29 mar 2011

LUNA DE HIEL por Jesús Larraz

Estaba tan loco por ella que la hubiera literalmente devorado, y se hubiera dejado devorar por ella, si ese gesto supremo de entrega pudiera repetirse todas las noches.
El pezón oscurísimo de Marta, desnuda en la cama, atraía la mirada y la boca de Julio, cuyos labios lo apretaban ávidamente haciendo que su sangre enloqueciera. Marta gemía primero suavemente, como una gata en celo, pero luego, cuando Julio entornaba los ojos, bramaba y la poseía, se entregaba por completo al placer y gritaba la intensidad de su orgasmo sin contemplaciones, con toda la ardiente furia de que se es capaz a los diecisiete años. Esa era, sin duda, la más importante ventaja de pasar la luna de miel en una solitaria casa de campo. La ausencia de vecinos en varios kilómetros a la redonda les aseguraba una intimidad tan deliciosa como absoluta.


Habían elegido Ibiza en pleno agosto porque sabían que al norte de la isla, a pesar del turismo, todavía podían encontrar una casa tranquila, una auténtica casa de campo que en otro tiempo estuviera habitada por payeses y que ahora, relativamente lejos de la civilización, resultaba el lugar más idóneo para entregarse con pleno ardor a los juegos de la carne. Julio volvía a felicitarse por lo acertado de su elección, mientras Marta, agotada y satisfecha de tanto copular, se abandonaba al sopor de la siesta.

Julio se consideraba, con razón, el hombre más afortunado del mundo. Su joven esposa, que tan sabia y fogosa se mostraba, era para él una continua fuente de placeres. Incluso ahora, mientras dormía y se dejaba contemplar a satisfacción, le estaba proporcionando el placer exquisito de su desnudez, que para él siempre resultaba nuevo y deslumbrante. El sol había dorado enteramente aquel cuerpo que, abandonado al sueño, dejaba ver el mórbido escorzo de la nalga, la audaz ondulación de las caderas, la elástica firmeza de sus muslos encantadores, la magnificencia de sus redondeadas pantorrillas... Julio sintió un escalofrío y notó que el sexo volvía a despertársele.

No era, pues, nada extraño que, dedicado a tales pensamientos, volviera a poseer a Marta, siempre saciado y siempre insatisfecho, en cuanto ésta hubo despertado. Marta reía, como una niña que era, al comprobar la persistente potencia de su marido, y el brillo de sus ojos indicaba con toda claridad hasta qué punto era sensible a las incitaciones masculinas.

Eran las cuatro de la tarde y el sol dejaba caer todo su peso. El éxtasis fue más agudo y duró bastante más de lo acostumbrado. Por eso cuando rebasaron la última curva de la cópula se encontraban sudorosos y jadeantes y las sábanas se empaparon de sudor. El calor era insoportable. Julio salió hasta el pozo y llenó de agua fresca una gran jarra, que ambos bebieron con avidez. La sed saciada parecía colmar las satisfacciones de aquella tarde, pero Julio quiso añadir un placer más y a tal fin deshizo un poco de hachís y, tras mezclarlo concienzudamente con tabaco rubio, lió un grueso cigarrillo, lo encendió y lo acercó a los labios de Marta, mientras se tendía en la cama a su lado.

Era hachís afgano, negro y elástico como el chicle, de primerísima calidad. Los alcaloides se adherían con profundas caricias hasta lo más hondo de los pulmones, turbando deliciosamente el sentido de la realidad. No tardaron en reír alucinados, sin motivo alguno, al tiempo que la droga, estimulando al máximo su sensibilidad, les incitaba a intentar un nuevo ayuntamiento. Jamás le parecieron a Julio tan tentadores los senos de Marta; nunca proporcionaron tanto gusto a su boca; ni el roce de sus muslos le había producido antes tan elevada excitación. Pero la lascivia se había apoderado de su cerebro, no de su agotada virilidad, y nada pudo hacer en esta ocasión para complacer a su compañera.

Como a Julio, a Marta el hachís le había puesto la sangre efervescente, y el calor ahora le resultaba menos soportable que nunca. Aquella casa de campo tenía bastantes ventajas, pero también algunos inconvenientes. El más importante, que carecía de cuarto de baño. El hachís arrastraba las palabras de Marta cuando le dijo que daría todo el oro del mundo si pudiera gozar de una buena ducha. Julio le recordó la refrescante existencia del pozo y ambos, desnudos y entrelazados por la cintura, se encaminaron lentamente hacia el brocal.

La acción concentrada del cáñamo, como es frecuente, les proporcionaba esa singular experiencia que consiste en percibir el fluir del tiempo con más lentitud que de ordinario, a la vez que amplificaba su sensibilidad a todo tipo de incitaciones ambientales. Por eso creyeron haber tardado una eternidad hasta llegar a la puerta de la casa y a eso se debió también el que los rayos del sol, incidiendo directamente sobre sus cuerpos desnudos, les parecieran una lluvia insoportable de flechas.. Pero ni el calor ni los gruesos chorreones de sudor lograban vencer su palpitante alegría, y ambos seguían riendo por cualquier nimiedad o simplemente tras mirarse a los ojos.

Así llegaron hasta el pozo e hicieron descender el cubo hasta las oscuras profundidades. Al cabo de un momento interminable, subrayado por el monótono chirriar de la garrucha y el molesto ronroneo de las moscas invasoras, el cubo ascendió del todo con su carga feliz y chorreante, la mitad de la cual fue descargada por Julio sobre la cabeza de Marta, y el resto por Marta sobre la cabeza de Julio. Después de aquello se sintieron tan felices que empezaron a reír a carcajadas y Julio sorbió, mordiendo aquella boca deliciosa, los embriagadores jugos de su compañera.

Pero, por desgracia, el calor y las moscas no habían desaparecido, sino que, atraídas por la doble tentación de la carne desnuda y húmeda, acudieron a incordiarles por docenas. A Marta se le ocurrió entonces una idea que, a no ser por la acción del hachís, ni siquiera hubiera formulado. Pues pensó, y así se lo dijo a Julio, que si ponía los pies en el cubo y se agarraba convenientemente a la cuerda, mientras Julio la sujetaba, podría gozar de una refrescante sombra en el interior del pozo.

Aquella idea despertó en la conciencia alterada de Julio hermosas imágenes de oasis y sombras de palmeras, de pozos bíblicos al amparo de cuyo brocal bellas doncellas semitas aguardaban la llegada de sus amantes. Abrazó a Marta por la cintura y la sostuvo en vilo, comprobando cuánta era su fuerza y cuán relativamente escaso el peso de su esposa, tras lo cual se dispuso a complacerla. Julio puso encima del brocal el cubo y Marta introdujo en él los pies, mientras se agarraba a la cuerda con ambas manos. Julio tiró de la cuerda y Marta inició, alborozada, su descenso.

Ahora la voz de Marta se escuchaba lejana, ligeramente temblorosa por la resonancia tubular, tal vez a veinte metros de profundidad. Describía cómo a sus pies, muy abajo, se veía una redonda plancha de plata que no era sino el reflejo de la luz. Julio, sudoroso, le gritó que no podía seguir aguantando, que empezaría a subirla.

Hay simples leyes físicas que, lamentablemente, suelen olvidarse en momentos de gran euforia. Una de ellas es que cuesta muchísimo más trabajo levantar un peso que dejarlo caer. Y Julio empezaba a sentir, en la creciente tensión de los brazos, su necedad. El cuerpo de Marta, tan liviano momentos antes, parecía ahora de plomo. Sudaba y jadeaba como nunca, pero ahora su sudor era frío, como un soplo de muerte. Oyó quejarse a Marta por la lentitud de la ascensión, pero no le contestó nada. Un oscuro presentimiento le atenazó la garganta. Rechazó violentamente la idea de que no tendría fuerzas para subirla y la desesperación hizo que sus esfuerzos se redoblaran. Dio un brusco tirón, rabioso, de la cuerda, y la pequeña anilla que sujetaba la garrucha no pudo soportarlo. Se oyó un seco crujido metálico y luego el espantoso grito de Marta perdiéndose en el fondo como una estela de horror, antes de que un golpe terrible, lejano, diera paso al silencio. La cuerda, al resbalar por las manos de Julio, le había mordido la carne hasta dejar los huesos al descubierto.

Pero Julio no quiso darse cuenta del punzante dolor de sus manos. Un dolor mucho más hondo le estaba quemando las entrañas. Ni siquiera se asomó al brocal. La cuerda no había caído del todo; así que ató apresuradamente un cabo al arco metálico que sostenía la caída garrucha y descendió a grandes zancadas, completamente fuera de sí. Ningún ruido se escuchaba de abajo, desde un fondo al que no se atrevía a mirar. EL corazón parecía querer salírsele por la boca y sus manos ardientes habían perdido toda sensibilidad. Creía estar ya muy cerca del fondo cuando la cuerda, atada con tanto apresuramiento, se soltó y cayó a la vez que Julio, enredada en sus brazos.

Su cuerpo notó en seguida, junto al brusco choque del agua, el roce de otro cuerpo flotante, en cuyos miembros había desaparecido todo movimiento. Instintivamente chapoteó en el agua hasta que sus descarnadas manos encontraron la pared del pozo. EL agua estaba helada y la oscuridad era completa. Su mano izquierda encontró el apoyo de un saliente en la pared y su derecha alcanzó a tocar el cuerpo muerto de Marta. Una congoja insufrible le nació en las entrañas cuando sus dedos alcanzaron la gran brecha de la cabeza. Estaba claro que durante su caída Marta recibió un golpe mortal contra las paredes del pozo.

La realidad era tan horrible que su cerebro se negó a aceptarla. Fue como si de pronto se hubieran apagado las circunvoluciones más evolucionadas y comenzaran a activarse aquellas estructuras primordiales en que tienen su base el instinto de conservación. Por eso Julio actuó como un autómata, con la mente en blanco, mientras sus manos tentaban desesperadamente las paredes rezumantes. Así fue como descubrió, un poco por encima del nivel del agua, la existencia de una cavidad reducida, pero no tan pequeña como para impedir que cupiera en ella. A duras penas consiguió introducirse en el hueco. Tiritaba y tenía los miembros anquilosados por el frío, pero sus manos sangrantes le ardían.

Se frotó el cuerpo instintivamente hasta conseguir que entrara en calor. Mientras sus pupilas se agrandaban, transformado la oscuridad en penumbra, su mente se iba abriendo poco a poco al horror de la situación. Pudo ver entonces, flotando sobre la negrura del agua, la insoportable mancha blanca de aquel cuerpo que apenas media hora antes había poseído y que ahora estaba inerte, tumbado boca abajo como un pelele, con la cabellera teñida de rojo y esparcida sobre el agua como una horrenda medusa. Y alrededor del cuerpo también flotaba la cuerda del pozo, mostrando cínicamente su absoluta inutilidad.

Miró hacia arriba. La boca del pozo extendía su diminuta refulgencia como un dios absoluto de la luz situado en el cenit de las tinieblas. Era tan imposible alcanzar aquel cerco de luminosa libertad como tocar la luna con la mano. Comprendió entonces por qué los perros aúllan a la luna llena, abandonándose a un impulso que le hermanaba con las bestias, saludó a la muerte gritándole todo el horror que le inspiraba.

Gritó con toda su fuerza, hasta que le sangraron las cuerdas vocales. Pero sus gritos sólo lograron hacer huir a los pájaros. No había nadie que pudiera sacarle de allí. Sus gritos se transformaron en gemidos y notó sobre las mejillas el cálido, aunque efímero, consuelo de las lágrimas.

Cuando sus lágrimas se agotaron trató de reflexionar sobre su situación. Era improbable que alguien pasase cerca del pozo, pero su voluntad de vivir se aferró tenazmente a esa remota posibilidad y elevó sus más fervientes oraciones a un Dios en quien no creía para que se diese esa circunstancia salvadora. Pensó que lo más sensato era ahorrar fuerzas, acurrucarse, permanecer inmóvil, tratar incluso de dormir. Pero el frío y la humedad no tardaron en producirle una constante tiritona. Se propuso resueltamente luchar por su vida, resistir a la insidiosa blandura de la muerte hasta el último aliento.

