–¿Y qué sugiere que hagamos, señor Atkins?
–Exhumar el cadáver, inspector. Creo que no queda otro remedio.
El inspector Blunt, jefe de la Brigada de Servicios Especiales de Scotland Yard, tenía una bien merecida fama de flemático, pero estuvo a punto de perderla escuchando tan desconcertante historia. Los detalles eran tan espeluznantes que por primera vez en su vida se atragantó con el té y su pipa, cuya combustión era de ordinario parsimoniosa, despedía gigantescas volutas a ritmo de locomotora. La alteración nerviosa del señor Atkins, evidentemente fuera de sí, prestaba a la descripción de los hechos tanta vivacidad que consiguió despertar la imaginación del inspector Blunt hasta el extremo de hacerle visualizar mentalmente, con la nitidez de una pesadilla, todo el horror contenido en le relato. «Este hombre –pensó para sus adentros– hubiera sido un excelente vendedor a domicilio, o ese actor pluscuamperfecto que Shakespeare no logró encontrar en su vida. Tal vez así le hubieran ido mejor las cosas que como gerente de hotel».
–Las cosas empezaron a ir mal –repitió por enésima vez el señor Atkins, gerente del vetusto Hotel Amsterdam, enclavado en el corazón del Soho– cuando la señora Holliday abrió el armario de la habitación 231...
El momento en que la señora Holliday abrió el armario de su habitación, recién llegada al hotel, se había convertido para el señor Atkins en una imagen obsesionante, espantosa como la propia escena que evocaba.
–... Escuchamos su grito y luego la vimos descender aceleradamente las escaleras sudorosa, blanca como el mármol, con los ojos desorbitados. Las manos le temblaban y estuvo un momento con la respiración entrecortada, sin poder articular palabra. Cuando al fin pudo hablar nos dijo que había visto cómo se balanceaba despacio, colgado por el cuello con una cuerda de violín, el cuerpo de una mujer muerta en el interior del armario. Pidió un vaso de agua, lo bebió de un tirón, y luego se le cayo de las manos, haciéndose añicos en el suelo. Pero estoy seguro, inspector, que la señora Holliday ni se dio cuenta de ello, tanta era su excitación al recordar los ojos vidriosos del cadáver, su lengua cárdena y babeante colgando desmesuradamente del labio inferior, la espeluznante marca que la cuerda del violín, hundiéndose en la carne, había dejado en su cuello hasta casi decapitarlo... Encargué al botones que consiguiera un sedante fuerte y la llevé a mi despacho. Apenas consiguió tranquilizarse tras la ingestión del fármaco, pero sí lo bastante para escucharme. «Lo que usted ha visto –le dije– no es real. Puedo demostrárselo si se encuentra con ánimo suficiente para acompañarme a la habitación 231». Logré convencerla y en su presencia abrí el armario. Efectivamente, estaba vacío. La señora Holliday me aseguró que había visto el cadáver con absoluta nitidez. «Usted no está loca –repuso–, y aunque lo que ha visto no es real, puede haber una explicación». Entonces me vi obligado a contarle una historia que usted y sus hombres ya conocen, la del presunto suicidio de Mary Watts. Ustedes mismos dictaminaron que había sido un suicidio. Recordará, inspector Blunt, que el cuerpo de Mary Watts apareció en ese mismo armario y de esa misma forma exactamente igual a la descrita por la señora Holliday... Aunque lo sorprendente del asunto es que la señora Holliday tuvo la visión una semana después de ocurrido el lamentable suceso, cuando el cadáver de la señorita Watts ya había sido enterrado.
–Bien, señor Atkins. La suya es una historia extraordinaria, pero...
–Pero no termina ahí, inspector. Desgraciadamente, no termina ahí.
Con la voz ronca por el peso de sus emociones, el gerente del Hotel Amsterdam (vieja reliquia victoriana en cuyas habitaciones, según cierta leyenda, se inyectaba dosis masivas de heroína el mismísimo Conan Doyle) continuó provocando el asombro y la inquietud en el inspector Blunt, mucho menos curado de espanto de lo que su larga experiencia profesional permitía suponer.
–Naturalmente, ofrecimos a la señora Holliday la suite del hotel, completamente gratis y por el tiempo que quisiera, a condición de no divulgar nada de lo ocurrido. Así lo hizo, y hubiéramos olvidado el desagradable incidente a no ser porque días después volvió a repetirse la misma historia, esta vez protagonizada por un viejo clérigo recién llegado de las Indias Occidentales. Decidimos que sería mucho más rentable cerrar definitivamente la habitación 231, pero...
–Pero a pesar de ello –interrumpió esta vez el inspector– continuaron ocurriendo cosas raras, ¿no es así?
–En efecto, así es. Continuaron y continuarán, para desgracia del negocio... Aceptaría un poco más de su té, si no le importa.
–Con mucho gusto.
El señor Atkins paladeó el té ofrecido por el inspector con un gesto de absoluta desesperación. Su mano temblorosa hizo que la cucharilla tintinease sobre el plato hasta que consiguió posarlo, sano y salvo, sobre la mesa del despacho. Por un momento, el temor a que se rompiese la valiosa porcelana pesó más en el ánimo del inspector Blunt que el que le inspiraba el relato del señor Atkins. Pero fue sólo un momento, porque lo que contaba el gerente del Amsterdam (cuyo sentido común no cabía poner en duda) podía hacer estremecer incluso a una piel de elefante como la del curtido Blunt.
–La habitación fue cerrada a cal y canto. Incluso borramos el número 231 de la puerta y del casillero. Aquella habitación, a efectos comerciales, había muerto definitivamente. Pero a otros efectos, seguía más viva que nunca. Todas las madrugadas, minutos antes de las dos y media (hora aproximada en que, según el forense, Mary Watts dejó de existir), un sordo gemido que no podía confundirse con ruido de las viejas cañerías se extendía por todo el hotel, procedente de la maldita habitación 231. Las condiciones acústicas de un edificio tan viejo permiten toda clase de resonancias, y por eso advertimos a nuestros clientes que procuren no hacer ruido a partir de las diez de la noche. En consecuencia, el aullido, quejido o lo que fuese, se transmitía con una claridad impresionante...
El señor Atkins no ahorraba detalle alguno, sino que parecía complacerse en una descripción detallada y minuciosa. Así fue como el inspector Blunt se enteró de que el raro sonido podía identificarse al principio como el de un animal moribundo. Era una especie de «E» prolongada, ronca, monocorde, que de vez en cuando dejaba paso al silencio para reproducirse nuevamente después. En el profundo silencio de la madrugada, tan desacostumbrado sonido ponía los pelos de punta a quien tuviera la desgracia de escucharlo. Los clientes de las habitaciones contiguas exigieron el libro de reclamaciones y se quejaron airadamente al señor Atkins antes de abandonar el hotel. No quedó más remedio, por tanto, que clausurar también las habitaciones 230 y 232.
–El personal de servicio y yo mismo estábamos tan nerviosos que apenas podíamos pegar ojo. Cierta noche el sonido se hizo insoportablemente quejumbroso y mis nervios no aguantaron más. Extraje las llaves de la caja fuerte, abrí un cajón de mi escritorio y saqué un pequeño revólver. Era una decisión desesperada y, según sospeché, completamente inútil, pero de alguna manera había que hacer frente a la situación, si no quería que la indecible angustia de aquel gemido acabase volviéndome loco. Guardé el revólver, empuñándolo, en el bolsillo de la chaqueta, y me encaminé a la recepción para pedir al conserje que me acompañara a la 231.
Richard, el anciano conserje, estaba en su puesto muerto de miedo. Saludó la aparición del señor Atkins como si se tratara de un arcángel celestial: «Gracias a Dios que está usted despierto, señor. Creí que no podría soportarlo. Esta parece ser una noche especial, ¿verdad? Los gritos son más fuertes que nunca».
–En efecto, los gemidos se habían convertido en auténticos gritos, aunque su volumen no llegaba a ser lo bastante alto como para despertar a todo el hotel. Richard debió leer en mis ojos la determinación que había tomado, puesto que con apenas un hilo de voz me dijo: «No irá usted a subir, ¿verdad, señor?» «Sí, Richard –repuse–, es absolutamente necesario. Y quiero que usted me acompañe». Tendría que haber visto ,inspector, la cara de espanto del pobre Richard cuando le pedí que subiera conmigo. Se negó en rotundo y de nada sirvieron mis amenazas. Tuve que subir solo y soportar los lamentos igualmente odiosos: el que procedía de la 231, y a mis espaldas, el histérico Richard instándome por todos los santos a que desistiera de mi descabellado empeño. Volví la cabeza y le dije que, a partir de ese momento, se considerara despedido. Pero Richard seguía insistiendo, con la garganta atenazada por el terror, en que regresara y no cometiera semejante locura.
La pipa del inspector Blunt parecía un pequeño Vesubio a punto de entrar en erupción.
–Nunca podrá imaginarse el enorme esfuerzo que me costó subir peldaño a peldaño aquella escalera. Porque, a cada nuevo paso el inadmisible sonido, aumentando su intensidad, se pegaba persistentemente a mis oídos como un beso del Diablo. Nada pude hacer para dominar el temblor de mis piernas. Apretaba con fuerza la pistola, empapada con el sudor de mi mano, y me decía a mi mismo que, fuese lo que fuese aquello que provocaba el gemido, habría alguna forma de acabar con él... Lo angustioso era no saber cuál podría ser esa forma.
Dejando atrás la escalera, el señor Atkins caminó lentamente por la oscuridad del pasillo en dirección a la habitación 231, sobre cuya puerta parpadeaba apenas la mortecina luz de una pequeña bombilla. El miedo despertaba con violencia todos sus sentidos, y las vibraciones de aquel sonido espantoso, ahora ya tan cercano, parecían habérsele incrustado en el corazón. Con toda la mente concentrada en tales vibraciones, comprobó ahora que estaban modulando de distinta forma hasta acabar pareciéndose a largos y siseantes estertores. Estaba tan despierto que el ruido de un mosquito le hubiera producido el mismo impacto que una explosión de dinamita. Por eso se le cortó súbitamente la respiración cuando, a sus espaldas, escuchó un sonido cuya imprevista irrupción no le dio tiempo a identificar. Se volvió rápidamente y tuvo que enfrentarse con el perfil de una larga sombra que avanzaba por el pasillo. El corazón le dio un vuelco al tiempo que su mano se crispaba sobre la pistola...
–¡Santo Dios! Era el bueno de Richard, quién finalmente había optado por no dejarme solo y estuvo siguiéndome sin que me diera cuenta. Me indicó con un gesto que no me alarmara y seguidamente llevó su dedo índice a sus labios, tan asustado y tembloroso como un flan, y componiendo con ello una buena figura tan grotesca que si las circunstancias hubieran sido otras me habría echado a reír. Pero allí estábamos los dos, frente a la puerta, empuñando yo la pistola con una mano y la llave con la otra, sin saber qué hacer con ninguna de las dos, mientras el rostro de Richard había pasado de una palidez de cera a un inquietante tono casi verdoso que el miedo se complacía en estamparle, perlándole además la frente con multitud de minúsculas gotas de sudor frío... Debo confesarle que a pesar del dramatismo del momento, una parte de mi aterrorizado ánimo se conmovió por aquel gesto final de acompañarme, con el que Richard demostraba una inesperada solidaridad...
De pronto el estertor se convirtió en un grito agudo, cortante, similar al que provoca en ocasiones una muerte violenta, y a continuación reinó un silencio absoluto sobrecogedor. Pero por poco tiempo, porque al cabo de un rato fue seguido por un estrépito indescriptible, sin duda producido por el desplazamiento y caída simultánea de todos los muebles de la habitación.
–Entonces actué como un autómata, inspector. Porque de buena gana hubiera echado a correr pasillo adelante y no parar hasta llegar a la calle. En vez de eso, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta, no sin antes cerciorarme de que, a pesar del ruido producido, ningún cliente daba señales de vida. Borrachos como cubas debían estar todos para no haberse dado cuenta.
Renqueó suavemente la puerta al abrirse. La pequeña bombilla de la entrada apenas mitigaba la casi completa oscuridad del interior. Richard se aferraba tenazmente al brazo izquierdo del señor Atkins en un desesperado intento de evitar el desmayo. El señor Atkins, sin soltar la pistola, se atrevió a introducir en la oscuridad el mismo brazo que sujetaba el conserje hasta que sus dedos alcanzaron el obturador de la luz. Cuando al fin logró encender, el espectáculo que se ofreció a sus ojos les dejó atónitos: las puertas del armario giraban todavía sobre sus goznes, las ventanas estaban abiertas de par en par, los cuadros se habían desprendido de la pared, las camas, desplazadas de sus lugares adecuados, aparecían deshechas, con las sábanas hechas girones... Y no había nadie.
–No había nadie, inspector. ¿Comprende? No había absolutamente nadie. Era comprensible que Richard acabara desmayándose. Yo mismo no sé como podía soportarlo.
La pipa del inspector Blunt soltó por su cazoleta un grandioso chorro de humo, como la cola de un efímero e improbable cometa.
–No había nadie –insistió Atkins– Puede creerme: nadie en absoluto.
–Le creo, señor Atkins, le creo. Pero sigo sin comprender por qué quiere que sea exhumado el cadáver de la señorita Watts.
–¿No lo entiende? Creo que está bastante claro. A la vista de los extraordinarios acontecimientos ocurridos en el Amsterdam, sólo podemos pensar que Mary Watts no se suicidó, sino que fue asesinada. Está además el hecho de que, por muy masoquista que sea, nadie se suicida ahorcándose con una cuerda de violín. Los hechos paranormales de la habitación 231 podrían tener su raíz en la enorme tensión emocional que sufrió el psiquismo de la señorita Watts al saberse víctima de un asesinato tan horrible, y es muy posible que un minucioso examen de su cuerpo pueda establecer alguna pista segura para dar con el asesino... Francamente, inspector Blunt, yo no creo en los espíritus. Pero si creyera en ellos, no dudaría en afirmar que Mary Watts nos está pidiendo venganza desde otro mundo.
La pipa del inspector Blunt, exhausta, abandonó su boca y fue a encontrar un merecido descanso sobre la mesa. Su propietario compuso un gesto de conmiseración y trató de consolar al atribuido señor Atkins.
–Por si le sirve de algo, le diré que su historia me parece desusada, pero no inverosímil. Scotland Yard sí cree en los espíritus, sobre todo cuando están dispuestos a colaborar eficazmente con la policía. De hecho, hemos contratado a videntes (de forma extraoficial, claro está) en ciertos casos difíciles. Y casi siempre han dado buenos resultados. Pero me temo que la pobre opinión de un pobre inspector de policía no le servirá de mucho en esta ocasión. Se necesita un mandamiento judicial para ordenar el levantamiento de un cadáver. Y no creo que, con los datos que usted aporta, pueda convencer a ningún juez. Por otra parte, el forense ya realizó la autopsia, y no encontró en el caso de Mary Watts otras señales que las propias de una muerte por asfixia. Si fue asesinada, el asesina se cuidó muy bien de no dejar ninguna huella. No quedó más remedio que aceptar la tesis del suicidio... El caso está cerrado, señor Atkins, y mucho me temo que no haya nada que hacer.
–Pero todo lo ocurrido en la habitación 231...
–Usted mismo ha dicho que no encontró a a nadie en esa habitación. Lamentablemente, nosotros sólo podemos ocuparnos de los delitos cometidos por personas vivas. Las otras están completamente fuera de nuestra jurisdicción. Créame que lo siento muy de veras, pero en este caso no podemos ayudarle... Aunque, si me permite que le dé un consejo...
–Diga, diga...
–¿Por qué no prueba a cambiar la cerradura? Ya sé que es una prueba demasiado simple, tal vez. Y desde luego, nada parapsicológica. Pero le aseguro que, en ocasiones, ha dado muy buenos resultados.
«Quizá tenga razón después de todo», pensó Atkins desilusionado por la entrevista, aunque contento por no tener que soportar ya más el poco soportable aroma de la pipa del inspector Blunt. Pero le daba miedo tener que regresar al hotel con las manos vacías.
Londres fumaba su smog de cada tarde a grandes bocanadas, y los primeros faroles encendidos, envueltos en la espesa neblina, presagiaban una densa noche de otoño. Camino de su hotel, Atkins se encontró con muy pocos transeúntes, pero todos ellos, con toda probabilidad, creían en fantasmas, a juzgar por el paso rápido y el aire receloso de sus miradas, incapaces de traspasar la niebla más allá de su nariz. Y la noche hacía crecer en las esquinas su inexorable oscuridad.
Al doblar una de ellas contempló la vetusta mole del Hotel Amsterdam, difuminada por las crecientes sombras del ocaso. La historia del presunto fantasma se había extendido lo bastante como para que sólo unos pocos clientes, poco supersticiosos o ignorantes de la misma, se albergaran en sus rancias habitaciones en los últimos tiempos. Todas las que daban a la calle tenían cerradas sus ventanas salvo la 231, cuyo inexplicable desorden, del que él mismo fue testigo, había sido respetado. Los blancos visillos de aquella habitación maldita tremolaban sobre una pared que la vejez y la polución habían embadurnado de negro, y el contraste entre ambos colores resultaba más evidentes a causa de la escasa luz. Atkins no dejó de advertirlo, concentrando su atención en la ventana abierta.
Y de pronto, durante el tiempo de una exhalación, creyó haber visto tras la ventana la imagen borrosa de una mujer. Sobrecogido, sospechó que aquella visión fugaz no podía ser sino un subproducto de la tensión nerviosa, pero una furia irracional se desparramó por sus venas y la adrenalina golpeó despiadadamente su corazón.
–«¡Maldita, maldita!»
La figura entrevista volvió a cruzar la ventana, pero esta vez tan despacio como para que el señor Atkins, sobre cuya mente se posó la furia como una nube roja, pudiera contemplarla en todos sus detalles. El espanto que le producía su cuello ensangrentado, el inusitado brillo de sus ojos y de sus dientes, la torva expresión de angustia que reflejaba aquel rostro desencajado cuya mirada, cargada de odio, no se apartaba de la suya propia, todo ello actuó en su ánimo como un revulsivo. Completamente fuera de sí, cruzó la calle, atravesó el hall y subió la escalera a grandes zancadas. Richard, el conserje, contempló atónito cómo el señor Atkins corría escaleras arriba con la cara congestionada y los ojos en blanco, pero el señor Atkins no se dio cuenta de su presencia, obsesionado por la insana idea de acabar como fuera, de una vez para siempre, con aquella espantosa pesadilla.
Richard corrió tras él, pero no pudo alcanzarlo. Le escuchó farfullar unas palabras incomprensibles y se asombró al comprobar cómo un hombre ya entrado en años pudiera remontar las escaleras con tan pasmosa celeridad. Al llegar al rellano del primer piso desistió de perseguirle a tanta velocidad. Se apoyó en la baranda, resollando mientras recuperaba fuerzas, y escuchó cómo el señor Atkins, en el piso de arriba, derribaba a golpes la puerta de la habitación 231.
–¡No lo haga, señor Atkins, no lo haga!
Y olvidándose de sus muchos años, el viejo Richard Perkins subió también las escaleras que le faltaban como una liebre. Vio la puerta derribada de la habitación, al final del oscuro pasillo, y percibió la agitada voz del señor Atkins envuelta en un aullido inconfundible.
–¡Sal de ahí, maldita, engendro del Diablo!
