Nunca creí en estas cosas. Por eso me ha costado un gran esfuerzo convencerme de que ahora soy un vampiro. Pero me ha vencido la evidencia. Sin lugar a dudas. El problema consiste, a partir de este momento, en acostumbrarse a ello, en pensar, clara, sencilla y racionalmente. Con lucidez. Barajar las posibilidades y las exigencias. Los inconvenientes, las nuevas obligaciones. Y las posibles ventajas. Ordenarlo todo como sobre un tapete. Y reflexionar sin ofuscarse.
Había bromeado siempre con las cosas de terror. Me gustaba hablar de ello y mostrarme un poco por encima de los demás a ese respecto. No porque no fuera capaz de asustarme. No era eso. Pero hacía gala de una personal atracción por lo terrible. Y mucho más por lo morboso. Todo ello no dejaba de ser una válvula hacia un mundo distinto al de todos los días. Romanticismo en última instancia. Algo así era, con su toque decadente, por supuesto. Pero se trataba de una dedicación fundamentalmente intelectual (el terror en la literatura, en el cine. Todas esas cosas). Y también un juego: Ver cómo otra persona se iba poniendo nerviosa a medida que yo hablaba y hablaba familiarmente de temas esotéricos o simplemente misteriosos, me producía una personalísima satisfacción Incluso me divertía asustar a los perros. Conseguí que uno grandote fuera sensible a mis tonos de voz para el miedo. Pero CREER, lo que se dice creer realmente en esas cosas fantásticas y terribles, en vampiros, hombres-lobo, por ejemplo CREER, ¿cómo iba a creer de verdad en ello?
Aquí estaba, sin embargo. No había la mínima posibilidad de error. YO, vampiro.
Veamos. Es necesario, ante todo, analizar la situación con justa frialdad:
Primero está la sensación física. Me encuentro bien. Es más, he perdido mis frecuentes molestias de estómago. Me pesa mucho menos esta gordura de los últimos meses. Incluso no necesito gafas. Resulta raro no tener nunca hambre, pero quizá pueda considerarlo una ventaja. (Existe lo de la sangre, claro Pero debo dejar eso para más adelante. Luego pensaré en ello). No tengo sueño. Pero no me cuesta ningún esfuerzo dormir totalmente cuando me abandono al letargo Es lógico que si duermo todo el día no tenga sueño por la noche, aunque no me refiero a eso. Quiero decir que las funciones y necesi9dades de vela y sueño se atienen a su estricto horario y no se confunden nunca. También puedo considerarlo una ventaja desde el aspecto puramente físico.
(Empecé a notarlo en el mismo instante en que ella me mordió. Fue un escalofrío; un dolor lacerante, salvaje, y al propio tiempo, una sensación de placer que lo llenaba todo y era de una sublime fugacidad, sólo semejante al orgasmo, pero mucho más indefinible, más rara. Más fuerte y aún más escurridiza).
Soy incapaz de reconstruir mentalmente ese instante. Me gustaría sentirlo otra vez. Y ser yo el elemento activo. Me gustaría volver a ello, provocarlo. Quiero hacerlo (pero es mejor que domine las emociones Luego pensaré en ello). Seguimos: Me encuentro en espléndido estado físico. Aunque bien es cierto que un tanto desorientado (ella se marchó sin decir nada y no he vuelto a verla). Estoy abandonado en el recuerdo de una orgía.
(Me mordió y luego quedé sobre el diván, amodorrado. Nos habíamos marchado juntos de aquella fiesta. Resultó muy ruidosa hasta que todos estuvimos tan borrachos que empezamos a ignorarnos soñolientamente. Recuerdo mal los últimos momentos. El whisky y el coñac no son buena mezcla. Salió conmigo a la calle. Ni siquiera habíamos estado juntos en la fiesta. Vino conmigo y me gustaba. Tenía la risa fácil, se movía con una especial indolencia, y era el animal más erótico que creo haber conocido en toda mi vida.
En el taxi intenté besarla. No estoy seguro si lo conseguí. Ella jugaba a provocarme ya esquivarme. Su propósito era que me excitara, le salió bien, francamente bien. Me puso frenético.
Llegamos a mi casa tengo un apartamento más bien cómodo. La mujer que lo arregla viene y se va sin molestar, y gozo de total independencia. La deseaba con locura. Yo estaba muy borracho y creo recordar que ella no. Nos sentamos en el diván rojo. Me parece que el libro que se cayó estaba en la mesilla de la derecha. Conseguí besarlas por fin. La estreché muy fuerte y le desnudé los senos blanquísimos. Los acaricié febril. Me parece recordar que llevaba una blusa negra descotada de todos modos, después encontré junto al diván un chaquetón rojo. Es notable mi extrema sensibilidad para los colores, ahora al evocar. Y sobre todo el ROJO.
Era evidente yo entonces quizá no me daba perfecta cuenta que ella llevaba la iniciativa. Se separó de mí hacia atrás y se puso entra, como la fiera dispuesta a atacar. Era una maravillosa pantera. Terriblemente atractiva.
Entreabrió los labios y aparecieron aquellos dos colmillos. Fue una visión de relámpago. Inmediatamente ya sólo estaban los labios, gruesos, escarlatas, abrumadores. Y se acercó para besarme. Creo recordar que me entregué con absoluta satisfacción Nunca había tenido en mi casa una mujer como aquella.
Me mordió en la garganta. Con avidez.
Ella se marchó sin una explicación y no he vuelto a verla. Estoy lógicamente desorientado. Han pasado cuarenta y ocho horas y sólo sé que soy un vampiro, que su beso fue total y la obra no quedó a medias. Soy un vampiro y no estoy muy seguro de qué debo hacer ahora.)
Pero reflexionemos. Si soy un vampiro habrá que serlo con todas sus consecuencias. Sé, más o menos, en qué consiste ser un vampiro. No en balde he charlado del tema muchas veces, he escrito cosas sobre ello, y he leído lo suficiente como para conocer bien el mito. Ahora tengo que ordenarlo todo:
¿El mito? Las tres obras fundamentales CARMILLA, de Le Fanu; DRACULA, de Bram Stoker, y SOY LEYENDA, de Matheson se contradicen bastante respecto a una mitología unitaria. Resulta difícil escoger entre la leyenda con ribetes científicos de Stoker, la teoría desmitificadora y materialista de Matheson, o las fantásticas vaguedades erótico-lesbianas de Le Fanu. Quedan siempre unos tópicos, una serie de cosas que hay que admitir o rechazar. Casi todo está en DRACULA. Tradicionalmente me inclinaba por su versión, quién sabe si por afanes románticos y de nieblas, panteones y bosques fastuosos Una versión racionalmente increíble, pero no menos rigurosa que la de Matheson. Las teorías matemáticas, biológicas, casi farmacéuticas, de Matheson, me atraían menos Y respecto a lo supuestamente increíble, aquí, en mí mismo, estaban los colmillos, el beso y la succión. Eso tenía que admitirlo.
No era posible dudar. La noche del contagio, incluso ella podría ser delirio de borracho. Pero las marcas estaban en mi cuello, y había pasado dos días sumido en el más profundo letargo. Una vez pudiera ser casual, incluso producto del alcohol, pero eran ya dos soles de los que me había escondido. Y las dos noches había despertado con la misma potencia interior, con el mismo furioso deseo, con idéntica sensación de venir de otro mundo: Un mundo extraño, de dolor, de angustia, de soledad. Un mundo de muertos, no debía eludir la palabra. Pero ¿hasta qué punto no debo pensar ahora que ese mundo no era el de todos, el mío pues, antes de la liberación?
Hay más cosas. Más datos irreversibles, por más que parezcan pueriles o demasiado fantásticos. Los hay. Y lúcidamente debo consignarlos sin olvidar uno sólo:
Mi imagen no se refleja en el espejo del armario. Ni en el del lavabo, ni en el del hall (por supuesto, he probado a mirarme en los cristales de la ventana y en toda superficie de metal bruñido, con idéntico resultado).
Sé que tengo dos largos colmillos, caninos o quizá felinos, que encajan perfectamente sobre la encía contraria. No he podido verlos, pero los noto bajo los labios y los he tocado innumerables veces.
Estoy frío, profundamente frío. El mero contacto de mi piel me recuerda horriblemente al del cadáver de mi padre cuando lo besé antes de que lo metieran en el ataúd.
Huelo mal. Noto yo mismo el olor de mi aliento, y es absolutamente repugnante, aunque supongo que terminaré por acostumbrarme, como a la temperatura de mi cuerpo y a todo lo demás.
No todo es desagradable y aún no puedo asegurar que lo sea lo consignado más arriba. Está lo de mi insólito vigor (lo he puesto a prueba), todavía no sé qué relación guarda con lo demás, pero es producto indudable de mi nuevo estado. Y una convicción de mi potencia erótica absolutamente satisfactoria. Aún no canalizada, por supuesto, pero del todo terapéutica para la melancolía, el desmayo o cosas parecidas, tan frecuentes hasta ahora en mí.
He hecho experimentos. Me ocupé en ellos hasta las últimas horas de la primera noche. Y han sido ellos los que han acabado de convencerme totalmente:
Cuando me desperté la primera noche, estaba tranquilo. No había el menor rastro de mi pasada borrachera, lógico después de veinticuatro horas... Notaba un hervor interno como el que sucede a una buena comida.
Tardé algo en recordar. Primero fue el chaquetón de mujer en el suelo. Luego, el desorden de mis ropas. Especialmente mi camisa rota, como si yo hubiera sido una doncellita violada. Me senté en el diván y llevé una mano a la garganta, en un gesto completamente instintivo, como la virgen tras el ultraje se buscaría el centro de los muslos. Retiré los dedos llenos de sangre. Y advertí perfectamente al tacto las dos ranuras por donde ella había bebido.
SANGRE EN MI CAMISA.
SANGRE EN EL DIVAN.
SANGRE EN EL SUELO.
SANGRE EN MI CUELLO... Sangre, eso es lo último en lo que debo pensar, porque es lo más importante...
Supe que había sido un festín y empecé a imaginarme la verdad. En el espejo no pude verme. Fui hacia la ventana y entonces me di cuenta de que era de noche. Y por mi reloj calendario comprobé que no se trataba de la misma noche.
