Detuvo el automóvil y señaló a su compañera el paraje que se ofrecía ante ellos. En efecto, aquella pequeña cala rodeada de encinas que constituía la puerta de acceso al gran pantano que divisaban desde su privilegiado punto de observación era el lugar idóneo que estaban buscando. El vehículo descendió por el reseco sendero que conducía al pantano y poco más tarde ambos jóvenes se acercaron, estrechamente abrazados, al punto donde las aguas remansadas se unían con la arena. Sonrieron, y un beso confirmó el tácito acuerdo de detenerse en aquel lugar.
Regresaron junto al automóvil y, mientras extraían del mismo los enseres necesarios para establecer el pequeño campamento, comentaron la suerte que habían tenido al encontrar aquel sitio. La tarde estaba cayendo y ya temían que tendrían que continuar el camino hasta llegar a otra población donde, como la noche anterior, habrían de conformarse con el impersonal lecho de cualquier hostal. Y ese no era el plan que tenían trazado para disfrutar intensamente durante aquel viaje de novios. Al contrario, deseaban pasar aquellos maravillosos días juntos y solos, en contacto con la naturaleza, perdidos en los lugares más remotos, y ocultos a las miradas del mundo... Y por fin habían encontrado el lugar con el que soñaban.
Aún no estaba instalada la tienda de campaña cuando comenzaron a juguetear por los alrededores del improvisado campamento. Corrieron por la ribera del lago artificial, se persiguieron entre las encinas que circundaban el lugar, se empujaron por las cercanías del campamento y, finalmente, dejaron que sus cuerpos se amaran junto a la orilla del pantano.
Extenuados, quedaron tendidos de cara al cielo y el incipiente crepúsculo llenó sus miradas. Al cabo de un rato, la mujer se sentó y, lentamente, miró en todas direcciones.
– ¡Qué raro...! –murmuró.
– ¿Qué dices? –dijo su compañero, distraídamente.
– El silencio... ¿no notas el silencio? El extraño... Ni siquiera se escuchan los pájaros. Ya sé que nos encontramos muy lejos de cualquier pueblo, pero al menos deberíamos escuchar el canto de los pájaros. No sé... este silencio me da miedo.
– No digas tonterías, Ana –dijo el chico, incorporándose–. Hemos estado tres días huyendo de la gente y ahora, cuando por fin encontramos un lugar donde podemos estar juntos y solos, dices que te da miedo. Este sitio es magnífico.
–No sé... me parece como si le faltara vida.
–Vamos, vamos... –dijo, tendiendo la mano a su mujer–. No te imagines cosas raras, ¿quieres? Además, en este pantano podré hacer pesca submarina. Mira, vamos a terminar de montar la tienda y luego, mientras preparas la cena, iré a ver si pesco algo.
– ¿No es ya un poco tarde?
–Todavía hay suficiente luz. Vamos, no discutamos más. Te prometo que esta noche comeremos pescado frito.
Cuando terminaron de instalar la tienda y mientras Ana atendía los últimos detalles para dar a la rústica morada las mayores comodidades, su marido se puso el bañador, acondicionó el bote neumático, comprobó el funcionamiento de su fusil de aire comprimido, echó las aletas y la careta al interior del bote y arrastró su medio de transporte al agua. Luego se acercó a su mujer.
–Si quieres, puedes encender una fogata para calentarte; así, podremos cocinar luego lo que traiga.
–Prepararé mejor algunas de las latas que tenemos –rió ella–. ¿De verdad no piensas que es un poco tarde ya...? Podrías ir mañana a pescar.
–No, no quiero desaprovechar este instante. Volveré antes de que oscurezca del todo, ¿de acuerdo?
El hombre agradeció la atención de su mujer con un beso y se dirigió al bote. Auxiliado por un pequeño motor, la embarcación se alejó rápidamente. Cuando el ruido dejó de escucharse, la joven esposa regresó junto a la tienda de campaña y terminó de acondicionarla. Cuando lo hubo conseguido, se sentó a al entrada de la misma, cansada, pero satisfecha de la labor realizada. Fue en aquellos momentos cuando volvió a sentir la misma inquietud que poco antes había experimentado. Aquel silencio ni siquiera violado por el rumor de la brisa del aire, el paraje tan extraordinariamente abandonado, aquel universo del que parecía haber escapado todo signo de vida, la soledad y la tensa tranquilidad que envolvía todo, el silencio... el silencio...
Queriendo vencer al miedo que le producía su propio miedo –o, en cualquier caso, al miedo a lo desconocido– decidió hacer cosas que le ayudaran a no reflexionar de nuevo acerca de aquellas sensaciones, al menos hasta que regresara su marido... ¿Y si no volvía hasta que fuera noche cerrada? No debería haberse marchado. No tardaría en anochecer y entonces...
Se reprochó de nuevo por haber dado rienda suelta a sus pensamientos y, dispuesta a rectificar, comenzó a recoger algunas ramas secas que se encontraban esparcidas por los alrededores –lo cual no le resultó difícil pues el caluroso verano se había dejado notar incluso en aquel recóndito lugar– y al cabo de cierto tiempo tuvo dispuesta una pequeña fogata. Como no sabía si la madera de encina tardaría mucho tiempo en consumirse, decidió hacer una buena provisión de ella pues deseaba dejar el fuego encendido por la noche.
Aquella operación se prolongó bastante tiempo y en una de sus idas y venidas portando ramas, observó que algo avanzaba por el pantano en su dirección. Corrió hasta el borde del agua y, como aún había luz, pudo distinguir en seguida la silueta de la embarcación que se acercaba. No, no era su marido. Se trataba de una embarcación de madera de mediano tamaño –aunque mayor que las típicas barcas de recreo que se pueden observar en los estanques de algunas ciudades– de similares características a las que empleaban algunos pescadores de la región, y pudo ver la figura de un hombre que remaba vigorosamente. No obstante, no fue capaz de distinguir las facciones de aquella persona porque se encontraba de espaldas a ella y llevaba un impermeable oscuro cuyo capuchón le cubría la cabeza, pero creyó adivinar que avanzaba en su dirección. La nueva presencia humana reconfortó en cierta manera su ánimo, pues, aunque amaba la soledad, aquellos parajes desiertos le habían llegado a atemorizar.
Cuando la barca llegó a la orilla, el hombre saltó a tierra y encalló con cierta dificultada su presumible herramienta de trabajo. Ana se mantuvo donde estaba, pero sabía que aquel hombre iría hacia ella.
–Buenas tardes –dijo el recién llegado, alzando su enguantada mano derecha.
Vio que caminaba despacio y la sonrisa que enmarcaba su rostro invitaba a confiar en él. Era un hombre vigoroso, de mediana edad, curtido y, aparentemente, poco acostumbrado a frecuentar los contactos sociales. Ana se fijó especialmente en sus grandes ojos azules, casi acuosos, que escrutaban cuanto le rodeaba. La mujer le tendió la mano y el hombre se la estrechó sin quitarse los guantes de goma con que se cubría. Ana comprendió que aquel hombre tenía dificultad para entablar diálogo y quiso ayudarle.
– ¿Viene de pesca? –dijo, sonriendo.
–Sí –replicó el hombre, señalando su barca–. Ahí tengo los reteles con algunos crustáceos que he recogido.
– ¿Cangrejos? –insistió ella.
–Sí, mayormente... Pero también hay otras especies.
Era difícil romper la barrera de silencio que los separaba tras pronunciar cada frase. Ana pensó que la compañía de aquel hombre solitario – ¿sería el efecto de la mortecina luz lo que le inclinaba a pensar que las pupilas de aquellos ojos no estaban definidas y que todo el globo ocular tenía un extraño color azulado?– le permitiría sobrellevar la espera con más ánimo.
–He encendido un pequeño fuego allí, cerca de la tienda. Si quiere acompañarme, puedo ofrecerle café.
El hombre afirmó con la cabeza y poco después ambos estaban sentados junto al fuego. Ana miró al hombre que, al otro lado de las llamas que los separaban, saboreaba la bebida.
–Mi marido vendrá pronto. Ha ido a pescar.
– ¿A pescar?
–Sí. Quizá le haya visto usted.
– ¡Ah, sí! Llevaba un pequeño bote, ¿verdad?
–Sí. ¿Le ha visto?
–Hace un rato. Está lejos. Quizá demasiado.
– ¿Por qué dice eso?
–Bueno, no sé... La gente dice que este lugar no es bueno.
–A mí me parece que es un sitio magnífico.
–La gente lo dice. Pero, bueno, la gente generalmente miente. La gente siempre intente inventar excusas para protegerse de sus propias faltas. La gente es mentirosa y cínica. Siempre ha sido así.
– ¿Pero qué es lo que dice la gente?
– ¿No lo sabe? Se nota que no es usted de aquí. Si no, no se habría acercado a este maldito pantano. Los buceadores y la gente que practica la pesca submarina jamás entran en el pantano porque dicen que este lugar lleva consigo la muerte. Pero no quiero inquietarla. Sólo son historias que cuenta la gente supersticiosa.
–Me gustaría escucharlas. De esta manera, no estaré atormentándome todo el tiempo hasta que regrese mi marido. Aunque, si usted tiene prisa...
–Nunca tengo prisa –dijo tajantemente, sin apartar la mirada del fuego–. En fin, si usted desea conocer todas esas leyendas...
–Sí, por favor –dijo Ana, encogiéndose sobre sí misma pues empezaba a refrescar.
–Bien, todo tiene relación con este pantano –continuó el hombre centrando su atención en el crepitar de la hoguera, cuyas llamas lamían amorosamente los troncos–. Hace más de treinta años, este pantano no existía. En el lugar que ahora han invadido las aguas se alzaba un pequeño pueblo de gentes trabajadoras, como tantos otros. Las casas eran pequeñas, rústicas y pobres, pero los vecinos no se quejaban de ellas pues constituían sus hogares. Tampoco las tierras eran muy fértiles, pero eran amadas, trabajadas y cultivadas por los lugareños porque eran sus tierras y sus vidas. Sucedió que por aquellos días alguien decidió que para obtener el mejor aprovechamiento de este valle debía construirse un pantano. Debió de ser alguien importante, porque la Administración no tardó en dar su autorización para llevar a cabo tal proyecto. Nadie pensó –la gente nunca piensa en los demás, y menos aún si ni se puede obtener un beneficio por hacerlo– en los vecinos de aquel pueblo que debería ser anegado por las aguas. Al notificar a los lugareños la decisión, se les ofrecía la posibilidad de ir a vivir a unas confortables casas ubicadas en varias poblaciones cercanas y hasta se pagaron pequeñas indemnizaciones. Algunos se marcharon en seguida, otros más tarde, otros... otros nunca, como Juan el Loco».
