío. Un pañuelo de seda la siguió mansamente y se posó a su lado momentos después como un eco de su caída. Desde donde me encontraba pude ver cómo el kimono rosa de Noriko se tornaba de un rojo bermellón.
Permanecí unos instantes inmóvil, con el corazón inmóvil, con el corazón atenazado por un amargo dolor, y de pronto algo llamó mi atención. Me arrodillé junto al cadáver, al que la nieve iba ocultando piadosamente, y pude ver que sus pies estaban cubiertos con un calzado grosero y de factura basta, cuya hechura no correspondía ni al gusto ni a la clase social de Noriko. Movido por una terrible sospecha, que sin embargo hizo nacer una llama de esperanza en mi corazón, me abalancé hacia las escaleras que conducían al pabellón más alto y subí, precipitadamente, sin detenerme ni una vez ni tomar el aire que exigían mis pulmones. Una vez en el piso superior corrí por la terraza a riesgo de estrellarme contra la barandilla, que sin duda hubiera cedido ante el embate de mi cuerpo, y penetré por una puerta abierta en la fachada que da al patio. Allí, en la oscuridad, arrodillada y temblorosa, implorando sin duda el perdón de sus dioses, se hallaba Noriko.»
—Bien —declaré cuando mi amigo llegó a este punto—. Está claro que lo que te atormentaba era el suicidio de la muchacha. De esta forma, recurriendo a esa estratagema, Noriko no muere y podéis huir juntos y felices. Pero ¿y la maldición de los antepasados ante la promesa incumplida? ¿Y quién se arrojó desde lo alto en sustitución de Noriko? —pregunté.
Tomando un último folio, que yo no había visto, mi amigo continuó la lectura.
«Cuando Noriko me vio entrar alzó una de las mangas de su kimono y ocultó el rostro tras ella, indicándome con este gesto que no me aproximara ni intentara mirar su faz. Ante mis súplicas, accedió a contarme lo sucedido.
Cuando yo huí cobardemente, sin acudir a la cita que por medio de su criada habíamos concertado con el fin de escapar juntos, ella, desesperada, decidió poner fin a su vida, arrojándose desde lo alto del templo, y así se lo comunicó a Natsumi, la cual, con el rostro bañado en lágrimas, ayudó a su señora a ataviarse como correspondía a aquella solemne ocasión.
A continuación, Noriko se despidió de su doncella y, tras dedicarse a la oración durante cierto tiempo, emprendió el camino del templo con la intención de quitarse la vida.
Subió con decisión no exenta de amargura las escaleras que conducen a lo alto del pabellón, y cuando se disponía a salir a la terraza, con el fin de acometer el cumplimiento de su fatal determinación, vio allí a Natsumi que, vistiendo un kimono de su señora y cubierto su rostro con un pañuelo de seda para engañar a los dioses, había decidido inmolarse en su lugar. Tanto era el amor que profesaba a su ama.
Yo narré a mi vez a Noriko la parte de la historia que ella desconocía.
Tan pronto como comprendí la vileza de la acción que estaba a punto de cometer, regresé a la mansión de mi amada y, evitando la entrada principal, me asomé a una de las ventanas traseras después de ocultarme unos instantes para evitar ser visto por alguien que abandonaba la casa bajo aquella tormenta de nieve. Natsumi se desesperó al verme y al saber que regresaba con la intención de llevarme a su ama. Se retorció las manos silenciosamente, no tanto porque advertir a Noriko de mi decisión fuese todavía imposible, sino porque, conocedora de la solemne promesa de su ama, estaba en condiciones de saber que, si su señora decidía romperla, caería sobre ella la maldición de los dioses y la de sus antepasados durante el resto de sus días.
Así pues, la fiel sirviente tomó la decisión de inmolarse en lugar de su dueña y asumir de esa manera la terrible cólera de las divinidades.
Vistiendo un kimono de su señora, y cubriéndose el rostro con un pañuelo de seda, llegó al templo por medio de un atajo casi al mismo tiempo que Noriko, a la que yo no había reconocido cuando la vi salir por la puerta trasera de su casa. Mientras su ama oraba unos instantes y quemaba una vara de incienso ante el altar de los dioses, Natsumi subió las escaleras hasta lo alto del pabellón y se arrojó al vacío, liberando así a su ama de la terrible promesa contraída y abriendo el camino para su felicidad.»

Algunas noches más tarde de los acontecimientos que acaban de ser narrados me hallaba cenando en casa de unos conocidos que también lo eran de mi amigo el escritor. Les conté la curiosa historia del relato que éste había escrito, guardándome de citar aspectos que pudieran inducir a pensar que el trasfondo del cuento tenía una base real. Pero, ante mi asombro, la mayoría de los presentes interpretó los hechos como fiel reflejo de una desgraciada historia amorosa de la que nuestro común amigo había sido protagonista hacía algunos años. Al parecer, yo era el único en ignorar los pormenores de aquellos sucesos.
Cuando me disponía a pedir discretamente algunas precisiones sonó el timbre del teléfono y la dueña de la casa me hizo saber que la llamada era para mí.
Se trataba de mi amigo el escritor, pero su voz era tan extraña y apagada que apenas pude reconocerla, y podría asegurar que otro tanto le había ocurrido a la señora de casa, que no pareció identificar al comunicante.
Mi amigo me suplicó vehementemente que fuera a su casa lo más pronto posible. Yo, con medias palabras, que seguramente resultaban más reveladoras que una conversación del todo natural, le indiqué que me pasaría por allí una vez que la velada hubiera finalizado. No obstante, ante la urgencia de sus requerimientos, no tuve más remedio que inventar una excusa y abandonar la reunión.
Cuando llegué a su casa la encontré en un estado de extremo nerviosismo y con el aspecto de no haber dormido apenas en los últimos días. Me hizo pasar a su estudio y, una vez allí, me explicó el motivo de su preocupación.
—Llevo varias noches sin dormir —comenzó diciendo—. ¿Recuerdas aquella narración cuyo final modifiqué por consejo tuyo? —preguntó.
—¿Has vuelto a soñar con Noriko? —dije yo, vacilando un momento antes de recordar el nombre de su protagonista.
—No estoy seguro de que fueran sueños —repuso—; pero de todas formas no la he vuelto a ver, aunque hubiera sido preferible a esto.
Mientras esperaba a que me hiciera partícipe de la causa de sus preocupaciones se levantó, y aproximándose a la puerta del estudio, echó la llave. Después corrió las cortinas, que ocultaron a mi vista un amplio ventanal, y retornó a mi lado.
—Hace ahora cinco años —explicó— me vi envuelto en una historia de amor un tanto turbulenta y del todo contraria a mis pacíficos hábitos. Me enamoré de tal modo de una muchacha casada que, impelido por la ardiente pasión en que nos consumíamos, fijé con ella una cita en un lugar de las afueras, con el fin de consumar nuestro amor. Pero, quizá por temor a verme obligado a modificar mis tranquilos hábitos de vida, vacilé en el último minuto y decidí no acudir al encuentro, dejando para más adelante la búsqueda de una excusa convincente que sirviera a la vez de piedra de toque para que nuestras relaciones comenzaran a enfriarse.
—¿No acudiste a la cita? —pregunté, comenzando a adivinar el paralelismo entre la historia real y la ficción.
—Así fue —repuso él—. Y cuando a los pocos días ella supo que estaba efectuando los preparativos para marcharme de la cuidad, tomó la determinación de poner fin a su vida sin comunicármelo, para que tal decisión no pudiera interpretarse como un gesto de violencia moral que me forzara a modificar mis súbitos planes de huida. Cuando una hermana menor de la muchacha que estaba al tanto del amor que ella me profesaba, barruntó la proximidad de una desgracia, intentó ponerse en comunicación conmigo, pero en aquellos momentos yo subía al tren que me alejaría definitivamente de la cuidad. Así pues, la joven (no me atrevo a decir mi amada por lo mal que la amé) puso fin a su vida sin que el hombre que estaba casado con ella pudiera ni siquiera sospechar los motivos de aquella trágica decisión.
Como aparecían claras las transferencias de la historia real a la inventada, no me detuve en dar a mi amigo explicaciones engorrosas que en nada o en muy poco podrían ayudarle. Por el contrario, en vista de su poco saludable aspecto y de su gran nerviosismo, le pregunté por el motivo de su acuciante llamada.
—Me encontraba la otra noche en este estudio rehaciendo la narración, y apenas había terminado de modificarla sacrificando la vida de la intermediaria Natsumi cuando sonó el teléfono.
Era un antiguo amigo y convecino de aquella ciudad que me llamaba para hacerme partícipe de un extraño suceso que acababa de presenciar.
Como acabo de decirte, el comunicante continuaba viviendo en mi antigua casa y me relató con voz entrecortada que, apenas diez minutos antes, alguien había estado llamando repetidas veces en la puerta del piso que yo ocupaba, y que no sé por qué razón continúo alquilando. Como el desconocido no cejara en sus llamadas, mi amigo salió al pasillo y tuvo tiempo de ver una figura de mujer que, pronunciando mi nombre con acentos de verdadero odio, abrió una de las ventanas del pasillo y se arrojó por ella al vacío. Rápidamente llamó a la policía, que se limitó a certificar la muerte de la joven, que no era otra que la hermana de mi antiguo amor; la que un día sirviera de intermediaria en nuestras relaciones.
—No debes atormentarte. Se trata de una simple coincidencia —dije yo, aunque no estaba muy seguro de ello.
—¿Tú crees? —preguntó—. ¿Por qué entonces eligió mi antigua casa para suicidarse y pronunció mi nombre antes de morir?
—Con toda probabilidad —aduje—, ella sabía que tu piso continuaba vacío y lo eligió para sus propósitos. En cuanto al nombre, lo más seguro es que tu amigo haya sufrido una confusión al creer que ella lo pronunció.
Pero al fijarme detenidamente en su rostro pensé que aquella serie de coincidencias no justificaban el lamentable aspecto de mi amigo.
—Te ruego que no me creas loco si lo que voy a contarte a continuación te parece ocurrencia propia de una persona desequilibrada. Puedo asegurarte que estoy en mi sano juicio, aunque lo mismo afirman, sin duda, todos los dementes —dijo el escritor, y añadió—: Todo esto podría ser considerado, como tú has dicho, una simple coincidencia, si no fuera porque he comenzado a recibir, no sé si en sueños o despierto, una serie de extrañas visitas —y diciendo estas palabras hizo una breve pausa, encendiendo un cigarrillo, para continuar acto seguido su relato—. Al igual que cuando soñaba con Noriko, me encontraba hace algunas noches escribiendo en este mismo estudio cuando se abrió la puerta sigilosamente. No puedo asegurar que estuviera dormido, pero tampoco sé si me hallaba en estado de vigilia. Se abrió la puerta —reiteró mi amigo— y entró Natsumi, la criada de mi cuento. Desde lejos me hizo una reverencia, aunque sus ojos me miraban con un odio infernal. Después se encaminó hacia donde yo me encontraba y pasando a poca distancia de mí, sin dejar de mirarme de una forma satánica, abrió esta misma ventana —dijo, señalando la que estaba oculta tras la cortina— y se arrojó por ella, al mismo tiempo que pronunciaba una horrible maldición. Desde esa noche no me atrevo a dormir, seguro de que, apenas cierre los ojos, se repetirá la espantosa escena y la maldición acabará por cumplirse más tarde o más temprano.
Estás obsesionado con el pasado —manifesté yo— y te acusas de hechos en verdad lamentables, pero que pertenecen a tiempos pretéritos. ES evidente que la mala suerte ha querido que, al modificar tu cuento, haciendo que Natsumi se suicide generosamente, se haya producido a la vez la trágica muerte de la que podríamos calificar, para entendernos, como tu cuñada; pero debes alejar de tu mente la idea de que un hecho sea consecuencia del otro. Tú eres una persona inteligente —continué diciendo para tranquilizarle— y sabes de sobra que el azar juega un papel importante en nuestras vidas. No me extrañaría que me dijeras que la criada Natsumi, que te miraba ferozmente, se te presentó bajo los rasgos de la hermana de tu antiguo amor.
—En efecto —afirmó el escritor—; aunque sus rasgos eran orientales, bajo el leve maquillaje de polvos de arroz se adivinaba la faz distorsionada de aquella muchacha a la que te refieres.
—Es claro que la terapéutica que te aconsejé puede dar resultados, pero sus efectos beneficiosos han quedado paliados esta vez por el lamentable suceso que me has relatado hace unos momentos. Puesto que no tienes intención de publicar esta narración, y bien lo lamento yo, que soy tu editor —dije—, vuelve a modificarlo de tal modo que no haya nadie desgraciado. Escribe un final feliz. De ese modo no podrás imaginar que nadie aparezca ante ti para atormentarte, y probablemente, si consigues un relato cuya trama resulte convincente, lograrás tú mismo deshacerte de esos sentimientos de culpabilidad, que es lo que realmente te tortura.
—¿Un final feliz? —preguntó mi amigo el escritor—. Eso destruiría la esencia del cuento.
—Si deseas que desaparezca esa obsesión debes aplicarte y conseguir —dije— un relato que, aunque difiera en parte del original, tenga la fuerza que te atribulan.