Hice entonces, sin pensarlo más, el primer experimento. Alguien habrá que se hubiese reído al considerar ese experimento como una superstición. Pero yo no era un vampiro mahometano y por eso abrí la mesilla de noche para buscar el viejo crucifijo que me regaló un pariente fraile cuando aún podía pensarse que yo era un joven ganable para Dios... Y el primer experimento, la primera superstición, dio resultado:
PRUEBA DEL CRUCIFIJO: Válida.
No puedo mirarlo, y cuando intenté cogerlo con los ojos cerrados, me abrasé la mano. He debido cerrar con llave la mesilla porque todavía conservo sentimentalismo suficiente como para no librarme del piadoso regalo y aún tengo las cicatrices. Recordarlo me produce espanto.
No he podido hacer la típica PRUEBA DEL AJO o de las flores de olor característico porque no contaba con ninguna de esas cosas, aunque busqué el ajo en la nevera y por toda la cocina. Sin embargo, he hecho un esfuerzo mental. Procuré imaginarme dentro de lo posible el olor al ajo. Me costó un trabajo gigantesco. Imaginar un olor entra dentro de lo casi imposible. Pero dio un resultado muy significativo: En cuanto parecía que lo iba a lograr, algo en mi interior lo rechazaba. Por más de tres veces un ahogo insoportable me impidió continuar el esfuerzo de mi imaginación.
LA TERCERA PRUEBA casi me cuesta la vida:
Di vueltas, muchas vueltas nerviosas por la casa. El ansia de algo nunca sentido, un deseo incontrolable, bárbaro, me asustaba y me llenaba de un gozo desconocido. El gozo de saberme mucho más fuerte y quizá peligroso. Aunque he de confesar que he descubierto que todo esto no es realmente así. Estoy convencido de que ahora soy mucho más vulnerable. Lo explicaré más detalladamente al final. En cuanto al deseo... también mejor dejarlo para el final...
Intenté dormir y no pude. Había fuego dentro de mí. Fuego dentro de este cuerpo helado y nuevo que sucedía al mío de siempre, a mi cuerpo aburrido y con acidez de estómago, mi estúpido cuerpo blando y siempre torpe.
Este nuevo cuerpo de vampiro pedía cosas nuevas. Y era capaz de cosas nuevas.
Por supuesto no me atrevía a salir en mi primera noche. Aún sentía muy fuerte el pavor de mi descubrimiento, y aún me temía.
Pronto iba a amanecer. Eran ya las seis menos cuarto de la madrugada. Toda una noche de sorpresas, de juegos decisivos, y el último de los juegos estaba al llegar. La última prueba destinada a asegurar mi nueva personalidad. El experimento quizá fundamental. El más peligroso.
No sabía con exactitud cuando amanecía en esta época del año. Nunca he sido madrugador sino por alguna irremediable obligación, pero sí calculaba que no podía ser muy lejos de las seis.
Acerqué una silla a la ventana. Estaba subida la persiana y abiertas las hojas. Me senté a esperar la luz.
Me quedaban dudas, las dudas sembradas por aquellas versiones que perdonaban al vampiro la incompatibilidad con la luz, o que la olvidaban. Pero yo seguía guiándome según el patrón más clásico.
Tenía miedo, claro. Había visto en el cine cómo el vampiro se retorcía ante el mero contacto con la luz del sol. Recordaba contorsiones espeluznantes del conde Drácula y de sus criaturas vampirizadas. Recordaba cómo un grande y terrible vampiro el propio Drácula quizás, o algunos de sus sosias se convertía en polvo de cadáver, quedando sólo de muestra el cabello raído y triste, como la peluca de un muñeco... Aunque en polvo solamente podían convertirse vampiros cómo Drácula, de más de trescientos años. No era mi caso. Desfilaron por mi memoria todos los vampiros derrotados por el día, coetáneos o más jóvenes que el rey de todos ellos. Drácula Vlad de Valaquia... Los que huían para esconderse en su guarida antes del amanecer; los que corrían desesperados por campos de Transilvania, en una siniestra carroza de caballas, o quizá convertidos en murciélagos, luchando contra el reloj, uno de los más implacables enemigos del vampiro. Huyendo del canto del gallo.
Ya eran más de las seis. Me estremecí.
En otros tiempos siempre había considerado hermoso el amanecer. Y si algo lamentaba de mi condición no madrugadora era no poder contar en mi experiencia con más de dos o tres, o quizá cuatro salidas del sol...
No sé si realmente salió del todo o sólo asomó un poco sobre el horizonte. Las nubes se tiñeron de rosa y OCURRIO: Fue como un latigazo en los ojos, y no conseguí aumentar mi haber de amaneceres. Ya sé que NUNCA podré ver uno más en lo que me reste de vida. Incluso aunque ese resto lo constituyan siglos, según los patrones vampirológicos tradicionales.
A duras penas, casi ciego y temblando de horror, cerré los cristales, bajé la persiana. Debía penetrar aún un diminuto rayo de sol, porque noté en el pecho un ahogo que me quitaba la vida. Sin ver todavía, gateando por el suelo, llegué hasta el diván y me tumbé boca abajo, cubriéndome los ojos con un brazo. A poco fue volviéndome la existencia, y tras un hondísimo suspiro entré en mi confortable letargo de nosferatu...
He llegado al final inevitable de mi exposición, recuerdos y consiguientes raciocinios: SOY UN VAMPIRO, UN CLASICO, TRADICIONAL, LEGENDARIO E INCLUSO TOPICO VAMPIRO, DE LA MAS DIVULGADA Y APARENTEMENTE INCREIBLE VAMPIROLOGIA.
Y en esta segunda noche del tercer día de mi nueva vida se impone inexcusablemente decidirse por un plan de acción.
Tendré que abandonar mis ocupaciones de siempre, por supuesto. No deja de ser un alivio.
Ya es hora de hablar de LA SANGRE. No solamente sé por mis conocimientos sobre el tema que la sangre humana es ahora mi único alimento, SINO QUE LA NECESITO. Es un deseo superior a todo, un deseo lujurioso y primario. Una intranquilidad que me remueve las entrañas y una necesidad salvaje de este nuevo cuerpo mío, potente y erótico como nunca. Y es la sangre de una mujer la que me exijo. Volver a repetir aquel instante en que ella me besó en la garganta, marcándome para siempre con su apetito. Revivirlo desde el aspecto de ella. Ser yo quien lleve la iniciativa. Besar yo y morder yo y beber yo.
(Cuando cerré la mesilla de noche para quitar de mi vista el crucifijo, me rasgué un dedo con un clavo de la cerradura. La vista de la sangre fue entonces más eficaz que la otra vez, cuando había descubierto las manchas en la camisa, en el cuello y en el suelo, porque en esta ocasión se trataba de SANGRE FRESCA, y fui mucho más consciente de mi reacción. Sólo puedo compararla a lo que hubiera sentido antes, al ver, de pronto, a una mujer desnuda. A una preciosa mujer desnuda, de dieciocho años...)
Sé también ahora, mejor que nunca, y puedo decirlo ya, en qué consiste realmente la soledad. Un vampiro es la criatura más solitaria que pueda imaginarse. Y preveo con toda nitidez un futuro siniestro, oscuro, una vida en la que jamás volveré a ver la luz del sol (ay de mí si la viera...), en la que tendré que contener las arcadas de mi propio hedor a cadáver, y sufriré el escalofrío de mis difíciles deseos y mis temblores... Esclavo del reloj y escondido de los hombres. Sólo por la noche podré buscar compañía. La compañía de una comunión sangrienta que deseo como un loco, pero que todavía —para mis residuos de conciencia anterior— me parece una vergonzante, triste y bestial forma de amor. Aunque este puritanismo habrá que empezar a reconsiderarlo seriamente.
No puedo asegurar aún si realmente estoy vivo o he vuelto bajo esta forma desde el brumoso mundo de los muertos. Eso no he podido demostrarlo, pero el sello de la muerte está en mí. De la muerte según ellos la entienden. A veces, entre mi asco, mis dudas y mi horror, pienso que no es tan terrible.
Dudo, sí. No estoy decidido a nada todavía. Y DEBO ESCOGER.
Escoger entre dos experimentos que aún no he realizado. Los que hasta ahora no pude ni quise realizar. Los que sí van a decidir de una vez para siempre mi futuro.
El POSITIVO de los dos caminos consiste en LA SANGRE. Realmente es el único modo que tengo de sobrevivir. Para seguir ese camino debo escoger pronto pareja, o víctima, o cómplice. Noto, entusiasmado, que a este respecto, he perdido la mayor parte de mi acostumbrada timidez. No tendré problemas...
El NEGATIVO de los dos caminos consiste en UNA ESTACA CLAVADA EN MI CORAZON. Sería fácil hacerme con una, y podría encajarla entre la puerta y la pared. Entonces sólo necesitaría lanzarme contra ella con toda mi fuerza. Realmente —si tampoco miente en esto la tradición— es el más eficaz modo que tengo de morir.
En esta segunda noche ya no hay más pruebas que hacer sino las definitivas.
Quizá sí queden preguntas que formularme. Me las formularé. Después...
Se impone inexcusablemente decidirse por uno de los dos caminos. O la caza... O, avergonzada la educación que me dieron mis padres, un piadoso suicidio... ¿Qué creen que debo hacer? Ya lo sé, disculpen, debo decidir yo solo. La responsabilidad es absolutamente mía. O quizá de aquella esfumada, maravillosa, mujer, que se fue dejándome en situación bastante más comprometida que la que suele provocar el macho típico al abandonar a una mujer embarazada.
31 oct 2011
13 sept 2011
CRONOMETRO DIGITAL por Pedro Montero
Marta me esperaba impaciente ataviada con su mejor vestido. Apenas entré en el salón advertí que se encontraba de mal humor. De pie, junto a una de las ventanas, fingía observar atentamente la calle. Cuando le di las buenas tardes ni siquiera se volvió. No había querido sentarse para no arrugar el vestido. Me llegué hasta ella, y, previendo un acceso de mal humor por su parte, la estreché suavemente, procurando no descomponer su atavío. La noté tensa y a punto de estallar, pero tuvo la gentileza de contenerse y, un instante después, se volvió hacia mí. Su rostro perdió paulatinamente la rigidez y en sus ojos reapareció la expresión de ternura habitual cuando me contemplaba.
