1 jul 2010

LICANTROPO por Nino Velasco

Para llegar desde el barrio de chalets de San José hasta la avenida del Este existen dos trayectos posibles: dirigirse al bulevar de los Olmos y descender después hacia la avenida, sin abandonar en ningún momento calles bien iluminadas, o bien tomar el camino más corto del descampado que se abre entre los chalets y la flamante arteria, unos de esos espacios de terreno abierto, lleno de residuos, dunas de tierra grisáceas y matorrales empolvados, que salpican sorprendentemente las grandes urbes sin que nadie se decida –en un tiempo de especulación feroz – construir en ellos. Zonas rodeadas a veces por espectaculares edificios de muchas plantas, que permanecen abandonadas durante muchos años, invadidas por las basuras, los perros y las ratas, y ocupadas durante el día por pandillas de chicos que encuentran, en lugares que se convierten en vertederos, una especie de sucedáneo del verdadero campo libre, esa cosa cada vez más difusa y lejana que lleva camino de convertirse en un exótico producto de consumo para familias ciudadanas durante los fines de semana.


Arturo Soldevila, un hombre pulcro y menudo, empleado de banca, uno de esos tipos que se pierden entre las muchedumbres urbanas sin que nadie repare jamás en ellos (tal es su insignificante presencia y lo anodino de su identidad ponderada), vivía en un chalet del barrio de San José en 1976 y todas las noches salía de su casa una vez terminaba de cenar para dar un paseo sosegado de media hora cubriendo un recorrido que no se alteraba nunca. Tomando la acera par de su calle, llegaba al descampado a que hemos aludido, lo cruzaba siguiendo un estrecho camino que la gente había abierto con sus pasos al insistir siempre en el mismo trayecto, y llegaba hasta la avenida del Este, por cuya acera impar descendía hacia la Plaza del Emperador. En este punto retornaba sobre sus pasos y, siguiendo el mismo itinerario, regresaba a casa.

No se sabe lo que aquel hombre puntualmente gris podía ir pensando durante sus paseos nocturnos, lo cierto es que una noche de verano de 1976 –una noche de julio, concretamente–, cuando escuchó a su derecha un ruido imprevisto tras uno de los montones de tierra reseca que cubrían el área residual de aquel lugar. Las sombras eran dueñas de la zona, rodeadas por las altas siluetas oscuras de elevados edificios de ladrillo e iluminada tan sólo por los restos de claridad procedentes de las farolas de sodio que, a doscientos metros de distancia, brillaban sobre la avenida del Este.

El ruido que escuchó era realmente alarmante, algo semejante a los movimientos de un animal que acecha inmóvil a una presa y, de pronto, llegado el momento oportuno, desecha toda prudencia e inicia una rápida acción de ataque removiendo la tierra y los cascotes del lugar que ocupaba. El empleado de banca se detuvo espantado y miró hacia el montículo de donde provenía la señal. Palideció también, porque, simultáneamente, escuchó algo parecido a un rugido oscuro y gutural, el ronco estertor de un carnívoro excitado en el momento de iniciar una feroz agresión. Sobre la montaña de tierra surgió de súbito la silueta oscura de un hombre, veloz como una bestia de presa, un humano sin duda, pero de cuya identidad anónima brotaba un alarido sordo y salvaje, atroz; el pavoroso ronquido infernal lleno de cólera ancestral sobre una víctima indefensa.

No era preciso acudir al dictamen del forense para deducir que aquel hombre había sido sórdidamente destrozado por un animal de ferocidad inaudita: el cuello, deshecho a dentelladas, dejaba ver, entre una masa informe y sanguinolenta de tejidos desgarrados, el esófago y la tráquea mutilados, e incluso se distinguían las últimas vértebras del raquis al fondo de aquella masacre. Las autoridades y la prensa atribuyeron la terrible carnicería a causas muy dispares, pero sólo un periodista de la plantilla de un seminario especializado en sucesos, escribió, sin darse cuenta, en una frase secundaria de su primer artículo sobre el caso, la detestable denominación acertada: «... como si se tratase de la abominable acción de un licántropo... »

                                               * * *



Del diario de Rosa Luque

«27-8-076.

No puedo negar mi afición a las novelas populares editadas en una década comprendida entre los años 30 y 50; libros modestos, pero cuya fisonomía general y su formato, así como los autores elegidos por editores sin ninguna pretensión intelectual absurda, me agradan sin reservas: Biblioteca de Oro, La Novela Ideal, Biblioteca Mundial Sopena, Colección Molino o La Novela Ilustrada, que asocio a nombres como Dumas, Dickens, la Baronesa de Orczy o Ponson du Terrail... ¿No son mucho más agradables estos volúmenes a dos columnas, con esporádicas ilustraciones cuya falta de destreza les añade un encanto más, papel blanco y tapas blandas con un dibujo a color, ingenuo, pero sugestivo, que los libros actuales, en los que la frialdad de un diseño severo los hace incluso antipático?

Me extiendo en esta disgresión literaria porque durante las noches en que Jaime permanece encerrado, leo sin parar esta clase de narraciones que, al menos, me deparan algunos momentos de evasión. Unas noches al mes en las que me resulta imposible dormir de una forma continuada, oprimida por la terrible desgracia que se ha abatido sobre un hombre bueno y honesto a quien la maldición de la luna llena ha sumido en una condición de pesadilla. Si lo pienso serenamente, me parece que se trata tan sólo de una quimera: es un azar tan imposible que me hace sentirme sumergida en un aura de irrealidad continua, incluso cuando él regresa y nuestra vida parece retomar una cadencia de normalidad semejante a la de tiempos pasados, cuando aún no se había manifestado en Jaime ningún signo de su espantosa dolencia. Estoy casada con un licántropo, con un hombre lobo. Jamás mencionamos esas dos palabras, ni siquiera hacemos alusión, aunque sea veladamente, a la propia circunstancia que nos embarga, mucho menos delante de nuestros hijos, Cristina y Fernando, que ignoran por completo el innombrable mal que destroza a su padre».

Del diario de Rosa Luque

«2-9-76.

Esta tarde, a las siete, se ha marchado de nuevo. Su propia decisión, la iniciativa de las autoridades y la adecuada actuación del Ministerio de Sanidad, han resuelto parcialmente el caso, yo creo que de la mejor forma posible. Su encierro voluntario durante las noches de luna llena en una celda del psiquiátrico especialmente acondicionada para él, ha transformado una circunstancia alucinante en algo casi rutinario. Y, desde luego, se elude así cualquier peligro para los ciudadanos , que, a raíz de la muerte del empleado de banca, sufrieron esa conmoción colectiva que sucede a todo crimen excesivamente sangriento.

Cuando la luna cambia de fase, Jaime es el mismo hombre de siempre, activo, honrado y amante atento de su familia. Vuelve con nosotros y, salvo esa sombra que se cierne tras las arrugas de su frente, evocadora de una latente preocupación continua, nuestra vida discurre con la discreta armonía de siempre. Cuando se marcha al psiquiátrico, los niños, creyendo que parte a inconcretos viajes por motivos profesionales, le piden siempre que les traiga un regalo.

Estoy leyendo La mano del muerto. ¿qué autor actual alcanza la ameneidad y el interés sin par de Dumas?»

                                              * * *

Atravesando el bulevar de los Olmos, se alza el parque del Inglés, una arboleda densa cruzada por caminos recónditos que eligen los paseantes solitarios para ejercer sus aficiones peripatéticas o deleitarse en la lectura acomodados en bancos de madera que se esconden al fondo de rincones silenciosos. También es el lugar idóneo para parejas de chicos jóvenes y ociosos se amen entre la maleza incontrolada de ciertas zonas apartadas a cubierto de miradas inoportunas. Por la noche, el parque ha adquirido fama de ser un lugar peligroso; se dice que en la oscuridad de sus paseos actúan pandillas de sórdidos delincuentes: traficantes de droga, violadores o rateros, que han obligado a muchos ciudadanos a desechar un camino rápido para llegar desde la plaza de la Independencia a la avenida del Este.

Sin embargo, pese a la funesta leyenda de este hermoso parque, aún hay gente, sobre todo estudiantes, que, confiando plenamente en sus fuerzas y en lo exiguo de sus pertenecientes personales (nada tentadoras para un atracador), atraviesan diariamente la arboleda nocturna para dirigirse a sus domicilios.

La noche del 7 de octubre de 1978, cuando uno de estos muchachos cruzaba un estrecho paseo cubierto por las copas de altos chopos blancos, escuchó un ruido imprevisto y súbito entre la maleza que cercaba el sendero a ambos lados. Un estrépito de ramas y hojas secas que le paralizaron en el acto. Apenas tuvo tiempo de emitir un grito breve producido por el pánico y la sorpresa: algo rugiente y humano, alguien provisto de una garganta que bramaba como lo hace el lobo en el momento inapelable en que agrede a su presa, una abominable sombra dotada de una agilidad relampagueante, cortó para siempre sus naturales y legítimas ilusiones sobre un futuro prometedor.

El destrozo producido en el cuerpo del estudiante evocó en seguida la carnicería que, dos años antes, sufriera, también cerca de la avenida del Este, un anodino empleado de banca vecino del barrio de San José. Pero en esta ocasión la devastadora acción del agresor era mucho más horrible, más extensa. No sólo afectaba a la garganta de la víctima, se advertían también profundas mordeduras en todo el cuerpo, particularmente en su estómago reventado. Se barajó la posibilidad de que aquel execrable ensañamiento hubiera sido producido por más de un agresor.

                                              * * *

Del diario de Rosa Luque

«15-10-78.

Resultaba pavoroso saber que hay más licántropos en la ciudad. ¿Cómo es posible, Dios mío? Jaime está fuera de toda sospecha. Sigue pasando las noches de luna llena en el psiquiátrico y él, más que nadie, se ha sentido afectado por las nuevas muertes. La última, la increíble inmolación de la modista del barrio de Varenas, ha sido la más pavorosa. Esas inauditas mutilaciones y una insistencia brutal en el destrozo, que borró las facciones de un rostro al parecer agraciado, me han llenado de espanto. ¿De dónde vienen? ¿Qué ocurre? ¿Cómo se generan estos estos desgraciados seres que, involuntariamente, se transforman durante unas horas en indeseables homicidas de la noche?»

Del diario EPOCA

«20-10-78.

La sucesión de muertes violentas producidas en el distrito del Inglés, causando el pánico entre los vecinos, ha provocado ya acciones de protesta entre los vecinos, ha provocado acciones de protesta por parte de éstos, algunas de las cuales, como la manifestación del pasado viernes, obligó a intervenir a las fuerzas del orden cuando un grupo de mujeres –entre ellas las madres de dos chicas muertas– causaron destrozos en una agencia del banco M... y en el dispensario de la Sanidad Nacional. El MSO ha hecho una interpelación al gobierno sobre lo que cree una negligencia en la adecuada protección civil por parte de los servicios oficiales de seguridad. El gobierno centrista, en realidad, ha montado un fuerte dispositivo de vigilancia compuesto por fuerzas especiales de la Seguridad Nacional, particularmente en los alrededores del parque del Inglés, pero el asesino, que el rumor popular identifica con uno o varios hombres lobos, actuando en un área demasiado amplia para ser controlada con eficacia, ha proseguido su labor impunemente.

La lógica psicosis de los vecinos del distrito hace que el barrio, desde el anochecer, se quede desierto, circunstancia que también ha provocado una protesta ante el Gobierno por parte de una representación de los sindicatos de Hostelería y Espectáculos. El motivo no es otro que la gravísima situación que se ha producido en estos sectores tras una alarmante baja de clientes a partir del anochecer.

La policía, por su parte, guarda una reserva absoluta con relación al caso, pero EPOCA ha sabido, de fuentes fiables, que se baraja con cierta seriedad en los medios policiales la posibilidad de que el misterioso causante de las muertes sea una criatura particular, una especie de monstruo o monstruos sanguinarios sobre cuya naturaleza se mantiene un silencio impenetrable. Esta vertiente, que podría enlazar con la creencia popular de que el asesino es una especie de licántropo, ha hecho recordar a la población, también, la dramática muerte de un empleado de banca en el verano de 1976, cerca de la avenida del Este. En todo caso, el MSO ha pedido al Gobierno un debate parlamentario sobre esta tragedia, ante la cual el Ministerio de Seguridad parece sumergido en una silenciosa impotencia, máxime cuando el siniestro homicida actúa con una regularidad y una persistencia que podría provocar, en un futuro inmediato, serios altercados populares. Es destacable, por otro lado, en apoyo del rumor ciudadano, la coincidencia de todos los asesinatos con noches de luna llena, circunstancia que avalaría la hipótesis que hace autor de las muertes a un hombre lobo.