Al cabo de unos días recibí por correo el manuscrito de mi amigo, junto con unas letras en las que me comunicaba que, con la nueva redacción y el insospechado giro que había dado el argumento, esperaba haberse librado definitivamente de las funestas pesadillas, si es que lo eran, que últimamente le habían atormentado.
Reprimí mi curiosidad hasta después de la cena, y, una vez que me hube sentado confortablemente junto al fuego, con una copa de cognac al alcance de la mano, me dispuse a leer la nueva versión del cuento.
«Convine con Noriko los detalles de nuestra fuga y pusimos al corriente de la situación a la fiel Natsumi, que había de ser una valiosa colaboradora para la realización de nuestros planes.
Al llegar el día señalado para la huida, Noriko estaba especialmente alegre. Sirvió la cena a su señor y, después, tomando su abanico, bailó para él una pudorosa danza a los sones del koto, pulsado por Natsumi. A continuación cantó con voz gutural varias melodías tradicionales, mientras no cesaba de incitarle a beber sake, llenando continuamente su copa; hasta que, embriagado por el alcohol, el señor se sumió en un profundo sueño antes de que pudiera reclamar de Noriko los favores que, en puridad, ella no habría podido negarse a concederle.
Una vez que la joven se cercioró de que su esposo dormía profundamente, corrió a su aposento y se dispuso para la inminente fuga, ayudada por su sirvienta. Pero fue pasando el tiempo y el extranjero no hacía su aparición.
Inquieta por la ausencia de su amado, Noriko contemplaba la incesante caída de la nieve, que iba cubriendo los campos con un aplomado manto de silencio. Una terrible sospecha fue tomando forma en su corazón, y cuando la inquietud creció como un fantástico dragón que pretendiera despedazar sus entrañas, envió a Natsumi a la casa donde se hospedaba el extranjero para obtener noticias de su amado.
La criada regresó al poco tiempo y, abriendo la leve puerta corrediza, se postró ante su señora sin atreverse a comunicarle las fatales noticias. Finalmente, ante la insistencia de su ama, que se mantenía erguida y con la mirada fija en la blanda cortina de la nieve, Natsumi abrió sus labios para notificarle que, según una de las criadas que estaban al servicio del extranjero, éste había partido al amanecer, llevándose todas sus pertenencias, para un largo viaje del que no tenía intención de regresar. Como Natsumi hubiera demandado de sus camaradas en la servidumbre cuál era el destino final de aquel viaje, la fiel sirvienta recibió como respuesta una extraña palabra: Europa.
El rostro de Noriko se contrajo y su faz adoptó por un momento los rasgos de una terrible máscara teatral. Se irguió colérica y, tomando una fusta, azotó la espalda de la fiel Natsumi, que permaneció inmóvil. Seguidamente, Noriko prorrumpió en lágrimas y pidió perdón a su doncella.
Una vez que se hubo asegurado de que las noticias eran lamentablemente ciertas, tomó una decisión desesperada, pero que convenía a la solemnidad de aquellos momentos y al honor de quien, al fin y al cabo, era la esposa de un acaudalado caballero.
Rogó a Natsumi que le ayudara a ataviarse adecuadamente para la irrepetible ocasión y, una vez que hubo terminado de engalanarse tan solemnemente como lo hiciera el día de su boda, salió en dirección al templo, rogando a su sirvienta que permaneciera en la casa.
Precisamente en el momento en que Noriko se deslizaba silenciosa entre la nieve, camino del recinto sagrado, un jinete descendía de su caballo a cierta distancia y, después de trabar las patas del animal, se dirigió cautelosamente hacia la casa, se asomó a una de las ventanas traseras e hizo señas a Natsumi para que le franqueara la entrada.
El hombre era también extranjero y amigo íntimo del amante de Noriko. Su larga barba y los espejuelos que portaba delante de sus ojos asustaron unos momentos a la muchacha, pero el hombre le dijo, expresándose con dificultad en un idioma que no era el suyo, que el enamorado de Noriko se había visto forzado a abandona el pueblo con urgencia, pero, fiel a su promesa, le había enviado a él desde la ciudad próxima a recoger a la muchacha. Por desgracia, la gran cantidad de nieve caída había borrado los senderos y el enviado había permanecido varias horas en el bosque tratando de hallar el camino hacia la aldea.
Natsumi y el honorable caballero emprendieron veloces el camino del templo, pero apenas habían abandonado la mansión una de las concubinas, despertada por el rumor de la conversación, alertó al señor de la casa, deseosa de obtener su favor y, sin comprender que la huida era beneficiosa para ella, le narró lo que acababa de escuchar.
El señor escuchó atónito el relato; en lugar de agradecer la advertencia, como la concubina había supuesto, la despreció, arrojándola contra el entarimado. Acto seguido se vistió precipitadamente, mientras su terrible ira disipaba los vapores del alcohol, y tomando una afilada espada que había pertenecido a sus antepasados se encaminó hacia el templo.
En aquel mismo lugar, Natsumi y el extranjero encontraron a Noriko, que ofrendaba una vara de incienso a los dioses antes de proceder a su inmolación. Con la voz entrecortada por la emoción, la fiel sirvienta narró a Noriko la verdad de los hechos, mientras el amigo de su amado corroboraba con gestos afirmativos el relato.
Al oír aquellas palabras el color volvió a las mejillas de la joven y su corazón se alegró inmensamente. Decidida a desafiar la cólera de los dioses rompiendo la promesa que tan solemnemente había hecho, y ante una indicación del extranjero de larga barba y espejuelos delante de los ojos, ama y criada montaron en el caballo de éste y partieron en dirección a la ciudad, donde esperaba el amante de Noriko, no sin antes comunicarte haber agradecido al caballero el gran favor prestado. Ante la inquietud de la joven por su seguridad, el caballero le dijo que regresaría al pueblo, donde nadie podría relacionarle con la fuga de las dos mujeres, y a la mañana siguiente conseguiría otro caballo con el que les daría alcance.
Noriko y Natsumi se perdieron ocultas por el manto de la nieve en dirección a su destino, y el generoso extranjero permaneció unos momentos en el templo contemplando el fantástico espectáculo del ampo sobre los tejados. A continuación se encaminó hacia la salida.
De pronto, surgiendo del blanco cortinaje, apareció en la puerta la feroz figura de un guerrero a lomos de un caballo. El extranjero permaneció perplejo unos instantes, pensando que se trataba de un fantasma, pero el señor feudal, hincando las espuelas en los ijares del caballo, se abalanzó hacia él como un relámpago y, echando pie a tierra, se arrojó sobre el extranjero blandiendo la espada sobre su cabeza. Apoyó una rodilla sobre el pecho del generoso amigo y, cuando la cólera le permitió hablar, le preguntó por la dirección que Noriko y Natsumi habían tomado. El noble camarada, comprendiendo que su fin era inevitable, y no queriendo delatar a las mujeres, hizo una indicación con la mano señalando la puerta opuesta a aquella por la que habían escapado, seguro de que la nieve habría borrado ya cualquier tipo de huellas.
Inmediatamente después, levantando de nuevo la espada sobre su cabeza, el señor feudal asestó un terrible tajo en la garganta del extranjero, y los dioses, satisfechos porque habían obtenido finalmente la víctima que les era debida a causa de la promesa de Noriko, se mostraron generosos y permitieron que el desinteresado amigo muriera víctima de aquella primera herida.»
El editor cerró el manuscrito y reflexionó unos instantes acerca de la nueva orientación del argumento. Era innegable que, necesitando descargar sobre alguien sus sentimientos de culpabilidad, el escritor, al igual que los dioses de su cuento, exigía una víctima propiciatoria con la que enterrar sus remordimientos, por eso había ideado aquel personaje lleno de generosidad y nobleza y lo había condenado a muerte.
Incapaz de sustraerse a la tentación, y a pesar de que ya eran cerca de las tres de la madrugada, tomó el teléfono y marcó el número de su amigo el escritor.
—¿Pedro? —preguntó al obtener respuesta—. ¿Estabas dormido?
—No importa —repuso el escritor—. ¿Qué ocurre?
—Siento lo intempestivo de la hora, pero acabo de leer la nueva versión de tu relato.
—¿Te gusta? —preguntó Pedro, bostezando.
El editor repasó con una mano las hojas del manuscrito y se detuvo en determinada página, al tiempo que decía:
—Espero que lo que has hecho te haya servido de ayuda.
Hubo unos momentos de silencio, como si el escritor no hubiera comprendido o no quisiera comprender, y al cabo respondió:
—Si es a esto a lo que te refieres, ahora duermo perfectamente y sin vistas extrañas.
—Me alegro —contestó el editor, que empezaba a tener la impresión de que su llamada no había sido oportuna.
De pronto, una risita contenida de mujer le llegó a través del auricular, confirmando sus sospechas.
—No es Noriko —dijo el escritor, riendo a su vez.
—Te agradezco de todas formas que me hayas retratado tan generoso y desinteresado —repuso el editor.
—En efecto —manifestó Pedro—, me he inspirado en ti para el personaje del amigo. Espero que no te moleste.
—No me importa cargar con tus sentimientos de culpa, en vista de que me has tratado tan bien en tu relato.
—No tan bien —respondió en escritor—. No olvides que el amigo del extranjero no se sacrifica voluntariamente. Se trata sencillamente de un hombre práctico, como tú —continuó, al parecer, divertido—. Solamente al advertir que no tiene escapatoria posible es cuando se decide a guardar el secreto de la dirección que ha tomado Noriko.
—Podía haber delatado a las fugitivas a cambio de que mi vida fuera preservada —manifestó el editor.
—Lo siento, amigo —concluyó Pedro—. No tenía más remedio que dejarte morir bajo la nieve. Reconozco que te he utilizado como víctima propiciatoria, pero gracias a tus consejos no he vuelto a recibir visitas indeseables.
Cuando el editor colgó el teléfono sus sentimientos eran contradictorios. Por una parte, estaba satisfecho de haber podido ayudar a su amigo con aquella terapéutica de su invención, pero, por otro lado, le fastidiaba el papel que Pedro le había asignado en la obra. No era agradable aquello de servir de chivo expiatorio al que el curandero transmite las enfermedades del paciente.
Apagó la lámpara con intención de abandonar la habitación y sólo entonces se dio cuenta de que había comenzado a nevar. Se asomó a la ventana y contempló unos instantes el fantasmal aspecto que los copos otorgaban al familiar paisaje. De pronto oyó un sonido rítmico y blando que procedía del exterior. Se asomó todavía más y pudo advertir que un caballo cruzaba la calle: un caballo montado por dos embozadas figuras de mujer.
Al cabo de unos instantes la aparición se esfumó y la nieve fue borrando las huellas de los cascos del animal, lo que produjo en el ánimo del editor una extraña inquietud.
De súbito las puertas del estudio se abrieron de par en par con un horroroso estrépito. Un viento huracanado invadió la habitación y ante los asombrados ojos del editor apareció una terrible figura a lomas de un caballo. Sus rasgados ojos centellaban airados, su boca estaba contraída en una mueca brutal y sobre su cabeza levantaba una afiladísima espada, herencia probablemente de uno de sus antepasados. La infernal aparición desmontó del corcel, que se arremolinaba inquieto lanzando relinchos atronadores, y fue aproximándose con la espada en alto.
El editor permaneció petrificado ante la espantosa y fantasmal figura del señor feudal, y al cabo de un instante se notó sujeto por una garra de fuego que le impedía respirar.
Cuando la monstruosa mueca estuvo a pocos centímetros de su cara se sintió morir, y cuando la espantable aparición levantó de nuevo la espada sobre su cabeza pensó que su fin era inminente.
De súbito, la horripilante boca de aquel ser de pesadilla se abrió y el editor escuchó una voz sobrenatural que pronunció en un interrogante alarido:
—¡¡NO-RI-KO!!
El editor, a punto de desvanecerse por el espanto, miró hacia la afiladísima espada que parecía a punto de abatirse sobre su garganta, y haciendo un supremo esfuerzo tomó un lapicero que había al alcance de su mano izquierda y garrapateó temblorosamente sobre una hoja de papel: «En casa de su amante», y debajo anotó la dirección del escritor.