A la mujer le pareció que las palabras de aquel hombre, ahora fluidas, habían adquirido una extraordinaria violencia tras las últimas frases, pero prefirió no interrumpir el relato.
«Juan el Loco era un buen hombre que jamás hizo mal a nadie. Era viudo y sus únicas compañías se reducían a su hijo –en aquella época muy pequeño– y a un perro de lanas que jamás abandonaba a su amo. Tenía unas pequeñas tierras en los alrededores del pueblo que le ayudaban a sobrevivir y también solía ayudar al cura cuando decía la Misa de los domingos. Juró una y mil veces que nunca se iría del pueblo, del lugar que amaba y donde reposaban los restos de su mujer; del lugar que era suyo. Sus tierras fueron expropiadas, pero él nunca aceptó tal hecho. Finalmente, todos se fueron y Juan el Loco quedó solo, con su hijo y su perro. Meses más tarde las autoridades le obligaron a abandonar su casa, pero tuvieron que sacarlo por la fuerza. Una semana más tarde el pueblo fue sepultado bajo las aguas. Durante los siguientes días se sucedieron muchas visitas para contemplar el trabajo realizado y fue en una de ellas cuando encontraron flotando en el pantano el cadáver del fiel pero de lanas. Sabiendo los lugareños que aquel animal jamás se separaba de Juan el Loco, buscaron a su dueño, pero no le pudieron localizar, como tampoco a su hijo. Se supo que cuando fue obligado a abandonar su tierra se refugió en la casa que le tenían asignada, pero que sólo permaneció allí un día. Entonces se temió que hubiera cometido al imprudencia de regresar al pueblo y alguien dijo que poco antes de que las aguas anegaran éste, se había escuchado el repicar de las campanas de la iglesia, y que el sonido sólo se había apagado cuando las aguas llegaron a la torre del campanario. para acallar las voces populares que comenzaban a resultar molestas, se decidió enviar un equipo de hombres-rana para efectuar un rastreo, pero poco después de comenzar tal iniciativa los buceadores informaron que el cieno, el lodo y el légamo lo cubrían todo, que la oscuridad era total y que en aquellos momentos resultaba sumamente peligroso adentrarse entre los edificios sumergidos. Quizá cupiera la posibilidad de hacerlo en el futuro, pero no en aquellos días. No obstante, pronto quedó olvidado el tema y todo permaneció como estaba».
Ana notó que aquel hombre estaba sufriendo una transformación. Ya no se limitaba a narrar una historia sino que hablaba para sí mismo, abstrayéndose de su presencia. Aprovechando el instante en el que el pescador detuvo el relato, miró al pantano, pero no descubrió señal alguna de su marido. Sintió frío, pero prefirió continuar junto al fuego escuchando aquella historia antes que entrar en la tienda y coger alguna prenda de abrigo. El hombre prosiguió.
«Sin embargo, pronto comenzaron a correr extraños comentarios y a circular singulares leyendas. Antes de que las últimas hojas de los árboles del viejo cementerio que aún sobresalían del pantano cayeran para siempre, se ahogaron dos jóvenes que practicaban pesca submarina. Más tarde, alguien instaló un tendedero pensando que las maravillas naturales de este lugar atraerían a los excursionistas. Cierto día, su único hijo entró en el pantano y nunca se volvió a saber de él; el padre fue a buscarle en una barquichuela y, cuando al día siguiente le encontraron tendido sobre la misma, se comprobó que había perdido la razón...posteriormente, murió en el centro sanitario donde había sido internado, suicidándose. Los accidentes se prodigaron de una manera tan alarmante en los siguientes años que las autoridades recomendaron a la población evitar este lugar. No obstante,, siempre había excursionistas poco prevenidos, incautos o desconocedores del lugar, que venían. En la mayoría de los casos no se volvía a saber de ellos, y en las contadas ocasiones en las que aparecían los cadáveres, éstos se encontraban en avanzado estado de descomposición y casi totalmente devorados. Para mucha gente todas estas muertes revestían el carácter de simples accidentes, pero algunos antiguos vecinos del pueblo decían que se trataba de la venganza de Juan el Loco y otros aseguraban, incluso, que aquel hombre seguía habitando en el pueblo, que vivía entre los peces y que atacaba a los hombres que entraban en el pantano... y en dos o tres ocasiones algunas personas presentaron pruebas de que tal posibilidad o alguna muy similar era cierta. Pero, claro, nunca los creyeron».
Cuando los ojos de aquel hombre se centraron en los de Ana, ésta sintió un escalofrío. La historia del pantano había finalizado y de nuevo el silencio separaba a los dos seres humanos. Comenzaba a anochecer y Ana sintió un frío intenso a pesar de la proximidad del fuego. El hombre que había surgido del pantano se incorporó y tendió su mano enguantada a la mujer.
–Estoy muy preocupada por mi marido –dijo ésta, estrechándosela–. Le ruego que no se marche.
–Su marido entró en el pantano. Ya sabe lo que sucede con la gente que viene a perturbar la paz de este lugar. El pantano mató al pueblo y ahora el pueblo clama venganza.
– ¡No diga eso, por favor!
–Está bien. Si prefiere que me calle, allá usted. Si desea escuchar el silencio, hágalo. Escuche. Escuche el silencio...
El capuchón cubría ahora casi totalmente el rostro del hombre. Ana desvió la mirada hacia el pantano, pero no descubrió el menor rastro de su marido. Luego miró a su alrededor, pero las sombras de los árboles no le transmitieron ningún mensaje de consuelo, sino de inquietud. Todo era silencio, tinieblas y frío. Sintió miedo y miró al hombre, que caminaba lentamente hacia su barca.
– ¡Espere! –dijo, avanzando en su dirección.
–Tengo que marcharme –replicó sin detenerse.
– ¡No, por favor!
El hombre se detuvo, giró sobre sí mismo y miró a la joven. Ana volvió a hablar.
–Sus historias me han intranquilizado.
–Ya le advertía que no debía escucharlas. De todas maneras, sólo son leyendas.
–La verdad es que estoy preocupada por mi marido. Ya es de noche, y... no sé, si pudiéramos advertirle de alguna manera...
–Es imposible. Ancló muy lejos su bote.
–Usted sabe dónde está, ¿verdad?
–Sí.
–Yo... si pudiera... ya sé que es abusar de su amabilidad, pero si usted pudiera... yo querría, si usted me llevase...
– ¿Qué desea? ¿Reunirse con él?
–Sí; advertirle de todo esto y marcharnos de aquí esta misma noche.
–Comprendo...
–Mire, es que estamos de viaje de novios y no sabíamos...
–Ya...
Se produjo un largo silencio y, luego, el hombre comenzó a caminar hacia su barca.
–Le llevaré junto a él –dijo–. Sígame.
El hombre empujó la barca y echó los remos al agua. Cuando Ana se disponía a subir, unos extraños sonidos la detuvieron. El hombre vio su indecisión y ofreció una explicación.
–Son los crustáceos. Estarán luchando con el retel. No se preocupe. No saldrán.
Ana subió a la barca y vio que el lugar de procedencia de los sonidos estaba cubierto con una gran lona negra. El sonido producido por centenares de pinzas no cesaba y casi llegaba a hacerse ensordecedor. No obstante, el pescador no prestaba demasiada atención a los mismos sin duda porque estaba habituado a ellos.
El hombre comenzó a bogar con extraordinaria energía y pronto se adentraron en el pantano. Ana, sentada en el extremo opuesto al de la lona, veía las fuertes espaldas del remero con el que no había cruzado una sola palabra desde que entrara en la barca. El sonido de los remos al chapotear en el agua y el de las tenazas de los cangrejos eran los únicos que violaban el silencio reinante. No obstante, la mujer pronto creyó escuchar otro sonido distinto procedente del lugar donde se encontraban los crustáceos. Era como si alguien rasgara algo, como si las pinzas no sólo chocaran entre sí, sino que cortaran algo.
Los pies de Ana chapotearon sobre el entarimado de la barca y pensó que era extraño que tal cantidad de agua hubiera entrado en la misma, sobre todo teniendo en cuenta que los reteles no arrastraban mucho líquido. Maquinalmente, introdujo la mano en el mismo para sentir la tibieza del agua pero luego, comprobó que el sabor de aquel líquido pertenecía al de una naturaleza bien distinta de la que imaginaba: era... ¡sangre! No, no podía ser. Sin duda, estaba confundida. Quiso decir algo al remero, pero éste continuaba con su tarea sin prestar atención a su pasajera. Ana intentó descifrar con la vista el carácter líquido en cuestión, pero las sombras que ya envolvían el entorno le impedían obtener una información nítida acerca del mismo. Así, volvió a introducir la mano bajo la sustancia que cubría el fondo de la barca.
Un grito obligó al hombre a volver la cabeza hacia Ana. Esta, incorporada sobre la barca, agitaba su mano de la que colgaba un enorme cangrejo que había aferrado las pinzas a la carne. El hombre, muy lentamente, se acercó a a su compañera de viaje y, agarrando su muñeca, tomó con sumo cuidado al animal con su mano enfundada y, acercando la boca al crustáceo, murmuró unas palabras. Instantes después, las aceradas pinzas cedieron la presión y la mano de Ana, por la que corría un pequeño reguero de sangre, quedó libre. El hombre depositó al cangrejo sobre el suelo de la barca, pero el crustáceo cerró las pinzas sobre el guante, arrastrándolo hasta perderse bajo la lona.
– ¡Pobrecillo! – Dijo el hombre, lanzando una mirada compasiva hacia Ana–. Siempre está jugando con mis cosas. Sin duda, han acabado de comer, ¿sabe?
El hombre recuperó la verticalidad y permaneció unos instantes mirando la lona que debía ocultar los reteles. A pesar de la oscuridad Ana pudo ver, aterrada, que la mano libre de su acompañante presentaba un aspecto palmeado, pues las membranas interdigitales se extendían casi hasta los extremos de los dedos, indicando la funcionalidad hacia la que habían tenido.
–Sí, seguro que ya han acabado su comida... –murmuró el hombre, al mismo tiempo que retiraba la lona.
Ana no pudo evitar un grito de horror y sus manos crispadas se hundieron en sus mejillas. Allí, al otro lado de la barca, se distinguía un amasijo de carne y huesos que una legión de crustáceos destrozaban con sus tenazas. Las costillas estaban al descubierto, la carne que recubría la calavera había sido devorada y los cangrejos estaban dando buena cuenta del resto del cadáver, donde no había ni una mínima porción de piel que no hubiera sido rasgada por las demoledoras pinzas. A la tenue luz del anochecer, Ana vio brillar en torno al cuello de la ensangrentada masa la cadena de oro que pocas horas antes ella misma anudara alrededor de la garganta de su marido. Mientras la mujer se dejaba caer pesadamente al fondo de la embarcación, donde quedó encogida sobre sí misma, el hombre volvió a hablar.