Del diario de Rosa Luque

«21-10-78.

Se trata de un licántropo. No puede ser otra cosa. Actúa en las noches de luna llena, coincidiendo con los internamientos de Jaime en el psiquiátrico. He tomado la determinación de que, durante esas fechas, los niños no vayan a clase por la tarde. Los días son cada vez más cortos, y a la hora de regresar a casa, apenas se demoren un poco en el camino, se les hace de noche. Es cierto que el colegio está muy próximo, pero las calles quedan desiertas apenas oscurece y no puedo correr un riesgo que puede ser, sencillamente, mortal. También sería peligroso para los tres que yo fuera a recogerlos.

Nos acostamos temprano. Ellos parecen cansados últimamente, quizá debido a la tensión que se detecta en las personas y el ambiente, que podría haberles afectado. Por mi parte, sometida al insomnio habitual que me aqueja durante las noches en que Jaime falta de casa, tengo sueño durante todo el día y me duermo pronto, pero a las tres o las cuatro de la madrugada me despierto para no volver a adormecerme hasta el amanecer...»

                                              * * *

La noche del 24 de octubre de 1978, Rosa Luque, una vecina del barrio de San José, que habitaba en un chalet de una planta, se incorporó en el lecho sobresaltada a las cuatro de la noche, tras haber una de esas pesadillas cuya propia naturaleza terrorífica despierta al sujeto que la padece, tal vez como defensa del espíritu ante una situación angustiosa que, a pesar de ser soñada, se hace intolerable.

El sueño estaba relacionado con las muertes execrables que, desde hacía tres meses, se producían en el distrito del Inglés, causadas por un homicida en quien la fantasía popular identificaba con un hombre lobo. Se sentó al borde de la cama, como solía hacer en estos casos, dispuesta a levantarse para dirigirse a la cocina. Acostumbrada a tomarse un vaso de leche tibia cuando se despertaba a horas intempestivas –suceso que se repetía casi todas las noches en que su marido permanecía ausente– y después penetraba en el salón para buscar un libro en las estanterías de una pequeña biblioteca donde había reunido un centenar de novelas populares procedentes en su mayor parte de las librerías de viejo de la calle de la Imprenta. Cuando todavía permanecía sentada al borde de la cama, sobrecogida aún por los efectos de la pesadilla, le pareció escuchar ruidos anormales, aunque tenues, en el dormitorio de sus hijos, algo semejante a los movimientos inquietos que embargan a un niño afectado por un sueño intranquilo y se remueve en la cama continuamente haciendo sonar las ropas que le cubren e incluso la estructura del somier. Aguardó unos instantes y comprobó que, si bien aquel ruido inhabitual había cesado, ahora podía escuchar el sonido sordo de unos talones desnudos resonando sobre el piso del dormitorio. Se podía suponer, tal era la multiplicidad de estos rumores, que sus dos hijos, Cristina y Fernando se habían levantado de las camas y, sigilosamente, se movían por la habitación. Después, con claridad inequívoca, oyó el pestillo de la ventana al ser accionado para abrirla.

Se dan reacciones en el hombre, determinaciones intuitivas que le inducen a realizar actos súbitos, no reflexionados, o ni siquiera tan sólo considerados, que únicamente después, cuando pasa el tiempo y la serenidad vuelve a la mente, se muestran en la plenitud de su sentido, y se advierte cómo el cerebro, previamente a la ejecución de esos hechos espontáneos, ha trabajado en realidad, raudo como un relámpago, manejando una serie de razonamientos meteóricos que conducen a una actuación perfectamente lógica.

Rosa Luque no se dirigió, como era de esperar, al cuarto de los chicos, sino que con el corazón palpitante y una agitación ahogadora que le oprimía la garganta, salió al pasillo, llegó hasta la puerta que daba a la calle y accedió al jardín del chalet. Envuelta en la oscuridad de la noche y procurando no hacer el menor ruido, se ocultó en un rincón en sombras, tras un seto silvestre, y miró hacia el cuarto de sus hijos.

Algo extraño y probablemente siniestro estaba ocurriendo. Los niños (nueve y doce años respectivamente) habían abierto, en efecto, la ventana, y colocados junto a ella, todavía en el interior de su habitación, permanecían inmóviles, mirando en silencio hacia arriba, al cielo nocturno, con una expresión absorta que delataba algo semejante a una actitud de anhelo o éxtasis. Rosa Luque dirigió su mirada hacia el lugar del espacio en que ellos tenían clavadas sus pupilas. Una nube oscura, bordeada por un halo de luz, parecía avanzar majestuosa sobre los sombríos edificios de la avenida del Este; una nube que, poco a poco, fue desvelando el disco plateado de la luna, redonda e inerte, una luminosa esfera radiante que produjo un pérfido hechizo sobrecogedor. Escuchó entonces como de la garganta de los niños brotaba un tenue ronquido impropio y volvió la cabeza para mirarlos.

La luz pálida del satélite iluminó sus rostros expectantes. La claridad no era suficiente para distinguir con precisión qué fue lo que ocurrió después, pero Rosa Luque pudo adivinar cómo aquellas mejillas, que ella había besado en tantas ocasiones, sufrían una metamorfosis abyecta tan sólo en unos segundos alucinantes, cómo sus caras se transformaban en horribles máscaras infrahumanas, facciones bestiales cubiertas de pelos al fondo de cuyos ojos nacía simultáneamente el brillo ancestral y helador que confiere matices aún más pavorosos a los erráticos mamíferos carniceros que merodean en la noche de las cordilleras buscando presas desprevenidas.

Después, con una agilidad extraña, propia del lobo excitado de las llanuras, los dos chicos saltaron al jardín y más tarde salvaron la verja que daba acceso a la calle para perderse en la oscuridad del barrio, en la estepa de asfalto grisáceo, emitiendo roncos aullidos ahogados, sonidos guturales que transportaban a un universo de atroces bestias asesinas...

AULLIDOS DE LIBERTAD por Manuel Yañez

Pesaba ciento cuarenta kilos, medía dos metros y treinta centímetros de estatura y se hallaba encadenado a la pared. Todo en él era odio y deseos de venganza. No sabía que los seres nacidos de mujer tienen nombre propio. Le habían crecido en el rostro, especialmente sobre el labio superior, unos pelos que le parecían muy distintos a los que cubrían su cabeza. Vivía en la oscuridad aunque no era ciego. Sur recuerdos, escasos y primarios, se formaban de sonidos y emociones apenas sin imágenes y carentes de palabras. Había sabido hablar, de eso hacía mucho tiempo, pero terminó por perder la voz de tanto gritar que le sacaran de allí. Por eso actuaba como un instinto racional que espera la ocasión para descargar la hiel que almacena. Ignoraba la existencia del espejo, del peine y de la higiene personal. Sólo conocía aquel sótano, su reducido universo, aunque la imaginación le decía que tras aquella puerta, tan cercana e inalcanzable, debía encontrarse algo distinto, apetecible e invitador, cuyo conocimiento necesitaba más que su propia existencia. Por eso no cesaba de luchar para comprobarlo, sin importarle que sus medios resultasen muy limitados y rudimentarios, y que fuera a estrellarse contra el obstáculo, cada vez más violentamente que se lo impedía de una forma despiadada. Hasta el punto que su empeño obsesivo bordeaba los límites del suicidio.


Realmente no hacía otra cosa que obedecer a ese impulso básico y ancestral, tan común a todas las criaturas que pueblan la Tierra, que se llama libertad.

Cuando las dos únicas personas que le trataban –sabía que eran Padre y Madre, pero no los sentía como algo suyo– entraban a traerle la comida y el agua, lo hacían abriendo la puerta, con lo que la oscuridad quedaba anulada, provocadoramente, gracias a la claridad del exterior. Y quizá fuese este cambio el origen de la convulsión enloquecida a la que se veían sometidos sus brazos y sus piernas, a la vez que se le nublaba el cerebro y se le reventaban todos los propósitos de mantenerse tranquilo. Porque, sumido en su lucha desesperada por librarse de las cadenas, olvidaba el bestial castigo al que se iba a hacer merecedor.

Luego, irremisiblemente, escuchaba los restallidos del látigo, le alcanzaban los impactos dolorosos, la carne se le abría en infinidad de heridas sangrientas, y no tardaba en sentirse dominado por un sentimiento de indefensión. Entonces, cuando antes había sido un brevísimo volcán en erupción o una epilepsia sobrehumana, su voluntad se transformaba en una necesidad de que el cuerpo consiguiera incrustarse en la pared y encogerse, para así escapar del martirio haciéndose lo más pequeño posible. Y con los mocos, las babas y los estertores, sordos y rabiosos pero sin lágrimas, le volvía a amansar el miedo y el convencimiento de que jamás le permitirían salir del sótano. Pero no le desaparecía el odio y el ansia de cobrarse la más despiadada represalia.

No siempre había alimentado los mismos sentimientos. Tiempo atrás, cuando era más pequeño y blando, no le mantenían encadenado, a pesar de que, en todo momento, quería rebasar la hipnótica frontera de la puerta. Nada más que ésta se abría, él corría en busca del exterior, siempre impulsado por la catapulta de una obsesión cada vez más exacerbada, aunque no irracional. Al momento encontraba cerrándole el paso el corpachón de Padre, y las manos de éste le sujetaban, comunicándole toda su repulsión y una gran amenaza. Esto lograba detenerle, sin que se acallasen las quejas y se le secaran las lágrimas. Seguidamente, Madre venía a abrazarle, le devolvía a las sombras y, tranquilizándole con sus palabras, le empezaba a dar de comer utilizando un objeto metálico, cuyo nombre él había olvidado porque llevaba demasiado tiempo alimentándose con sus propias manos y hasta metiendo la boca en el mismo plato.

Cierto día, después de permanecer esperando junto a la puerta, estuvo a punto de conseguir escapar. Sólo fue un parpadeo de novedad: un amago que le abrió todas las esperanzas, porque, en el instante en que la emoción le invitaba a reír, Padre le apresó por una pierna, como si quisiera rompérsela y, luego, le golpeó salvajemente con los puños hasta dejarle sin sentido.

Cuando volvió a la realidad, se encontró atado a la pared por medio de una cuerda. No pudo entender aquello. Quiso caminar por la reducida estancia y cayó de bruces sobre la paja del suelo al encontrar obstaculizados sus movimientos por lo que rodeaba uno de sus pies. Enloquecido, intentó quitárselo, pero sólo consiguió llagarse los tobillos y destrozarse los dedos de las manos...

¡Qué alivio sintió cuando Madre le curó las heridas!

No obstante, el dolor sufrido únicamente significó una tregua, ya que continuó luchando contra sus ataduras, hasta que consiguió romperlas. Nada más coronar la hazaña, advirtió que dentro de su cuerpo se había formado una emoción similar a la que conoció al superar la puerta por primera y única vez. La alegría fue muy corta, aunque nunca le arrebataron la esperanza, porque Padre le golpeó, más que nunca, sirviéndose de los puños y de los pies calzados con botas provistas de suelas claveteadas; después, le volvió a atar con otra cuerda, de mayor grosor que la anterior, y le hizo probar el suplicio del látigo, mientras gritaba:

–¡Jamás saldrás de aquí! ¡Este es tu único mundo! ¡Y da gracias que te permitamos seguir vivo!

Puede decirse que él había aprendido a hablar escuchando las crueles amenazas de Padre y las ahogadas exclamaciones, los rezos y los susurros cariñosos de Madre. Y con este conocimiento le nacieron las preguntas, a las que faltaban unas respuestas que no fuesen las que nacían del castigo y del desprecio. También acabaron por brotar los aullido de protesta que él convirtió en un arma al comprobar que a su verdugo le enfurecían. Inútil esfuerzo. Con el tiempo enronqueció hasta dañarse incurablemente las cuerdas bucales, y se quedó sin voz después de un largo proceso de sufrimientos.

Más tarde, la imposibilidad de hablar le convirtió en una criatura intuitiva, en un animal casi irracional que aceptaba mantener un papel sumiso con el único propósito de encontrar una nueva oportunidad de escapar. Sin embargo cometió infinidad de errores, todos los cuales se debieron al mal aprovechamiento de su fuerza descomunal. Y es que en varias ocasiones consiguió romper las gruesas cuerdas que le ataban a la pared más lóbrega del sótano, pero siempre le aturdió la emoción de su breve triunfo. Después, cegado por la claridad que había brotado de al abrirse la puerta, quedaba convertido en una fácil presa de la violencia de Padre, y terminaba viéndose unido a la pared. Por último le colocaron las cadenas...