—Me tienes aquí como una tonta —me reprochó sin que yo comprendiera el alcance de sus palabras.
—Vamos —repuse conciliador. Estaba seguro de haber cometido algún error, aunque no sabía cuál—. Me cambio en un instante.
La besé cariñosamente en la mejilla y me encaminé hacia el dormitorio con la intención de sustituir el pantalón y la chaqueta de sport por un traje azul oscuro más en consonancia con el lugar adonde nos dirigíamos. Me disponía a tomar una ducha cuando, al consultar el reloj comprobé que eran ya las ocho menos cuarto. La función daba comienzo a las ocho y media. Apenas si teníamos tiempo de tomar el metro y presentarnos en el teatro antes de que se levantara el telón. La densidad de la circulación a aquella hora descartaba la utilización del coche.
—Será mejor que tomemos el metro —manifesté a sabiendas de que la idea iba a resultarle molesta.
—¿Así? —preguntó, ajustándose sobre los hombros la estola de piel—. No me gusta llamar la atención. Me pondré algo más sencillo.
—No tenemos tiempo, cariño —repuse, exponiéndome a una réplica que no se hizo esperar.
—¿Y de quién es la culpa? —exclamó. Mi leve reconvención le había dado pie para liberar un enfado acrecentado durante largo rato—. ¿Me he retrasado yo acaso? ¿Soy yo quien se ha presentado en casa media hora más tarde de lo previsto?
Mientras viajábamos hacia la Ópera debíamos de tener la apariencia de una de esas sofisticadas parejas que anuncian algún licor caro por la televisión. Afortunadamente, los vagones del subterráneo iban bastante llenos, con lo cual la expectación se limitaba al público más cercano. Algunos obreros de vuelta a su trabajo hicieron comentarios en voz baja acerca de nuestro aspecto, que, por otra parte, tuvo la virtud de crear un vacío a nuestro alrededor, lo que nos libró de las naturales apreturas.
Apenas instalados en nuestras butacas dio comienzo la representación. El enfado de Marta fue desvaneciéndose a la par que la música de Puccini inundaba la sala, y, al rato, apoyó su brazo sobre el de la butaca y me tomó cariñosamente la mano. Yo me ensimismé igualmente con las incidencias del drama hasta que, avanzado el primer acto, me di cuenta de que no me había despojado del reloj de pulsera. Temiendo que el «bip» de la hora en punto coincidiera con algún silencio, desabroché la hebilla con la intención de entregárselo a Marta para que lo guardara en su bolso. Apenas faltaban algunos segundos para las nueve. El tenor que encarnaba a Cavaradossi recomendaba al preso fugitivo:
Afortunadamente, el pitido coincidió con el cañonazo disparado desde Sant' Angelo y no resultó audible en absoluto, pero aquel pequeño incidente me recordó el retraso en que había incurrido poco tiempo antes, lo que fue suficiente para distraer mi atención de la escena durante el resto del acto.
Mientras regresábamos a casa en un taxi, Marta me devolvió el reloj tras consultarlo con una rápida ojeada. Seguidamente miró la hora en el suyo propio.
—Lo lamento —respondí a su mudo reproche—. Salí de la oficina a la hora de siempre.
—No me hacen gracia los relojes digitales —comentó ella abrochándolo en torno a mi muñeca—. Prefiero los de manecillas. Y esa obsesión por conocer en todo momento la hora exacta —añadió—. No podría resistir que un pitido me recordara cada media hora el paso del tiempo. ¡Qué agonía!...
Yo me mantuve en silencio el resto del trayecto mientras todavía resonaban en mis oídos las últimas frases del adiós a la vida:
El día siguiente celebrábamos nuestro aniversario de matrimonio y habíamos decidido cenar en casa.
A las siete en punto di por concluido mi trabajo. Abrí la caja fuerte y cogí el regalo comprado varios días atrás. El valor de los tres pequeños diamantes engarzados en el anillo había hecho aconsejable aquella precaución. Despidiéndome de mis compañeros de trabajo, abandoné el edificio y me dispuse a caminar, como habitualmente, los veinte minutos que separaban la oficina de mi casa.
Marta se había vestido para la ocasión. Sobre la mesa de comedor había dispuesta una magnífica cena encargada a Máximus, y del tocadiscos surgía una melodía cuyas notas tuvieron la virtud de enternecerme. Se trataba de una vieja canción que habíamos oído en Italia durante nuestro viaje de bodas y que habíamos hecho nuestra. Abracé a Marta y la besé apasionadamente. En aquel momento se oyó el pitido del reloj digital.
—Times goes by... —comentó nostálgica. Yo consulté el cronómetro y lo sacudí ligeramente.
—No pueden ser las ocho —manifesté—. Este reloj funciona mal.
—El tiempo pasa —repitió ella con una sonrisa—. Son las ocho —confirmó mirando su diminuto reloj.
En mi fuero interno tenía la impresión de que mi reloj adelantaba. Estaba seguro de haberlo consultado a las siete en punto. No tardé más de cinco minutos en recoger el regalo y ponerme la gabardina. Veinte minutos de trayecto a pie, más cinco o seis entre la espera y la subida en el ascensor sumaban un máximo de treinta y seis o treinta y siete. La única explicación posible era que hubiera hecho el camino a ritmo más lento o que me hubiera detenido en algún sitio. Recordé entonces con alivio que había entrado en un estanco a comprar cigarrillos. Poco antes de cruzar la calle Academia me había llamado la atención el escaparate de una librería donde se exhibía un volumen que me interesaba, pero, debido a lo especial de la fecha, y recordando la discusión del día anterior, había pospuesto la compra para otro día. Deseando creer que probablemente la circulación de peatones era más densa al ser viernes por la tarde, o que algo que no recordaba había contribuido a mi retraso, decidí olvidarme del asunto.
El lunes por la mañana hice una pequeña escapada a una relojería próxima a la oficina a fin de asegurarme de que el reloj estaba en perfectas condiciones. El dependiente lo observó superficialmente con gesto de desconfianza.
—¿Lo ha comprado aquí? —preguntó.
Yo respondí negativamente aduciendo que aquello no era obstáculo para que lo examinara o, si llegaba el caso, lo reparase. El muchacho llamó a su jefe e intercambió con él unas palabras que no pude oír.
—¿Qué desea? —preguntó cortésmente el dueño.
—Nada de particular —repuse, comenzando a sentirme molesto—. Me parece que mi reloj no funciona bien y deseo que lo examinen. Eso es todo. —Y añadí con especial intención—: Desde luego, no lo he comprado aquí.
—No lo ha comprado usted en ninguna relojería del país —manifestó el propietario.
—¿Qué quiere decir?
—Que es de contrabando —repuso él.
—¿De contrabando? —pregunté confuso.
—En efecto.
—Pero... —vacilé— es un regalo que...
—De contrabando —insistió el relojero.
Durante unos segundos me sentí como un delincuente al que se descubre con las manos en la masa. Después reaccioné y repuse con naturalidad:
—Supongo que eso no le impide examinarlo. No es usted agente de aduanas.
—¡Oh, desde luego que no! —manifestó el propietario de la tienda sonriendo abiertamente—. No es esa la cuestión ni a mí me incumbe para nada el origen de este reloj, lo que ocurre es que, tratándose de esta clase de instrumentos tan sofisticados, tan sólo los concesionarios de la marca pueden abrirlos con garantía de no dañarlos seriamente y, por otra parte, aunque forzáramos la tapa, los circuitos integrados y el mecanismo en general nos resultarían difíciles de conocer.
Yo permanecí perplejo unos momentos mientras él volvía a depositar en la palma de mi mano el cronómetro.
—El problema estriba en que en todo el país no habrá ningún concesionario de esta marca, que, además, no me resulta en absoluto conocida —explicó—. Es lo que pasa con las cosas adquiridas de contrabando; una vez que se estropean hay que tirarlas.
—Comprendo —manifesté descorazonado.
—Por otra parte —replicó el relojero—, parece funcionar perfectamente.
Esbozando una sonrisa de circunstancias, di las gracias al amable relojero y abandoné la tienda volviendo a colocar el reloj en torno a mi muñeca.
Cuando regresé a la oficina la encontré completamente desierta. Uno de los conserjes me hizo saber, extrañado ante mi pregunta, que mis compañeros se habían marchado a comer.
—¿A esta hora? —pregunté. Y al consultar mi reloj comprobé que señalaba las dos y diecisiete minutos—. No es posible —exclamé confuso—. ¿Qué hora tiene usted?
—Las dos y cuarto —repuso el conserje.
Renuncié a la comida y me recluí en mi despacho completamente desconcertado. Había abandonado la oficina sobre las once de la mañana y no había tardado ni cinco minutos en llegar a la relojería, en donde había permanecido un cuarto de hora, todo lo más. ¿Y el resto del tiempo? ¿No deberían ser entonces las once y media aproximadamente? Incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo, bajé las persianas y sumí de aquel modo la habitación en una penumbra que propiciaba la reflexión, pero, en aquel momento, se escuchó un ruido procedente de mi estómago. Era su forma de indicarme que había llegado la hora de llenarlo.
Durante el resto de la semana procuré llevar un control riguroso del reloj. En la oficina lo depositaba sobre la mesa y comprobaba su funcionamiento cotejándolo frecuentemente con el antiguo, que había vuelto a sacar del cajón de la mesilla de noche. Al cabo de toda una jornada de trabajo, apenas si había una diferencia de segundos entre la hora que marcaban uno y otro. El clásico se retrasaba unos minutos; el digital —lo comprobé por teléfono— marchaba con absoluta precisión.
Incluso en casa no podía por menos de efectuar periódicas verificaciones entre los dos cronómetros que ya siempre llevaba encima, uno en la muñeca y el otro en el pequeño bolsillo delantero del pantalón. Transcurrió una semana y no había advertido ningún desarreglo en el funcionamiento de mi reloj digital. Como mi proverbial puntualidad no volviera a sufrir menoscabo, di por finalizados aquellos extravagantes episodios. Hasta que, una tarde, apenas había entrado en casa, Marta, llorando amargamente, se precipitó en mis brazos. Advertí entonces que no se encontraba sola.
Temiendo que el reloj hubiera vuelto a jugarme una mala pasada, me desasí del abrazo de mi esposa, y antes de preguntar por la causa de aquella inesperada crisis de llanto, comprobé con alivio que eran las siete y veinticinco. Todo iba bien.