–Estamos exactamente sobre el pueblo. Ahí abajo están todos mis amigos... estos que me acompañan son sólo algunos de sus hermanos, los más allegados a mí. ¡Ah! Y, esperándonos en la cripta de la iglesia está mi padre, Juan el Loco. Nunca sale de allí, ¿sabe? Su marido ya le ha visitado y ahora, sin duda, estará esperando que usted vaya a cumplimentarle. Agradecemos mucho ver caras nuevas y hace tanto tiempo que no viene nadie a visitarnos...
29 may 2011
16 abr 2011
LA MANO VERDE por Alfonso Alvarez Villar
–Toda guerra es terrible –sentenció el joven profesor Diéguez.El horror de la guerra se mezclaba en el recuerdo con otro suceso misterioso y terrorífico... Un suceso increíblemente real como lo atestiguaban la cicatriz que cruzaba su mejilla y el ruido de los arañazos con que «aquello» se hacía presente por la noche.
Y su apotegma hizo (como por un conjuro diabólico) que las chispas del hogar saltaran con más fuerzas.
Fuera, silbaba el viento, el viento otoñal que hacía girar las primeras hojas doradas. Sectores enteros del bosque cercano se teñían de rojo.
–Pero la guerra entre hermanos es aún más terrible.
Antonio Echevarría echó una mirada azul a las brasas, y, luego, agitó los cubitos de hielo de su vaso de whisky que espejaba los infiernos del hogar.
Luisa, la esposa de Diéguez, lanzó un puñado de astillas a la chimenea y las fue revolviendo una por una con el atizador hasta convertirlas en líquidas varillas de fuego.
La esposa de Echevarría, Carmen, se abrió aún más de piernas sobre la alfombra de nudos, que representaban una eterna primavera, y el horno rojo dibujó venas cobrizas en sus muslos.
Se oyó un rasgueo como de unas uñas en el intento de abrir una puerta.
–¿Es vuestro gato? –preguntó Luisa.
–No, no tenemos gato.
Antonio Echevarría palideció. Se veían los cubitos de hielo temblar en el vaso, con una musiquilla infernal.
Se levantó y cogió una negra Parabellum que yacía en una gaveta. Montó el arma. Luego salió a la noche ululante, dejando colarse en el salón una cabellera de hojas muertas.
–Hoy es sábado –musitó Carmen.
Se oyó un disparo y un alarido que parecía mitad humano, mitad animal.
Antonio volvió a entrar sacudiéndose de encima una película de polvo blanquecino. Perecía ahora más tranquilo.
–¿Un lobo, una zorra? –volvió a inquirir Luisa.
–Peor que eso. Pero no os preocupéis. Ya no nos molestará.
–¡Cuéntanos alguna de tus aventuras de la Guerra! –solicitó su anfitriona, volviendo a cargar los vasos con ópalos de whisky. Y miró largamente a Luisa como queriendo protegerla.
Luisa era una mujer menuda. Su blusa entreabierta, apenas dejaba elevarse dos suaves colinas rematadas en dos pequeños obeliscos marrones. Su cabellera rubia lucía como un espectro Kirlian cuando los rayos rojos del hogar la atravesaban. Se inclinó hacia Echevarría y parecía que su cintura se quebraba.
–Sí, yo pasé muy malos ratos durante la Guerra Civil. Pero lo que me ocurrió cerca de Cáceres es algo que vais a considerar como una calentura de mi imaginación...
–Yo soy (o intento ser) científico, pero siempre estoy abierto a lo sobrenatural. Y más en una noche como ésta –le atajó Carlos Diéguez.
–Hace hoy, precisamente cuarenta y cuatro años que le ocurrió a mi marido eso que os va a contar.
Carmen se había tornado seria. Sus largas pestañas postizas parecieron durante unos instantes un bosque de lanzas macedónicas. Su voz de mezzosoprano sintonizaba ahora con el jadeo de las llamas.
Una chispa más roja salió de una astilla voluminosa y se perdió en línea recta por la chimenea. Antonio Echevarría montó en ella y la siguió por montes y valles. Carraspeó durante unos segundos, tomó un trago, e inició su relato.
–Cuando nos retirábamos de las fuerzas nacionales en Extremadura, se derretían los últimos calores estivales. Las noches comenzaban a ser demasiado largas y ya no se escuchaba el pitido de la cigarra. Marchábamos en columnas de a cuatro por un camino vecinal cercano a Guadalupe.
«De repente oímos el rugido de los motores de una escuadrilla de aviación. Miramos hacia el cielo azul y vimos «Las tres Marías» de siempre, los tres Junkers de los nacionales.
»Debieron pensar que constituíamos un grueso cuerpo del ejército porque se lanzaron a atacarnos. Todos nos dispersamos por las laderas, y algunos ingenuos intentaron instalar una ametralladora sobre las ramas bajas de un roble.
»Cayeron las primeras bombas. Vosotros creéis, por lo que se suele presentar en las películas, que una bomba sólo es un penacho de humo que mata a los que están alrededor. Os equivocáis: una bomba es un puñetazo sobre una piel de tambor. Los hombres que han tenido la mala suerte de hallarse cerca de la explosión quedan destrozados, pero aún a varias decenas de metros notas que la tierra tiembla y tú eres entonces una hormiga que bota al ritmo del suelo. Lo cierto es que entonces yo me vi «levitado» a varios centímetros para luego caer pesadamente. Así, una y otra vez, hasta que no pude más y salí corriendo por el camino vecinal que había quedado vacío.
»Antes de poner los pies en el blanco polvo mordido por el sol, vi a los de la ametralladora espachurrados sobre el árbol como despojos de una carnicería. El tronco y parte de las ramas comenzaban a arder. Todo estaba impregnado de un olor a botica que te daba ganas de toser y de vomitar.
»Esperé unos instantes oculto tras una roca. Los Junkers se habían ido. Pero, también, mis compañeros. Vi a uno de ellos arrastrándose con una sola pierna por el camino y caer yerto al cabo de unos pocos metros. Un caballo piafó y trotó de estampida, sin que me fuera posible detenerlo.
»Me había quedado solo. Disparé, en efecto, un tiro al aire y sólo me contestó, indignada, una abubilla.
»Tomé un trago de mi cantimplora que había cargado de coñac, me puse el fusil en banderola y seguí el camino.
»Caía la tarde. Las cornejas comenzaban a planear sobre la colina. Los farallones de roca amenazaban con derrumbarse. Los robles, los cerezos y las encinas alargaban como espadas sus sombras queriéndome amedrentar. Una tardía pareja de mariposas brotó delante de mí, sobre el camino, como advirtiéndome que no avanzase un paso más. Pero desde atrás me llegaba una confusa algarabía de pájaros carroñeros que se estaban cebando en aquellas horas, con los restos de lo que había sido la Quinta Compañía.
»El camino se bifurcaba y yo no tenía la menor idea de hacia donde se hallaba nuestro derrotado ejército. Opté, por eso, por el de la derecha, que se perdía en un bosque de hayas. Por lo menos, les sería más difícil a los nacionales el encontrarme, caso de que sus avanzadas hubieran llegado hasta allí.
»El bosque respiraba como un inmenso animal herido. Los árboles se alzaban como muslos de un ciempiés vegetal. Sentía que aqellos árboles me odiaban. Pero no sabía por qué.
»Debajo de las tupidas ramas se había hecho la noche. Sólo brillaban los ojos de las ardillas y de un zorro asustado que atravesó el camino barriendo el polvo con su hopo.
»La senda subía, revolviéndose en espiral sobre sí misma como un sacacorchos. Y yo empezaba a jadear.
»Sentí el inconfundible sonido de una fuente. Sí, a pocos pasos corría un manantial. De un caño salía un chorro de agua helada. Me ardían las mejillas. Por eso, lo primero que hice fue refrescarme. El chorro cortaba como una cuchilla de una navaja barbera. Parecía brotar del mismo Polo Norte.
»Me incliné sobre el macuto y me puse a dormir, con el fusil recortado sobre mi pecho.
»Muy lejos sonaba, como una tormenta que se extingue, el duelo de la artillería. Leves chispazos violáceos o ambarinos saltaban sobre el escaso horizonte que se divisaba desde allí.
»Pero no pude cerrar los ojos. Estaba tenso como las cuerdas de un violín. Tenía presente, sobre todo, la imagen de mi compañero, con la pierna amputada y desangrándose sobre el camino, la de los intestinos, teñidos de bilis, de los servidores de la ametralladora, y me dolían todos los huesos.
»Oí como una pluma que se arrastraba por el polvo. Eran los pasos de una mujer calzada, quizá, con sandalias o alpargatas.
»"Una campesina" –pensé yo– y me puse en guardia. El cerrojo de mi Mauser rasgó el aire nocturno.
»Una sombra, aún más oscura que la del bosque, se detuvo ante mí.
»–¿Cansado? –brotó como un susurro de una garganta femenina.
»–Sí –me limité a contestar y dirigí subrepticiamente el cañón del fusil hacia el bulto.
»–Venga entonces conmigo. Tenemos una casa ahí arriba.
»Me levanté y seguí a la sombra, con el Mauser dispuesto a lanzar los cuatro proyectiles restantes de cargador.
»A unos cien metros de allí, el camino deba un viraje de ciento ochenta grados y en el recodo se encendió una luz. Era una casa campesina o tal vez un refugio para cazadores. Dos de las ventanas de la planta baja parecían los ojos iracundos de un demonio. Y supuse que se trataba de las llamas de un hogar que calentaba e iluminaba el comedor de la casa. Arriba, las tejas de las pizarras reflejaban las luces de las estrellas.
»La proximidad de una vivienda humana me hizo sentir más seguro. Además, ahora la sombra se había convertido en una espléndida mujer de unos cuarenta años de edad, morena y vestida de negro, que me sonreía.
»Entramos en la casa. Los goznes de las puerta chirriaron aunque parecían nuevos.
»El comedor era una estancia pequeña. El fuego de la chimenea destacaba el taraceado de la mesa y de las alcándaras. Las vigas se mostraban negras entre el blanco enjalbegado del techo y de las paredes. Una puertecilla se abría al fondo y desde el mismo comedor-sala de estar despegaba una escalera empinada y con pasamanos de madera de roble que conducía a las habitaciones del piso superior.
»–¿Vive usted sola? –pregunté.