¿Cuánto tiempo hacía que venía sufriendo?

No conocía el reloj ni el calendario, tampoco sabía cuando era de día o de noche. Pero su mente había encontrado una forma de intuir en qué momento se iba a abrir la puerta, y sus ojos, así como la totalidad de su cuerpo y de su cerebro, se concentraban en ese suceso excepcional, en esa alteración emotiva, tantas veces dramática, que le cegaba la vista con el asalto enloquecedor de la claridad, renovaba la acre atmósfera del sótano y le sometía, a él, a una convulsión nerviosa y esquizofrénica.

En algunas ocasiones, no recordaba cuántas por su reducido número, había estado más tiempo sin que ellos viniesen. Y hasta llegó a temer por su vida, debido a que el hambre y la sed le llevaron al borde del delirio. Entonces comenzó a buscar otros alimentos: esas cucarachas que había pisado sin querer, por culpa de que estaba dormido o se hallaba cegado por la claridad que entraba por la puerta. No le desagradó el sabor, como tampoco le asqueó masticarla paja húmeda del suelo y hasta sus secos excrementos.

Cuando ellos volvían a aparecer, a través de los llorosos susurros de Madre, sabía que Padre había estado enfermo o ausente: «ha caído malo» o «se tuvo que marchar de aquí», eran las únicas explicaciones que escuchaba de quién jamás se atrevía a entrar sola en aquel lugar. A él le costaba entender el significado de las palabras, acaso porque jamás había «caído malo» –en esas ocasiones que simulaba estar durmiendo, había llegado a escuchar algo parecido a esto: «pobre desgraciado, en ti todo es tan extraño que hasta las heridas que te produce el látigo cicatrizan de un día para otro...»; pero sí terminó por comprender el sentido de la frase «se tuvo que marchar de aquí»: era algo similar a poder rebasar la puerta para escapar de aquel maldito sótano.

En esos tiempos que era más pequeño y blando, por lo que no le tenían atado, y hasta cuando le mantuvieron sujeto a la pared con las cuerdas, pero siempre adoptando las mayores precauciones y suplicándole, a la vez, que no le devolviese «mal por bien». Ya que en algunas ocasiones él la había golpeado, dejándose arrastrar por la desesperación y olvidando que ella era su única aliada y el freno que había impedido, en infinidad de suplicios, que los latigazos llegasen a matarle.

También recordaba sus juegos con las ratas y con toda la variedad de insectos y lombrices que le acompañaban en su prisión. Sumido en la oscuridad a la que se había habituado, y pudiendo ver lo que se hallaba cerca de su cuerpo, sobre todo lo que se movía, le gustaba dejar que los animales le subiesen por las piernas y por los brazos, y no le importaba que esas peludas bestezuelas llegaran hasta su rostro para lamerle la grasa y los restos de comida que se habían resecado sobre su piel. Tampoco se negaba a compartir el contenido de los pucheros metálicos y de los baldes de dura madera.

Pero, al poco tiempo de verse encadenado, el odio comenzó a formar parte de cada una de sus acciones, a constituirse en un aliento de supervivencia, aunque no lo pudiese controlar en ese instante excepcional que se abría la puerta y la claridad le devolvía, brutal y enloquecedoramente, la obsesión de escapar de allí, por eso quedaba a merced de la epilepsia sobrehumana que le llevaba a ser reo de un castigo terrible y aniquilador. Así terminó volcando el odio sobre las pequeñas criaturas que vivían en el sótano. Fue empezando por recrearse dándoles caza, para después martirizarlas arrancándoles las patas, una a una, y gustando cruelmente de sus convulsiones de dolor, aplastándoles la cabeza y el cuerpo, y comiéndoselas con la lentitud del que desconoce las prisas porque sabe que no puede ir a ninguna parte.

Y de esa forma iba cultivando su sed de venganza, entrenando esa represalia con el martirio de los animalillos cuando su meta inconsciente, aún no aceptada de una forma externa, era el hombre que le blandía el látigo y el comunicaba tan honda repulsión. Lo más emocionante lo encontraba al apresar a las ratas: las primeras se dejaron coger con facilidad porque eran sus amigas; pero, luego, en el momento que las nuevas le vieron como un rival muy peligroso, debió desarrollar una estrategia hecha de paciencia y de astucia, pues dejaba que sus víctimas se confiaran creyéndole dormido. Y descargaba el ataque definitivo, fulminante, cuando sabía que ya era imposible el fracaso: las bestezuelas iban devorando los restos de comida que las aproximaba a la trampa, en la que caían sin contar con ninguna escapatoria. La mayoría le mordían las manos, y todas se agitaban enloquecidas hasta que les llegaba la muerte. No cedían en su protesta, mientras él les partía las patas, la cabeza y el cuerpo. Todo esto lo iba masticando con el mayor placer.

Su odio llegó a ser tan agresivo que ni siquiera toleraba el contacto de Madre cuando le lavaba o le cambiaba de ropa. Por eso recurrieron a echarle algo en la comida que le dejaba dormido. Esto lo descubrió una vez que se despertó cuando ella le estaba atendiendo. Su reacción fue de arrojarla lejos de su cuerpo, y lo realizó con un arrebato de furia animalesca. Acto seguido, a la vez que volvía a ser herido y martirizado por el látigo, pudo escuchar a Madre:

–Esta vez no has preparado la suficiente dosis... ¡Por favor, deja de golpearle! ¡Reconoce que él no tiene la culpa de que tú estés tan preocupado con esos experimentos...! ¡Acaso no puedes ver que ya es imposible que pueda alcanzarme... porque no da más de sí su cadena...? ¡Fíjate más en lo que haces, y no pagues en este pobre desgraciado tus errores!

Habían sido muy pocas las veces que ella protestaba de esa forma. Más tarde, abrazado por la oscuridad, él luchó por encontrar una respuesta sirviéndose de las palabras que acababa de escuchar. No estaba acostumbrado a deducir, pero los elementos a relacionar eran tan elementales: esas ganas insoportables de echarse a dormir que venía padeciendo últimamente al poco de terminar de comer y la primera frase que había pronunciado Madre. Le costó más de tres nuevas visitas de ellos dar con la respuesta: le obligaban a coger sueño para así cambiarle de ropa y lavarle.

Su primera reacción fue la de aprovechar este conocimiento para tenderles una trampa similar a la que empleaba para cazar ratas. Sin embargo, el odio y los juegos de astucia le habían desarrollado una inteligencia primaria, y asía tuvo en cuenta la existencia de la cadena: «¿de qué le valdría matarlos y devorarlos si continuaba atado a la pared?» Además, ya había intentado romper repetidamente la dura sujeción, y sabía que en un momento más o menos cercano lo conseguiría.

Pero comprobó sus posibilidades: dejó intacta la comida y el agua; después, simuló que se había quedado dormido. Ellos tardaron en aparecer, por lo que le martirizaba un hambre irresistible; también estuvo a punto de estropearlo todo los efectos de la claridad que invadía todo al abrirse la puerta... ¿Cómo pudo olvidarse de esta reacción? Gracias a que se hallaba de espaldas, y a que apretó con fuerza los párpados y contuvo a tiempo el arrebato nervioso. Al poco rato se dio cuenta de que había cometido otro error.

–¿Cómo se ha podido quedar dormido sin probar bocado? –preguntó Padre, muy cerca– El balde de agua también está sin tocar. ¡Qué raro!

–¡Tú siempre con tus recelos! Estaría agotado... ¿Sabemos lo que hace cuando le dejamos solo? Si tanto miedo le tienes, quédate a mi lado y con ese maldito látigo levantado, pero déjame que le cuide...

Se silenciaron las palabras repletas de crispaciones, y fue atendido por unas manos que eran incapaces de ocultar la repugnancia por mucho que lo intentasen. Mientras tanto, le llegaba una nueva sensación, de la que disfrutó con un malévolo estímulo y sintiéndose, por primera vez, superior a ellos. Además, el hecho de permanecer inmóvil, con los ojos cerrados y manteniendo una respiración monocorde suponía un nuevo paso en su entrenamiento para la venganza. Sabía que ésta llegaría en su momento, no le importaba cuándo porque le habían «amaestrado» para que desconociese las prisas; por otra parte, la impaciencia era otra de las muchas palabras que carecían de significado para él debido a que nunca la había sufrido.

Después de la cuarta o quinta llegada de ellos, repitió la experiencia, pero cuidándose de ocultar entre las pajas parte de la comida y de derramar el agua del balde en la proporción que acostumbraba a beber. Y la prueba funcionó a su plena satisfacción; sin embargo, no se conformó con ese triunfo, y repitió el desafío emocionante en infinidad de ocasiones, porque ya lo veía como un juego mucho más interesante que cazar a las ratas, aunque a éstas no las olvidó en ningún instante. Y sometido a estos procesos de acumulación de astucias y crueldades, fue creciendo en su alma una seguridad que le permitió utilizar aún más su inteligencia.

¡Y por fin consiguió arrancar la larga cadena del punto de sujeción en la pared!

No podía saber que la oxidación del metal, unido a su permanente forcejeo, había sido la causa de su conquista. Sólo tenía conciencia de la libertad que acababa de obtener, y de que todas las bazas le serían favorables si conseguía contener la borrachera de júbilo que le embargaba. Dispuso del tiempo suficiente para serenarse. Luego planeó su estrategia de ataque. No podía fallar. Rasgó un trozo de tela de los bajos de su camisa, pretendiendo conseguir un vendaje para sus ojos. Tuvo que repetir la acción tres veces porque le había fallado el cálculo de lo que realmente necesitaba; seguidamente, se encontró con el problema de conseguir que aquello se sujetara, porque no sabía lo que era un nudo. Lo logró después de múltiples intentos, aunque fue de una manera tosca pero segura.

De repente, ese «sexto sentido», la intuición, le permitió saber que ellos estaban a punto de llegar al sótano. Esperó pegado a la pared, levantando la cadena con la mano derecha en posición de golpear, y teniendo la mano izquierda dispuesta para cerrar la puerta en cuanto «sus enemigos» estuviesen dentro del sótano. No tardó en escuchar los pasos pausados, los susurros de Madre, las secas protestas de Padre, el tintineo del llavero y el chirrido de los cerrojos al ser desplazado. Cerró con fuerza los ojos, temiendo que la claridad que iba a inundarlo todo fuese capaz de atravesar la defensa de tela. Debía evitar que se desatara la epilepsia sobrehumana que le dejaba indefenso...

El crujido de las bisagras y la renovación del aire, unido a esa sensación de erección gozosa que acusaba todo el vello abundante de su cuerpo, le dijeron que había llegado el instante crucial. El odio se convirtió en una frialdad inusitada, en una tranquilidad sobrenatural que no se dejaría traicionar por todo lo que iba a escuchar.

–¡¿Dónde estás...?! –gritó Padre al descubrir que el apresado no se hallaba donde siempre; pero ya había entrado en el sótano–. ¡Si ha roto la cadena...! ¡Yo le mato... Esta vez será la definitiva...!

–¡No, por favor...! ¡Es tu hijo, más que mío! –suplicó Madre, llorando y con una voz desgarrada, pero también se hallaba en el interior de la lóbrega estancia.

Entonces, haciendo gala de la crueldad de un verdugo, el que acechaba cerró la puerta de golpe. Y el lugar quedó completamente a oscuras –tuvo esta certeza por medio de los ruidos y las quejas intranquilas de ellos–. Ya todas las ventajas eran suyas porque conocía a la perfección cada palmo de aquella estancia.

–¡Ha sido él... quien ha cerrado la puerta...! –exclamó Padre, luchando por recuperar la seguridad–. ¿Por qué no ha intentado escapar... como en aquella ocasión...? ¡No puede ser más inteligente que yo! –Le estaba volviendo la repulsión y la violencia, como demostró al restallar el cuero y hacer que golpease al aire–. ¡Oye el sonido del látigo que va a arrancarte esa vida que no te pertenece! ¡Por mucho que te escondas, yo te encontraré para desollarte el cuerpo hasta que te deje muerto!

–¡No, no, te lo suplico...! –gritó Madre, asustada e indefensa–. ¡Es tuya la culpa de que él sea así...!

