22 ago 2010

EMISION DE MADRUGADA por Pedro Montero

"Se hallaba en la cúspide de la fama. Su programa radiofónico sembraba el miedo y la inquietud en miles de hogares. Tenía, por tanto, que esforzarse en acrecentar diariamente el interés y la admiración de su audiencia. Un día la casualidad hizo que develara un terrible conjuro..."


«¿Cree usted que existen fórmulas precisas para convocar a los muertos? ¿Sonríe ante la idea de que pueda haber conjuros infalibles para provocar la aparición de fantasmas? Escuche atentamente, si se atreve, lo que voy a decir. Todo es cuestión de fe. La fe mueve montañas, la confianza es la más poderosa de las virtudes, la palabra el don más preciado...

... Vamos a dejar de lado los fantasmas. Su sola mención, en un país que carece de tradición a este respecto, provoca la sonrisa irónica. Rápidamente imaginamos una sábana flotante que se desplaza dando tumbos, al extremo del cual pende una herrumbrosa cadena...

... Esta noche vamos con los muertos...»

A una seña del locutor, su compañero del control accionó un mando. Una ráfaga musical escapó a través de las ondas. Aprovechando la pausa, el locutor encendió un cigarrillo y echó una rápida ojeada al esbozo de guión que había pergeñado aquella misma mañana. No se encontraba especialmente inspirado y hubiera preferido dedicar el programa a otra cosa más socorrida. La música y el terror, por ejemplo. Nada más sencillo que seleccionar algunos discos y emitirlos acompañados de un comentario de circunstancias. Pero a última hora las cosas se habían complicado. El programa había entrado en antena diez minutos antes de lo previsto, hecho totalmente insólito, y no había tenido tiempo de cambiar impresiones con el seleccionador musical. Tan sólo una breve conversación con el encargado del control.

«Me encuentro en el cementerio –mintió–. Estoy ante la tumba de un ser muy querido. Son cerca de las doce de la noche y tengo miedo. Esta parte del programa es una grabación efectuada anoche en un magnetófono portátil. Quería saber que se siente escalando subrepticiamente las tapias de un camposanto y sentándose a meditar bajo la luz de la luna en medio de un bosque de cruces de mármol... Las impresiones que voy a registrar a continuación quizá no resulten demasiado coherentes, porque estoy asustado, pero, por eso mismo, serán más auténticas...

Bajo esta lápida yace el cadáver de una persona por la que sentí gran afecto. La recuerdo ahora tal y como era en vida, y se me saltan las lágrimas. No me atrevo a imaginar el estado en que se encuentra ahora... Es posible que, a pesar de todo, la muerte haya respetado más o menos su aspecto. Se dan casos de cadáveres que, al cabo de varios años de haber sido enterrados, no presentan apenas signos de corrupción. Exteriormente, al menos...

Ignoro cuál es la causa, pero quizá se deba a ciertas circunstancias ambientales, al grado de humedad justo, a haber llevado determinado género de vida, a... Pero esta posibilidad es preferible no mencionarla. El caso es que, cuando esta persona falleció, hubiera dado cualquier cosa por poseer el poder de volverla a la vida. Ahora yace silenciosa y rígida bajo esta pesada lápida. Quizá sus ojos están abiertos, sus labios separados, sus dedos crispados. Quizás está esperando una palabra, una fórmula, un conjuro...»

Una nueva ráfaga musical le permitió un respiro. No tenía idea de cómo terminar el asunto, y, para colmo de males, no encontraba la última cuartilla del esbozo de guión. De pronto, se le ocurrió algo realmente brillante y ordenó con un gesto el cese de la música.

«Pues bien, confieso que anoche no me atreví a llevar a cabo el propósito que me condujo al cementerio. Estaba demasiado asustado, y aún continúo estándolo... Ustedes saben que cada noche recibo cientos de llamadas. Unas alentadoras, otras insultantes. Hace varias noches consiguió salir a antena una fragmento de conversación que fue bruscamente interrumpido al advertir que mi interlocutor estaba a punto de revelar ante el micrófono algo estremecedor. No sé de quién se trata. Ignoro si fue una broma telefónica. Todo lo que puedo asegurar es que, desde aquella noche, no puedo dormir tranquilo. Por eso, para compartir con ustedes lo que quizá sea un secreto tan terrible que no me atrevo a guardar para mí solo, es por lo que me he decidido finalmente a dar a conocer lo que el misterioso comunicante me anunció...

... Se trata, nada menos, que de una fórmula, un conjuro para resucitar a los muertos».

El encargado del control le miró a través del cristal que le separaba del locutorio haciendo un gesto de reconvención. Estaba llegando demasiado lejos. Dentro de unos minutos iban a bloquearse las líneas con llamadas de protesta de un sector de los oyentes.

«¿Cuáles son los últimos pensamientos de un moribundo? ¿Cuáles sus últimas palabras?... ¿No recuerda usted la imagen de alguien, un amigo, un pariente, aproximando su oído a los labios de un ser querido que está a punto de exhalar el último suspiro? Pues bien, ese es el secreto. Se dice que, en ciertas circunstancias, en determinadas fechas, en los aniversarios de un óbito, basta con pronunciar determinadas palabras con intencionalidad para que se produzca la resurrección de esa persona... Una resurrección provisional, naturalmente, o quizá más prolongada si se tiene la suficiente fe. ¿Qué palabras son esas?... Sencillamente las últimas palabras que salieron de la boca de quién, poco después, exhaló su último suspiro...

... ¿Recuerda? ¿Recuerda aquel vocablo torpemente pronunciado entre estertores agónicos? ¿Aquella frase inacabada? ¿Aquella balbuceante expresión de terror?... Pronúnciela... ¡Pronúnciela!... ¡PRONÚNCIELA!».

Una definitiva ráfaga musical cubrió las palabras del locutor, cuya frente aparecía bañada en sudor. El encargado del control penetró en el locutorio como una tromba.

–¿Estás loco? –exclamó–. Nos van a acribillar.

El locutor se hallaba realmente pesaroso de haber llevado las cosas tan lejos, pero, una vez metido en faena, le era imposible controlar su inspiración.

–¿No querían terror? –repuso dispuesto a no ceder–. Pues ahí lo tienen.

–¿Pero y esa majadería de palabras?...

–Pura inventiva –añadió indicando su sien derecha con su dedo índice–. Pura inventiva...

Mientras conducía hacia su casa se sintió satisfecho del programa realizado. Cabía en lo posible que al día siguiente le reconvinieran por haberse pasado de la raya, pero había demostrado que era un locutor de impacto, un gran improvisador. ¿Acaso no le habían pedido un espacio que fuera capaz de convocar una gran audiencia? Todo lo excepcional se presta a polémica, y a él no le disgustaría verse controvertido en las páginas de los periódicos.

La noche era lluviosa , y el piso resbaladizo. Al detenerse ante un semáforo en fase intermitente, pasó ante él un grupo de personas que regresaban de alguna fiesta nocturna. El último de ellos, considerablemente embriagado, dio una fuerte patada sobre la carrocería al tiempo que gritaba:

–¡Borracho!

Por un momento experimentó el deseo de acelerar bruscamente y atropellar a aquel imbécil. Cuando dejó atrás a los noctámbulos, no pudo por menos de sonreír al recordar su reciente intervención ante el micrófono. No dejaba de resultar cómica la idea de repetir a modo de invocación , caso de haber cedido al impulso de atropellarle, el epíteto que el ebrio caballerete le había dirigido hacia unos instantes.

Cerca ya de las dos de la madrugada, llegó a su domicilio. Se puso el pijama y se dirigió a la cocina con ánimo de preparase algo de comer. En aquel instante sonó el teléfono.

–«Ha cometido una terrible imprudencia» –dijo a modo de presentación el anónimo comunicante.

–¿Quién es? –preguntó el locutor, acostumbrado a recibir mensajes telefónicos de variada índole.

–«¿Cómo ha podido revelarlo a los cuatro vientos?»

–Escuche. No sé de qué modo ha conseguido un número que no figura en la guía –repuso pacientemente–. Si es usted un oyente, le ruego que llame mañana a la emisora, y si desea presentar una queja...

–«Ya es demasiado tarde. Arroje el execrable libro de Yusuf Almunadem y olvide cuanto a leído en él».

–Pero...

Un chasquido indicó que se había interrumpido la comunicación.

Regresó a la cocina y trató de olvidar la anónima llamada, pero lo cierto era que, desde que salió de la emisora, algo le decía que la idea que había lanzado a las ondas no era exclusivamente suya. Uno lee cientos de libros, decenas, se corrigió, y es imposible impedir que la materia contenida en tal número de volúmenes se amalgame con las propias intuiciones. Al fin y al cabo, no hay muchas ideas originales. Lo verdaderamente interesante es presentarlas bajo un punto de vista nuevo.

Ahora tenía la impresión de haber leído en alguna parte lo referente al conjuro y a las últimas palabras de un moribundo, aunque no sabía dónde con exactitud.

«Yusuf Almunadem», musitó mientras recorría con el índice los títulos de su biblioteca. Pero no pudo hallar ninguno cuyo autor respondiera a tal nombre. Por otra parte, todo lo que de execrable había en la casa, perteneciente al género de la lectura, eran unas cuantas revistas pornográficas cuidadosamente guardadas bajo llave.

Hacia el mediodía le llamaron de la emisora para comunicarle que se habían recibido cientos de llamadas procedentes de todo el país. Algunos oyentes protestaban por la exagerada dosis de terror que se habían visto obligados a soportar, pero, curiosamente, ninguno afirmaba haber desconectado el aparato de radio. Otros le felicitaban por la excelente emisión nocturna. Nadie confesaba, no obstante, haberse creído lo del misterioso conjuro, ni menos aún haber intentado la experiencia propuesta. Lo que resultaba evidente era que, aquella misma noche aumentaría considerablemente el número de radioyentes.

Todo el mundo esperaría una continuación en la línea iniciada, pero él iba a sorprender a la audiencia tocando un tema completamente distinto. No convenía soliviantar en exceso a los oyentes ni le interesaba que sus superiores se sintieran obligados a poner cortapisas en su programa. Por otra parte, él sabía que sabía que es peligroso llevar las cosas al extremo. Una vez sobrepasado cierto punto, cabía la posibilidad de crear un anticlímax y, en consecuencia, un rechazo por parte de un sector de la audiencia.

Se encerró gran parte de la tarde en casa dedicándose a confeccionar un guión perfectamente estructurado y procurando que nada quedara a la improvisación. El nombre de Yusuf Almunadem interrumpía a veces el curso de sus pensamientos. ¿Existiría el tal libro? ¿Sería realmente execrable? La única forma de salir de dudas era comenzar por enterarse con exactitud del significado de la palabra execrable. «Digno de execración», leyó. Seguidamente localizó el término execración: «Acción y efecto de execrar». Finalmente –después de prometerse adquirir otro diccionario que no se anduviera con tantos rodeos– leyó: «Condenar y maldecir con autoridad sacerdotal. Aborrecer».

Así pues, se trataba de un libro aborrecible, condenado y maldito por la autoridad sacerdotal. De resultas de lo cual dedujo que debía de encontrarse en el índice de los libros prohibidos, si es que semejante índice continuaba existiendo. Esta última posibilidad le pareció sumamente excitante, se prometió intentar localizarlo en cuanto dispusiera de tiempo libre.

Trató de concentrarse nuevamente en el guión procurando apartar de sí otros pensamientos. Releyó las últimas cuartillas y no se sintió en absoluto contento con el resultado. «Execrable», murmuró satisfecho de poder emplear tan rápidamente un término con el que acababa de enriquecer su vocabulario.

Poco después, el timbre del teléfono vino a interrumpir su trabajo. Mascullando una maldición, levantó el auricular.

–¿Quién es? -preguntó.

–«Su indiscreción puede volverse contra usted» –dijo alguien al otro lado del hilo.

–¿Qué quiere?

–«Solamente advertirle».

–¡Déjeme en paz! -exclamó malhumorado.

–«Nunca debió divulgar a los cuatro vientos los secretos encerrados en el libro de Yusuf Almunadem... –musitó el anónimo comunicante.

–¡Imbécil! Es usted... absolutamente execrable –gritó, al tiempo que colgaba el teléfono. Realmente aquella palabra daba mucho de sí.

Alrededor de las once y media de la noche se sentó al volante de su coche con intención de dirigirse a la emisora y depositó en el asiento trasero la gabardina y una carpeta de plástico que guardaba los folios del guión.

Cerca ya de la salida de la urbanización, alguien le hizo señas desde la acera. Se trataba de un individuo andrajoso y de mala catadura que hacía auto-stop. Continuó adelante sin detenerse. El tipo, al comprender que iba a pasar de largo, avanzó hacia la calzada y se situó en la trayectoria del vehículo. El conductor se vio obligado a realizar un brusco viraje para no atropellarle, pero no se detuvo ni siquiera para lanzar una imprecación. Podía haber otros compinches a la espera. Además, los ojos de aquel individuo –tenía que confesarlo– le habían asustado. Había algo en ellos, algo que no se atrevió analizar, que le produjo escalofríos.