Y así fue cayendo lentamente la tarde, hasta dejar paso a una noche esplendorosa, cuajada de diamantes que se iban asomando al pozo uno tras otro, siguiendo el inmutable movimiento celeste. Atento al menor ruido, escuchó la jubilosa vibración de las chicharras, el canto de la alondra y las sonoras manifestaciones de otros seres, que unos metros más arriba, participaban despreocupadamente en la gran fiesta de la vida. Recordó lo que había sido la suya hasta entonces, los magníficos encuentros con Marta, cuyos despojos flotaban ahora a su lado, e introdujo su mano en el agua, buscando al única y atroz compañía que el destino podía proporcionarle en aquellos momentos: la mano de un cadáver.

Se hubiera entonces rendido a la muerte, dejándose caer al agua y ahogándose. Pero su carne era terca y porfiaba por la vida. El cuerpo combatió las insanias de la mente, produciendo una fiebre adormecedora que, aunque poblada de pesadillas, estaba restaurando el equilibrio fisiológico.

Pasó la noche en una duermevela terrible, con la mitad de su cerebro durmiendo y la otra mitad atenta al menor signo de salvación, tan agudizada la sensibilidad del tímpano que podía escuchar el caer de las hojas. Pero las únicas voces y pasos humanos que sentía procedían de sus alucinaciones. Su naturaleza, sin embargo, era lo bastante vigorosa como para lograr sobreponerse a la fiebre y despertó curado de ella.

La esperanza de todo un nuevo día, en el que tal vez alguien pudiera pasar cerca de allí, alumbró débilmente la boca del pozo. Soltó la mano de su compañera, cuyo frío contacto le había acompañado tantas horas, y al caer se produjo una ondulación en el agua que confirió al cadáver un suave movimiento. Era horroroso permanecer vivo en aquellas circunstancias, pero el organismo carece de sentimientos. Sólo tiene necesidades. Y el estómago de Julio comenzaba a sufrir las poderosas contracciones del hambre.

Como pasó la fiebre, así también pasó el día y pasó la noche. Todo pasaba menos la suprema crueldad del hambre, sobreponiéndose imperativamente a cualquier horror. Y sólo el viento, el fuego del sol y la tibia indiferencia de las estrellas pasaban por encima de su cabeza, en lo alto de aquellas paredes resbaladizas que sólo los lagartos podían escalar.

Fue en la madrugada del segundo día cuando despertó completamente la bestia, y Julio, con espantosa lucidez, se asombró de que lo hubiera hecho tan pronto. Vivir, vivir; quería vivir pagando el precio que fuera necesario. Entumecido y rígido seguía flotando el cuerpo de Marta a su lado. Extendió su mano hasta alcanzar la barbilla y contempló por primera vez, desde que se inició su encierro, el rostro de su mujer, tenuemente iluminado por la luz del amanecer. Un chorro de agua se escurrió de la boca abierta, tumefacta, y las órbitas mostraban unos ojos ya de dudosa transparencia, pero donde persistía indeleble el último gesto de espanto.

Levantó la cabeza del agua y atrajo el cuerpo hacia sí hasta lograr alzarlo a su lado, en la pequeña oquedad de la pared. Había perdido la elasticidad de la vida, pero su piel conservaba la tersura de una juventud tan repentinamente arrebatada. Estrechó el cadáver con fuerza entre sus brazos y hundió el rostro en aquella cabellera negra, chorreante, sobre la que se mostraba la injuria de grandes costras de sangre. Lloró en los cabellos de Marta y repitió su nombre varias veces, entre lamentos, recordando unos momentos de felicidad que parecían haber transcurrido hacía miles de años.

Después acercó su boca al seno derecho, todavía blando y tibio, libre aún de la rigidez que había alcanzado a los miembros. Besó por última vez aquel pezón oscurísimo, y luego sus dientes se hundieron en la carne sin compasión, devorando con la abyecta presteza de las ratas. «Marta —pensó para consolarse, mientras su lengua conocía por primera vez el sabor de la sangre humana— hubiera hecho lo mismo por mí.» Pero se engañaba en vano, porque en el fondo de su corazón sabía perfectamente que Marta hubiera preferido la muerte.

Y, después de todo, nadie pudo llegar a percibir el nauseabundo hedor de ambos cadáveres antes de que transcurrieran tres semanas.

9 feb 2011

VISITAS AL MUSEO por Pedro Montero

Diariamente, en silencio, con los
ojos gélidamente finos, aquel niño recorría los fríos y vetustos
pasillos del Museo de Ciencias
Naturales, para acudir a una
ineludible y misteriosa cita.

¿Qué hay en los museos?, podría preguntaros, y seguramente la mayoría de vosotros me respondería: obras de arte u objetos, que sin pertenecer al reino de la belleza, merecen ser conservados bajo las mayores garantías de seguridad.


¿Qué más hay en los museos?, continuaría insistiendo. Guardianes y público, sería vuestra acertada contestación.
¿Qué otra cosa?, proseguiría pertinaz. Sistemas de alarma, máquinas para mantener un microclima adecuado, oficinas, salas de restauración, acaso un bar, unos servicios públicos...
Sí, pero, ¿qué más hay? Posiblemente un puesto de venta de postales o de reproducciones, ascensores, sala de proyección...
¿No hay nada más? Una cierta atmósfera cerrada... y esa respuesta estaría ya más cerca de lo que intento insinuar.
Y cuando después de haber agotado las últimas posibilidades, ya no quedara ninguna cosa más por enumerar, con una contumacia que no procede en absoluto de mi testarudez, inquiriría de vosotros finalmente.
¿Qué otra cosa hay en los museos? Un clima agónico, siglos comprimidos, acaso alguna maldición domesticada y como mantenida en alcanfor, una angustia difícil de explicar, un vacío compuesto de silencio, fantasmas del pasado, vibraciones extrañas, un no sé qué, algo... algo... algo, terminarías diciendo.
En efecto, algo confirmaría yo mirándoos fijamente. , con toda probabilidad, vosotros me preguntaríais: ¿Qué es ese algo? Pero mi respuesta os descorazonaría, porque ese algo que hay en los museos no puede ser descrito sino con esa vaga e indefinida palabra: algo.

No obstante, y aunque desde este momento anticipo que aquello de lo que estamos tratando va a continuar inexplicado y a seguir flotando caliginosamente en las desiertas salas, prestad atención a lo que me dispongo a narrar, porque es posible que, si bien mi relato nada aclarará acerca de la naturaleza de ese algo, conoceréis, no obstante, los insospechados efectos que esa impalpable niebla, esa angustiosa atmósfera, puede ocasionalmente producir. Y alguien ha dicho: «Por sus hechos los conoceréis».

El sol invernal de las cuatro y media de la tarde penetraba oblicuamente por algún ventanal, y sus mortecinos rayos parecían perder su ya exiguo calor al entrar en contacto con la gélida atmósfera del museo de Ciencias Naturales.

La desteñida luz, en cuyo seno flotaban perezosamente centenares de partículas de polvo, iba a posarse sobre las venerables vitrinas donde yacían inmóviles y congeladas en sus cristalinas estructuras muestras de innumerables formas minerales.

En un rincón de la sala dormitaba un vigilante al amor de una pequeña estufa eléctrica que apenas bastaba para entibiecer el resguardado ángulo en el que se encontraba. Los radiadores de aparatosas y anticuadas formas dispuestos por todo el amplio ámbito de la destartalada sala no habían sentido nunca por sus arterias metálicas, y ya herrumbrosas, la caricia del agua tibia. Nadie estimaba necesario templar la gélida atmósfera del museo, seguramente porque todos los objetos exhibidos en sus dependencias eran objetos muertos, y el frío es considerado universalmente como el ambiente más propicio para la conservación de los cadáveres.

Así pues, los escasísimos visitantes de aquellas heladas salas, apenas traspasaban el chirriante torno que no llegaba a contar ni una docena de huéspedes por día, experimentando un súbito escalofrío, se abrochaban concienzudamente sus abrigos y estrechaban el lazo de sus bufandas en torno al cuello. Y como aves de paso que desean emigrar lo antes posible hacia climas más cálidos, recorrían el museo, ocultos sus rostros bajo los tapabocas, lanzando apresuradas ojeadas sobre las vitrinas en las que se exhibían petrificadas formas vegetales o cóncavas geodas de interior diamantino.

El silencio era casi obligado, porque los altos techos y las hendiduras del suelo junto al final del zócalo se tragaban las palabra apenas salían de la boca de los visitantes, los cuales, hartos de repetir para sus interlocutores la misma frase varias veces, se callaban y continuaban, como quien acompaña silencioso un entierro, la peregrinación por las heladas dependencias.

Las salas en que se exhibían los esqueletos enormes de extinguidos animales prehistóricos apenas si conseguían arrancarles alguna velada exclamación de asombro, y si se detenían un momento ante la osamenta del diplodocus, por ejemplo, más que visitantes de un museo parecían asistentes a un duelo que se aproximan reverentes al féretro y lanzan una temerosa ojeada al cadáver musitando a continuación alguna palabra que denote pesar.

Y la sala destinada a los fósiles terminaba por congelarles el corazón que forcejeaba dentro de sus pechos por no sumirse en una petrificación casi obligada.

Pero entre la exigua clientela de la institución, el guardián de la puerta advertía todas las tardes la presencia de un niño, el cual, religiosamente, efectuaba cada día una visita a las dependencias del Museo de Ciencias Naturales.

«Que estudioso debe ser ese niño», e decía el conserje al tiempo que facilitaba su paso por el torno, «si yo consiguiera que mi Jaime fuera tan formalito». Pero su compañero de puesto no era del mismo parecer y comentaba: «A mi no me gustan los niños tan juiciosos, prefiero que alboroten en casa. Ya tendrán tiempo suficiente para pasar penas». «Es verdad», concedía el primero humildemente, y eso que ostentaba más galones dorados en su uniforme. Y el niño, musitando un apagado buenas tardes, se perdía en las innumerables estancias, y, cuando ya estaba próxima la hora de cerrar, reaparecía y volvía a introducirse en el torno que es como el guardarropa en forma de exclusa donde se recuperan el bullicio y la informalidad que ha sido necesario abandonar para la visita a un museo.

Pero el niño no parecía recobrar aquella alegría propia de la infancia, sino que, con andar pausado y como absorto todavía por lo que había contemplado, se alejaba calle adelante hasta la tarde siguiente.

―¿Qué le pasa a este niño? ―preguntaba la madre.

―Nada, mujer, ¿qué le va a pasar? ―respondía el marido sin dejar de leer el periódico.

―Le encuentro cada día más pálido. ¿No quieres merendar, Emilio? ―interrogaba la madre sabedora ya de la respuesta.

―Ahora no tengo hambre, mamá ―era la cotidiana réplica del niño que se encontraba enfrascado en la lectura de gruesos volúmenes de ciencias naturales.

―No sé, no sé ―musitaba la madre―. Este niño está cada día más pálido. ¿No le convendrían unas inyecciones de vitaminas?

―Mira, eso sí ―respondía el padre que era un innato consumidor de drogas―. Unas inyecciones nunca vienen mal. O si no, un frasco de aceite de hígado de bacalao ―añadía convencido de que, a peor sabor del remedio, más fulminantes y beneficiosos debían de ser los resultados.

Una tarde, el empleado de la puerta sintió curiosidad por saber a qué se dedicaba el niño en sus cotidianas y prolongadas visitas al museo y le siguió sigilosamente y a distancia por las salas.

Emilio, que no parecía sentir el frío que hacía presa en los demás visitantes, recorría lentamente las diferentes dependencias y se detenía a veces delante de determinados objetos expuestos. En suma, se comportaba como cualquier persona adulta en un museo, por lo que el vigilante, comprendiendo que su compañero de puerta se aburría, y hasta podía llegar a sentir vocación de abadesa de tanto ver girar el trono sin otra compañía, abandonó la observación y regresó a su puesto.

El niño continuó su diario recorrido y entró en la sala de los fósiles, y si el conserje no hubiera cesado en su bienintencionada vigilancia, habría podido darse cuenta de que la expresión de Emilio se modificaba apenas pisaba el umbral de aquella dependencia.

La sala era verdaderamente espaciosa y daba al norte, por lo que jamás era visitada por los rayos del sol, aunque no podría asegurarse lo mismo con respecto a la gélida luna, y el taconeo de los escasos visitantes se elevaba desde el gastado parquet hasta los altos techos donde permanecía suspendido y como absorto. Hubiera podido asegurarse que, de noche, cuando ya nadie visitaba las salas, aquellos taconeos se desprendían del techo y comenzaban a caminar por su cuenta y riesgo tratando de alegrar algo la fúnebre atmósfera del lugar.