»–Sí, desde que fueron asesinados por los rojos, mi marido, mis hijos y mis dos hermanos.
»–Entonces, no comprendo por qué ha brindado usted su hospitalidad a un sargento rojo.
»–Los nacionales asesinaron a otros familiares míos. Para mí, ya todos los seres humanos son iguales.
»Se hizo un silencio ominoso. Mi anfitriona estaba ahora plenamente iluminada por la reverberación anaranjada del hogar.
»Era, como ya os dije antes, una real hembra. Vi cómo sus ojos verdes, teñidos por vetas amarillas, miraban con desconfianza el fusil. Pero debajo de la pañoleta, caía un río de oro, y bajo el vestido, humilde y negro como el de cualquier campesina, se adivinaban unas curvas y unas mamas divinas.
»Me sonrió y vi que le faltaban dos dientes de la hilada superior. No pude contener un escalofrío, pero recité para mí mismo:
»–"¿Quelle âme est sans défaut?" –y pedía a Dios que no volviera a sonreírme.
»–Voy a traerle la cena –cortó de repente–. Y desapareció por la puertecilla que daba, sin duda alguna, paso a la cocina.
»Una fuerte modorra se iba apoderando de mí. El vino espeso que la hospitalaria viuda me había servido junto a unos tacos de chorizo y jamón, pesaba como el plomo. Y yo dejé de rumiar estrofas enteras de las serranillas del Arcipreste de Hita y del Marqués de Santillana.
»Isabel (así se llamaba la viuda) volvió a aparecer con una perola humeante. Contenía una espesa sopa de coles.
»Hablamos de las faenas del campo. Luego pasamos a temas más sombríos. El marido de Isabel , dos niños varones de once y nueve años de edad y dos hermanos habían muerto apaleados por los esbirros de la Casa del Pueblo, hacía todavía un mes. Ella vivía desde entonces en aquel albergue montañoso, perdido en el bosque, Cuando cayeran las primeras nieves tendría que huir hacia Cáceres o hacia Salamanca en donde tenía parientes.
»Sonó un viejo reloj de cuco dando las doce. Isabel me trajo un pierna de cordero y una bandeja de cerezas ya algo mustias. Comí con voracidad y tragué una jarra de aquel vino craso como la sangre que se colaba hasta en el tuétano.
»Se oyeron unos golpes en la puerta. Al principio pensé que era la mano del viento la que intentaba forzar las jambas. Pero no, era una mano humana. Isabel parecía asustada.
»Cogí el Mauser y descorrí rápidamente la barra de la puerta. Un rostro blanco como la harina se perfiló a pocos centímetros del suelo. Unos muñones sanguinolentos, se alzaban amenazadores contra mí. Y yo pude reconocer, con un escalofrío, que se trataba de mi compañero muerto sobre el camino, el mismo que se había arrastrado con una sola pierna durante unos metros hasta quedar sin una sola gota de sangre.
»–¡No dejes que entre aquí! – me suplicó Isabel, histérica.
»Apunté con el fusil entre los ojos vidriosos de aquella máscara y apreté el gatillo. La cabeza explotó en una nube de polvo de talco. Miré hacia fuera de la puerta por si quedaba algún rastro de aquel engendro, pero sólo pude percibir un reguero de sangre, y las huellas de un cuerpo que se había arrastrado hasta allí.
»Isabel se estrecho contra mí, temblando al ritmo de aquellas baterías que seguían disparando en lontananza.
»La besé en la boca. Un olor dulzón como el del arrope brotaba de ella, infiltrándose por el hueco de los incisivos superiores desaparecidos. Ella respondió a mi llamarada lujuriosa. Después se separó de mí y, tomando una palmatoria, encendió la vela en el hogar y me hizo señas de que la acompañara hasta arriba.
»La madera de pino apenas se estremeció con las pisadas de ella; sí, en cambio, con las mías.
»La luz de la vela recortó en la oscuridad una cama de matrimonio de altísimo dosel, una chimenea apagada, un espejo empañado, y un robusto armario de estilo castellano que olía a naftalina.
»Isabel empezó a desnudarse. Llevaba un saya de color blanco debajo del vestido negro. Luego, una combinación rosa con encajes. Me pidió que me desnudara también. Dejé el fusil apoyado en la mesilla de noche más próxima, y guardé en un cajón dos bombas de mano y la bayoneta. El resto de los arreos quedaron colgando sobre una silla de cáñamo.
»Luego, Isabel apagó la vela y fue una lástima porque a mí me hubiera gustado verla desnuda. Pero seguía sintiendo el «frú-frú» de su ropa interior que se deslizaba sobre su cutis sedoso.
»Me metí en la cama. De la otra habitación llegaban voces de niños, y conversaciones de rudos paisanos, pero lo atribuí a mi innegable intoxicación etílica.
»Sentí la piel fría de Isabel contra mi cuerpo febril. Quise poseerla. pero me fue imposible. Me fallaban los reflejos.
»–No, no, por favor, no lo intentes nunca. Estás muy cansado, además, demasiado fatigado y nervioso. Dormiremos como dos hermanos.
»No sé si fue mi impotencia o la piedad de Isabel (ahora lo comprendo) lo que me salvó la vida aquella noche. Lo cierto es que caí profundamente dormido, como si alguien me hubiese lanzado al fondo de un pozo.
»Est prope Cimmerios, lunga spelunca recessu, dice el poeta latino al referirse a la caverna de los sueños. Pues bien, yo me precipité en esa caverna.
»Y tuve unos sueños muy raros. Soñé que aquella noche el dormitorio se iluminaba, de repente, como con una especie de luz zodiacal. Tres hombres desnudos con el cuerpo cubierto de moratones, de heridas purulentas y de manchas rojizas, me miraban con máscaras de odio. No eran sus cuencas vacías y llenas de tierra las que me podían expresar ese odio sino sus dientes descarnados que se apretaban rechinando. Vi también que sus puños, en los que asomaban al aire libre trozos de hueso, me señalaban furiosos.
»Una mujer se interponía entre ellos y yo. Pero tenía un perfil siniestro. Los cabellos de oro estaban cubiertos de tierra y de lombrices apelmazadas por piltrafas de sangre y de carne. Una gran hendidura se abría en su occipucio, de donde manaba un líquido rosado lechoso. Sólo veía la parte superior de aquella mujer, pero era fácilmente reconocible por la pañoleta y el vestido negro ahora desgarrados y sucios.
»El olor a podredumbre me hacía moquear.
»Por fin, los ruegos de Isabel lograron apaciguar a los tres hombres, que desaparecieron . Todo volvió a quedar oscuro.
»Abrí los ojos y pude ver los primeros gallos de la Aurora. A mi derecha yacían los restos calcinados de una vivienda que no me fue difícil identificar por las tejas de pizarra y las dos ventanas, mimbadas de negro y sin cristales, que, la noche anterior, aparecieron vivas y alegres con el fuego de un hogar.
»Sentí, al mismo tiempo sobre mis costillas el mordisco de los terrones. ¡Estaba tumbado a la intemperie! Pero sentí la reconfortante cuchillada del cañón frío de mi fusil.
»Felizmente, además, la misma mano piadosa de aquella pesadilla me había vestido con el uniforme, las botas y el resto de mis pertrechos.
»Antes de levantarme miré, desde la superficie de la tierra, a mi alrededor. Y tuve un estremecimiento: la mano exangüe de Isabel pero con las uñas horrorosamente crecidas, me seguía acariciando la mejilla. Todavía conservo aquí la cicatriz de la carne gangrenada con la que tuvo contacto uno de los dedos del cadáver. Excuso deciros qué me hubiese ocurrido si llego a realizar aquella noche el acto carnal con aquel fantasma.
»Pegué un salto y me puse de pie. En aquellos instantes no me detuve a considerar mi ingratitud hacia aquel cuerpo corrupto que yacía enterrado debajo de mí. No sentí compasión por aquella mano que buscaba un rostro vivo y la caricia del sol.
»La cerca me obligaba a escapar por encima de un montículo en dirección a la puerta del jardín. Pero advertí que los terrones empezaban a desmoronarse, que entre ellos surgían unas manos desencarnadas y restos humanos en putrefacción. Se alzaba un vapor pestífero entre los árboles.
»Procedí, a partir de ese momento como un autómata. Tiré las anillas de las bombas de mano y las lancé contra el montículo aunque estaba expuesto a que la onda expansiva se convirtiera en camarada de aquellos engendros iracundos.
»Sendas explosiones convirtieron la tierra en un cráter de fuego y de humo. Fui lanzado contra un tronco de árbol, pero no caí. Con la tierra aún caliente bajo mis botas, pasé por encima del túmulo. Una mano sobrecogedora intentó agarrarme pero yo me zafé con facilidad.
»Corría ahora, cuesta abajo, por una pendiente que terminaba en una ancha llanura.
»Pasé al lado de una valla, ya sin correr. Me sabían a hierro los pulmones. El fusil me había hecho una muesca sanguinolenta en la palma de la mano.
»Sonó una explosión. Un trozo de muro se desplomó tras de mí. Reían los ladrillos como si fueran de cristal. Reanudé la carrera.
»Otra sección de muro se desplomó tras de mí. Retumbaban a lo lejos unas carcajadas.
»Luego, me enteré que un grupo de nacionales estaba haciendo prácticas de mortero y me habían tomado como diana.
»Una tercera granada me derribó. Había caído en una trinchera. Me arrastré como una lagartija, hasta ocultarme en una casamata.
»Allí, me encontraron los de la Séptima Compañía, aquella misma tarde. Durante casi doce horas no había dejado de murmurar:
»–"¡Quitadme esa mano verde!"».
Los dos matrimonios se estremecieron. Una astilla más gruesa crepitó. El fuego del hogar parecía ahora hinchar su tórax como si fuese el dios de la guerra.
Se oyeron unos leves golpes en la ventana. Luego, unos arañazos. Era como un grueso pájaro herido que intentase quebrar el vidrio.
–Todos los sábado, a estas horas, quiere entrar. Son sólo unos segundos. No hagáis caso...
Pero Luisa se había desvanecido y el profesor Diéguez gritó, sin poder contenerse, como nunca había gritado en su vida, víctima de un sentimiento de pánico.
–Es la mano verde. Nosotros ya estamos habituados a ella. –comentó Carmen–.