El aullido resonaba ahora en el pasillo en un tono desgarrador, ahogando con creces los gritos del señor Atkins, y Richard tuvo miedo de seguir adelante. Volvió a escuchar el ruido de los muebles desplazándose, y un frío mortal recorrió su espalda. Paralizado por el terror, pudo oír todavía cómo el señor Atkins profirió un grito seco, inarticulado, un último grito que dejó paso al silencio. Al cabo de una rato se atrevió a llamarle por su nombre, pero nadie contestaba. Ni una maldita mosca se escuchaba más allá de la puerta derribada.
Cuando al fin logró reunir los arrestos suficientes para traspasar el umbral de la habitación, todavía llegó a tiempo de ver un ligero movimiento en las puertas del armario. El señor Atkins no estaba allí, y Richard huyó despavorido, temeroso de que también a él se lo llevaran los espíritus sin dejar rastro.
Si en vez de huir hubiera tenido el valor de acercarse a la ventana abierta, hubiera descubierto que abajo, en la calle, se encontraba el cuerpo sin vida del señor Atkins, bañado ya por un gran charco de sangre.
13 ago 2011
7 jul 2011
EL ROBLE por Pedro Montero
En torno al tronco del roble había un rústico banco de tablas, y allí se sentaba Lisa las tardes de verano para leer apaciblemente bajo la densa sombra que proyectaba su copa.
Una de las ramas del árbol llegaba justamente hasta la ventana de la habitación de la muchacha, la cual había tomado la costumbre, desde muy niña, de deslizarse por ella hacia el suelo.
La primera vez que su abuela descubrió aquel sistema de abandonar la casa, se enojó sobremanera y amenazó a Lisa con un sinfín de castigos si insistía en utilizar aquel medio de descenso en lugar de la escalera. Por aquel entonces, Lisa no contaba más de nueve años de edad, y, durante dos o tres semanas, renunció a deslizarse por la rama hasta el tronco, y desde allí al suelo, pero al poco tiempo regresó al antiguo hábito. Con el paso de los años, hasta la abuela terminó por acostumbrarse, y, viendo que la niña descendía por el roble con tanta seguridad como por la escalera, no volvió a mencionar el tema.
Si alguna vez una compañera de la escuela hacía una visita a Lisa y se encerraban juntas en su cuarto para hacer los deberes, la acompañante, al finalizar la tarea, pedía permiso a Lisa para utilizar aquella original vía de escape; pero la muchacha, absolutamente inflexible a este respecto, denegaba su autorización. Ella exclusivamente gozaba del privilegio de utilizarlo.
— ¿Me dejas bajar por el roble? — solicitaba tímidamente la amiga.
— Ni hablar — respondía Lisa— . El roble es mío.
Durante las largas tardes de verano, sentadas ambas en el rústico banco, Lisa preguntaba a su abuela cosas acerca del árbol.
— ¿Cuántos años tiene el roble, abuela?
— Muchos — respondía la anciana levantando la vista hacia las ramas que les proporcionaban sombra.
— ¿Quién lo plantó?
— Un hermano de tu padre — explicaba la abuela— ; tu tío Florencio. Y la mirada de sus ojos azules se ensombrecía un instante— . Lo plantó el mismo día en que cumplía los diecisiete años.
— ¿Y dónde está tío Florencio ahora?
— Murió. Se lo llevó Dios muy pocos meses después de que plantara el árbol.
— ¿Por qué...? — insistía la niña— ; pero la abuela, al llegar a este punto, daba por terminada la conversación.
— Tráeme las gafas, hija. Están encima de la mesilla.
En las noches de primavera, con la ventana entreabierta, el sueño de Lisa era arrullada por el leve agitarse de las hojas a impulsos de la brisa. Durante el invierno, las ramitas del roble, movidas por el viento helado, eran como dedos que llamaran a los cristales de la ventana de Lisa.
En cierta ocasión, durante la época de los frutos, y cuando la muchacha se contaba ya doce años de edad, se hallaba ésta adormecida sobre el banco que rodeaba el tronco del roble. La tarde era calurosa y, abandonando el libro que estaba leyendo, Lisa fue sumergiéndose en un agradable sopor. Al cabo de un rato se removió inquieta. Oscuros sueños se agolparon tras su frente y fueron extendiéndose en oleadas hasta su cintura. De súbito, un agudo pinchazo despertó a la muchacha, que, llevándose la mano hacia uno de sus muslos, advirtió que sus dedos se llenaban de sangre. Una bellota desprendida de las ramas del roble había venido a caer sobre sus piernas produciéndole una pequeña herida.
Presa de una gran agitación, y temblando de miedo, Lisa corrió hasta la casa llamando a su abuela, la cual lejos de perder la calma, acunó a la muchacha entre sus brazos y la besó tiernamente.
Al cabo de algún tiempo, los abuelos mantuvieron una entrevista con la maestra de Lisa y, como responsables que eran del porvenir de la muchacha, solicitaron consejo de la profesora acerca de los estudios que podía seguir. Entre los tres decidieron que lo que le convenía a la joven era adquirir lo que venía en llamarse «cultura general». En vista de lo cual, se decidió que Lisa se trasladara durante uno o dos años a Santa Agueda, donde, viviendo en casa de unos parientes lejanos, podría asistir a las clases e un colegio reconocido.
La noche anterior a su partida, Lisa se asomó a la ventana de su dormitorio y acarició las hojas del roble con cierta nostalgia. Se hallaba tan acostumbrada a aquella habitación y a aquel rasguñar de las ramas sobre los cristales, que le parecía que no podría volver a conciliar el sueño sin escuchar el rumor de las hojas del árbol movidas por el viento.
A media noche se despertó. Había dejado la ventana abierta, y una difusa luz lunar bañaba las ramas del roble, que parecían tiritar bajo un manto de escarcha. Acercándose a la ventana, contempló el roble detenidamente, agitado por el vientecillo nocturno, y las lágrimas acudieron a sus ojos, y, aproximando su mano a las hojas del árbol, arrancó unas cuantas y las guardó entre las páginas de un libro.
A la mañana siguiente, después de haber hecho la maleta y haberla depositado en el porche, subió de nuevo a su habitación y, saliendo a través de la ventana, descendió pausadamente por la rama del roble hasta poner los pies sobre el banco que rodeaba el tronco. Después se sentó con los abuelos a la espera de que se hiciera la hora de encaminarse a la estación.
La primera noche en Santa Agueda apenas si consiguió dormir dos horas. Los rumores de la ciudad eran tan distintos de aquellos a los que estaba acostumbrada, que, no bien percibió la claridad del día, se levantó de la cama, y, descorriendo las cortinas, se asomó a la ventana que daba al bulevar. Lo primero que sus ojos vieron fueron las achaparradas acacias de redondeadas copas. Rodeadas por el asfalto, sus escuálidos troncos surgían a través de exiguos cuadriláteros en los que podía verse una tierra negruzca y reseca. Las hojas de las acacias estaban cubiertas con una capa de polvo que ocultaba su natural verdor otorgándoles un color grisáceo y sucio. Inmediatamente sus pensamientos se dirigieron hacia el roble.
La segunda noche durmió mejor, y la tercera, no en vano era una muchacha joven y vigorosa, descansó tan profundamente como hubiera podido hacerlo en casa de sus abuelos.
Al cabo de unas semanas dejó de sentir nostalgia por la casa de campo y no volvió a echar de menos el rozar de las ramas del roble contra los cristales de la ventana. Tan sólo de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia, abría el libro y contemplaba las hojas que aquella noche introdujera entre sus páginas.
Durante aquel año de estancia en Santa Agueda, la muchacha se desarrolló extraordinariamente, y, cuando se aproximaban las vacaciones de verano, nuevamente renació en ella la ilusión por la vida campestre.
Apenas puso el pie en la finca, después de saludar a los abuelos, que la recibieron alborozados, subió a su habitación, y abriendo la ventana de par en par hacia el crepúsculo, se apoyó en el alféizar y contempló el roble a la luz carmesí del atardecer. Su primer impulso fue descender por la gran rama, y, con sumo cuidado, apoyó los pies sobre la áspera corteza. Entonces tuvo miedo, y advirtió que había crecido demasiado y que su sentido del equilibrio se había embotado durante los meses de ausencia. Vaciló un instante, y luego, volviendo a recoger las piernas, se introdujo de nuevo en la habitación y descendió por la escalera.
Aquella noche, como una salutación a su llegada, se levantó un fuerte viento, y las ramas del roble repicaron incesantemente en la ventana impidiendo a Lisa conciliar el sueño. Molesta en un principio, fue sin embargo poco a poco vencida por los antiguos rumores y los familiares chasquidos que ya casi había olvidado, y abandonando el lecho, se asomó a la ventana. La luna derramaba su luz sobre el árbol, que parecía invitarla en su incesante movimiento a sentir sobre su cuerpo aquella misma agitación, e incapaz de sustraerse a aquel extraño encanto, descalza y con ropa de dormir. Lisa salió a través de la ventana y puso sus pies sobre la rugosa corteza de la gran rama. El suave vaivén producido por el viento se transmitió a todo su cuerpo. Poco a poco fue alejándose de la ventana, y, como un equilibrista fantástico y convaleciente, comenzó a descender por el roble. La fresca brisa nocturna agitaba sus ropas y enredaba sus cabellos. Las ramas más pequeñas rozaban ásperamente su cuerpo, y centenares de hojas y renuevos obstruían el pasillo por donde antaño acostumbraba a bajar.
Cuando puso pie sobre el banco, una sonrisa iluminaba sus labios, y una violenta respiración agitaba su pecho. Gran cantidad de hojas se habían enredado en su cabello; su camisón aparecía desgarrado en algún punto, y sus brazos y piernas mostraban largos arañazos como los producidos por el estrecho y apasionado abrazo de un transporte de amor.
Una de aquellas tardes, sentadas abuela y nieta en el banco del roble, Lisa sintió la necesidad de saber algo más acerca del árbol.
— ¿Cómo era Florencio? — insistió al ver que su abuela no levantaba la cabeza de la labor.
— Murió muy joven — respondió la remisa abuela.
— ¿De qué murió?
— Se despeñó. Un accidente — explicó la abuela con un tono que no dejaba lugar a dudas acerca de que no deseaba hablar más del asunto.
Los días durante aquel verano transcurrían apacibles. Lisa se sumergió de nuevo en los placeres de una vida relajada y sin horario. Olvidó en gran parte los conocimientos que había adquirido durante su estancia en Santa Agueda, o quizás los almacenó en alguna parte de su cerebro y no se preocupó más que de vagar por los campos cercanos o tenderse perezosamente a la sombra del roble.
Acostada en el rústico banco de tablas, se sentía protegida por la frondosa enramada que se extendía sobre su cabeza; experimentaba la sensación de que nada malo podría ocurrirle bajo aquel dosel vegetal, pero, simultáneamente, se sentía infeliz sabiendo que, al cabo de algunas semanas volvería a estar lejos de su árbol.
La noche anterior a la partida, permaneció hasta muy tarde en la ventana. El brillo hiriente de las estrellas se filtraba de forma intermitente a través del follaje, y las ramas del roble eran mecidas por una suave brisa. Acodada en el alféizar, dejó que las ásperas hojas juguetearan con sus manos hasta que, sobresaltada, le pareció que la leve caricia de las pequeñas ramas se iba convirtiendo en algo que no acertaba a definir, pero que le producía una mezcla de atracción y miedo.
Aquella noche, mientras los dedos del roble llamaban insistentemente en la ventana, soñó que su tío Florencio había vuelto a la casa y la llamaba pronunciando su nombre desde el pie del roble.
Las tías solteronas de Lisa se sorprendieron, al término de las vacaciones, de lo cambiada que estaba la muchacha. El leve parecido de sus rasgos con las facciones de su difunta madre se había acentuado de tal modo que, para corroborar el hecho, se apresuraron a sacar de los cajones de la cómoda los viejos álbumes de fotografías. Así fue cómo la joven vio par primera vez el rostro de Florencio.
Independientemente de contemplar con detenimiento la efigie de su madre, a fin de cerciorarse de lo que sus tías consideraban extraordinario parecido, Lisa fue conociendo, a través de una larga serie de fotografías, al que, años ha, plantara el árbol.
Ya desde muy pequeño, llamaba la atención la intensidad de la mirada de Florencio. Cinco años menor que el padre de la muchacha, la diferencia de edades se iba diluyendo con el paso de los años, y si, en las primeras fotografías Florencio aparecía como un bebé al lado de su hermano mayor, en la última existente la estatura de ambos era idéntica, y podía preverse que, de haber continuado con vida, Florencio habría aventajado en altura al padre de Lisa, puesto que ya a los diecisiete años su complexión era mucho más robusta.
Sorprendió a la muchacha el hecho de que una de las instantáneas apareciera cortada, como si, junto a su madre, hubiera posado otra persona a la que el paso del tiempo hubiera hecho indeseable. Sintió deseos de preguntar de quién se trataba, pero temiendo una respuesta evasiva, se abstuvo.
A la par que las fotografías iban pasando de mano en mano, las tías de Lisa, con cierta resistencia al principio, fueron sacando a relucir detalles de la vida de Florencio.
Tímido y apocada desde la primera infancia, sus padres tomaron como vocación religiosa lo que no era sino una cierta cortedad fruto de un espíritu reconcentrado, y obedeciendo a deseos de la abuela, en parte, y para que no se desaprovechasen las dotes intelectuales del muchacho, se decidió lo que por entonces se consideraba como la cosa más natural del mundo, y Florencio ingresó a los doce años en el seminario.
Una larga serie de fotografías mostraba a los dos hermanos creciendo juntos. Marcos, el mayor, luciendo casi siempre un rústico pantalón de pana y camisa abotonada hasta el cuello. Florencio con traje oscuro, al principio, y sotana desde los quince o dieciséis años. La abierta sonrisa del primogénito contrastaba con la seriedad del pequeño, cuyos ojos negros parecían mirar a la cámara con más fijeza e intensidad que el objetivo le miraba a él.
En la colección de instantáneas del último verano hacía su aparición la que más tarde habría de ser madre de Lisa, una muchacha muy bella, y, con la que, en efecto, Lisa tenía un extraordinario parecido.
En las fotografías, aparecía frecuentemente flanqueada por los dos hermanos. Marcos sonreía eternamente a la cámara, pero los ojos de Florencio no miraban y a al objetivo, sino que se dirigían las más de las veces hacia los de la novia de su hermano. Y en los labios de Florencio comenzó a dibujarse una sonrisa ausente hasta entonces.
A partir de la muerte del hermano menor, las fotografías no eran tan numerosas, y sí mucho más espaciadas en el tiempo. La última de la serie, previa a la boda, mostraba a la novia sentada sobre una roca con la mirada perdida en la lejanía. El futuro padre de Lisa pasaba su brazo por los hombros de la novia, pero en sus labios ya no había huellas de la sonrisa que tanto acostumbraba a prodigar.
—¿Cómo murió tío Florencio? —preguntaba Lisa.
—Un accidente —respondían con parquedad as solteronas.
—¿Qué clase de accidente?
—Se despeñó.
—¿Dónde está enterrado? —insistía curiosa la muchacha.
—Las niñas educadas no hacen tantas preguntas —argüían las tías dando por terminada la conversación.
De nuevo llegó el verano, y con él las vacaciones. En el andén de la estación, los abuelos esperaban a la muchacha. Apenas puso ésta pie en tierra, el abuelo corrió hacia ella y tomándola en sus brazos la estrechó contra él. La abuela permaneció unos pasos más atrás, y cuando Lisa pudo verla, advirtió que había lágrimas en sus ojos.
—Cómo te pareces a tu madre —sollozó la anciana apenas conteniendo el llanto—. Te has convertido en su vivo retrato —y la joven se sintió durante unos instantes la encarnación de su madre, muerta pocas horas después del parto.
Lo primero que hizo Lisa, apenas traspasó la cerca, fue depositar la maleta en tierra y correr hacia su árbol. Encaramándose en el viejo banco de madera, rodeó el tronco con sus brazos y aproximó su mejilla hasta que la rugosa corteza le arañó la piel. Por primera vez, la abuela no festejó aquel reencuentro con una sonrisa. Mientras el abuelo entraba en la casa llevando la maleta, la anciana se aproximó a Lisa.
—Ya eres una mujer, hija —dijo—. Déjate de niñerías—. Y suavemente separó los brazos de la muchacha del roble y se la llevó hacia la casa.
Lisa se entristeció al comprobar que carecía ya de la seguridad suficiente para descender, como antaño, por la rama del roble. Más de una vez intentó abandonar su dormitorio utilizando el antiguo sistema, pero, temerosa de perder pie, tuvo que renunciar a última hora. Se contemplaba en el gran espejo del armario ropero que le devolvía la imagen e una muchacha casi por completo convertida en mujer. Se debatía indecisa entre la satisfacción de saberse madura y la nostalgia, materializada en el ya imposible descenso, de saber que se alejaba para siempre de la dorada época de la niñez.
Segura de que en la casa tenía que haber copias, y quién sabe si nuevos originales, de las fotografías que había visto en Santa Agueda, rebuscó, a espaldas de su abuela, en todos los cajones y arcas que había en la vivienda. Finalmente, un día, dio con un envoltorio, y al separar cuidadosamente el papel de seda, una colección de fotografías apareció ante sus ojos.
Temerosa de ser descubierta, decidió obrar con calma. Volvió a dejar todo en el mismo orden en que lo encontró; se guardó las fotografías y, pretextando dar un paseo, se alejó caminando hasta la orilla del río. Allí, sentada entre los cañaverales, desenvolvió el paquete.
La mayoría de los retratos los había visto ya en casa de sus tías, pero había algunos inéditos. Especial sorpresa le causó la contemplación de sí misma en alguno de ellos, y le costó verdadero trabajo llegar a admitir que era la imagen de su madre, tan parecida a la suya, la que había quedado fijada para siempre en la amarillenta cartulina.
Cuando ya estaba dando fin al examen de las fotografías, halló finalmente una copia de aquella que más le intrigaba, y, esta vez, ninguna mano purificadora había cortado por la mitad la instantánea. No era difícil comprender los sentimientos que habían embargado a su padre, si había sido él, como parecía lógico, el autor de aquel retrato.
La parte derecha de la foto estaba ocupada por su madre, que sonriendo plácidamente, miraba con tranquilidad, no exenta de cierto descaro, hacia el objetivo. En la parte izquierda, aquella que un drástico tijeretazo había hecho desaparecer del álbum de Santa Agueda, aparecía Florencio cuando, a juzgar por la fecha escrita en el reverso, no faltaban sino escasas semanas para su muerte.
Toda la persona de Florencio aparecía como presa de un incontenible movimiento de atracción hacia la novia de su hermano. A pesar de que los dos jóvenes se hallaban discretamente separados, se hubiera dicho que, segundos más tarde, la distancia que mediaba entre los iba a desaparecer. El aire ausente de la madre de Lisa, la plácida sonrisa que afloraba en sus labios, y la indiferente contemplación del objetivo de la cámara, daban la impresión de un mudo consentimiento a la, ya indiscreta, adoración de su futuro cuñado.
En cuanto a Florencio, todo su cuerpo aparecía recorrido, y así había quedado congelado para siempre en la instantánea, por una corriente que le impulsaba hacia la muchacha que posaba a su lado. Sus manos parecía desear una inmediata aproximación a la mujer. Su cuerpo todo se inclinaba imperceptiblemente hacia la izquierda igual que una goleta, con el viento en sus velas, se ladea cómplice deseosa de recalar en el puerto. Su rostro, despreciando la fría mirada del objetivo, aparecía de perfil, y en sus labios, por vez primera, florecía una sonrisa parecida a la que, constantemente se asomaba a la faz de su hermano.