—Por Dios —exclamó Marta—. ¿Qué has estado haciendo?
Los dos hombres se levantaron y permanecieron silenciosos. Uno de ellos apagó el cigarrillo estrujándolo contra un cenicero, el otro se ajustó la gabardina sobre los hombros.
—¿Qué ocurre? —pregunté confuso.
—Sargento Herrera —dijo uno de los desconocidos tendiéndome la mano—. ¿Se encuentra bien?
—Perfectamente —repuse con seguridad—. ¿Ha pasado algo grave?
—Nada, al parecer —y dirigiéndose a mi esposa añadió—: Nosotros nos retiramos ya, señora. Me alegro de que todo haya terminado felizmente.
Marta les acompañó hasta la salida y regresó a mi lado enjugándose las lágrimas.
—¿Dónde has estado? ¿Por qué me haces esto? —preguntó refugiándose en mis brazos.
—En la oficina —respondí volviendo a mirar el reloj—. Ni siquiera son las siete y media.
—¿Y ayer? ¿Y esta mañana? —insistió.
—No entiendo dónde quieres ir a parar. ¿Qué hacía aquí la policía?
—He denunciado tu desaparición— me explicó mientras mi perplejidad iba subiendo de punto—. Anoche no pude esperar más. Temía que te hubiera ocurrido algo.
—¿Que anoche...? —comencé a decir—. Anoche estuvieron aquí cenando tu hermana y su marido.
—Eso fue antes de anoche, el lunes. Hoy es miércoles... —manifestó mirándome con extrañeza.
Marta cayó pronto en un profundo sueño. La fatiga y la tensión a que había estado sometida cerraron sus ojos apenas su cabeza reposó sobre la almohada. Yo había tratado en vano de darle una explicación satisfactoria, pero, ¿qué podía explicar cuando ni yo mismo recordaba qué había hecho ni dónde había estado durante las últimas veinticuatro horas? En principio me negaba a dar crédito a lo que se me apareció como incuestionable tras una hora de charla con mi esposa: yo había desaparecido de la circulación durante veinticuatro horas.
Marta se resistió inicialmente a mis razonamientos. Incluso estaba dispuesta a olvidarlo todo si no volvía a repetirse, de igual modo que si se hubiera tratado de una escapada a la costa con una rubia despampanante. En realidad, las explicaciones que yo trataba de exponer ante ella iban más bien dirigidas a mí mismo. Estaba claro que aquel día no había aparecido por la oficina y que la tarde y noche anteriores tampoco había estado en casa. No recordaba, además, nada de lo que había podido hacer entre las siete del martes y la misma hora del día siguiente. ¿Dónde había dormido? ¿Había estado vagando por las calles durante las horas de trabajo? Finalmente tuve que rendirme a la evidencia, o a la única explicación que, precisamente por no necesitar otra interpretación que la puramente clínica, me pareció la más socorrida: yo había sido víctima de un ataque de amnesia.
Pero ahora que el silencio de la noche me invitaba, sin la presencia embarazosa de Marta, a profundizar más en aquel extraño episodio, empecé a comprender que quizás había algo más. Yo había llegado a casa en perfecto estado. Sin hambre. Sin fatiga. Al pasar los dedos por mi mejilla parecía evidente que me había afeitado, como habitualmente, aquella misma mañana.
Un pitido ahogado vino a interrumpir el hilo de mis pensamientos. Abrí con sigilo el cajón de la mesilla de noche y contemplé detenidamente el reloj digital cuyas cifras se disolvían silenciosamente dando sin cesar paso a otras. En cierto momento me pareció advertir que los dígitos correspondientes a los segundos habían dado un salto pasando del veintisiete al veintinueve, pero en el minuto siguiente las cifras se sucedieron con normalidad. En la parte posterior del cronómetro aparecía grabado mi nombre y una cifra a la que siempre había atribuido un significado técnico: 1383621. No pude encontrar por ninguna parte otro dato referente a la fábrica o al país de origen.
A pesar del cansancio que todavía se reflejaba en sus ojos, Marta se empeñó en levantarse y hacerme el desayuno.
—¿Dónde compraste este reloj? —le pregunté mientras estábamos sentados en torno a la mesa de la cocina.
—¿Se retrasa otra vez?
—¿Dónde? —repetí con un tono que al instante me pareció excesivamente apremiante.
—Cálmate —me rogó—. Te lo regalé porque sabía que tenías deseos de tener un reloj digital. Sabes que yo prefiero los tradicionales.
—No funciona bien —manifesté procurando mostrarme más calmado—. ¿Tienes la garantía?
—¿La garantía? —repitió ella con cierto nerviosismo que no me pasó desapercibido.
—Eso es lo que acabo de decir —reiteré marcando las sílabas.
—No... no me dieron garantía.
—¿Un reloj tan caro como éste sin garantía? —insistí.
—Lo compré... —comenzó ella sin atreverse a terminar la frase, y añadió seguidamente—: No fue por el dinero, te lo aseguro, quería encontrar lo más nuevo, lo último.
—Es de contrabando —atajé yo definitivamente.
—Sí...
—Escucha, Marta, no me importa si es de contrabando o no. Ya sé que tu intención fue buena, pero ¿fue en alguna tienda? ¿Hiciste grabar el nombre allí mismo?
—Yo no mandé grabar nada —repuso ella contemplando el reverso del reloj que yo le tendía.
—¿Y mi nombre?
—Yo me limité a comprarlo, pensé que tú...
Volví a colocarme el reloj en la muñeca. Tuve la impresión de que los segundos ocho y nueve de aquel minuto no habían aparecido en la pequeña pantalla de cristal líquido.
—¿Dónde lo compraste? —repetí—. ¿A quién?
—A un vendedor ambulante. En la calle del Comercio. Me costó bastante caro, pero tenía tantas funciones... Además —continuó—, no se ha movido de allí. Podemos ir a reclamar.
—Reclamar —murmuré hastiado—. A buenas horas.
Cuando entré en la oficina mis compañeros sonrieron al verme de regreso y preguntaron si me encontraba mejor. Seguramente conocían ya la historia de mi amnesia, aunque su interpretación de mi ausencia tuviera para ellos rasgos de índole más picaresca.
—Ha llamado tu mujer —musitó cerca de mi oído Arturo—. Tres veces.
—¿Hace mucho? —pregunté extrañado.
—La última vez después de comer.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Estuve tentado de preguntarle qué hora era, pero algo me contuvo. Me encerré en mi despacho y consulté mi cronómetro: las cinco y veinte. Presa de un temblor incontenible, busqué con los ojos el reloj de pared: las cinco y veintiuno. Tomando el teléfono, marqué con dificultad el número y esperé. Al cabo de unos segundos se oyó un pitido y una voz gangosa e impersonal recitó cansinamente: «Diecisiete horas, veinte minutos, treinta y dos segundos...»
Atenazado por un pavor irracional, tomé una súbita decisión, pero antes de abandonar la oficina llamé a Marta y procuré tranquilizarla, diciéndole que había tenido que estar fuera gran parte de la jornada debido a ciertas comisiones.
La calle del Comercio estaba repleta de vendedores ambulantes que instalaban sus puestos al borde de las aceras. Los fui recorriendo uno a uno. La mayoría vendía pañuelos de colores, pequeñas joyas de artesanía, libros de ocasión. Ya casi al final, junto a la librería Las Artes, le vi. Se trataba de un joven de aspecto oriental. Sobre el estalache que constituía su negocio se apilaban varias decenas de relojes de todas clases, digitales y tradicionales. En uno de los extremos del tablero había instalada una pequeña máquina grabadora en la que precisamente se encontraba trabajando en aquellos momentos. Cuando hubo finalizado, tendió el reloj a una joven, que contempló sonriente la dedicatoria o el nombre. Después dirigió sus ojos hacia mí.
—Mi esposa compró aquí este reloj —comencé. La ira y el miedo apenas me dejaban articular las palabras con claridad—. Lo compró aquí.
Él sonrió enigmáticamente y permaneció en silencio.
—Este reloj —continué, desabrochando la hebilla y tendiéndoselo.
Él miró rápidamente el reverso y volvió a sonreír con mansedumbre.
—¿No funciona bien? —preguntó con una voz pagada.
—Se atrasa —repuse bruscamente—. Me hace llegar tarde a todas partes.
—¿No será usted quien se adelanta?
—¿Cómo dice? —pregunté fuera de mí.
Él levantó hacia mí sus ojos rasgados y repuso. —No he dicho nada, señor.
—Ella tampoco mandó grabar mi nombre.
—No sé cómo se llama usted. Si su nombre figura grabado aquí es porque ella me lo dijo —continuó diciendo sin perder la calma.
—¿Y esa cifra?
Él abrió un pequeño cajón y extrajo del interior un reloj idéntico al mío tendiéndomelo.
—Este le dará resultado —manifestó mientras lo abrochaba en torno a mi muñeca—. No tendrá necesidad de más reclamaciones.
—La correa... —dije advirtiendo que el cronómetro nuevo estaba provisto de una metálica.
—Es regalo de la casa.
No bien había entrado en el metro cotejé el reloj con el que llevaba en el bolsillo del pantalón. En cada estación consultaba la hora y la comparaba con la que señalaba el reloj digital. Una de las veces advertí con estupefacción que en la parte central de la correa había algo grabado. Aproximé los ojos y leí con sorpresa: Juan García Rubio, y a continuación la consabida cifra: 1383621. ¿Cómo se explicaba que mi nombre apareciera grabado cuando ni siquiera sabía quién era yo? ¿Qué estaba ocurriendo?
Me apeé en la primera estación y di la vuelta con la intención de regresar a la calle del Comercio. Durante el trayecto no aparté los ojos del reloj, que pareció comportarse normalmente. Al subir apresuradamente las escaleras de la estación del Comercio traté de desabrochar la hebilla, pero tropecé con dificultades. Iba ya a arremangarme para actuar con más facilidad cuando observé que la calle se encontraba casi desierta. No había ni rastro de los vendedores ambulantes. Me dirigí hacia una pareja de guardias municipales, que me miraron de arriba abajo, y pregunté:
—¿Y los vendedores ambulantes?
—No hay —repuso uno de ellos.
—Pero si yo... ¿Por qué?