Mientras, el látigo no cesaba de buscar a su víctima; sin embargo, los continuos golpes al vacío precipitaron la frecuencia de los estallidos, evidenciando el gran nerviosismo que dominaba al verdugo fallido, al ser inteligente que se enfrentaba a una situación incomprensible, fuera de toda lógica racional. Y tan preocupado se hallaba por la falta de una respuesta concreta y por la imposibilidad de ver en aquella oscuridad, que no escuchó los pasos de enemigo, ni tampoco percibió el chirrido de la cadena; pero sí sufrió el impacto de la misma: un golpe envolvente que le destrozó la nariz, las orejas y la zona del occipital. El dolor fue tan enorme, tan evidente de su derrota-ejecución, que aulló como la bestia que un día quiso ser –en la pretensión demencial de imitar al doctor Jekyll convirtiéndose en míster Hyde–, sin saber que así estaba consiguiendo que aumentase la sed homicida de su enemigo. Volvió a recibir un mayor castigo, mediante impactos que le destrozaban el cuerpo, las piernas y los brazos, sin brindarle la ocasión de suplicar y de encogerse, porque ya había perdido el control sobre sus músculos y nervios. Luego, en una destrucción de todo lo vivo que había existido en su humanidad, le llegó la nada de la muerte: ese error imperdonable para un científico por la posibilidad de ser rectificarlo.

El vengador continuó descargando la cadena hasta que se le cansó el brazo. Ya hacía mucho tiempo que Padre había dejado de moverse. Acto seguido, respondiendo a un impulso ancestral, a esa fuerza que le impulsaba a devorar gustosamente a los escarabajos, las cucarachas y las ratas, se arrodilló junto al cadáver y clavó sus dientes en la carnosidad y los huesos de la cabeza, que eran una pulpa sanguinolenta, y comenzó a devorar a su presa: desgarró, trituró y tragó con una voracidad en aumento, dejándose arrastrar por un impulso que era más poderoso que cualquier otro de los que le animaban.

Luego le nació una nueva reacción desconocida, y no la contuvo porque algo le decía que formaba parte de su auténtica personalidad: aulló a pesar de la rotura de sus cuerdas bucales, y con el fiero sonido vomitado por su garganta supo que era el más fuerte. Por eso ya no retrasó el momento de ir al encuentro de la claridad. Se quitó la tela de los ojos y corrió hasta la puerta. La abrió con cierta lentitud, receloso. ¿Qué encontraría más allá?

La luz hirió sus ojos habituados a la oscuridad, y debió cerrar los párpados con fuerza. Pero no le asaltó el ataque de epilepsia sobrehumana debido a que la libertad se encontraba a su alcance. Se apoyó en la pared, conteniendo el ahogo de la excitación...

Repentinamente, volvió a sufrir el cruel azote del látigo. Se dio la vuelta y vio a su madre: más cruel que nunca y llena de repulsión.

–¡Tú no puedes escapar de aquí! ¡Debo matarte antes que dejarte en libertad... Porque harás a los demás lo que acabas de hacer a tu padre...! –gritó ella, rabiosa, y castigándole de nuevo con el cuero–. ¡Aprendí a amarte mientras estuviste en mi vientre...! ¿Por qué no aborté... o no te estranguló tu padre cuando te sacó de mí en el parto...? ¡Le has devorado... Esa sangre que cubre tus ropas... y rezuma de tu boca es de él...! Dios mío, ¿acaso este es el castigo que merecemos?...

La mujer balbucía su protesta sin dejar de caminar hacia atrás. Porque los golpes del látigo no detenían al enemigo, a esa bestia a la que seguía considerando su hijo, sino que, al contrario, le impulsaba a avanzar blandiendo la cadena de una forma aterradora. Este acose se detuvo cuando la espalda encontró la pared. Le vio abrir los ojos, mirarla con odio, y...

Ya estaba muerta en el momento que la cadena se estrelló contra su cabeza. El corazón no había resistido tanto sufrimiento. Luego, el siguió golpeando con una furia que era la erupción de un odio acumulado durante muchísimo tiempo. Y siguiendo el ciclo de la experiencia anterior, también devoró una parte del cadáver. Tampoco faltó el aullido salvaje de su triunfo. Seguidamente, bañado en sangre y eructando de placer, atravesando el umbral de la puerta, precipitadamente. Como había dejado que la cadena arrastrase a uno de sus pies, provocó que ésta golpease a un objeto, que nunca había visto, el cual se rompió con un pequeño estrépito, y su continuo cayó sobre la paja que cubría el suelo del sótano. Al instante se produjo un incendio...

Era la primera vez que contemplaba el fuego, ¡y sintió un terror insoportable, demencial, y le desapareció toda la seguridad! ¡Sólo quería huir de allí, lo más lejos posible!

Corrió por los escalones de piedra, resbalando multitud de veces por culpa de la precipitación y por la torpeza de unas piernas tan poco acostumbradas a caminar y mucho menos a desplazarse con tanta rapidez. Pero consiguió llegar arriba. La densa humareda le asfixiaba. Encontró su camino cerrado por otra puerta, más pequeña que la anterior y que estaba situada en el techo. Al principio se detuvo pensando que no podría abrirla.

Le obligó a reaccionar la proximidad de las llamas, el intenso calor, el humo y la necesidad de conseguir la libertad. Estrelló contra el obstáculo todas las fuerzas de su cuerpo gigantesco, y consiguió que saltara el pequeño cerrojo. Después salió a un jardín y a la noche, sin darse cuenta del cambio porque le enloquecía el miedo a morir bajo ese calor tan intenso. Apoyado en el tronco de un árbol, exhausto y con los ojos llenos de lágrimas y escozores, comenzó a adquirir la certeza de que había superado el peligro. Se sentía muy cansado, por lo que se echó sobre la hierba y no tardó en quedarse dormido.

Le despertó el frío de la naturaleza. Se incorporó con los ojos abiertos. Le asombraba la ausencia de esa claridad que él creía que siempre iba a encontrar al escapar del sótano. Se incorporó muy despacio e intentó caminar, pero se notó atado. Una rabia salvaje volvió a su mente, y aulló y se convulsionó desesperadamente. De pronto se dio cuenta de que ya no estaba sujeto a ninguna pared. Tardó en comprender que la cadena se enganchaba en los múltiples obstáculos del suelo, por eso se cuidó de llevarla recogida y sujeta con su mano izquierda.

Ya todo le asombraba y le sobrecogía. Cada sombra moviente de las ramas, los arbustos, el cloqueo de los búhos, el susurro del aire y... ¡la luna llena! Había llegado a una zona abierta del bosque, y allí arriba se encontraba un gran círculo blanco, mirándole. Sin entender por qué lo hacía, levantó la cabeza y aulló, repetidamente, en una especie de canto ancestral: aullidos de libertad de una criatura racional, que había nacido para encontrarse allí y no encerrada en un sótano. Sólo acalló la cantinela cuando desapareció la celeste provocación. Entonces siguió caminando, sin olvidarse de no dejar que arrastrase la cadena.

Cayó al suelo en varias ocasiones debido a la torpeza de sus andares y a las piedras y a las raíces. Y en un momento, cuando se había quedado quieto ante una barrera de agua, le dejó anonadado el amanecer. Se quedó sentado en la hierba, extasiado por aquel espectáculo que le revelaba que había merecido la pena escapar. Lentamente, con la emoción creciente del instante, supo que esa era la auténtica claridad, y no la que entraba por la puerta del sótano al aparecer ellos. No le dolían los ojos, ya que había dispuesto del suficiente tiempo para adaptarse a aquel cambio tan radical y excitante.

Tenía sed. Se incorporó con torpes movimientos, recogió la cadena y se acercó al agua. Con cierta dificultad se arrodilló en el suelo y acercó su boca al espejo del remansado líquido...

¡De repente, como una agresión desafiadora, vio ante él un ser de fauces abiertas, grandes colmillos salientes sobre el labio inferior y superior, ojos pequeños inyectados de sangre, narices aplastadas de negros orificios, rostro peludo y orejas afiladas!

No soportó el reto que aquella aparición representaba. Saltó a por el enemigo, y se zambulló en el río. Durante unos momentos peleó contra la nada, chapoteando y aullando. Luego, cansado y satisfecho, se dio cuenta de que estaba solo. Por eso aulló a la libertad que le permitía librarse de su enemigo, bebió en el agua revuelta de tierra y cieno y volvió a la orilla.

Se notaba poderoso, más fuerte que nunca, porque ignoraba que su rostro era una combinación de los que correspondían al jabalí y al lobo, que su instinto era una bestia carnicera y que su humanidad ofrecía el aspecto de un gigante repulsivo: singular licántropo sin el don de recuperar el aspecto humano al no hallarse bajo la influencia de la luna llena, por lo que sería combatido hasta el exterminio por esos seres, perecidos a Padre y Madre, con los que no iba a tardar en tropezarse...

14 jun 2010

VALENTINE por Alexander Demarest

Odio visitar los cementerios el Día de Todos los Santos. El espectáculo de las ofrendas florales multitudinarias, rito mediante el cual los que están arriba tratan de aplacar el terror que les inspiran quienes ya están abajo, me parece una abyección a duras penas disfrazada de sentimentalismo. Cuando veo esas ancianas rigurosamente enlutadas moverse entre las tumbas floridas, como diligentes abejas de la muerte, desearía no llegar a morir nunca para no sentir el renqueante sadismo de sus pasos sobre la hierba que, indefectiblemente, me cubrirá. Compadezco a los espíritus sensibles; desde sus pútridas mazmorras subterráneas, sentirán el peso de esas vidas miserables sobres sus cráneos como la más horrible de las maldiciones. La paz de los muertos no debería violarse jamás.


Pero ya no creo, después de la atroz experiencia que he vivido, en esa supuesta paz de los muertos. O, mejor dicho, en la paz de algunos supuestos cadáveres, si es que por este término entendemos a los cuerpos cuya descomposición nos induce a creer que están «absolutamente» privados de sensibilidad. Una oscura intuición, que mi mente se esfuerza en vano por no considerar una evidencia, me dice que el imperio de la muerte no es a veces tan completo como desearían algunos desdichados.

Ineludibles obligaciones de amistad me forzaron a acudir al cementerio del Pére Lachàise en la fecha anteriormente señalada. Un antiguo camarada, viudo desde hacía varios meses, me rogó que le acompañase a visitar la tumba de su esposa, joven de veinte años que se había ido marchitando sin que los médicos lograsen atajar los síntomas de su extraña anemia. Y digo extraña, porque pese a que Valentine no había perdido nunca el apetito, y pese a la tenacidad con que se aferraba a la vida, su cuerpo había ido enflaqueciendo día tras día, hasta quedar reducido a piel y huesos, y sus mejillas, en otro tiempo frutalmente luminosas y sonrosadas, acabaron adquiriendo la repulsiva y amoratada palidez de los cadáveres. Era, en verdad, lamentable contemplar la fogosidad casi hiriente de sus ojos oscuros, cuyo perenne brillo permaneció aún después de la muerte, resaltando como lúcidos tizones en un rostro tan demacrado que los pómulos parecían desgarrar la delgada capa cerúlea que los envolvía.

La enfermedad de Valentine se afianzaba tan lenta como inmisericordemente, y comenzó a alterar su agitado psiquismo de forma tal que, pese a la enorme cantidad de sedantes que se veía obligada a ingerir, no lograba conciliar el sueño. Durante las frecuentes visitas que, en los últimos tiempos, hacía al desdichado matrimonio, quedé fascinado por una circunstancia insólita. Era que sus ojos, siempre magníficos, parecían haberse agrandado en la constante contemplación de una idea cuya naturaleza terrorífica intuíamos mi amigo Gustave y yo, sin que ninguno de los dos nos atreviéramos a hacerle preguntas sobre ella. Aunque mostraba un dominio absoluto de su persona, aparentaba una calma interior que estaba muy lejos de sentir, a juzgar por la sobrehumana fijeza de aquellos ojos aterrorizados. Cuando todavía podía caminar lo hacía como un fantasma, dando incluso la impresión de casi flotar en el aire, a tanto se había reducido la consistencia de su cuerpo. Era penoso ver sus manos esqueléticas, la nerviosa celeridad de sus gestos, los frecuentes y convulsos escalofríos de que era víctima. Un frío mortal sellaba mis labios cada vez que, por cortesía, besaba sus mejillas. Poco antes de que se viera obligada a guardar cama murieron, inexplicablemente, las numerosas plantas de la casa. Una densa y maligna atmósfera comenzó a flotar en ella. El día en que Valentine no pudo abandonar su lecho, Bubú, el hasta entonces fiel y cariñoso caniche, se mostró extraordinariamente agitado y arisco, llegando a morder a Gustave en la mano cuando éste trató de hacerle una caricia. Sin que pudiera averiguarse la causa, al animal estaba aterrorizado. Tanto, que en cuanto vio la puerta abierta echó a correr hacia la calle para no regresar nunca.