Polvorientas vitrinas, que los visitantes debían limpiar con la manga de su abrigo si querían contemplar el interior, mostraban una perfecta y completísima colección de fósiles y plantas petrificadas que suscitaban la admiración de quienes los inspeccionaban, los cuales, no se sabe si por mostrar su sensibilidad o por el gusto de sentir el eco, lazaban tímidos «oh» que se enroscaban en el techo junto a las pisadas.

Pero Emilio, esperando a que no hubiera nadie en la sala, permanecía contemplando los petrificados trilobites de una vitrina situada junto a la entrada, y cuando ya todos se habían marchado, él comenzaba su visita a los fósiles. Se detenía pausadamente frente a los yertos ejemplares exhibidos, los contemplaba con mirada fría y penetrante, y hasta se diría que se establecía una secreta comunicación de corazón a corazón, de escarcha a escarcha.

Pero donde el ensimismamiento del niño llegaba a su mayor extremo, era frente al magnífico ejemplar petrificado que podía contemplarse en todo su gélido esplendor junto al muro del norte. Allí, en una vitrina dedicada exclusivamente a él, se encontraba el más perfecto espécimen de fósil que pudiera verse. Sin duda se trataba de un animal, pero de tan gran tamaño y con tan definidos contornos violáceos que más que fósil parecía criatura sometida a momentánea congelación.

Sus dimensiones eran aproximadamente las de un puño de adulto, y la estructura de su superficie, sustituida por sustancias minerales, según es propio de estos ejemplares, presentaba una textura extraña que tenía cierto parecido con el tejido muscular humano. Si hubiera carecido de aquellas delgadas patas y de una pequeña cola, el fósil aquel hubiera podido pasar por un antiguo corazón petrificado.

Emilio dedicaba gran parte de la tarde a estudiar aquel raro ejemplar, dibujándolo desde todos los ángulos posibles, apuntando en los libros de ciencias que era lo que pedía como regalo de reyes, en vez de juguetes o arquitecturas.

Y cuando toda su curiosidad científica de aquella tarde se había visto colmada, permanecía absorto en la contemplación del raro espécimen, y se establecía como una sorda lucha para ver quién conseguía vencer a quién. Era igual que si el niño pretendiera, con su mirada, atraer de nuevo al fósil al reino de lo vivo y de lo animado, y por su parte el petrificado animal parecía desear ejercer una actividad semejante y congelar el corazón del muchacho a fuerza de introducir su imagen por sus ojos. Así, en aquella mutua contemplación o estudio llegaba la hora del cierre del museo, y el niño, bien a su pesar, tenía que recoger sus cuadernos y sus notas y abandonar las desoladas estancias hasta el día siguiente.

Encasa de Emilio no pasó desapercibido el desmejoramiento del muchacho. Su palidez se acentuaba más de día en día, y unos cercos violáceos hacían su aparición bajo sus ojos dando a aquel infantil rostro una apariencia triste y cariacontecida. Y tanta fue la alarma causada por el desmedrar de Emilio, que su madre decidió llevarlo al médico, el cual, después de auscultarle convenientemente, sentenció:

«—Este niño tiene un soplo en el corazón».

Y los padres de Emilio quedaron desolados por la noticia, suponiendo, no sin razón, que aquel soplo podía apagar la débil naturaleza de su hijo, y le prohibieron, cosa bastante ociosa, que corriera y que jugara con los demás niños, obligándole a guardar una hora de reposo después de las comidas, lo que impedía al niño sus cotidianas visitas al mueso.

En vista del nuevo régimen de vida, Emilio pidió premiso a sus padres para efectuar una última visita el museo de Ciencias Naturales.

Era aquella tarde extremadamente fría, y los escasos visitantes pasaron como exhalaciones por todas las salas subiéndose el cuello de sus abrigos, y cuando ya nadie quedaba en el recinto, excepto los adormilados vigilantes, Emilio se detuvo ante la vitrina que contenía al fósil y lo contempló durante largo rato.

Algo debieron denotar los bedeles, porque cuando estaba ya próxima la hora de cierre, se preguntaron si el niño había salido o no, y mantuvieron una pequeña porfía porque uno de ellos sostenía que le había visto marchar. No obstante, para asegurarse bien recorrieron una por una todas las salas, y al llegar cerca de la vitrina grande advirtieron que Emilio yacía como muerto en el suelo. Su rostro estaba cubierto de una palidez mortal, y sus labios completamente exangües.

Un vigilante se arrodilló ante él, y ya estaba a punto de creerle cadáver porque no encontraba el pulso, cuando el muchacho abrió los ojos y se fue incorporando lentamente pero con decisión. Y en vez de agradecer a los conserjes sus atenciones, apartó de su frente la mano del más anciano, y se marchó hacia la salida.

Cuando los padres de Emilio regresaron a casa se extrañaron de ver luz en la habitación de Emilio sin que el niño se hubiera ocupado, como hacía habitualmente, de encender la calefacción.

—¿Te pasa algo, hijo? —dijo la madre entrando en el cuarto.

—No me pasa nada.

—¿Por qué no has encendido la calefacción?

—No tengo frío.

—Pero si fuera está ya helando, y apenas acaba de oscurecer —replicó la madre.

—Está bien —concluyó el niño con obstinación.

Al cabo de unos minutos volvió a entrar la madre en el cuarto portando un vaso de leche humeante.

—Toma, cariño, así entrarás en calor.

—Que no tengo frío —repitió Emilio malhumorado.

—Tienes que alimentarte.

—No me apetece tomar leche hirviendo.

—¿Qué quieres entonces? —preguntó la mujer complaciente.

—Tráeme un vaso de leche fría.

Desde aquel día, la introversión de Emilio se hizo más acentuada, y sus relaciones con sus compañeros de colegio menos frecuentes, porque apenas terminaban las clases marchaba a casa y se encerraba en su cuarto a examinar láminas de sus grandes volúmenes de Historia Natural, y como la adquisición de fósiles no estaba al alcance de sus posibilidades, ahorraba todo lo que podía y se compraba enormes cajas de minerales y hermosos ejemplares de cuarzo cristalizado.

En cierta ocasión, como suele suceder, se fundió la lámpara de su habitación, y al ir a reponerla su padre, el chico comentó:

—Es tan amarilla esa luz... Me da calor.

—¿Cómo va a dar calor una bombilla? —preguntó su padre.

—Claro que sí —replicó el niño—. Preferiría otro tipo de alumbrado para poder leer sin que me lloraran los ojos.

—¿Otro alumbrado?

—Un tubo fluorescente —pidió Emilio.

—No se hable más —intervino la madre atenta a los menores deseos de su hijo. Y al día siguiente ya estaba instalado en la habitación un fluorescente como el de la cocina.

Y a la luz fría y lechosa del neón el rostro de Emilio parecía todavía más pálido, y sus ojos más yertos. Y ante la sorpresa de sus padres, el niño dijo un día que deseaba comer algo especial, lo que alegró a la madre, preocupada por la inapetencia pertinaz de su hijo.

—¿Qué te apetece, tesoro?

—Me gustaría... un helado muy grande —repuso el niño.

—¿Con este frío?

—Sí, ¿qué pasa? —replicó él casi con grosería.

—Nada, nada, pero eso es el postre, ¿y antes qué quieres? ¿un poco de pesca?

—Sí, pero congelada —pidió Emilio—. Sabe mejor que la fresca.

La mujer se alarmaba cada día más al ver que el muchacho se pasaba las horas muertas en su cuarto y sin encender el brasero eléctrico.

—Te vas a helar... —decía golpeando suavemente la puerta. Pero Emilio contestaba con un gruñido sordo que era su forma de decir que le dejaran en paz.

Cierto día, al salir del colegio, algunos muchachos de un curso superior le zahirieron e intentaron provocarle para que se pegara con uno de ellos, pero Emilio no quiso seguirles el juego y continuó calle adelante pasando el dedo por los polvorientos barrotes de la verja que rodeaba el patio del colegio.

Ellos, no obstante, enardecidos por la indiferencia de Emilio y por su fría calma, no cejaron en su empeño, y uno de ellos, el más decidido, le propinó un puñetazo en el costado que le dejó durante unos instantes sin respiración. Emilio, una vez que recuperó el resuello, se volvió hacia su agresor con tal ira en el rostro, que sus compañeros pensaron que habían conseguido sus propósitos de hacerle perder la calma, pero el niño se limitó a clavar sus ojos en su atacante, el cual palideció de súbito y se quedó inmóvil, y de pronto, fue acometido por un aparatoso acceso de tos.

—¿Qué ha pasado esta tarde a la salida del colegio? —preguntó la madre a la que otras veces ya habían hecho comentarios acerca del fallido enfrentamiento.

—Nada.

—¿Te has peleado con Jacinto?

—No.

—Pues me habían dicho...

Aquella misma noche comenzó a circular el rumor por el barrio de que el hijo de los Villar, Jacinto, se encontraba en cama muy grave víctima de una pulmonía doble, y a las doce de la noche se oyó la sirena de una ambulancia que se detuvo en la esquina con la calle Soriano. Según se supo a la mañana siguiente, los doctores habían hecho todo lo posible, pero el hijo de los señores Villar había fallecido a causa de una pulmonía fulminante acompañada de un inexplicable descenso en la temperatura de su cuerpo.

Las vecinas que acudieron al duelo aseguraban que el cadáver de jacinto aparecía lívido y yerto, y sus manos, a pesar de que avían sido piadosamente cruzadas sobre el pecho, conservaban una crispación gélida. Tenía el aspecto, en fin, de quién se pierde en la montaña y es hallado muerto enterrado en la nieve.

—Mañana tenemos que ir al médico —anunció un día su padre.

—¿Para qué? —preguntó sobresaltado Emilio.

—Para que te examine el corazón. Nos dijo que volviéramos a los dos meses.

—No quiero ir —anunció fríamente el niño.

—Aquí se hará lo que yo mande —afirmó el padre levantando la voz.

—Querido, por favor —intervino la madre—, no hace falta que te exasperes. El niño irá de buena gana.

—No pienso ir —replicó testarudo Emilio.

—Ya veremos —repuso el padre.

—Vamos a dejarlo para la semana que viene —terció la madre conciliadora. Y así fue.

Desde aquel día, Emilio se recluyó aun más en su habitación de la que apenas salía para comer o para tomarse un vaso de agua helada, cosa que preocupaba a su madre que recordaba la pulmonía que acabó con la vida de Jacinto.

Y al cabo de unos días, el tiempo se hizo más frío y hasta cayeron unos copos de nieve, pero Emilio seguía sin encender la calefacción de su cuarto. La estufa de gas estaba relegada en un rincón, y el brasero eléctrico tenía la resistencia llena de polvo a causa de la falta de uso.

La madre del muchacho no podía evitar a veces mirar por el ojo de la cerradura, y contemplaba a Emilio dedicado a hojear gruesos volúmenes de Ciencias, mientras sobre el respaldo de su silla yacía la bufanda que ella le había aconsejado que se anudara en torno al cuello.

En cierta ocasión, y percibiendo que el aliento del niño salía de su boca condensado, a causa de la frialdad de la atmósfera, entró en la habitación y sin encomendarse a nadie enchufó el brasero eléctrico. Emilio no levantó la cabeza del libro, pero a los pocos instantes se oyó un fuerte chasquido y por todo el cuarto se extendió un fuerte olor a quemado: la resistencia en forma de espiral se había fundido.

Y una noche en que le era imposible conciliar el sueño, la madre de Emilio se revolvía inquieta en la cama, y sintiendo como si una fuerte corriente de aire helado penetrara por la parte inferior de la puerta del dormitorio conyugal , despertó a su marido, cuyo rostro le pareció gélido al tacto, y le expresó sus temores de que el niño hubiera dejado abierta la ventana de su cuarto.

Marido y mujer salieron al pasillo y, encaminándose sigilosamente hacia el dormitorio de su hijo, advirtieron que, en efecto, la corriente procedía de allí. El padre abrió la puerta del cuarto y una bocanada de aire congelado golpeó sus rostros. La ventana estaba completamente abierta, y a través de ella penetraba en la habitación el gélido aire de la noche y un remolino de copos de nieve, pero lo más asombroso era que el niño yacía completamente desnudo sobre la cama recibiendo de lleno aquel viento polar.