La noche era desapacible, y antes de que cruzara frente al estadio comenzaron a caer las primeras gotas. Cerca ya del cementerio, la lluvia se hizo torrencial. Aflojó la marcha por precaución. La circulación en el sentido contrario era casi inexistente. De pronto, una sombra se interpuso en su camino. El vaivén del limpiaparabrisas apenas era suficiente para despejar el cristal. Quienquiera que fuese debía de estar loco para cruzar la carretera de aquel modo. Hizo sonar repetidas veces el claxon, y, en aquel mismo instante, dos o tres personas más cruzaron también y se situaron en el centro de la calzada interrumpiendo el paso.

La brusquedad del frenazo casi le hizo perder el control del vehículo. Tras la cortina de agua pudo contemplar dificultosamente a los componentes del grupo. ¿Qué pretendían? No tuvo tiempo de formular hipótesis. Dos o tres personas más se aproximaron por los costados del coche, de manera tal, que, cuando quiso advertirlo, varias manos aferraban la portezuela con intención evidente de abrirla. Los que habían interrumpido el paso avanzaron hacia el vehículo, y, comprendiendo que su salvación era cuestión de segundos, hundió el pie en el acelerador y aferró el volante con fuerza.

Cuando dejó atrás a los asaltantes, redujo la velocidad y procuró tranquilizarse. Había oído relatos acerca de atracos similares, pero nunca pensó que pudiera ocurrirle a él. Aquellos ojos –rememoró– aquella mirada tristísima y desconsolada...

Al descender del coche junto a la emisora, consideró la idea de dirigirse a la comisaría cercana, pero la rechazó al advertir que el incidente y la lluvia torrencial le habían retrasado. El programa tendría que haber comenzado hace cinco minutos.

Llamó al portero automático, y a los pocos minutos descendió el conserje. Mientras entraban en el ascensor, advirtió que el empleado no le resultaba conocido.

–¿Es usted nuevo? –preguntó mirándole de soslayo.

El hombre afirmó con la cabeza y oprimió el botón correspondiente a la cuarta planta.

–He tenido un encuentro desafortunado –explicó. El empleado no pareció interesado en recibir otra aclaración–. Han intentado asaltarme...

Molesto por la falta de curiosidad del conserje, abandonó el ascensor sin despedirse de él. Caminó apresuradamente por los corredores, y entró en el locutorio sin pasar antes por ninguna otra dependencia.

–Lo siento –comenzó a decir, pero se interrumpió al advertir que no era Oscar quien se encontraba en el cuarto de control–. ¿Oscar? –preguntó.

En aquel momento se encendió la luz roja y escuchó a través de los auriculares la sintonía que daba inicio al programa. Tampoco conocía al que se encontraba a cargo de las llamadas telefónicas de los oyentes.

–«Buenas noches, señoras y señores. Hemos recibido numerosas llamadas telefónicas, cosa que nos complace porque indica que el programa de este humilde servidor de ustedes cuenta con una gran audiencia. Muchas han sido para felicitarnos, algunas recriminándonos el haber sido tan realistas en nuestro juego. Porque realmente se trata de un juego.

La noche pasada proponíamos a ustedes una imaginaria fórmula para devolver la vida a los cadáveres. Ni que decir tiene que se trataba de pura fantasía, y así había que entenderlo. El terror siempre ha de ir aderezado con unas notas de humor. ¿Cómo puede pensar nadie que exista algún conjuro capaz de resucitar a un muerto? Dejemos reposar a los que yacen en el descanso eterno. La literatura está llena de ejemplos de resucitados que no perdonaron a los autores de su vuelta a la vida. Nada más sagrado que el más allá.

Pero, señores –continuó el locutor– lo que aquí hacemos no es más que jugar, y para demostrar a nuestra audiencia que todo es pura fantasía, vamos a dejar de lado el guión que teníamos preparado para esta noche. Voy a relatarles, en forma totalmente realista, un lamentable suceso del que hace unos minutos he sido protagonista.

Cuando venía hacia la emisora, he sido detenido, a la altura del cementerio por un grupo de personas que pretendía desvalijarme.

Al salir de la urbanización en la que vivo, un hombre se interpuso en mi camino haciéndome señas para que detuviera el coche. Yo, naturalmente, no paré. Empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, y, al cruzar junto a las tapias del cementerio, el aguacero había adquirido características de un verdadero diluvio. De pronto, dos o tres individuos se cruzaron en la carretera y no tuve más remedio que frenar. Instantes después, unos cómplices se acercaron por los lados y pretendieron abrir las puertas del coche con la intención de despojarme de cuanto de valor llevara encima. Yo aceleré bruscamente y, esquivando de un volantazo a los que me impedían el paso, continué mi camino. Mañana por la mañana, es decir, hoy mismo, denunciaré el hecho en la comisaría.

A un gesto suyo, el del control hizo sonar una ráfaga musical. El encargado del teléfono estaba ya recibiendo llamadas de los oyentes. Aprovechando que su voz no salía a antena en aquellos momentos, preguntó si había muchas comunicaciones y cuál era el porcentaje de llamadas favorables. El del teléfono hizo un gesto desde detrás de la ventana del control indicando que los pros y los contra estaban equilibrados. «Esa mirada...», se dijo el locutor.

«El hecho que acabo de narrar de una manera objetiva –continuó diciendo una vez que ordenó el cese de la música– no produce más terror que el explicable y perfectamente lógico. Al fin y al cabo, se trata de un intento de atraco. Ahora bien –prosiguió– si yo describo este suceso con voz cavernosa, si en vez de hablar de ladrones hablo de... resucitados, si en lugar de...»

De pronto experimentó una sensación de vacío en la boca del estómago y vaciló en su discurso. Aquella mirada –reflexionó para sí–, aquel caminar vacilante bajo la lluvia, aquellas excrecencias en la portezuela del coche...

«Ahora voy a narrar estos simples hechos dotando a mi relato de un aire sobrenatural, introduciendo efectos de sonido, efectuando pausas intencionadas. Comprobarán ustedes que un suceso, cuyos móviles resultan fácilmente explicables, puede transformarse en algo terrorífico, inquietante».

«Hemos recibido llamadas de personas soliviantadas por el tono de nuestro programa. A ellas me dirijo ahora y les pido que escuchen atentamente. No pierdan de vista que se trata de un juego, una transformación. Si acaso se sienten asustadas, piensen en la verdadera naturaleza de los hechos. Quizá sea ese el elemento que genera la sensación de terror: la carencia de explicación, la ausencia de lo que llamamos motivaciones lógicas de un suceso».

Tras la ventana del control, los dos técnicos, semiocultos en la penumbra, parecían sonreír al escuchar las últimas palabras del locutor. Este experimentó deseos de salir un momento y charlar brevemente con sus compañeros, pero una sensación de inquietud, algo que no acertó a definir adecuadamente, le retuvo junto al micrófono.

«No hay, pues, cadáveres que resuciten, conjuros que sustraigan a los muertos del sueño eterno, ni venganzas procedentes del más allá. Si acaso alguno de ustedes ha intentado utilizar la fórmula que...»

Una ráfaga musical cubrió sus últimas palabras. Molesto por aquella interrupción, levantó la vista hacia el control. Aquel tipo le miraba fijamente desde detrás del cristal. El locutor hizo un gesto de interrogación levantando los hombros, pero el técnico continuó con los ojos fijos en él, al menos eso era lo que imaginaba, porque el molesto contraluz le impedía contemplar adecuadamente su rostro.

«De algún modo que no puedo revelar –comenzó diciendo en voz profunda– ha llegado hasta mí una fórmula, un conjuro terrorífico. Confieso que al principio no creí en las palabras de la persona que me lo transmitió, y precisamente por eso cometí el error de emitir tan peligroso sortilegio a través de las ondas. ¿Cuántos de ustedes lo han utilizado ya? ¿Cuántos de los que dormían eternamente han visto turbado su profundo sueño?

Se que soy el único culpable; que si existe algún deseo de venganza debe ser satisfecho en mi persona; que nunca debí relatar ante un micrófono secretos de tal índole... Lo sé.

Ellos me persiguen ahora. Cuando pasaba en mi automóvil esta noche frente al cementerio, algo se movió cerca de las altas tapias, algo que la espesa cortina de lluvia me impidió percibir con claridad. De súbito, tres espantosos espectros, tres horrendos cadáveres semiputrefactos se interpusieron en mi camino...»

El encargado del teléfono levantó su rostro e hizo un signo indicando que había una llamada urgente. El locutor denegó con la cabeza y continuó con su relato.

«Obligado a frenar, me encontraba en el interior del coche paralizado por el terror. Los horrorosos espectros iniciaron un movimiento de avance. Sus descompuestas carnes ofrecían un espectáculo nauseabundo. Jirones colgantes de...»

De pronto, interrumpiendo el inspirado discurso del locutor, una voz hueca se dejó oír a través de los auriculares. El técnico, haciendo caso omiso de sus órdenes, había dado paso a una llamada telefónica.

«¿Por qué lo ha hecho? –musitó el comunicante, dotando a su voz de inflexiones que ponían los pelos de punta–. ¿Por qué?...»

El locutor experimentó náuseas. Un hedor insoportable fue inundando el ambiente. Los efluvios parecían provenir de la rejilla del aire acondicionado, de los auriculares, del micrófono mismo. El cristal de separación temblaba a impulsos de las cadenciosas vibraciones producidas por aquella cavernosa voz. Hizo gestos tratando de llamar la atención de los técnicos, pero estos, enfrascados en sus tareas, no se apercibieron de las señas. El locutor optó por responder al comunicante.

«Estábamos tratando de convertir un suceso perfectamente explicable en algo terrorífico y sobrenatural. Queríamos...». «¿Por qué...?», se oyó de nuevo, al tiempo que nuevas oleadas pestilentes inundaban la habitación.

«¿Qué desea?», preguntó procurando aparentar naturalidad. Se aflojó el nudo de la corbata, y al pasarse la mano por la rente se dio cuenta de que estaba sudando. «¿Por qué... por qué...?», repetía monótona la voz. El locutor se sintió súbitamente irritado, y, abandonando su asiento, caminó sigilosamente hacia la puerta. No estaba dispuesto a soportar ni un segundo más que los técnicos, a los que además no conocía, le estropearan la emisión.

La puerta estaba cerrada. Con precaución, hizo girar el pestillo repetidas veces, pero todo resultó inútil. «¿Por qué... por qué...?», continuaba oyéndose de manera obsesiva. Se sentó de nuevo ante el micrófono presa de una gran irritación. Los técnicos continuaban enfrascados en sus tareas.

«Tenemos un comunicante –dijo aclarándose la voz y secando el sudor que corría por su frente–. ¿Cómo se llama usted?», preguntó con una solicitud que hasta a él mismo le resultó ridícula. Hubo un silencio prolongado. Se arrancó la corbata de un tirón, y tomando el micrófono inalámbrico, se aproximó a la ventana de control. "¿Cuál es su nombre?", inquirió, al tiempo que hacía señas al del teléfono indicando que la puerta estaba cerrada. El técnico se limitó a asentir y sonrió de una manera inquietante. Sus dientes, intensamente amarillentos, se dibujaron en su rostro viéndose con una rara perfección, como si sobre su faz se hubiera sobreimpresionado una radiografía.

«¿Es tan amable de decirme su nombre?», pidió con una voz que no reconoció como suya. Acto seguido tapó el micrófono con sus manos y musitó en dirección al control: «Abre». Los técnicos parecieron comprender su petición, pero se limitaron a intercambiar una mirada de inteligencia.

«Mi nombre no importa ya –dijo aquella voz vibrando tan profundamente como los tubos de un órgano–. Yo era alguien que reposaba y a quien por tu causa han sustraído al sueño del que nadie debe despertar».

«Lamentamos... lamentamos -vaciló- no poder continuar este diálogo si usted no se identifica. Vamos a continuar narrando... Qué espantoso olor -dijo un momento antes de apercibirse de que sus palabras habían salido al aire».

«Nos has visto esta noche junto a la tierra que nos pertenece -murmuró el comunicante-. Ahora nos encaminamos hacia ahí. ¿Por qué lo has hecho?»

«No es correcto –dijo con un cierto temblor en la voz– con un cadáver que no se identifica, con una persona que no se identifica -se corrigió. Presa de una gran irritación, dio un empellón a la puerta–. Estamos rogando a nuestros compañeros de control... Hay un pequeño problema técnico que...»

En aquel momento se apagó la luz. El micrófono estaba cerrado, y, aprovechando aquella circunstancia, se lanzó hacia la ventana que separaba el locutorio del cuarto de control y gritó desaforadamente.

–«¡Abridme! ¡Abridme! ¿Qué pretendéis? –los técnicos no se inmutaron–. ¿Por qué me habéis encerrado? No soporto este olor nauseabundo».

De pronto, los dos técnicos se levantaron de sus asientos y, vacilantemente, se fueron aproximando a la ventana. El locutor dio un paso atrás aterrorizado. Pegados al cristal, manchándolo con algo rojo y pastoso, se hallaban dos criaturas espantosas y nauseabundas. Dos seres semiputrefactos mostraban las vacías cuencas de sus ojos, y sus descarnadas bocas dibujaban muecas que deseaban ser muecas de burla.

–«¡Dios mío! –exclamó a punto de desplomarse. En aquel momento volvió a encenderse la luz. El micrófono se hallaba abierto–. «¿Qué es esto?» -gritó sin poder contenerse. Y, a continuación, consciente de que su voz iba a ser escuchada a través de miles de receptores, exclamó–: «¡Socorro! ¡Son ellos! ¡Han regresado!...»