La última fotografía mostraba a Florencio, en mangas de camisa, plantando el roble. Una de sus manos sostenía al arbolillo por el tronco, y la otra un azadón con el que, sin duda, había practicado el hoyo donde iban a plantar el árbol. Sus ojos, no obstante, contemplaban a alguien que se hallaba fuera del campo de la cámara. El encuadre de la fotografía era imperfecto, y el ligero desenfoque parecía revelar que la cámara fotográfica había temblado un momento en manos del autor de la instantánea.
—Cómo te pareces a Lisa —dijo una voz a su espalda.
La muchacha se estremeció sobresaltada, y guardando apresuradamente las fotografías en el papel de seda, se puso en pie. La mujer que había hablado portaba a la cabeza un cesto de ropa, que, con toda probabilidad, pensaba lavar en el río. Sonriendo apaciblemente, continuó diciendo:
—Como se entere tu abuela de que has estado viendo las fotos, se va a enfadar.
Lisa sintió el deseo de parar los pies a la intrusa.
—Son mis padres —dijo con un tono retador que al instante le pareció innecesario.
—Lo sé —repuso la mujer—. Y tu tío Florencio —añadió depositando sobre la hierba el cesto de ropa—. Mi marido era aparcero, y vivíamos en la casucha, al lado de la casa de tus abuelos —explicó.
—¿Conociste a mi padre? —preguntó Lisa sin poder evitarlo.
—Todos los meses le llevo la ropa limpia a la cárcel de Villarta —repuso la mujer atusando suavemente un mechón de cabellos que se derramaba sobre el hombro de la muchacha.
Faltaba todavía una semana para que finalizaran las vacaciones de verano, cuando los abuelos decidieron que Lisa se trasladara a Santa Agueda. La muchacha no se extrañó en lo más mínimo. Alguien se habría encargado de comunicarles que la antigua aparcera y Lisa tenían frecuentes charlas a la orilla del río, y los ancianos habían considerado más prudente cortar aquella comunicación antes de que el espíritu de la muchacha se viera turbado por revelaciones inconvenientes para la que todavía consideraban una niña.
En el transcurso de aquel verano, no obstante, la transformación física de Lisa se había acentuado de tal modo que, solamente el natural deseo de los ancianos y su resistencia a que la joven adquiriera la independencia consustancial a la mayoría de edad, podían ser causa de que sus abuelos continuaran viéndola como a una niña.
Por otra parte, algo se había quebrado en el alma de la muchacha. A través de su mirada podía intuirse que, lejos de hallarse todavía en aquel tranquilo y sosegado mundo de la infancia, su espíritu había arrobado ya a otras playas tras sortear los procelosos mares de la edad adolescente.
Lisa no gustaba ya de sentarse a la sombra del roble a leer un libro o a hacer compañía a su abuela mientras ésta tejía interminables labores de punto. Mas bien parecía rehuir al árbol y si, al salir de la casa, se dirigía hacia el extremo sur de la empalizada, prefería dar un pequeño rodeo antes de cruzar bajo la copa del roble.
Sin embargo, en más de una ocasión, había sido sorprendida por su abuela apoyada en la cerca y contemplando desde lejos el roble, como si la distancia interpuesta constituyera una especie de salvaguarda previsora. En aquellos momentos, si algún observador hubiera podido mirar de cerca en los ojos de Lisa, habría sorprendido en ellos una extraña mezcla de temor y de fascinación, una paradójica alianza de miedo y culpable ansiedad similar a la que se observa en el gorrión fascinado por la serpiente.
La noche anterior a la partida de Lisa, se levantó un fuerte viento, y las ramas del árbol e agitaron como brazos en la oscuridad.
—El roble se está despidiendo de ti —comentó el abuelo jocoso. Pero Lisa sabía que las movedizas ramas la estaban llamando.
Cuando la joven se retiró a su habitación, los dedos del roble repiqueteaban en los cristales de la ventana con una insistencia y una urgencia tales que amenazaban con quebrarlos. Lisa comenzó a desnudarse, pero enseguida se detuvo, y, aproximándose a la ventana, echó las cortinas con un rápido movimiento. Acto seguido, terminó de despojarse de sus vestidos y se sumergió en el lecho.
El viento se colaba por las rendijas de la madera, y sus suspiros, unidos al rozar de las ramas contra el cristal, fueron inundando el alma de la muchacha que, al rato, se vio sumida en una extraña pesadilla.
Soñó que, a la pálida luz de la luna, que bañaba veladamente el cuarto, difuminada por la cortina interpuesta, abría un armario de roble y se probaba uno de los vestidos de su madre. Después, aproximándose al antiguo lavabo de loza, humedecía ligeramente un peine en agua e iba modelando sus cabellos de una manera distinta a la habitual. Un ligero toque de sombra en los párpados y una leve aplicación de colorete en las mejillas dieron fina a la transformación.
De pronto, un golpe de aire hizo rechinar las maderas, y, un segundo más tarde, la ventana se abrió de para en par. El viento inundó la estancia, y la cortina de lienzo revoloteó como una gran ave arrebatada por el huracán. La gran rama del roble crujía cerca de la ventana, y las ramas más menudas arañaban el marco como los dedos engarfiados de un asaltante que pretendiera introducirse en la habitación.
Bañada por la claridad lunar, Lisa se levantó del lecho, y, al tiempo que innumerables hojas del roble rozaban sus brazos desnudos, se acercó a ala ventana y la cerró no sin esfuerzo. El viento, al colarse entre las ramas del árbol, le arrancaba suspiros prolongados y tristes. La muchacha, hollando con sus pies descalzos las ásperas hojas de roble, volvió sobre sus pasos y se acostó nuevamente.
Al cabo de algunas horas, algo la sustrajo del intranquilo sueño en que se hallaba sumida. El viento había cesado por completo, y las ramas habían desistido de repicar contra los cristales. El lienzo rectangular pendía terso, y la luz de la luna dibujaba contra él la silueta de la ventana. El aullido de un perro en la lejanía ascendía vertical hacia el cielo estrellado.
Cuando Lisa abrió la puerta del armario, el reflejo de la luna recorrió como un fugaz relámpago las paredes de la habitación. Su mano, guiada quién sabe por qué misterioso influjo, se alzó hasta la barra metálica y descolgó un vestido que no le pertenecía.
Se contempló ante el espejo ataviada con aquel antiguo atuendo, y, con un gesto sonámbulo, ordenó su peinado pasando después del dedo corazón por el arco de sus cejas. Reacomodó los volantes del encaje balcón sobre su pecho y se detuvo largo rato mirándose bajo la fantasmal luz del astro nocturno. Un chasquido resonó en el cristal de la ventana. Lisa volvió la cabeza en aquella dirección y al cabo de unos instantes se repitió aquel leve crujido. Se hubiera dicho que, desde el exterior, alguien lanzaba piedrecitas contra la ventana para llamar la atención de la muchacha.
Descorrió lentamente la cortina de lienzo, y, procurando no hacer ruido, fue abriendo con sigilo la ventana. Instantes después se apoyaba en el alféizar ofreciendo la mitad de su cuerpo a la noche. Desde aquella posición contempló el roble. La ausencia de viento hacía que sus ramas se mantuvieran inmóviles y dirigidas hacia el lugar en que ella se encontraba. La opalina claridad de la luna se derramaba sobre el árbol, que bajo aquel manto frío parecía bañado por gélida escarcha. La sombra producida por la copa proyectaba un denso círculo de oscuridad que mantenía oculta la zona del tronco. El reflejo de la luna propiciaba el ambiente fantástico al arrancar reflejos metálicos de los pendientes frutos.
De súbito, una ligera ráfaga de viento estremeció las ramas más pequeñas del roble, y aquel movimiento se transmitió hasta las alturas. Las ásperas hojas acariciaron los brazos desnudos de Lisa y trazando en ellos delgadas líneas blanquecinas. La brisa cesó, y en aquel hiriente silencio nocturno, un susurro llegó desde la sombría base del árbol hasta los oídos de la muchacha. «Lisa, Lisa», creyó sentir confusamente.
Como obedeciendo a algún mandato extraño, la joven, de igual manera que en tantas ocasiones, salió a través de la ventana y puso sus pies descalzos sobre la gran rama del roble. De algún modo sabía que aquella era la última vez que podría intentarlo; que a partir de aquella noche habría perdido definitivamente la necesaria ingenuidad fruto de la niñez; que aquella iba a ser la postrera ocasión en que descendería hasta el suelo d aquel modo.
Sintiendo bajo sus plantas las rugosidades de la gran rama, caminó como una fantasmal funámbula apartando suavemente la hojarasca. Apenas había dado dos pasos, cuando se sintió rodeada por la maraña vegetal. Las pequeñas ramas se enganchaban en el vestido igual que dedos que desearan apresarla, las boscosas hojas arañaban su piel y retenían sus cabellos. La rugosa corteza cosquilleaba la planta de sus pies a cada paso. Nuevamente un susurro se elevó desde la oscuridad. «Lisa», oyó, al tiempo que la sangre palpitaba en sus oídos.
En aquel momento se levantó una ligera brisa que, en pocos segundos, adquirió una fuerza inusitada. La muchacha extendió los brazos en cruz y, agarrándose a las ramas laterales, continuó el descenso. La fuerza del viento arreció, y la gran rama por la que caminaba se meció a impulsos del huracán. Una ráfaga arrancó numerosas hojas que se enredaron en los cabellos de la muchacha, y, mezclado con el naciente ulular del viento, un nuevo suspiro surgió muy cerca del tronco.
—«Lisa...»
Incapaz de mirar hacia abajo, con los cinco sentidos puestos en guardar el equilibrio, la muchacha, impertérrita, y sin que la mínima muestra de pánico aflorara a sus ojos, continuó el descenso. En aquel momento, una sombra se separó de la oscura zona en que estaba sumido el tronco, y una figura humana se encaminó hacia la puerta de la casa.
—«Lisa...»
Sólo dos pasos más y llegaría a la zona del tronco, al que podría asirse con más seguridad. El aire hacía ondear el blanco vestido de la joven, y todas las ramas, como si el huracán las hubiera dotado de vida independiente, rodeaban el cuerpo de Lisa en un apretado abrazo que cada vez iba haciéndose más estrecho.
—«Lisa...»
Esta vez, la muchacha no pudo impedirse mirar hacia la ventana, y, al percibir la silueta del hombre que la contemplaba con los brazos apoyados en el alféizar, lanzó un grito de terror. Aquella sonrisa era algo que había llegado a conocer muy bien.
Al girar la cabeza, perdió el sentido del equilibrio y vaciló. El huracán adquirió una fuerza tan brutal que amenazaba con arrancar de cuajo el árbol. Un momento después, al intentar alcanzar el tronco con sus manos, Lisa perdió pie y se desplomó en el vacío, pero, antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo, las ramas más bajas, seguramente impulsadas por el viento, formaron un ligero entramado que fue suficiente para aliviar la fuerza de la caída. En aquel momento, se desató toda la furia del vendaval. Se escuchó un horrísono crujido, y el roble, abatido por la violencia del huracán, se desplomó contra la casa aplastando en su caída a la figura que contemplaba el cuerpo de Lisa en tierra.
Si la muchacha no hubiera perdido el conocimiento al precipitarse en el suelo, se habría apercibido de que, dos metros más allá, justamente al lado de donde, segundos antes, se encontraba el tronco del roble, se hallaba un maleta de madera como as que dan en la prisión de Villarta a los reclusos que acaban de cumplir su condena.
Una de las ramas del árbol llegaba justamente hasta la ventana de la habitación de la muchacha, la cual había tomado la costumbre, desde muy niña, de deslizarse por ella hacia el suelo.
La primera vez que su abuela descubrió aquel sistema de abandonar la casa, se enojó sobremanera y amenazó a Lisa con un sinfín de castigos si insistía en utilizar aquel medio de descenso en lugar de la escalera. Por aquel entonces, Lisa no contaba más de nueve años de edad, y, durante dos o tres semanas, renunció a deslizarse por la rama hasta el tronco, y desde allí al suelo, pero al poco tiempo regresó al antiguo hábito. Con el paso de los años, hasta la abuela terminó por acostumbrarse, y, viendo que la niña descendía por el roble con tanta seguridad como por la escalera, no volvió a mencionar el tema.
Si alguna vez una compañera de la escuela hacía una visita a Lisa y se encerraban juntas en su cuarto para hacer los deberes, la acompañante, al finalizar la tarea, pedía permiso a Lisa para utilizar aquella original vía de escape; pero la muchacha, absolutamente inflexible a este respecto, denegaba su autorización. Ella exclusivamente gozaba del privilegio de utilizarlo.
— ¿Me dejas bajar por el roble? — solicitaba tímidamente la amiga.
— Ni hablar — respondía Lisa— . El roble es mío.
Durante las largas tardes de verano, sentadas ambas en el rústico banco, Lisa preguntaba a su abuela cosas acerca del árbol.
— ¿Cuántos años tiene el roble, abuela?
— Muchos — respondía la anciana levantando la vista hacia las ramas que les proporcionaban sombra.
— ¿Quién lo plantó?
— Un hermano de tu padre — explicaba la abuela— ; tu tío Florencio. Y la mirada de sus ojos azules se ensombrecía un instante— . Lo plantó el mismo día en que cumplía los diecisiete años.
— ¿Y dónde está tío Florencio ahora?
— Murió. Se lo llevó Dios muy pocos meses después de que plantara el árbol.
— ¿Por qué...? — insistía la niña— ; pero la abuela, al llegar a este punto, daba por terminada la conversación.
— Tráeme las gafas, hija. Están encima de la mesilla.
En las noches de primavera, con la ventana entreabierta, el sueño de Lisa era arrullada por el leve agitarse de las hojas a impulsos de la brisa. Durante el invierno, las ramitas del roble, movidas por el viento helado, eran como dedos que llamaran a los cristales de la ventana de Lisa.
En cierta ocasión, durante la época de los frutos, y cuando la muchacha se contaba ya doce años de edad, se hallaba ésta adormecida sobre el banco que rodeaba el tronco del roble. La tarde era calurosa y, abandonando el libro que estaba leyendo, Lisa fue sumergiéndose en un agradable sopor. Al cabo de un rato se removió inquieta. Oscuros sueños se agolparon tras su frente y fueron extendiéndose en oleadas hasta su cintura. De súbito, un agudo pinchazo despertó a la muchacha, que, llevándose la mano hacia uno de sus muslos, advirtió que sus dedos se llenaban de sangre. Una bellota desprendida de las ramas del roble había venido a caer sobre sus piernas produciéndole una pequeña herida.
Presa de una gran agitación, y temblando de miedo, Lisa corrió hasta la casa llamando a su abuela, la cual lejos de perder la calma, acunó a la muchacha entre sus brazos y la besó tiernamente.
Al cabo de algún tiempo, los abuelos mantuvieron una entrevista con la maestra de Lisa y, como responsables que eran del porvenir de la muchacha, solicitaron consejo de la profesora acerca de los estudios que podía seguir. Entre los tres decidieron que lo que le convenía a la joven era adquirir lo que venía en llamarse «cultura general». En vista de lo cual, se decidió que Lisa se trasladara durante uno o dos años a Santa Agueda, donde, viviendo en casa de unos parientes lejanos, podría asistir a las clases e un colegio reconocido.
La noche anterior a su partida, Lisa se asomó a la ventana de su dormitorio y acarició las hojas del roble con cierta nostalgia. Se hallaba tan acostumbrada a aquella habitación y a aquel rasguñar de las ramas sobre los cristales, que le parecía que no podría volver a conciliar el sueño sin escuchar el rumor de las hojas del árbol movidas por el viento.
A media noche se despertó. Había dejado la ventana abierta, y una difusa luz lunar bañaba las ramas del roble, que parecían tiritar bajo un manto de escarcha. Acercándose a la ventana, contempló el roble detenidamente, agitado por el vientecillo nocturno, y las lágrimas acudieron a sus ojos, y, aproximando su mano a las hojas del árbol, arrancó unas cuantas y las guardó entre las páginas de un libro.
A la mañana siguiente, después de haber hecho la maleta y haberla depositado en el porche, subió de nuevo a su habitación y, saliendo a través de la ventana, descendió pausadamente por la rama del roble hasta poner los pies sobre el banco que rodeaba el tronco. Después se sentó con los abuelos a la espera de que se hiciera la hora de encaminarse a la estación.
La primera noche en Santa Agueda apenas si consiguió dormir dos horas. Los rumores de la ciudad eran tan distintos de aquellos a los que estaba acostumbrada, que, no bien percibió la claridad del día, se levantó de la cama, y, descorriendo las cortinas, se asomó a la ventana que daba al bulevar. Lo primero que sus ojos vieron fueron las achaparradas acacias de redondeadas copas. Rodeadas por el asfalto, sus escuálidos troncos surgían a través de exiguos cuadriláteros en los que podía verse una tierra negruzca y reseca. Las hojas de las acacias estaban cubiertas con una capa de polvo que ocultaba su natural verdor otorgándoles un color grisáceo y sucio. Inmediatamente sus pensamientos se dirigieron hacia el roble.
La segunda noche durmió mejor, y la tercera, no en vano era una muchacha joven y vigorosa, descansó tan profundamente como hubiera podido hacerlo en casa de sus abuelos.
Al cabo de unas semanas dejó de sentir nostalgia por la casa de campo y no volvió a echar de menos el rozar de las ramas del roble contra los cristales de la ventana. Tan sólo de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia, abría el libro y contemplaba las hojas que aquella noche introdujera entre sus páginas.
Durante aquel año de estancia en Santa Agueda, la muchacha se desarrolló extraordinariamente, y, cuando se aproximaban las vacaciones de verano, nuevamente renació en ella la ilusión por la vida campestre.
Apenas puso el pie en la finca, después de saludar a los abuelos, que la recibieron alborozados, subió a su habitación, y abriendo la ventana de par en par hacia el crepúsculo, se apoyó en el alféizar y contempló el roble a la luz carmesí del atardecer. Su primer impulso fue descender por la gran rama, y, con sumo cuidado, apoyó los pies sobre la áspera corteza. Entonces tuvo miedo, y advirtió que había crecido demasiado y que su sentido del equilibrio se había embotado durante los meses de ausencia. Vaciló un instante, y luego, volviendo a recoger las piernas, se introdujo de nuevo en la habitación y descendió por la escalera.
Aquella noche, como una salutación a su llegada, se levantó un fuerte viento, y las ramas del roble repicaron incesantemente en la ventana impidiendo a Lisa conciliar el sueño. Molesta en un principio, fue sin embargo poco a poco vencida por los antiguos rumores y los familiares chasquidos que ya casi había olvidado, y abandonando el lecho, se asomó a la ventana. La luna derramaba su luz sobre el árbol, que parecía invitarla en su incesante movimiento a sentir sobre su cuerpo aquella misma agitación, e incapaz de sustraerse a aquel extraño encanto, descalza y con ropa de dormir. Lisa salió a través de la ventana y puso sus pies sobre la rugosa corteza de la gran rama. El suave vaivén producido por el viento se transmitió a todo su cuerpo. Poco a poco fue alejándose de la ventana, y, como un equilibrista fantástico y convaleciente, comenzó a descender por el roble. La fresca brisa nocturna agitaba sus ropas y enredaba sus cabellos. Las ramas más pequeñas rozaban ásperamente su cuerpo, y centenares de hojas y renuevos obstruían el pasillo por donde antaño acostumbraba a bajar.
Cuando puso pie sobre el banco, una sonrisa iluminaba sus labios, y una violenta respiración agitaba su pecho. Gran cantidad de hojas se habían enredado en su cabello; su camisón aparecía desgarrado en algún punto, y sus brazos y piernas mostraban largos arañazos como los producidos por el estrecho y apasionado abrazo de un transporte de amor.