29 mar 2011
LUNA DE HIEL por Jesús Larraz
Estaba tan loco por ella que la hubiera literalmente devorado, y se hubiera dejado devorar por ella, si ese gesto supremo de entrega pudiera repetirse todas las noches.El pezón oscurísimo de Marta, desnuda en la cama, atraía la mirada y la boca de Julio, cuyos labios lo apretaban ávidamente haciendo que su sangre enloqueciera. Marta gemía primero suavemente, como una gata en celo, pero luego, cuando Julio entornaba los ojos, bramaba y la poseía, se entregaba por completo al placer y gritaba la intensidad de su orgasmo sin contemplaciones, con toda la ardiente furia de que se es capaz a los diecisiete años. Esa era, sin duda, la más importante ventaja de pasar la luna de miel en una solitaria casa de campo. La ausencia de vecinos en varios kilómetros a la redonda les aseguraba una intimidad tan deliciosa como absoluta.
Habían elegido Ibiza en pleno agosto porque sabían que al norte de la isla, a pesar del turismo, todavía podían encontrar una casa tranquila, una auténtica casa de campo que en otro tiempo estuviera habitada por payeses y que ahora, relativamente lejos de la civilización, resultaba el lugar más idóneo para entregarse con pleno ardor a los juegos de la carne. Julio volvía a felicitarse por lo acertado de su elección, mientras Marta, agotada y satisfecha de tanto copular, se abandonaba al sopor de la siesta.
Julio se consideraba, con razón, el hombre más afortunado del mundo. Su joven esposa, que tan sabia y fogosa se mostraba, era para él una continua fuente de placeres. Incluso ahora, mientras dormía y se dejaba contemplar a satisfacción, le estaba proporcionando el placer exquisito de su desnudez, que para él siempre resultaba nuevo y deslumbrante. El sol había dorado enteramente aquel cuerpo que, abandonado al sueño, dejaba ver el mórbido escorzo de la nalga, la audaz ondulación de las caderas, la elástica firmeza de sus muslos encantadores, la magnificencia de sus redondeadas pantorrillas... Julio sintió un escalofrío y notó que el sexo volvía a despertársele.
No era, pues, nada extraño que, dedicado a tales pensamientos, volviera a poseer a Marta, siempre saciado y siempre insatisfecho, en cuanto ésta hubo despertado. Marta reía, como una niña que era, al comprobar la persistente potencia de su marido, y el brillo de sus ojos indicaba con toda claridad hasta qué punto era sensible a las incitaciones masculinas.
Eran las cuatro de la tarde y el sol dejaba caer todo su peso. El éxtasis fue más agudo y duró bastante más de lo acostumbrado. Por eso cuando rebasaron la última curva de la cópula se encontraban sudorosos y jadeantes y las sábanas se empaparon de sudor. El calor era insoportable. Julio salió hasta el pozo y llenó de agua fresca una gran jarra, que ambos bebieron con avidez. La sed saciada parecía colmar las satisfacciones de aquella tarde, pero Julio quiso añadir un placer más y a tal fin deshizo un poco de hachís y, tras mezclarlo concienzudamente con tabaco rubio, lió un grueso cigarrillo, lo encendió y lo acercó a los labios de Marta, mientras se tendía en la cama a su lado.
Era hachís afgano, negro y elástico como el chicle, de primerísima calidad. Los alcaloides se adherían con profundas caricias hasta lo más hondo de los pulmones, turbando deliciosamente el sentido de la realidad. No tardaron en reír alucinados, sin motivo alguno, al tiempo que la droga, estimulando al máximo su sensibilidad, les incitaba a intentar un nuevo ayuntamiento. Jamás le parecieron a Julio tan tentadores los senos de Marta; nunca proporcionaron tanto gusto a su boca; ni el roce de sus muslos le había producido antes tan elevada excitación. Pero la lascivia se había apoderado de su cerebro, no de su agotada virilidad, y nada pudo hacer en esta ocasión para complacer a su compañera.
Como a Julio, a Marta el hachís le había puesto la sangre efervescente, y el calor ahora le resultaba menos soportable que nunca. Aquella casa de campo tenía bastantes ventajas, pero también algunos inconvenientes. El más importante, que carecía de cuarto de baño. El hachís arrastraba las palabras de Marta cuando le dijo que daría todo el oro del mundo si pudiera gozar de una buena ducha. Julio le recordó la refrescante existencia del pozo y ambos, desnudos y entrelazados por la cintura, se encaminaron lentamente hacia el brocal.
La acción concentrada del cáñamo, como es frecuente, les proporcionaba esa singular experiencia que consiste en percibir el fluir del tiempo con más lentitud que de ordinario, a la vez que amplificaba su sensibilidad a todo tipo de incitaciones ambientales. Por eso creyeron haber tardado una eternidad hasta llegar a la puerta de la casa y a eso se debió también el que los rayos del sol, incidiendo directamente sobre sus cuerpos desnudos, les parecieran una lluvia insoportable de flechas.. Pero ni el calor ni los gruesos chorreones de sudor lograban vencer su palpitante alegría, y ambos seguían riendo por cualquier nimiedad o simplemente tras mirarse a los ojos.
Así llegaron hasta el pozo e hicieron descender el cubo hasta las oscuras profundidades. Al cabo de un momento interminable, subrayado por el monótono chirriar de la garrucha y el molesto ronroneo de las moscas invasoras, el cubo ascendió del todo con su carga feliz y chorreante, la mitad de la cual fue descargada por Julio sobre la cabeza de Marta, y el resto por Marta sobre la cabeza de Julio. Después de aquello se sintieron tan felices que empezaron a reír a carcajadas y Julio sorbió, mordiendo aquella boca deliciosa, los embriagadores jugos de su compañera.
Pero, por desgracia, el calor y las moscas no habían desaparecido, sino que, atraídas por la doble tentación de la carne desnuda y húmeda, acudieron a incordiarles por docenas. A Marta se le ocurrió entonces una idea que, a no ser por la acción del hachís, ni siquiera hubiera formulado. Pues pensó, y así se lo dijo a Julio, que si ponía los pies en el cubo y se agarraba convenientemente a la cuerda, mientras Julio la sujetaba, podría gozar de una refrescante sombra en el interior del pozo.
Aquella idea despertó en la conciencia alterada de Julio hermosas imágenes de oasis y sombras de palmeras, de pozos bíblicos al amparo de cuyo brocal bellas doncellas semitas aguardaban la llegada de sus amantes. Abrazó a Marta por la cintura y la sostuvo en vilo, comprobando cuánta era su fuerza y cuán relativamente escaso el peso de su esposa, tras lo cual se dispuso a complacerla. Julio puso encima del brocal el cubo y Marta introdujo en él los pies, mientras se agarraba a la cuerda con ambas manos. Julio tiró de la cuerda y Marta inició, alborozada, su descenso.
Ahora la voz de Marta se escuchaba lejana, ligeramente temblorosa por la resonancia tubular, tal vez a veinte metros de profundidad. Describía cómo a sus pies, muy abajo, se veía una redonda plancha de plata que no era sino el reflejo de la luz. Julio, sudoroso, le gritó que no podía seguir aguantando, que empezaría a subirla.
Hay simples leyes físicas que, lamentablemente, suelen olvidarse en momentos de gran euforia. Una de ellas es que cuesta muchísimo más trabajo levantar un peso que dejarlo caer. Y Julio empezaba a sentir, en la creciente tensión de los brazos, su necedad. El cuerpo de Marta, tan liviano momentos antes, parecía ahora de plomo. Sudaba y jadeaba como nunca, pero ahora su sudor era frío, como un soplo de muerte. Oyó quejarse a Marta por la lentitud de la ascensión, pero no le contestó nada. Un oscuro presentimiento le atenazó la garganta. Rechazó violentamente la idea de que no tendría fuerzas para subirla y la desesperación hizo que sus esfuerzos se redoblaran. Dio un brusco tirón, rabioso, de la cuerda, y la pequeña anilla que sujetaba la garrucha no pudo soportarlo. Se oyó un seco crujido metálico y luego el espantoso grito de Marta perdiéndose en el fondo como una estela de horror, antes de que un golpe terrible, lejano, diera paso al silencio. La cuerda, al resbalar por las manos de Julio, le había mordido la carne hasta dejar los huesos al descubierto.
Pero Julio no quiso darse cuenta del punzante dolor de sus manos. Un dolor mucho más hondo le estaba quemando las entrañas. Ni siquiera se asomó al brocal. La cuerda no había caído del todo; así que ató apresuradamente un cabo al arco metálico que sostenía la caída garrucha y descendió a grandes zancadas, completamente fuera de sí. Ningún ruido se escuchaba de abajo, desde un fondo al que no se atrevía a mirar. EL corazón parecía querer salírsele por la boca y sus manos ardientes habían perdido toda sensibilidad. Creía estar ya muy cerca del fondo cuando la cuerda, atada con tanto apresuramiento, se soltó y cayó a la vez que Julio, enredada en sus brazos.
Su cuerpo notó en seguida, junto al brusco choque del agua, el roce de otro cuerpo flotante, en cuyos miembros había desaparecido todo movimiento. Instintivamente chapoteó en el agua hasta que sus descarnadas manos encontraron la pared del pozo. EL agua estaba helada y la oscuridad era completa. Su mano izquierda encontró el apoyo de un saliente en la pared y su derecha alcanzó a tocar el cuerpo muerto de Marta. Una congoja insufrible le nació en las entrañas cuando sus dedos alcanzaron la gran brecha de la cabeza. Estaba claro que durante su caída Marta recibió un golpe mortal contra las paredes del pozo.
La realidad era tan horrible que su cerebro se negó a aceptarla. Fue como si de pronto se hubieran apagado las circunvoluciones más evolucionadas y comenzaran a activarse aquellas estructuras primordiales en que tienen su base el instinto de conservación. Por eso Julio actuó como un autómata, con la mente en blanco, mientras sus manos tentaban desesperadamente las paredes rezumantes. Así fue como descubrió, un poco por encima del nivel del agua, la existencia de una cavidad reducida, pero no tan pequeña como para impedir que cupiera en ella. A duras penas consiguió introducirse en el hueco. Tiritaba y tenía los miembros anquilosados por el frío, pero sus manos sangrantes le ardían.
Se frotó el cuerpo instintivamente hasta conseguir que entrara en calor. Mientras sus pupilas se agrandaban, transformado la oscuridad en penumbra, su mente se iba abriendo poco a poco al horror de la situación. Pudo ver entonces, flotando sobre la negrura del agua, la insoportable mancha blanca de aquel cuerpo que apenas media hora antes había poseído y que ahora estaba inerte, tumbado boca abajo como un pelele, con la cabellera teñida de rojo y esparcida sobre el agua como una horrenda medusa. Y alrededor del cuerpo también flotaba la cuerda del pozo, mostrando cínicamente su absoluta inutilidad.