El hecho había ocurrido por la mañana. Por la tarde, a la hora en que tenía por costumbre visitarles, Gustave me comentó lo ocurrido como la gota que había colmado el vaso de su difícil serenidad. Se echó a llorar en mi hombro, como un niño, compungido no tanto por la desaparición del animal y la muerte súbita de las plantas como por la intuición de que el fin de Valentine estaba próximo. Traté de serenarle y le insté a que se secara las lágrimas para que su mujer no le viera en tal estado. Cuando al fin logró dar a su rostro una apariencia casi normal entramos en el dormitorio de la moribunda.

Valentine, en efecto, parecía a duras penas un hilo de vida. Paradójicamente, sobre la mesilla de noche reposaba una bandeja con los restos de una copiosa comida que la joven acababa de devorar, pues tal era lo que Valentine, en su afán por aferrarse a la vida, hacía con los alimentos. Pese a lo cual, creí encontrarme con una vívida representación de la muerte. Su belfo, medio caído, dejaba asomar una dentadura amarillenta, cuyos colmillos me parecieron particularmente afilados. Confieso que me estremecí al comparar la Valentine que yacía medio recostada en la almohada con aquella muchacha vivaracha y alegre de apenas unos meses antes. La secreta obsesión que acompañaba a su mal se había traducido en una especie de indolencia hacia el cuidado de su persona, pues no de otro modo podría explicarse, en un espíritu de tanta sensibilidad como el suyo, el hecho de que mostrase unas uñas retorcidas y sucias. La habitación cerrada, en la que Gustave había encendido momentos antes de mi llegada unos palillos de sándalo, despedía sin embargo un olor muy característico, acre, dulzón, hiriente, que me recordó, con toda exactitud, el de la tierra removida de alguna tumba reciente, salvo que se expandía con mayor sutilidad. Gustave se dio cuenta de la desagradable impresión de mi olfato, y me miró consternado.

Valentine era una delgada mancha blanca, más blanca que las sábanas en que se envolvía. Descubrimos su mirada absorta en el techo cuando abrimos la puerta, pero inmediatamente la clavó en mis ojos y sentí mi alma traspasada por los suyos. Ojos inquisidores, remotamente malignos. Con la rapidez de un relámpago, parecieron iluminar todo el cieno que había en mi corazón. Ojos cómplices, sabedores de una verdad ominosa que, como un cáncer se había apoderado de su alma... Estas y otras imágenes turbadoras me vinieron a la mente, sacudida por la extraordinaria viveza de aquella mirada cuyo poder de fascinación parecía aumentar a medida que el cuerpo de Valentine enflaquecía y  lo hubiera jurado, a juzgar por el hedor que despedía se estaba corrompiendo en vida.

No me atreví, como otras veces a besarle las mejillas. Ni siquiera me sentí con fuerzas para estrecharle la mano. Le dije, eso sí, que la encontraba con mejor aspecto, aunque de sobra sabíamos todos la inutilidad de esa mentira, y quise saber cómo se sentía. Arrastró las sílabas para contestar, jadeando:

- Ni viva ni muerta... Pero tengo los ojos muy abiertos. Mi mente sabe...

No pudo, o no quiso, terminar la frase. Cerró los ojos y a través de sus párpados adelgazados que me parecieron, por su color y textura, como papel de fumar, adiviné la palpitación de su mirada en la dura fijeza de la córnea, y supe que, con los ojos cerrados o abiertos, continuaba Valentine sumida en la contemplación de un angustioso paisaje.

Gustave trató de romper el trance de su esposa con alguna palabra cariñosa. Yo sabía que Valentine estaba despierta, sabía que había dejado de dormir desde hacía, cuanto menos, dos meses, y sabía que la terrible agitación que semejante estado de vigilia continuada proporciona estaba removiendo sus entrañas, aunque su férrea voluntad no permitiera dejarlo traslucir. Pero Valentine no respondió a los amables requerimientos de su marido. Le oímos una especie de gruñido o estertor, como un horrible grito apagado, y su cuerpo fue sacudido por un prolongado estremecimiento que presagiaba el próximo fin. Gustave se cogió a mi brazo, temblando, sin valor para acercarse al cuerpo agonizante. La bombilla eléctrica que pendía del techo se debilitó en aquellos momentos hasta convertirse en un pequeño foco de luz parpadeante. Sentí que la atmósfera se había condensado como si hubiera entrado en el dormitorio una presencia malsana, invisible, y el humo dejó de salir de los dos palillos de incienso, súbitamente apagados. El acre olor se hizo entonces nauseabundo. Los huesudos dedos de Valentine se aferraron a las sábanas con insólita fuerza, como garras, mientras su garganta se desgarraba con la dureza de un grito inhumano, terrible. El espectáculo era tan espeluznante que de buena gana hubiera echado a correr. Pero la amistad me imponía el deber de compartir el horror de Gustave, cuya mano oprimía mi brazo hasta producirme dolor.

Ser fiel a la verdad me obliga a no omitir detalle alguno. En un momento, Valentine abrió nuevamente sus ojos terribles, devorados por la fiebre y la insania, e hizo con todo su cuerpo un gesto significativo, contrayéndose hasta lo inverosímil con la tensión de un arco a punto de ser disparado. He visto la agonía de muchos seres humanos, y puedo asegurar que ninguna de ellas se parecía a la de Valentine. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, casi literalmente despedían fuego. Y nos miraba con tal mezcla de horror y triunfo como espero no volver a ver nunca nada semejante. El aire vibraba como removido por un oscuro oleaje. Sentíamos en el pecho el movimiento ondulatorio de una fuerza cuyo origen no podíamos percibir. Supuse que provenía de la enorme tensión nerviosa de la agonizante, desproporcionada para un cuerpo débil y consumido, pero estuve tentado de sospechar la existencia de algo más en la cargada y pútrida atmósfera de aquel cuarto.

Luego ocurrió algo que mi pluma se resiste a reflejar. Tendré que hacerlo sin embargo, pues no de otro modo se explicaría (si cupiera explicación razonable) lo que habría de suceder cuando Gustave y yo visitamos el cementerio el Día de Todos los Santos. Que el lector pusilánime me perdone, pero siento el ineludible deber de relatar todo el horror de que fui testigo.

Valentine, como digo, se contrajo hasta extremos inverosímiles, y una espuma blanca, lechosa, purulenta, comenzó a discurrir por las comisuras de sus labios. Me niego a describir el hedor insufrible que tal líquido producía. Y entonces la boca de la moribunda se abrió hasta mostrarnos su lengua cárdena, horadada aquí y allá por huecos diminutos en algunos de los cuales creí distinguir pequeños puntos blancuzcos, hormigueantes. Semejante visión nos dejó paralizados, pero duró sólo un instante. Acto seguido, en medio de agudísimas convulsiones, el cuerpo de Valentine vomitó... Ahorraré a quien esto leyere una imagen detallada de la horrorosa naturaleza de aquel oscuro caldo que, como un lago abominable, cubrió el pecho y las sábanas. Sólo diré que era un magma sólido en algunos de sus puntos, hediondo hasta la locura, en el que multitud de vermes tenían como base su execrable existencia... De todo punto inconcebible parecía que semejantes humores pudieran haber encontrado albergue en un ser vivo.

Creo que fue entonces cuando, al parecer, Valentine dejó de existir. Me afirmo en esta creencia como en el último asidero que me impide aceptar lo inaceptable. El cuerpo de Valentine parecía haber perdido la vida. Pero sus ojos ¡Gran Dios! Sus inmóviles ojos conservaban un brillo indescriptible.

Jamás dudé de la entereza ni de la hombría de Gustave quien, sin embargo, cayó al suelo desmayado. A duras penas, por mi parte, pude resistirme a un vértigo creciente. Tuve que hacer un esfuerzo increíble hasta lograr apartar mis ojos de aquel horror. Y aún cuando volví la cabeza sentí sobre mi nuca la fuerza de una mirada insufriblemente lúcida, afilada como un cuchillo. Agradezco a alguna deidad piadosa el que, pese a todo, lograra reunir fuerzas suficientes para arrastrar el cuerpo inconsciente de mi compañero hasta la habitación contigua. Esparcí agua sobre su rostro, froté sus sienes con mis dedos húmedos, y al cabo de unos minutos interminables conseguí devolverle al estado vigil. Sufrió una crisis histérica, llorando y pataleando como un demente. Dejé que de esa forma aliviara la fuerza de aquel inasimilable horror, y al fin logramos ambos serenarnos lo bastante; asumir la espantosa realidad. No quiero recordar cómo conseguimos reunir la necesaria presencia de ánimo para limpiar las inmundicias de aquel «cadáver» y proceder a las ceremonias del enterramiento y quisiera olvidar la espantosa fijeza de aquellos ojos, cuyo brillo desmesurado inducía a negar las evidencias de la muerte.

Una apatía absoluta invadió el ánimo de Gustave desde el momento mismo en que el cuerpo de Valentine recibió sepultura. Se pasaba las horas sentado junto a una ventana que daba poniente, inmóvil, ensimismado, dejando que su vista vagara sin objeto por los árboles del Bosque de Bolonia. Abandonó casi completamente sus ocupaciones habituales, y estoy seguro de que se hubiera dejado morir si no me hubiese ocupado yo de sus necesidades más perentorias. Al cabo de varias semanas dio la impresión de haber envejecido un lustro. Con la llegada del otoño, sus sienes comenzaron a poblarse de canas, y una radical indiferencia por todo lo existente comenzó a invadir su corazón. Temí que semejante melancolía acabara con su, de ordinario, quebradiza salud. Enflaqueció y una idea fija ocupó la atención de su mente: «sabía», según me dijo, que Valentine de alguna oscura forma aún estaba viva.

- Temo acercarme a su tumba - añadió - . Temo que la voluntad de vivir de Valentine sea más fuerte que todo. Y sin embargo, «sé» que debo ir, «sé» que me está esperando.

En vano traté de inducirle imágenes menos tenebrosas. Le presenté nuevos amigos, a duras penas logré que accediera a asistir a alguna fiesta. No cambió por ello su actitud, sino que la misantropía que le dominaba llegó al grado de hacerle, en ocasiones, indeseable mi propia compañía. Ello fue la causa de que mis visitas se fueran distanciando cada vez más. La última de ellas ocurrió a finales de octubre. Me sorprendió encontrarle bastante mejorado de su decaimiento, o esa fue, al menos, la primera impresión que de él recibí. La casa, que desde la desaparición de Valentine había ofrecido un aspecto lamentable, estaba ordenada y limpia por primera vez en varias semanas, y el propio Gustave era la imagen misma de la pulcritud. Nada más vernos me abrazó con una cordialidad casi alegre y me hizo partícipe de su proyecto: abandonar París e iniciar una nueva vida en su pueblecito de Normandía, donde sin duda hallaría la paz suficiente para mitigar el recuerdo de tan terribles acontecimientos.

- Debo estar lejos de ella - me dijo a media voz, como si me hiciera partícipe de un secreto terrible - . Cuanto más lejos mejor... Por las noches me domina. Me grita que sigue viva, que siente el insufrible peso de la tierra sobre su cabeza. Entonces me despierto sobresaltado y creo percibir todavía el hedor que dejó con su último vómito. Creo que la muerte se apoderó de su cuerpo cuando todavía estaba con nosotros. Pero su mente seguía despierta, sigue despierta y contempla cómo se van pudriendo sus entrañas, poco a poco, en el silencio, en la soledad, en la negrura infinita... Te juro que daría mi vida si con ello pudiera liberarla de su espantoso estado. Pero nada puedo hacer. Sólo despedirme de ella para siempre en su tumba. No permitas que me acerque solo. Es el último favor que te pido. Luego me iré y no volveré nunca a París.