—El Ayuntamiento lo ha prohibido.
—Mi mujer compró aquí este reloj —balbucí— y yo lo he cambiado.
—¿Lo ve? —dijo el otro—, seguro que le estafaron.
—No, es decir, ¿dónde puedo encontrar...?
—¿Encontrar al que se lo vendió? Vaya usted a saber, al cabo de semana.
—¿Una semana? He estado en esta calle hace media hora, y estaba llena de vendedores ambulantes.
Los dos guardias se miraron significativamente. Mis ojos se dirigieron hacia el escaparate de una relojería y a continuación consulté la hora en mi cronómetro. Funcionaba.
—Hace media hora; sí —repetí repuesto.
—Se equivoca —afirmó uno de los guardias—. ¿Se encuentra bien?
—¡Mi mujer me compró aquí este reloj! —exclamé a punto de llorar.
—No lo dudo —repuso el segundo—, pero eso sería antes del lunes. Desde ese día no hay aquí vendedores ambulantes.
—Hoy... hoy es lunes —balbucí mirando mi reloj.
La respuesta de los agentes coincidió con la que me ofrecía el cronómetro:
—Hoy es sábado.
Vagué por las calles durante horas. Cada cierto tiempo preguntaba la hora a los peatones y a continuación el día de la semana. Todo el mundo me respondía gentilmente: las cinco, las cinco y cinco, las cinco y diez..., sábado, veintitrés.
Pensé que me estaba volviendo loco, que sufría ataques de amnesia cada vez más prolongados. En cuestión de segundos habían transcurrido para mí varios días. Me detenía ante los quioscos de prensa y leía los titulares de los periódicos. No cabía duda: por el momento era sábado. Sí toda aquella absurda situación era real, aquello significaba que había estado ausente de casa durante una semana, lo que podría entrar en los dominios de la lógica si no fuera porque, mirándome en los escaparates, comprobaba que mi atuendo y mi aspecto personal no eran los de quien ha pasado varios días vagando de acá para allá perdido entre las multitudes de la gran ciudad.
Resolví que lo más urgente era regresar a casa para tranquilizar a Marta. Aquel mismo día me sometería a tratamiento médico, si es que alguna terapéutica resultaba eficaz para el extraño mal que me aquejaba. Entré en una cabina telefónica con la intención de anunciar mi regreso a mi esposa; no deseaba sobresaltarla con una súbita y fantasmal aparición. Forcejeé durante unos instantes tratando de introducir la moneda en la ranura hasta que comprendí que el aparato estaba estropeado. Una muchacha que aguardaba su turno entró en la cabina y, ante mi sorpresa, marcó un número y la moneda cayó sin dificultad en el cajetín. Aguardé a que terminara. Seguramente la moneda que yo había utilizado era defectuosa. Cuando la muchacha terminó su conferencia le rogué que me la cambiara. Ella sonrió, y ya se disponía a hacerlo, cuando observó:
—Esa moneda no sirve para el teléfono.
—No... ¿no tiene valor? —pregunté tembloroso.
—Claro que sí —repuso genialmente—, pero el teléfono funciona con éstas. —Y me mostró una de cuño completamente nuevo para mí.
Me alejé de aquel lugar sin dar las gracias a la sorprendida muchacha y entré en el metro. Afortunadamente el billete que presenté ante la taquillera era de curso legal, pero me pareció que me devolvía menos dinero de vuelta que el que correspondía. No me detuve a considerarlo.
Al descender del tren me pareció ver a Marta. Durante unos segundos dudé de que fuera ella. Parecía algo más envejecida, sus cabellos eran ligeramente rubios, como si se hubiera teñido para ocultar unas inexistentes canas. Aparecía elegantemente vestida y charlaba animadamente con un caballero que la acompañaba.
Subí de dos en dos las escaleras mecánicas y corrí por el pasillo que conducía hasta el andén donde se encontraban. El tren había llegado ya y apenas si tuve tiempo de entrar en el vagón de cola antes de que las puertas se cerraran. Me aproximé al extremo del coche y desde allí los espié. Hablaban y se comportaban con una familiaridad que me desconcertó. ¿Quién era aquel hombre al que mi esposa trataba de un modo tan cariñoso?
Preferí no cambiar de vagón en las estaciones siguientes y continué espiándoles. En la estación de Ópera descendieron, y yo hice lo propio, pero me mantuve a unos metros de la pareja. Una vez en la superficie, comprendí que se dirigían al teatro. Un gran cartel anunciaba la representación de Tosca. De manera que, con pocos días de diferencia, volvía a la ópera, y en compañía de un desconocido.
La sorpresa, y un naciente sentimiento que al instante identifiqué con los celos, me impidieron seguirlos, lo que hubiera resultado perfectamente inútil, puesto que yo no tenía entrada y en la taquilla un cartel anunciaba que se hallaban agotadas.
Vagué confuso durante algunos minutos por los alrededores del teatro, tratando de imaginar algún medio para introducirme en él. En la parte trasera vi una pequeña puerta abierta, y, sin consideraciones de otro tipo, entré en el edificio. Un largo pasillo conducía hasta otra puerta, ante la cual, encerrado en una pequeña cabina, un portero hacía vigilancia. Dos hombres, a los que tomé por tramoyistas, me adelantaron, y, tras saludar al portero, franquearon la segunda puerta. Procurando mostrar naturalidad, crucé ante el vigilante y, haciendo un gesto con la mano a modo de saludo, continué mi camino. El hombre no puso ningún reparo a mi paso.
Momentos más tarde me encontraba en las inmediaciones del escenario. Entre bastidores, confundido con numerosas personas, contemplé el curso de la representación. En aquellos instantes, Cavaradossi se dirigía a Angelotti:
Automáticamente miré mi reloj digital. La pantalla de cristal líquido mostraba una fecha en completa concordancia con la del cartel. Tembloroso, me aproximé a la puerta del teatro, y con un hilo de voz pregunté la fecha al portero.
—Quince de mayo —repuso mirándome de arriba abajo.
—De 19... —inicié.
—1986, naturalmente —concluyó el empleado.
Me alejé corriendo de la Ópera y entré en el parque cercano. Llorando amargamente, me interné en la espesura hasta que las copas de los árboles me ocultaron la vista del teatro. En un pequeño claro, junto a una fuente, había varios bancos. Unos metros más allá, un rústico pozo y una casita que debía de servir de albergue a las palomas completaban el decorado de aquel apartado rincón.
Una ojeada al reloj digital bastó para confirmarme que, en el espacio de unos minutos, habían transcurrido para mí varios años. Desesperado, traté de deshacerme del cronómetro, pero, al intentar desabrochar la hebilla, advertí que no había tal. La correa metálica partía y terminaba en el reloj, rodeando mi muñeca de tal forma que constituían un todo. Ignoraba de qué forma aquel vendedor ambulante había colocado el cronómetro en torno a mi brazo. Forcejeé hasta que no pude más. Deseaba arrojar el maldito reloj al fondo de aquel pozo y perderlo de vista para siempre, pero todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Parecía que, de no cortarme la mano, estaba condenado a llevar aquella diabólica pulsera toda la eternidad. A riesgo de herirme, me golpeé contra las piedras tratando de hacer añicos el cronómetro. Todo resultó inútil. A pesar de la dureza con que descargaba mi muñeca contra la dura superficie del banco, el reloj continuaba en perfecto estado y sin sufrir el más mínimo rasguño. Finalmente, agotado por el esfuerzo y fatigado a causa de las emociones del día, o de los años, debería decir mejor, me tendí sobre aquel banco y me quedé profundamente dormido.
La luz del sol hirió mis ojos; me incorporé y miré a mi alrededor desconcertado. Ignoraba dónde me hallaba. Hasta mi oído llegaban unos acordes musicales que no me eran desconocidos, pero no pude ver ni rastro del banco sobre el que me había tendido. La fuente había desaparecido, y tampoco vi la casita de las palomas. Tan sólo comprendí que me hallaba en el mismo sitio cuando mis ojos contemplaron el brocal de un pozo, aunque de factura tan diferente, que una terrible sospecha fue abriéndose paso en el fondo de mi alma.
Avancé unos pasos vacilante entre la espesura. La música se hizo más distinta. Al otro lado de los árboles pude ver una especie de extraño auditorio de extravagante arquitectura. Cientos de personas, sentadas al aire libre, asistían a una representación teatral. Desde donde me encontraba advertí lo inusitado de sus vestimentas y de sus tocados. Tan sólo me resultaban familiares los atuendos y maneras de los actores. Aquella multitud contemplaba ensimismada una representación de Tosca.
Comprendí al instante que algo irreparable había ocurrido, y, bajando la vista, contemplé mi cronómetro digital. Despreciando la hora, mis ojos se posaron sobre la pantalla que indicaba la fecha y, ante mi asombro, pude leer una cifra que ya me resultaba familiar. La misma cifra que aparecía grabada bajo mi nombre en la correa metálica: 1383621. Antes de sumirme en la más profunda desesperación, acerté a descifrar correctamente aquel número, y antes de que las lágrimas nublaran mi vista, leí: 13-8-3621.
La voz del tenor llegó claramente hasta mí cabalgando sobre la suave brisa del atardecer:
En aquel momento me invadió una gran calma y comprendí que sólo me restaba una cosa por hacer. Aproximándome al pozo, subí sobre el brocal y me arrojé al vacío con la intención de quitarme la vida. Algo, no obstante, cuando ya me precipitaba vertiginosamente, me hizo dudar de que pudiera conseguir mis propósitos.
Había agua en el fondo, «ma»...
—Me tienes aquí como una tonta —me reprochó sin que yo comprendiera el alcance de sus palabras.
—Vamos —repuse conciliador. Estaba seguro de haber cometido algún error, aunque no sabía cuál—. Me cambio en un instante.
La besé cariñosamente en la mejilla y me encaminé hacia el dormitorio con la intención de sustituir el pantalón y la chaqueta de sport por un traje azul oscuro más en consonancia con el lugar adonde nos dirigíamos. Me disponía a tomar una ducha cuando, al consultar el reloj comprobé que eran ya las ocho menos cuarto. La función daba comienzo a las ocho y media. Apenas si teníamos tiempo de tomar el metro y presentarnos en el teatro antes de que se levantara el telón. La densidad de la circulación a aquella hora descartaba la utilización del coche.