Una de aquellas tardes, sentadas abuela y nieta en el banco del roble, Lisa sintió la necesidad de saber algo más acerca del árbol.
— ¿Cómo era Florencio? — insistió al ver que su abuela no levantaba la cabeza de la labor.
— Murió muy joven — respondió la remisa abuela.
— ¿De qué murió?
— Se despeñó. Un accidente — explicó la abuela con un tono que no dejaba lugar a dudas acerca de que no deseaba hablar más del asunto.
Los días durante aquel verano transcurrían apacibles. Lisa se sumergió de nuevo en los placeres de una vida relajada y sin horario. Olvidó en gran parte los conocimientos que había adquirido durante su estancia en Santa Agueda, o quizás los almacenó en alguna parte de su cerebro y no se preocupó más que de vagar por los campos cercanos o tenderse perezosamente a la sombra del roble.
Acostada en el rústico banco de tablas, se sentía protegida por la frondosa enramada que se extendía sobre su cabeza; experimentaba la sensación de que nada malo podría ocurrirle bajo aquel dosel vegetal, pero, simultáneamente, se sentía infeliz sabiendo que, al cabo de algunas semanas volvería a estar lejos de su árbol.
La noche anterior a la partida, permaneció hasta muy tarde en la ventana. El brillo hiriente de las estrellas se filtraba de forma intermitente a través del follaje, y las ramas del roble eran mecidas por una suave brisa. Acodada en el alféizar, dejó que las ásperas hojas juguetearan con sus manos hasta que, sobresaltada, le pareció que la leve caricia de las pequeñas ramas se iba convirtiendo en algo que no acertaba a definir, pero que le producía una mezcla de atracción y miedo.
Aquella noche, mientras los dedos del roble llamaban insistentemente en la ventana, soñó que su tío Florencio había vuelto a la casa y la llamaba pronunciando su nombre desde el pie del roble.
Las tías solteronas de Lisa se sorprendieron, al término de las vacaciones, de lo cambiada que estaba la muchacha. El leve parecido de sus rasgos con las facciones de su difunta madre se había acentuado de tal modo que, para corroborar el hecho, se apresuraron a sacar de los cajones de la cómoda los viejos álbumes de fotografías. Así fue cómo la joven vio par primera vez el rostro de Florencio.
Independientemente de contemplar con detenimiento la efigie de su madre, a fin de cerciorarse de lo que sus tías consideraban extraordinario parecido, Lisa fue conociendo, a través de una larga serie de fotografías, al que, años ha, plantara el árbol.
Ya desde muy pequeño, llamaba la atención la intensidad de la mirada de Florencio. Cinco años menor que el padre de la muchacha, la diferencia de edades se iba diluyendo con el paso de los años, y si, en las primeras fotografías Florencio aparecía como un bebé al lado de su hermano mayor, en la última existente la estatura de ambos era idéntica, y podía preverse que, de haber continuado con vida, Florencio habría aventajado en altura al padre de Lisa, puesto que ya a los diecisiete años su complexión era mucho más robusta.
Sorprendió a la muchacha el hecho de que una de las instantáneas apareciera cortada, como si, junto a su madre, hubiera posado otra persona a la que el paso del tiempo hubiera hecho indeseable. Sintió deseos de preguntar de quién se trataba, pero temiendo una respuesta evasiva, se abstuvo.
A la par que las fotografías iban pasando de mano en mano, las tías de Lisa, con cierta resistencia al principio, fueron sacando a relucir detalles de la vida de Florencio.
Tímido y apocada desde la primera infancia, sus padres tomaron como vocación religiosa lo que no era sino una cierta cortedad fruto de un espíritu reconcentrado, y obedeciendo a deseos de la abuela, en parte, y para que no se desaprovechasen las dotes intelectuales del muchacho, se decidió lo que por entonces se consideraba como la cosa más natural del mundo, y Florencio ingresó a los doce años en el seminario.
Una larga serie de fotografías mostraba a los dos hermanos creciendo juntos. Marcos, el mayor, luciendo casi siempre un rústico pantalón de pana y camisa abotonada hasta el cuello. Florencio con traje oscuro, al principio, y sotana desde los quince o dieciséis años. La abierta sonrisa del primogénito contrastaba con la seriedad del pequeño, cuyos ojos negros parecían mirar a la cámara con más fijeza e intensidad que el objetivo le miraba a él.
En la colección de instantáneas del último verano hacía su aparición la que más tarde habría de ser madre de Lisa, una muchacha muy bella, y, con la que, en efecto, Lisa tenía un extraordinario parecido.
En las fotografías, aparecía frecuentemente flanqueada por los dos hermanos. Marcos sonreía eternamente a la cámara, pero los ojos de Florencio no miraban y a al objetivo, sino que se dirigían las más de las veces hacia los de la novia de su hermano. Y en los labios de Florencio comenzó a dibujarse una sonrisa ausente hasta entonces.
A partir de la muerte del hermano menor, las fotografías no eran tan numerosas, y sí mucho más espaciadas en el tiempo. La última de la serie, previa a la boda, mostraba a la novia sentada sobre una roca con la mirada perdida en la lejanía. El futuro padre de Lisa pasaba su brazo por los hombros de la novia, pero en sus labios ya no había huellas de la sonrisa que tanto acostumbraba a prodigar.
—¿Cómo murió tío Florencio? —preguntaba Lisa.
—Un accidente —respondían con parquedad as solteronas.
—¿Qué clase de accidente?
—Se despeñó.
—¿Dónde está enterrado? —insistía curiosa la muchacha.
—Las niñas educadas no hacen tantas preguntas —argüían las tías dando por terminada la conversación.
De nuevo llegó el verano, y con él las vacaciones. En el andén de la estación, los abuelos esperaban a la muchacha. Apenas puso ésta pie en tierra, el abuelo corrió hacia ella y tomándola en sus brazos la estrechó contra él. La abuela permaneció unos pasos más atrás, y cuando Lisa pudo verla, advirtió que había lágrimas en sus ojos.
—Cómo te pareces a tu madre —sollozó la anciana apenas conteniendo el llanto—. Te has convertido en su vivo retrato —y la joven se sintió durante unos instantes la encarnación de su madre, muerta pocas horas después del parto.
Lo primero que hizo Lisa, apenas traspasó la cerca, fue depositar la maleta en tierra y correr hacia su árbol. Encaramándose en el viejo banco de madera, rodeó el tronco con sus brazos y aproximó su mejilla hasta que la rugosa corteza le arañó la piel. Por primera vez, la abuela no festejó aquel reencuentro con una sonrisa. Mientras el abuelo entraba en la casa llevando la maleta, la anciana se aproximó a Lisa.
—Ya eres una mujer, hija —dijo—. Déjate de niñerías—. Y suavemente separó los brazos de la muchacha del roble y se la llevó hacia la casa.
Lisa se entristeció al comprobar que carecía ya de la seguridad suficiente para descender, como antaño, por la rama del roble. Más de una vez intentó abandonar su dormitorio utilizando el antiguo sistema, pero, temerosa de perder pie, tuvo que renunciar a última hora. Se contemplaba en el gran espejo del armario ropero que le devolvía la imagen e una muchacha casi por completo convertida en mujer. Se debatía indecisa entre la satisfacción de saberse madura y la nostalgia, materializada en el ya imposible descenso, de saber que se alejaba para siempre de la dorada época de la niñez.
Segura de que en la casa tenía que haber copias, y quién sabe si nuevos originales, de las fotografías que había visto en Santa Agueda, rebuscó, a espaldas de su abuela, en todos los cajones y arcas que había en la vivienda. Finalmente, un día, dio con un envoltorio, y al separar cuidadosamente el papel de seda, una colección de fotografías apareció ante sus ojos.
Temerosa de ser descubierta, decidió obrar con calma. Volvió a dejar todo en el mismo orden en que lo encontró; se guardó las fotografías y, pretextando dar un paseo, se alejó caminando hasta la orilla del río. Allí, sentada entre los cañaverales, desenvolvió el paquete.
La mayoría de los retratos los había visto ya en casa de sus tías, pero había algunos inéditos. Especial sorpresa le causó la contemplación de sí misma en alguno de ellos, y le costó verdadero trabajo llegar a admitir que era la imagen de su madre, tan parecida a la suya, la que había quedado fijada para siempre en la amarillenta cartulina.
Cuando ya estaba dando fin al examen de las fotografías, halló finalmente una copia de aquella que más le intrigaba, y, esta vez, ninguna mano purificadora había cortado por la mitad la instantánea. No era difícil comprender los sentimientos que habían embargado a su padre, si había sido él, como parecía lógico, el autor de aquel retrato.
La parte derecha de la foto estaba ocupada por su madre, que sonriendo plácidamente, miraba con tranquilidad, no exenta de cierto descaro, hacia el objetivo. En la parte izquierda, aquella que un drástico tijeretazo había hecho desaparecer del álbum de Santa Agueda, aparecía Florencio cuando, a juzgar por la fecha escrita en el reverso, no faltaban sino escasas semanas para su muerte.
Toda la persona de Florencio aparecía como presa de un incontenible movimiento de atracción hacia la novia de su hermano. A pesar de que los dos jóvenes se hallaban discretamente separados, se hubiera dicho que, segundos más tarde, la distancia que mediaba entre los iba a desaparecer. El aire ausente de la madre de Lisa, la plácida sonrisa que afloraba en sus labios, y la indiferente contemplación del objetivo de la cámara, daban la impresión de un mudo consentimiento a la, ya indiscreta, adoración de su futuro cuñado.
En cuanto a Florencio, todo su cuerpo aparecía recorrido, y así había quedado congelado para siempre en la instantánea, por una corriente que le impulsaba hacia la muchacha que posaba a su lado. Sus manos parecía desear una inmediata aproximación a la mujer. Su cuerpo todo se inclinaba imperceptiblemente hacia la izquierda igual que una goleta, con el viento en sus velas, se ladea cómplice deseosa de recalar en el puerto. Su rostro, despreciando la fría mirada del objetivo, aparecía de perfil, y en sus labios, por vez primera, florecía una sonrisa parecida a la que, constantemente se asomaba a la faz de su hermano.
La última fotografía mostraba a Florencio, en mangas de camisa, plantando el roble. Una de sus manos sostenía al arbolillo por el tronco, y la otra un azadón con el que, sin duda, había practicado el hoyo donde iban a plantar el árbol. Sus ojos, no obstante, contemplaban a alguien que se hallaba fuera del campo de la cámara. El encuadre de la fotografía era imperfecto, y el ligero desenfoque parecía revelar que la cámara fotográfica había temblado un momento en manos del autor de la instantánea.
—Cómo te pareces a Lisa —dijo una voz a su espalda.
La muchacha se estremeció sobresaltada, y guardando apresuradamente las fotografías en el papel de seda, se puso en pie. La mujer que había hablado portaba a la cabeza un cesto de ropa, que, con toda probabilidad, pensaba lavar en el río. Sonriendo apaciblemente, continuó diciendo:
—Como se entere tu abuela de que has estado viendo las fotos, se va a enfadar.
Lisa sintió el deseo de parar los pies a la intrusa.
—Son mis padres —dijo con un tono retador que al instante le pareció innecesario.
—Lo sé —repuso la mujer—. Y tu tío Florencio —añadió depositando sobre la hierba el cesto de ropa—. Mi marido era aparcero, y vivíamos en la casucha, al lado de la casa de tus abuelos —explicó.
—¿Conociste a mi padre? —preguntó Lisa sin poder evitarlo.
—Todos los meses le llevo la ropa limpia a la cárcel de Villarta —repuso la mujer atusando suavemente un mechón de cabellos que se derramaba sobre el hombro de la muchacha.
Faltaba todavía una semana para que finalizaran las vacaciones de verano, cuando los abuelos decidieron que Lisa se trasladara a Santa Agueda. La muchacha no se extrañó en lo más mínimo. Alguien se habría encargado de comunicarles que la antigua aparcera y Lisa tenían frecuentes charlas a la orilla del río, y los ancianos habían considerado más prudente cortar aquella comunicación antes de que el espíritu de la muchacha se viera turbado por revelaciones inconvenientes para la que todavía consideraban una niña.
En el transcurso de aquel verano, no obstante, la transformación física de Lisa se había acentuado de tal modo que, solamente el natural deseo de los ancianos y su resistencia a que la joven adquiriera la independencia consustancial a la mayoría de edad, podían ser causa de que sus abuelos continuaran viéndola como a una niña.
Por otra parte, algo se había quebrado en el alma de la muchacha. A través de su mirada podía intuirse que, lejos de hallarse todavía en aquel tranquilo y sosegado mundo de la infancia, su espíritu había arrobado ya a otras playas tras sortear los procelosos mares de la edad adolescente.
Lisa no gustaba ya de sentarse a la sombra del roble a leer un libro o a hacer compañía a su abuela mientras ésta tejía interminables labores de punto. Mas bien parecía rehuir al árbol y si, al salir de la casa, se dirigía hacia el extremo sur de la empalizada, prefería dar un pequeño rodeo antes de cruzar bajo la copa del roble.
Sin embargo, en más de una ocasión, había sido sorprendida por su abuela apoyada en la cerca y contemplando desde lejos el roble, como si la distancia interpuesta constituyera una especie de salvaguarda previsora. En aquellos momentos, si algún observador hubiera podido mirar de cerca en los ojos de Lisa, habría sorprendido en ellos una extraña mezcla de temor y de fascinación, una paradójica alianza de miedo y culpable ansiedad similar a la que se observa en el gorrión fascinado por la serpiente.
La noche anterior a la partida de Lisa, se levantó un fuerte viento, y las ramas del árbol e agitaron como brazos en la oscuridad.
—El roble se está despidiendo de ti —comentó el abuelo jocoso. Pero Lisa sabía que las movedizas ramas la estaban llamando.
Cuando la joven se retiró a su habitación, los dedos del roble repiqueteaban en los cristales de la ventana con una insistencia y una urgencia tales que amenazaban con quebrarlos. Lisa comenzó a desnudarse, pero enseguida se detuvo, y, aproximándose a la ventana, echó las cortinas con un rápido movimiento. Acto seguido, terminó de despojarse de sus vestidos y se sumergió en el lecho.
El viento se colaba por las rendijas de la madera, y sus suspiros, unidos al rozar de las ramas contra el cristal, fueron inundando el alma de la muchacha que, al rato, se vio sumida en una extraña pesadilla.
Soñó que, a la pálida luz de la luna, que bañaba veladamente el cuarto, difuminada por la cortina interpuesta, abría un armario de roble y se probaba uno de los vestidos de su madre. Después, aproximándose al antiguo lavabo de loza, humedecía ligeramente un peine en agua e iba modelando sus cabellos de una manera distinta a la habitual. Un ligero toque de sombra en los párpados y una leve aplicación de colorete en las mejillas dieron fina a la transformación.
De pronto, un golpe de aire hizo rechinar las maderas, y, un segundo más tarde, la ventana se abrió de para en par. El viento inundó la estancia, y la cortina de lienzo revoloteó como una gran ave arrebatada por el huracán. La gran rama del roble crujía cerca de la ventana, y las ramas más menudas arañaban el marco como los dedos engarfiados de un asaltante que pretendiera introducirse en la habitación.
Bañada por la claridad lunar, Lisa se levantó del lecho, y, al tiempo que innumerables hojas del roble rozaban sus brazos desnudos, se acercó a ala ventana y la cerró no sin esfuerzo. El viento, al colarse entre las ramas del árbol, le arrancaba suspiros prolongados y tristes. La muchacha, hollando con sus pies descalzos las ásperas hojas de roble, volvió sobre sus pasos y se acostó nuevamente.
Al cabo de algunas horas, algo la sustrajo del intranquilo sueño en que se hallaba sumida. El viento había cesado por completo, y las ramas habían desistido de repicar contra los cristales. El lienzo rectangular pendía terso, y la luz de la luna dibujaba contra él la silueta de la ventana. El aullido de un perro en la lejanía ascendía vertical hacia el cielo estrellado.
Cuando Lisa abrió la puerta del armario, el reflejo de la luna recorrió como un fugaz relámpago las paredes de la habitación. Su mano, guiada quién sabe por qué misterioso influjo, se alzó hasta la barra metálica y descolgó un vestido que no le pertenecía.
Se contempló ante el espejo ataviada con aquel antiguo atuendo, y, con un gesto sonámbulo, ordenó su peinado pasando después del dedo corazón por el arco de sus cejas. Reacomodó los volantes del encaje balcón sobre su pecho y se detuvo largo rato mirándose bajo la fantasmal luz del astro nocturno. Un chasquido resonó en el cristal de la ventana. Lisa volvió la cabeza en aquella dirección y al cabo de unos instantes se repitió aquel leve crujido. Se hubiera dicho que, desde el exterior, alguien lanzaba piedrecitas contra la ventana para llamar la atención de la muchacha.
Descorrió lentamente la cortina de lienzo, y, procurando no hacer ruido, fue abriendo con sigilo la ventana. Instantes después se apoyaba en el alféizar ofreciendo la mitad de su cuerpo a la noche. Desde aquella posición contempló el roble. La ausencia de viento hacía que sus ramas se mantuvieran inmóviles y dirigidas hacia el lugar en que ella se encontraba. La opalina claridad de la luna se derramaba sobre el árbol, que bajo aquel manto frío parecía bañado por gélida escarcha. La sombra producida por la copa proyectaba un denso círculo de oscuridad que mantenía oculta la zona del tronco. El reflejo de la luna propiciaba el ambiente fantástico al arrancar reflejos metálicos de los pendientes frutos.
De súbito, una ligera ráfaga de viento estremeció las ramas más pequeñas del roble, y aquel movimiento se transmitió hasta las alturas. Las ásperas hojas acariciaron los brazos desnudos de Lisa y trazando en ellos delgadas líneas blanquecinas. La brisa cesó, y en aquel hiriente silencio nocturno, un susurro llegó desde la sombría base del árbol hasta los oídos de la muchacha. «Lisa, Lisa», creyó sentir confusamente.
Como obedeciendo a algún mandato extraño, la joven, de igual manera que en tantas ocasiones, salió a través de la ventana y puso sus pies descalzos sobre la gran rama del roble. De algún modo sabía que aquella era la última vez que podría intentarlo; que a partir de aquella noche habría perdido definitivamente la necesaria ingenuidad fruto de la niñez; que aquella iba a ser la postrera ocasión en que descendería hasta el suelo d aquel modo.
Sintiendo bajo sus plantas las rugosidades de la gran rama, caminó como una fantasmal funámbula apartando suavemente la hojarasca. Apenas había dado dos pasos, cuando se sintió rodeada por la maraña vegetal. Las pequeñas ramas se enganchaban en el vestido igual que dedos que desearan apresarla, las boscosas hojas arañaban su piel y retenían sus cabellos. La rugosa corteza cosquilleaba la planta de sus pies a cada paso. Nuevamente un susurro se elevó desde la oscuridad. «Lisa», oyó, al tiempo que la sangre palpitaba en sus oídos.
En aquel momento se levantó una ligera brisa que, en pocos segundos, adquirió una fuerza inusitada. La muchacha extendió los brazos en cruz y, agarrándose a las ramas laterales, continuó el descenso. La fuerza del viento arreció, y la gran rama por la que caminaba se meció a impulsos del huracán. Una ráfaga arrancó numerosas hojas que se enredaron en los cabellos de la muchacha, y, mezclado con el naciente ulular del viento, un nuevo suspiro surgió muy cerca del tronco.
—«Lisa...»