........................................................................................................

Algunas amas de casa insomnes acercaron su oído al receptor. Muchos guardas nocturnos reacomodaron el pequeño auricular o aumentaron el volumen de sus receptores. Numerosos estudiantes abandonaron sus libros y prestaron atención al programa. Cientos de automovilistas hundieron imperceptiblemente el pie en el acelerador. Muchas enfermeras de guardia sonrieron experimentando un ligero escalofrío en su columna vertebral. Algunos soldados que escuchaban la radio de ocultis, mientras montaban guardia, retrocedieron hacia el fondo de sus garitas y pegaron la espalda a la pared. En algún bar de carretera unos camioneros se aproximaron al receptor situado tras el mostrador. Todos sin excepción consideraron en su fuero interno que el programa estaba mejorando de día en día.

........................................................................................................

Presa de un pánico infinito, el locutor, asiendo en su mano derecha el micrófono inalámbrico, fue retrocediendo lentamente. Al llegar junto a la puerta, se precipitó violentamente contra la batiente, que se abrió de par en par. Los grandes corredores de la emisora estaba desiertos, y el ruido de sus grandes zancadas fue amortiguado por la densa moqueta que cubría el suelo. Corrió desesperadamente y entró en varios despachos en los que encontrar caras conocidas. Hieráticos, sentados tras las mesas, se hallaban repulsivos seres que le miraban con sus cuencas vacías.

–«¡Auxilio! –gritó. Y advirtió que aferrado a su mano permanecía el micrófono inalámbrico. Repentinamente pasó por su imaginación la idea de que quizá su voz continuaba saliendo al aire–. ¡Por favor! –rogó–. Esto no es un programa de radio. Estoy hablando a... –Miró su reloj y se apercibió asombrado de que eran cerca de las dos y media. A aquella hora no debería quedar ya nadie en la emisora. ¿Quiénes eran aquellos seres? Acaso... –. ¡Llamen a la policía! No puedo explicarlo -continuó hablando ante el micrófono-, pero ellos me rodean. Invaden todos los despachos. Me persiguen. ¡Por favor! Son unos seres nauseabundos. Estoy seguro de que se trata de... sí, son muertos. Muertos que han resucitado y desean vengarse... ¡Socórranme, por Dios!

Aquello era sin duda una pesadilla, un sueño macabro, algo inexplicable. Necesitaba huir lo más pronto posible. Corrió deteniéndose en cada recodo de los largos pasillos en dirección a la puerta de la emisora.

–Vienen tras de mí -dijo susurrándolo al micrófono–. Oigo sus pasos. Voy a tratar de abandonar la emisora. ¡Les aseguro que esto es real! ¡no es un programa! –gimió con desesperación.

Al doblar el último recodo se quedó paralizado. Tras la gran cristalería en cuyo centro se abría la puerta de entrada, se agolpaban decenas de horrorosas cadáveres en actitud hierática. En aquel momento se abrió la puerta del ascensor y el conserje, el mismo que le había acompañado cuando él subió, abrió la puerta del elevador del que salió un nuevo grupo de repugnantes criaturas. Casi al mismo tiempo, la presión de los que se encontraban tras ellas, hizo añicos las grandes cristalerías, y una macabra procesión irrumpió en el corredor.

–Soy Roberto Ramírez –gritó ante el micrófono que aferraba en sus manos–. Estoy en Radio Central. Me encuentro en peligro de muerte. Decenas de criaturas avanzan hacia mí. ¡Llamen a la policía! ¡Voy a morir! –rugió echando espuma por la boca–. Esto no es una ficción. He provocado la resurrección de los muertos y su venganza no se ha hecho esperar. ¡Auxilio! ¡Ya están aquí! ¡Me rodean! ¡No puedo conseguir...

A través de miles de receptores se escuchó la sintonía que ponía fin al programa de Roberto Ramírez. Cientos de automovilistas se distendieron y aflojaron la presión de su pie sobre el pedal del acelerador. Algunas amas de casa desveladas apagaron la radio y examinaron sus profundas ojeras ante el espejo del cuarto de baño. Más de un soldado de guardia abandonó el fondo de su garita y salió a pasearse por la muralla. Los camioneros pagaron sus consumiciones y subieron a sus grandes vehículos. Muchos estudiantes cambiaron de emisora intentando localizar la música que les ayudara a retener sus lecciones. Enfermeras de guardia iniciaron la ronda por las habitaciones en penumbra recelando de cada sombra que encontraban en su camino. Y hasta en alguna comisaría de barrio, algunos policías lanzaron una carcajada para distender el ambiente. Todos, absolutamente todos, pensaron que el programa mejoraba de día en día. Lo malo fue que, a la mañana siguiente, aquellos mismos policías, llamados urgentemente desde la emisora, permanecieron perplejos y con la confusión dibujada en sus rostros ante el cadáver horrendamente mutilado del locutor Roberto Ramírez.

4 ago 2010

68 VECES COBARDE por Manuel Yáñez

El sol era una bola de fuego, agobiante y omnipresente. Los dedos largos, finos y ultrasensibles de Wild Bill Haycox alcanzaron la cantimplora. Antes de beber se desabrochó la pequeña corbata que montaba sobre los dos botones de su camisa de algodón, antaño siempre almidonada e impecable pero en aquel momento sucia de polvo y sudor. Levantó la cabeza, cerró los ojos y espantó un mal recuerdo. El agua produjo una tentación de náusea en su garganta acostumbrada al mejor whisky, y sólo consumió la suficiente para eliminar la sequedad de los labios. Mientras, el caballo avanzaba al trote, con los belfos manchados de espuma y todo el negro cuerpo abrillantado por el calor tórrido del desierto.


Jinete y montura ya no componían la estampa del arrogante centauro a cuyo paso las gentes de paz corrían a esconderse en los rincones más seguros de sus casas, a la vez que los indeseables asomaban sus rostros de buitres y sus risas de hienas para demostrar el servilismo que les unía al pistolero, cuyos colts del 38, especialmente ajustados a las habilidades de su propietario, habían dado muerte a 68 personas.

En aquel territorio todo carecía de pedestal humano, debido a que el polvo, la temperatura y un océano de tierra y rocas peladas sólo admitían la lucha más desesperada por la supervivencia. Por eso el pistolero de cuarenta y nueve años llevaba un mapa, una brújula y las suficientes provisiones. Sin embargo, sus ojos de halcón mostraban unas bolsas que evidenciaban la falta de descanso físico y mental, el rostro tallado con escoplo adquiría una superior perversidad debido a una barba de tres días y la línea de la boca, blanquecina y apretada, no necesitaba convertir el palabras al anuncio del veneno que encerraba.

Buscó alguna zona de sombras en el terreno pedregoso por el que iba a adentrarse. Tiró de las riendas con crueldad, para arrancar a su caballo de una imposible somnolencia y llegó a donde quería en una rápida cabalgada. Luego, saltó al suelo, sujetó a la bestia en una pared rocosa, cogió las alforjas y marchó en busca de su descanso. Pero fue incapaz de dormir y de liar un cigarrillo. Debió convencerse de que no ejercía ningún dominio sobre su cerebro. Hacía tiempo que le temblaban los nervios igual que a un alcoholizado.

Se mordió los labios, cerró los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, estiró las piernas y se dijo que él era un hombre de temple acerado. De pronto, como repuesta, su mente quedó inundada por una sonrisa delgada, cínica y desafiadoramente juvenil, a la vez que ensordecía sus oídos el recuerdo de una grito:

«¡El viernes, a las doce y treinta, te espero en la calle principal de Canyoun River! ¡Viejo, procura entrenar tus dedos y engrasar esos colts del 38, porque yo, Sam Ballard, me he propuesto heredar tu negra fama!»

Antes, más de 30 hombres de todas las edades habían pretendido lo mismo. Pero aquel coyote tejano era distinto a todos, porque exultaba juventud, se leía en sus ojos que no temía a la muerte, y las muescas de sus revólveres proclamaban que había quitado la vida a una docena de pistoleros. Wild Bill le tuvo miedo, por eso se encontraba en el desierto, huyendo por primera vez en su vida. Quizás esa fuera la causa que inquietaba su ánimo y le impedía conciliar el sueño, o ¿acaso tuvieran la culpa las pesadillas nocturnas que venían acosándole desde hacía varios meses?

Todo debió comenzar aquella mañana que se despertó con los dedos pulgar e índice de la mano derecha casi agarrotados. No pudo creerlo. A lo largo de una hora de maldiciones y temblores, se vio bajo la evidencia de la edad y de los excesos a los que había sometido a su cuerpo. Más tarde, marchó en busca del médico, al que obligó con el cañón de un colt del 38 a que le dijese qué significaba aquella dolencia.

—Es una pequeña artrosis —diagnosticó el viejo galeno—. Sumergiendo la mano en agua caliente y con esta pomada recuperará la movilidad de sus dedos. Pero le aconsejo que no vuelva a probar el alcohol...

—¿Puedo confiar en que no contará a nadie esto, «matasanos»? —preguntó amartillando una de sus armas.

—Se lo juro... Créame... Yo nunca he sido su enemigo, míster Haycox...

Seguidamente, el pistolero se sometió a un régimen de enclaustramiento, hasta que se convenció de que su diestra volvía a ser como siempre. Y el primer día que pudo reanudar su vida normal, se cuidó de comprobar si el «matasanos» se había ido de la lengua. Terminó sabiendo que todos creían que su ausencia obedecía a algún viaje; no obstante, aquella misma noche, se encargó de meter dos balas en la barriga del tipo que poseía una información demasiado peligrosa.

El dueño de los «dedos más rápidos del Far West» pagaba así los favores que se le hacían.

Un escalofrío le obligó a abandonar los recuerdos. La temperatura del desierto había descendido exageradamente por culpa de la noche. Se incorporó mirando la luna menguante, dispuesto a proseguir la marcha. Desató al caballo, subió a la silla de montar y clavó las espuelas. Durante unos veinte minutos se sometió a una rápida cabalgata, como si pretendiera escapar de su propia conciencia. Pero éste era un empeño imposible.

Repentinamente, tiró de las bridas con fuerza, obligando a que su montura se alzara sobre las patas traseras, y se quedó atónito. Una muda maldición entreabrió sus labios y sus ojos expresaron el asombro impropio de un poker-face. Intentando tragar una saliva inexistente en su boca reseca, extrajo el mapa del bolsillo interior de su chaqueta negra, donde también acostumbraba a llevar la ventaja de un diminuto Patterson del 34, encendió una cerilla y buscó su exacto emplazamiento den el desierto. Pero no halló lo que buscaba: ¡allí jamás se había encontrado ningún pueblo!

Entonces ¿por qué él estaba viendo un conjunto de casas, un depósito elevado de agua, una iglesia y dos saloons? Las siluetas de los edificios eran perfectamente identificables.

Wild Bill Haycox apagó el fósforo cuando estaba a punto de quemarse los dedos, y encendió otro para ver la hora en su reloj de cadena: las cuatro de la madrugada... ¡Pero en aquel núcleo humano bullían en multitud las luciérnagas de las ventanas y de las lámparas de los porches!

—Quizá sea un pueblo minero de los que crecen y se llenan de vida antes de que se enteren los que hacen los mapas —se dijo no demasiado convencido—. Voy a comprobarlo...

Esta vez prefirió dejar de clavar las espuelas en los flancos de su caballo. Se limitó a impulsarlo con las bridas, para que se moviera a un trote lento, cansino. Porque no era curiosidad el impulso que le movía a aquel lugar, sino una especie de magnetismo irresistible: el mismo que le obligaba en su juventud a buscar a ciertas mujeres: ¡en efecto, era esta misma pasión esclavizadora!

«¿Qué voy a encontrar ahí... si mi instinto parece estarse metiendo en un fuego que yo... tenía por olvidado?», se preguntó sin dejar de avanzar, sintiéndose muy inquieto.

Sus nervios nunca pudieron ser totalmente de hielo. Siempre había matado arrastrado por la carencia de piedad del asesino al que le aterroriza su propio miedo. La inexpresividad de su rostro, su rígida forma de andar, su vestuario y los revólveres que lampagueaban en las cartucheras que se mantenían atadas más abajo de los muslos y muy cerca de las rodillas habían sido una máscara. ¡Una máscara que había llevado puesta durante más de veintiséis años!

Antes de entrar en aquel pueblo, le llegaron a los oídos las amargas estrofas de la balada The Cow-boy´s Lament:

«... Que dieciséis tahúres lleven mi ataúd. / Seis guapas chicas me canten una canción./ Llevadme al valle y cubridme de terrones./ (...) Tocad suavemente el tambor y muy bajo el pínfano./ Que esta marcha fúnebre me acompañe... / Y poned unas rocas sobre mi sepulcro».

Wild Bill Haycox se sintió singularmente aludido, y un escalofrío recorrió su columna vertebral en un asalto estremecedor que le forzó a tensarse sobre la silla de montar. Al mismo tiempo, a sus fosas nasales llegaron los olores característicos de la cerveza fresca, del whisky de cinco centavos el vaso, del champagne de veinte dólares la botella, la brillantina y el «fijapelo» de los camareros y los sensuales perfumes de las bailarinas: amalgama que terminó por fundirse en un solo aroma: acre, dominante y preñado de recuerdos que él no supo, en aquel preciso instante, valorar con excatitud.