El matrimonio permaneció unos segundos en el umbral del dormitorio a causa de la sorpresa, y acto seguido, el padre se abalanzó hacia la ventana y la cerró de golpe, mientras la madre se acercaba a la cama y friccionaba con energía el cuerpo de su hijo igual que se hace con alguien al que se encuentra en el montaña congelado.

El niño tenía todo el aspecto de estar muerto. Sus ojos, completamente abiertos, aparecían velados por una fría escarcha, y en el extremo de sus labios una gota de saliva era como una diminuta perla de rocío. La carne de su cuerpo tenía la textura del hielo, y su palidez era muy superior a la de la sábana sobre la que se apoyaba.

Aterrados por aquel espectáculo, se disponían ya a pedir ayuda cuando, muy poco a poco, el pecho del niño comenzó a moverse, y la rigidez de sus miembros fue desapareciendo. La escarcha de sus ojos se deshizo, y al cabo de un minuto, Emilio había recobrado su aspecto habitual, aunque su mirada de reproche continuaba siendo fría.

—¡Dios mío! —sollozó la madre—. Capaz de haber cogido una pulmonía. Su pobre corazón —añadió colocando su mano sobre el pecho del pequeño.

—Su pobre corazón —remedó cruel el niño con una voz profunda.

—Mañana por la mañana te llevaré al médico, quieras o no, para que te ausculte y te haga unas radiografías.

—No iré —repuso Emilio con seguridad.

—¿Por qué esa manía, hijo? —intervino la madre.

—Que no, he dicho.

—Eso lo veremos —repuso el padre tajante—. Y ahora a dormir.

Apenas sus padres habían abandonado el cuarto, Emilio se levantó, y abriendo de nuevo la ventana, se tendió sobre la cama a recibir la helada brisa de la noche.

Poco a poco su cuerpo fue adquiriendo un aspecto fibroso, mineral, congelado, y sus ojos abiertos quedaron petrificados y cubiertos con un velo de escarcha. La sonrisa infantil se heló en sus labios fríos, y la involuntaria contracción de su boca la convirtió en una terrible mueca. Todo en él permaneció quieto y solidificado. La sangre detuvo su fluir por las venas, los pulmones se plegaron sobre la membrana pleural, sus intestinos dejaron de contraerse con los necesarios espasmos, los nervios interrumpieron su conductividad. Solamente una cosa permanecía viva en su interior. Una cosa que, según todos los criterios científicos debería de estar muerta y fosilizada.

Si alguno de los visitantes del Museo de Ciencias Naturales, en lugar de efectuar un recorrido de rutina, se hubiera detenido en alguna de las vitrinas con un especial interés, quizás hubiera observado que, en el lugar en que un pequeño cartel hablaba de un extraño fósil de origen desconocido, había una petrificada masa que se parecía más que nada a un corazón.

Si alguno de los vigilantes hubiera hecho su ronda nocturna de inspección, tal y como era su obligación, quizás se habría quedado sorprendido de ver cómo aquel extraño ejemplar petrificado no permanecía inmóvil, sino que se agitaba levemente imitando los movimientos de sístole y diástole de un corazón de niño.

Y si el doctor que atendía a Emilio hubiera tenido oportunidad a la mañana siguiente de examinar el pecho del niño, no hubiera dado crédito a sus ojos ni a sus instrumentos, porque dentro de la cavidad torácica del muchacho latía muy pausadamente un algo mineral y de aspecto leñoso, un extraño y remoto corazón mineral y fosilizado.

Así pues, mientras los padres del muchacho descansaban ya más tranquilizados en su cama, algo comenzó a surgir desde la alcoba de Emilio y empezó a extenderse por toda la casa. La atmósfera del pasillo se tronó gélida, los espejos se empañaron de escarcha, las lámpara incandescentes se fundieron y se hicieron pedazos, y todos los rincones de las habitaciones se llenaron de un depósito blanquecino que parecía nieve.

Aquel influjo prehistórico y remoto se deslizó por debajo de la puerta del dormitorio conyugal, y al punto el espejo del armario de luna se cubrió de escarcha. El agua que manaba gota a gota del grifo del lavabo quedó al instante congelada y el último aliento del matrimonio se condensó en sus labios.

Muy poco a poco, aquel mensaje del pasado se introdujo en los cuerpos de los padres de Emilio, que comenzaron a sufrir una transformación que de ordinario suele llevar siglos a la naturaleza. Su carne se tornó fibrosa y quebradiza, su textura se hizo áspera al tacto y sus células constituidas por materia orgánica dejaron paso a formas minerales que sustituyeron a la sustancia viva por otra pétrea e inmóvil. Y al cabo de unas horas, ya no había dos cadáveres sobre la cama del matrimonio, sino dos esculturas de aspecto leñoso, dos estatuas yacentes, no de mármol como es lo habitual en estos casos, sino esculpidas en minerales fósiles.

Cuando todo el proceso hubo finalizado, Emilio fue despertándose y, sin sentirse dueño de sí mismo, salió a la calle y se dirigió directamente al museo de Ciencias Naturales. Una vez ante el cual, y aprovechando la oscuridad nocturna, se deslizó en su interior a través de una de las ventanas entreabiertas. Caminó con aire de sonámbulo por las destartaladas galerías hasta que llegó a la gran sala de fósiles, y avanzando con gran seguridad a pesar de la falta de iluminación se aproximó a la vitrina que tan bien conocía, y una vez que se encontró ante ella, se desplomó exánime sobre la madera del parquet y allí permaneció durante horas, el tiempo necesario para que se produjera una doble migración.

Cuando por la mañana unos turistas le encontraron muerto dieron inmediata noticia a los porteros, y el médico, avisado con toda rapidez, diagnosticó acertadamente que aquel niño había muerto de un fallo cardíaco. Pero en lo que nadie se fijó fue en el extraño fósil expuesto en el interior de la vitrina. Aparecía más lustroso y como recién pulido. Más misterioso y enigmático que nunca.

17 ene 2011

EL ASCENSOR por Pedro Montero

Al sexto día de vivir en la casa comenzó a impacientarse. Apenas si se cruzaba con algún vecino en las escaleras, y todos eran personas mayores, casi ancianos. Parecían esquivos y ensimismados en sus propios pensamientos. Subían fatigosamente hasta sus pisos y cerraban sus puertas sumiéndose en la penumbra de las oscuras y espaciosas estancias. El silencio era casi absoluto. Gruesos muros aislaban las habitaciones de los rumores del exterior que, por otra parte, eran casi inexistentes: la calle era silenciosa y tranquila, aunque difícilmente se la hubiera podido calificar de apacible. No destilaba paz, como no fuera la que suele reinar en los cementerios. El tráfico era escaso y, tanto los vehículos como los raros peatones parecían querer pasar desapercibidos al transitar por aquella zona.



La segunda semana se dirigió a uno de sus vecinos. Un anciano de rostro arrugado subía con grandes dificultades asiéndose a la insegura barandilla. Cuando se cruzó con é, se detuvo un momento y le dio los buenos días. El viejo pareció no haber oído y continuó su penosa ascensión. Un momento después se oyó la maciza puerta al cerrarse y el nuevo inquilino volvió a hallarse solo en medio de las escaleras.
 ¿Cuántos días más habría de esperar? ¿Habría notificado ya alguien al administrador de la finca que el ascensor no prestaba sus servicios desde hacía quién sabe cuánto tiempo? ¿Sería inoportuna una segunda llamada o, por el contrario, aceleraría la reparación del elevador?


El odioso cartel de «no funciona» parecía formar parte de la verja de protección en lugar de ser un aviso circunstancial. De hecho, examinándolo más de cerca, advirtió que no estaba colgado, como suele ocurrir, mediante un pequeño cordel. Aquel borroso letrero estaba firmemente sujeto al enrejado por medio de un cuidadoso pespunte que bordeaba los límites de lo artístico. Alguien se había entretenido en fijar el cartel mediante hilo y aguja, y no lo había hecho a la ligera. La autora de semejante labor —una mujer con toda seguridad— había puesto en el empeño todo el cariño que las ancianas dedican en la más insignificante y rutinaria tarea de costura. Era una labor para la eternidad.


Se sintió fuertemente irritado ante la contumacia y la resignación que parecían haber presidido aquel trabajo, y se preguntó si acaso —cosa que nadie le había advertido al alquilar el piso— el ascensor estaba definitivamente estropeado hacía años. No resultaba propio de aquella comunidad tan sombría y huraña la colocación de otro cartel sobre el primero con la leyenda «Si funciona», cuando tal acontecimiento tuviera lugar.


Detenido entre el segundo y el tercer piso, el vetusto elevador, urna o catafalco de madera y cristal, parecía una jaula colgada por ennegrecidos cables a la espera de alguien que pudiera habitarla. Mientras tal cosa ocurría, una mortecina bombilla iluminaba su interior día y noche sin que a nadie pareciera preocuparle aquel mínimo, aunque continuado, derroche de energía eléctrica.


Cada vez que subía o bajaba las escaleras, contemplaba el inmóvil cubículo y experimentaba una sensación de desazón al no poder utilizarlo. La altura de su piso —un segundo— le hacía suponer que, de haber funcionado normalmente, rara vez, sólo en caso de tener que subir maletas o bultos, lo hubiera tomado. Pero, bastaba la imposibilidad de hacerlo, para acrecentar el deseo de ascender más cómodamente. Se trataba de un servicio que le era debido y lo deseaba a su disposición al igual, por ejemplo, que la antena colectiva de televisión, aunque para la recepción de las emisiones bastara con una reducida antena interior.


Cierta noche en que se hallaba en la cama desvelado, cayó en la cuenta de que, desde hacía rato, estaba oyéndose un ruido continuado. Hasta el dormitorio llegaba el rumor de una lejana maquinaria y el girar de ruedas sobre sus ejes. Prestó más atención y comprendió que se trataba del ascensor. Finalmente, había entrado en funcionamiento.


Satisfecho por la reparación, trató de conciliar el sueño. Le tranquilizaba la idea de poder disponer del elevador, aunque sabía perfectamente que continuaría subiendo a pie.


Durante largo rato, continuó arrullado por aquel lejano rumor. Al cabo de media hora empezó a perder la paciencia. EL funcionamiento del ascensor era ahora incesante. ¿Acaso sus ancianos convecinos querían resarcirse del tiempo en que no habían podido utilizarlo? Sonrió para sus adentros imaginándose a los viejos viajando arriba y abajo vestidos con sus camisones de dormir. Pero aquello no parecía lógico a las tres de la mañana.


Según lo que podía deducir, el ascensor subía y bajaba efectuando breves paradas en algunos pisos; tan breves, que en modo alguno podían ser suficientes para que una persona entrara o saliera del elevador. La única explicación posible era la de que, precisamente entonces, lo estuvieran reparando.


Sobre las cuatro de la madrugada, irritado por el incesante ruido y nervioso al comprender que, en el mejor de los casos, no le quedaban más que tres horas de sueño, se decidió a salir al descansillo. No bien puso el pie en el suelo cuando el rumor del ascensor cesó bruscamente.


Permaneció unos minutos inmóvil y con el oído atento. El más absoluto silencio se adueñó del inmueble. Tan sólo el goteo de un grifo en la cocina venía a romper de vez en cuando la quietud que descendió sobre la casa. Pero después se acostó y, casi inmediatamente, se quedó dormido.


Al día siguiente había olvidado por completo el incidente del ascensor, y solamente cuando se disponía a abandonar el piso recordó de súbito las molestias que le habían impedido descansar en el transcurso de la noche. Dio media vuelta, tras hacer lo propio con la llave en la cerradura, contempló el ascensor. Aparecía inmóvil y colgado en el mismo sitio en que o había visto desde que viniera a vivir en la casa. La débil lucecilla amarilleaba en el interior del habitáculo y nada daba indicios de que, durante el transcurso de la noche, hubiera estado desplazándose sin cesar de arriba abajo.


En la planta baja, el artístico cartel continuaba en su sitio. A punto estaba ya de oprimir el botón de llamada, cuando una anciana entró renqueante en el portal. Sin saber por qué, se detuvo con el dedo rozando ya el pulsador.


«No funciona», musitó la mujer.


El nuevo inquilino explicó que, durante el transcurso de la noche, lo había oído moverse incesantemente. La anciana, comenzando a subir con lentitud las escaleras y, sin volver la cabeza, repitió: «No funciona».