Incapaz de mirar hacia abajo, con los cinco sentidos puestos en guardar el equilibrio, la muchacha, impertérrita, y sin que la mínima muestra de pánico aflorara a sus ojos, continuó el descenso. En aquel momento, una sombra se separó de la oscura zona en que estaba sumido el tronco, y una figura humana se encaminó hacia la puerta de la casa.
—«Lisa...»
Sólo dos pasos más y llegaría a la zona del tronco, al que podría asirse con más seguridad. El aire hacía ondear el blanco vestido de la joven, y todas las ramas, como si el huracán las hubiera dotado de vida independiente, rodeaban el cuerpo de Lisa en un apretado abrazo que cada vez iba haciéndose más estrecho.
—«Lisa...»
Esta vez, la muchacha no pudo impedirse mirar hacia la ventana, y, al percibir la silueta del hombre que la contemplaba con los brazos apoyados en el alféizar, lanzó un grito de terror. Aquella sonrisa era algo que había llegado a conocer muy bien.
Al girar la cabeza, perdió el sentido del equilibrio y vaciló. El huracán adquirió una fuerza tan brutal que amenazaba con arrancar de cuajo el árbol. Un momento después, al intentar alcanzar el tronco con sus manos, Lisa perdió pie y se desplomó en el vacío, pero, antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo, las ramas más bajas, seguramente impulsadas por el viento, formaron un ligero entramado que fue suficiente para aliviar la fuerza de la caída. En aquel momento, se desató toda la furia del vendaval. Se escuchó un horrísono crujido, y el roble, abatido por la violencia del huracán, se desplomó contra la casa aplastando en su caída a la figura que contemplaba el cuerpo de Lisa en tierra.
Si la muchacha no hubiera perdido el conocimiento al precipitarse en el suelo, se habría apercibido de que, dos metros más allá, justamente al lado de donde, segundos antes, se encontraba el tronco del roble, se hallaba un maleta de madera como as que dan en la prisión de Villarta a los reclusos que acaban de cumplir su condena.
2 jun 2011
EL ASESINO DE LA SECCION DE ANUNCIOS POR PALABRAS por Alberto S. Insúa
Cada mañana, muy temprano, el asesino de la sección de anuncios por palabras sale de su casa y se encamina con paso rápido a la parada de autobús que ha de conducirle al centro de la ciudad. Llegado a su destino pasea, mezclado con la multitud, y cuando sabe que nadie le observa ni es capaz de reconocerle, se acerca a un kiosco, compra un diario, y se aleja con él bajo el brazo. Deambulará todavía algo más hasta que se decida a abrirlo, y despreciando los grandes titulares y las páginas de noticias, se concentrará en la sección de anuncios por palabras. Tanto si encuentra lo que busca como si no, abandonará el periódico en una papelera, y comprará en el próximo kiosco un periódico distinto, que ha de correr la misma suerte, hasta completar la serie de todos los que se publican en la ciudad e incluyen entre sus páginas una sección de anuncios por palabras, que sólo él sabe interpretar.
Los anuncios no son siempre iguales, pero él los reconoce enseguida. No ha sido fácil conseguir que sus posibles clientes conozcan su existencia y la forma de establecer contacto. «El que no anuncia no triunfa» reza una vieja máxima comercial. Después de cometer su primer crimen y el más difícil de quedar impune, pues contaba con un móvil personal bien evidente, pensó en seguir matando para ganarse la vida. Pero, ¿cómo anunciar sus servicios? Cavilando, encontró una forma indirecta en combinación con una revista sensacionalista de gran tirada. Un anónimo bien pergueñado, firmado por «un hampón arrepentido», saltó a las páginas estivales entre algunas más serpientes de verano con grandes titulares: Un negocio repugnante, el de la muerte; Asesinos a sueldo; El Hampa mata por encargo; Un puñado de billetes por la vida de un hombre, etc. El reportaje incluía todo lujo de detalles e incluso modelos de anuncios.
La policía no tomó en consideración el artículo por dos razones: ninguna organización de ese tipo había sido detectada, y proviniendo la información de quien provenía no parecía fiable; pero en cambio hubo personas en cuyo cerebro quedó marcada la noticia, e hizo germinar en él una idea: que un ser humano, cercano a ellos, podía morir con el mínimo riesgo y el máximo beneficio.
Fue bien entrado el otoño cuando el asesino descubrió, perdido entre otros muchos, un anuncio que podía
estarle dirigido. Utilizó para el contacto el mismo método que usa ahora ante un anuncio similar.
Es una persona de gran memoria visual. Antes de tirar el diario su cerebro toma nota de un número de
teléfono y lo va repitiendo de forma obsesiva mientras se aleja. Andará muchas calles hasta encontrar una
cabina aislada, y sus manos ágiles, calzadas con guantes de finísimo cuero, introducirán las monedas, descolgarán el receptor y marcarán en el disco las cifras memorizadas. Esperará hasta escuchar la voz de su posible cliente, y la suya, neutra e irreconocible, musitará apenas un par de docenas de palabras.
—He leído su anuncio. Soy la persona que busca. Mi tarifa es… (y aquí señalará una cifra no excesivamente abultada que varía de año en año con la inflación). Sólo necesito el nombre de la persona y su dirección. Piénselo. Volveré a llamar dentro de una hora.
Sin esperar respuesta colgará. Luego se alejará rápidamente. El ferrocarril subterráneo le llevará al otro extremo de la ciudad. En una nueva cabina repetirá la llamada. Pueden suceder dos cosas: que se haya equivocado al valorar el anuncio, o que, efectivamente, el cliente demandaba sus servicios. En el primer caso, una voz sorprendida pedirá, inútilmente, explicaciones; recibiendo por toda réplica el corte de la comunicación. En el segundo, la respuesta llegará lacónica:
—De acuerdo se trata de…
Dando lugar a una réplica también concisa:
—Prepare el dinero. Tendrá noticias mías dentro de una semana.
Ese plazo de tiempo le permitirá localizar a la persona señalada y preparar su trabajo. Una tercera llamada fijará el día y la hora. Aunque eso es competencia del cliente, él da todo tipo de facilidades para que se cubra las espaldas y prepare una coartada perfecta.
Puntualmente, realiza el encargo. No le gustan las violencias excesivas ni la efusión de sangre, aunque a veces resulte inevitable. En general, prefiere actuar de forma que el resultado simule ser un hecho accidental.
Efectuado el trabajo, nunca antes, cobra sus emolumentos en metálico. El procedimiento de recibir el dinero suele ser complejo. Unas veces son paquetes abandonados, otras, carteras que cambian de mano en el metro, el autobús, en la aglomeración de unos grandes almacenes, o en plena calle. Su habilidad ha hecho posible el que, hasta ahora, en ninguna de estas transacciones, sus clientes hayan podido identificarle. Cobrar después tiene sus razones. Con un crimen de por medio, sólo un loco sería capaz de avisar a la policía, ya que eso equivaldría a delatarse; y es impensable una celada; ningún policía ordenaría un crimen para luego detener al asesino. Un último dato: su sentido profesional le impide recurrir al chantaje. Una vez que el cliente ha pagado, y ninguno —por la cuenta que le trae— deja de pagar, no volverá a tener jamás noticias suyas.
La anciana señora asciende renqueante a la inmóvil cabina del teleférico y trata de instalarse lo más cómodamente posible en su interior. Sonríe. Esta aventura la ilusiona, como si fuera una colegiala. Su cara se ensombrece un momento pensando en la posibilidad del mareo. Tonterías, no tiene por qué marearse. Han sido muy amables echando en su buzón de correos una invitación para un viaje de ida y vuelta. De no ser por eso es seguro que a ella ni se le hubiera ocurrido y se habría perdido la emoción de sobrevolar la ciudad, y contemplar su panorámica aérea. Desde luego que viajar gratis añade un aliciente más a la aventura. No es que ella sea roñosa, eso no, pero no se debe gastar dinero en cosas superfluas. Claro, que la juventud es otra cosa. Por ejemplo su sobrina Violeta. Gasta demasiado. A ella le resulta violento negarle dinero cuando se lo pide, pero tiene que comprenderla. Es su forma de ser. A fin de cuentas, todo será suyo, llegado su momento. Es lástima que esté de viaje y no pueda acompañarla en su bautismo aéreo. Bueno, tomará el té en la cafetería de la terminal, y al regresar el espectáculo será distinto. Habrá anochecido y verá las luces nocturnas de la ciudad.
La cabina se pone en marcha. Sola y nerviosa la anciana señora siente de repente un cierto vacío en el estómago. Pasa bastante tiempo hasta que se atreve a mirar hacia abajo.
La anciana señora está de nuevo en la cabina, dispuesta a iniciar el viaje de vuelta. Está contenta. La merienda no ha sido cara y no se ha mareado. Como esperaba, ya ha anochecido. La puerta de la cabina se abre. Una figura cubierta con una abrigo oscuro, sombrero, bufanda, guantes y gafas negras se instala frente a ella. Bueno, va a tener compañía. Sonríe a su oponente, y éste le devuelve el saludo con una inclinación de cabeza. La cabina se ha puesto en marcha. Toma la curva de salida y lentamente comienza a alejarse del andén.
La anciana levanta la cabeza y sonríe de nuevo, un segundo antes de que la mano enguantada golpee su sien con una media rellena de arena. Al caer al suelo su estrafalario sombrero se separa de la cabeza. Sin apresuramiento, las manos enguantadas manipulan con una llave maestra el mecanismo de cierre. La puerta de la cabina se abre, y a las manos, eligiendo el momento preciso, empujan el cuerpo caído que se precipita en el vacío. El sombrero de la anciana señora sigue inmediatamente el mismo camino. Luego la puerta se cierra con un chasquido.
El clic de la llave resuena en la penumbra del apartamento vacío, y la puerta se abre sin ruido, para cerrarse una segundo después. El cono de luz de una linterna recorre la habitación a media altura. Pasos quedos cruzan el salón, entran en el dormitorio, y avanzan hasta el cuarto de baño. Luego emprenden el camino de vuelta.
Mientras el baño se llena inundando el ambiente de nubes de vapor la joven muchacha reflexiona. Ha tomado una decisión y la va a mantener. Si ese imbécil se cree que puede abandonarla está listo. Ya se lo dijo el otro día muy claramente. Las cosas tienen un precio. Si quiere tranquilidad la tendrá, pero le va a salir bastante cara. Ella no tiene nada que perder y puede montar un escándalo de campeonato. ¡Habráse visto el muy cabrito!
La bañera está casi llena. La joven muchacha cierra los grifos y se quita el camisón, dejándolo caer sobre la alfombra. Ya dentro del baño, y entre la espuma, cierra los ojos con deleite. El horror hace que los abra de nuevo. Unas manos fuertes calzadas con guantes de goma, presionan su cabeza y la hunden en el agua, bajo la espuma, mientras el aire de sus pulmones asciende formando burbujas que se unen a las del jabón. Todavía tiene fuerzas para sacar una vez la cabeza del agua; pero las manos fuertes del asesino presionan hundiéndola de nuevo. Sus manos se crispan, aferrándose a los brazos criminales. Luego se sueltan y caen, sumergiéndose en el agua.
La presión de las manos calzadas con guantes de goma continúa todavía algún tiempo. Cuando finalmente sueltan, la cabeza de la muchacha sube a la superficie, con los ojos abiertos y fijos. Una de las toallas sirve para secar el par de guantes de goma que es sustituido por otro de cuero negro. Luego, la puerta del baño se cierra lentamente.
Solo en casa, el hombre de negocios medita preocupado. Está claro que ha habido un desfalco y que el responsable ha sido su socio. Después de la conversación del otro día, la cosa no tiene duda. Mañana mismo formulará la oportuna denuncia. Sorbe su whisky y mira el reloj. Es tarde. Cuando acabe la copa se irá a la cama.
El ascensor sube rápido hasta la planta sexta. Unos pies calzados con zapatos de gruesa suela de goma comienzan a descender silenciosamente las escaleras.
Dos plantas más abajo, una mano enguantada suavemente el timbre de una de las puertas. La luz de la escalera está apagada, y así permanece hasta que la puerta se abre y la claridad procedente del interior del apartamento transforma la oscuridad en penumbra.
El hombre de negocios, sorprendido al no ver a nadie, avanza unos pasos. En ese momento, una sombra oscura, que ha esperado agazapada en el quicio de la puerta continua, golpea su cabeza con la media rellena de arena.
El hombre de negocios trastabilla; y su atacante tiene tiempo de sujetarle antes de que se desplome. Luego, arrastra el cuerpo hasta la puerta del ascensor y lo deposita en el suelo. Las manos enguantadas desbloquean el mecanismo de cierre con una llave maestra y abren la puerta; el pie derecho del asesino evita que vuelva a cerrarse, mientras sus manos arrastran un poco más el cuerpo caído, y lo precipita por el hueco del ascensor. Hay un ruido sordo y luego el débil sonido de las puertas que se cierran: la del ascensor, y la del apartamento ahora vacío. Luego los grandes zapatones de suela de goma comienzan a descender en silencio las escaleras. Un par de minutos más tarde, el ascensor comienza su retorno hasta la planta baja.
El señor Parodi bebe su último sorbo de café y sonríe a su esposa.
—Bueno, me marcho. Por cierto, mañana salgo de viaje. Sólo dos días.
Nélida arruga el gesto.
—Ya sabes que no me gusta quedarme sola.
—Ya lo sé. Pero el negocio obliga. Tengo que ver a unos proveedores. No te enfades, a fin de cuentas el dinero es tuyo. Yo sólo velo por tus intereses.
Hay una cierta sorna en sus últimas palabras que Nélida advierte. Va a replicar, pero se contiene.
Han pasado un par de horas desde la marcha de su marido, y Nélida sale al jardín. Sufre un síndrome que afecta de forma notable a las mujeres ricas y ociosas: se aburre, y decide, por tanto, cortar unas rosas para adornar el salón.
Una voz juvenil hace que levante la cabeza. Silvia, su joven vecina, está sentada a caballo sobre la tapia de separación.
—¡Hola, Nélida! ¿Qué haces?
—No hago nada, y por lo que veo, tu tampoco.
—Tendría que estar estudiando, pero me aburro. Por cierto, el otro día llevabas un vestido nuevo. ¡Un sueño!
—A tu disposición. Un día si quieres entras y te lo pruebas, y si te está bien te lo presto.
—¿Lo dices en serio?
Una voz ronca llega autoritaria desde el fondo del jardín contiguo.
—¡Silvia! ¡Ven inmediatamente!
Silvia replica de mala gana.
—¡Voy mamá! ¡Adiós Nélida! Ya seguiremos hablando.
Silvia se deja caer sobre la hierba del jardín. Entra corriendo en la casa.
Su madre, la viuda Martín, espera muy enfadada.
—No sé cuántas veces voy a tener que decirte que no quiero que pases al chalet de al lado. ¿No tenías que estudiar?
—Sí, mamá, pero verás, Nélida tiene un traje nuevo y…
—¡Eso son tonterías! Eres una cría y te pasas el día pensando en trapos…
Continúa hablando, pero Silvia ya no la escucha. Está acostumbrada a las filípicas de su madre y piensa que es un ser insoportable. Que bien hizo su padre muriendo en aquel accidente. El tampoco podía soportarla, con su autoritarismo y su pinta hombruna, con esos pies y esas manos gigantescas, esos hombros cuadrados, y esa falta total de feminidad. Es una suerte que se pase los días y algunas noches fuera de casa.
Nélida está tumbada en la cama; leyendo, pero incapaz de concentrarse en la lectura. De vez en cuando levanta la cabeza y se ve reflejada en el espejo del tocador, donde se amontonan los cosméticos, los frascos de perfume y un pequeño maniquí soporta su peluca rubia. Es posible que su marido la llame por teléfono. A veces lo hace cuando está de viaje. Y como atendiendo a sus deseos escucha un timbrazo y descuelga inmediatamente el receptor. Pero no se trata del señor Parodi. Nélida escucha atenta, con expresión preocupada, contestando con monosílabos: Sí, claro; enseguida, no te preocupes… Cuelga y se queda un momento dudando. Luego marca el número de la casa de al lado.
—¿Silvia? Soy Nélida. ¿Podrías hacerme un favor?
Es realmente complicado atentar la vida de una persona que no sale de su casa. Embutido en su impermeable negro, con sus grandes zapatones de suela de goma y sus finos guantes de cuero, el asesino mira desde la acera el rectángulo de luz del dormitorio de Nélida. Por primera vez desde hace tiempo está inquieto y piensa que las cosas pueden desarrollarse de forma inconveniente. Pero tiene que cumplir con su encargo. Entrará en la casa y la matará. Luego, dispondrá todo para que parezca un robo. No hay otra solución. Abre con una ganzúa la puerta del jardín. No importa que queden señales, al contrario, puede ser conveniente. Sus pies calzados con gruesos zapatos de suela de goma cruzan el jardín sin ruido. Es suerte que no tengan perro.
Ha bordeado la casa, y fuerza ahora la cerradura de la puerta trasera, que da acceso a la cocina. Allí, elige entre el juego de cuchillos que cuelga de un panel el que considera más manejable. Sin ruido abre la puerta y entra en el salón comedor. Lentamente lo cruza y sale al hall, deteniéndose al pie de las escaleras. Escruta el silencio que llega de la planta superior. Luego, sus pies comienzan a subir la escalera, deteniéndose ante el más pequeño chasquido…
En el dormitorio, frente al espejo, el lápiz de labios completa la obra del maquillaje, y las manos, abandonando la barra de carmín ajustan la rubia peluca rizada, y luego bajan para alisar los pliegues del vestido de fiesta.
Lentamente, sin ruido, la puerta se abre lo suficiente para que una sombra oscura se deslice en el interior de la habitación. La penumbra impide que su imagen se refleje en el espejo. Sólo hay un destello de luz en la hoja brillante del cuchillo, firmemente sujeto por la mano enguantada; cuando el arma corta el aire y se hunde con rapidez en el cuerpo vuelto de espaldas.
Sólo un gemido ahogado precede al desplomarse del cuerpo sobre la alfombra. Al caer, la peluca se desprende de la cabeza y una larga melena rubia se extiende por el suelo.
El asesino retrocede ahogando una exclamación. Se adelanta de nuevo, y sus manos enguantadas dan rápidamente la vuelta al cuerpo caído, para comprobar con horror que ha matado a Silvia, a su hija, que está ahí, con la cara embadurnada de maquillaje y los ojos fijos para siempre.
—¿Silvia? Soy Nélida. ¿Podrías hacerme un favor? Tengo que salir y estoy esperando la llamada de mi marido. ¿Te importaría venir un momento a casa? No creo que tu madre se enfade. ¿Ha salido? No te olvides de dejarle una nota. Es mi sobrina, ¿sabes?, se ha puesto enferma y tengo que llevarla al sanatorio. No sé, supongo que apendicitis…
La viuda Martin se ha abrazado al cadáver y así continúa incluso cuando Nélida la descubre, y cuando llega después la policía. Es posible que piense en las cosas que tiene que hacer una viuda para mantener y educar una hija decentemente.
Los anuncios no son siempre iguales, pero él los reconoce enseguida. No ha sido fácil conseguir que sus posibles clientes conozcan su existencia y la forma de establecer contacto. «El que no anuncia no triunfa» reza una vieja máxima comercial. Después de cometer su primer crimen y el más difícil de quedar impune, pues contaba con un móvil personal bien evidente, pensó en seguir matando para ganarse la vida. Pero, ¿cómo anunciar sus servicios? Cavilando, encontró una forma indirecta en combinación con una revista sensacionalista de gran tirada. Un anónimo bien pergueñado, firmado por «un hampón arrepentido», saltó a las páginas estivales entre algunas más serpientes de verano con grandes titulares: Un negocio repugnante, el de la muerte; Asesinos a sueldo; El Hampa mata por encargo; Un puñado de billetes por la vida de un hombre, etc. El reportaje incluía todo lujo de detalles e incluso modelos de anuncios.