Inmerso en este cúmulo de sensaciones, fueron sus ojos los que empezaron a captar figuras de personajes que le resultaban conocidos, a pesar de que no consiguiera saber dónde los había visto. Por último, resultaron tantos que le invadió la idea de que la presencia de todos aquellos conocidos («¿qué maldita casualidad los ha reunido aquí... y cómo ninguno de ellos me resulta un extraño?») obedecía a una decisión que él debía respetar.

Durante unos segundos pensó en escapar de aquel pueblo, pero ni siquiera detuvo la marcha de su caballo.

Repentinamente, en una aparición más reveladora que una lámpara de petróleo al ser encendida en una habitación a oscuras, se encontró frente a Mavis Bleeke, «la reina de Dodge City», que se exhibía tan lozana, desafiadora y hermosa como en 1872... ¡Si hacía diez años que él mismo la había estrangulado con sus propias manos!

Ya no había ninguna duda: aquel pueblo, que no estaba señalado en el mapa, pertenecía a los muertos. Porque era muertos los hombres y las mujeres que le contemplaban desde los porches... ¡Y a todos él mismo les había arrebatado la vida!

¡Sí, allí estaban Sandy, el croupier de faro en el Harper´s Saloon de Dodge City; Russell, el jefe de estación de Abilene; Horace, el propietario del White Hotel de Missouri Flates; Eilley, la rolliza pianista del Comstock Saloon de Virginia City, y todos los demás... hasta totalizar 68 cadáveres!

Jamás había llevado la contabilidad de las personas que había asesinado ¡pero supo que ninguno de ellos faltaba a aquella cita macabra, incomprensible!

Entonces sí que descarnó los flancos de su caballo con las espuelas; a la vez, desenfundó uno de los colts del 38, y comenzó a disparar contra la fila de los que habían sido espectadores de su entrada en aquel maldito pueblo. Su demencial pretensión era volver a matar... ¡a los que ya debían estar bien muertos!

Al instante se dio cuenta de que estaba malgastando las balas, debido a que las gentes habían desaparecido, lo mismo que los ruidos, las luces y los olores. Todo parecía que jamás hubiese existido: se encontraba en una población desierta y silenciosa.

—¡¿Qué ocurre aquí... ? ! —aulló con toda la fuerza que le proporcionaba su cólera de hiena racional, negándose a aceptar la locura. De pronto se tragó el deseo de seguir convirtiendo en gritos su protesta desesperada, pero no supo contener esta pregunta—: ¿Acaso ha sido uno de los espejismos del desierto? Pero... ¡Deténte, bestia maldita!

A pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió dominar a su montura hasta unas dos milla del pueblo, ya que la había encabritado con el estrépito de los disparos y con las heridas originadas por las espuelas. Luego, se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba empapado de sudor. Realmente se había sentido aterrorizado.

—¡No... no! ¡Yo jamás he conocido el miedo... y mucho menos el terror...! ¡Sólo han sido unas visiones... Estoy cansado, llevo dos días sin dormir y mi cabeza no me funciona demasiado bien... si no duermo lo suficiente!

Sin embargo había tenido que volver a gritar para conseguir autoconvencerse de que sus deducciones obedecían a la realidad más auténtica. Acto seguido, negándose a volver por los derroteros mentales que podían conducirle al reconocimiento de su cobardía, se dirigió hasta aquel grupo de edificaciones, que ya, definitivamente, parecían desiertas, abandonadas.

Con el ceño fruncido, los labios apretados y la s manos sujetas al cinturón, en la proximidad inconsciente de las culatas de los colts del 38, dejó el caballo atado a la barra del porche del hotel, empujó la puerta de cristales y entró en un lugar sumido en la penumbra. Sobre el mostrador de recepción vio una lámpara de petróleo. La cogió sin mucha confianza y, enseguida, comprobó que su depósito no estaba vacío. Encendió la mecha, cuyo resplandor le permitió descubrir una inmensa capa de polvo, un sinfín de telarañas y el lógico aspecto de un lugar que llevaba muchos meses sin ser habitado.

No obstante, al mismo tiempo que liberaba un soplido de tranquilidad, le llegó un hedor a tumbas, a cementerio en el que los cadáveres no hubiesen sido enterrados a la suficiente profundidad. Pero este retorno de la pesadilla fue muy breve, casi una intuición o un secuela de los que había sufrido recientemente. Así que le resultó fácil creer que no debía sentirse afectado.

Después, subió al primer piso. Las viejas maderas crujieron bajo sus botas, de unas rendijas brotaron las veloces sombras gordonzuelas de dos ratones y sobre la campana de luz pasaron unos murciélagos. Wild Bill Haycox empezó a silbar O Bury me not en the lo prairie («No me enterréis en la pradera solitaria»), aunque se negaba a aceptar que estaba asustado. En la primera puerta que abrióse encontró una cama de metal dorado, de alta cabecera en la que parecían reír unos angelotes desnudos columpiándose en unas guirnaldas de flores y frutas, y que contaba con todo su equipamiento para echarse un buen sueño.

«¿no es mejor esto que dormir en el suelo?», se preguntó el pistolero.

Retiró la colcha tejida con hilos dorados, rojos y amarillos, y se encontró con una manta que al presionarla no despidió polvo. Sonriendo abrió la ventana, para remover la atmósfera, dejó la lámpara de petróleo en un pequeño aparador, se quitó las botas y el cinturón canana —un chispazo de indecisión le asaltó al realizar este acto, aunque tardó muy poco en despreciarlo—, y se echó en el lecho que le estaba aguardando. Casi al instante se vio apresado por una extraña somnolencia, que achacó al agotamiento.

Pero se dio cuenta de la inu8sitada titilación de la llama apresada en la campana de cristal, y que una casi olvidada sensualidad enervaba todos los poros de su piel y ponía en fase de tensión todos sus músculos. Entonces, en el rectángulo de la puerta, casi en las sombras, apareció una mujer semidesnuda —sólo llevaba una gasta imperceptible sobre la subyugante hermosura de su cuerpo—. No debía contar más de veinte años, lucía una impresionante cascada de cabellos rubios, sus pechos se asemejaban a dos grandes pomelos que hubiesen adquirido la facultad de vibrar y de rectarse, su cintura era una completa tentación para unas manos que llevaban meses sin palpar la provocación de una hembra, sus móviles caderas encerraban la gracia de las más apetitosas bailarinas de San Francisco, y en el horno de su pubis crecía la miel y el oro en un triángulo de vellosidad que emanaba efluvios de paraíso.

Claro que Wild Bill Haycox nunca había sido un poeta; sin embargo, en aquel preciso instante, su sexualidad fue capaz de llegar a las cimas de la pasión ,a la zona más alta, donde se acaba la posibilidad de seguir ascendiendo. Y por eso, cuando abrazó a la diosa, sus genitales eran un géiser de semen... ¡Un semen que se le quedó petrificado, mientras sus testículos se volvían unas bolas vacías, disecadas, al descubrir que tenía entre sus brazos a un cadáver putrefacto!

La cascada de cabellos se había convertido en unos repelentes colgajos que aún se sostenían en los escasos restos de piel que quedaban en el cráneo; los pechos no existían, aunque sí ocupaban su lugar una protuberancia agusanadas; la cintura sólo se hallaba formada por una carne podrida, devorada por la infección purulenta; y las caderas ya nada más que eran los huesos completamente descarnados; pero el pubis se conservaba intacto, como queriendo demostrar que se resistía a la cangrena, porque había sido la única «herramienta de trabajo» de la que fue, en vida, Rosa O´Leary, o la «Rosa de Topeka».

El pistolero intentó librarse de aquella carga macabra. El terror le enloquecía. Sus brazos, sus piernas y todo su cuerpo se entregaron a la lucha; a la vez, no cesabga de aullar sonidos ininteligibles. Pero aquella boca, de labios destrozados por una especie de lepra, no se separaba de la suya... ¡Súbitamente, desatando una sensación insufrible, tuvo la certeza de que varios gusanos estaban recorriendo la punta de su lengua!

Con el corazón al borde del infarto, las fuerzas se le multiplicaron hasta el punto que consiguió librarse del dogal que suponían los brazos infectos que le aferraban; sin embargo, no escapó a la inmensa náusea, aunque había conseguido liberar sus labios de la mortal ventosa, por eso comenzó a vomitar y a escupir durante largos minutos.

Sometido a esa reacción, le fue imposible darse cuenta de que la estancia se había llenado de espectros, de cadáveres animados de movimiento y que ofrecían todas las alteraciones que en sus carnes y en sus pieles, así como en sus ropas y en sus mortajas, habían causado el tiempo y la putrefacción. No obstante, a todos ellos los pudo identificar cuando levantó la cabeza, se le desencajaron los ojos y el terror le reveló que sólo debía aceptar una verdad: ¡esa que tenía delante!

—¿Por qué... ? —susurró entre las babas biliosas que aún escurrían de sus labios.

Como respuesta se vio atrapado por las manos —sólo eran huesos— de Herb Nestor, el recepcionista del Wichita Hotel, por la de Dave Fowler, el conductor de la diligencia que cubría la línea Topeka-Independence antes de que llegase el ferrocarril, y por las de Robert E. Riegel, el periodista del The Tulsa Telegraph. Eran auténticos esqueletos, pero el pistolero pudo identificarlos como si llevaran sus nombres escritos en el brillante y liso frontal de sus cráneos.

Ya no peleaba, n protestaba. Porque todo él era un temblor, un agónico estertor imposible de transformarse en un sonido audible. Se vio sacado de la habitación igual que si fuera un colgajo inerte. Carecía de fuerzas para sostenerse, se le habían vaciado los intestinos —los excrementos y la orina le escurrían por las piernas dando prueba de su cobardía—, y nada más que era una consciencia aterrorizada, que ni siquiera poseía el derecho a alejarse de lo que estaba ocurriendo dando un salto hacia la locura o la amnesia...

Parecía que era locura todo aquello que le rodeaba y le dominaba; al mismo tiempo, sus rodillas golpeaban contra los viejos peldaños de la escalera, su cabeza se le vencía sobre el pecho, esa baba de epiléptico en trance seguía manando de sus labios, y se iba dando cuenta de que cada vez eran más los cadáveres vivientes que el arrastraban.

El macabro recorrido finalizó en el comedor del hotel. Le pusieron de pie, apoyándole contra la pared. Y así pudo ver el lugar que había sido convertido en una espeluznante sala de juicios. Quiso cerrar los ojos, para hallar refugio ante tanto horror, y los párpados no le obedecieron... ¡Porque allí se encontraban, nuevamente, sus 68 víctimas, y todos le estaban mirando a pesar de que la mayoría no contaban con globos oculares en sus calaveras!

Presidía la mesa del presidente del Tribunal el más indicado de todos aquellos espectros hediondos y horripilantes: el juez Jeremías H. Pattie, que había sido titular del juzgado de Abilene hasta 1879. Sobre su esqueleto llevaba una toga harapienta, también putrefacta. No necesitó golpear el martillo de metal para solicitar silencio, porque allí el único sonido que se escuchaba era el que provenía de los labios temblorosos del reo: un estertor prolongado de renuncia y el castañeteo de sus dientes.

—Es innecesario que les informe a todos ustedes sobre el motivo de nuestra presencia en este juicio —comenzó a decir el muerto con una voz tan silbante como el viento al pasar por la copa de un gigantesco ciprés de cementerio, lo que no le restaba capacidad de comunicación—. Aquí falta la bandera de nuestro país, la Biblia y los abogados, tanto el defensor como el fiscal, porque todos nosotros ya pertenecemos a otro universo. Pero como nos ha devuelto con los vivos el mismo deseo de venganza, ¡hemos de obtener provecho de este molesto quebrantamiento del descanso eterno! Cada uno de nosotros debe su muerte a esta víbora humana: una asesino que ha venido engañando a todo el mundo con una ficticia leyenda de «pistolero de nervios de acero y corazón justiciero», ¡cuando todos nosostros sabemos que siempre se ha valido de la traición, de la ventaja y del engaño! ¡Porque es un cobarde!

—No... No es cierto —balbuceó Wild Bill Haycox, en una reacción que probaba la fuerza que aún le mantenía en pie.

—¿Acaso te atreves a afirmar, ante 68 testigos de cargo, que nuestras muertes fueron cara a cara y en defensa propia? —le desafió el juez-muerto.

—Obstaculizabais mi camino... de una manera o de otra... Tuve que quitaros la vida... porque suponías un gran peligro para mí...

—¿Peligro? Ahí se encuentra tu hermano pequeño, Ralph, y tus tíos, Lorne y Harold, más allá puedes ver a Clara Star, a Loerena Hoolding y a Rosa O´Leary, «la Rosa de Topeka»... ¿Te atreves a negar que todos ellos no te amaron?

—Quisieron cambiar mi destino... imponerme sus decisiones... Además sabían demasiado de mí...

—Y los mataste para que no deformasen la imagen que te habían fabricado los escritores de esas novelitas que se venden en el Este por cinco centavos, ¡y porque eres un monstruo sediento de sangre! Creo que ya es innecesario que sigamos con el Juicio. La condena sólo puede ser una: ¡Wild Bill haycox tendrás que enfrentarte en un duelo a muerte, sin trucos ni engaños, al joven Sam Ballard! ¡Por si lo has olvidado, te recuerdo que tienes una cita con él a las doce treinta del vienes, en la calle principal de Canyon River!