23 feb 2010

EL SARCOFAGO DE PLATA por Roy Damm


Las figuras que aparecían en aquel
sarcófago mostraban la fabulosa
anatomía de lo inexistente… ¿Qué
arqueólogo hubiese resistido a la
tentación de profanar y desvelar su
secreto milenario?

Fue un alivio dejar de escuchar el grito hiriente de las poleas. Siguió un momento de silencio, mientras el enorme ataúd negro quedaba suspendido, y luego se posó en el suelo con un golpe seco y metálico que resonó largamente en el aire plácido del atardecer. La extraña caja vibraba por primera vez después de haber dormido, quizá durante milenios, en el oscuro vientre de la tierra.
Con la piel pegajosa de sudor y polvo, pero sin abandonar la perenne sonrisa oriental, los cuatro obreros que habían alzado el féretro se acercaron a la mole negruzca y carcomida, desosos de conocer la naturaleza de su pesado contenido. Ivette y Jean François, los directores de la expedición arqueológica, participaban de idéntica curiosidad, aunque las motivaciones de su intriga fueran aún más complejas. Era insólito, en efecto, que semejante caja, bastante más voluminosa que un simple ataúd, pudiera haberse hallado entre las ruinas de un antiguo monasterio budista nepalí, enclavado en las primeras estribaciones de los Himalayas. Todo el mundo sabía que en el país, desde tiempo inmemorial, no se enterraba a los cadáveres. O bien se les cremaba en las orillas del Pasu-Patinah, afluente del sagrado Ganges, o bien eran abandonados, algunas raras veces, en picos poco accesibles como piadosa ofrenda a la voracidad de hienas y buitres. Cuanto contuviera el extraño féretro podría calificarse, en el peor de los casos, de extraordinario.
Los científicos franceses se abrieron paso entre sus trabajadores. El tiempo se había mostrado poco respetuoso con la madera que recubría el presunto féretro, y aquí y allá aparecía el brillo opaco y metálico del interior. Unos cuantos golpes de su piqueta permitieron a Jean François deslabazar la envoltura de madera, y fue de esta forma como apareció lo que sin duda sería considerado —así pensaba el joven investigador— como el descubrimiento arqueológico más importante de los últimos decenios, tras el espectacular hallazgo de la tumba de Tutankamon.
No era para menos, a juzgar por el asombro que se reflejaba en los ojos de todos. Jean François calculó mentalmente las medidas: algo más de un metro de anchura, poco menos de cincuenta centímetros de altura, casi dos metros y medio de longitud. Pero lo excesivo de las dimensiones, desproporcionadas para contener un cadáver normal, no era el dato que causaba mayor impresión. Había que fijarse en los insólitos dibujos, en la extraña forma de los símbolos esculpidos en las superficies de plata —sin parangón posible con culturas conocidas— para llegar a una primera e inadmisible conclusión: el objeto no daba la impresión de haber sido fabricado por manos humanas, sino que parecía haber llegado directamente desde un ámbito cultural ajeno a la tierra.
Semejante imposibilidad exacerbaba la imaginación de Jean François, y en vano trataba de hallar concomitancias con las formas artísticas que el ser humano había desarrollado a través de los siglos. El arte Asirio-Babilónico, con el que acaso pudiera existir alguna leve relación, había inventado animales fantásticos y formidables, aunque conjuntando en una sola figura elementos de distintas especies. Pero los «animales» que aparecían en aquel friso argentino mostraban la fabulosa anatomía de lo inexistente: brazos como raíces atormentadas, troncos espinosos y retorcidos, cabezas de ojos innumerables y extrañas aberturas longitudinales cuya función vital era imposible concebir. Sin duda era el producto de la imaginación de un perturbado o de un artista que había obtenido los elementos de su obra en las profundidades de una pesadilla cargada de angustia. Porque era ese sentimiento, el de una angustia intolerable, el que emanaba de las figuras del sarcófago.
Un símbolo se repetía con insistencia entre la presunta representación de aquellos seres vivos. Era un triángulo con el pico hacia abajo, en cuyo centro figuraba la imagen de una cabeza, ésta sí perfectamente humana, aunque con la rara particularidad de estar invertida. Ivette y Jean François tuvieron que girar las suyas hasta un ángulo excesivo para captar mejor los rasgos de ese rostro de boca y ojos desmesuradamente abiertos que el artista había representado con la lengua caída hacia abajo, en dirección a la nariz, como si quisiera resaltar con este rasgo que se trataba de la cabeza de un cadáver.
Pero los obreros, no animados por el espíritu científico de los arqueólogos, tampoco giraron sus cabezas para mejor captar las tantas veces grabada sobre la plata. Parecían conocer de sobra, a juzgar por sus expresiones de terror, el significado de ese símbolo. O, al menos, su intuición operaba de manera más natural y espontánea que la de ambos europeos, porque no tardaron en mirarse unos a otros con desconfianza y murmurar palabras que resultaron incomprensibles para Ivette y Jean François, a quienes pareció evidente, sin embargo, que el descubrimiento había puesto en funcionamiento los oscuros resortes de la superstición en sus, hasta entonces, sumisos y serviciales operarios.
Fue entonces cuando AK Fuman, el capataz, se dirigió a los arqueólogos en un inglés entrecortado.
—Mis hombres tienes mucho miedo —dijo—. Esto no bueno. Mejor enterrar otra vez. Si no, marcharnos todos ahora. No bueno, no bueno...
En vano trató Jean François de tranquilizarles con argumentos que le parecieron cartesianamente irrebatibles. Nada había que temer de una obra de arte. Para los hombres de Europa era algo muy importante. Desentrañar los secretos del pasado era una labor meritoria, y deberían sentirse orgullosos de colaborar con ella. Tampoco obtuvieron resultado las amables súplicas de Ivette: a partir de ese día cobrarían el doble, y además cada uno de ellos recibiría, al finalizar los trabajos, el regalo de un valioso reloj automático, fabricado en Suiza. Pero ni siquiera promesa tan sugestiva logró detenerles, sino que recogieron sus pertrechos y cabalgaron en sus pequeños mulos, montaña abajo, hasta perderse en las primeras brumas del anochecer.
Ivette se mostró desolada por esta deserción, y hasta asomó en sus dulces ojos azules el mínimo temblor de una brisa miedosa. Pero Jean François no había insistido demasiado en retener a los obreros. Argumentó que si, como esperaba, el contenido del cofre o sarcófago era algo sumamente valioso, mejor sería que su apertura no contara con testigos «de visa». En cuanto a la necesaria aportación de los trabajadores, éstos eran innumerables en las aldeas del valle, y sin duda habría muchos dispuestos a olvidarse de sus supersticiones a cambio de una buena paga. Por lo demás, el campamento contaba con provisiones más que suficientes para que ambos aguantaran una quincena. Se felicitaba doblemente por la huida de los obreros, ya que eso les permitiría abrir el sarcófago sin despertar codicias, así como entregarse al amor con liberalidad, sin que fuera necesario estar pendientes de posibles desvelos en el inquieto sueño de los nativos.
Ivette pareció convencerse por las razones de su compañero, a cuya voz confería el entusiasmo matices fulgurantes. Jean François la estrechó con fuerza y le participó alegremente su esperanza de que el sarcófago les haría famosos. Tal vez estaban a punto de descubrir un dato confirmador de ciertas leyendas, según las cuales una raza de superhombres o gigantes extranjeros había dejado la impronta e su cultura superior en aquellas remotas épocas en que el Oriente civilizado se despertaba. Realidad o leyenda, lo cierto era que la existencia de un sarcófago de dimensiones descomunales, en un país donde no existía la costumbre de enterrar a los muertos, era de una importancia objetiva extraordinaria, tanta que probablemente haría cambiar la perspectiva histórica en toda esta parte del planeta. Y, en cualquier caso no sabía a qué estaban esperando para averiguar de una vez por todas su contenido.
«Se va haciendo de noche —objetó Ivette—, mejor sería abrir la caja mañana por la mañana.» «Si no fuera porque te conozco —se burló Jean François— diría que tienes miedo. No pensé que pudieras dejarte impresionar por el terror de esos campesinos». Ivette tuvo que reconocer su miedo, aunque dijo que lo superaría y lo calificó de irracional. Y para demostrar que las estructuras racionales de su mente tenían más fuerza que las oscuras imágenes del corazón, tomó una barra de hierro y se encaminó, precediendo a su compañero, hacia el lugar donde reposaba la extraña mole de plata.
Jean François la siguió provisto de una potente linterna que proyectaba una larga sombra ante el cuerpo de Ivette. Los vientos de septiembre, tras las lluvias del monzón, habían dejado limpia la noche, lo que permitía que las estrellas brillasen con particular dureza. Los apagados murmullos de la vida procedentes de la fertilidad del valle que se abría a sus pies paliaban apenas la rocosa desolación de aquel lugar tan poco amable, elegido por la severidad de antiguos monjes budistas para erigir su monasterio. Las ruinas desenterradas de aquellas viejas edificaciones no eran sino masas informes y sombrías, como animales agazapados en la oscuridad, que la superstición de los campesinos parecía haber insuflado, a los temerosos ojos de Ivette, de un hálito terrorífico. Un estremecimiento recorrió la espalda de la investigadora cuando, después de haber visto el brillo que el féretro plateado reflejaba a la luz de la linterna, en el centro de aquel amontonamiento de sombras, creyó descubrir el súbito destello de una figura animada tras la mole de plata. Por un momento, su corazón quiso saltar del pecho, pero nada dijo porque creyó haberse representado una fantasía miedosa y siguió avanzando, reprimiendo los deseos de buscar cobijo en los brazos de Jean François.
Al fin llegaron ambos al pie de la fosa. El silencio se condensaba alrededor del féretro, cuyas figuras parecían gesticular con horribles muecas obedeciendo a los movimientos de la linterna. Jean François se la entregó a su compañera, pidiéndole a cambio la barra de hierro. Ivette iluminaba directamente sobre la juntura de la tapa y Jean François trató de introducir en ella la punta de aquel duro y alargado instrumento. Pero el hermetismo de la caja oponía grandes resistencias, tantas que por la mente de Jean François cruzó la inaceptable idea de que dentro de ella se había creado el vacío.