Comprendí, por lo que me decía, que no había superado realmente sus obsesiones. Pero entendí también que no estaba dispuesto a dejarse dominar por ellas. Al borde mismo de los abismos de la locura había logrado, sin embargo, reaccionar y hacía esfuerzos desesperados para no perder la razón. De ahí el relativo cuidado que en los últimos días había prestado a su persona y a su vivienda. De ahí ese gran deseo de huir de la ciudad. Creo que el pobre Gustave no podía hacer otra cosa, así que alenté su deseo y, por supuesto, acepté acompañarle en su fúnebre despedida.

La congestión del tráfico nos impidió llegar al cementerio del Pére Lachàise antes del atardecer. Gustave, en contra de lo que yo había esperado, se mantenía un tanto apagado, sí, pero con una serenidad encomiable. Hablamos de cosas indiferentes mientras nos acercábamos a la tumba de Valentine, y no percibí en su rostro el menor signo de inquietud. Estaba pálido, sin embargo, y parecía completamente ajeno a cuanto le rodeaba. A nuestro lado, algunas personas depositaban flores o rezaban junto a las tumbas de sus seres queridos, pero la mayoría de los visitantes ya había regresado a sus hogares, habida cuenta de lo avanzado de la tarde.

Dejamos atrás una zona de columbarios para llegar a una pequeña plaza cubierta de tumbas entre las que se hallaba la de Valentine, todavía desprovista de lápida. En cuanto apareció a nuestros ojos, Gustave detuvo su paso. La plaza estaba desierta y por tanto nadie, sino yo, pudo contemplar las señales de su repentina agitación. Pálido, convulso, con el terror escrito en la mirada, detuvo su paso bruscamente, como si continuarlo pudiera poner en peligro su vida, y señaló hacia el rectángulo de tierra con una mano temblorosa:

- ¡Su mano!

Miré hacia el sitio donde me indicaba, pero no pude advertir nada anormal. Evidentemente, Gustave comenzaba a desvariar, y de nada sirvieron mis requerimientos para que volviera a entrar en razón, sino que cada vez más agitado volvía a señalar hacia una mano imaginaria que, en su locura, creía ver sobresaliendo del negro limo de la tumba:

- ¿No lo ves? Me dice que vaya. ¡Su mano! ¡Esa mano espantosa!

Me acerqué a la tumba para convencerle de que era víctima de una alucinación. El sol acababa de ocultarse tras de las tapias y el siniestro recinto comenzó a poblarse rápidamente de sombras. A medida que me acercaba sentía cada vez más en mi pecho la misma fuerza ondulante y opresiva que me había turbado durante la horrible agonía de Valentine. No vi mano alguna emergiendo de la tierra, pero al poner mis pies sobre la tumba mis rodillas temblaron, sacudidas por un helado hormigueo, y el destello de una espantosa clarividencia me hizo saltar hacia atrás. Las plantas de mis pies habían sentido, con toda nitidez, una ominosa vibración. Y entonces escuché a mis espaldas al angustiado de Gustave:

- ¡Insensato! ¡Estás pisando su mano!

Con la rapidez de un relámpago volví a saltar y miré rápidamente hacia el suelo. Tal vez sugestionado por el horror de Gustave, también yo fui víctima de una alucinación. Una figura, fosforescente, que la putrefacción hacía espantosa hasta la locura, parecía aferrarse a mis tobillos con la insana resolución de la venganza, y sus ojos, los ojos de Valentine, escupían en los míos, con las llamaradas de fuego helado, todo el horror acumulado en su espantoso encierro.

Sólo la muerte podrá borrar de mi alma la infame herida de este recuerdo. Cuando llegue mi hora espero que Dios se apiade de mí y me cierre definitivamente los ojos. Pero me espanta imaginar, y nada puedo hacer por evitarlo, que tal cosa no llegue nunca a suceder. Por eso he decidido que, cuando los demás consideren que estoy muerto, incineren inmediatamente mi cadáver.

13 jun 2010

VAMPIRO por José León Cano

Tengo la espantosa evidencia de que la muerte es un fenómeno ambiguo. A veces la tumba no basta para apagar un frenético deseo de vivir. Existen individuos capaces de retener con fuerza sobrehumana el empuje de la muerte, aún después de haber exhalado su último aliento. La suya es una existencia vicaria, pero no larvada, que se nutre de la nuestra. El vampiro no es una mera ficción literaria, aunque las características que generalmente se la atribuyen no correspondan a la realidad. Con más frecuencia de lo que la gente se imagina aparecen extraños cadáveres en las exhumaciones. No tienen dientes afilados, ni pueden ser «destruidos» clavándoles una estaca en el corazón. Pero no hay en ellos el menor síntoma de corrupción, sino que aparecen frescos y flexibles, aunque su enterramiento hubiera sucedido en épocas remotas. Si se les hace una incisión en cualquier parte del cuerpo brotará la sangre: sangre fría, pero no coagulada. Semejante abominación sólo puede conjurarse entregando esos cuerpos al fuego.


Cuando esto ha sucedido, los aterrorizados testigos han podido comprobar cómo el cuerpo, aparentemente sin vida, se retorcía y chillaba como una bestia en los primeros momentos de la cremación. Lo digo con conocimiento de causa, porque yo mismo he sido uno de esos testigos. Por razones obvias, esta clase de hechos no suele darse a la publicidad. Las sociedades actuales sólo aceptan el horror de lo que no se puede comprender a través de invenciones escalofriantes, en las cuales los hechos reales se presentan deformados por la fantasía. El lector cree que cuanto se le dice es imaginario, y en esa creencia encuentra una confortable tabla de salvación. La historia que voy a relatar ahora, sin embargo, es absolutamente real. A fin de no herir susceptibilidades, cambio los nombres de quienes se vieron involucrados en ella, y no especifico el lugar donde sucedió.

                                           * * *

Mi interés por ciertas ramas de la parapsicología me ha permitido establecer contacto con manifestaciones insólitas de la naturaleza y salvar a veces a sus víctimas; la mayoría de las cuales no lo eran sino de su propia histeria. Y eso es lo que me imaginé cuando vi por primera vez a Simone Duval, una adolescente de quince años cuya constitución evidenciaba un temperamento marcadamente nervioso. La profundidad de sus ojeras y lo demacrado de su rostro sólo en parte empañaban la belleza de sus rasgos, los cuales evocaban esa sutil elegancia de algunas modelos renacentistas. Rubia y de ojos azules, se parecía notablemente a esa fascinante imagen de Boticelli que aparece en el «Nacimiento de Venus». Pero una enfermedad, cuya causa no habían podido averiguar los médicos, la tenía postrada en la cama. Tenía los ojos enfebrecidos y sólo dejaba de temblar cuando le suministraban una considerable dosis de calmantes. Ciertas supersticiones de origen semítico siguen muy arraigadas en el sur de Francia, y en aquella pequeña aldea todo el mundo estaba convencido de que Simone tenía el «mal de ojo». Sus padres me habían convocado para atajarlo por medio de mis técnicas parapsicológicas.

Sospeché que la causa de su mal era otra cuando Ambrose Duval, el padre de la niña, me informó que Simone se estaba muriendo a ojos vista, pese a que se alimentaba con normalidad, e incluso con exceso. Su único interés por el mundo circundante parecía centrarse en la comida. Ambrose se cuidaba personalmente de adquirir los platos que, desde su postración, más apetecían a la supuesta enferma. Me llamó la atención la grosera naturaleza de los mismos, ya que Simone devoraba con fruición sorprendente carnes y pescados que cualquier ama de casa hubiera rechazado por poco frescos. Otro hecho notable era su desmedida atracción por los picantes. Aullaba y se enfurecía cuando su voracidad no era satisfecha con aquellos alimentos, y rechazaba cualesquiera otros. Pese a lo cual , su cuerpo se había reducido casi a piel y huesos, y sus manifestaciones vitales eran apenas algo más que vegetativas. Permanecía noche y día en semisueño, salvo cuando le presentaban la comida. En ocasiones lloraba silenciosamente y no mostraba a sus padres sentimiento alguno. Su único amigo, a quien de vez en cuando acariciaba con sus manos cadavéricas, era un enorme gato gris que se pasaba la mayor parte del día dormitando sobre la cama.

Un chispazo de odio brotó de los ojos de Simone en cuanto me vio. Era una mirada demasiado adulta y maligna para provenir de una adolescente. Pero no opuso resistencia cuando procedí a examinarla. Parecía un animal asustado que se moviera a impulsos, tras haber perdido los últimos asomos de humanidad. Levanté su brazo derecho y descubrí, un poco más abajo de la axila, la existencia de un extraño mechón de cerdas duras y negras. Apenas pude tocar aquella anormalidad, pues la ocultó de inmediato con su brazo y se puso a chillar como una endemoniada. El gato por su parte, había saltado hacia la mesilla de noche y desde allí sacó las uñas y, con el pelo erizado, adoptó la actitud de lanzarse directamente sobre mis ojos. Empezó a bufar y me mostró sus colmillos puntiagudos en un inequívoco gesto de amenaza.

Me dispuse a pasar la noche en vela en la habitación contigua. Por sobre todo, me intrigaba aquel insólito mechón de cabello negro. Demasiado negro y demasiado duro, contrastaba con el resto del cabello de la jovencita, sedoso y rubio. A través de la puerta entreabierta podía escuchar su respiración apacible y el suave ronroneo del gato. Ambos, al parecer, estaban durmiendo. La esfera fosforescente de mi reloj marcaba las doce y media. La noche desplegaba su profundo silencio por todos los rincones de la casa. En mi afán por permanecer despierto había tomado bastante más café de lo acostumbrado. Y, como suele suceder, al haber forzado con el excitante los resortes de la vigilia, se estaba produciendo en mi organismo el efecto contrario. No pude evitar, muy a mi pesar, el quedarme medio dormido en un sillón.

Me despertó una especie de arañazo prolongado, procedente del pavimento de la habitación contigua. Sin duda era el gato. Luego, algo hizo crujir los muelles de la cama de Simone. Percibí un olor sutil, aunque nauseabundo en extremo, y poco después la voz de la niña emitiendo suaves quejidos que podían ser interpretados como de dolor y, al mismo tiempo, de placer. Previamente había tomado la precaución de descalzarme para no hacer ruido y ahora, con el mismo propósito, estaba conteniendo al máximo la respiración. Acerqué cuanto pude mi oído a la delgada pared. Crujía la cama de vez en cuando. EL hedor aumentó su intensidad hasta hacerse intolerable. El gato, advirtiendo quizá que yo estaba despierto, maullaba y gruñía cada vez con mayor fuerza. Pero lo más inquietante fue escuchar una especie de sordo gorgoteo, de bestiales resonancias, que me puso los pelos de punta. Soy un hombre corpulento, y no era la circunstancia de estar desarmado la que me producía pavor. De haberlo estado, hubiera sentido el mismo miedo, pues sospechaba que no era un ser fácilmente vulnerable, y sí peligroso en extremo, el que se encontraba en la habitación de al lado.

Logré que la puerta entreabierta de mi cuarto no crujiera en absoluto cuando la abrí del todo. Mis manos temblaban y mi cuerpo se parecía un trozo de hielo. Sin embargo, avancé sigilosamente por el estrecho y oscuro pasillo hasta colocarme frente a la puerta de Simone. Esta gemía ahora de forma sorda y prolongada, con una especie de estertor en el que se mezclaba el orgasmo y la angustia. Los gruñidos del gato sonaban ahora más amenazadores que nunca, y la cama crujía acompasadamente. No se de dónde obtuve el valor necesario para empujar la puerta. Tal vez de la misma repugnancia que me inspiraban el hedor y aquel gorgoteo insufrible.

Por la ventana del cuarto de Simone entraba una débil claridad lunar. Eso me permitió ver la semifosforescencia rojiza de los ojos del gato, antes de que saltara y clavara sus uñas en mi rostro. Lo aparté de un manotazo, pero entonces la masa sombría y arrugada, la deformidad traslúcida que creí ver sobre la cama había desaparecido. Pasó por mis manos algo similar a una corriente de aire frío, y me estremecía hasta los huesos. Sentí sobre mis sienes el paso de una odiosa mancha plateada, e inmediatamente atravesó mis oídos el grito de Simone, proferido entre jadeos entrecortados. Encendí la luz.

Simone yacía desnuda sobre la cama, con el cabello desordenado y las sábanas revueltas. Esquelética, todos los huesos de su cuerpo parecían a punto de traspasar la piel. Respiraba con extrema agitación, temblando de pies a cabeza, y sus ojos despedían hacia mi persona un fuego maligno. Un tenue rubor había encendido en sus mejillas, de ordinario macilentas. Observé que bajo la axila, en el centro del repulsivo mechón negro, se abría una especie de pústula rojiza, de la que manaba una gota de sangre. Ya no se cuidó de ocultar ese signo execrable, sino que continuó gritando y gritando, completamente fuera de sí. Sus padres acudieron sobresaltados. El gato, mientras tanto, había desaparecido.