—Será mejor que tomemos el metro —manifesté a sabiendas de que la idea iba a resultarle molesta.
—¿Así? —preguntó, ajustándose sobre los hombros la estola de piel—. No me gusta llamar la atención. Me pondré algo más sencillo.
—No tenemos tiempo, cariño —repuse, exponiéndome a una réplica que no se hizo esperar.
—¿Y de quién es la culpa? —exclamó. Mi leve reconvención le había dado pie para liberar un enfado acrecentado durante largo rato—. ¿Me he retrasado yo acaso? ¿Soy yo quien se ha presentado en casa media hora más tarde de lo previsto?
Mientras viajábamos hacia la Ópera debíamos de tener la apariencia de una de esas sofisticadas parejas que anuncian algún licor caro por la televisión. Afortunadamente, los vagones del subterráneo iban bastante llenos, con lo cual la expectación se limitaba al público más cercano. Algunos obreros de vuelta a su trabajo hicieron comentarios en voz baja acerca de nuestro aspecto, que, por otra parte, tuvo la virtud de crear un vacío a nuestro alrededor, lo que nos libró de las naturales apreturas.
Apenas instalados en nuestras butacas dio comienzo la representación. El enfado de Marta fue desvaneciéndose a la par que la música de Puccini inundaba la sala, y, al rato, apoyó su brazo sobre el de la butaca y me tomó cariñosamente la mano. Yo me ensimismé igualmente con las incidencias del drama hasta que, avanzado el primer acto, me di cuenta de que no me había despojado del reloj de pulsera. Temiendo que el «bip» de la hora en punto coincidiera con algún silencio, desabroché la hebilla con la intención de entregárselo a Marta para que lo guardara en su bolso. Apenas faltaban algunos segundos para las nueve. El tenor que encarnaba a Cavaradossi recomendaba al preso fugitivo:
«Se urgesse il periglo, correte
al pozzo del giardin. L'acqua è nel fondo,
ma... »
Afortunadamente, el pitido coincidió con el cañonazo disparado desde Sant' Angelo y no resultó audible en absoluto, pero aquel pequeño incidente me recordó el retraso en que había incurrido poco tiempo antes, lo que fue suficiente para distraer mi atención de la escena durante el resto del acto.
Mientras regresábamos a casa en un taxi, Marta me devolvió el reloj tras consultarlo con una rápida ojeada. Seguidamente miró la hora en el suyo propio.
—Lo lamento —respondí a su mudo reproche—. Salí de la oficina a la hora de siempre.
—No me hacen gracia los relojes digitales —comentó ella abrochándolo en torno a mi muñeca—. Prefiero los de manecillas. Y esa obsesión por conocer en todo momento la hora exacta —añadió—. No podría resistir que un pitido me recordara cada media hora el paso del tiempo. ¡Qué agonía!...
Yo me mantuve en silencio el resto del trayecto mientras todavía resonaban en mis oídos las últimas frases del adiós a la vida:
«Lóra è fuggita
e mucio disperato.
E non ho amato mai tanto la vita!»
El día siguiente celebrábamos nuestro aniversario de matrimonio y habíamos decidido cenar en casa.
A las siete en punto di por concluido mi trabajo. Abrí la caja fuerte y cogí el regalo comprado varios días atrás. El valor de los tres pequeños diamantes engarzados en el anillo había hecho aconsejable aquella precaución. Despidiéndome de mis compañeros de trabajo, abandoné el edificio y me dispuse a caminar, como habitualmente, los veinte minutos que separaban la oficina de mi casa.
Marta se había vestido para la ocasión. Sobre la mesa de comedor había dispuesta una magnífica cena encargada a Máximus, y del tocadiscos surgía una melodía cuyas notas tuvieron la virtud de enternecerme. Se trataba de una vieja canción que habíamos oído en Italia durante nuestro viaje de bodas y que habíamos hecho nuestra. Abracé a Marta y la besé apasionadamente. En aquel momento se oyó el pitido del reloj digital.
—Times goes by... —comentó nostálgica. Yo consulté el cronómetro y lo sacudí ligeramente.
—No pueden ser las ocho —manifesté—. Este reloj funciona mal.
—El tiempo pasa —repitió ella con una sonrisa—. Son las ocho —confirmó mirando su diminuto reloj.
En mi fuero interno tenía la impresión de que mi reloj adelantaba. Estaba seguro de haberlo consultado a las siete en punto. No tardé más de cinco minutos en recoger el regalo y ponerme la gabardina. Veinte minutos de trayecto a pie, más cinco o seis entre la espera y la subida en el ascensor sumaban un máximo de treinta y seis o treinta y siete. La única explicación posible era que hubiera hecho el camino a ritmo más lento o que me hubiera detenido en algún sitio. Recordé entonces con alivio que había entrado en un estanco a comprar cigarrillos. Poco antes de cruzar la calle Academia me había llamado la atención el escaparate de una librería donde se exhibía un volumen que me interesaba, pero, debido a lo especial de la fecha, y recordando la discusión del día anterior, había pospuesto la compra para otro día. Deseando creer que probablemente la circulación de peatones era más densa al ser viernes por la tarde, o que algo que no recordaba había contribuido a mi retraso, decidí olvidarme del asunto.
El lunes por la mañana hice una pequeña escapada a una relojería próxima a la oficina a fin de asegurarme de que el reloj estaba en perfectas condiciones. El dependiente lo observó superficialmente con gesto de desconfianza.
—¿Lo ha comprado aquí? —preguntó.
Yo respondí negativamente aduciendo que aquello no era obstáculo para que lo examinara o, si llegaba el caso, lo reparase. El muchacho llamó a su jefe e intercambió con él unas palabras que no pude oír.
—¿Qué desea? —preguntó cortésmente el dueño.
—Nada de particular —repuse, comenzando a sentirme molesto—. Me parece que mi reloj no funciona bien y deseo que lo examinen. Eso es todo. —Y añadí con especial intención—: Desde luego, no lo he comprado aquí.
—No lo ha comprado usted en ninguna relojería del país —manifestó el propietario.
—¿Qué quiere decir?
—Que es de contrabando —repuso él.
—¿De contrabando? —pregunté confuso.
—En efecto.
—Pero... —vacilé— es un regalo que...
—De contrabando —insistió el relojero.
Durante unos segundos me sentí como un delincuente al que se descubre con las manos en la masa. Después reaccioné y repuse con naturalidad:
—Supongo que eso no le impide examinarlo. No es usted agente de aduanas.
—¡Oh, desde luego que no! —manifestó el propietario de la tienda sonriendo abiertamente—. No es esa la cuestión ni a mí me incumbe para nada el origen de este reloj, lo que ocurre es que, tratándose de esta clase de instrumentos tan sofisticados, tan sólo los concesionarios de la marca pueden abrirlos con garantía de no dañarlos seriamente y, por otra parte, aunque forzáramos la tapa, los circuitos integrados y el mecanismo en general nos resultarían difíciles de conocer.
Yo permanecí perplejo unos momentos mientras él volvía a depositar en la palma de mi mano el cronómetro.
—El problema estriba en que en todo el país no habrá ningún concesionario de esta marca, que, además, no me resulta en absoluto conocida —explicó—. Es lo que pasa con las cosas adquiridas de contrabando; una vez que se estropean hay que tirarlas.
—Comprendo —manifesté descorazonado.
—Por otra parte —replicó el relojero—, parece funcionar perfectamente.
Esbozando una sonrisa de circunstancias, di las gracias al amable relojero y abandoné la tienda volviendo a colocar el reloj en torno a mi muñeca.
Cuando regresé a la oficina la encontré completamente desierta. Uno de los conserjes me hizo saber, extrañado ante mi pregunta, que mis compañeros se habían marchado a comer.
—¿A esta hora? —pregunté. Y al consultar mi reloj comprobé que señalaba las dos y diecisiete minutos—. No es posible —exclamé confuso—. ¿Qué hora tiene usted?
—Las dos y cuarto —repuso el conserje.
Renuncié a la comida y me recluí en mi despacho completamente desconcertado. Había abandonado la oficina sobre las once de la mañana y no había tardado ni cinco minutos en llegar a la relojería, en donde había permanecido un cuarto de hora, todo lo más. ¿Y el resto del tiempo? ¿No deberían ser entonces las once y media aproximadamente? Incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo, bajé las persianas y sumí de aquel modo la habitación en una penumbra que propiciaba la reflexión, pero, en aquel momento, se escuchó un ruido procedente de mi estómago. Era su forma de indicarme que había llegado la hora de llenarlo.
Durante el resto de la semana procuré llevar un control riguroso del reloj. En la oficina lo depositaba sobre la mesa y comprobaba su funcionamiento cotejándolo frecuentemente con el antiguo, que había vuelto a sacar del cajón de la mesilla de noche. Al cabo de toda una jornada de trabajo, apenas si había una diferencia de segundos entre la hora que marcaban uno y otro. El clásico se retrasaba unos minutos; el digital —lo comprobé por teléfono— marchaba con absoluta precisión.
Incluso en casa no podía por menos de efectuar periódicas verificaciones entre los dos cronómetros que ya siempre llevaba encima, uno en la muñeca y el otro en el pequeño bolsillo delantero del pantalón. Transcurrió una semana y no había advertido ningún desarreglo en el funcionamiento de mi reloj digital. Como mi proverbial puntualidad no volviera a sufrir menoscabo, di por finalizados aquellos extravagantes episodios. Hasta que, una tarde, apenas había entrado en casa, Marta, llorando amargamente, se precipitó en mis brazos. Advertí entonces que no se encontraba sola.
Temiendo que el reloj hubiera vuelto a jugarme una mala pasada, me desasí del abrazo de mi esposa, y antes de preguntar por la causa de aquella inesperada crisis de llanto, comprobé con alivio que eran las siete y veinticinco. Todo iba bien.
—Por Dios —exclamó Marta—. ¿Qué has estado haciendo?
Los dos hombres se levantaron y permanecieron silenciosos. Uno de ellos apagó el cigarrillo estrujándolo contra un cenicero, el otro se ajustó la gabardina sobre los hombros.
—¿Qué ocurre? —pregunté confuso.
—Sargento Herrera —dijo uno de los desconocidos tendiéndome la mano—. ¿Se encuentra bien?