Miró hacia arriba. La boca del pozo extendía su diminuta refulgencia como un dios absoluto de la luz situado en el cenit de las tinieblas. Era tan imposible alcanzar aquel cerco de luminosa libertad como tocar la luna con la mano. Comprendió entonces por qué los perros aúllan a la luna llena, abandonándose a un impulso que le hermanaba con las bestias, saludó a la muerte gritándole todo el horror que le inspiraba.
Gritó con toda su fuerza, hasta que le sangraron las cuerdas vocales. Pero sus gritos sólo lograron hacer huir a los pájaros. No había nadie que pudiera sacarle de allí. Sus gritos se transformaron en gemidos y notó sobre las mejillas el cálido, aunque efímero, consuelo de las lágrimas.
Cuando sus lágrimas se agotaron trató de reflexionar sobre su situación. Era improbable que alguien pasase cerca del pozo, pero su voluntad de vivir se aferró tenazmente a esa remota posibilidad y elevó sus más fervientes oraciones a un Dios en quien no creía para que se diese esa circunstancia salvadora. Pensó que lo más sensato era ahorrar fuerzas, acurrucarse, permanecer inmóvil, tratar incluso de dormir. Pero el frío y la humedad no tardaron en producirle una constante tiritona. Se propuso resueltamente luchar por su vida, resistir a la insidiosa blandura de la muerte hasta el último aliento.
Y así fue cayendo lentamente la tarde, hasta dejar paso a una noche esplendorosa, cuajada de diamantes que se iban asomando al pozo uno tras otro, siguiendo el inmutable movimiento celeste. Atento al menor ruido, escuchó la jubilosa vibración de las chicharras, el canto de la alondra y las sonoras manifestaciones de otros seres, que unos metros más arriba, participaban despreocupadamente en la gran fiesta de la vida. Recordó lo que había sido la suya hasta entonces, los magníficos encuentros con Marta, cuyos despojos flotaban ahora a su lado, e introdujo su mano en el agua, buscando al única y atroz compañía que el destino podía proporcionarle en aquellos momentos: la mano de un cadáver.
Se hubiera entonces rendido a la muerte, dejándose caer al agua y ahogándose. Pero su carne era terca y porfiaba por la vida. El cuerpo combatió las insanias de la mente, produciendo una fiebre adormecedora que, aunque poblada de pesadillas, estaba restaurando el equilibrio fisiológico.
Pasó la noche en una duermevela terrible, con la mitad de su cerebro durmiendo y la otra mitad atenta al menor signo de salvación, tan agudizada la sensibilidad del tímpano que podía escuchar el caer de las hojas. Pero las únicas voces y pasos humanos que sentía procedían de sus alucinaciones. Su naturaleza, sin embargo, era lo bastante vigorosa como para lograr sobreponerse a la fiebre y despertó curado de ella.
La esperanza de todo un nuevo día, en el que tal vez alguien pudiera pasar cerca de allí, alumbró débilmente la boca del pozo. Soltó la mano de su compañera, cuyo frío contacto le había acompañado tantas horas, y al caer se produjo una ondulación en el agua que confirió al cadáver un suave movimiento. Era horroroso permanecer vivo en aquellas circunstancias, pero el organismo carece de sentimientos. Sólo tiene necesidades. Y el estómago de Julio comenzaba a sufrir las poderosas contracciones del hambre.
Como pasó la fiebre, así también pasó el día y pasó la noche. Todo pasaba menos la suprema crueldad del hambre, sobreponiéndose imperativamente a cualquier horror. Y sólo el viento, el fuego del sol y la tibia indiferencia de las estrellas pasaban por encima de su cabeza, en lo alto de aquellas paredes resbaladizas que sólo los lagartos podían escalar.
Fue en la madrugada del segundo día cuando despertó completamente la bestia, y Julio, con espantosa lucidez, se asombró de que lo hubiera hecho tan pronto. Vivir, vivir; quería vivir pagando el precio que fuera necesario. Entumecido y rígido seguía flotando el cuerpo de Marta a su lado. Extendió su mano hasta alcanzar la barbilla y contempló por primera vez, desde que se inició su encierro, el rostro de su mujer, tenuemente iluminado por la luz del amanecer. Un chorro de agua se escurrió de la boca abierta, tumefacta, y las órbitas mostraban unos ojos ya de dudosa transparencia, pero donde persistía indeleble el último gesto de espanto.
Levantó la cabeza del agua y atrajo el cuerpo hacia sí hasta lograr alzarlo a su lado, en la pequeña oquedad de la pared. Había perdido la elasticidad de la vida, pero su piel conservaba la tersura de una juventud tan repentinamente arrebatada. Estrechó el cadáver con fuerza entre sus brazos y hundió el rostro en aquella cabellera negra, chorreante, sobre la que se mostraba la injuria de grandes costras de sangre. Lloró en los cabellos de Marta y repitió su nombre varias veces, entre lamentos, recordando unos momentos de felicidad que parecían haber transcurrido hacía miles de años.
Después acercó su boca al seno derecho, todavía blando y tibio, libre aún de la rigidez que había alcanzado a los miembros. Besó por última vez aquel pezón oscurísimo, y luego sus dientes se hundieron en la carne sin compasión, devorando con la abyecta presteza de las ratas. «Marta —pensó para consolarse, mientras su lengua conocía por primera vez el sabor de la sangre humana— hubiera hecho lo mismo por mí.» Pero se engañaba en vano, porque en el fondo de su corazón sabía perfectamente que Marta hubiera preferido la muerte.
Y, después de todo, nadie pudo llegar a percibir el nauseabundo hedor de ambos cadáveres antes de que transcurrieran tres semanas.
9 feb 2011
VISITAS AL MUSEO por Pedro Montero
Diariamente, en silencio, con losojos gélidamente finos, aquel niño recorría los fríos y vetustospasillos del Museo de CienciasNaturales, para acudir a unaineludible y misteriosa cita.
¿Qué más hay en los museos?, continuaría insistiendo. Guardianes y público, sería vuestra acertada contestación.
¿Qué otra cosa?, proseguiría pertinaz. Sistemas de alarma, máquinas para mantener un microclima adecuado, oficinas, salas de restauración, acaso un bar, unos servicios públicos...
Sí, pero, ¿qué más hay? Posiblemente un puesto de venta de postales o de reproducciones, ascensores, sala de proyección...
¿No hay nada más? Una cierta atmósfera cerrada... y esa respuesta estaría ya más cerca de lo que intento insinuar.
Y cuando después de haber agotado las últimas posibilidades, ya no quedara ninguna cosa más por enumerar, con una contumacia que no procede en absoluto de mi testarudez, inquiriría de vosotros finalmente.
¿Qué otra cosa hay en los museos? Un clima agónico, siglos comprimidos, acaso alguna maldición domesticada y como mantenida en alcanfor, una angustia difícil de explicar, un vacío compuesto de silencio, fantasmas del pasado, vibraciones extrañas, un no sé qué, algo... algo... algo, terminarías diciendo.
En efecto, algo confirmaría yo mirándoos fijamente. , con toda probabilidad, vosotros me preguntaríais: ¿Qué es ese algo? Pero mi respuesta os descorazonaría, porque ese algo que hay en los museos no puede ser descrito sino con esa vaga e indefinida palabra: algo.
No obstante, y aunque desde este momento anticipo que aquello de lo que estamos tratando va a continuar inexplicado y a seguir flotando caliginosamente en las desiertas salas, prestad atención a lo que me dispongo a narrar, porque es posible que, si bien mi relato nada aclarará acerca de la naturaleza de ese algo, conoceréis, no obstante, los insospechados efectos que esa impalpable niebla, esa angustiosa atmósfera, puede ocasionalmente producir. Y alguien ha dicho: «Por sus hechos los conoceréis».
El sol invernal de las cuatro y media de la tarde penetraba oblicuamente por algún ventanal, y sus mortecinos rayos parecían perder su ya exiguo calor al entrar en contacto con la gélida atmósfera del museo de Ciencias Naturales.
La desteñida luz, en cuyo seno flotaban perezosamente centenares de partículas de polvo, iba a posarse sobre las venerables vitrinas donde yacían inmóviles y congeladas en sus cristalinas estructuras muestras de innumerables formas minerales.
En un rincón de la sala dormitaba un vigilante al amor de una pequeña estufa eléctrica que apenas bastaba para entibiecer el resguardado ángulo en el que se encontraba. Los radiadores de aparatosas y anticuadas formas dispuestos por todo el amplio ámbito de la destartalada sala no habían sentido nunca por sus arterias metálicas, y ya herrumbrosas, la caricia del agua tibia. Nadie estimaba necesario templar la gélida atmósfera del museo, seguramente porque todos los objetos exhibidos en sus dependencias eran objetos muertos, y el frío es considerado universalmente como el ambiente más propicio para la conservación de los cadáveres.
Así pues, los escasísimos visitantes de aquellas heladas salas, apenas traspasaban el chirriante torno que no llegaba a contar ni una docena de huéspedes por día, experimentando un súbito escalofrío, se abrochaban concienzudamente sus abrigos y estrechaban el lazo de sus bufandas en torno al cuello. Y como aves de paso que desean emigrar lo antes posible hacia climas más cálidos, recorrían el museo, ocultos sus rostros bajo los tapabocas, lanzando apresuradas ojeadas sobre las vitrinas en las que se exhibían petrificadas formas vegetales o cóncavas geodas de interior diamantino.
El silencio era casi obligado, porque los altos techos y las hendiduras del suelo junto al final del zócalo se tragaban las palabra apenas salían de la boca de los visitantes, los cuales, hartos de repetir para sus interlocutores la misma frase varias veces, se callaban y continuaban, como quien acompaña silencioso un entierro, la peregrinación por las heladas dependencias.
Las salas en que se exhibían los esqueletos enormes de extinguidos animales prehistóricos apenas si conseguían arrancarles alguna velada exclamación de asombro, y si se detenían un momento ante la osamenta del diplodocus, por ejemplo, más que visitantes de un museo parecían asistentes a un duelo que se aproximan reverentes al féretro y lanzan una temerosa ojeada al cadáver musitando a continuación alguna palabra que denote pesar.
Y la sala destinada a los fósiles terminaba por congelarles el corazón que forcejeaba dentro de sus pechos por no sumirse en una petrificación casi obligada.
Pero entre la exigua clientela de la institución, el guardián de la puerta advertía todas las tardes la presencia de un niño, el cual, religiosamente, efectuaba cada día una visita a las dependencias del Museo de Ciencias Naturales.