¡El gato! Mi cerebro se encendió con el chispazo de una intuición. Dejé a Simone al cuidado de sus padres, quienes en vano trataban de calmarla haciéndola ingerir tranquilizantes. Busqué al gato por toda la casa sin encontrarlo. Advertí que en la puerta principal había una gatera y salí al jardín, justo a tiempo de ver cómo el animal traspasaba las tapias. La luna, en cuarto creciente, me facilitaba su persecución. Tan agitado estaba que no me di cuenta, al salir a la calle, de que continuaba descalzo. Al llegar a un descampado, siguiendo los pasos del animal, los guijarros se me clavaban en las plantas de los pies. Era doloroso, pero de haber llevado zapatos el gato, al advertir que le estaba persiguiendo, tal vez hubiera tomado otro camino. Porque estaba seguro de que se encaminaba a un sitio muy especial. Íbamos en dirección a las tapias del antiguo cementerio.

A la luz de la luna, aquel paisaje lleno de montículos, que en otro tiempo había sido un osario, ofrecía un aspecto inquietante. Algunos huesos carcomidos sobresalían aquí y allá de esos montículos; los cuales, en ocasiones, me hacían perder de vista al gato, familiarizado sin duda con las anfractuosidades del terreno. Al fondo se perfilaban borrosamente las tapias. Vi que el gato se introducía, al pie de un montículo, por un agujero quizá angosto para una persona, pero lo bastante holgado para que el animal lo hiciera con facilidad. Mi propia audacia me asustó, y de pronto me vi solo en medio de aquel escenario terrible. Había localizado perfectamente el agujero. Quizá fuera bueno hacer un plano y regresar a la mañana siguiente, con la luz del día. Pero algo me decía que tal vez fuera esperar demasiado, que tal vez a la mañana siguiente el agujero habría desaparecido, o yo no fuera capaz de encontrarlo. Seguía tan desarmado acechaba en la habitación contigua a la de Simone, apenas veinte minutos antes, puesto que el reloj marcaba la una menos diez de la madrugada. El silencio planeaba sobre el cielo como una inmensa lápida negra.

Me acerqué al agujero, y comprobé que estaba medio oculto por unas piedras. Al retirarlas, con algún trabajo, éste se hizo lo bastante ancho como para permitirme el paso. Sin duda, la gente del pueblo no transitaba demasiado por aquellos parajes. Luego reuní algunas ramas secas y fabriqué con ellas una antorcha, decidido como estaba, pese a mis sacudidas de terror, a traspasar el agujero. Me arrastré con la antorcha encendida por delante, pero como mi cuerpo taponaba la entrada, impidiendo el paso del aire, ésta se apagó. Tuve que resignarme a gatear a oscuras un buen trecho, ayudándome a ver el camino, de vez en cuando, con la luminosidad instantánea, y súbitamente apagada, de los fósforos. Vi así que una espesa sombra se abría al final del túnel, en lo que era una especie de cámara o cueva de techo algo mayor. La sangre se me heló cuando comencé a oler el mismo hedor repulsivo que había inundado el cuarto de Simone. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirme, ya que la angostura del pasadizo difícilmente me permitiría avanzar hacia atrás. No me quedaba más remedio que llegar hasta el recinto que se abría unos metros más adelante para, una vez allí, poder dar la vuelta en busca de la salida. Hay momentos en la vida en que agradezco al destino que me haya proporcionado tan poca imaginación. Pues de haber tenido alguna, por mínima que fuera, en aquellos momentos me hubiera muerto de miedo.

Casi estuve a punto de hacerlo cuando, al final del túnel, pude incorporarme. Escuché de nuevo los tenebrosos maullidos del gato. Encendí una cerilla y nuevamente vi el resplandor de sus ojos grises. Al contrario que en el túnel, en aquella pútrida había bastante oxígeno para que el fuego se mantuviera. Volví a encender mi improvisada antorcha. El aire estaba tan cargado de ominosos vapores, que sólo permitía una llama cuyo resplandor fluctuaba entre los colores verde y rojizo. Pese a lo cual, el espanto comenzó a fluir por mis venas como un río de plomo candente. Y no era provocado por los escalofriantes bufidos del animal que, agazapado en un rincón, esperaba el el momento propicio para huir.

El horror me lo inspiraba un cadáver que yacía a mis pies; y provenía no del hecho de serlo, sino de sus espantosas características. Porque, a juzgar por los podridos sudarios que en parte le envolvían, debió ser depositado allí hacía muchísimo tiempo. Lo espantoso era que, pese a esos signos de antigüedad, el cuerpo se mantenía como si lo hubieran acabado de enterrar. Hubiera jurado que se trataba de un hombre dormido a no ser por su mandíbula desencajada y sus ojos fijos y abiertos, negros y tan brillantes que parecían dos oscuras bolas de cristal. Me fascinó su cabello negro, igualmente brillante, de cerdas gruesas y duras. Mi conocimiento de los vampiros era puramente teórico, recibido a través de lecturas, y no estaba muy seguro de que ese fuera el mejor procedimiento para evitar imprevistos espantosos. Me atreví, sin embargo, a tocar ese cuerpo. Cuando lo hice, el gato volvió a saltar sobre mí, y de nuevo clavó sus uñas en mi rostro. Descargué en parte la tensión que aquella horrible situación me proporcionaba sacudiéndole un manotazo; con tal furia que el animal fue a dar contra una de las paredes y cayó al suelo sin sentido. Cayó igualmente al suelo mi antorcha, apagándose en parte. Si lo hubiera hecho del todo, creo que mis nervios no hubieran soportado aquella oscuridad. Reavivé su fuego y, con ella en la mano, volví a acercarme al cuerpo.

Estaba frío, pero no rígido. Todavía no puedo explicarme cómo fui capaz de levantar su brazo, de comprobar que éste se movía con facilidad, como si aquel cuerpo hubiera recibido la muerte momentos antes. Saqué un cortaplumas del bolsillo. Al hacerlo, volví a sentir sobre las sienes aquel espantoso resplandor plateado, y una fuerza inexplicable me impedía imprimir movimiento alguno al arma. Pero el cuerpo seguía inerte. Me acordé entonces de Simone, de su espantosa delgadez, de los incalificables terrores e insanias que había sufrido, y hundí el cuchillo, con toda mi furia, en el vientre del vampiro. Brotó sangre fresca con increíble abundancia. Y ya no necesité ninguna otra señal. Me quite la chaqueta y los pantalones, y prendí fuego a mis propias ropas, arrojándolas encendidas sobre el cadáver. Ardió con increíble celeridad, como si se tratara de un odre lleno de gasolina. Pero no tanta como para impedirme ver el último resplandor de sus ojos, dirigidos hacia mí con odio infinito, las contracciones de su cuerpo, escuchar el abominable y profundo grito surgido de sus entrañas. El cuerpo se retorcía como una araña, echaba fuego por la boca y despedía un humo tan negro y nauseabundo que inevitablemente acompaña desde entonces mis pesadillas.

Estaba tan fascinado por aquel horrendo espectáculo que no advertí, en un primer momento, los aterradores maullidos del gato ni la causa que los provocaba. Volví la cabeza y vi como, a unos tres metros de distancia del cadáver, su cuerpo se consumía envuelto en llamas de idéntica voracidad. ¡Gran Dios! Estaba ardiendo sin que le hubiera rozado el fuego de mi antorcha ni el que destruía aquel cadáver execrable. Tuve entonces un sentimiento terrible y escapé como pude, medio ahogado por el humo, del ominoso agujero. Hubiera bendecido el aire puro de la noche como si acabara de nacer de nuevo, a no ser porque una espantosa premonición guiara velozmente mis pasos hacia la casa de Simone. Con aquella loca carrera sangraban mis pies desnudos, pero estaba completamente ajeno al dolor. Sólo quería llegar allí cuanto antes, cuanto antes, antes de que mi negra sospecha se convirtiera en realidad.

Al llegar a la puerta del jardín me paré en seco. Vi salir un humo denso y mefítico del cuarto de Simone, y rogué por el alma de aquella desdichada criatura. Aún llegué a escuchar sus últimos alaridos; durante unos segundos, a través de la ventana, alcancé a ver su cuerpo envuelto en llamas. Y me miró... Antes de caer desplomada, me miró. Sólo espero que la muerte, cuando llegue, tenga fuerza bastante para borrar de mi alma este horrendo recuerdo.