—Perfectamente —repuse con seguridad—. ¿Ha pasado algo grave?
—Nada, al parecer —y dirigiéndose a mi esposa añadió—: Nosotros nos retiramos ya, señora. Me alegro de que todo haya terminado felizmente.
Marta les acompañó hasta la salida y regresó a mi lado enjugándose las lágrimas.
—¿Dónde has estado? ¿Por qué me haces esto? —preguntó refugiándose en mis brazos.
—En la oficina —respondí volviendo a mirar el reloj—. Ni siquiera son las siete y media.
—¿Y ayer? ¿Y esta mañana? —insistió.
—No entiendo dónde quieres ir a parar. ¿Qué hacía aquí la policía?
—He denunciado tu desaparición— me explicó mientras mi perplejidad iba subiendo de punto—. Anoche no pude esperar más. Temía que te hubiera ocurrido algo.
—¿Que anoche...? —comencé a decir—. Anoche estuvieron aquí cenando tu hermana y su marido.
—Eso fue antes de anoche, el lunes. Hoy es miércoles... —manifestó mirándome con extrañeza.
Marta cayó pronto en un profundo sueño. La fatiga y la tensión a que había estado sometida cerraron sus ojos apenas su cabeza reposó sobre la almohada. Yo había tratado en vano de darle una explicación satisfactoria, pero, ¿qué podía explicar cuando ni yo mismo recordaba qué había hecho ni dónde había estado durante las últimas veinticuatro horas? En principio me negaba a dar crédito a lo que se me apareció como incuestionable tras una hora de charla con mi esposa: yo había desaparecido de la circulación durante veinticuatro horas.
Marta se resistió inicialmente a mis razonamientos. Incluso estaba dispuesta a olvidarlo todo si no volvía a repetirse, de igual modo que si se hubiera tratado de una escapada a la costa con una rubia despampanante. En realidad, las explicaciones que yo trataba de exponer ante ella iban más bien dirigidas a mí mismo. Estaba claro que aquel día no había aparecido por la oficina y que la tarde y noche anteriores tampoco había estado en casa. No recordaba, además, nada de lo que había podido hacer entre las siete del martes y la misma hora del día siguiente. ¿Dónde había dormido? ¿Había estado vagando por las calles durante las horas de trabajo? Finalmente tuve que rendirme a la evidencia, o a la única explicación que, precisamente por no necesitar otra interpretación que la puramente clínica, me pareció la más socorrida: yo había sido víctima de un ataque de amnesia.
Pero ahora que el silencio de la noche me invitaba, sin la presencia embarazosa de Marta, a profundizar más en aquel extraño episodio, empecé a comprender que quizás había algo más. Yo había llegado a casa en perfecto estado. Sin hambre. Sin fatiga. Al pasar los dedos por mi mejilla parecía evidente que me había afeitado, como habitualmente, aquella misma mañana.
Un pitido ahogado vino a interrumpir el hilo de mis pensamientos. Abrí con sigilo el cajón de la mesilla de noche y contemplé detenidamente el reloj digital cuyas cifras se disolvían silenciosamente dando sin cesar paso a otras. En cierto momento me pareció advertir que los dígitos correspondientes a los segundos habían dado un salto pasando del veintisiete al veintinueve, pero en el minuto siguiente las cifras se sucedieron con normalidad. En la parte posterior del cronómetro aparecía grabado mi nombre y una cifra a la que siempre había atribuido un significado técnico: 1383621. No pude encontrar por ninguna parte otro dato referente a la fábrica o al país de origen.
A pesar del cansancio que todavía se reflejaba en sus ojos, Marta se empeñó en levantarse y hacerme el desayuno.
—¿Dónde compraste este reloj? —le pregunté mientras estábamos sentados en torno a la mesa de la cocina.
—¿Se retrasa otra vez?
—¿Dónde? —repetí con un tono que al instante me pareció excesivamente apremiante.
—Cálmate —me rogó—. Te lo regalé porque sabía que tenías deseos de tener un reloj digital. Sabes que yo prefiero los tradicionales.
—No funciona bien —manifesté procurando mostrarme más calmado—. ¿Tienes la garantía?
—¿La garantía? —repitió ella con cierto nerviosismo que no me pasó desapercibido.
—Eso es lo que acabo de decir —reiteré marcando las sílabas.
—No... no me dieron garantía.
—¿Un reloj tan caro como éste sin garantía? —insistí.
—Lo compré... —comenzó ella sin atreverse a terminar la frase, y añadió seguidamente—: No fue por el dinero, te lo aseguro, quería encontrar lo más nuevo, lo último.
—Es de contrabando —atajé yo definitivamente.
—Sí...
—Escucha, Marta, no me importa si es de contrabando o no. Ya sé que tu intención fue buena, pero ¿fue en alguna tienda? ¿Hiciste grabar el nombre allí mismo?
—Yo no mandé grabar nada —repuso ella contemplando el reverso del reloj que yo le tendía.
—¿Y mi nombre?
—Yo me limité a comprarlo, pensé que tú...
Volví a colocarme el reloj en la muñeca. Tuve la impresión de que los segundos ocho y nueve de aquel minuto no habían aparecido en la pequeña pantalla de cristal líquido.
—¿Dónde lo compraste? —repetí—. ¿A quién?
—A un vendedor ambulante. En la calle del Comercio. Me costó bastante caro, pero tenía tantas funciones... Además —continuó—, no se ha movido de allí. Podemos ir a reclamar.
—Reclamar —murmuré hastiado—. A buenas horas.
Cuando entré en la oficina mis compañeros sonrieron al verme de regreso y preguntaron si me encontraba mejor. Seguramente conocían ya la historia de mi amnesia, aunque su interpretación de mi ausencia tuviera para ellos rasgos de índole más picaresca.
—Ha llamado tu mujer —musitó cerca de mi oído Arturo—. Tres veces.
—¿Hace mucho? —pregunté extrañado.
—La última vez después de comer.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Estuve tentado de preguntarle qué hora era, pero algo me contuvo. Me encerré en mi despacho y consulté mi cronómetro: las cinco y veinte. Presa de un temblor incontenible, busqué con los ojos el reloj de pared: las cinco y veintiuno. Tomando el teléfono, marqué con dificultad el número y esperé. Al cabo de unos segundos se oyó un pitido y una voz gangosa e impersonal recitó cansinamente: «Diecisiete horas, veinte minutos, treinta y dos segundos...»
Atenazado por un pavor irracional, tomé una súbita decisión, pero antes de abandonar la oficina llamé a Marta y procuré tranquilizarla, diciéndole que había tenido que estar fuera gran parte de la jornada debido a ciertas comisiones.
La calle del Comercio estaba repleta de vendedores ambulantes que instalaban sus puestos al borde de las aceras. Los fui recorriendo uno a uno. La mayoría vendía pañuelos de colores, pequeñas joyas de artesanía, libros de ocasión. Ya casi al final, junto a la librería Las Artes, le vi. Se trataba de un joven de aspecto oriental. Sobre el estalache que constituía su negocio se apilaban varias decenas de relojes de todas clases, digitales y tradicionales. En uno de los extremos del tablero había instalada una pequeña máquina grabadora en la que precisamente se encontraba trabajando en aquellos momentos. Cuando hubo finalizado, tendió el reloj a una joven, que contempló sonriente la dedicatoria o el nombre. Después dirigió sus ojos hacia mí.
—Mi esposa compró aquí este reloj —comencé. La ira y el miedo apenas me dejaban articular las palabras con claridad—. Lo compró aquí.
Él sonrió enigmáticamente y permaneció en silencio.
—Este reloj —continué, desabrochando la hebilla y tendiéndoselo.
Él miró rápidamente el reverso y volvió a sonreír con mansedumbre.
—¿No funciona bien? —preguntó con una voz pagada.
—Se atrasa —repuse bruscamente—. Me hace llegar tarde a todas partes.
—¿No será usted quien se adelanta?
—¿Cómo dice? —pregunté fuera de mí.
Él levantó hacia mí sus ojos rasgados y repuso. —No he dicho nada, señor.
—Ella tampoco mandó grabar mi nombre.
—No sé cómo se llama usted. Si su nombre figura grabado aquí es porque ella me lo dijo —continuó diciendo sin perder la calma.
—¿Y esa cifra?
Él abrió un pequeño cajón y extrajo del interior un reloj idéntico al mío tendiéndomelo.
—Este le dará resultado —manifestó mientras lo abrochaba en torno a mi muñeca—. No tendrá necesidad de más reclamaciones.
—La correa... —dije advirtiendo que el cronómetro nuevo estaba provisto de una metálica.
—Es regalo de la casa.
No bien había entrado en el metro cotejé el reloj con el que llevaba en el bolsillo del pantalón. En cada estación consultaba la hora y la comparaba con la que señalaba el reloj digital. Una de las veces advertí con estupefacción que en la parte central de la correa había algo grabado. Aproximé los ojos y leí con sorpresa: Juan García Rubio, y a continuación la consabida cifra: 1383621. ¿Cómo se explicaba que mi nombre apareciera grabado cuando ni siquiera sabía quién era yo? ¿Qué estaba ocurriendo?
Me apeé en la primera estación y di la vuelta con la intención de regresar a la calle del Comercio. Durante el trayecto no aparté los ojos del reloj, que pareció comportarse normalmente. Al subir apresuradamente las escaleras de la estación del Comercio traté de desabrochar la hebilla, pero tropecé con dificultades. Iba ya a arremangarme para actuar con más facilidad cuando observé que la calle se encontraba casi desierta. No había ni rastro de los vendedores ambulantes. Me dirigí hacia una pareja de guardias municipales, que me miraron de arriba abajo, y pregunté:
—¿Y los vendedores ambulantes?
—No hay —repuso uno de ellos.
—Pero si yo... ¿Por qué?
—El Ayuntamiento lo ha prohibido.
—Mi mujer compró aquí este reloj —balbucí— y yo lo he cambiado.
—¿Lo ve? —dijo el otro—, seguro que le estafaron.
—No, es decir, ¿dónde puedo encontrar...?
—¿Encontrar al que se lo vendió? Vaya usted a saber, al cabo de semana.
—¿Una semana? He estado en esta calle hace media hora, y estaba llena de vendedores ambulantes.
Los dos guardias se miraron significativamente. Mis ojos se dirigieron hacia el escaparate de una relojería y a continuación consulté la hora en mi cronómetro. Funcionaba.