Súbitamente, se hizo un silencio inmenso, se apagaron las luces, se desvaneció el hedor a cementerio poblado de cadáveres putrefactos y la oscura soledad se transformó en una tenaza insoportable. Sin embargo, el pistolero tardó en darse cuenta de que le habían dejado solo. Luego, alzó la cabeza, sus ojos escudriñaron las sombras y, al cabo de unos minutos, se dio cuenta de que se encontraba en la cama. Esto le condujo a suponer que todo lo ocurrido obedecía a una pesadilla.

No obstante, saltó al suelo, se vistió precipitadamente, se colocó a conciencia el cinturón canana, después de comprobar que los colts del 38 seguían cargados, y salió del hotel. Una vez se encontró en el porche, sin saber realmente por qué lo hacía, sacó de sus alforjas un western book (novelita del Oeste), que un editor de nueva York venían dedicando a «las hazañas del pistolero más famoso del Far-West», y leyó la presentación:

«¡No tengas miedo! ¡No te asustes, hermosa! Ya estás a salvo en brazos de Wild Bill Haycox que está siempre dispuesto a arriesgar la vida, y a morir incluso, por una bella mujer».

Una sonrisa de vanidad se asomó a sus labios, montó lentamente en su caballo y puso rumbo hacia su responsabilidad. Estaba seguro de su victoria. Por eso ni siquiera acusó el cansancio, ni le volvió a herir el recuerdo de las terroríficas pesadillas, durante todo el largo recorrido a Canyon River. ¡Y en qué enorme envanecimiento se sumergió al comprobar la enorme expectación que le aguardaba!

En cuanto se le vio aparecer, las apuestas se situaron de inmediato en un porcentaje de nueve a uno a su favor. No obstante, se le dejó que se preparara meticulosamente, como si de un caballo de carreras se tratara. Allí se encontraban los principales periodistas del país, y hasta un famoso novelista europeo —algunos llegaron a decir que se trataba del propio Chales Dickens—, lo que suponía que la leyenda iba a cobrar un testimonio indestructible de autenticidad.

A las doce y veintiocho minutos, Wild Bill Haycox descendió por las escaleras del Gold Saloon. A los artistas Russell y Remington jamás se les hubiese ocurrido pintar un pistolero tan desafiadoramente arrogante. Todos los espectadores se quedaron sin habla, estupefactos. Y la parálisis general, quietos los vasos e inmóviles los dedos del pianista, permitió que resonase el tintieno de las espuelas de plata del «legendario» pistolero

Después, bajo un sol de castigo y con un público que ni siquiera parpadeaba, los dos duelistas se situaron frente a frente. El senador Eugene Mc Parkinson se encargó de la cuenta, cuidándose de espaciar los tres números en intervalos de quince segundos exactos. Sin embargo, al llegar al «dos» se produjo un desenlace inesperado, revelador...

—¡No, no... Yo no quiero morir así... Mis dedos son viejos... Jamás conseguiré desenfundar a tiempo...! —suplicó Wild Bill Haycox, arrodillándose en la ciénaga de su cobardía.

Un terremoto no hubiese causado mayor estampida humana. La fuga fue general, como si todos los presentes acabasen de descubrir que habían sido cómplices de una gran farsa. Y hasta el joven pistolero Sam Ballard abandonó la calle. Sólo los niños y los muchachos se quedaron allí, burlándose del «viejo cagón»...

Humillado y destruido, el asesino buscó un caballo, cualquiera, y se dispuso a escapar de aquel maldito pueblo. Pero, a los pocos metros, se enfrentó a las armas de sus víctimas. Los tejados, las ventanas, los porches y el suelo polvoriento se hallaban cubiertos de negros cañones de rifles y revólveres. Pero nada más que se escuchó un disparo , y el cobarde cayó a tierra abatido por 68 balas justicieras.

25 jul 2010

LA SED por Alejandro Delgrado

A las ocho menos cuarto en punto, como cada mañana, Alberto tanteó sus bolsillos para confirmar que todo estaba en orden. La documentación y el dinero en el interior de la chaqueta, la pluma estilográfica y el abono del autobús en el pequeño bolsillo junto a la solapa izquierda. Dinero suelto, un pañuelo limpio y el llavero en el pantalón, y el amuleto de madera en el diminuto bolsillo a la altura del cinturón.


Al salir del portal vio que un autobús de la línea cuarenta y dos se encontraba detenido en la parada, y echando a correr, a la vez que hacía señas con la mano al conductor, cruzó la calzada sorteando los automóviles que a aquellas horas de la mañana circulaban a gran velocidad; pero antes de que pudiera alcanzarlo subió el último pasajero y el autobús arrancó dejando una sucia estela de humo negro que a los pocos instantes comenzará diluirse e la gélida atmósfera de la mañana.

Murmurando una maldición, se apoyó en el poste metálico y se dispuso a esperar al menos diez minutos hasta que pasara el siguiente. El ambiente era fresco, y Alberto sabía que, si se le enfriaban los pies, no sería capaz de entrar en calor hasta cerca del mediodía, y la jornada de mañana en la oficina sería interminable.

Seguro de que tenía tiempo de llegar andando hasta la próxima parada, echó una ojeada hacia el final de la calle para cerciorarse de que, como en algunas ocasiones, y por desarreglos horarios, el siguiente autobús no venía pegado el primero, y emprendió la marcha volviendo de vez en cuando la cabeza.

En la otra parada había ya dos personas esperando y consideró oportuno no arriesgarse a caminar hasta la siguiente, más que nada temiendo que el vehículo ostentara el cartel de «completo» y pasara de largo.

Dirigió si vista entonces hacia la entrada de la calle Sande para comprobar que la furgoneta del Banco de Sangre continuaba estacionada entre el cine y los grandes almacenes, como si no se hubiera movido en los últimos dos meses, aunque era de suponer que por las noches se dirigiría al hospital para depositar en él su preciada carga de plasma, generosa cosecha de sangre que ofrecían los viandantes a requerimiento de ambulantes enfermeras.

A pesar de que Alberto transitaba con frecuencia por aquella zona de la ciudad, único centro comercial próximo a su domicilio, nunca había sentido la tentación de donar sangre, aunque en más de una ocasión se lo había solicitado alguna de las sonrientes auxiliares sanitarias. Nunca hasta hacía una semana aproximadamente.

Cuando solía dirigirse a los grandes almacenes o a alguno de los comercios de aquel área, ponía gesto hosco y llevaba el «no» dispuesto a flor de labios por si alguna de las enfermeras, como ya había sucedido, requería de él amablemente la ofrenda sanguínea, y lanzaba la negativa al rostro de la joven de forma destemplada, igual que se hace con un vendedor inoportuno o un comerciante insistente en exceso.

Hasta que, en cierta ocasión, reparó en la muchacha.

Se encontraba contemplando unos zapatos expuestos en un escaparate, cuando la vio reflejada en el cristal. Hablaba con dos jóvenes y con toda probabilidad solicitaba de ellos donación de sangre, pero al parecer no logró convencerlos, porque al rato se despidieron. Entonces la chica fijó su vista en él y fue acercándose mientras Alberto la contemplaba en el cristal, y cuando él ya casi sentía su aliento en la nuca y parecía dispuesta a hablar, la muchacha miró su rostro reflejado en la luna del escaparate, vaciló un momento, y dándose la vuelta, se alejó hacia un grupo de personas a las que interrumpió en su deambular para pedirles su generosa colaboración. No obstante, y mientras hablaba con aquellas gentes, volvió la cabeza una o dos veces en dirección a donde se encontraba Alberto.

Preguntándose el por qué de aquella reacción, cruzó el otro lado de la calle, y oculto entre los viandantes, la estuvo observando durante largo rato, y en ninguna ocasión vaciló al acercarse a otro transeúnte.

Su forma de caminar y el modo en que miraba a los ojos mientras sonreía solicitando la aportación sanguínea fue lo que más llamó la atención de Alberto. Si mientras contemplaba el escaparate ella le hubiera abordado en lugar de darse la vuelta, no habría rehusado colaborar, cosa que jamás se le había pasado antes por la imaginación. Quizás en la ocasión de alguna catástrofe o en una situación extrema habría sido de los primeros en ceder una cierta cantidad de sangre, pero sin ninguna motivación especial, en frío, el gesto le parecía una especie de mutilación voluntaria.

Estuvo contemplándola durante largo tiempo fascinado por su ir y venir, por la amabilidad con que recibía las negativas y por la sonrisa de agradecimiento dirigida a los que aceptaban escuchar los argumentos con que la Seguridad Social pretendía convencer al público de la necesidad de donar una mínima cantidad de plasma.

El número de personas que habiendo prestado atención a sus explicaciones rehusaba contribuir a la causa era muy escaso: algún hombre mayor, dos muchachas con aspectos de solteronas, una madre de familia con aire de mujer frustrada, una monja huidiza. El resto de los viandantes, tras escuchar alelados quién sabe qué tipo de razonamientos, se dejaban conducir suavemente hacia la gran furgoneta como ovejas que no ofrecen resistencia al ser llevadas al matadero.

Tomando con delicadeza por el codo a las personas mayores, pasando el brazo por el hombro de algún joven, o quitando con gesto familiar una mota de polvo de la solapa de algún caballero, les acompañaba hasta la portezuela del vehículo donde sanitarios vestidos con batas blancas se hacían cargo de los donantes.

Desde aquel día, Alberto deseó que la muchacha se dirigiera a él solicitando su colaboración, y muchas tardes se encaminaba hacia la zona comercial y daba vueltas procurando hacerse el encontradizo con ella, pero la joven parecía esquivarle, o al menos eso creía él, porque no era verosímil que tantas idas y venidas de una misma persona pasaran desapercibidas.

Alberto tenía la certeza de que durante alguno de aquellos paseos los dos se encontrarían frente a frente y ella no podría eludir dirigirse a él y solicitar una voluntaria aportación sanguínea.

Ahora, mientras esperaba la llegada del autobús, contemplaba la furgoneta estacionada en la todavía semidesierta zona comercial. La puerta del vehículo permanecía cerrada, y alguien había retirado una escalerilla de madera con tres peldaños que facilitaba el acceso al interior. Las ventanillas, provistas de persianas venecianas, aparecían asimismo cerradas, y aunque nada permitía suponerlo, Alberto experimentó la sensación de que alguien le estaba contemplando desde el interior del coche.

Precisamente creía haber observado un movimiento furtivo detrás de una de las ventanillas, cuando hizo su aparición el autobús, y los componentes de la cola se removieron inquietos asegurándose la posesión de sus pequeños territorios. A los pocos instantes el vehículo se puso en marcha y Alberto vio desaparecer la furgoneta en lontananza. Sólo cuando el revisor le pidió que exhibiera el abono salió de su ensimismamiento.



Aquella misma tarde se dirigió hacia la zona comercial, y situándose detrás de un quiosco de periódicos, se dedicó a la observación de los movimientos de las enfermeras.

Entre todas sus compañeras destacaba la muchacha en cuestión, no solamente por hacer gala de un mayor dinamismo y de un superior poder de persuasión, sino por un especial atractivo que emanaba de toda su persona. Sin poseer una belleza clásica ni rasgos perfectos, su figura destacaba en el acto de entre la masa de viandantes y curiosos que circulaban perezosamente por aquella vía peatonal.

La muchacha tenía la tez pálida y el cabello castaño le rozaba los hombros meciéndose a cada movimiento de su cabeza. Sus ojos eran intensamente azules, y bajo una breve y recta nariz se dibujaba una boca cálida que sonreía continuamente sin que la permanencia de aquel gesto constituyera ningún rictus forzado. Seguramente a causa de aquella sonrisa se le habían formado unas leves arrugas junto a la comisura de los labios que otorgaban cierto carácter de formalidad a su rostro cuando permanecía seria, y realzaban el gesto de cordialidad cuando sonreía.

Después de haberla contemplado con placer, se mezcló con la masa de transeúntes, y en cierto momento en que se dirigía hacia ella para hacerse el encontradizo, otra de las enfermeras se le acercó, e interrumpiendo su marcha, se dispuso a solicitar su colaboración. En aquel mismo instante, como si hubiera estado sobre aviso, la muchacha se volvió, y mirando fijamente a su compañera pareció transmitirle un mensaje con un simple y fugaz parpadeo. Al instante la que le había abordado sonrió con cierta confusión y, musitando una excusa, se alejó en busca de otras personas a quienes pedir su cooperación.

Alberto, intrigado por aquel gesto, dio unas cuantas vueltas por la calle contemplando los escaparates y al cabo de unos minutos regresó a la zona donde se encontraba la furgoneta. Avanzó resueltamente y llegó hasta la joven, que en aquel momento se encontraba sola. Mirándola fijamente a los ojos sonrió y se ofreció voluntariamente para la donación, pero, apenas había musitado dos palabras, cuando ella le interrumpió serena aunque tajantemente diciendo: «No, tú no».

Alberto se alejó confuso del lugar sin atreverse siguiera a preguntar el motivo de la negativa, pero sabiendo que la joven le acababa de hacer un gran favor, y no obstante obsesionado por aquel «tú no» se perdió entre la multitud avanzando cada vez más deprisa, hasta que, sin saber por qué echó a correr y advirtió que se encontraba aterrorizado, y que aquella carrera era una huida de algo terrible en cuyo poder había estado a punto de caer.