Ivette observaba con creciente inquietud los movimientos del arqueólogo, mientras experimentaba la penosa impresión de que alguien la miraba fijamente a sus espaldas. A nadie vio cuando impulsivamente se dio la vuelta. Jean François, mientras tanto, redoblaba sus esfuerzos sin obtener resultado. Jadeaba sin cesar y gruesos goterones le perlaban la frente, pero la tapa no ofrecía punto alguno desde donde vencer su milenaria virginidad.
Al fin descargó un golpe rabioso y el milagro se produjo. La resistencia de la tapa fue levemente vencida cerca de un ángulo, y Jean François pudo accionar la barra a modo de palanca, de tal manera que la tapa se abrió por completo. Creyeron oír entonces una especie de susurro o gemido prolongado, que cabría atribuir a la entrada del aire en el interior de la caja, pero a Ivette se le heló la sangre al escucharlo: tal era la similitud del raro fenómeno acústico con la voz humana.
La exaltada imaginación de Ivette creyó percibir un hálito infecto, la sombra de una sombra desplazándose por el aire desde el nicho abierto. Pero nada dijo a su compañero, pese a que una creciente repulsión le impedía mirar el interior del sarcófago. Jean François la vio con los ojos extraviados, quieta como una estatua a no ser por el creciente temblor de la mano que sostenía la linterna y que se comunicaba a la luz que despedía. Pese a lo cual pudo Jean François contemplar el interior del cofre: no había nada.
Sólo una superficie plateada, brillante, que parecía haber sido acabada de pulir.
El descubrimiento les dejó estupefactos, pero la vacuidad del interior del cofre provocó en Ivette un suspiro de alivio... Jean François, por su parte, sintió sobre sus espaldas todo el peso de la desilusión. Podía haber esperado cualquier cosa menos eso. Su cerebro se convirtió en un semillero de preguntas sin respuesta posible. ¿Quién, cuándo, con qué finalidad había enterrado un sarcófago vacío? ¿Qué significaban los dibujos? ¿Por qué habían huido los campesinos?
—No lo entiendo... No lo entiendo...
—No hay nada que entender, Jean François. Las cosas son como son, nada más.
El destino se complacía en jugar con ellos un extraño juego, pero ambos ignoraban las reglas y el propósito del mismo. El fantasma del abatimiento se cernió sobre sus cabezas. Nada exasperaba tanto a Jean François como el esfuerzo inútil. Aunque, bien pensado, no había sido tan inútil, ya que el descubrimiento del féretro poseía valor en sí mismo, pese a estar vacío. Así se lo comunicó a Ivette, y de ésta obtuvo la siguiente respuesta:
—Del féretro no sabemos nada, pero eso mismo es lo que le da importancia. Tanta, que lo mejor sería suspender de momento las excavaciones. Ya llevamos mucho tiempo aquí, y en París el otoño es delicioso.
Le pareció que un eco burlón repetía, con voz distinta a la suya, sus mismas palabras. Pero de nuevo se guardó de expresar sus absurdos temores. En vez de ello se aferró a la cintura de Jean François, buscando en ella refugio frente a las tinieblas de una noche en la que parecían reproducirse los terrores de su infancia. Al fin dijo:
—Lo siento. Sé que debería sobreponerme, pero tengo miedo. No me preguntes de qué, porque no lo sé. Pero preferiría pasar la noche en un poblado del valle. Al fin y al cabo, nadie va a venir a robarnos el féretro.
—No estoy tan seguro...
—Por favor, Jean François, vámonos de aquí. Podemos regresar mañana, de día.
—Tengo una hermosa pistola, Ivette. y pensaba que mi presencia todavía te inspiraba alguna confianza.
No insistió Ivette, y al fin entraron en la espaciosa tienda de campaña. Una vez allí, acogida por la familiaridad del recinto, sus temores comenzaron a disiparse, y le pidió perdón por ellos a Jean François.
—Está bien, Ivette. Es natural un poco de nerviosismo después de todo lo que ha pasado. Mañana veremos las cosas más claras. Y ahora, lo mejor que podemos hacer es dormir.
Cada cual buscó el descanso en su camastro, y Jean François apagó el quinqué que separaba ambos lechos. No tardó Ivette en advertir, por la afanosa respiración de su compañero, que éste acababa de dormirse.
Con los nervios de punta y atenta al menor ruido, Ivette tardó bastante en conciliar el sueño, y cuando al fin llegó, rozó apenas sus sienes, visitándola sólo unos momentos. Porque escuchó un ruido sutil en la puerta de la tienda y sus párpados se alzaron de inmediato, como impulsados por sendos resortes.
El miedo cedió a la sorpresa: ésta a la estupefacción y, tras el asombro, le invadió una oleada de embeleso. Un cúmulo de emociones contradictorias se sucedió en unos pocos segundos. La figura que había levantado la lona y entrado en la tienda fue gratamente reconocida por Ivette. Parecía tratarse de Rama, un muchacho de dieciséis años que había trabajado en las excavaciones y con el que, a espaldas de Jean François, intercambió miradas de lujuria. Los intensos ojos negros del adolescente, su torso oscuro y firme, brillante bajo el sol, la negra y rizosa abundancia de su cabello, le habían inspirado sentimientos inconfesables. Recordó cuando, como por descuido, se rozaron sus hombros y un agudo estremecimiento surgió, fogoso, de su bajo vientre. Varias veces había copulado con él en sueños. Aunque el adolescente que ahora la miraba sonriente desde la puerta, llevándose el índice a los labios con gesto cómplice, estaba transfigurado. Parecía, en efecto, Rama. Pero un Rama tal vez más alto, en el que se había acentuado la salvaje belleza de sus rasgos. Un Rama cuya piel, levemente iluminada, se diría que casi fosforescente, la incitaba con rara vehemencia… Pensó Ivette que el muchacho, en quien adivinaba el fervor del deseo, había aprovechado la ausencia de sus compañeros de trabajo esa noche, en el campamento, para llevar a cabo su golpe de audacia.
A su lado, Jean François, dormía como un leño. Ivette sintió, en presencia del adolescente, que le abandonaba el sentido común. Y no despertó a su compañero. La tensión nerviosa que antes había sufrido se convirtió en una sensación de euforia obnubiladota, y un deseo de intensidad hasta entonces no conocida se abrió paso en sus entrañas. La figura de la puerta, mientras tanto, le hizo gestos de que le siguiera y abandonó la tienda.
Ivette se levantó de la cama con sigilo, procurando no hacer ruido. Afuera, el firmamento la saludó con multitud de gritos luminosos. Se encontró con el pecho terso y flexible de quien parecía Rama, y ambos se fundieron en un primer abrazo, sin necesidad de intercalar palabra alguna. Comprobó entre sus muslos la erección del sexo del muchacho, apenas cubierto por un taparrabos. Sobre los hombros desnudos de la figura pendía una especie de manta negra. Sintió en la lengua la tibia morbidez de aquellos labios tan secretamente deseados, y sus pechos fueron acariciados con exquisita sabiduría. A partir de entonces renunció por completo a la lucidez, y aferrada al talle de su silencioso acompañante, se dejó conducir hacia donde él quisiera.
Un oscuro sentimiento, pronto acallado, pugnó sin embargo por rebelarse cuando comprobó que la figura se encaminaba al féretro de plata, sin duda con la intención de convertirlo en tálamo. Pero fue más intensa que ese sentimiento la fascinación suscitada por la rara belleza del adolescente, quien caminaba suave, grácilmente, como si sus pies no llegaran a tocar el suelo. Fue el efecto de esa fascinación lo que hizo que Ivette mirara el temido féretro con ojos nuevos, hasta llegar a parecerle un deslumbrante lecho nupcial.
La figura desnudó su espalda de la manta negra, y los ojos de Ivette admiraron, codiciosos, la perfección de un cuerpo que pronto iba a ser suyo. Acto seguido, con la elegancia de un felino, extendió la manta sobre la pulida superficie interior del féretro y se introdujo en él, esperándola. El deseo hizo que a Ivette le parecieran volcanes diminutos todos los poros de su piel, y se liberó de su escasa ropa con gozosa satisfacción. Sus pechos, enhiestos, provocaban oleadas de lujuria en el aire de la noche, e Ivette sintió como si manos invisibles los acariciasen mientras se dirigía al interior del ataúd. Pero eran las caricias de quien parecía Rama las que deseaba Ivette.
Encontró el calor de su cuerpo en el fondo del féretro, sobre la manta negra. Vivió un instante de placer intensísimo, mientras aquel ser ahora claramente fosforescente la estrechaba más y más en sus brazos. Sonámbula de placer, apenas percibió la dureza de unas uñas que se clavaban en su espalda, pero ya en las inmediaciones del orgasmo escuchó sus propios jadeos resonantes en el metálico recinto, mientras su amante parecía no respirar. Levantó la cabeza un momento y contempló su rostro: ya no tenía frente a sí los dulces rasgos de Rama. El ardor de su sangre se hundió en un horror helado, como las mismas superficies metálicas del féretro, y la espantosa lucidez que le proporcionó su visión se disgregó en un grito prolongado y cortante, largamente repetido por el eco de las montañas.
Porque Ivette —entonces se dio cuenta— estaba siendo poseída por un ser abominable, sarmentoso, de manos como garfios, cuyos innumerables ojos, encendidos por una abyecta maldad, le recordaron los de aquellos seres ominosos que la locura de un artista extravagante había esculpido en las paredes del sarcófago.
Volvió a gritar de nuevo, ya sin esperanza, antes de que el pegajoso horror que la poseía acallara definitivamente los latidos de su corazón.
Cuando Jean François, despertado por los gritos, acudió al sarcófago, vio el cuerpo desnudo y sin vida de Ivette. Diez hilillos de sangre surcaban su espalda. Por su boca manaba igualmente la sangre de su lengua mordida. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, parecían seguir contemplando, más allá de la muerte, las imágenes de un horror sin límites.
Entonces supo por qué habían huido los campesinos, por qué los monjes budistas tuvieron la absurda ocurrencia de enterrar un ataúd aparentemente vacío. Lo comprendió todo.
Pero ya era demasiado tarde.