«Que estudioso debe ser ese niño», e decía el conserje al tiempo que facilitaba su paso por el torno, «si yo consiguiera que mi Jaime fuera tan formalito». Pero su compañero de puesto no era del mismo parecer y comentaba: «A mi no me gustan los niños tan juiciosos, prefiero que alboroten en casa. Ya tendrán tiempo suficiente para pasar penas». «Es verdad», concedía el primero humildemente, y eso que ostentaba más galones dorados en su uniforme. Y el niño, musitando un apagado buenas tardes, se perdía en las innumerables estancias, y, cuando ya estaba próxima la hora de cerrar, reaparecía y volvía a introducirse en el torno que es como el guardarropa en forma de exclusa donde se recuperan el bullicio y la informalidad que ha sido necesario abandonar para la visita a un museo.
Pero el niño no parecía recobrar aquella alegría propia de la infancia, sino que, con andar pausado y como absorto todavía por lo que había contemplado, se alejaba calle adelante hasta la tarde siguiente.
―¿Qué le pasa a este niño? ―preguntaba la madre.
―Nada, mujer, ¿qué le va a pasar? ―respondía el marido sin dejar de leer el periódico.
―Le encuentro cada día más pálido. ¿No quieres merendar, Emilio? ―interrogaba la madre sabedora ya de la respuesta.
―Ahora no tengo hambre, mamá ―era la cotidiana réplica del niño que se encontraba enfrascado en la lectura de gruesos volúmenes de ciencias naturales.
―No sé, no sé ―musitaba la madre―. Este niño está cada día más pálido. ¿No le convendrían unas inyecciones de vitaminas?
―Mira, eso sí ―respondía el padre que era un innato consumidor de drogas―. Unas inyecciones nunca vienen mal. O si no, un frasco de aceite de hígado de bacalao ―añadía convencido de que, a peor sabor del remedio, más fulminantes y beneficiosos debían de ser los resultados.
Una tarde, el empleado de la puerta sintió curiosidad por saber a qué se dedicaba el niño en sus cotidianas y prolongadas visitas al museo y le siguió sigilosamente y a distancia por las salas.
Emilio, que no parecía sentir el frío que hacía presa en los demás visitantes, recorría lentamente las diferentes dependencias y se detenía a veces delante de determinados objetos expuestos. En suma, se comportaba como cualquier persona adulta en un museo, por lo que el vigilante, comprendiendo que su compañero de puerta se aburría, y hasta podía llegar a sentir vocación de abadesa de tanto ver girar el trono sin otra compañía, abandonó la observación y regresó a su puesto.
El niño continuó su diario recorrido y entró en la sala de los fósiles, y si el conserje no hubiera cesado en su bienintencionada vigilancia, habría podido darse cuenta de que la expresión de Emilio se modificaba apenas pisaba el umbral de aquella dependencia.
La sala era verdaderamente espaciosa y daba al norte, por lo que jamás era visitada por los rayos del sol, aunque no podría asegurarse lo mismo con respecto a la gélida luna, y el taconeo de los escasos visitantes se elevaba desde el gastado parquet hasta los altos techos donde permanecía suspendido y como absorto. Hubiera podido asegurarse que, de noche, cuando ya nadie visitaba las salas, aquellos taconeos se desprendían del techo y comenzaban a caminar por su cuenta y riesgo tratando de alegrar algo la fúnebre atmósfera del lugar.
Polvorientas vitrinas, que los visitantes debían limpiar con la manga de su abrigo si querían contemplar el interior, mostraban una perfecta y completísima colección de fósiles y plantas petrificadas que suscitaban la admiración de quienes los inspeccionaban, los cuales, no se sabe si por mostrar su sensibilidad o por el gusto de sentir el eco, lazaban tímidos «oh» que se enroscaban en el techo junto a las pisadas.
Pero Emilio, esperando a que no hubiera nadie en la sala, permanecía contemplando los petrificados trilobites de una vitrina situada junto a la entrada, y cuando ya todos se habían marchado, él comenzaba su visita a los fósiles. Se detenía pausadamente frente a los yertos ejemplares exhibidos, los contemplaba con mirada fría y penetrante, y hasta se diría que se establecía una secreta comunicación de corazón a corazón, de escarcha a escarcha.
Pero donde el ensimismamiento del niño llegaba a su mayor extremo, era frente al magnífico ejemplar petrificado que podía contemplarse en todo su gélido esplendor junto al muro del norte. Allí, en una vitrina dedicada exclusivamente a él, se encontraba el más perfecto espécimen de fósil que pudiera verse. Sin duda se trataba de un animal, pero de tan gran tamaño y con tan definidos contornos violáceos que más que fósil parecía criatura sometida a momentánea congelación.
Sus dimensiones eran aproximadamente las de un puño de adulto, y la estructura de su superficie, sustituida por sustancias minerales, según es propio de estos ejemplares, presentaba una textura extraña que tenía cierto parecido con el tejido muscular humano. Si hubiera carecido de aquellas delgadas patas y de una pequeña cola, el fósil aquel hubiera podido pasar por un antiguo corazón petrificado.
Emilio dedicaba gran parte de la tarde a estudiar aquel raro ejemplar, dibujándolo desde todos los ángulos posibles, apuntando en los libros de ciencias que era lo que pedía como regalo de reyes, en vez de juguetes o arquitecturas.
Y cuando toda su curiosidad científica de aquella tarde se había visto colmada, permanecía absorto en la contemplación del raro espécimen, y se establecía como una sorda lucha para ver quién conseguía vencer a quién. Era igual que si el niño pretendiera, con su mirada, atraer de nuevo al fósil al reino de lo vivo y de lo animado, y por su parte el petrificado animal parecía desear ejercer una actividad semejante y congelar el corazón del muchacho a fuerza de introducir su imagen por sus ojos. Así, en aquella mutua contemplación o estudio llegaba la hora del cierre del museo, y el niño, bien a su pesar, tenía que recoger sus cuadernos y sus notas y abandonar las desoladas estancias hasta el día siguiente.
Encasa de Emilio no pasó desapercibido el desmejoramiento del muchacho. Su palidez se acentuaba más de día en día, y unos cercos violáceos hacían su aparición bajo sus ojos dando a aquel infantil rostro una apariencia triste y cariacontecida. Y tanta fue la alarma causada por el desmedrar de Emilio, que su madre decidió llevarlo al médico, el cual, después de auscultarle convenientemente, sentenció:
«—Este niño tiene un soplo en el corazón».
Y los padres de Emilio quedaron desolados por la noticia, suponiendo, no sin razón, que aquel soplo podía apagar la débil naturaleza de su hijo, y le prohibieron, cosa bastante ociosa, que corriera y que jugara con los demás niños, obligándole a guardar una hora de reposo después de las comidas, lo que impedía al niño sus cotidianas visitas al mueso.
En vista del nuevo régimen de vida, Emilio pidió premiso a sus padres para efectuar una última visita el museo de Ciencias Naturales.
Era aquella tarde extremadamente fría, y los escasos visitantes pasaron como exhalaciones por todas las salas subiéndose el cuello de sus abrigos, y cuando ya nadie quedaba en el recinto, excepto los adormilados vigilantes, Emilio se detuvo ante la vitrina que contenía al fósil y lo contempló durante largo rato.
Algo debieron denotar los bedeles, porque cuando estaba ya próxima la hora de cierre, se preguntaron si el niño había salido o no, y mantuvieron una pequeña porfía porque uno de ellos sostenía que le había visto marchar. No obstante, para asegurarse bien recorrieron una por una todas las salas, y al llegar cerca de la vitrina grande advirtieron que Emilio yacía como muerto en el suelo. Su rostro estaba cubierto de una palidez mortal, y sus labios completamente exangües.
Un vigilante se arrodilló ante él, y ya estaba a punto de creerle cadáver porque no encontraba el pulso, cuando el muchacho abrió los ojos y se fue incorporando lentamente pero con decisión. Y en vez de agradecer a los conserjes sus atenciones, apartó de su frente la mano del más anciano, y se marchó hacia la salida.
Cuando los padres de Emilio regresaron a casa se extrañaron de ver luz en la habitación de Emilio sin que el niño se hubiera ocupado, como hacía habitualmente, de encender la calefacción.
—¿Te pasa algo, hijo? —dijo la madre entrando en el cuarto.
—No me pasa nada.
—¿Por qué no has encendido la calefacción?
—No tengo frío.
—Pero si fuera está ya helando, y apenas acaba de oscurecer —replicó la madre.
—Está bien —concluyó el niño con obstinación.
Al cabo de unos minutos volvió a entrar la madre en el cuarto portando un vaso de leche humeante.
—Toma, cariño, así entrarás en calor.
—Que no tengo frío —repitió Emilio malhumorado.
—Tienes que alimentarte.
—No me apetece tomar leche hirviendo.
—¿Qué quieres entonces? —preguntó la mujer complaciente.
—Tráeme un vaso de leche fría.
Desde aquel día, la introversión de Emilio se hizo más acentuada, y sus relaciones con sus compañeros de colegio menos frecuentes, porque apenas terminaban las clases marchaba a casa y se encerraba en su cuarto a examinar láminas de sus grandes volúmenes de Historia Natural, y como la adquisición de fósiles no estaba al alcance de sus posibilidades, ahorraba todo lo que podía y se compraba enormes cajas de minerales y hermosos ejemplares de cuarzo cristalizado.
En cierta ocasión, como suele suceder, se fundió la lámpara de su habitación, y al ir a reponerla su padre, el chico comentó:
—Es tan amarilla esa luz... Me da calor.
—¿Cómo va a dar calor una bombilla? —preguntó su padre.
—Claro que sí —replicó el niño—. Preferiría otro tipo de alumbrado para poder leer sin que me lloraran los ojos.
—¿Otro alumbrado?
—Un tubo fluorescente —pidió Emilio.
—No se hable más —intervino la madre atenta a los menores deseos de su hijo. Y al día siguiente ya estaba instalado en la habitación un fluorescente como el de la cocina.
Y a la luz fría y lechosa del neón el rostro de Emilio parecía todavía más pálido, y sus ojos más yertos. Y ante la sorpresa de sus padres, el niño dijo un día que deseaba comer algo especial, lo que alegró a la madre, preocupada por la inapetencia pertinaz de su hijo.
—¿Qué te apetece, tesoro?
—Me gustaría... un helado muy grande —repuso el niño.
—¿Con este frío?
—Sí, ¿qué pasa? —replicó él casi con grosería.
—Nada, nada, pero eso es el postre, ¿y antes qué quieres? ¿un poco de pesca?
—Sí, pero congelada —pidió Emilio—. Sabe mejor que la fresca.
La mujer se alarmaba cada día más al ver que el muchacho se pasaba las horas muertas en su cuarto y sin encender el brasero eléctrico.
—Te vas a helar... —decía golpeando suavemente la puerta. Pero Emilio contestaba con un gruñido sordo que era su forma de decir que le dejaran en paz.