La policía no tomó en consideración el artículo por dos razones: ninguna organización de ese tipo había sido detectada, y proviniendo la información de quien provenía no parecía fiable; pero en cambio hubo personas en cuyo cerebro quedó marcada la noticia, e hizo germinar en él una idea: que un ser humano, cercano a ellos, podía morir con el mínimo riesgo y el máximo beneficio.
Fue bien entrado el otoño cuando el asesino descubrió, perdido entre otros muchos, un anuncio que podía
estarle dirigido. Utilizó para el contacto el mismo método que usa ahora ante un anuncio similar.
Es una persona de gran memoria visual. Antes de tirar el diario su cerebro toma nota de un número de
teléfono y lo va repitiendo de forma obsesiva mientras se aleja. Andará muchas calles hasta encontrar una
cabina aislada, y sus manos ágiles, calzadas con guantes de finísimo cuero, introducirán las monedas, descolgarán el receptor y marcarán en el disco las cifras memorizadas. Esperará hasta escuchar la voz de su posible cliente, y la suya, neutra e irreconocible, musitará apenas un par de docenas de palabras.
—He leído su anuncio. Soy la persona que busca. Mi tarifa es… (y aquí señalará una cifra no excesivamente abultada que varía de año en año con la inflación). Sólo necesito el nombre de la persona y su dirección. Piénselo. Volveré a llamar dentro de una hora.
Sin esperar respuesta colgará. Luego se alejará rápidamente. El ferrocarril subterráneo le llevará al otro extremo de la ciudad. En una nueva cabina repetirá la llamada. Pueden suceder dos cosas: que se haya equivocado al valorar el anuncio, o que, efectivamente, el cliente demandaba sus servicios. En el primer caso, una voz sorprendida pedirá, inútilmente, explicaciones; recibiendo por toda réplica el corte de la comunicación. En el segundo, la respuesta llegará lacónica:
—De acuerdo se trata de…
Dando lugar a una réplica también concisa:
—Prepare el dinero. Tendrá noticias mías dentro de una semana.
Ese plazo de tiempo le permitirá localizar a la persona señalada y preparar su trabajo. Una tercera llamada fijará el día y la hora. Aunque eso es competencia del cliente, él da todo tipo de facilidades para que se cubra las espaldas y prepare una coartada perfecta.
Puntualmente, realiza el encargo. No le gustan las violencias excesivas ni la efusión de sangre, aunque a veces resulte inevitable. En general, prefiere actuar de forma que el resultado simule ser un hecho accidental.
Efectuado el trabajo, nunca antes, cobra sus emolumentos en metálico. El procedimiento de recibir el dinero suele ser complejo. Unas veces son paquetes abandonados, otras, carteras que cambian de mano en el metro, el autobús, en la aglomeración de unos grandes almacenes, o en plena calle. Su habilidad ha hecho posible el que, hasta ahora, en ninguna de estas transacciones, sus clientes hayan podido identificarle. Cobrar después tiene sus razones. Con un crimen de por medio, sólo un loco sería capaz de avisar a la policía, ya que eso equivaldría a delatarse; y es impensable una celada; ningún policía ordenaría un crimen para luego detener al asesino. Un último dato: su sentido profesional le impide recurrir al chantaje. Una vez que el cliente ha pagado, y ninguno —por la cuenta que le trae— deja de pagar, no volverá a tener jamás noticias suyas.
La anciana señora asciende renqueante a la inmóvil cabina del teleférico y trata de instalarse lo más cómodamente posible en su interior. Sonríe. Esta aventura la ilusiona, como si fuera una colegiala. Su cara se ensombrece un momento pensando en la posibilidad del mareo. Tonterías, no tiene por qué marearse. Han sido muy amables echando en su buzón de correos una invitación para un viaje de ida y vuelta. De no ser por eso es seguro que a ella ni se le hubiera ocurrido y se habría perdido la emoción de sobrevolar la ciudad, y contemplar su panorámica aérea. Desde luego que viajar gratis añade un aliciente más a la aventura. No es que ella sea roñosa, eso no, pero no se debe gastar dinero en cosas superfluas. Claro, que la juventud es otra cosa. Por ejemplo su sobrina Violeta. Gasta demasiado. A ella le resulta violento negarle dinero cuando se lo pide, pero tiene que comprenderla. Es su forma de ser. A fin de cuentas, todo será suyo, llegado su momento. Es lástima que esté de viaje y no pueda acompañarla en su bautismo aéreo. Bueno, tomará el té en la cafetería de la terminal, y al regresar el espectáculo será distinto. Habrá anochecido y verá las luces nocturnas de la ciudad.
La cabina se pone en marcha. Sola y nerviosa la anciana señora siente de repente un cierto vacío en el estómago. Pasa bastante tiempo hasta que se atreve a mirar hacia abajo.
La anciana señora está de nuevo en la cabina, dispuesta a iniciar el viaje de vuelta. Está contenta. La merienda no ha sido cara y no se ha mareado. Como esperaba, ya ha anochecido. La puerta de la cabina se abre. Una figura cubierta con una abrigo oscuro, sombrero, bufanda, guantes y gafas negras se instala frente a ella. Bueno, va a tener compañía. Sonríe a su oponente, y éste le devuelve el saludo con una inclinación de cabeza. La cabina se ha puesto en marcha. Toma la curva de salida y lentamente comienza a alejarse del andén.
La anciana levanta la cabeza y sonríe de nuevo, un segundo antes de que la mano enguantada golpee su sien con una media rellena de arena. Al caer al suelo su estrafalario sombrero se separa de la cabeza. Sin apresuramiento, las manos enguantadas manipulan con una llave maestra el mecanismo de cierre. La puerta de la cabina se abre, y a las manos, eligiendo el momento preciso, empujan el cuerpo caído que se precipita en el vacío. El sombrero de la anciana señora sigue inmediatamente el mismo camino. Luego la puerta se cierra con un chasquido.
El clic de la llave resuena en la penumbra del apartamento vacío, y la puerta se abre sin ruido, para cerrarse una segundo después. El cono de luz de una linterna recorre la habitación a media altura. Pasos quedos cruzan el salón, entran en el dormitorio, y avanzan hasta el cuarto de baño. Luego emprenden el camino de vuelta.
Mientras el baño se llena inundando el ambiente de nubes de vapor la joven muchacha reflexiona. Ha tomado una decisión y la va a mantener. Si ese imbécil se cree que puede abandonarla está listo. Ya se lo dijo el otro día muy claramente. Las cosas tienen un precio. Si quiere tranquilidad la tendrá, pero le va a salir bastante cara. Ella no tiene nada que perder y puede montar un escándalo de campeonato. ¡Habráse visto el muy cabrito!
La bañera está casi llena. La joven muchacha cierra los grifos y se quita el camisón, dejándolo caer sobre la alfombra. Ya dentro del baño, y entre la espuma, cierra los ojos con deleite. El horror hace que los abra de nuevo. Unas manos fuertes calzadas con guantes de goma, presionan su cabeza y la hunden en el agua, bajo la espuma, mientras el aire de sus pulmones asciende formando burbujas que se unen a las del jabón. Todavía tiene fuerzas para sacar una vez la cabeza del agua; pero las manos fuertes del asesino presionan hundiéndola de nuevo. Sus manos se crispan, aferrándose a los brazos criminales. Luego se sueltan y caen, sumergiéndose en el agua.
La presión de las manos calzadas con guantes de goma continúa todavía algún tiempo. Cuando finalmente sueltan, la cabeza de la muchacha sube a la superficie, con los ojos abiertos y fijos. Una de las toallas sirve para secar el par de guantes de goma que es sustituido por otro de cuero negro. Luego, la puerta del baño se cierra lentamente.
Solo en casa, el hombre de negocios medita preocupado. Está claro que ha habido un desfalco y que el responsable ha sido su socio. Después de la conversación del otro día, la cosa no tiene duda. Mañana mismo formulará la oportuna denuncia. Sorbe su whisky y mira el reloj. Es tarde. Cuando acabe la copa se irá a la cama.
El ascensor sube rápido hasta la planta sexta. Unos pies calzados con zapatos de gruesa suela de goma comienzan a descender silenciosamente las escaleras.
Dos plantas más abajo, una mano enguantada suavemente el timbre de una de las puertas. La luz de la escalera está apagada, y así permanece hasta que la puerta se abre y la claridad procedente del interior del apartamento transforma la oscuridad en penumbra.
El hombre de negocios, sorprendido al no ver a nadie, avanza unos pasos. En ese momento, una sombra oscura, que ha esperado agazapada en el quicio de la puerta continua, golpea su cabeza con la media rellena de arena.
El hombre de negocios trastabilla; y su atacante tiene tiempo de sujetarle antes de que se desplome. Luego, arrastra el cuerpo hasta la puerta del ascensor y lo deposita en el suelo. Las manos enguantadas desbloquean el mecanismo de cierre con una llave maestra y abren la puerta; el pie derecho del asesino evita que vuelva a cerrarse, mientras sus manos arrastran un poco más el cuerpo caído, y lo precipita por el hueco del ascensor. Hay un ruido sordo y luego el débil sonido de las puertas que se cierran: la del ascensor, y la del apartamento ahora vacío. Luego los grandes zapatones de suela de goma comienzan a descender en silencio las escaleras. Un par de minutos más tarde, el ascensor comienza su retorno hasta la planta baja.
El señor Parodi bebe su último sorbo de café y sonríe a su esposa.
—Bueno, me marcho. Por cierto, mañana salgo de viaje. Sólo dos días.
Nélida arruga el gesto.
—Ya sabes que no me gusta quedarme sola.
—Ya lo sé. Pero el negocio obliga. Tengo que ver a unos proveedores. No te enfades, a fin de cuentas el dinero es tuyo. Yo sólo velo por tus intereses.
Hay una cierta sorna en sus últimas palabras que Nélida advierte. Va a replicar, pero se contiene.
Han pasado un par de horas desde la marcha de su marido, y Nélida sale al jardín. Sufre un síndrome que afecta de forma notable a las mujeres ricas y ociosas: se aburre, y decide, por tanto, cortar unas rosas para adornar el salón.
Una voz juvenil hace que levante la cabeza. Silvia, su joven vecina, está sentada a caballo sobre la tapia de separación.
—¡Hola, Nélida! ¿Qué haces?
—No hago nada, y por lo que veo, tu tampoco.
—Tendría que estar estudiando, pero me aburro. Por cierto, el otro día llevabas un vestido nuevo. ¡Un sueño!
—A tu disposición. Un día si quieres entras y te lo pruebas, y si te está bien te lo presto.
—¿Lo dices en serio?
Una voz ronca llega autoritaria desde el fondo del jardín contiguo.
—¡Silvia! ¡Ven inmediatamente!
Silvia replica de mala gana.
—¡Voy mamá! ¡Adiós Nélida! Ya seguiremos hablando.
Silvia se deja caer sobre la hierba del jardín. Entra corriendo en la casa.
Su madre, la viuda Martín, espera muy enfadada.
—No sé cuántas veces voy a tener que decirte que no quiero que pases al chalet de al lado. ¿No tenías que estudiar?
—Sí, mamá, pero verás, Nélida tiene un traje nuevo y…
—¡Eso son tonterías! Eres una cría y te pasas el día pensando en trapos…
Continúa hablando, pero Silvia ya no la escucha. Está acostumbrada a las filípicas de su madre y piensa que es un ser insoportable. Que bien hizo su padre muriendo en aquel accidente. El tampoco podía soportarla, con su autoritarismo y su pinta hombruna, con esos pies y esas manos gigantescas, esos hombros cuadrados, y esa falta total de feminidad. Es una suerte que se pase los días y algunas noches fuera de casa.
Nélida está tumbada en la cama; leyendo, pero incapaz de concentrarse en la lectura. De vez en cuando levanta la cabeza y se ve reflejada en el espejo del tocador, donde se amontonan los cosméticos, los frascos de perfume y un pequeño maniquí soporta su peluca rubia. Es posible que su marido la llame por teléfono. A veces lo hace cuando está de viaje. Y como atendiendo a sus deseos escucha un timbrazo y descuelga inmediatamente el receptor. Pero no se trata del señor Parodi. Nélida escucha atenta, con expresión preocupada, contestando con monosílabos: Sí, claro; enseguida, no te preocupes… Cuelga y se queda un momento dudando. Luego marca el número de la casa de al lado.
—¿Silvia? Soy Nélida. ¿Podrías hacerme un favor?
Es realmente complicado atentar la vida de una persona que no sale de su casa. Embutido en su impermeable negro, con sus grandes zapatones de suela de goma y sus finos guantes de cuero, el asesino mira desde la acera el rectángulo de luz del dormitorio de Nélida. Por primera vez desde hace tiempo está inquieto y piensa que las cosas pueden desarrollarse de forma inconveniente. Pero tiene que cumplir con su encargo. Entrará en la casa y la matará. Luego, dispondrá todo para que parezca un robo. No hay otra solución. Abre con una ganzúa la puerta del jardín. No importa que queden señales, al contrario, puede ser conveniente. Sus pies calzados con gruesos zapatos de suela de goma cruzan el jardín sin ruido. Es suerte que no tengan perro.
Ha bordeado la casa, y fuerza ahora la cerradura de la puerta trasera, que da acceso a la cocina. Allí, elige entre el juego de cuchillos que cuelga de un panel el que considera más manejable. Sin ruido abre la puerta y entra en el salón comedor. Lentamente lo cruza y sale al hall, deteniéndose al pie de las escaleras. Escruta el silencio que llega de la planta superior. Luego, sus pies comienzan a subir la escalera, deteniéndose ante el más pequeño chasquido…
En el dormitorio, frente al espejo, el lápiz de labios completa la obra del maquillaje, y las manos, abandonando la barra de carmín ajustan la rubia peluca rizada, y luego bajan para alisar los pliegues del vestido de fiesta.
Lentamente, sin ruido, la puerta se abre lo suficiente para que una sombra oscura se deslice en el interior de la habitación. La penumbra impide que su imagen se refleje en el espejo. Sólo hay un destello de luz en la hoja brillante del cuchillo, firmemente sujeto por la mano enguantada; cuando el arma corta el aire y se hunde con rapidez en el cuerpo vuelto de espaldas.
Sólo un gemido ahogado precede al desplomarse del cuerpo sobre la alfombra. Al caer, la peluca se desprende de la cabeza y una larga melena rubia se extiende por el suelo.
El asesino retrocede ahogando una exclamación. Se adelanta de nuevo, y sus manos enguantadas dan rápidamente la vuelta al cuerpo caído, para comprobar con horror que ha matado a Silvia, a su hija, que está ahí, con la cara embadurnada de maquillaje y los ojos fijos para siempre.
—¿Silvia? Soy Nélida. ¿Podrías hacerme un favor? Tengo que salir y estoy esperando la llamada de mi marido. ¿Te importaría venir un momento a casa? No creo que tu madre se enfade. ¿Ha salido? No te olvides de dejarle una nota. Es mi sobrina, ¿sabes?, se ha puesto enferma y tengo que llevarla al sanatorio. No sé, supongo que apendicitis…
La viuda Martin se ha abrazado al cadáver y así continúa incluso cuando Nélida la descubre, y cuando llega después la policía. Es posible que piense en las cosas que tiene que hacer una viuda para mantener y educar una hija decentemente.
29 may 2011
EL PANTANO por Mariano Sanz F. de Córdoba
Detuvo el automóvil y señaló a su compañera el paraje que se ofrecía ante ellos. En efecto, aquella pequeña cala rodeada de encinas que constituía la puerta de acceso al gran pantano que divisaban desde su privilegiado punto de observación era el lugar idóneo que estaban buscando. El vehículo descendió por el reseco sendero que conducía al pantano y poco más tarde ambos jóvenes se acercaron, estrechamente abrazados, al punto donde las aguas remansadas se unían con la arena. Sonrieron, y un beso confirmó el tácito acuerdo de detenerse en aquel lugar.
Regresaron junto al automóvil y, mientras extraían del mismo los enseres necesarios para establecer el pequeño campamento, comentaron la suerte que habían tenido al encontrar aquel sitio. La tarde estaba cayendo y ya temían que tendrían que continuar el camino hasta llegar a otra población donde, como la noche anterior, habrían de conformarse con el impersonal lecho de cualquier hostal. Y ese no era el plan que tenían trazado para disfrutar intensamente durante aquel viaje de novios. Al contrario, deseaban pasar aquellos maravillosos días juntos y solos, en contacto con la naturaleza, perdidos en los lugares más remotos, y ocultos a las miradas del mundo... Y por fin habían encontrado el lugar con el que soñaban.
Aún no estaba instalada la tienda de campaña cuando comenzaron a juguetear por los alrededores del improvisado campamento. Corrieron por la ribera del lago artificial, se persiguieron entre las encinas que circundaban el lugar, se empujaron por las cercanías del campamento y, finalmente, dejaron que sus cuerpos se amaran junto a la orilla del pantano.
Extenuados, quedaron tendidos de cara al cielo y el incipiente crepúsculo llenó sus miradas. Al cabo de un rato, la mujer se sentó y, lentamente, miró en todas direcciones.
– ¡Qué raro...! –murmuró.
– ¿Qué dices? –dijo su compañero, distraídamente.
– El silencio... ¿no notas el silencio? El extraño... Ni siquiera se escuchan los pájaros. Ya sé que nos encontramos muy lejos de cualquier pueblo, pero al menos deberíamos escuchar el canto de los pájaros. No sé... este silencio me da miedo.
– No digas tonterías, Ana –dijo el chico, incorporándose–. Hemos estado tres días huyendo de la gente y ahora, cuando por fin encontramos un lugar donde podemos estar juntos y solos, dices que te da miedo. Este sitio es magnífico.
–No sé... me parece como si le faltara vida.
–Vamos, vamos... –dijo, tendiendo la mano a su mujer–. No te imagines cosas raras, ¿quieres? Además, en este pantano podré hacer pesca submarina. Mira, vamos a terminar de montar la tienda y luego, mientras preparas la cena, iré a ver si pesco algo.
– ¿No es ya un poco tarde?
–Todavía hay suficiente luz. Vamos, no discutamos más. Te prometo que esta noche comeremos pescado frito.
Cuando terminaron de instalar la tienda y mientras Ana atendía los últimos detalles para dar a la rústica morada las mayores comodidades, su marido se puso el bañador, acondicionó el bote neumático, comprobó el funcionamiento de su fusil de aire comprimido, echó las aletas y la careta al interior del bote y arrastró su medio de transporte al agua. Luego se acercó a su mujer.
–Si quieres, puedes encender una fogata para calentarte; así, podremos cocinar luego lo que traiga.
–Prepararé mejor algunas de las latas que tenemos –rió ella–. ¿De verdad no piensas que es un poco tarde ya...? Podrías ir mañana a pescar.
–No, no quiero desaprovechar este instante. Volveré antes de que oscurezca del todo, ¿de acuerdo?
El hombre agradeció la atención de su mujer con un beso y se dirigió al bote. Auxiliado por un pequeño motor, la embarcación se alejó rápidamente. Cuando el ruido dejó de escucharse, la joven esposa regresó junto a la tienda de campaña y terminó de acondicionarla. Cuando lo hubo conseguido, se sentó a al entrada de la misma, cansada, pero satisfecha de la labor realizada. Fue en aquellos momentos cuando volvió a sentir la misma inquietud que poco antes había experimentado. Aquel silencio ni siquiera violado por el rumor de la brisa del aire, el paraje tan extraordinariamente abandonado, aquel universo del que parecía haber escapado todo signo de vida, la soledad y la tensa tranquilidad que envolvía todo, el silencio... el silencio...