12 jun 2010

YO, VAMPIRO por Ramón S. Lucena


No sé cómo ni cuándo empezó en mí esta obsesión morbosa por la sangre. Sólo sé que desde muy pequeño he sentido un estremecimiento al verla fluir, roja y espesa, de los pequeños animales domésticos al ser sacrificados, o de mí mismo.
En un principio bastaba una sola gota, un simple pinchazo en un dedo que hacía surgir una pompa rojiza, para provocar en mí un efecto fulminante. Mi cerebro comenzaba a girar, me invadía un sudor frío, tosía convulsivamente y una sensación final de ahogo precedía a la pérdida de conocimiento. Caía al suelo, con los ojos en blanco, y la cara también blanca, como el papel. Muchas veces, ni tan siquiera la visión de sangre era necesaria. Bastaba una simple alusión al tema en el curso de una conversación o la lectura de un texto, para crear en mí la imagen mental que rápidamente iniciaba el mismo proceso. Otras veces, en la oscuridad de un cine, una imagen sanguinolenta me obligaba a buscar rápidamente la salida. He dejado, a lo largo de ese período, multitud de películas sin terminar.
Paradójicamente, la sangre me atraía. Tanto que comencé a luchar contra sus efectos. Y, poco a poco, logré superar mi debilidad. Aunque no del todo. Curaba las heridas de mis compañeros, leía relatos en los que la sangre estaba presente, veía películas de terror. Llegué incluso a asistir, una semana tras otra, a las operaciones que, de forma pública, se realizaban en la Facultad de Medicina. Acodado en la barandilla miraba por la claraboya el momento en que las hábiles manos del cirujano sajaban la carne y cómo el corte, blanco durante unos segundos, se punteaba de rojo, antes de que el médico aplicara sobre cada vaso el cierre de las pinzas de sutura. Luego, pasado ese primer momento, para mí emocionante, me marchaba. las vísceras al aire ya no me interesaban.
He dicho que logré superarme. No siempre. A veces, de forma inesperada, volvía a desmayarme. Pero no podía renunciar a la sangre. Es posible que hubiera algo de masoquismo y ansias de autoaniquilación en mi obsesión. Perder la conciencia suponía un placer delicioso –el de la muerte–, y la más maravillosa de las inseguridades. Como un león. que permanentemente me acechara, mi obsesión estaba allí, dispuesta a saltar sobre mí en el momento más inesperado. Unas veces me vencía, y caía fulminado. Otras, era yo el vencedor. Pero cada combata tenía un sabor nuevo, un aliciente nuevo, el de la incertidumbre, pues no estaba de antemano ganado o perdido.
A lo largo de varios años he buceado dentro de mí, tratando de encontrar las razones de mi obsesión. Tal vez sea debida al carácter mágico de la sangre, sin la cual la vida no es posible; y su carácter cósmico, casi infinito. En una gota que es escapa hay millones de seres vivos que palpitan con sus corazones huecos, millones de galaxias rojas, que escapan en el horror fluvial de las heridas abiertas.
Yo siempre he tenido miedo a la muerte y, a la vez, el deseo oculto de morir, de experimenta le placer de la aniquilación.
Esa debilidad mía era difícil de ocultar. ¡Cuántas veces mis amigos se han reído de mí! Y, lo peor, es que trataban de explicar lo que me pasaba, de buscarle remedio. En aquel tiempo, las ideas de Freud estaban de moda. para unos se trataba de un complejo de Edipo no superado, para otros de castración. Puestos a explicar lo inexplicable había quien decía que yo sufría la consecuencia de un trauma infantil, y que relacionaba el acto sexual con la menstruación materna. ¡Tonterías!
Poco a poco me fui alejando de ellos. Ahora soy un hombre solitario al que tampoco interesan las mujeres. Y mi obsesión continúa.
Cada noche, mis sueños se tiñen de rojo. Es siempre el mismo que, con algunas variaciones, se repite, una y otra vez.
Estoy solo y corro por una playa. No se por qué. Corro hacia el agua que se aleja, y trata de alcanzarla sin conseguirlo. El agua tiene un color rojo, el mismo que la sangre, y yo tengo sed, una terrible sed. Imposible beber. De pronto, el paisaje cambia. Hay un bosque, y sus árboles, que yo veo a lo lejos, destilan de sus ramos un líquido rojizo que parece sangre. Corro, y al acercarme, veo que los árboles se transforman en hombres, en seres sin rostro cuyos brazos cortados gotean sangre. Pero, aunque mi sed es ahora abrasadora, soy incapaz de beber. Invariablemente, esa última imagen coincide con mi despertar.
Hasta hace poco yo desconocía el sabor de la sangre. Algo que casi todo el mundo aprende de niño cuando chupa las propias heridas. yo he tardado en descubrirlo casi treinta años. Fue hace meses cuando rodé por las escaleras oscuras de mi casa y me golpeé la frente al caer. perdí el conocimiento, al volver en mí, sentí mi boca inundada de un líquido espeso que tragaba con ansia, de un sabor delicioso, acre y salado.
Después de curado, esa misma noche, mi sueño volvió. Pero bien diferente. Era un sueño en el que saciaba mi sed, primero en el mar de sangre, y más tarde en el bosque. Yo corría hasta los cuerpos que sangraban y esperándome estaba una figura negra, en la que para mi sorpresa me reconocí, que me tendía una copa repleta del rojo líquido; yo la apuraba con delectación. Luego el sueño desapareció, y dormí profundamente, libre de pesadillas, hasta bien entrada la mañana.
Estoy seguro de que si esto que ahora cuento llegara a los oídos de mis amigos de antaño, inmediatamente me recomendarían que visitara a un psiquiatra. No pienso hacerlo. Siento un profundo desprecio hacia ellos y sé que son incapaces de ayudarme. Quiero soñar y ser libre, no que me integren en un sistema que odio. Además, no puedo correr el riesgo de que me ingresen en eso que ellos llaman casa de salud, y que no es otra cosa que una cárcel. Hay cosas que todavía no he contado, y que estoy seguro de que me conducirían a prisión.
Días después de aquel incidente, volvía a soñar. Esa vez, mi sed renovada no encontró satisfacción. Al despertar comprendí que necesitaba beber sangre de nuevo. Pero no mi propia sangre. Pasé todo el día obsesionado con ese tema.
Era entrada la noche cuando salí de casa. Llevaba en el bolsillo mi navaja de afeitar. Deambulé por las calles desiertas. De pronto vi una mujer esperando en una esquina. Al acercarme, me sonrió.
Cambiamos apenas unas palabras. Yo le entregué el dinero que me pedía y ella, satisfecha, se colgó de mi brazo. Dijo que me llevaría hasta su casa. Yo sentía el contacto de su cuerpo, y aquello me repugnaba, pero me dejé conducir. nadie no s vio entrar en la covacha miserable donde vivía. Cerró la puerta, se volvió hacia mí y enlazó sus brazos sobre mi cuello. Supongo que trataba de besarme, pero no le di tiempo. El filo de la navaja seccionó su cuello. Me miró con los ojos desorbitados y trató de gritar, sin conseguirlo. Yo la empujé haciéndola caer sobre la cama y me lancé sobre ella buscando la herida con mis labios. Bebía su sangre a grandes sorbos mientras notaba cómo sus fuerzas se iban debilitando. Sentía que se moría y eso hacía renacer las fuerzas en mí, como si su vida se fuera poco a poco uniendo a la mía, reforzándola. Luego sus brazos cayeron y quedó deseable. Rasgué los vestidos y, permaneciendo yo vestido, la poseí.
Fue inmediatamente después cuando me sentí aterrorizado ante el crimen que acababa de cometer. Hubo un momento en el que incluso pensé entregarme a la policía. Unos minutos después, más tranquilo, lavé mi cara y mis manos y salí de la casa procurando que nadie me viera.
La noticia tardó varios días en saltar a los periódicos. Si aquella mujer vivía sola, debieron tardar tiempo en descubrir el cadáver. Pienso que jamás descubrirán a su asesino. Al menos, hasta ahora, nadie se ha dirigido a mí.
Los días que siguieron fueron terribles. Tenía miedo de la policía, miedo a perder la libertad, y también remordimiento. Por lamentable que fuera la vida de esa mujer, ella quería vivir y yo la había matado. Jamás antes había causado daño a otras personas, como no fuera de forma accidental o involuntaria. Me juré a mí mismo no volver a cometer un crimen, por imperioso que fuera el deseo de sangre. Pero no cumplí mi promesa.
A los pocos días mis sueños volvieron, y con ellos mi sed de sangre. Traté de luchar contra ese impulso y todo fue inútil. Hubo una segunda vez.
Me volví loco. Recorría mi casa, a grandes zancadas, como una fiera enjaulada, destrozando cualquier objeto que encontraba a mi paso. Era imposible dormir, y tuve que drogarme para hacerlo. AL despertar, eso me dio una idea. Mi próxima víctima no sufriría. No vería su muerte de cerca. Lo haría allí mismo, en mi casa.
Busqué por la calle, entre las prostitutas. Esta vez se trataba de una mujer joven y atractiva. Después de aquella experiencia, que, confieso, fue la primera, las mujeres habían comenzado a atraerme. No discutí el precio, pero insistí en llevarla a mi casa, cosa a la que ella, en principio, se resistía. Sugirió incluso que fuéramos a un hotel barato, pero eso no me convenía en absoluto. Tuve mucho cuidado en que nadie nos viera juntos, sobre todo al entrar. Dejé que me abrazara y luego sugería que tomáramos una copa. Había preparado su bebida cargada de somnífero y ella a apuró sin mostrar extrañeza. luego, dejé que se desnudara. La visión de su cuerpo hizo nacer en mí el deseo. Procuré dilatar al máximo los preparativos tratando de conseguir que le narcótico hiciera su efecto. Al poco tiempo no pudo reprimir los bostezos.
Ya en la cama, la acomodé sobre mí mientras la penetraba. Su cuerpo me pesaba terriblemente, pues estaba inmóvil, prácticamente dormida. Tomé entonces uno de sus brazos, fláccido como el de un pelele, y de un solo tajo, utilizando mi navaja barbera, seccioné las venas de su muñeca. Exhaló un gemido, mientras yo pegaba los labios a la herida, succionando la sangre.
Sentí que un enorme placer me invadía. Un placer doble, pues mi orgasmo llegó de forma inmediata. Seguí allí, mucho tiempo, bebiendo su sangre, sintiendo cómo su vida que se escapaba se unía a la mía. Luego, no se cuándo, me quedé dormido.
Desperté muy tarde, con la luz del sol entrando a raudales a través de los visillos, sintiendo mi cuerpo pegajoso. El cuerpo muerto de la muchacha estaba allí, a mi lado, rígido y blanco. La sangre manchaba las sábanas.
Tuve que esperar a que llegara la noche para desprenderme del cadáver, que envolví en las sábanas manchadas, y logré introducir con gran trabajo en el maletero del coche. Recorrí más de cien kilómetros antes de precipitarlo en el mar.
De nuevo tuve suerte. hasta ahora los periódicos no han dicho nada de su desaparición, ni han registrado la aparición de su cuerpo. Supongo que, a estas alturas, los peces habrán dado buena cuenta de él.
Esa vez no sentí remordimientos. Tampoco las que siguieron. Empecé a comprender que yo no era un hombre como los demás, que estaba predestinado para una existencia diferente, que mi vida dependía, de ahora en adelante y por toda la eternidad, de beber la vida de los otros en su sangre.
Los vampiros son tan viejos como el mundo. Hay demasiada historia en torno de ellos, para que todo sea una simple invención. Se que yo no he de morir jamás.
Pero me preocupa esta existencia mía terrenal. Si mis crímenes se descubren no podré evitar el juicio de los hombres. Una noche d cada siete, cuando mi sed de sangre es ya insuperable, salgo en la noche en busca de nuevas víctimas. No he podido evitar el descubrimiento de alguno de los cadáveres y que el pánico se extienda por la ciudad. Pienso, que de seguir así, tarde o temprano, me descubrirán.
Por eso, dedico mis días a buscar una solución. Y creo haberla encontrado.
He conocido una muchacha joven y virginal. Salimos juntos, como si fuéramos un par de enamorados. Ella confía en mí y hace todo aquello que se me antoja. Aunque me atrae de forma poderosa, nunca me he dejado llevar de mis impulsos, y su cuerpo permanece inviolado.
He descubierto también una vieja iglesia en un pueblo abandonado. Necesito de un lugar sagrado para realizar lo que me propongo. He roto la puerta de la sacristía y he encontrado allí todo lo que necesito.
Escribo ahora estas notas apresuradas cuando ya falta poco para el tránsito que me ha de abrir las puertas del más allá. Lo hago cediendo al impulso de comunicarme con una humanidad que me dispongo a abandonar. No confío mucho en que nadie me entienda. Muchos pensarán, como mis compañeros de antaño, que todo esto no es otra cosa que la expresión de mi locura. Aquellos pocos que crean pensarán que se trata de una maldición. Pero, ¿hay mayor maldición que la muerte? Cualquier infierno que el terrorismo religioso se atreva a imaginar es apenas nada comparado con el desaparecer para siempre, con volver a la indeferenciación original. Por eso elijo ser al Muerte, la única que no puede morir.
Lo he preparado todo. Debajo de la iglesia hay una cripta en la que reposan, guardados en viejos nichos semiderruidos, los restos de algunos monjes. yo he situado en su centro un ataúd forrado de seda, y bajo ella un puñado de tierra. Será mi morada futura. Cuatro grandes cirios de cera negra vigilan sus cuatro flancos. Al fondo, frente al féretro, un gran espejo espera mi despertar para negarme su reflejo.
Arriba, sobre el ara, he dispuesto un gran círculo de azufre ardiente, y en la escena iluminada por una decena de velas de cera negra, acabo de degollar a mi compañera y he recogido su sangre en una copa.
Ahora desnudo su cuerpo, y con el mismo cuchillo corto su carne desnuda buscando su corazón, que todavía palpita entre mis manos, mientras invoco al señor de las Tinieblas, que será desde ahora mi único dueño.
He cortado las venas de mi brazo, y mezclo mi sangre con la de mi víctima. Ya únicamente falta agregar el veneno.
Se que mi inmolación e sólo un tránsito y que será terriblemente doloroso. Cuando beba, sentiré en la boca un ardor terrible, como de metal fundido y en seguida una sensación de ahogo. Algo similar a lo que sentía cuando la sangre me daba horror. Luego, mis labios y mi cara se tornarán azulados. Todas las células de mi cuerpo palpitarán, implorando el oxígeno que mi sangre, esa sangre que ya no es solo mía, les niegue. No será una muerta rápida. Es posible que el tormento dure casi diez minutos. Ente todos los venenos he escogido el más doloroso, el mismo que unas leyes malvadas preveen para los asesinos.
No me preocupa mi sufrimiento. Se que muy pronto, tal vez la próxima noche, estaré de nuevo entre los hombres. Se que muchos me odiarán, que verán en mí la encarnación del horror y del mal. Al hacerlo estarán equivocados. No es por odio a la humanidad por lo que elijo cumplir mi destino. Cuando vuelva no será para traer la muerte, sino la vida. Y eternamente...
Se que estoy condenado a dejar de ser hombre, a sentir y amar como hombre, que me convertiré en un testigo de la historia, y mi provenir estará ligado a toda la especie humana. Y cuando no quede nada, cuando el hombre desaparezca, seguiré viviendo, maldito y sólo, hasta que, incapaz de saciar mi sed de sangre, me convierta en un montón de materia corrompida, y en seguida en un puñado de polvo que se esparcirá con el viento.
Aunque, tal vez, no esté solo. Es posible que llegue a formar una nueva raza de seres inmortales.
He bajado a la cripta, y ante el espejo veo por última vez mi imagen, mientras cubro mis hombros con una gran capa negra. Junto al féretro espera la copa cargada de sangre y de veneno.
Me siento ahora dentro del ataúd, y miro la sangre que me espera. Al hacerlo, sufro el mismo estremecimiento que sentía cuando niño.
Escribo las últimas frases de esta confesión. Luego dejaré caer los papeles al suelo.
Ahora levanto la copa y brindo por mí y por toda la humanidad. Por un futuro eterno teñido de rojo...