Cuando llegó a casa estaba sudoroso y el corazón le latía tan fuertemente como si estuviera en trance de desprendérsele del pecho. Subió las escaleras de dos en dos y una vez en el interior del piso echó el cerrojo con mano trémula y permaneció pegado a la puerta durante largo rato con el oído atento al menor ruido procedente de alguna de las habitaciones. Después, sigilosamente, encendió las luces y recorrió el apartamento con toda precaución, igual que se hace cuando un crujido sospechoso nos hace recelar la presencia de ladrones.

Durante los dos días siguientes sus ocupaciones le impidieron acercarse a la zona comercial, y casi llegó a olvidar aquel irracional pánico que le dominara de forma tan absurda como incomprensible, ya hasta elaboró una teoría para justificar ante sí mismo el hecho de no haber sido aceptado como donante de sangre.

Es posible –se decía– que las muchachas tuvieran a causa de su profesión un gran ojo clínico y en virtud de aquella facultad supieran con cierto margen de error, naturalmente, quién era apto y quién no para ofrecer plasma. Y aunque aquella conjetura pudiera resultar preocupante, o cuando menos ofensiva, su formulación no le inquietó lo más mínimo, puesto que lo único que en su fuero interno deseaba era buscar una explicación a un hecho, situar en su emplazamiento adecuado las piezas de un rompecabezas a fin de recuperar la tranquilidad perdida.





Al tercer día, se dio una vuelta por la zona y comprobó que todo continuaba en el mismo estado. Las enfermeras detenían a los viandantes, los cuales aceptaban o rechazaban colaborar en la empresa, según su humor o las dotes de persuasión de las chicas.

Situándose detrás del puesto de periódicos espió durante un buen rato las maniobras de captación de las muchachas prestando especial atención a la joven que le había rechazado, quien, con el simpático gesto que la caracterizaba, seleccionaba cuidadosamente a los paseantes y se aproximaba a ellos sonriente.

Alberto se dio cuenta de que, salvo muy raras excepciones, las jóvenes abordaban a personas que no iban acompañadas, y si acaso se dirigían a parejas lo hacían específicamente a uno de sus componentes sin prestar atención al otro.

En aquel momento, la joven hablaba con una muchacha de unos diecisiete años que parecía escucharla interesada. Conversaron brevemente, y al cabo, la enfermera condujo con suavidad a su conquista hasta la puerta de la furgoneta y Alberto, interesado por saber qué tipo de argumentos empleaba la enfermera, se hizo el propósito de acercarse a la muchacha que acababa de ser seducida por tales razones y entablar conversación con ella tan pronto abandonara el vehículo.

Media hora más tarde continuaba con los ojos fijos en la puerta de la furgoneta, pero la joven no había vuelto a salir, o por lo menos él no la había visto. En ningún momento perdió de vista la portezuela del vehículo ni a la enfermera.

Cuando dieron las ocho, y los comercios comenzaron a echar el cierre, Alberto llegó a la conclusión de que por lo menos dos personas que habían sido conducidas a la furgoneta no habían vuelto a salir de ella, y sin saber por qué, un escalofrío recorrió su espina dorsal , y sintió un pánico semejante al que experimentara algunas noches atrás.

Se sorprendió al notar que el tránsito de personas había disminuido hasta casi desaparecer. Las enfermeras no se encontraban ya en la calle, y las luces de los escaparates debían de llevar mucho tiempo encendidas. Miró su reloj de pulsera admirándose de que estuvieran a punto de dar las diez de la noche. Le dolían los ojos, y cuando retiró la vista de la puerta de la furgoneta, que aparecía ya completamente clausurada, tuvo la certeza de que en su interior permanecían por lo menos dos personas: una muchacha y un hombre.

Incapaz de abandonar aquel lugar, permaneció durante mucho tiempo detrás del puesto de periódicos, y cuando en algún reloj cercano sonaron las campanadas que anunciaban una media, quizá la de las dos, algo pareció agitarse en el interior del vehículo, y a través de las persianas surgió un rayo de luz. A los pocos instantes una ambulancia hizo su aparición por la calle desierta y se estacionó a unos diez metros de la furgoneta justo en el límite de la zona peatonal.

Casi en el acto, dos sanitarios con batas blancas hicieron su aparición en la portezuela del vehículo de la Seguridad Social, y en aquel mismo instante, el chofer de la ambulancia descendió, y dirigiéndose a la parte trasera, abrió la puerta posterior. Los sanitarios, una vez que contemplaron la maniobra, volvieron a entrar y poco después salían transportando a alguien en una camilla. El cuerpo de aquella persona estaba completamente cubierto por una sábana, pero Alberto tuvo la seguridad de que se trataba de la jovencita a la que no había vuelto a ver.

Después de transportarla hasta la ambulancia, los sanitarios regresaron, y al poco hicieron de nuevo su aparición acarreando otro cuerpo, quizás otro cadáver. Alberto permaneció espantado contemplando el macabro espectáculo hasta que, urgido por un terror irracional salió de su escondite sin ser visto y amparándose en las sombras de la noche huyó calle abajo deteniéndose a unos doscientos metros para tomar aliento al abrigo de un portal.

Un taxi circulaba lentamente por la calzada, y aunque su domicilio se encontraba a menos de cinco minutos, le hizo una seña y el vehículo se detuvo. Precisamente en aquel momento cruzó a su lado la ambulancia, que pausadamente descendió hasta la plaza que remataba la avenida y rodeó el monumento central alejándose a una velocidad moderada. Obedeciendo a un impulso momentáneo, Alberto, después de dar las buenas noches al taxista, le indicó: «Siga a esa ambulancia, por favor, pero no se acerque demasiado». Y se hundió en el asiento asustado por el eco de sus propias palabras.

Durante largo rato circularon detrás de la ambulancia a escasa velocidad, puesto que el vehículo de urgencias no parecía tener demasiada prisa en llegar a donde se dirigiese. Una vez incluso se detuvo en un semáforo en rojo y en ningún momento hizo sonar la sirena. Solamente el farolillo ámbar, girando hipnóticamente sobre el techo, denotaba que el vehículo se encontraba de servicio y ponía un punto de inquietud en la gélida atmósfera nocturna.

Tras abandonar el centro de la ciudad, se internaron en los barrios periféricos, y después de atravesar el cinturón de los sectores más superpoblados, el vehículo sanitario y el que ocupaba Alberto penetraron en una zona residencial.

Al llegar ante un oscuro edificio rodeado por un jardín cubierto por densa arboleda, la ambulancia se detuvo sólo el tiempo necesario para que alguien abriese al cancela metálica, y a continuación traspasó los límites del arbolado perdiéndose en la oscuridad. Tan sólo la luz giratoria color de miel permitía seguir su trayectoria a través del boscaje.

«Deténgase» –pidió Alberto al conductor, pero éste no pareció haberle oído y continuó impertérrito–. «Pare aquí» –pidió con un cierto temblor en la voz. El chofer, no obstante no se dignó siquiera volver al cabeza, y como si la orden no fuera dirigida a él encaminó el vehículo directamente hacia la cancela, que continuaba abierta. Y a pesar de sus protestas, el taxi, cruzando la entrada, se internó en un sendero de grava rodeado por una tupida vegetación y fue a detenerse a escasos metros de la ambulancia, la cual parecía estacionada ante la fachada principal del edificio.

Comprendiendo de súbito que acababa de caer en una trampa, se abalanzó hacia la portezuela al tiempo que los dos sanitarios que habían transportado las camillas se encaminaban hacia el taxi. No tuvo siquiera la oportunidad de poner pie en tierra, porque los dos corpulentos hombres le asieron por los brazos y levantándole en andas le condujeron hacia la puerta de la casa haciendo caso omiso de sus protestas y alaridos.

Cuando recobró el conocimiento experimentó un intenso dolor en la nuca, como si alguien le hubiera golpeado, y acto seguido llegaron hasta sus oídos una serie de gemidos lastimeros. Se incorporó en el lecho en el que yacía y aproximándose a la ventana pudo ver un conjunto de personas que se encontraban junto a una de las puertas laterales del edificio. Allí agrupados, se retorcían las manos y se mesaban los cabellos al tiempo que desconsoladoras quejas salían de sus labios.

En aquel momento se abrió la puerta y entraron dos hombres provistos de batas blancas, pero su aspecto no era brutal como el de quienes le habían conducido al interior del edificio, sino que, por el contrario, tenían el aire de personas cultivadas. No obstante en alguna parte de su rostro, no logró descubrir dónde, había una marca de maldad.

–Lamentamos esta estúpida confusión –dijo el que parecía de más edad–. Así que no pertenece usted a la policía ni a ningún tipo de servicio secreto.

Alberto permaneció perplejo. No había duda de que su actuación hubiera hecho recelar a cualquier delincuente que se encontrara avisado Así pues, estaba entre personas que de algún modo infringían la ley, lo cual no resultaba tranquilizador en absoluto.

–Comprenderá –continuó diciendo el que le había dirigido la palabra– que no ha obrado de manera sensata al inmiscuirse en asuntos que no son de su incumbencia. Su curiosidad le ha perdido, mi querido amigo.

–Cierto –corroboró el segundo. Alberto optó por guardar silencio y obtener así la exigua ventaja que podía desprenderse de cuanta información le fuera voluntaria o inadvertidamente dada.

–Pero debe saber que alguien más ha contribuido a su perdición –manifestó el primero de los doctores o lo que fuese.

–Desde luego –aprobó el segundo, que parecía limitarse a confirmar las palabras de quien asemejaba ser su superior.

–Pase, señorita –dijo el más anciano volviendo la cabeza hacia la puerta, que permanecía abierta. Y la muchacha que había rechazado su colaboración junto a la furgoneta entró en la habitación.

Su aspecto era lamentable. Parecía haber envejecido diez años. Su rostro, antes tan sereno, estaba ahora cruzado por un rictus de amargura, y un ligero temblor contraía la parte izquierda de su boca. Mantenía las manos a su espalda y sin duda alguna las retorcía con desesperación, porque la parte visible de sus brazos no cesaba de estremecerse. No obstante todo lo cual, no parecía haber sufrido ningún tipo de violencia física.

–Aquí la tiene –dijo el primero de los doctores dirigiéndose a Alberto–. Y se preguntará usted el por qué de tan descortés rechazo.

–Obviamente –adujo el segundo.

–Pero antes de conocer los motivos observe cuáles han sido las consecuencias –y tomando bruscamente los brazos de la joven, la forzó a mostrar las palmas de las manos. Alberto creyó morir al contemplar aquella masa sanguinolenta y deshecha.

–¿Qué le han hecho? –exclamó horrorizado.

–Nada en absoluto –repuso el que parecía tener más categoría.

–Exacto. Nos hemos limitado a no hacerle nada –explicó el segundo personaje atreviéndose por fin a emitir una opinión propia.

–Ha devorado sus propias manos –manifestó el que llevaba la voz cantante.

–¿Por qué? –gritó el prisionero fuera de sí.

–Porque en castigo a su generosidad la hemos privado de lo que necesita. Parece ser que le ama a usted –añadió, y los dos hombres ataviados con batas prorrumpieron en carcajadas–. Pues bien –continuó–, a fin de que ese cariño no se apague sino que su sed de amar se haga mayor, vamos a mantenerla algún tiempo en cautividad alejada de usted, y después dejaremos que permanezcan juntos un ratito, el tiempo justo para que ella se sacie de su amor.

Al oír estas últimas palabras, la joven prorrumpió en alaridos e intentó llevarse las manos a la boca, pero los doctores la sujetaron con fuerza empujándola fuera de la habitación al tiempo que ellos también salían. Después se oyó el ruido de una llave en la cerradura y Alberto se quedó solo.

Apenas las tres personas abandonaron la habitación se abalanzó contra la puerta y agitó el picaporte violentamente, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles, por lo que se derrumbó sobre la cama. La luz de la luna, tamizada por la cancela que aherrojaba la ventana, cayó desoladoramente sobre su rostro.

Durante la noche se sumió en un pesado sopor del que despertó una o dos veces comprobando que el coro de gemidos procedentes del jardín había cesado. Y cuando ya apuntaba la luz del día, se levantó y tomando uno de los barrotes que sostenían el somier, se apostó tras la puerta en espera de que alguien hiciera su aparición.

En efecto, al filo de las siete y media se oyeron pasos en el corredor y todos sus músculos se tensaron. El que se disponía a entrar introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. A continuación se abrió la puerta y Alberto descargó un golpe fortísimo sobre un hombre que portaba una bandeja. La taza y la cafetera rodaron por los suelos con tal estrépito que alguien tenía que haber oído el estruendo, pero pasaron los minutos y nadie más acudió.

La contundencia del golpe había sido tan grande que el encargado de traerle el desayuno yacía sobre un gran charco de sangre. Alberto pensó que estaba muerto, pero poco después movió levemente los dedos de su mano izquierda y torció la cabeza mirándole con ojos extraviados. A continuación fijó la vista en el suelo, y ante el horror de su agresor, el moribundo se inclinó hacia el charco sobre el que estaba tendido y sacando su lengua comenzó a lamer con avidez su propia sangre. Poco después todos sus movimientos cesaron definitivamente.