Cierto día, al salir del colegio, algunos muchachos de un curso superior le zahirieron e intentaron provocarle para que se pegara con uno de ellos, pero Emilio no quiso seguirles el juego y continuó calle adelante pasando el dedo por los polvorientos barrotes de la verja que rodeaba el patio del colegio.
Ellos, no obstante, enardecidos por la indiferencia de Emilio y por su fría calma, no cejaron en su empeño, y uno de ellos, el más decidido, le propinó un puñetazo en el costado que le dejó durante unos instantes sin respiración. Emilio, una vez que recuperó el resuello, se volvió hacia su agresor con tal ira en el rostro, que sus compañeros pensaron que habían conseguido sus propósitos de hacerle perder la calma, pero el niño se limitó a clavar sus ojos en su atacante, el cual palideció de súbito y se quedó inmóvil, y de pronto, fue acometido por un aparatoso acceso de tos.
—¿Qué ha pasado esta tarde a la salida del colegio? —preguntó la madre a la que otras veces ya habían hecho comentarios acerca del fallido enfrentamiento.
—Nada.
—¿Te has peleado con Jacinto?
—No.
—Pues me habían dicho...
Aquella misma noche comenzó a circular el rumor por el barrio de que el hijo de los Villar, Jacinto, se encontraba en cama muy grave víctima de una pulmonía doble, y a las doce de la noche se oyó la sirena de una ambulancia que se detuvo en la esquina con la calle Soriano. Según se supo a la mañana siguiente, los doctores habían hecho todo lo posible, pero el hijo de los señores Villar había fallecido a causa de una pulmonía fulminante acompañada de un inexplicable descenso en la temperatura de su cuerpo.
Las vecinas que acudieron al duelo aseguraban que el cadáver de jacinto aparecía lívido y yerto, y sus manos, a pesar de que avían sido piadosamente cruzadas sobre el pecho, conservaban una crispación gélida. Tenía el aspecto, en fin, de quién se pierde en la montaña y es hallado muerto enterrado en la nieve.
—Mañana tenemos que ir al médico —anunció un día su padre.
—¿Para qué? —preguntó sobresaltado Emilio.
—Para que te examine el corazón. Nos dijo que volviéramos a los dos meses.
—No quiero ir —anunció fríamente el niño.
—Aquí se hará lo que yo mande —afirmó el padre levantando la voz.
—Querido, por favor —intervino la madre—, no hace falta que te exasperes. El niño irá de buena gana.
—No pienso ir —replicó testarudo Emilio.
—Ya veremos —repuso el padre.
—Vamos a dejarlo para la semana que viene —terció la madre conciliadora. Y así fue.
Desde aquel día, Emilio se recluyó aun más en su habitación de la que apenas salía para comer o para tomarse un vaso de agua helada, cosa que preocupaba a su madre que recordaba la pulmonía que acabó con la vida de Jacinto.
Y al cabo de unos días, el tiempo se hizo más frío y hasta cayeron unos copos de nieve, pero Emilio seguía sin encender la calefacción de su cuarto. La estufa de gas estaba relegada en un rincón, y el brasero eléctrico tenía la resistencia llena de polvo a causa de la falta de uso.
La madre del muchacho no podía evitar a veces mirar por el ojo de la cerradura, y contemplaba a Emilio dedicado a hojear gruesos volúmenes de Ciencias, mientras sobre el respaldo de su silla yacía la bufanda que ella le había aconsejado que se anudara en torno al cuello.
En cierta ocasión, y percibiendo que el aliento del niño salía de su boca condensado, a causa de la frialdad de la atmósfera, entró en la habitación y sin encomendarse a nadie enchufó el brasero eléctrico. Emilio no levantó la cabeza del libro, pero a los pocos instantes se oyó un fuerte chasquido y por todo el cuarto se extendió un fuerte olor a quemado: la resistencia en forma de espiral se había fundido.
Y una noche en que le era imposible conciliar el sueño, la madre de Emilio se revolvía inquieta en la cama, y sintiendo como si una fuerte corriente de aire helado penetrara por la parte inferior de la puerta del dormitorio conyugal , despertó a su marido, cuyo rostro le pareció gélido al tacto, y le expresó sus temores de que el niño hubiera dejado abierta la ventana de su cuarto.
Marido y mujer salieron al pasillo y, encaminándose sigilosamente hacia el dormitorio de su hijo, advirtieron que, en efecto, la corriente procedía de allí. El padre abrió la puerta del cuarto y una bocanada de aire congelado golpeó sus rostros. La ventana estaba completamente abierta, y a través de ella penetraba en la habitación el gélido aire de la noche y un remolino de copos de nieve, pero lo más asombroso era que el niño yacía completamente desnudo sobre la cama recibiendo de lleno aquel viento polar.
El matrimonio permaneció unos segundos en el umbral del dormitorio a causa de la sorpresa, y acto seguido, el padre se abalanzó hacia la ventana y la cerró de golpe, mientras la madre se acercaba a la cama y friccionaba con energía el cuerpo de su hijo igual que se hace con alguien al que se encuentra en el montaña congelado.
El niño tenía todo el aspecto de estar muerto. Sus ojos, completamente abiertos, aparecían velados por una fría escarcha, y en el extremo de sus labios una gota de saliva era como una diminuta perla de rocío. La carne de su cuerpo tenía la textura del hielo, y su palidez era muy superior a la de la sábana sobre la que se apoyaba.
Aterrados por aquel espectáculo, se disponían ya a pedir ayuda cuando, muy poco a poco, el pecho del niño comenzó a moverse, y la rigidez de sus miembros fue desapareciendo. La escarcha de sus ojos se deshizo, y al cabo de un minuto, Emilio había recobrado su aspecto habitual, aunque su mirada de reproche continuaba siendo fría.
—¡Dios mío! —sollozó la madre—. Capaz de haber cogido una pulmonía. Su pobre corazón —añadió colocando su mano sobre el pecho del pequeño.
—Su pobre corazón —remedó cruel el niño con una voz profunda.
—Mañana por la mañana te llevaré al médico, quieras o no, para que te ausculte y te haga unas radiografías.
—No iré —repuso Emilio con seguridad.
—¿Por qué esa manía, hijo? —intervino la madre.
—Que no, he dicho.
—Eso lo veremos —repuso el padre tajante—. Y ahora a dormir.
Apenas sus padres habían abandonado el cuarto, Emilio se levantó, y abriendo de nuevo la ventana, se tendió sobre la cama a recibir la helada brisa de la noche.
Poco a poco su cuerpo fue adquiriendo un aspecto fibroso, mineral, congelado, y sus ojos abiertos quedaron petrificados y cubiertos con un velo de escarcha. La sonrisa infantil se heló en sus labios fríos, y la involuntaria contracción de su boca la convirtió en una terrible mueca. Todo en él permaneció quieto y solidificado. La sangre detuvo su fluir por las venas, los pulmones se plegaron sobre la membrana pleural, sus intestinos dejaron de contraerse con los necesarios espasmos, los nervios interrumpieron su conductividad. Solamente una cosa permanecía viva en su interior. Una cosa que, según todos los criterios científicos debería de estar muerta y fosilizada.
Si alguno de los visitantes del Museo de Ciencias Naturales, en lugar de efectuar un recorrido de rutina, se hubiera detenido en alguna de las vitrinas con un especial interés, quizás hubiera observado que, en el lugar en que un pequeño cartel hablaba de un extraño fósil de origen desconocido, había una petrificada masa que se parecía más que nada a un corazón.
Si alguno de los vigilantes hubiera hecho su ronda nocturna de inspección, tal y como era su obligación, quizás se habría quedado sorprendido de ver cómo aquel extraño ejemplar petrificado no permanecía inmóvil, sino que se agitaba levemente imitando los movimientos de sístole y diástole de un corazón de niño.
Y si el doctor que atendía a Emilio hubiera tenido oportunidad a la mañana siguiente de examinar el pecho del niño, no hubiera dado crédito a sus ojos ni a sus instrumentos, porque dentro de la cavidad torácica del muchacho latía muy pausadamente un algo mineral y de aspecto leñoso, un extraño y remoto corazón mineral y fosilizado.
Así pues, mientras los padres del muchacho descansaban ya más tranquilizados en su cama, algo comenzó a surgir desde la alcoba de Emilio y empezó a extenderse por toda la casa. La atmósfera del pasillo se tronó gélida, los espejos se empañaron de escarcha, las lámpara incandescentes se fundieron y se hicieron pedazos, y todos los rincones de las habitaciones se llenaron de un depósito blanquecino que parecía nieve.
Aquel influjo prehistórico y remoto se deslizó por debajo de la puerta del dormitorio conyugal, y al punto el espejo del armario de luna se cubrió de escarcha. El agua que manaba gota a gota del grifo del lavabo quedó al instante congelada y el último aliento del matrimonio se condensó en sus labios.
Muy poco a poco, aquel mensaje del pasado se introdujo en los cuerpos de los padres de Emilio, que comenzaron a sufrir una transformación que de ordinario suele llevar siglos a la naturaleza. Su carne se tornó fibrosa y quebradiza, su textura se hizo áspera al tacto y sus células constituidas por materia orgánica dejaron paso a formas minerales que sustituyeron a la sustancia viva por otra pétrea e inmóvil. Y al cabo de unas horas, ya no había dos cadáveres sobre la cama del matrimonio, sino dos esculturas de aspecto leñoso, dos estatuas yacentes, no de mármol como es lo habitual en estos casos, sino esculpidas en minerales fósiles.
Cuando todo el proceso hubo finalizado, Emilio fue despertándose y, sin sentirse dueño de sí mismo, salió a la calle y se dirigió directamente al museo de Ciencias Naturales. Una vez ante el cual, y aprovechando la oscuridad nocturna, se deslizó en su interior a través de una de las ventanas entreabiertas. Caminó con aire de sonámbulo por las destartaladas galerías hasta que llegó a la gran sala de fósiles, y avanzando con gran seguridad a pesar de la falta de iluminación se aproximó a la vitrina que tan bien conocía, y una vez que se encontró ante ella, se desplomó exánime sobre la madera del parquet y allí permaneció durante horas, el tiempo necesario para que se produjera una doble migración.
Cuando por la mañana unos turistas le encontraron muerto dieron inmediata noticia a los porteros, y el médico, avisado con toda rapidez, diagnosticó acertadamente que aquel niño había muerto de un fallo cardíaco. Pero en lo que nadie se fijó fue en el extraño fósil expuesto en el interior de la vitrina. Aparecía más lustroso y como recién pulido. Más misterioso y enigmático que nunca.
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