20 feb 2010

BUEN VIAJE, MI AMOR por Diego Jimeno


«Creció pálida y marchita...
como si los pitidos de los
trenes nocturnos le hubiesen
ido moldeando el alma.
Quizá nunca debió
llamarse Olvido, tal vez
su nombre debió ser Esperanza.
¿Olvido? ¿Esperanza?.»

Se pasaba las horas muertas contemplando los trenes desde la ventana de su habitación.
—¿Qué hace esa chica todo el día asomada a la ventana? —preguntaba su padre.
—Mira pasar los trenes —respondía la madre—. Pobrecilla, comprende que es un verdadero castigo ser la hija de un jefe de estación y verse anclada en tierra. Debe de ser algo así lo que experimenta la hija del farero cuando todos los barcos la saludan tocando la sirena y lanzando penachos de humo blanco al cielo.
—Seguramente —corroboró el padre—, y es probable que aquí pase lo mismo. Quizá le haya dado por pensar que vive en un fanal, que los trenes son barcos que se alejan silbando y que el humo de las locomotoras procede de las chimeneas de fugaces navíos.
—Acaso —concluía la madre deseando resultar conciliadora.
—De todas formas convendrá conmigo en que no fue una idea muy acertada bautizarla con el nombre de Olvido —afirmó el jefe de estación. Las muchachas que se llaman así son propensas a la melancolía y a una cierta tristeza. Imagínate viviendo además en éste que podríamos considerar puerto de trenes.
—Eso ya no tiene remedio —repuso la madre entristecida—. Aprendí bien tarde que los caracteres pueden verse influenciados por el nombre que tienen las personas, por eso a nuestro hijo le pusimos Félix, para que nunca se sintiera desgraciado —sollozó la mujer.
—No puedo entretenerme más —manifestó el jefe consultando su reloj de bolsillo y cotejándolo con el de la estación—. Está a punto de entrar en agujas el expreso del Norte. —Y adoptando un aire solemne, como conviene a quien dirige tráfico tan complicado y es responsable de la seguridad de cientos de personas, se alejó hacia su puesto de mando.
¿Quién sabe si a mi hija le gustaría ser jefe de estación? —reflexionaba el padre—. Aunque más bien preferiría trabajar de revisor o quizá de maquinista.
Y cuando ya cerca de las tres de la madrugada se escuchaba el silbido prolongado del mercancías de los miércoles, el padre comprobaba desazonado cómo se abría la ventana del dormitorio de Olvido y ésta —sin preocuparse siquiera de echarse un chal sobre los hombros— se asomaba para contemplar el cachazudo paso del tren de carga.
Ya desde pequeñita se había manifestado en ella aquel singular rasgo de su carácter.
—Olvido —llamaba su madre temiendo que la niña descendiera a las vías y fuera arrollada por algún velocísimo expreso—. Y la encontraba sentada en uno de los bancos de piedra al final del andén contemplando los raíles con aire ausente—. Olvido, nena —repetía intentando no dejar traslucir su inquietud—. ¿Te pasa algo?
—Nada, mamá —respondía la niña sin apartar la vista de las vías.
—¿Qué quieres comer hoy?
—Tortilla y un filete empanado —declaraba la pequeña suponiendo que era aquello lo que los viajeros comían en los vagones de tercera.
—¿Otra vez? —preguntaba la madre preocupada.
—¿Qué quieres que te traigan los reyes, Olvido?
—Un tren eléctrico —respondía ella sin vacilar.
—¿Para qué quieres que sea eléctrico si en la estación no tenemos corriente? —inquiría su progenitor.
—No seas curioso, Samuel —protestaba la madre temiendo alguna respuesta demasiado solemne por parte de la niña—. Para algo lo querrá. ¿A ti qué más te dá?
Y la tristeza de Olvido se hizo mayor cuando su hermano Félix falleció una oscura noche de diciembre y al día siguiente su consumido cuerpo fue cargado en el furgón de cola de un tren de mercancías, porque, por no haber, no había ni cementerio en las proximidades de la aislada estación.
—¿Por qué hemos de condenar a esta criatura a una soledad tan perfecta? — se quejaba la madre viendo crecer a la niña pálida y marchita como si los pitidos de los trenes nocturnos le fueran devorando el alma igual que noctívagos vampiros.
—Terminará por acostumbrarse —repetía el padre—. Al fin y al cabo cada dos o tres horas contempla a cientos de personas.
—Eso es igual que contemplar escaparates o maniquíes móviles detrás de acristaladas vitrinas. Jamás oye sus voces.
—A mi me pasa igual.
—Tu eres un hombre —declaraba la madre dejándose abrazar por el jefe—. Y es distinto. Y yo ya era mayor cuando te designaron a esta estación. No me causó tristeza, porque así estaba segura de que jamás te alejarías de mí con la excusa de hacer horas extraordinarias, pero la niña... —se lamentaba.
Y la niña creció delgada y pálida contemplando el incesante paso de los trenes en los que ese iban yendo pedazos de su alma hacia parajes desconocidos que quizás anhelaba contemplar.
Una tarde, Olvido vio a través de los cristales de una ventanilla a un apuesto revisor, y al instante quedó prendada de él. Su apostura y gallardía eran tales, el uniforme le favorecía tanto y la gorra le daba tal aire de solemnidad a su rostro que al instante comprendió que aquel era el hombre de su vida.
Nada dijo a sus padres, pero desde entonces, y como el revisor se conoce que no tenía puesto fijo, se dedicó todavía con más intensidad a la contemplación de todos los convoyes esperando ver a su amado y temiendo que si faltaba a la cita con alguno de los trenes fuera en aquel precisamente en el que el revisor viajara.
Desde aquel día su carácter se volvió más abierto y sus mejillas florecieron como no lo habían hecho nunca, pero, si por casualidad el revisor no estaba en servicio, no había quien la aguantara y como no manifestaba la causa de su estado de ánimo, sus padres hacían cábalas sospechando que aquel profundo aislamiento era el motivo de su inexplicable tristeza.
—Deberías pedir el traslado, querido —señalaba la madre cuando, entre tren y tren, su marido descansaba en el lecho.
—Tú no lo comprendes —aducía el jefe—. Este es un puesto de mucha responsabilidad, y yo ya me conozco las triquiñuelas y los retrasos de los trenes tan a la perfección como nadie podría hacerlo. Para controlar el tráfico de una estación ferroviaria es preciso estudiarse concienzudamente el horario de las demoras, de las previsibles y de las imprevistas, sumar estos conocimientos a los diferentes caracteres y maneras de ser de los distintos maquinistas, y obtener en consecuencia, olvidándose del horario oficial, una exacta visión global del tráfico que no puede adquirirse en absoluto acudiendo a los libros de texto, ni ser aprendida en academia alguna —explicaba el jefe con gran condescendencia, y añadía—: ¿Cómo quieres que abandone mi puesto que al instante sería ocupado por un bisoño atento solamente a los horarios oficiales y a los avatares más o menos previstos? El día menos pensado se produciría una catástrofe, y yo me sentiría responsable.
—Pero la niña...
—Terminará por acostumbrarse —repetía él con insistencia machacona—. ¿No ves que últimamente está mucho más lozana y, aunque bien es verdad que no desatiende el paso de ningún tren, no adopta aquel aire de tristeza como antes solía? Yo sé lo que le pasa a esa criatura... —finalizaba el jefe con aire malicioso.
—¿Qué? —preguntaba la madre que a causa del aislamiento ya había olvidado los síntomas del amor.
—Que algún maquinista le ha hecho tilín —aseguraba el jefe.
—¿Será posible? —exclamaba la madre ilusionada