Algunas noches después, cuando regresaba de cenar en casa de unos amigos, creyó oír el rumor del ascensor. Al penetrar en el portal, permaneció inmóvil a la escucha. ¿Se habían movido los gruesos cables pendientes en el hueco del elevador o se trataba de una ilusión óptica? Sigilosamente, como quien pretende sorprender a un ladrón, se fue acercando hasta las escaleras y miró hacia arriba. La cabina colgaba entre dos pisos con el aspecto de haber permanecido allí desde toda la eternidad.


De súbito, experimentó un sobresalto. Alguien se encontraba en el interior del ascensor. Una forma vaga, una figura borrosa, alguien...


En aquel momento se apagó la luz del vestíbulo. A tientas, se aproximó a la pared y pulsó el interruptor. Cuando volvió a mirar hacia arriba tan sólo pudo ver una especie de humo, una niebla que se movía con lentitud dentro del ascensor y tropezaba contra los cristales biselados.


Se detuvo una décima de segundo antes de pulsar el botón de bajada. Tuvo miedo de que aquello descendiera hacia él, suponiendo que sirviera de algo oprimir el mando.


Subió sigilosamente un tramo de escaleras procurando no perder d vista el ascensor, pero resultaba imposible contemplarlo de continuo. Cuando llegó hasta la altura de su piso, se detuvo en el rellano y miró hacia arriba. En la acristalada jaula no había nadie. La débil bombilla continuaba iluminado el reducido cubículo como siempre lo había hecho.


¿Por qué no oprimir el pulsador de llamada? Todo lo más que podría suceder era que el ascensor continuara inmóvil donde se hallaba. ¿Y si el ruido despertaba a algún vecino? Ignoraba las razones, pero intuía que nadie en la casa deseaba utilizar el ascensor. Deliberadamente convenían en que estaba estropeado y no se preocupaban de más. ¿No era aquella una situación ridícula? ¿Qué le impedía oprimir el pulsador y comprobar si el elevador funcionaba o no?


Considerando que sería preferible hacerlo de día, cuando otros ruidos disimularan el de la maquinaria, ascendió otro tramo de escaleras hasta situarse a la altura del ingenio y pudo cerciorarse de que el interior estaba absolutamente vacío. Una espesa capa de polvo cubría el suelo y el banquillo. La luz procedente de la bombilla quedaba disminuida asimismo por la suciedad que el tiempo había depositado sobre ella.


Movió la cabeza negativamente y empezó a descender hacia su piso. Una especie de suspiro, un cierto quejido emitido muy cerca de donde él se encontraba, le hizo detenerse con el corazón encogido. «¿Quién está ahí?», preguntó en voz baja. La luz del ascensor parecía ahora más apagada y amarillenta. Los dos gruesos cables se habían movido un momento transmitiendo la vibración hasta el fondo del pozo. «¿Quién es?», repitió con precaución y deseando que nadie respondiera a su pregunta.


El más completo silencio reinaba en las escaleras. Un segundo antes de que se extinguiera la luz pulsó de nuevo el interruptor Por un instante le pareció que alguien le espiaba a través de la mirilla de una de las puertas, pero no le resultaba posible asegurarlo. Las maderas de los escalones crujieron bajo sus pies y una gruesa mariposa nocturna revoloteó a su alrededor sobresaltándole.


Permaneció unos minutos a la escucha hasta que sus sentidos, fatigados por el opresivo silencio comenzaron a proporcionarle informaciones falsas. Escuchó zumbidos y vio lucecillas en los rincones oscuros. Por último, tras echar una última ojeada al ascensor, entró en su piso. Durante su intranquilo sueño le pareció que el elevador funcionaba continuamente efectuando paradas tan breves que ninguna persona hubiera podido entrar ni salir de él.


Los días siguientes, cada vez que abandonaba la casa miraba automáticamente hacia la jaula detenida entre dos pisos para comprobar que no se había movido ni un milímetro. Los ancianos, únicas gentes de que habitaban aquel antiguo inmueble, continuaban subiendo y bajando por la escalera sin preocuparse para nada del ascensor; parecían resignados a aquella situación que tenía todos los visos de ser definitiva.


Cierta mañana, tropezó en uno de los rellanos con una señora que subía arrastrando penosamente un carromato de los utilizados para ir al mercado. De manera automática se apresuró a prestarle ayuda, pero la anciana la rechazó con un gruñido hosco. «Lo siento», comentó él, «sólo pretendía ayudarla». «Déjeme», replicó la mujer con voz cascada, «puedo hacerlo yo sola». El inquilino vaciló un momento, y, cuando vio que la anciana se detenía un momento para descansar, dijo: «¿Por qué no utiliza el ascensor? Resultaría más cómodo.» «No funciona», replicó ella de inmediato. «¿Está segura?» Hizo un ademán de pulsar el botón de bajada.


«¡Deje eso!», gruñó ella volviéndose airada. «¿Está segura?», repitió el hombre con un encono y una testarudez que a él mismo le resultaron extraños. «¡Qué lo deje, le digo! ¡Insolente! ¿No ha visto el cartel?», replicó casi fuera de sí.


Descendió el resto de las escaleras profundamente irritado, y al llegar al portal, se dirigió directamente hacia el cartel de «No funciona» y lo arrancó bruscamente, reduciéndolo luego a pedazos. Acto seguido acarició con su dedo índice, que temblaba ligeramente, el dorado botón de llamada. Miró hacia arriba y contempló la urna de madera y cristal pendiente entre dos pisos. «No vale la pena», comentó para sí. Pero, en el fondo, sabía que únicamente un cierto temor supersticioso era lo que le había impedido llamar al ascensor.


En aquella casa resultaba muy difícil entablar relación con los restantes inquilinos. Era dudoso que existiera una asociación para la gestión de los asuntos de los vecinos y no parecía probable que ninguno estuviera interesado en su creación. Seguramente, todos los pisos pertenecían a alguna entidad financiera y estaban administrados por una única persona. Pero, ¿cómo se las arreglarían para solucionar los problemas que necesariamente surgen en toda comunidad? ¿Existiría algún enlace entre la administración y los vecinos? ¿Relegarían las reparaciones o quejas —por ejemplo, la avería del ascensor— hasta la visita periódica de algún enviado del administrador? Con toda probabilidad resultaría inútil tratar de interesar a los ancianos habitantes de la casa en la creación de una junta de vecinos, aunque era posible que, si lo proponía el resto de los inquilinos delegara con él —sólo fuera por comodidad— la función de embajador ante los representantes de la propiedad.


Decidido a obrar por cuenta propia, visitó una tarde las oficinas de la administración y planteó de inmediato el problema del ascensor. ¿«Qué problema?», preguntó el administrador parapetado tras su mesa. «El ascensor está colgado desde que yo entre en la casa. La mayoría de los vecinos son gente anciana y resulta fatigoso verles subir y bajar tantas escaleras». «Manías —replicó el encargado— . Suben y bajan andando porque quieren. El ascensor siempre ha estado en perfectas condiciones». El inquilino permaneció silencioso unos instantes, aunque ya había previsto la posibilidad de una respuesta en aquel sentido.


«¿Ha comprobado usted si funciona?», preguntó el administrador. «He visto el cartel de no funciona constantemente colgado». «Manías de viejos», añadió el encargado dando por concluida la entrevista.


Un nuevo cartel, igualmente artístico, aparecía firmemente sujeto a la cancela del ascensor. Nadie parecía interesarse por solucionar los problemas en aquella casa, pero alguien, con el consentimiento tácito del resto de la vecindad, ostentaba la misión de hacer más agradable la eterna continuidad de la avería.


Se aproximó a los pulsadores y los acarició suavemente y con cierto regodeo. Pasó los dedos, procurando no oprimir en absoluto, y tocó con sus yemas el extremo de los botones. Exhaló su aliento sobre la placa dorada y la limpió con el pañuelo hasta que se vio reflejado en ella. Su rostro apareció tan deformado que apartó la vista casi de inmediato, pese a lo cual, continuó jugueteando con los pulsadores. Estaba convencido de que tras las puertas del piso bajo, varios pares de ojos le observaban vesánicos y varias manos aferraban los tiradores. «No funciona», era un lema que campeaba a la entrada del inmueble y él era el intruso que había llegado para retar a los antiguos vecinos e intranquilizar sus apacibles vidas acostumbradas a la rutina del «no funciona».


Tras unos minutos de jugar aquel juego, miró desafiante hacia las puertas de las viviendas y subió por la escalera hasta el rellano de la suya. El ascensor, colgado entre dos pisos, parecía ahora más accesible y más cercano. Bastaría —estaba seguro— pulsar el botón correspondiente para que el vetusto ingenio descendiera obediente hasta sus pies. Y aquel convencimiento le resultó suficiente dejando para otra ocasión la comprobación del hecho.


En las noches siguientes se sintió inquieto y desasosegado. Su sueño fue intranquilo, y se despertaba con todo el cuerpo dolorido como si, en realidad, no hubiera gozado de un verdadero descanso. Al abrir los ojos, todavía le zumbaban los oídos y le repercutía en sus tímpanos el ronroneo del funcionamiento del ascensor. ¿Quién se dedicaba a pasearse arriba y abajo durante la noche? ¿Por qué el cartel de «no funciona»? ¿Es que el resto de los vecinos no oía el funcionamiento del ascensor por las noches? Llegó a pensar, incluso, que todo aquello se trataba de una conspiración contra él, intruso en aquella comunidad de gente de edad avanzada que no deseaba ver alteradas sus costumbres.


Y el maldito ascensor seguía allí colgado, vacío, inútil —consideraba con más frecuencia cada vez—. Algunas noches, antes de acostarse, salía al descansillo y lo contemplaba fascinado. Las sombras de la balaustrada y el reflejo de la lámpara del rellano producían la ilusión de que había alguien en su interior, un cuerpo vaporoso y movedizo, una nube pegada a los cristales.


Poquito a poco, dejando entornada su puerta, iba subiendo hasta la altura del ascensor y la ilusión se desvanecía. La débil bombilla interior derramaba su escasa luz sobre unas superficies cubiertas de polvo. Y experimentaba, cada vez con más ansia, el deseo de introducirse en la frágil cabina y descender lentamente hasta el bajo.


Una tarde se presentó en casa un empleado de la compañía eléctrica. Un vez que hubo revisado el contador, el inquilino, con fingida naturalidad, le preguntó: «¿Ha subido usted en el ascensor?» «Bajo piso por piso, mirando los contadores», repuso el empleado. «Pero, ¿ha subido a pie hasta el último?». «Que remedio —explicó el hombre—. No funciona». «¿Está seguro?», insistió el inquilino. «Está colgado el cartel de no funciona». «Eso no importa —continuó nuestro hombre—. Yo creo que sí funciona; lo que pasa es que la gente de esta casa es muy especial». «Ya veo», replicó el empleado de la eléctrica despidiéndose.


«Maldito imbécil», dijo para sí el inquilino «a él que más le da, como no vive aquí». Y se sentó en un sillón a la espera de que llegara la noche.


Poco después de la una comenzó a escucharse un ronroneo continuo. De vez en cuando, el rumor se interrumpía durante dos o tres segundos para recomenzar nuevamente.


Levantándose del sillón, fue acercándose sigilosamente a la puerta y la abrió una rendija: Segundos después, la caja del ascensor descendía lentamente ante sus ojos, la menos eso supuso, porque la oscuridad era absoluta. No había luz en las escaleras ni tampoco lucía la bombilla situada en el techo del elevador.


Esperó a que aquella masa oscura ascendiera de nuevo y, cuando lo hubo hecho, salió a tientas del descansillo y oprimió convulsamente el pulsador de la luz: el ascensor estaba detenido donde siempre, pero un segundo después de que se hiciera la luz en la escalera y dentro mismo del propio elevador, algo, una forma difusa, una nube, se estremeció y desapareció al momento.


«¡Se ha movido! ¡Sí funciona!», exclamó satisfecho para sí. «Lo he visto pasar por este rellano», añadió. Pero pronto comenzó a pensar si la sombra que había cruzado delante de él no sería un producto de su imaginación ocasionado por el sueño que le había rendido la butaca.