Queriendo vencer al miedo que le producía su propio miedo –o, en cualquier caso, al miedo a lo desconocido– decidió hacer cosas que le ayudaran a no reflexionar de nuevo acerca de aquellas sensaciones, al menos hasta que regresara su marido... ¿Y si no volvía hasta que fuera noche cerrada? No debería haberse marchado. No tardaría en anochecer y entonces...
Se reprochó de nuevo por haber dado rienda suelta a sus pensamientos y, dispuesta a rectificar, comenzó a recoger algunas ramas secas que se encontraban esparcidas por los alrededores –lo cual no le resultó difícil pues el caluroso verano se había dejado notar incluso en aquel recóndito lugar– y al cabo de cierto tiempo tuvo dispuesta una pequeña fogata. Como no sabía si la madera de encina tardaría mucho tiempo en consumirse, decidió hacer una buena provisión de ella pues deseaba dejar el fuego encendido por la noche.
Aquella operación se prolongó bastante tiempo y en una de sus idas y venidas portando ramas, observó que algo avanzaba por el pantano en su dirección. Corrió hasta el borde del agua y, como aún había luz, pudo distinguir en seguida la silueta de la embarcación que se acercaba. No, no era su marido. Se trataba de una embarcación de madera de mediano tamaño –aunque mayor que las típicas barcas de recreo que se pueden observar en los estanques de algunas ciudades– de similares características a las que empleaban algunos pescadores de la región, y pudo ver la figura de un hombre que remaba vigorosamente. No obstante, no fue capaz de distinguir las facciones de aquella persona porque se encontraba de espaldas a ella y llevaba un impermeable oscuro cuyo capuchón le cubría la cabeza, pero creyó adivinar que avanzaba en su dirección. La nueva presencia humana reconfortó en cierta manera su ánimo, pues, aunque amaba la soledad, aquellos parajes desiertos le habían llegado a atemorizar.
Cuando la barca llegó a la orilla, el hombre saltó a tierra y encalló con cierta dificultada su presumible herramienta de trabajo. Ana se mantuvo donde estaba, pero sabía que aquel hombre iría hacia ella.
–Buenas tardes –dijo el recién llegado, alzando su enguantada mano derecha.
Vio que caminaba despacio y la sonrisa que enmarcaba su rostro invitaba a confiar en él. Era un hombre vigoroso, de mediana edad, curtido y, aparentemente, poco acostumbrado a frecuentar los contactos sociales. Ana se fijó especialmente en sus grandes ojos azules, casi acuosos, que escrutaban cuanto le rodeaba. La mujer le tendió la mano y el hombre se la estrechó sin quitarse los guantes de goma con que se cubría. Ana comprendió que aquel hombre tenía dificultad para entablar diálogo y quiso ayudarle.
– ¿Viene de pesca? –dijo, sonriendo.
–Sí –replicó el hombre, señalando su barca–. Ahí tengo los reteles con algunos crustáceos que he recogido.
– ¿Cangrejos? –insistió ella.
–Sí, mayormente... Pero también hay otras especies.
Era difícil romper la barrera de silencio que los separaba tras pronunciar cada frase. Ana pensó que la compañía de aquel hombre solitario – ¿sería el efecto de la mortecina luz lo que le inclinaba a pensar que las pupilas de aquellos ojos no estaban definidas y que todo el globo ocular tenía un extraño color azulado?– le permitiría sobrellevar la espera con más ánimo.
–He encendido un pequeño fuego allí, cerca de la tienda. Si quiere acompañarme, puedo ofrecerle café.
El hombre afirmó con la cabeza y poco después ambos estaban sentados junto al fuego. Ana miró al hombre que, al otro lado de las llamas que los separaban, saboreaba la bebida.
–Mi marido vendrá pronto. Ha ido a pescar.
– ¿A pescar?
–Sí. Quizá le haya visto usted.
– ¡Ah, sí! Llevaba un pequeño bote, ¿verdad?
–Sí. ¿Le ha visto?
–Hace un rato. Está lejos. Quizá demasiado.
– ¿Por qué dice eso?
–Bueno, no sé... La gente dice que este lugar no es bueno.
–A mí me parece que es un sitio magnífico.
–La gente lo dice. Pero, bueno, la gente generalmente miente. La gente siempre intente inventar excusas para protegerse de sus propias faltas. La gente es mentirosa y cínica. Siempre ha sido así.
– ¿Pero qué es lo que dice la gente?
– ¿No lo sabe? Se nota que no es usted de aquí. Si no, no se habría acercado a este maldito pantano. Los buceadores y la gente que practica la pesca submarina jamás entran en el pantano porque dicen que este lugar lleva consigo la muerte. Pero no quiero inquietarla. Sólo son historias que cuenta la gente supersticiosa.
–Me gustaría escucharlas. De esta manera, no estaré atormentándome todo el tiempo hasta que regrese mi marido. Aunque, si usted tiene prisa...
–Nunca tengo prisa –dijo tajantemente, sin apartar la mirada del fuego–. En fin, si usted desea conocer todas esas leyendas...
–Sí, por favor –dijo Ana, encogiéndose sobre sí misma pues empezaba a refrescar.
–Bien, todo tiene relación con este pantano –continuó el hombre centrando su atención en el crepitar de la hoguera, cuyas llamas lamían amorosamente los troncos–. Hace más de treinta años, este pantano no existía. En el lugar que ahora han invadido las aguas se alzaba un pequeño pueblo de gentes trabajadoras, como tantos otros. Las casas eran pequeñas, rústicas y pobres, pero los vecinos no se quejaban de ellas pues constituían sus hogares. Tampoco las tierras eran muy fértiles, pero eran amadas, trabajadas y cultivadas por los lugareños porque eran sus tierras y sus vidas. Sucedió que por aquellos días alguien decidió que para obtener el mejor aprovechamiento de este valle debía construirse un pantano. Debió de ser alguien importante, porque la Administración no tardó en dar su autorización para llevar a cabo tal proyecto. Nadie pensó –la gente nunca piensa en los demás, y menos aún si ni se puede obtener un beneficio por hacerlo– en los vecinos de aquel pueblo que debería ser anegado por las aguas. Al notificar a los lugareños la decisión, se les ofrecía la posibilidad de ir a vivir a unas confortables casas ubicadas en varias poblaciones cercanas y hasta se pagaron pequeñas indemnizaciones. Algunos se marcharon en seguida, otros más tarde, otros... otros nunca, como Juan el Loco».
A la mujer le pareció que las palabras de aquel hombre, ahora fluidas, habían adquirido una extraordinaria violencia tras las últimas frases, pero prefirió no interrumpir el relato.
«Juan el Loco era un buen hombre que jamás hizo mal a nadie. Era viudo y sus únicas compañías se reducían a su hijo –en aquella época muy pequeño– y a un perro de lanas que jamás abandonaba a su amo. Tenía unas pequeñas tierras en los alrededores del pueblo que le ayudaban a sobrevivir y también solía ayudar al cura cuando decía la Misa de los domingos. Juró una y mil veces que nunca se iría del pueblo, del lugar que amaba y donde reposaban los restos de su mujer; del lugar que era suyo. Sus tierras fueron expropiadas, pero él nunca aceptó tal hecho. Finalmente, todos se fueron y Juan el Loco quedó solo, con su hijo y su perro. Meses más tarde las autoridades le obligaron a abandonar su casa, pero tuvieron que sacarlo por la fuerza. Una semana más tarde el pueblo fue sepultado bajo las aguas. Durante los siguientes días se sucedieron muchas visitas para contemplar el trabajo realizado y fue en una de ellas cuando encontraron flotando en el pantano el cadáver del fiel pero de lanas. Sabiendo los lugareños que aquel animal jamás se separaba de Juan el Loco, buscaron a su dueño, pero no le pudieron localizar, como tampoco a su hijo. Se supo que cuando fue obligado a abandonar su tierra se refugió en la casa que le tenían asignada, pero que sólo permaneció allí un día. Entonces se temió que hubiera cometido al imprudencia de regresar al pueblo y alguien dijo que poco antes de que las aguas anegaran éste, se había escuchado el repicar de las campanas de la iglesia, y que el sonido sólo se había apagado cuando las aguas llegaron a la torre del campanario. para acallar las voces populares que comenzaban a resultar molestas, se decidió enviar un equipo de hombres-rana para efectuar un rastreo, pero poco después de comenzar tal iniciativa los buceadores informaron que el cieno, el lodo y el légamo lo cubrían todo, que la oscuridad era total y que en aquellos momentos resultaba sumamente peligroso adentrarse entre los edificios sumergidos. Quizá cupiera la posibilidad de hacerlo en el futuro, pero no en aquellos días. No obstante, pronto quedó olvidado el tema y todo permaneció como estaba».
Ana notó que aquel hombre estaba sufriendo una transformación. Ya no se limitaba a narrar una historia sino que hablaba para sí mismo, abstrayéndose de su presencia. Aprovechando el instante en el que el pescador detuvo el relato, miró al pantano, pero no descubrió señal alguna de su marido. Sintió frío, pero prefirió continuar junto al fuego escuchando aquella historia antes que entrar en la tienda y coger alguna prenda de abrigo. El hombre prosiguió.
«Sin embargo, pronto comenzaron a correr extraños comentarios y a circular singulares leyendas. Antes de que las últimas hojas de los árboles del viejo cementerio que aún sobresalían del pantano cayeran para siempre, se ahogaron dos jóvenes que practicaban pesca submarina. Más tarde, alguien instaló un tendedero pensando que las maravillas naturales de este lugar atraerían a los excursionistas. Cierto día, su único hijo entró en el pantano y nunca se volvió a saber de él; el padre fue a buscarle en una barquichuela y, cuando al día siguiente le encontraron tendido sobre la misma, se comprobó que había perdido la razón...posteriormente, murió en el centro sanitario donde había sido internado, suicidándose. Los accidentes se prodigaron de una manera tan alarmante en los siguientes años que las autoridades recomendaron a la población evitar este lugar. No obstante,, siempre había excursionistas poco prevenidos, incautos o desconocedores del lugar, que venían. En la mayoría de los casos no se volvía a saber de ellos, y en las contadas ocasiones en las que aparecían los cadáveres, éstos se encontraban en avanzado estado de descomposición y casi totalmente devorados. Para mucha gente todas estas muertes revestían el carácter de simples accidentes, pero algunos antiguos vecinos del pueblo decían que se trataba de la venganza de Juan el Loco y otros aseguraban, incluso, que aquel hombre seguía habitando en el pueblo, que vivía entre los peces y que atacaba a los hombres que entraban en el pantano... y en dos o tres ocasiones algunas personas presentaron pruebas de que tal posibilidad o alguna muy similar era cierta. Pero, claro, nunca los creyeron».
Cuando los ojos de aquel hombre se centraron en los de Ana, ésta sintió un escalofrío. La historia del pantano había finalizado y de nuevo el silencio separaba a los dos seres humanos. Comenzaba a anochecer y Ana sintió un frío intenso a pesar de la proximidad del fuego. El hombre que había surgido del pantano se incorporó y tendió su mano enguantada a la mujer.
–Estoy muy preocupada por mi marido –dijo ésta, estrechándosela–. Le ruego que no se marche.
–Su marido entró en el pantano. Ya sabe lo que sucede con la gente que viene a perturbar la paz de este lugar. El pantano mató al pueblo y ahora el pueblo clama venganza.
– ¡No diga eso, por favor!
–Está bien. Si prefiere que me calle, allá usted. Si desea escuchar el silencio, hágalo. Escuche. Escuche el silencio...
El capuchón cubría ahora casi totalmente el rostro del hombre. Ana desvió la mirada hacia el pantano, pero no descubrió el menor rastro de su marido. Luego miró a su alrededor, pero las sombras de los árboles no le transmitieron ningún mensaje de consuelo, sino de inquietud. Todo era silencio, tinieblas y frío. Sintió miedo y miró al hombre, que caminaba lentamente hacia su barca.
– ¡Espere! –dijo, avanzando en su dirección.
–Tengo que marcharme –replicó sin detenerse.
– ¡No, por favor!
El hombre se detuvo, giró sobre sí mismo y miró a la joven. Ana volvió a hablar.
–Sus historias me han intranquilizado.
–Ya le advertía que no debía escucharlas. De todas maneras, sólo son leyendas.
–La verdad es que estoy preocupada por mi marido. Ya es de noche, y... no sé, si pudiéramos advertirle de alguna manera...
–Es imposible. Ancló muy lejos su bote.
–Usted sabe dónde está, ¿verdad?
–Sí.
–Yo... si pudiera... ya sé que es abusar de su amabilidad, pero si usted pudiera... yo querría, si usted me llevase...
– ¿Qué desea? ¿Reunirse con él?
–Sí; advertirle de todo esto y marcharnos de aquí esta misma noche.
–Comprendo...
–Mire, es que estamos de viaje de novios y no sabíamos...
–Ya...
Se produjo un largo silencio y, luego, el hombre comenzó a caminar hacia su barca.
–Le llevaré junto a él –dijo–. Sígame.
El hombre empujó la barca y echó los remos al agua. Cuando Ana se disponía a subir, unos extraños sonidos la detuvieron. El hombre vio su indecisión y ofreció una explicación.
–Son los crustáceos. Estarán luchando con el retel. No se preocupe. No saldrán.
Ana subió a la barca y vio que el lugar de procedencia de los sonidos estaba cubierto con una gran lona negra. El sonido producido por centenares de pinzas no cesaba y casi llegaba a hacerse ensordecedor. No obstante, el pescador no prestaba demasiada atención a los mismos sin duda porque estaba habituado a ellos.
El hombre comenzó a bogar con extraordinaria energía y pronto se adentraron en el pantano. Ana, sentada en el extremo opuesto al de la lona, veía las fuertes espaldas del remero con el que no había cruzado una sola palabra desde que entrara en la barca. El sonido de los remos al chapotear en el agua y el de las tenazas de los cangrejos eran los únicos que violaban el silencio reinante. No obstante, la mujer pronto creyó escuchar otro sonido distinto procedente del lugar donde se encontraban los crustáceos. Era como si alguien rasgara algo, como si las pinzas no sólo chocaran entre sí, sino que cortaran algo.
Los pies de Ana chapotearon sobre el entarimado de la barca y pensó que era extraño que tal cantidad de agua hubiera entrado en la misma, sobre todo teniendo en cuenta que los reteles no arrastraban mucho líquido. Maquinalmente, introdujo la mano en el mismo para sentir la tibieza del agua pero luego, comprobó que el sabor de aquel líquido pertenecía al de una naturaleza bien distinta de la que imaginaba: era... ¡sangre! No, no podía ser. Sin duda, estaba confundida. Quiso decir algo al remero, pero éste continuaba con su tarea sin prestar atención a su pasajera. Ana intentó descifrar con la vista el carácter líquido en cuestión, pero las sombras que ya envolvían el entorno le impedían obtener una información nítida acerca del mismo. Así, volvió a introducir la mano bajo la sustancia que cubría el fondo de la barca.
Un grito obligó al hombre a volver la cabeza hacia Ana. Esta, incorporada sobre la barca, agitaba su mano de la que colgaba un enorme cangrejo que había aferrado las pinzas a la carne. El hombre, muy lentamente, se acercó a a su compañera de viaje y, agarrando su muñeca, tomó con sumo cuidado al animal con su mano enfundada y, acercando la boca al crustáceo, murmuró unas palabras. Instantes después, las aceradas pinzas cedieron la presión y la mano de Ana, por la que corría un pequeño reguero de sangre, quedó libre. El hombre depositó al cangrejo sobre el suelo de la barca, pero el crustáceo cerró las pinzas sobre el guante, arrastrándolo hasta perderse bajo la lona.
– ¡Pobrecillo! – Dijo el hombre, lanzando una mirada compasiva hacia Ana–. Siempre está jugando con mis cosas. Sin duda, han acabado de comer, ¿sabe?
El hombre recuperó la verticalidad y permaneció unos instantes mirando la lona que debía ocultar los reteles. A pesar de la oscuridad Ana pudo ver, aterrada, que la mano libre de su acompañante presentaba un aspecto palmeado, pues las membranas interdigitales se extendían casi hasta los extremos de los dedos, indicando la funcionalidad hacia la que habían tenido.
–Sí, seguro que ya han acabado su comida... –murmuró el hombre, al mismo tiempo que retiraba la lona.
Ana no pudo evitar un grito de horror y sus manos crispadas se hundieron en sus mejillas. Allí, al otro lado de la barca, se distinguía un amasijo de carne y huesos que una legión de crustáceos destrozaban con sus tenazas. Las costillas estaban al descubierto, la carne que recubría la calavera había sido devorada y los cangrejos estaban dando buena cuenta del resto del cadáver, donde no había ni una mínima porción de piel que no hubiera sido rasgada por las demoledoras pinzas. A la tenue luz del anochecer, Ana vio brillar en torno al cuello de la ensangrentada masa la cadena de oro que pocas horas antes ella misma anudara alrededor de la garganta de su marido. Mientras la mujer se dejaba caer pesadamente al fondo de la embarcación, donde quedó encogida sobre sí misma, el hombre volvió a hablar.
–Estamos exactamente sobre el pueblo. Ahí abajo están todos mis amigos... estos que me acompañan son sólo algunos de sus hermanos, los más allegados a mí. ¡Ah! Y, esperándonos en la cripta de la iglesia está mi padre, Juan el Loco. Nunca sale de allí, ¿sabe? Su marido ya le ha visitado y ahora, sin duda, estará esperando que usted vaya a cumplimentarle. Agradecemos mucho ver caras nuevas y hace tanto tiempo que no viene nadie a visitarnos...
Regresaron junto al automóvil y, mientras extraían del mismo los enseres necesarios para establecer el pequeño campamento, comentaron la suerte que habían tenido al encontrar aquel sitio. La tarde estaba cayendo y ya temían que tendrían que continuar el camino hasta llegar a otra población donde, como la noche anterior, habrían de conformarse con el impersonal lecho de cualquier hostal. Y ese no era el plan que tenían trazado para disfrutar intensamente durante aquel viaje de novios. Al contrario, deseaban pasar aquellos maravillosos días juntos y solos, en contacto con la naturaleza, perdidos en los lugares más remotos, y ocultos a las miradas del mundo... Y por fin habían encontrado el lugar con el que soñaban.
Aún no estaba instalada la tienda de campaña cuando comenzaron a juguetear por los alrededores del improvisado campamento. Corrieron por la ribera del lago artificial, se persiguieron entre las encinas que circundaban el lugar, se empujaron por las cercanías del campamento y, finalmente, dejaron que sus cuerpos se amaran junto a la orilla del pantano.
Extenuados, quedaron tendidos de cara al cielo y el incipiente crepúsculo llenó sus miradas. Al cabo de un rato, la mujer se sentó y, lentamente, miró en todas direcciones.
– ¡Qué raro...! –murmuró.
– ¿Qué dices? –dijo su compañero, distraídamente.
– El silencio... ¿no notas el silencio? El extraño... Ni siquiera se escuchan los pájaros. Ya sé que nos encontramos muy lejos de cualquier pueblo, pero al menos deberíamos escuchar el canto de los pájaros. No sé... este silencio me da miedo.
– No digas tonterías, Ana –dijo el chico, incorporándose–. Hemos estado tres días huyendo de la gente y ahora, cuando por fin encontramos un lugar donde podemos estar juntos y solos, dices que te da miedo. Este sitio es magnífico.