Tal era la insistencia en la contemplación de su persona, que el propio revisor comenzó a darse cuenta de que aquella muchacha le miraba con ojos cariñosos, y cada vez que se acercaba el tren a la estación, entraba en el WC y se atusaba con coquetería el bigote, ajustándose el bien cortado uniforme y ladeándose ligeramente la gorra. Después, adoptando un aire marinero al andar, cosa a la que le obligaba la traqueteante marcha del tren, caminaba por un pasillo de primera clase y permanecía parado junto a una de las ventanillas, casi siempre la misma, donde le localizaba rápidamente la muchacha cuando el tren se detenía en la humilde estación.
Así, poco a poco, fue naciendo una intimidad muda entre los dos, hasta que un día, y debido a una oportuna avería en algún punto de la vía férrea, el tren en el que viajaba el revisor se vio obligado a permanecer cerca de media hora en la estación.
La mayoría de los viajeros, advertidos por el interventor, descendieron al andén improvisando así un paseo tan concurrido como el de la calle mayor de una ciudad de provincias en una mañana festiva.
Las parejas y los grupos de personas caminaban charlando animadamente, y al llegar al final del muelle daban la vuelta y emprendían de nuevo el recorrido del andén.
Aprovechando tan feliz circunstancia, el revisor, saludando a su paso a los viajeros que le sonreían atentos como a la máxima autoridad del tren, se dirigió hacia la ventana donde estaba asomada Olvido, y desde abajo, le dio los buenos días, invitándola con mucho desparpajo a dar una vuelta por el andén.
La muchacha sintió que su corazón saltaba de alegría y, ni corta ni perezosa, pidió permiso a su madre, la cual se lo concedió gustosa, y acudió a la cita con el apuesto interventor.
Formando una pareja muy simpática, los dos jóvenes se unieron al tráfico de los paseantes y, nadie sabe acerca de qué hablaron, el caso es que, cuando el tren partió, una vez reparada la feliz avería, Olvido se había prometido con el revisor.
Desde aquel momento la muchacha cambió completamente, y ya no hacía caso de los insinuantes pitidos de los trenes que llegaban de noche hasta su lecho. Tan sólo atendía a determinado convoy, advertida el día anterior por su amado acerca del expreso en el que le correspondía prestar servicio.
A partir de aquel día, abundaron las ocasionales paradas y retrasos, siempre dentro de un orden, a fin de que la pareja pudiera pelar la pava convenientemente, y como los viajeros no se quejaban a la compañía porque los habituales y los de paseo encontraban aquella paradita y aquel pasearse por el andén algo delicioso, todo marchó a las mil maravillas. Incluso la madre, mitad por obtener unos ingresos extras, y mitad por complacer a los pasajeros, instaló un puesto de café y refrescos.
Así al cabo de varios meses de noviazgo, Anselmo, que tal era el nombre del interventor, y Olvido se casaron fijando su residencia, con gran alegría de sus padres, en la misma estación.
Como era de suponer, hicieron el viaje de novios en tren, y Olvido a pesar de la felicidad que la embargaba, pudo comprobar que a lo largo de la línea, numerosas jóvenes, seguramente hijas como ella de jefes de estación, los contemplaban pasar con envidia.
Entonces, y aunque intentó con gran fuerza alejar semejantes pensamientos, comenzó a nacer en su alma la sospecha de que aquellas muchachas se habían sentido frustradas con el matrimonio de su revisor, al que seguramente consideraban también cosa propia y hasta le pareció percibir un furtivo saludo de su esposo a una de las más atrevidas, que osó aproximarse hasta la ventanilla del compartimento que ocupaban.
Una vez de regreso a la estación tras la purificadora correría, Olvido se dedicó con fruición a la decoración de las habitaciones en las que iba a instalar su hogar: plantó geranios bajo las ventanas y las ornamentó con visillos de encaje que ella misma se encargó de confeccionar.
Su marido, al tener que seguir trabajando, se pasaba gran parte del tiempo fuera de casa, y la mayoría de los días, Olvido tenía que limitarse a decirle adiós con la mano desde la ventana, y porque, una vez que se estabilizó la situación y la muchacha y el interventor constituyeron matrimonio, el jefe de estación consideró decoroso dejar de organizar citas entre ellos a base de pretextar retrasos y averías fingidas.
Cuando Anselmo tenía el día libre, el matrimonio se dedicaba a amarse y a pasear por las proximidades de la estación, pero no se le escapó a la reciente esposa, que el revisor parecía encontrar aquellas jornadas demasiado largas, y le daba la impresión de que su marido echaba algo de menos, y así se lo comunicó a su madre.
—Es natural, hijita —le respondía ésta—. Piensa que los ferroviarios son como los marinos. Se pasan la vida viajando, o como tu padre, vigilando desde una atalaya. Cualquier esposa de un hombre de mar sabe cuán alegremente regresa el marido al hogar a gozar de un merecido descanso, pero también advierte cómo a los pocos días el hombre comienza a tornarse melancólico, y eso es que echa de menos la inmensa extensión del mar y el incesante balanceo del buque —explicaba—. A tu esposo debe de pasarle lo mismo. Acostumbrado a ir de acá para allá y al traqueteo del tren, se siente inquieto y con deseos de embarcar. ¿No has visto cómo se balancea al andar igual que un marinero exagera en tierra aquel bamboleo necesario a bordo para contrarrestar el movimiento del navío? Eso es que tiene añoranza del ferrocarril, pero no has de preocuparte porque parta todos los días, sino sentirte gozosa, porque regresa tras cada viaje.
Uno de aquellos días en que Anselmo libraba y la pareja se dedicaba a pasear por los alrededores, Olvido vio algo extraño en los ojos de su esposo, una nostalgia de otras tierras o de otras personas.
—¿Qué tienes Anselmo? —le preguntó temiendo una respuesta sincera.
—Nada. ¿Qué quieres que tenga?
—¿Me quieres?
—¿Acaso no me he casado contigo? —respondía él de manera evasiva.
—Pero, ¿me quieres? —insistía Olvido procurando no dejar traslucir sus inquietudes.
—Que sí —afirmaba Anselmo cansinamente.
—¿En qué expreso pasarás mañana?
—No estoy muy seguro. Puede que en el 541, o quizás en el Lusiatania Express.
—Antes lo sabías siempre con certeza.
—Antes era antes —respondía el revisor, como si aquella aseveración bastara para explicar lo inexplicable.
—¿Tienes nostalgia del inmenso mar de la llanura? —inquiría Olvido pertinaz en busca de su propia perdición.
—Necesito viajar, eso es todo.
—Me ha dicho mi madre que los ferroviarios sois un poco como los marinos —comentaba la joven—. Que os gusta atracar en muchos puertos. Y, ya se sabe, en cada puerto...
—¡Qué tontería! —exclamó Anselmo poniendo demasiado énfasis en exonerarse de cualquier sospecha.