El corredor se encontraba desierto, y cubriéndose con la bata blanca de su víctima, Alberto caminó por él teniendo que dominarse para no emprender una loca carrera que seguramente le hubiera conducido directamente a las manos de sus secuestradores. Pegado a la pared, anduvo un trecho buscando una salida. Todas las ventanas eran altas y estaban provistas de rejas. De súbito llegó hasta él un coro de apagados gemidos, y al doblar una esquina se encontró de manos a boca con un grupo de personas en tan lamentable estado como aquel al que había quedado reducida la enfermera. Permaneció petrificado un momento a causa de la sorpresa y contempló los desordenados cabellos y los descompuestos rostros de aquellos desesperados.

De pronto, uno de ellos descubrió su presencia, y Alberto se consideró perdido pero ninguno gritó dando la alarma ni llamando la atención, sino que los gemidos se hicieron más intensos y el grupo entero se dirigió lentamente hacia él en ademán suplicante. Ojos desorbitados y cercados por violáceas ojeras le miraron implorantes; bocas trémulas le llamaron «doctor» al tiempo que lanzaban quejidos de amargura; manos que exploraban el espacio entre el grupo y él se adelantaron anhelantes.

Antes de que ninguno de aquellos desgraciados seres llegara a alcanzarle, retrocedió unos pasos, y sin pensar que dentro podía esperarle su definitiva perdición, abrió una de las puertas que daban al pasillo y penetró en una habitación en penumbra echando a continuación el pestillo. Cuando sus ojos se acostumbraron a aquella semioscuridad rojiza, pudo ver que las paredes estaban cubiertas de anaqueles que contenían cientos de frascos en los que reposaba un líquido. Un acondicionador de aire dejaba oír su monótono zumbido y reducía la temperatura ambiental a pocos grados por encima de cero. En aquel momento se abrió una puerta y dos hombres con batas blancas penetraron en la estancia. Alberto apenas tuvo tiempo de esconderse tras uno de los muebles.

Al abrir la puerta de comunicación con el corredor, aumentó la intensidad de los lamentos de aquel extraño grupo, y los dos hombres, sin prestar demasiada atención a los que de aquel modo se quejaban, los apartaron a empujones y les ordenaron que volvieran a formar la cola que habían deshecho cuando se aproximaron a Alberto.

A través de la otra salida accedió a un pequeño cuatro del que partía una escalera de caracol que le condujo hasta lo que debía de ser un piso subterráneo, a juzgar por el número de peldaños descendidos. La escalera terminaba abruptamente ante una puerta metálica que Alberto abrió sin que ofreciera la menor resistencia. Los extraños habitantes de aquella casa estaban muy seguros de su impunidad, o quizá tenían la certeza de que nadie podría abandonarla sin su conocimiento.

El gigantesco sótano tenía todas las características de una gran sala de hospital o de inmenso dormitorio colectivo. A partir de un pasillo central, se extendían hasta los lejanos confines de la estancia dos filas de literas de tres pisos cada una y en todas aquellas camas reposaba un cuerpo.

Aproximándose a uno de los lechos para contemplar con mayor nitidez lo que la escasísima luz ambiental apenas permitía, Alberto advirtió con horror que todos los pacientes, si de esa forma pudiera ser denominados, tenían varias sondas clavadas en diferentes partes de sus cuerpos. Una de ellas parecía suministrar alguna sustancia alimenticia, otras recogían sustancias de deshecho, y la última extraía lenta, pero continuamente, un hilillo de sangre del brazo de cada uno de los que yacían allí.

Entonces comprendió que entre los cientos de cuerpos debía de encontrarse el de la jovencita a la que había visto sacar en camilla de la furgoneta. Aquello era un terrorífico banco de sangre, y los desgraciados e inconscientes seres, almacenados igual que gallinas en sus jaulas, habían sido reducidos al papel de cuerpos aletargados suministradores de plasma, el cual, unido al que la extraña organización obtenía por el sistema de la inocente furgoneta, debía de estar almacenando en la habitación que atravesara antes de bajar al sótano.

¿Quiénes era aquellos seres en tan lamentable estado que se habían aproximado a él en el corredor con gesto suplicante? ¿Qué necesidad les había dejado reducidos a aquella triste situación? ¿Para qué todo aquel montaje de matices vampíricos?

Ninguna de aquellas preguntas era coherente en semejantes momentos y Alberto comprendió que, si acaso hallaba la respuesta, esto no haría sino complicar la situación y restarle energías para intentar escapar de tan alucinante mundo de pesadilla.

Abandonando la gran sala por otra puerta, que se encontraba practicada en la pared del fondo, accedió a otra escalera que parecía conducir a subterráneos más profundos. Y deseando subir en vez de bajar, retrocedió sobre sus pasos, y sin percatarse que desde detrás de las literas algunos ojos enrojecidos por la luz ambiental espiaban con calma sus movimientos, llegó de nuevo al corredor donde ya no había huellas del grupo de seres suplicantes.

Dejó atrás la habitación en la que había permanecido encerrado y explorando en la otra dirección, se decidió a entrar en un cuarto cuya puerta estaba entreabierta, y cuando ya se encontraba en el interior, a medio camino de la enrejada ventana, oyó un crujido a sus espaldas y una voz ronca dijo: «Yo te quise salvar».

Volviéndose repentinamente vio que, apoyada en la puerta que acababa de cerrar, se hallaba la muchacha que rehusara su colaboración junto a la furgoneta. Su aspecto era más tranquilo y sosegado, y alguien había vendado sus manos hasta la altura de las muñecas. Avanzando lentamente hacia él, fijó sus ojos en el rostro de Alberto y continuó musitando: «Yo te quise salvar…»

Este permaneció inmóvil ante la repentina aparición, y tras unos instantes de sorpresa suplicó la ayuda de la joven para escapar de aquel lugar. «Dentro de muy poco estaremos fuera» –repuso ella–. «Búscame entonces», y siguió acercándose, y cuando ya se encontraba a escasos centímetros de distancia aproximó su rostro al de él y pareció que iba a besarle en los labios, pero apoyando sus vendadas manos sobe los hombros de Alberto, rozó ligeramente su boca y, descendiendo, hundió su cabeza en el cuello del aterrado prisionero. Acto seguido éste experimentó un dolor agudísimo y notó que unos dientes puntiagudos penetraban en su carne. La enfermera quedó prendida de la garganta de la víctima y sació su sed de sangre absorbiendo con fruición la de Alberto.



Como ocurría algunas mañanas, el autobús se retrasaba, y para no quedarse frió esperando, caminó hasta la próxima parada.

Mientras aguardaba su llegada, contempló la furgoneta del banco de sangre de la Seguridad Social y durante una décima de segundo experimentó una extraña sensación, pero acto seguido sus pensamientos volaron hacia las tareas de la oficina. Hoy era lunes, y además del trabajo propio le tocaría realizar parte del de algún compañero que excusaría su asistencia debido a enfermedad. Todos los lunes el catarro hacía estragos.

Al entrar en la oficina saludó a sus compañeros y sentándose en su mesa comenzó a ocuparse de los expedientes sin volver a pensar en otra cosa. Aunque lo intentó no pudo recordar algo que tenía que hacer una vez terminada la jornada laboral.

Y cuando vistiendo ya la bata blanca solicitaba entre los viandantes, como cada tarde, una aportación al banco de sangre, tuvo la sensación de que acaso había olvidado verse con alguien. Y desde entonces, cada vez que se dirigía a una muchacha rogando su colaboración en tan generosa empresa, su rostro le recordaba el de otra persona, pero nunca supo de quién.

«Qué más da» –reflexionaba–. «Lo importante ahora es conseguir que entren en la furgoneta cuantos más mejor. Porque ya estoy sintiendo otra vez esa sed insoportable».

16 jul 2010

TREN DE NOCHE por Tomás L. Verdejo

Lloviznaba de forma persistente. La luz de las farolas reverberaba en el asfalto, a uno y otro lado del paseo de la estación. En el centro, las lámparas sujetadas por los hilos metálicos que aprovechaban la parte más alta de los troncos de los árboles, se balanceaban con el empuje del viento.


El hombre de edad mediana y físico enjuto, se encogió en su cazadora de pana, apresurando el paso, mientras pensaba en la extraña metamorfosis de la vida humana. Horas antes, cuando el sol seguía ridiculizando los medios empleados por el hombre para sustituirle, al dejar su luz de vivificar la Tierra, todo era simulacro de poderío humano: coche, semáforos, comercios luminosos, autobuses; privilegiados que aguardaban en cafeterías de lujo la hora de ir a ocupar las mesas reservadas en caros restaurantes; trabajadores que se dirigían a las casas de comidas; mujeres que atendían a los juegos de sus hijos en las plazas del pueblo; constructores que mostraban sus pisos pilotos a quienes aspiraban a la realización del sueño de un hogar; hombres sin importancia que pretendían ahogar su frustración en los vinos baratos de las tabernas y hombres solventes con capacidad para decidir la suerte de los anteriores; hombres, en suma, entregados con desesperación a la tarea de destruirse mutuamente; rivalidad eterna entre la desgracia y la felicidad.

Ahora, medianoche, todo lo anterior parecía carecer de sentido. Noche de otoño, sí; fría y desapacible. Pero con paz. Era como si el transeúnte, a esas horas, fuese libre y poderoso, al margen de su condición económica o social. De noche, tanto las fuerzas conocidas de la Naturaleza como las aún ignoradas por la ciencia llamada oficial, emergían de entre las sombras, imponiéndose a la necia soberbia de un mundo empeñado en crear angustia e inseguridad.

El viento arrastró las campanadas del reloj de la iglesia románica que dominaba la Plaza Mayor, y el hombre se sorprendió a sí mismo pensando en la superstición popular que ubicaba a las almas de los muertos precisamente en la medianoche. Sin lugar a dudas, si existía otra vida después de la muerte y la Tierra quedaba impregnada con las energías psíquicas y espirituales de los que vivieron, la paz de la noche debería ofrecerles el ambiente idóneo para exteriorizar esa nueva existencia.

En el paseo no había ni un alma... Ni un alma humana, de vida convencional, naturalmente, porque, en virtud de lo pensado segundos antes, cabía suponer que todo lo que le rodeaba se hallaba tomado por las fuerzas del Más Allá. Sintió frío; no un frío puramente físico derivado de las desapacibles condiciones ambientales, sino más bien un escalofrío interno provocado por el miedo a lo desconocido. Sonrió, burlándose de sí mismo. No era un hombre propenso a las autosugestiones de tipo esotérico, por la sencilla razón de que siempre había creído que el «más allá» no era otra cosa que un invento más del ser humano, empeñado, desesperadamente, en no admitir el hecho irreversible de la muerte. De la muerte definitiva.

La estación era funcional, sin ninguna aspiración arquitectónica, como sin duda correspondía a un antiguo pueblo convertido en polígono industrial, en donde el movimiento de trenes era íntegramente de cercanías, llevando trabajadores desde la capital al pueblo, y viceversa. El que debería pasar era el último tren de la noche; si lo perdía, no tendría más remedio que pernoctar en alguna fonda del mismo pueblo. De haber tenido que levantarse a las siete de la mañana del día siguiente, no hubiese dudado en quedarse a dormir; pero, afortunadamente, había entrado de lleno en sus veinticuatro horas de descanso. Por eso se había quedado hasta medianoche, sumergido en el mundo frustrante y necesario de la barra americana.

El silbato del tren llegó nítidamente a sus oídos y se adentró con rapidez en el vestíbulo, al tiempo que echaba una ojeada a su reloj, sin comprender aquel adelanto de tres minutos sobre el horario previsto. Su sorpresa se incrementó al comprobar que se encontraba cerrada la ventanilla destinada al despacho de billetes.

El tren se hallaba en el andén y su silbato volvió a rajar el silencio de la noche. Dudó. ¿Era aquel el ten que debía tomar o esperaba al que, según rigidez horaria, debería pasar un par de minutos más tarde? ¿Dónde estaba el empleado de la estación? Ya empezaba amoverse. Y llevaba las luces de cada una de sus unidades. Si no estaba de servicio, ¿por qué la iluminación? Algo, una fuerza que no acertaba a definir –¿acaso la desconfianza en la exactitud de su reloj?–, le empujaba hacia el interior de tren. No lo pensó más, ya que, en cualquier caso, era evidente que se dirigiría a la estación término de la capital, también llamada ciudad dormitorio. Pulsó el botón que abría las puertas del último coche, casi con la seguridad de que éstas ya no se moverían, pero se equivocó y pudo subir sin demasiadas dificultades.

En el vagón no viajaba absolutamente nadie, de modo que pudo acomodarse junto a una de las ventanillas, al lado de la calefacción, apoyando los pies sobre el asiento de enfrente.

Parecía como si el maquinista tuviese prisa por llegar a destino; absolutamente comprensible. Sin prestar más atención a la rápida marcha del tren, sacó su ya exiguo paquete de cigarrillos y se llevó el penúltimo a los labios.

¿Por qué? ¿Por qué se acordó en aquel momento de la tragedia que un año antes había tenido lugar, cuando un tren fuera de servicio se deslizó, inutilizados los frenos, vía adelante, incrementando su velocidad sin que nada ni nadie pudiera detenerlo, hasta colisionar con otro que iba cargado de viajeros? Al parecer, tenía una noche tonta, inexplicablemente propicia al miedo.