¿Y aquella forma fantasmagórica que se había agitado entre los cristales biselados? ¿Alguien en el ascensor?... Pasa tanta gente por los ascensores... Suspende tan frecuentemente el ánimo durante unos segundos el brusco arrancar de un elevador... Por fuerza ha de quedar algo en un ámbito tan estrecho en el que conviven fugazmente tantas gentes... Algunas voces... suspiros... un roce fugaz... un silencio embarazoso... ¿Era eso lo que permanecía entre las acristaladas paredes del ascensor? ¿Qué cosa puede originarse, qué residuo puede ser el resultado de la transitoria presencia de almas tan dispares en un lugar tan exiguo?...


Un suspiro ahogado, un murmullo sofocado, descendió desde la altura. «¿Hay alguien ahí?», preguntó en voz muy baja y silbante. «¿Hay alguien en el ascensor?», insistió. E, irguiéndose en toda su estatura, miró hacia arriba y sonrió obcecado. Se adelantó unos pasos y contempló detenidamente la fila de botones hasta que localizó el que debería conducir el ascensor hasta su piso. Extendió el dedo índice hacia el correspondiente pulsador, pero antes de que tuviera tiempo de oprimirlo, se hizo la oscuridad en la escalera. Simultáneamente, sin que su dedo hubiera llegado a pulsar el botón, se escuchó un chasquido y el ascensor comenzó a descender lentamente y a oscuras.


El inquilino fue retrocediendo espantado hacia la pared. Un rechinar de maderas y muelles anunció que la caja del ascensor había llegado a su destino. Se abrieron las puertas acristaladas y el horrendo residuo que se origina y crece en los ascensores se agitó culebreante. El ruido de un pestillo y un siniestro chirriar le hicieron comprender que no había ya ningún obstáculo entre él y el interior de la cabina. Un confuso bisbiseo se extendió por todo el rellano y algo familiar y desconocido a la vez se fue vertiendo como una densa marea que todo lo anega.


«¿Qué...?», se preguntó horrorizado. Y al instante encontró la respuesta en sí mismo: lo que crece en los ascensores, lo que se va alimentando de esquiveces equívocas, de roces furtivos, de murmullos secretos, de miradas confusas, de silencios embarazosos; restos de momentáneas presencias que se van depositando en el fondo de los ascensores y sobreviven en el polvo de los rincones, retazos del espíritu que, amalgamados y desprendidos de su ser, se van tornando oscuros y perversos; aquello, en suma, que nos acongoja y amenaza cuando entramos solos en un ascensor...

17 nov 2010

Bee Gees - "House Of Shame" (La casa de la vergüenza)



House Of Shame

First you say you needed me,                                                                    
then you give me sympathy.
They say good girls never win.
Something good in giving in.
How do I get through to you?
You must be made of stone.

ust when I was safe and sound.
Love, you built a wall around.
You take a hard line attitude.
Time to send me back to school.
Or take me, take me to your ...

...house of shame,
easy on your body when you got no name.
Hold me like you know me,
I'm a falling star,
catch me if you can,
show me the way inside.

You can knock on any door.
I know what I'm looking for.
Red light, hit and run.
Time to turn the engine on.
Pretty girl lives all alone.
I must be going home.

Hot as hell and cold as ice.
Everything I sacrifice.
I got to pick up on what you do.
I just can't get over you.
You take me, take me to your...

..house of shame,
easy on your body when you got no name.
Hold me like you know me,
I'm a falling star,
catch me if you can,
show me the way inside.

Tell me what you really want from life,
loving you, darling,
you got me infatuated,
good love is not for sale,
I nearly gave myself away.

Pretty girl lives all alone,
take me to your, take me to your
house of shame,
easy on your body when you got no name.
Hold me like you know me,
I'm a falling star,
catch me if you can,
show me the way inside.

Casa de la vergüenza

Primero dijiste que me necesitabas,
entonces me diste compasión.
Dicen que las chicas buenas no ganan.
Algo bueno debe haber
¿Cómo puedo llegar a ti?
Debes estar hecho de piedra.

Justo cuando estaba sano y salvo.
Amor, construiste un muro alrededor.
Tomaste una actitud dura.
Tiempo para enviarme de vuelta a aprender.
O llevarme, llevarme a tu ...

... casa de la vergüenza,
fácil en tu cuerpo cuando no tienes nombre.
Abrázame como si me conocieses,
Soy una estrella caída,
Atrápame si puedes,
muéstrame el camino interior.

Puedo llamar a cualquier puerta.
Sé lo que estoy buscando.
Luz roja, golpear y correr.
Es hora de poner el motor en marcha.
Guapa, tú que vives sola.
Tengo que irme a casa.

Caliente como el infierno y el frío como el hielo.
Todo lo que sacrifico.
Tengo que recoger en lo que haces.
Yo simplemente no puede conseguir sobre ti.
Me tomas, me llevas a tu ...

.. . casa de la vergüenza,
fácil en tu cuerpo cuando no tienes nombre.
Abrázame como si me conocieses...
Soy una estrella caída,
Atrápame si puedes,
muéstrame el camino interior.

Dime lo que realmente quieres en la vida,
amarte, querida,
me tienes enamorado,
amar el bien no está a la venta,
Yo casi me regaló.

Guapa...tú que vives sola,
llévame... llévame a tu
casa de la vergüenza...
fácil en tu cuerpo cuando no tienes nombre.
Abrázame como si me conocieses...
Soy una estrella caída,
Atrápame si puedes,
muéstrame el camino interior.