—Más vale así —comentó Olvido—, porque si algún día me entero de que prefieres a alguna otra hija de un jefe de estación, me vengaré de ti de la forma más terrible.
Cuando llegaron a casa estaba tan mohínos que, en lugar de sentarse en diván a contarse sus cosas, Olvido se puso a regar los geranios y Anselmo a descifrar un crucigrama.
Desde aquel día en que una terrible sospecha fue asentándose en su alma, Olvido no tuvo más remedio que salir de nuevo a la ventana a contemplar los trenes, porque su marido no sabía ya a ciencia cierta en cuál iba a pasar. Y cuando el expreso en el que prestaba servicio cruzaba fulminantemente la estación, la muchacha apenas si recibía un presuroso adiós de su marido, que parecía muy ajetreado picando los billetes de encopetadas damas de primera clase.
Olvido sabía que el 541 no paraba en su estación, porque no era lo suficientemente importante, y porque generalmente no subía nadie más que el correo, pero también sabía que de allí en adelante, el tren se detenía en la mayoría de las estaciones, y eso era lo que le preocupaba. Ultimamente había notado que Anselmo cuidaba más su bello bigote y se ladeaba la gorra jovialmente un punto a la derecha.
—Mira, Anselmo, que como me engañes no te lo perdonaré —dijo un día con tono conminatorio.
—Eso son imaginaciones tuyas —repuso el interventor ajustándose el bien cortado uniforme.
Cierto día en que el 541 llevaba unos minutos de adelanto, cosa bastante insólita, tuvo que detenerse en la estación para perder el tiempo. Los viajeros descendieron como antaño al andén para estirar las piernas, y Olvido notó que algunos de los habituales de aquella línea la miraban con conmiseración y hacían comentarios en voz baja, emitiendo risitas.
Como no en balde era hija de ferroviario, se las pudo arreglar para viajar sin billete y esquivar al revisor, que era su propio esposo. Conocía, por habérselo oído a su padre, las mil formas de no ser vista por el interventor, y de esta manera, logró vigilar a Anselmo sin que él lo advirtiera.
Sus temores resultaron fundados. En varias de las paradas, bellas y más lozanas hijas de jefes de estación se asomaban a las ventanas de sus dormitorios y hacían señas al apuesto revisor, el cual, ajeno a la presencia de Olvido en el convoy, les lanzaba requiebros y les guiñaba el ojo al tiempo que, coquetonamente, se atusaba el bigote. Incluso, en más de una ocasión, llegó a timarse con alguna elegante pasajera de primera clase. Todo lo cual sumió a la joven en una profunda depresión.
Pero no pararon ahí sus desdichas, porque, al llegar al final de la línea, cuando el tren penetró en una inmensa jaula de acero y de cristal silbando alegremente, la más bella muchacha que Olvido pudiera imaginar se asomó a una de las ventanas de la elegante estación término y saludó con la mano a su marido, el cual, descendiendo presuroso, enlazó por la cintura a la joven y ambos se perdieron arrullándose en una de las salas de espera.
De regreso a su hogar, Olvido retornó a su antigua melancolía y a la ventana desde la que solía contemplar el paso de todos los trenes sin perderse ninguno, señal inequívoca de que había vuelto a caer en la profunda depresión anterior a su matrimonio.
Sus mejillas volvieron a palidecer, y sus dedos adquirieron el aspecto de estar modelados en cera. Hondos suspiros salían de su pecho de vez en cuando, y el revisor, comprendiendo que había sido descubierto, no volvió a detenerse jamás en la estación que otrora fue su hogar.
—Anímate, nenita —le rogaba su madre sin obtener ningún resultado.
—Vamos a dar un paseo por el andén, querida —proponía el jefe de estación, pero ella ni siquiera respondía.
Y tanto y tanto se asomó a la ventana a ver pasar a los trenes, quién sabe si con la secreta esperanza de volver a contemplar a su traicionero amor, que los viajeros llegaron a pensar que lo que veían era tan sólo el busto de una muchacha esculpido en mármol. Tal era su palidez y su quietud. Hasta que cierta madrugada, cuando su padre venía de dar vía libre al expreso del Norte, se la encontró muertecita en la ventana, igual que un pájaro dormido.

Inconsolable, a causa del fallecimiento de su hija, el jefe de estación fue poco a poco perdiendo facultades y cierto día estuvo a punto de provocar un desastre al confundir unas órdenes bastante simples, por lo que la compañía, a fin de matar dos pájaros de un tiro, hizo lo posible porque se jubilara, concediendo al matrimonio un pisito en un barrio de ferroviarios cercano a otra estación y mandó clausurar aquella en la que el padre de Olvido había venido ejerciendo el mando.
Con el paso del tiempo, el edificio de la estación fue perdiendo su apresto y comenzó a arruinarse, y como ya no había nadie que encalara las paredes ni regara los geranios, los muros fueron ennegreciéndose y las flores se marchitaron asfixiadas por la carbonilla que nadie se preocupaba de limpiar.
Algunos viajeros, conociendo la historia, pegaban sus rostros a los cristales de las ventanillas cuando los trenes cruzaban vertiginosamente por la antigua estación y comentaban con sus vecinos de asiento los avatares de aquella desgraciada historia. Incluso, en cierta ocasión, alguien creyó ver a una muchacha asomada a una de las ventanas. Seguramente fue el reflejo de la Luna en algún resto de vidrio, pero dio la casualidad de que algunos kilómetros más abajo, aquel tren se salió de la vía, sin que por suerte se produjeran víctimas personales.
Poco a poco, y ya fuera a causa de fantasías histéricas, o a otro tipo de razones, fue extendiéndose la especie de que algunas noches una muchacha pálida, un espectro, permanecía asomada y contemplaba silenciosamente el paso de los trenes.
Los encargados de la compañía procuraron desmentir tan absurdos rumores, especialmente porque las malas lenguas hacían coincidir las fantasiosas apariciones con accidentes de ferrocarril, sucesos cuya frecuencia, a decir verdad, comenzaba a resultar preocupante.
El propio Anselmo, dándoselas de fanfarrón, hacía gala de un valor que estaba lejos de sentir, y atusándose el poblado bigote con un gesto que quería denotar confianza, se asomaba con los demás viajeros al pasar el convoy por el lugar que durante tan poco tiempo fuera su nido de amor.
Ni que decir tiene que, al menos en las ocasiones que el interventor observó fugazmente la estación, ninguna joven fantasmal hizo su aparición en la ventana aquella.
De todas formas, y a fin de evitar ser parte del espectáculo, Anselmo solicitó el traslado a otra línea para alejarse definitivamente, no sólo del recuerdo de Olvido, sino de varias atosigantes hijas de jefe de estación que se creían con derecho a su persona por el simple hecho de haber recibido una sonrisa, un piropo, o una fugaz caricia por parte del apuesto revisor.