Exhalando una bocanada de humo, miró de nuevo a su alrededor.

¡Qué desasosegante era aquel vacío! Y aquel inconfundible ruido... Limpió el vaho con el dorso de la mano y pegó el rostro a la ventanilla, tratando de reconocer algo de un paisaje que ya le era aburridamente familiar.

Sin reprimir un gesto de sorpresa, volvió a consultar su reloj. Qué extraño era el sentido del tiempo. Aquel túnel acostumbraba a hacer su aparición a los quince minutos de viaje, empezando a contar desde la salida de la estación en que él había subido. Y no se habían cumplido ni siquiera ocho...

Todo en el vagón parecía quejarse ya de la imprudente velocidad; al chirriar de las ruedas, se unía el aparente desmoronamiento de toda la estructura metálica y el ruido ensordecedor que se amplificaba en las negras y pétreas paredes de interminable túnel.

¿Por qué, si la velocidad era mayor, tardaba tanto en salir? Quiso autoconvencerse de que todo se debía a su habitual estado de nerviosismo, promovido por un temor que, sin lugar a dudas, debería cimentarse en reminiscencias infantiles.

Se llenó los pulmones de humo y luego empezó a exhalarlo poco a poco, en un gesto de hombría que diese al traste con lo que aún quedaba en su ser de aquel niño que sería despertarse de madrugada, aterrado por unas pesadillas que luego se prolongaban en la angustiosa oscuridad de su habitación.

De pronto, creyó captar unos extraños gemidos. No podían proceder del exterior, puesto que el tren seguía atravesando el interminable túnel. Si bien era posible que fuesen emitidos por algún animal arrollado en la vía, lo probable era que proviniesen del propio tren. Esta probabilidad se convirtió casi inmediatamente en convicción, ya que los aullidos de un animal herido no podían seguír oyéndose pasados varios segundos desde el instante en que hubiese sido alcanzado.

Y aquellos profundos lamentos iban incrementando su intensidad.

Sintiendo que el miedo se intensificaba, convencido de que estaba viviendo una situación inexplicable y de que aquel túnel no era el mismo por el que pasaba a diario, se levantó, advirtiendo un angustioso vacío en su vientre, y se precipitó hacia la plataforma, esperando encontrar allí la respuesta a la multitud de preguntas que ahogaban su mente.

Podía encontrarse con un niño abandonado, o con algún animal doméstico asustado. Pero no encontró nada.

Un desolador vacío.

Incluso miró en el lavabo.

Con dificultades para mantener el equilibrio ante el desintegrante traqueteo de un tren que ya tendría que haber descarrillado, prestó atención, con la respiración contenida, esperando volver a escuchar aquellos lamentos. Por fortuna no oyó nada y respiró con cierto alivio, recuperando parte del ánimo que parecía haber huido de su pecho.

Convencido de que, en efecto, había subido a un tren que no era el suyo, de que estaba recorriendo un trayecto absolutamente desconocido, y admitiendo su imposibilidad para enmendar el error, decidió volver al mismo asiento de antes, resignado a pasar su día de descanso en una especie de excursión no planificada..

Volvió a sacar el paquete de cigarrillos y encendió el último que le quedaba.

Intentó relajarse. Consiguió incluso un amago de bostezo.

Y de nuevo aquellos desgarrados gemidos...

Aquellos lejanos lamentos...

No había duda de que estaba adormiscado y de que su mente corría hacia el pasado con la misma desenfrenada velocidad con que el tren parecía buscar la salida del túnel.

Pero aquellos desgarrados lamentos...

El ruido ensordecedor estrellándose contra las paredes que parecían ir a encajonar al tren de un momento a otro, pretendía ahogarlos, sin conseguirlo.

Eran gritos infrahumanos, como surgidos de gargantas pertenecientes a seres de ultratumba que se debatiesen entre las garras de un dolor inimaginable. Tal vez satánico... Infernal...Como si las propias ruedas del tren, en su demoledora velocidad, fuesen triturando cuerpos, reventando paquetes abdominales, aplastando cráneos...

No, no eran gritos. Eran aullidos de hombres y mujeres, de mujeres y niños...

Se levantó bruscamente, desprendiéndose de la colilla que ya casi le quemaba las yemas de los dedos.

Hubiese jurado que estaba en la cama de su pensión familiar, sufriendo los embates de la más siniestra e impiadosa de las pesadillas. Pero no. Todo era real. Enloquecedoramente verídico.

Estaba allí, en aquel tren casi desguazado por la velocidad, en aquel túnel que ya hacía varios minutos que debería haber quedado atrás, pues no tenía conocimiento de que en todo el país existiese alguno con tan exagerada longitud.

Y fue entonces cuando el pánico hizo explosión en todo su ser, desgarrándole las entrañas. El vidrio de las ventanas iba salpicándose de manchas oscuras. Y era imposible que estuviese lloviendo dentro del propio túnel.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué era aquello que se estrellaba contra los cristales, deslizándose luego con lentitud viscosa...? No, aquellas manchas no eran de lluvia; no... ¡Eran de sangre!

Se precipitó contra la ventana, ansiando que la propia luz de vagón, reflejada en las paredes del túnel, le permitiese ver lo que estaba sucediendo al otro lado, en los escasos centímetros que separaban la vía de la pared.

El grito reventó en su pecho, sin llegar a exteriorizarse en forma de sonido, partiéndole el poco ánimo que en ese momento hubiera podido quedarle.

Allí, entre la vía y la pared, se agitaban miembros humanos. Desgarrados. Separados del resto del cuerpo. Pero no se hallaban sumidos en el rígido abandono que hubiese sido lógico aún en la ilógica demencial de aquella pesadilla que estaba viviendo; se agitaban entre la propia sangre, crispándose a las piedras, agarrándose con desesperación a los bajos de los vagones, emergiendo de entre los hierros.

Retrocedió, golpeándose contra los asientos del otro lado, aterrado tanto por el horror que se ofrecía a sus ojos como por lo irracional de lo que estaba sucediendo.

Con ansiedad, sus ojos buscaron el vidrio de la ventana de enfrente y, junto a las manos que se crispaban a los hierros y arañaban el cristal , descubrió cabezas de hombres y mujeres, de niños y ancianos, que gritaban enloquecidos por el dolor; unas separadas del cuerpo, otras con la faz nauseabundamente destrozada; muchas con los cráneos abiertos, en horrenda mezcla de sangre y masas encefálicas, y todas, sin excepción, sometidas a un tortura inhumana que las hacían aullar, convirtiendo el túnel en una gigantesca garganta en donde se reventaban los gritos de dolor y espanto.

El infernal coro, como si estuviera siendo reproducido por el más fantástico equipo de sonido que el hombre fuese capaz de crear, era multidimensional. No sólo emergía del techo, del suelo, del pasillo y de las metálicas paredes, sino que era irresistiblemente amplificado en su propio pecho, en su vientre, en su cabeza, en su propia alma...

Todas las ventanas aparecían ya salpicadas de sangre y los durmientes eran como marcos para retratos satánicos de gentes desmembradas, con los ojos desorbitados o las cuencas vacías.

Notó un contacto tibio en los dedos. Se miró aquella mano y descubrió una gota enorme y purpúrea. Elevó la mirada al techo, con todo su ser convertido ya en un ahogado grito de terror y comprobó que la sangre de los seres descuartizados que parecían arrastrase sobre el techo del vagón, iba penetrando a través de la chapa, y goteaba sobre el suelo y los asientos.

Todo se entremezclaba con el estruendo del propio tren, lanzado a aquella velocidad sin control, como si delante, en el primer vagón, en la cabina de mando, no hubiese nadie que lo gobernase.

Y, bruscamente, resurgió en su cerebro el recuerdo de aquel tren que una trágica noche se deslizó solo, ausente de conductor, adquiriendo velocidad hasta precipitarse contra otro, cargado de viajeros, que circulaba en dirección contraria y por la misma vía.

¿Qué era aquello? ¿Es que los cuerpos desmembrados y los gritos de dolor y espanto, pertenecían a los espíritus de quienes perdieron la vida en aquel sobrecogedor accidente?

Todo negro; como la propia noche, como la misma muerte.

¿Por qué no terminaba, al fin, aquel siniestro túnel? ¿Acaso conducía a la oscuridad infinita y eterna de la muerte?

Impelido por este pensamiento, por aquellos gritos que parecían ir a desgarrarle los tímpanos en cualquier instante y por la espeluznante visión de rostros descompuestos, miembros agarrotados y muñones sanguinolentos que emergían por entre todas y cada una de las juntas de la estructura metálica de aquel vagón, echó a correr hacia el siguiente, según la dirección e la marcha del tren, ansiando que todo concluyese al llegar a plataforma, anhelando que en el otro vagón se encontrase algún viajero, alguien a quien suplicarle que le arrancara de aquel satánico y torturante mundo.

La puerta de corredera iba de un lado a otro, de derecha a izquierda, abriéndose y cerrándose enloquecida por la velocidad. La sujetó con todas sus fuerzas y entró en el siguiente vagón, proyectando la ansiedad de su mirada hacia todos los asientos, buscando un rostro humano; pero su alma aterrada se perdió en aquel vacío, tan absoluto como desesperante. No había nadie. ¡Nadie! Estaba solo. Terriblemente solo en aquel tren infernal.

Los gritos seguían reventando en su cráneo, entremezclados con el chirriar de metales y con aquel olor inconfundible. Olor a muerto.

Los rostros continuaban crispándose a las ventanas como suplicando su ayuda con gestos desesperadamente suplicantes. El techo y las paredes se resquebrajaban y por entre las grietas emergían miembros convertidos en escalofriantes muñones. La sangre encharcaba el suelo, precipitándose con violencia de un lado a otro, estrellándose contra los asientos, ante la brusquedad de las sacudidas que provocaba la desenfrenada velocidad.

Era como si el túnel se hallase repleto de personas que iban siendo arrolladas y destrozadas por la sus ruedas y por cada milímetro de carrocería.

Sintió que las fuerzas le abandonaban, que el terror se incrustaba en lo más hondo de su ser, helándole la médula espinal, con un frío que se la recorría en toda su longitud y se concentraba en la nuca, congelándole el cerebro.

Volvió a correr. Hacia el primer vagón. En busca de la cabina. Tenía que haber un conductor. ¿Tenía que haberlo? ¿No era todo tan monstruoso como inhumano en aquel tren?

Corrió, pisando la sangre, sintiendo como ésta salpicaba su pantalón; tapándose los oídos para intentar ahogar, en parte, aquel horrendo estallido de dolor; procurando no mirar al suelo, ni al techo, ni a las ventanas... Pero los brazos macilentos, crispadas las manos, surgían de entre los asientos desgarrados, de entre cada una de las grietas de un tren que ya se encontraba con la carrocería absolutamente destrozada. Le impedían el paso. Tenía que avanzar apartando miembros que se agarraban a su ropa, pasando por encima de cuerpos horrendamente mutilados. Tenía que llegar hasta la cabina. ¡Tenía que llegar!

De nada servía que se tapase furiosamente los oídos, pugnando por cerrarlos a aquel satánico trueno de horror en que se habían convertido los desgarrados gritos de aquellos seres despedazados por el tren. Sus tímpanos iban a estallar, y hasta creyó sentir en las palmas de las manos la caliente viscosidad de su propia sangre.

Allí estaba el último vagón. No quiso mirar a los lados al atravesar la plataforma. Ya sabía que, a derecha e izquierda, surgiendo de entre las sombras del túnel, aparecerían rostros desfigurados por la estremecedora expresión del último momento o por el desgarro enloquecedor de quien ve morir triturado al ser más querido.

Las manos seguían tendiéndose, crispadamente, hacia su cuerpo; pero parecían carecer de fuerza para detenerle. Y avanzó hacia la cabina, con el corazón reventándole en el pecho, con un pánico que le abría los huesos.

Se orinaba. Defecaba. Era como si su cuerpo se estuviese abriendo en canal, y se le vaciase la vejiga y el paquete intestinal.

La puerta de la cabina estaba abierta y se mecía con violencia, sacudida por los embates de la velocidad.

¡Tenía que llegar!

Aunque no se sintiese las piernas. Aunque todo fuese ya un gélido vacío, carente de energía y de voluntad.

Llegó. Y al asomarse descubrió que no había nadie. El tren no tenía ningún conductor. La cabina no era más que una caja resquebrajada, repleta de miembros de órganos humanos que iban de un lado a otro, precipitadamente contra las paredes.

Y de pronto aquella luminosidad... Una luz que arrasó las formas de todo lo que había dentro de la cabina.

Miró al frente, buscando su procedencia... ¡Era el faro enorme de una máquina que venía de frente, que estaba encima...! ¡Luz cegadora que le introduciría violentamente en la eterna oscuridad de la muerte!

¡Ya estaba allí! ¡La colisión iba a producirse!

Se llevó las manos a los ojos arrasados por la potencia luminosa del faro, arañándose, uniendo su grito al desgarro del infierno polifónico de todos los demás, sabiendo que en unos instantes su cuerpo no sería más que un muñón de carne aplastada, como la de uno cualquiera de aquellos seres de ultratumba de los que inútilmente había tratado de huir...

–¡¡NOOOO!!