15 nov 2010

CALENDULAS PARA NINES por Carmen Morales

Detesto no ser feliz y no poseo esa capacidad tan femenina que se llama capacidad de sufrimiento. Por eso me divierten las narraciones fantásticas sobre monstruos y apariciones fantasmales, pero tengo mucho cuidado de no poner en peligro mi estabilidad emocional y rechazo esa clase de lecturas que aseguran, con insidiosa morbosidad, que la senda del hombre está mancillada con variedad de execrables crueldades.
  Evocar imágenes de los niños ingleses de cinco o seis años, que durante la primera época de la revolución industrial eran amarrados a una silla durante una jornada laboral de dieciocho horas para evitar que se cayeran rendidos por el sueño o el cansancio, resultaría demasiado sórdido para que su peso abrumador no me paralizara.
  Me niego a creer que en el Franco Condado y la Alta Alsacia los condes de Monjoie o los señores de Mectes abrieran el vientre a sus vasallos durante la caza de invierno para calentarse los pies en sus entrañas humeantes.
  Tampoco es cierto que se hayan llevado a cabo ejecuciones masivas de adolescentes o que, en 1611 un niño de nueve años llamado Juan Serre, natural de Albi, fuera, tras un proceso, quemado vivo ante la puerta de una iglesia.
  Persigo la dicha con infantil tenacidad y procuro extraerla de los acontecimientos más modestos y triviales, pero no he podido evitar que de vez en cuando, la realidad me produzca violentas sacudidas.
  Los hechos que voy a relatar me rozaron muy de cerca, infringiéndome una herida que el corto tiempo transcurrido no ha logrado cicatrizar.
  Por tanto, advierto al lector, a quien supongo comprensivo y tolerante sobre mi posible, casi segura, falta de objetividad para con alguno de los personajes de esta historia.
  Quizá la decisión, varias veces demorada, de trasladarla al papel, no tenga otra intención que la de buscar una sosegante acción de catarsis sobre mi corazón y mi memoria, cerrada ahora con la más dura intransigencia para quienes no vacilan en arrebatarnos alevosamente la escasa ración de felicidad que la vida nos ofrece.
* * *
  He conocido por primera vez el insomnio reflexionando sobre el trágico y espantoso desenlace de un suceso que, por lo cotidiano y la naturalidad con que se practica, suele pasar inadvertido. Aquella pareja, a la que recordé con nostalgia durante el viaje por varias capitales europeas que mi actividad profesional exigía, fue una víctima propiciatoria de la incorregible tenacidad con que una sociedad sumergida en la mediocridad y el hastío destruye todo lo que tiene la osadía de permanecer inmaculado. Anoto que el 17 de agosto de 1973 había sido para mí uno de esos días amables y prometedores que pocas veces se consiguen. Por eso caminaba como en una nube ligera y fresca, sintiéndome atractiva porque acababa de ducharme y todavía notaba el pelo húmedo en la nuca; la suave brisa que ahora bajaba del Guadarrama, agitaba mi reciente adquisición de seda amarilla ciñéndola acariciadora a mis piernas desnudas.
  Le vi en la Gran Vía, cuando declinaba el caluroso atardecer y su imagen, inundada de patetismo y desolación, me persigue desde entonces con la misma persistencia que impone una culpa abominable.
  Estuve a punto de chocar con él, y su presencia ante mí, inesperada, casi irreconocible, fue como una horrible bofetada que cortó las posibilidades de dicha de esa noche y de otras muchas que siguieron.
  Su aspecto me conmovió hasta las lágrimas.
  Estaba sentado en el escalón de un portal, con los codos apoyados en las rodillas y las manos sujetándose la frente, con la actitud del que soporta un pesar inmenso. Llevaba una cazadora mugrienta y renegrida, mal abrochada, con las mangas excesivamente cortas. No tenía camisa, y los pantalones vaqueros, brillantes por le uso y las manchas de grasa, se habían rasgado en las rodillas. Por uno de los bolsillos de la cazadora asomaba el cuello de una botella. Un transeúnte distraído tropezó con sus piernas y le dirigió un comentario despectivo acerca de su estado de embriaguez. La desesperación y la ruina que se adivinaban el el fondo de su posible borrachera impresionaban de forma extraordinaria. Estaba total, irremisiblemente ajeno al bullicioso discurrir de la gente a su alrededor que le miraban extrañados, porque a pesar de las huellas terribles con que la miseria y el abandono lo habían marcado, conservaba todavía la extraordinaria belleza de su rostro y un aire inequívoco de juventud. No llegaría a los treinta años.
  Cuando levantó la cabeza, me llevé la mano a la boca para ahogar una exclamación de congoja; sus ojos enrojecidos y vidriosos, tan cálidos en otro tiempo, estaban ahora espantosamente inertes y helados. Fingiendo que miraba un escaparate, estuve observándole de reojo. Durante todo el tiempo no dio ningún indicio de que algo conservara todavía algún interés para él.
  Yo estaba tan apenada y sobrecogida que no supe qué hacer. Tuve la mano extendida para tocarle, pero desistí. Su abrumadora soledad estaba tan lejos de redención, que cualquier gesto de acercamiento o de ayuda, hubiera resultado baladí. Era casi indecoroso que alguien que había admirado su singular encanto fuera ahora testigo de su amargo derrumbamiento.
  Yo los había conocido, a él y a su mujer, tan sólo cuatro años atrás, cuando los dos eran tan jóvenes y tan hermosos y estaban tan enamorados. Tenían delante un porvenir espléndido y lleno de promesas, pero eso fue antes de que, inocentemente, abrieran la puerta de su casa y sentaran a su mesa a un fantasma corpóreo y perfumado que se introdujo en sus vidas para chupar con avidez de su felicidad hasta destrozarlos.
  No tuve ánimos para acudir a mi cita. Quise saber qué clase de suceso espantoso puede segar tan brutalmente la alegría de vivir. Subí hasta mi casa y me precipité hacia el teléfono para llamar a mi amiga Marisa. Ella los había traído a nuestra tertulia del café Comercial. Fue vecina suya cuando ellos se instalaron, recién casados, en un piso antiguo de Argüelles, cerca de Rosales. Los tres mantuvieron una entrañable relación amistosa.
  Mientras le describía la sordidez de mi encuentro la oí llorar a través del auricular. Cuando pudo hablar me dijo que era una historia larga y estremecedora y me invitó a cenar en su casa.
  En su cuarto de trabajo, delante de un cóctel con bastantes grados, absolutamente inusual en ella, habló durante dos o tres horas sin poder reprimir, de vez en cuando, los sollozos. No cenamos, y dormimos en la misma habitación. Nos hizo daño el alcohol o la sospecha, inconfesada, de que, al menos aquella noche, no éramos en absoluto felices.
***
  Miguel y Nines se habían conocido en la facultad de Filosofía y Letras en los apasionantes días precedentes a las manifestaciones estudiantiles del 65, que culminaron con la expulsión de la Universidad de varios profesores de notable prestigio. Ella tenía diecisiete años y acababa de empezar la carrera. Para él, aquel año sería el último en Bellas Artes.
  Se amaron en seguida. Cruzaron miradas largas como caricias. Pasearon por las avenidas de la Complutense turbándose cada vez que sus manos se tocaban.
  Una tarde, sentados en un banco de la explanada que conduce a la facultad de Medicina ella rozó con sus labios la mejilla de Miguel. El giró la cabeza hasta que sus bocas se encontraron con toda la luminosa y tierna entrega que sólo es posible cuando se ama por primera vez. Dos meses después, cuando ella se iba de vacaciones a la ciudad donde residían sus padres, él le entregó un poema conmovedor que hablaba de lo insoportable de la separación y lo incierto de su reencuentro.
  Durante el verano escribieron cartas apasionadas e impacientes y en cierta ocasión que él consiguió ir a verla se besaron el el parque hasta desfallecer.
  Después de mil peripecias, vencieron la oposición familiar, y, con un entusiasmo arrollador y escasísimos medios, comenzaron lo que pensaron que sería un largo camino de amor en libertad. Cuando Marisa los introdujo en nuestro grupo nos quedamos todos embelesados. Sus cuerpos se buscaban continuamente y siempre estaban enlazados de alguna manera. Se enfrentaban a al vida con una plenitud y un candor embriagadores. Para nosotros, castigados ya por innumerables fracasos amorosos y profesionales, sus juicios siempre generosos y valientes, y su actitud ajena al desánimo, representaban un vigoroso estímulo.
  Miguel prometía grandes cosas, estaba lleno de ideas y trabajaba muchas horas al día. Nines, que había tenido que aplazar sus estudios, estallaba de adoración por Miguel, Mary Quant y el sargento Pipers.
  Proyectaban por entonces su primer hijo.
  No eran conscientes de la atracción que despertaban, y por entonces estaban muy lejos de saber que no todo el mundo iba a respetar el tesoro que ellos tenían. Ignoraban que hay gentes que ya no tienen nada que perder y están al acecho como urracas para apoderarse de cualquier cosa que brille, y soy testigo de que durante aquel año, ellos brillaban.
  Mientras estuvieron solos y juntos todo tuvo un hálito de maravilla. El niño trajo los primeros cambios.
  Soportar la responsabilidad de una vida que empieza era demasiado, sobre todo para Nines que, de un día para otro, tuvo que cambiar todas sus costumbres.
  Nunca había oído hablar de la depresión que suele suceder al parto. A ella le agarró de lleno. Le molestaba la dureza de sus pechos excesivamente crecidos por un caudal de leche que rebozaban manchando los vestidos que los oprimían. Se sentía culpable por no estar, ahora que ya tenían su ansiado bebé, loca de alegría. Los interminables barreños de ropa sucia no se parecían en nada a las aventuras que habían proyectado. Odiaba no tener nada estimulante que contarle a Miguel a su regreso y haber perdido la esbeltez de su cintura que él abarcaba admirado con sus manos. Nunca pensó que aquellas molestias, de las que generosamente evitaba hablar con su marido, pudieran separarlos.
  Yo quisiera someter, por una vez, mi sentimiento de indignación, a un razonamiento benévolo, pero me resulta difícil comprender que, aprovecharse de las dificultades de una pareja para meterse de costado  en sus vidas no sea, cuando menos, inmoral. Sucedió lo inevitable: apareció otra mujer, que, naturalmente, los estimaba mucho a los dos. Nada nuevo.
  Sólo sabemos de ella que se aburría sentada en su lindo salón, mientras su marido trabajaba para pagar, entre otras cosas, una asistenta que sacara un brillo cegador al parquee. Después de pintarse, no tenía nada que hacer, y es justo comprender que necesitase a alguien que la paseara por el deslumbrante mundo de las boites nocturnas. El dinero necesario no era un problema. Las mentiras, tampoco.
  Se además aquellos chicos eran pobres e inexpertos, aquello podría tomarse como una loable labor docente: ella sabía muchas historias entretenidas sobre los mil métodos sutiles y excitantes de cómo corromper a un adolescente.
  Hay abismos que sólo son el preludio de otros abismos más negros y profundos. Miguel se quedó atrapado. No importa en que grado. Bien aprendida la lección, empezó a mentir y eso nunca tiene final. Algo les separaba y las cosas entre ellos ya nunca volverían a ser igual.
  Si él no hubiera sido tan inocente nunca hubiera caído en la trampa perfumada, ni finalmente, le hubiera contado el asunto a Nines con toda la suerte detalles, como se describe un juego divertido que, por eso mismo, no hay ninguna razón para cortar. Estaba tan inflado como un pavo y salía y entraba de la casa abrochándose el chaleco del traje nuevo y dejando tras de sí la estela de un perfume demasiado caro para sus posibilidades.
  La confirmación de las sospechas le produjo a Nines un choque brutal. La sordidez del mundo cotidiano se abatió sobre ella sorprendiéndola con su crueldad. Hubiera querido morir. Desconocía a su marido. El triste espectáculo de los adultos mentirosos la abochornaba. Miguel era la única cosa en el mundo de la que ella estaba segura que ningún daño podría venirle. Y ahora estaba allí intentando sentarla en sus rodillas para descubrirle con una crueldad incomprensible detalles torturadores. ¿Si el hijo era de los dos, por qué los había relegado a papeles tan diferentes?
  Al principio, lo más insoportable fueron las imágenes. Pensaba en ellos desnudos sobre la cama acariciándose y un dolor lacerante se le atravesaba en el estómago. No pasó por su imaginación impedirlo. Pensó que se trataba de una historia de amor y sabía que eso, cuando nace, es inevitable.
  Fumaba mucho. Le dolía es estómago. Dormía poco y mal. No sabía qué hacer. ¿Dónde ir con un niño y sin trabajo? Le repugnaba la idea de volver a su casa arrastrando un fracaso y no había ninguna razón para dejar a su hijo porque su marido se hubiera enamorado de otra mujer.
  Deambulaba por la casa arrastrando su dolorosa perplejidad, incapaz de superar la rutina de las faenas domésticas, a las que culpaba de todos sus males.
  Cuando el niño se dormía ella se tomaba dos copas de un coñac que aborrecía, pero que le brindaba un agradable estado de somnolencia y se tumbaba en la cama para soñar entre nubes lo felices que habían sido. Las palabras finales de una verso de Poe la martilleaban insoportablemente: nunca más..., nunca mas..., nunca mas...
  Aquel flirt tan divertido duró lo suficiente para hundir a Nines. La estimación que ella tenía de sí misma se basaba en ser una cosa amable, amada por un personaje tan estupendo como Miguel. Cuando creyó que eso había fallado, el mundo falló también.
  La tarde del 8 de junio fue particularmente aciaga. El bebé había tenido un proceso diarreico que la obligó a cambiarle los pañales infinidad de veces y a lavarlos rápidamente para que se secaran. A las once de la noche, se hundió en un sillón agotada, invadida por un desaliento aniquilador. Miguel, que revoloteaba inquieto a su alrededor, le puso el televisor para que se distrajera, puesto que él iba a salir.
  Con el pomo de la puerta en la mano le dirigió las últimas palabras: no me esperes despierta, vendré tarde, a las tres, a las cuatro o a las cinco. La crueldad que implicaba esta observación la dejó anonadada. No pudo contestar, ocupada en retener las lágrimas hasta que él saliera. Con los ojos empañados vio en el televisor la conmovedora escena de amor de Picnic. Le hizo un daño insoportable.
  Se levantó trastornada y cogió del botiquín cuatro pastillas de un somnífero para buscar en el sueño un olvido que parecía imposible. Sabía que no pasaría nada irreparable. El niño la necesitaba. Así conseguiría dormir profundamente toda la noche.
  Miguel no regresó aquella noche, pero ella no lo supo.
  Amanecía el 9 de junio. Sobre las siete de la mañana el niño inició los gorgojos y ruiditos con los que reclamaba la atención de su madre. Nines lo oía lejano pero no podía reaccionar, mareada todavía por el efecto del barbitúrico. Se dio la vuelta en la cama y agarró su manita, intentando retenerlo un poco más. Le tocó. Estaba empapado y frío. Era preciso cambiarlo. Se levantó dormida y, a tientas, abrió el grifo del baño. Volvió a la habitación y se derrumbó sobre la cama. Las piernas apenas si lograban sostenerla. Pasó un largo rato. La bañera tendría ya más agua de la necesaria. Puso al bebé sobre la cama y a ciegas, le desnudó mientras él jugueteaba chupándose los deditos. Ponerle limpio y darle el biberón sería cuestión de veinte minutos. Luego los dos podrían dormir otra vez. No conseguía despejarse. Un sopor agudísimo la invadía. Con el niño en los brazos avanzó por el pasillo con los ojos cerrados, tambaleándose. Los párpados le pesaban como losas. Cuando el agua tocó su cuerpecito desnudo el bebé lloró desconsolado. Estaba fría. Le sostuvo con una mano mientras, precipitada, abría con la otra el grifo de la caliente, del que brotó un chorro ardiente. La bañera estaba casi llena y los baldosines de la pared giraban a su alrededor. Al forzar el cuerpo para abrir el grifo, el niño se le escurrió de la mano lo sostenía. El vapor inundó la estancia. No se veía. El agua quemaba. Intentó sujetarle nerviosa y atolondrada mientras cerraba otra vez el grifo rojo. No consiguió ninguna de las dos cosas. Se escurrió en el suelo encharcado. Empezó a gemir. Manoteó frenéticamente buscando el bultito diminuto en aquella inmensidad de agua abrasadora. Enloqueció de pánico. Estaba empapada. Lloraba con desesperación. Pasaron siglos.
  Le perdió. Cuando consiguió sacarle, el niño estaba inerte. No se movía. No respiraba. La nube de vapor quedó paralizada por un grito desgarrador. Sólo uno. Rodeando el cuerpo desnudo con sus dos brazos, lo apretó contra su corazón, mientras se derrumbaba sobre el suelo musitando dulcemente ternuras interminables: háblame por favor, arbolito, terroncito de azúcar. Tú eres mi bebé y te quiero, te quiero, te quiero... Mi muchachito... Despiértate por favor..., sonríeme por favor..., por favor..., por favor...
  Después llegaron los minutos más aterradores que una mujer puede experimentar. No existe ningún horror parecido a eso. Le arropó con una toalla. Restregó su carita todavía tibia contra la suya. Se levantó. Sobre la repisa descansaba la navaja de afeitar que se había traído como recuerdo de su padre y que Miguel usaba algunas veces. El mango de marfil blanco aumentó su tamaño hasta el infinito. La abrió. Se hizo un tajo profundo en el cuello, otro en cada uno de las muñecas, se descubrió el pecho y lo atravesó con una cruz de parte en parte. Su rostro, delante del espejo, estaba intacto. Tan bello como siempre. No pudo soportarlo. Lo mutiló fríamente. Se sentó en el suelo encharcado, recostando la espalda contra la bañera. Cubrió esmeradamente los piececitos del niño con la toalla blanca y tibia... Sobre las losas del pasillo avanzó lentamente un río de sangre...
  Hacia las nueve llegó Miguel. Traía en la mano un ramo de caléndulas para Nines. Conocía su pasión por las flores modestas. Abrió la puerta mientras paladeaba por anticipado la alegría de la reconciliación. Aquel juego estúpido había terminado y ahora volvería a tenerla cegadoramente entregada, entre sus brazos.
  Renuncio a describir el pavor de un descubrimiento abominable. Por la tarde Marisa bajó a tomar café con Nines. El tenía el cuerpo empapado de sangre y agua. Nadie volvió a verle sonreír jamás... En el estudio se fueron acumulando bocetos de un cuadro inacabado, siempre el mismo...
  Sobre el pasillo de un piso de Argüelles, cerca de Rosales quedó, pisoteado y marchito, un ramo de caléndulas.
 

6 nov 2010

EL GATO DE LOS OJOS AMARILLOS por Eugenia Montero

Enfiló la carretera sin rumbo fijo. El día había transcurrido monótono, el trabajo habitual, las caras de siempre. Se sentía aburrido y cansado. El verano parecía haberse adelantado en aquella primavera ardiente de rosas prematuramente ajadas bajo el calor y un asfalto reseco y polvoriento.


Eran poco más de las ocho de la tarde. Tenía las ventanillas del coche abiertas, pero el aire que entraba era cálido aún. A ambos lados del camino, los plateados álamos y los sangrantes arces surgían inmóviles, verticales monjes sobre un verde claustro de hierba. Madrid se perdía en la lejanía. Atrás iban quedando los cuidados chalets, el campo apacible. La fisonomía del paisaje comenzaba a ser diferente. La tierra se hacía más árida, se oscurecía, volviéndose parda y cenicienta. Los olivos nacían del suelo, retorcidos, con el tronco gris surcado de grietas que parecían viejas cicatrices. Surgían, dispersos, los cardos de flor morada y azul, alguna florecilla blanca, casi transparente, como una lágrima, y la amapola brillante, cual gota de sangre de la piel de la tierra.