Llegó la noche de su último viaje por la línea que se disponía a abandonar, y, aunque fuera llovía a cántaros y una horrible tormenta se había desencadenado sobre la llanura, Anselmo se relamía de gusto pensando en las estaciones de la nueva línea, y en las encantadoras hijas de jefe de estación que iba a encontrar.
Después de haber revisado todos los billetes, y sabedor de que, por lo menos hasta dentro de dos horas no llegarían a la próxima parada, se dirigió al último vagón, que se encontraba desierto, y se tumbó en uno de los asientos con ánimo de descabezar un sueñecito. El ruido de la lluvia y los lejanos truenos hacían más confortable la estancia en el interior del expreso.
Ignorante del tiempo transcurrido desde que se durmió, Anselmo se incorporó en el asiento con la conciencia de que el tren llevaba parado demasiado tiempo. Consultó su reloj y pudo comprobar que todavía no había transcurrido el período suficiente para que el convoy hubiera alcanzado la siguiente estación.
Levantándose somnoliento, se dirigió hacia la puerta de comunicación con el resto del tren, y al abrirla, una violenta ráfaga de viento inundó el compartimento a la vez que un fantasmal relámpago iluminaba la vía. Porque no había otra cosa delante de sus ojos. El resto del tren había partido abandonando, quién sabe por qué incomprensible causa o avería, el furgón de cola en el que él se encontraba.
Casi inmediatamente, un trueno horrísono, correspondiente al espectral relámpago, se abatió sobre el techo del vagón y el tableteante sonido le aturdió de tal modo que a punto estuvo de caer a tierra.
No bien se había repuesto de la impresión, cuando tuvo la certeza de que algo fatal iba a ocurrir. Y en efecto, se oyó un raro chasquido, y a continuación, en una décima de segundo, un rayo descendió fulminante sacudiendo con toda su energía el solitario y desvalido vagón. El estruendo subsiguiente fue tan descomunal, que Anselmo creyó llegada su última hora, pero, por fortuna, la chispa no le alcanzó directamente. No obstante, el furgón comenzó a arder por los cuatro costados, y el interventor saltó a tierra y corrió a refugiarse en un edifico cercano a la vía.
Como pudo, se guareció junto a una de las puertas de la casa y contempló horrorizado el dantesco espectáculo del vagón envuelto en llamas. Fue precisamente aquella luz, a la que se añadía la de los relámpagos, la que le permitió leer el nombre, ya casi borrado, escrito sobre un viejo cartel que la lluvia y el viento hacían oscilar produciendo un lúgubre chirrido: El Almendral.
Separándose ligeramente de la pared del edificio, y cubriéndose con las manos el rostro, a fin de protegerlo de la lluvia, contempló horrorizado la fachada de aquella casa, que no era otra cosa que la antigua estación abandonada.
Sin poderlo evitar, sus ojos se dirigieron hacia la ventana, y a la luz de un relámpago, le pareció ver una sombra blanca que permanecía inmóvil apoyada en el alféizar, pero un segundo después, ya más tranquilizado, comprobó que se trataba tan sólo del reflejo de la luz en algunos fragmentos de cristal.
La sala de espera se encontraba casi a la intemperie como el exterior, pero el resto de la casa, a juzgar por la puerta de comunicación que aparecía intacta, debía de estar algo más abrigada.
Vaciló un instante presa de un temor supersticioso, pero atusándose el empapado bigote, gesto que le inspiraba confianza, derrumbó la puerta de una patada y penetró en la parte de la estación que había servido de residencia a sus suegros.
Las habitaciones estaban desiertas, y tan sólo en una de ellas encontró una silla tan deteriorada que probablemente no hubiera resistido el peso de su cuerpo. Pensó que quizás arriba, en sus antiguas habitaciones encontraría algo sobre lo que tumbarse y esperar la mañana, y, apenas había terminado de formular aquella idea, cuando le pareció que alguien pronunciaba susurrante su nombre y decía algo parecido a «buen viaje, mi amor». Seguramente una ráfaga de viento.
Puso el pie en el primer escalón, y un tremendo golpe le dejó paralizado hasta que comprendió que el aire había hecho que se cerrara la puerta de fuera. No podía consentir que la imaginación le jugara malas pasadas. El era todo un hombre y estaba cansado de demostrarlo.
Ya casi en la parte superior de la escalera, un relámpago iluminó fugazmente el ambiente y sus ojos creyeron contemplar un cuerpo de mujer en lo alto del descansillo, pero siguió avanzando y comprobó al llegar arriba que se trataba tan solo de una mancha de humedad en la pared.
Apoyó su mano contra la puerta de su antiguo dormitorio, y ésta se abrió rechinando lúgubremente sin oponer resistencia. La habitación le pareció vacía al pronto, pero los relámpagos le permitieron ver que a un lado de la estancia había una cama: la cabecera y el somier.
Avanzó lentamente hacia el lecho, que no era otro que su antigua cama de matrimonio, y exhausto, se dejó caer en él. Al instante se cerró la puerta, y una figura fantasmal, que se hallaba oculta tras el batiente, comenzó a caminar con pies inmóviles hacia el lugar en que se encontraba el interventor, el cual, aterrorizado e incapaz de efectuar un solo movimiento, vio cómo el espectro horroroso de una mujer, iluminado a intervalos por la luz blanquecina de los relámpagos, se iba aproximando hacia él, mientras una voz que era como una ráfaga de viento susurraba desde lo más profundo: «Buen viaje, mi amor».
El último gesto del revisor antes de que el fantasma le abrazara de manera mortal, fue llevarse la mano hacia el bigote con intención de atusárselo, pero el contacto con la horrenda aparición interrumpió aquel postrero ademán, y el cuerpo de Anselmo fue ferozmente estrujado contra el entramado del somier, cuyos alambres penetraron profundamente en su carne, y cuando se hallaba de aquella inhumana manera apresado, un rayo descendió del cielo, cayó sobre la metálica cama abrasando por completo y electrocutando al malhadado revisor, y el estruendo del trueno subsiguiente no pudo apagar el eco de una tremenda carcajada que fue como un espantoso alarido que dijera: «¡Buen viaje, mi amor».

BIBLIOTECA UNIVERSAL DE MISTERIO Y TERROR


A una muy tierna edad descubrí los relatos de unos libros que me fascinaron. Se trataba de la Biblioteca universal del misterio y terror, que según mi madre compró en una feria del libro cuando se encontraba embarazada de mi. Ahora muchos años después me gustaría compartir algunos de esos relatos que tanto me fascinaron.

1 feb 2010

POR FIN. ALIVIADA DESPEDIDA



Hoy me siento divina
Divina de la muerte
Por fin esta mañana
Creo que ha cambiado mi suerte

Un buen día de Junio
Te presentaste en mi vida
Bombones, besos y flores
Me dejaste aturdida

Con el paso de los meses
Yo sola voy comprobando
Que no eres quien dices que eres
Que crees que eres más bien Rambo

Pones excusas idiotas
Me preocupas tontamente
Mientras, en tu doble vida
Vas engañando a la gente

Con unos vas semanalmente
Para escuchar una misa
Y mientras a otras preguntas
Si quieren ser tus sumisas

Habría sido mas honesto
Decirlo desde el principio
Y digo bien que es honesto
Y no por eso sencillo

Y poniendo nombres raros
Para crear interés
Al final todo se queda
En un culebrón japonés

Y el mientras se pregunta
¿A quien estaré engañando?
A unos a otros o a el mismo
Que es quien lo está preguntando.

Piensas que eres George Clooney
Sueñas que eres Robert Redfort
Y en el fondo eres un “niño”
Con un montón de complejos

Que detrás de eso te escondes,
Que no sabes a que aspiras
Y que aun siendo universitario
Busca tener otras miras

Hubiera sido más fácil
Explicarlo todo claro
Y no poniendo pretextos
Que escondieran tu descaro

Y dado a que presumías
De que yo era tu “chiqui”
Hoy yo puedo presumir
De librarme de un gran “friqui”

Pero dicen en mi pueblo
sin solerse confundir
Que aquí a “cada cerdo
Le llega su San Martín”

Hoy me siento liberada
Me he cansado de ser lerda
Y por fin he decidido
Que te vayas a la mierda