–No sé... me parece como si le faltara vida.
–Vamos, vamos... –dijo, tendiendo la mano a su mujer–. No te imagines cosas raras, ¿quieres? Además, en este pantano podré hacer pesca submarina. Mira, vamos a terminar de montar la tienda y luego, mientras preparas la cena, iré a ver si pesco algo.
– ¿No es ya un poco tarde?
–Todavía hay suficiente luz. Vamos, no discutamos más. Te prometo que esta noche comeremos pescado frito.
Cuando terminaron de instalar la tienda y mientras Ana atendía los últimos detalles para dar a la rústica morada las mayores comodidades, su marido se puso el bañador, acondicionó el bote neumático, comprobó el funcionamiento de su fusil de aire comprimido, echó las aletas y la careta al interior del bote y arrastró su medio de transporte al agua. Luego se acercó a su mujer.
–Si quieres, puedes encender una fogata para calentarte; así, podremos cocinar luego lo que traiga.
–Prepararé mejor algunas de las latas que tenemos –rió ella–. ¿De verdad no piensas que es un poco tarde ya...? Podrías ir mañana a pescar.
–No, no quiero desaprovechar este instante. Volveré antes de que oscurezca del todo, ¿de acuerdo?
El hombre agradeció la atención de su mujer con un beso y se dirigió al bote. Auxiliado por un pequeño motor, la embarcación se alejó rápidamente. Cuando el ruido dejó de escucharse, la joven esposa regresó junto a la tienda de campaña y terminó de acondicionarla. Cuando lo hubo conseguido, se sentó a al entrada de la misma, cansada, pero satisfecha de la labor realizada. Fue en aquellos momentos cuando volvió a sentir la misma inquietud que poco antes había experimentado. Aquel silencio ni siquiera violado por el rumor de la brisa del aire, el paraje tan extraordinariamente abandonado, aquel universo del que parecía haber escapado todo signo de vida, la soledad y la tensa tranquilidad que envolvía todo, el silencio... el silencio...
Queriendo vencer al miedo que le producía su propio miedo –o, en cualquier caso, al miedo a lo desconocido– decidió hacer cosas que le ayudaran a no reflexionar de nuevo acerca de aquellas sensaciones, al menos hasta que regresara su marido... ¿Y si no volvía hasta que fuera noche cerrada? No debería haberse marchado. No tardaría en anochecer y entonces...
Se reprochó de nuevo por haber dado rienda suelta a sus pensamientos y, dispuesta a rectificar, comenzó a recoger algunas ramas secas que se encontraban esparcidas por los alrededores –lo cual no le resultó difícil pues el caluroso verano se había dejado notar incluso en aquel recóndito lugar– y al cabo de cierto tiempo tuvo dispuesta una pequeña fogata. Como no sabía si la madera de encina tardaría mucho tiempo en consumirse, decidió hacer una buena provisión de ella pues deseaba dejar el fuego encendido por la noche.
Aquella operación se prolongó bastante tiempo y en una de sus idas y venidas portando ramas, observó que algo avanzaba por el pantano en su dirección. Corrió hasta el borde del agua y, como aún había luz, pudo distinguir en seguida la silueta de la embarcación que se acercaba. No, no era su marido. Se trataba de una embarcación de madera de mediano tamaño –aunque mayor que las típicas barcas de recreo que se pueden observar en los estanques de algunas ciudades– de similares características a las que empleaban algunos pescadores de la región, y pudo ver la figura de un hombre que remaba vigorosamente. No obstante, no fue capaz de distinguir las facciones de aquella persona porque se encontraba de espaldas a ella y llevaba un impermeable oscuro cuyo capuchón le cubría la cabeza, pero creyó adivinar que avanzaba en su dirección. La nueva presencia humana reconfortó en cierta manera su ánimo, pues, aunque amaba la soledad, aquellos parajes desiertos le habían llegado a atemorizar.
Cuando la barca llegó a la orilla, el hombre saltó a tierra y encalló con cierta dificultada su presumible herramienta de trabajo. Ana se mantuvo donde estaba, pero sabía que aquel hombre iría hacia ella.
–Buenas tardes –dijo el recién llegado, alzando su enguantada mano derecha.
Vio que caminaba despacio y la sonrisa que enmarcaba su rostro invitaba a confiar en él. Era un hombre vigoroso, de mediana edad, curtido y, aparentemente, poco acostumbrado a frecuentar los contactos sociales. Ana se fijó especialmente en sus grandes ojos azules, casi acuosos, que escrutaban cuanto le rodeaba. La mujer le tendió la mano y el hombre se la estrechó sin quitarse los guantes de goma con que se cubría. Ana comprendió que aquel hombre tenía dificultad para entablar diálogo y quiso ayudarle.
– ¿Viene de pesca? –dijo, sonriendo.
–Sí –replicó el hombre, señalando su barca–. Ahí tengo los reteles con algunos crustáceos que he recogido.
– ¿Cangrejos? –insistió ella.
–Sí, mayormente... Pero también hay otras especies.
Era difícil romper la barrera de silencio que los separaba tras pronunciar cada frase. Ana pensó que la compañía de aquel hombre solitario – ¿sería el efecto de la mortecina luz lo que le inclinaba a pensar que las pupilas de aquellos ojos no estaban definidas y que todo el globo ocular tenía un extraño color azulado?– le permitiría sobrellevar la espera con más ánimo.
–He encendido un pequeño fuego allí, cerca de la tienda. Si quiere acompañarme, puedo ofrecerle café.
El hombre afirmó con la cabeza y poco después ambos estaban sentados junto al fuego. Ana miró al hombre que, al otro lado de las llamas que los separaban, saboreaba la bebida.
–Mi marido vendrá pronto. Ha ido a pescar.
– ¿A pescar?
–Sí. Quizá le haya visto usted.
– ¡Ah, sí! Llevaba un pequeño bote, ¿verdad?
–Sí. ¿Le ha visto?
–Hace un rato. Está lejos. Quizá demasiado.
– ¿Por qué dice eso?
–Bueno, no sé... La gente dice que este lugar no es bueno.
–A mí me parece que es un sitio magnífico.
–La gente lo dice. Pero, bueno, la gente generalmente miente. La gente siempre intente inventar excusas para protegerse de sus propias faltas. La gente es mentirosa y cínica. Siempre ha sido así.
– ¿Pero qué es lo que dice la gente?
– ¿No lo sabe? Se nota que no es usted de aquí. Si no, no se habría acercado a este maldito pantano. Los buceadores y la gente que practica la pesca submarina jamás entran en el pantano porque dicen que este lugar lleva consigo la muerte. Pero no quiero inquietarla. Sólo son historias que cuenta la gente supersticiosa.
–Me gustaría escucharlas. De esta manera, no estaré atormentándome todo el tiempo hasta que regrese mi marido. Aunque, si usted tiene prisa...
–Nunca tengo prisa –dijo tajantemente, sin apartar la mirada del fuego–. En fin, si usted desea conocer todas esas leyendas...
–Sí, por favor –dijo Ana, encogiéndose sobre sí misma pues empezaba a refrescar.
–Bien, todo tiene relación con este pantano –continuó el hombre centrando su atención en el crepitar de la hoguera, cuyas llamas lamían amorosamente los troncos–. Hace más de treinta años, este pantano no existía. En el lugar que ahora han invadido las aguas se alzaba un pequeño pueblo de gentes trabajadoras, como tantos otros. Las casas eran pequeñas, rústicas y pobres, pero los vecinos no se quejaban de ellas pues constituían sus hogares. Tampoco las tierras eran muy fértiles, pero eran amadas, trabajadas y cultivadas por los lugareños porque eran sus tierras y sus vidas. Sucedió que por aquellos días alguien decidió que para obtener el mejor aprovechamiento de este valle debía construirse un pantano. Debió de ser alguien importante, porque la Administración no tardó en dar su autorización para llevar a cabo tal proyecto. Nadie pensó –la gente nunca piensa en los demás, y menos aún si ni se puede obtener un beneficio por hacerlo– en los vecinos de aquel pueblo que debería ser anegado por las aguas. Al notificar a los lugareños la decisión, se les ofrecía la posibilidad de ir a vivir a unas confortables casas ubicadas en varias poblaciones cercanas y hasta se pagaron pequeñas indemnizaciones. Algunos se marcharon en seguida, otros más tarde, otros... otros nunca, como Juan el Loco».
A la mujer le pareció que las palabras de aquel hombre, ahora fluidas, habían adquirido una extraordinaria violencia tras las últimas frases, pero prefirió no interrumpir el relato.
«Juan el Loco era un buen hombre que jamás hizo mal a nadie. Era viudo y sus únicas compañías se reducían a su hijo –en aquella época muy pequeño– y a un perro de lanas que jamás abandonaba a su amo. Tenía unas pequeñas tierras en los alrededores del pueblo que le ayudaban a sobrevivir y también solía ayudar al cura cuando decía la Misa de los domingos. Juró una y mil veces que nunca se iría del pueblo, del lugar que amaba y donde reposaban los restos de su mujer; del lugar que era suyo. Sus tierras fueron expropiadas, pero él nunca aceptó tal hecho. Finalmente, todos se fueron y Juan el Loco quedó solo, con su hijo y su perro. Meses más tarde las autoridades le obligaron a abandonar su casa, pero tuvieron que sacarlo por la fuerza. Una semana más tarde el pueblo fue sepultado bajo las aguas. Durante los siguientes días se sucedieron muchas visitas para contemplar el trabajo realizado y fue en una de ellas cuando encontraron flotando en el pantano el cadáver del fiel pero de lanas. Sabiendo los lugareños que aquel animal jamás se separaba de Juan el Loco, buscaron a su dueño, pero no le pudieron localizar, como tampoco a su hijo. Se supo que cuando fue obligado a abandonar su tierra se refugió en la casa que le tenían asignada, pero que sólo permaneció allí un día. Entonces se temió que hubiera cometido al imprudencia de regresar al pueblo y alguien dijo que poco antes de que las aguas anegaran éste, se había escuchado el repicar de las campanas de la iglesia, y que el sonido sólo se había apagado cuando las aguas llegaron a la torre del campanario. para acallar las voces populares que comenzaban a resultar molestas, se decidió enviar un equipo de hombres-rana para efectuar un rastreo, pero poco después de comenzar tal iniciativa los buceadores informaron que el cieno, el lodo y el légamo lo cubrían todo, que la oscuridad era total y que en aquellos momentos resultaba sumamente peligroso adentrarse entre los edificios sumergidos. Quizá cupiera la posibilidad de hacerlo en el futuro, pero no en aquellos días. No obstante, pronto quedó olvidado el tema y todo permaneció como estaba».
Ana notó que aquel hombre estaba sufriendo una transformación. Ya no se limitaba a narrar una historia sino que hablaba para sí mismo, abstrayéndose de su presencia. Aprovechando el instante en el que el pescador detuvo el relato, miró al pantano, pero no descubrió señal alguna de su marido. Sintió frío, pero prefirió continuar junto al fuego escuchando aquella historia antes que entrar en la tienda y coger alguna prenda de abrigo. El hombre prosiguió.
«Sin embargo, pronto comenzaron a correr extraños comentarios y a circular singulares leyendas. Antes de que las últimas hojas de los árboles del viejo cementerio que aún sobresalían del pantano cayeran para siempre, se ahogaron dos jóvenes que practicaban pesca submarina. Más tarde, alguien instaló un tendedero pensando que las maravillas naturales de este lugar atraerían a los excursionistas. Cierto día, su único hijo entró en el pantano y nunca se volvió a saber de él; el padre fue a buscarle en una barquichuela y, cuando al día siguiente le encontraron tendido sobre la misma, se comprobó que había perdido la razón...posteriormente, murió en el centro sanitario donde había sido internado, suicidándose. Los accidentes se prodigaron de una manera tan alarmante en los siguientes años que las autoridades recomendaron a la población evitar este lugar. No obstante,, siempre había excursionistas poco prevenidos, incautos o desconocedores del lugar, que venían. En la mayoría de los casos no se volvía a saber de ellos, y en las contadas ocasiones en las que aparecían los cadáveres, éstos se encontraban en avanzado estado de descomposición y casi totalmente devorados. Para mucha gente todas estas muertes revestían el carácter de simples accidentes, pero algunos antiguos vecinos del pueblo decían que se trataba de la venganza de Juan el Loco y otros aseguraban, incluso, que aquel hombre seguía habitando en el pueblo, que vivía entre los peces y que atacaba a los hombres que entraban en el pantano... y en dos o tres ocasiones algunas personas presentaron pruebas de que tal posibilidad o alguna muy similar era cierta. Pero, claro, nunca los creyeron».
Cuando los ojos de aquel hombre se centraron en los de Ana, ésta sintió un escalofrío. La historia del pantano había finalizado y de nuevo el silencio separaba a los dos seres humanos. Comenzaba a anochecer y Ana sintió un frío intenso a pesar de la proximidad del fuego. El hombre que había surgido del pantano se incorporó y tendió su mano enguantada a la mujer.
–Estoy muy preocupada por mi marido –dijo ésta, estrechándosela–. Le ruego que no se marche.
–Su marido entró en el pantano. Ya sabe lo que sucede con la gente que viene a perturbar la paz de este lugar. El pantano mató al pueblo y ahora el pueblo clama venganza.
– ¡No diga eso, por favor!
–Está bien. Si prefiere que me calle, allá usted. Si desea escuchar el silencio, hágalo. Escuche. Escuche el silencio...
El capuchón cubría ahora casi totalmente el rostro del hombre. Ana desvió la mirada hacia el pantano, pero no descubrió el menor rastro de su marido. Luego miró a su alrededor, pero las sombras de los árboles no le transmitieron ningún mensaje de consuelo, sino de inquietud. Todo era silencio, tinieblas y frío. Sintió miedo y miró al hombre, que caminaba lentamente hacia su barca.
– ¡Espere! –dijo, avanzando en su dirección.
–Tengo que marcharme –replicó sin detenerse.
– ¡No, por favor!
El hombre se detuvo, giró sobre sí mismo y miró a la joven. Ana volvió a hablar.
–Sus historias me han intranquilizado.
–Ya le advertía que no debía escucharlas. De todas maneras, sólo son leyendas.
–La verdad es que estoy preocupada por mi marido. Ya es de noche, y... no sé, si pudiéramos advertirle de alguna manera...
–Es imposible. Ancló muy lejos su bote.
–Usted sabe dónde está, ¿verdad?
–Sí.
–Yo... si pudiera... ya sé que es abusar de su amabilidad, pero si usted pudiera... yo querría, si usted me llevase...
– ¿Qué desea? ¿Reunirse con él?
–Sí; advertirle de todo esto y marcharnos de aquí esta misma noche.
–Comprendo...
–Mire, es que estamos de viaje de novios y no sabíamos...
–Ya...
Se produjo un largo silencio y, luego, el hombre comenzó a caminar hacia su barca.
–Le llevaré junto a él –dijo–. Sígame.
El hombre empujó la barca y echó los remos al agua. Cuando Ana se disponía a subir, unos extraños sonidos la detuvieron. El hombre vio su indecisión y ofreció una explicación.
–Son los crustáceos. Estarán luchando con el retel. No se preocupe. No saldrán.
Ana subió a la barca y vio que el lugar de procedencia de los sonidos estaba cubierto con una gran lona negra. El sonido producido por centenares de pinzas no cesaba y casi llegaba a hacerse ensordecedor. No obstante, el pescador no prestaba demasiada atención a los mismos sin duda porque estaba habituado a ellos.
El hombre comenzó a bogar con extraordinaria energía y pronto se adentraron en el pantano. Ana, sentada en el extremo opuesto al de la lona, veía las fuertes espaldas del remero con el que no había cruzado una sola palabra desde que entrara en la barca. El sonido de los remos al chapotear en el agua y el de las tenazas de los cangrejos eran los únicos que violaban el silencio reinante. No obstante, la mujer pronto creyó escuchar otro sonido distinto procedente del lugar donde se encontraban los crustáceos. Era como si alguien rasgara algo, como si las pinzas no sólo chocaran entre sí, sino que cortaran algo.
Los pies de Ana chapotearon sobre el entarimado de la barca y pensó que era extraño que tal cantidad de agua hubiera entrado en la misma, sobre todo teniendo en cuenta que los reteles no arrastraban mucho líquido. Maquinalmente, introdujo la mano en el mismo para sentir la tibieza del agua pero luego, comprobó que el sabor de aquel líquido pertenecía al de una naturaleza bien distinta de la que imaginaba: era... ¡sangre! No, no podía ser. Sin duda, estaba confundida. Quiso decir algo al remero, pero éste continuaba con su tarea sin prestar atención a su pasajera. Ana intentó descifrar con la vista el carácter líquido en cuestión, pero las sombras que ya envolvían el entorno le impedían obtener una información nítida acerca del mismo. Así, volvió a introducir la mano bajo la sustancia que cubría el fondo de la barca.
Un grito obligó al hombre a volver la cabeza hacia Ana. Esta, incorporada sobre la barca, agitaba su mano de la que colgaba un enorme cangrejo que había aferrado las pinzas a la carne. El hombre, muy lentamente, se acercó a a su compañera de viaje y, agarrando su muñeca, tomó con sumo cuidado al animal con su mano enfundada y, acercando la boca al crustáceo, murmuró unas palabras. Instantes después, las aceradas pinzas cedieron la presión y la mano de Ana, por la que corría un pequeño reguero de sangre, quedó libre. El hombre depositó al cangrejo sobre el suelo de la barca, pero el crustáceo cerró las pinzas sobre el guante, arrastrándolo hasta perderse bajo la lona.
– ¡Pobrecillo! – Dijo el hombre, lanzando una mirada compasiva hacia Ana–. Siempre está jugando con mis cosas. Sin duda, han acabado de comer, ¿sabe?
El hombre recuperó la verticalidad y permaneció unos instantes mirando la lona que debía ocultar los reteles. A pesar de la oscuridad Ana pudo ver, aterrada, que la mano libre de su acompañante presentaba un aspecto palmeado, pues las membranas interdigitales se extendían casi hasta los extremos de los dedos, indicando la funcionalidad hacia la que habían tenido.
–Sí, seguro que ya han acabado su comida... –murmuró el hombre, al mismo tiempo que retiraba la lona.
Ana no pudo evitar un grito de horror y sus manos crispadas se hundieron en sus mejillas. Allí, al otro lado de la barca, se distinguía un amasijo de carne y huesos que una legión de crustáceos destrozaban con sus tenazas. Las costillas estaban al descubierto, la carne que recubría la calavera había sido devorada y los cangrejos estaban dando buena cuenta del resto del cadáver, donde no había ni una mínima porción de piel que no hubiera sido rasgada por las demoledoras pinzas. A la tenue luz del anochecer, Ana vio brillar en torno al cuello de la ensangrentada masa la cadena de oro que pocas horas antes ella misma anudara alrededor de la garganta de su marido. Mientras la mujer se dejaba caer pesadamente al fondo de la embarcación, donde quedó encogida sobre sí misma, el hombre volvió a hablar.
–Estamos exactamente sobre el pueblo. Ahí abajo están todos mis amigos... estos que me acompañan son sólo algunos de sus hermanos, los más allegados a mí. ¡Ah! Y, esperándonos en la cripta de la iglesia está mi padre, Juan el Loco. Nunca sale de allí, ¿sabe? Su marido ya le ha visitado y ahora, sin duda, estará esperando que usted vaya a cumplimentarle. Agradecemos mucho ver caras nuevas y hace tanto tiempo que no viene nadie a visitarnos...
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