La naturaleza se volvía dramática en esa parte del camino. Era tremendamente humana en su lucha por subsistir, por elevar sus árboles al ciclo, por tener alguna flor, por ser algo más que árido polvo.

Durante algunos minutos continuó el paisaje seco, casi desnudo. Luego, poco a poco, fue cambiando. Surgieron los rubios campos de trigo, los chopos, antiguos centinelas con gris armadura de madera y verde penacho de hojas, y un sauce ligero y romántico, con sus ramas aladas, con sus hojas de pluma. Y, entre los árboles, las espontáneas flores campestres: la caléndula, el pensamiento, la margarita, la gallardía.

Miró el paisaje con asombro. El campo se perdía en la distancia, hundiéndose, horizontal, en los lejanos montes azules. Una paleta sobrenatural había derramado sus colores sobre aquel lugar. Paró el coche. Una serpentina de agua se deslizaba a la derecha, entre plantas y arbustos, siguiendo un pequeño sendero que se dirigía hacia un chalet de línea moderna que se elevaba solitario. En ese instante se dio cuenta de que había salido de Madrid sin poner gasolina en el coche. Con lo que debía quedarle, no podría regresar. Se quedó unos segundos pensativo. No tenía más que dos soluciones: esperar a que alguien le quisiera llevar a la gasolinera más próxima o acercarse a la casa por si en ella había alguien. Optó por la segunda solución y se encaminó por el sendero.

El chalet, cercado por una pequeña valla, estaba rodeado de un bonito jardín que casi se confundía con el campo. La puerta se hallaba aparentemente cerrada, pero sin encajar. Llamó al timbre y luego la empujó y penetró en el jardín. Una muchacha, tranquilamente tumbada en una hamaca, se levantó al verle y se acercó mirándole sorprendida. En sus brazos llevaba un gato rubio, como una pequeña bola de largo pelaje, que parecía dormitar, con los ojos cerrados, en el tibio cobijo del ama.

Era una mujer joven y bonita, vestida con un short y una blusa transparente, quien le observaba esperando una explicación. Cuando supo la causa de su inesperada aparición se ofreció a dejarle gasolina, ella tenía suficiente, y le invitó a una bebida antes de que volviera a Madrid.

—Vamos a hacer una cosa —sugirió Jaime. Ya que eres tan amable, lo menos que puedo hacer es invitarte yo. ¿Quieres venirte conmigo, tomamos una copa juntos y luego te traigo de nuevo aquí?

Le miró sonriente, indecisa. Luego aceptó.

—Espera un momento que me cambie y deje todo cerrado.

Se alejó con su gato aún en los brazos. Jaime pensó que vivir allí debía ser maravilloso, en pleno campo, rodeada de paz, de tranquilidad, a pocos kilómetros de Madrid, pero a la suficiente distancia de las modernas urbanizaciones y los barrios residenciales de las afueras. Cerca de él había una paleta, unos pinceles abandonados en un banco y un lienzo, fresco aún, apoyado en un caballete. Era un paisaje al atardecer. Un paisaje muy bello, melancólico, de grises y oros difuminados, en cuyo fondo, en una especie de buscada y misteriosa lejanía, surgían, como suspendidos en el aire, unos ojos enigmáticos que podían ser muy bien confundidos con dos pequeños soles o dos nubes doradas. Aquel cuadro poseía una extraña fascinación, atraía y, al mismo tiempo, inquietaba. Jaime apartó la vista molesto, turbado, sin acertar a comprender la causa.

Ella volvió sonriente y ligera, con un vaporoso traje blanco y su aire despreocupado, tan juvenil, y en ese mismo instante todo sentimiento inexplicable de malestar desapareció.

Cuando Jaime volvió aquella noche a su piso madrileño, después de haberla llevado de nuevo a su casa, en el centro del campo, siguió pensando en ella. No sabía por qué, pero se había comportado como un chiquillo. La había llevado a una terraza de Rosales, después de cenar en un pequeño restaurante, y luego la había acompañado hasta el chalet sin intentar siquiera darle un beso. Tal vez esto era lo correcto, pero sabía que él no acostumbraba a comportarse así. Sin duda, el candor que parecía emanar de la joven había tenido el poder de cohibirle.

Una irresistible atracción le llevaba hacia ella. Desde aquel primer encuentro continuó viéndola con frecuencia. No se citaban formalmente, pero en cuanto tenía un momento libre montaba en su coche, seguía carretera adelante y se encaminaba hacia la casa de su amiga. Y siempre la encontraba, siempre estaba allí, pintando o cuidando el jardín, o sentada, como soñando, con su gato adormecido en el regazo.

—¿Nunca sales? —le preguntaba.

—¿Dónde podría estar mejor que aquí? —contestaba ella—. Vivo independiente, pinto cuanto quiero, en un lugar que me gusta y me inspira...

—Pero, siempre sola, ¿no echas de menos la compañía de una amiga o de un amor?

Una ráfaga de tristeza pasó por sus ojos.

—No soy muy sociable. A veces ha surgido un hombre en mi vida y he creído que mi existencia iba a cambiar; luego...

Calló con la mirada perdida en la lejanía. El gato ronroneó y abrió lentamente los ojos clavándolos en su ama. Jaime se sobresaltó. Era la primera vez que veía los ojos de aquel gato perezoso y dormilón. Eran grandes, amarillos; en ellos había una intensidad, una fuerza que iba más allá de lo irracional y lo humano. Eran los ojos que surgían en la lejanía de aquel cuadro que contempló aquel primer día en que la conoció a ella.

Sintió miedo, un miedo irrazonado que le impulsaba a huir. Logró dominarse. Mas no pudo evitar despedirse y alejarse. Alejarse con una extraña sensación de que se estaba apartando de un peligro que no alcanzaba a entender, ni razonar.

Aquella noche se fue a cenar con unos amigos. Su miedo empezó a resultar ridículo. Sus nervios debían estar un poco desquiciados. No había descansado en todo el año y, ahora, en esos primeros días de agosto, bajo el calor agobiante, empezaba a resentirse del trabajo sin pausa. Debía irse unos días a descansar, aprovechar las vacaciones y marcharse a alguna playa tranquila.

Pensó en ella. Desde que la conoció, su recuerdo le seguía a todas partes. Nunca le había pasado algo semejante, ni había experimentado aquellos sentimientos de timidez y adoración que le inspiraba.

Al día siguiente, al terminar el trabajo, se dirigió a la casa de ella con una nueva decisión. La muchacha le recibió con una alegría especial.

—No sé por qué, temía no volver a verte. Ayer te fuiste de una forma tan precipitada, tan rara...

—Estoy cansado, creo que agotado. He pensado irme de vacaciones. ¿Te gustaría venir conmigo?

Hubiera asegurado que el gato entornaba los ojos y le miraba con rencor, pero la voz de ella surgió cantarina, desviando su atención.

—¡Sería tan bonito...! Sólo hay un problema; no puedo dejar al gatito, si no te importa que lo lleve conmigo...

Jaime alargó la mano con cierta aprensión para acariciar al animal. Le pareció que su pelaje se erizaba y su lomo se enarcaba ligeramente.

—Por supuesto que no —comentó— De lo que no estoy tan seguro es de si a él le gustará mi compañía...

—Claro. ¿Por qué no? —preguntó ella.

—No sé. Me parece que no le caigo muy bien.

—Imaginaciones tuyas —dijo riendo.

Que ella aceptara su invitación le hacía sentirse más seguro. Le pasó suavemente la mano por los cabellos que caían sueltos sobre su espalda. Ella le miró por primera vez de una forma distinta, sin esa expresión ingenua que la aniñaba, insinuante, casi provocativa. Acercó su cara a la de ella mientras su mano seguía acariciándola. El gato saltó de los brazos del ama y se alejó despacio, silencioso, como la sombra de una melena rubia.

Jaime pudo estrecharla fuertemente y sentir cómo, poco a poco, ella se abandonaba en sus brazos. Nunca había entrado en la casa, aunque la puerta estaba siempre abierta, pero ese día, después de besarla, ella le cogió de la mano y le introdujo en la vivienda. Fue la tarde de amor más hermosa de su vida. Amarla era descubrir un universo nuevo en el que todas las caricias y todos los besos tantas veces repetidos, tantas veces iguales, surgían con el temblor de una pasión inédita. Era, tal vez, la influencia de aquel entorno mágico, con los pájaros cantando locos sobre el murmullo del campo, sobre el rumor premonitorio de la tormenta que llegó de pronto con relámpagos y truenos que hicieron temblar la casa.

En aquel instante, mientras la tormenta se deshacía en una lluvia cada vez más suave, con la mano de ella entre las suyas, contemplándola, tan frágil, tan delicada, tan solitaria, a pesar de hallarse junto a él, pensó que apenas sabían uno del otro.

—¿Ha habido muchos hombres en tu vida? —preguntó, casi sin darse cuenta.

Le miró con sus grandes ojos tristes, más tristes, quizá, que ningún otro día.

—Algunos —contestó— He amado a tres hombres que pasaron por mi vida en distintos momentos. Fueron desapareciendo, uno tras otro, sin una explicación, sin una razón lógica. Nunca he sabido por qué. Prefiero no hablar de esto. No me gusta recordar...

Se levantó y se vistió en unos segundos. Le miró sonriente, echándose con las dos manos los cabellos hacia atrás. Volvía a ser la muchacha alegre, despreocupada e infantil que siempre había parecido.

—¿Quieres que nos vayamos a cenar a Madrid? —le preguntó.

—No. Es ya tarde. No tengo hambre —contestó ella.

—Entonces... Me voy ya —decidió él.

Le acompañó hasta la puerta. Juntos, cogidos de la mano, atravesaron el jardín. El gato no se cruzó en ningún momento en su camino. Cuando llegaron ante la verja del jardín, ella le preguntó:

—¿Cuándo será ese viaje?

—El 15 de agosto. ¿Te parece bien?

Sonrió sin contestar. Jaime montó en el coche y se alejó mientras ella quedaba ante la puerta diciéndole adiós con la mano. Su figura se fue empequeñeciendo hasta desaparecer en la lejanía.

Era ya de noche. La carretera estaba aún húmeda de lluvia y Jaime guiaba despacio. De pronto sintió como un aliento cálido en su nuca, y escuchó un extraño y largo maullido. Miró hacia atrás, pero no vio nada. Poco después, el maullido volvió a sonar, más largo y sobrecogedor, como el de un gato que se dispone a saltar sobre su presa. Amainó la marcha del coche y volvió a mirar en torno suyo, sin que pudiera descubrir nada anormal. Pasados unos instantes sintió un raro malestar. Alguien o algo le contemplaba fijamente. A su lado, en el asiento contiguo, estaba el gato con sus ojos amarillos atravesándole como si quisiera hipnotizarle. Sintió un inexplicable miedo, un deseo de huir igual al de aquella tarde en que salió precipitadamente de la casa de ella.

Puso el pie en el acelerador con el ansia de llegar de nuevo cuanto antes al chalet y dejar al animal con su dueña. Mas en ese preciso instante el gato saltó sobre él, clavándole sus uñas en los ojos. El ataque era tan inesperado que no fue capaz de defenderse. Sintió un dolor desgarrador. Intentó zafarse de aquella terrible fiera, pero ésta saltaba sobre él, rápida y furiosamente. Abrió como pudo el coche y salió de él, intentando correr. Estaba cegado. La sangre corría por su rostro. El sufrimiento era más fuerte que su ansia de escapar. Sentía que la vida se le iba por momentos, pero los bufidos del gato que le perseguía le producían tal terror que seguía adelante sin saber dónde pisaba, tropezando, levantándose en una horrible pesadilla de sangre y oscuridad. Hasta que, incapaz de adivinarlo, llegó ante un precipicio. Su pie tocó el vacío, cuando quiso volver atrás era ya demasiado tarde. El gato, en el borde, contempló cómo su cuerpo se desplomaba y caía inerte entre pedruscos y ramas. Un grito horrible se mezcló con un maullido de satisfacción. Luego, el gato de ojos amarillos volvió sobre sus pasos, en dirección a la casa.