—Hace media hora; sí —repetí repuesto.
—Se equivoca —afirmó uno de los guardias—. ¿Se encuentra bien?
—¡Mi mujer me compró aquí este reloj! —exclamé a punto de llorar.
—No lo dudo —repuso el segundo—, pero eso sería antes del lunes. Desde ese día no hay aquí vendedores ambulantes.
—Hoy... hoy es lunes —balbucí mirando mi reloj.
La respuesta de los agentes coincidió con la que me ofrecía el cronómetro:
—Hoy es sábado.
Vagué por las calles durante horas. Cada cierto tiempo preguntaba la hora a los peatones y a continuación el día de la semana. Todo el mundo me respondía gentilmente: las cinco, las cinco y cinco, las cinco y diez..., sábado, veintitrés.
Pensé que me estaba volviendo loco, que sufría ataques de amnesia cada vez más prolongados. En cuestión de segundos habían transcurrido para mí varios días. Me detenía ante los quioscos de prensa y leía los titulares de los periódicos. No cabía duda: por el momento era sábado. Sí toda aquella absurda situación era real, aquello significaba que había estado ausente de casa durante una semana, lo que podría entrar en los dominios de la lógica si no fuera porque, mirándome en los escaparates, comprobaba que mi atuendo y mi aspecto personal no eran los de quien ha pasado varios días vagando de acá para allá perdido entre las multitudes de la gran ciudad.
Resolví que lo más urgente era regresar a casa para tranquilizar a Marta. Aquel mismo día me sometería a tratamiento médico, si es que alguna terapéutica resultaba eficaz para el extraño mal que me aquejaba. Entré en una cabina telefónica con la intención de anunciar mi regreso a mi esposa; no deseaba sobresaltarla con una súbita y fantasmal aparición. Forcejeé durante unos instantes tratando de introducir la moneda en la ranura hasta que comprendí que el aparato estaba estropeado. Una muchacha que aguardaba su turno entró en la cabina y, ante mi sorpresa, marcó un número y la moneda cayó sin dificultad en el cajetín. Aguardé a que terminara. Seguramente la moneda que yo había utilizado era defectuosa. Cuando la muchacha terminó su conferencia le rogué que me la cambiara. Ella sonrió, y ya se disponía a hacerlo, cuando observó:
—Esa moneda no sirve para el teléfono.
—No... ¿no tiene valor? —pregunté tembloroso.
—Claro que sí —repuso genialmente—, pero el teléfono funciona con éstas. —Y me mostró una de cuño completamente nuevo para mí.
Me alejé de aquel lugar sin dar las gracias a la sorprendida muchacha y entré en el metro. Afortunadamente el billete que presenté ante la taquillera era de curso legal, pero me pareció que me devolvía menos dinero de vuelta que el que correspondía. No me detuve a considerarlo.
Al descender del tren me pareció ver a Marta. Durante unos segundos dudé de que fuera ella. Parecía algo más envejecida, sus cabellos eran ligeramente rubios, como si se hubiera teñido para ocultar unas inexistentes canas. Aparecía elegantemente vestida y charlaba animadamente con un caballero que la acompañaba.
Subí de dos en dos las escaleras mecánicas y corrí por el pasillo que conducía hasta el andén donde se encontraban. El tren había llegado ya y apenas si tuve tiempo de entrar en el vagón de cola antes de que las puertas se cerraran. Me aproximé al extremo del coche y desde allí los espié. Hablaban y se comportaban con una familiaridad que me desconcertó. ¿Quién era aquel hombre al que mi esposa trataba de un modo tan cariñoso?
Preferí no cambiar de vagón en las estaciones siguientes y continué espiándoles. En la estación de Ópera descendieron, y yo hice lo propio, pero me mantuve a unos metros de la pareja. Una vez en la superficie, comprendí que se dirigían al teatro. Un gran cartel anunciaba la representación de Tosca. De manera que, con pocos días de diferencia, volvía a la ópera, y en compañía de un desconocido.
La sorpresa, y un naciente sentimiento que al instante identifiqué con los celos, me impidieron seguirlos, lo que hubiera resultado perfectamente inútil, puesto que yo no tenía entrada y en la taquilla un cartel anunciaba que se hallaban agotadas.
Vagué confuso durante algunos minutos por los alrededores del teatro, tratando de imaginar algún medio para introducirme en él. En la parte trasera vi una pequeña puerta abierta, y, sin consideraciones de otro tipo, entré en el edificio. Un largo pasillo conducía hasta otra puerta, ante la cual, encerrado en una pequeña cabina, un portero hacía vigilancia. Dos hombres, a los que tomé por tramoyistas, me adelantaron, y, tras saludar al portero, franquearon la segunda puerta. Procurando mostrar naturalidad, crucé ante el vigilante y, haciendo un gesto con la mano a modo de saludo, continué mi camino. El hombre no puso ningún reparo a mi paso.
Momentos más tarde me encontraba en las inmediaciones del escenario. Entre bastidores, confundido con numerosas personas, contemplé el curso de la representación. En aquellos instantes, Cavaradossi se dirigía a Angelotti:
«Se urgesse il periglo, correteIncapaz, desde aquel punto, de localizar a Marta y a su acompañante, abandoné el teatro del mismo modo que había entrado. Al cruzar ante la fachada principal, mis ojos se detuvieron frente al cartel que anunciaba las representaciones. Recorrí con la vista el nombre de los intérpretes y, finalmente, leí las fechas de las cuatro representaciones de Tosca. Creo que se me erizaron los cabellos, y a punto estuve de desplomarme al leer: Tosca, cuarta representación, quince de mayo... de 1986. ¡1986!
al pozzo del giardin. L'acqua è nel fondo,
ma... »
Automáticamente miré mi reloj digital. La pantalla de cristal líquido mostraba una fecha en completa concordancia con la del cartel. Tembloroso, me aproximé a la puerta del teatro, y con un hilo de voz pregunté la fecha al portero.
—Quince de mayo —repuso mirándome de arriba abajo.
—De 19... —inicié.
—1986, naturalmente —concluyó el empleado.
Me alejé corriendo de la Ópera y entré en el parque cercano. Llorando amargamente, me interné en la espesura hasta que las copas de los árboles me ocultaron la vista del teatro. En un pequeño claro, junto a una fuente, había varios bancos. Unos metros más allá, un rústico pozo y una casita que debía de servir de albergue a las palomas completaban el decorado de aquel apartado rincón.
Una ojeada al reloj digital bastó para confirmarme que, en el espacio de unos minutos, habían transcurrido para mí varios años. Desesperado, traté de deshacerme del cronómetro, pero, al intentar desabrochar la hebilla, advertí que no había tal. La correa metálica partía y terminaba en el reloj, rodeando mi muñeca de tal forma que constituían un todo. Ignoraba de qué forma aquel vendedor ambulante había colocado el cronómetro en torno a mi brazo. Forcejeé hasta que no pude más. Deseaba arrojar el maldito reloj al fondo de aquel pozo y perderlo de vista para siempre, pero todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Parecía que, de no cortarme la mano, estaba condenado a llevar aquella diabólica pulsera toda la eternidad. A riesgo de herirme, me golpeé contra las piedras tratando de hacer añicos el cronómetro. Todo resultó inútil. A pesar de la dureza con que descargaba mi muñeca contra la dura superficie del banco, el reloj continuaba en perfecto estado y sin sufrir el más mínimo rasguño. Finalmente, agotado por el esfuerzo y fatigado a causa de las emociones del día, o de los años, debería decir mejor, me tendí sobre aquel banco y me quedé profundamente dormido.
La luz del sol hirió mis ojos; me incorporé y miré a mi alrededor desconcertado. Ignoraba dónde me hallaba. Hasta mi oído llegaban unos acordes musicales que no me eran desconocidos, pero no pude ver ni rastro del banco sobre el que me había tendido. La fuente había desaparecido, y tampoco vi la casita de las palomas. Tan sólo comprendí que me hallaba en el mismo sitio cuando mis ojos contemplaron el brocal de un pozo, aunque de factura tan diferente, que una terrible sospecha fue abriéndose paso en el fondo de mi alma.
Avancé unos pasos vacilante entre la espesura. La música se hizo más distinta. Al otro lado de los árboles pude ver una especie de extraño auditorio de extravagante arquitectura. Cientos de personas, sentadas al aire libre, asistían a una representación teatral. Desde donde me encontraba advertí lo inusitado de sus vestimentas y de sus tocados. Tan sólo me resultaban familiares los atuendos y maneras de los actores. Aquella multitud contemplaba ensimismada una representación de Tosca.
Comprendí al instante que algo irreparable había ocurrido, y, bajando la vista, contemplé mi cronómetro digital. Despreciando la hora, mis ojos se posaron sobre la pantalla que indicaba la fecha y, ante mi asombro, pude leer una cifra que ya me resultaba familiar. La misma cifra que aparecía grabada bajo mi nombre en la correa metálica: 1383621. Antes de sumirme en la más profunda desesperación, acerté a descifrar correctamente aquel número, y antes de que las lágrimas nublaran mi vista, leí: 13-8-3621.
La voz del tenor llegó claramente hasta mí cabalgando sobre la suave brisa del atardecer:
«Lóra è fuggita
e mucio disperato.
E non ho amato mai tanto la vita!»
En aquel momento me invadió una gran calma y comprendí que sólo me restaba una cosa por hacer. Aproximándome al pozo, subí sobre el brocal y me arrojé al vacío con la intención de quitarme la vida. Algo, no obstante, cuando ya me precipitaba vertiginosamente, me hizo dudar de que pudiera conseguir mis propósitos.
Había agua en el fondo, «ma»...
13 ago 2011
HOTEL AMSTERDAM, HABITACION 231 por José León Cano
–¿Y qué sugiere que hagamos, señor Atkins?
–Exhumar el cadáver, inspector. Creo que no queda otro remedio.
El inspector Blunt, jefe de la Brigada de Servicios Especiales de Scotland Yard, tenía una bien merecida fama de flemático, pero estuvo a punto de perderla escuchando tan desconcertante historia. Los detalles eran tan espeluznantes que por primera vez en su vida se atragantó con el té y su pipa, cuya combustión era de ordinario parsimoniosa, despedía gigantescas volutas a ritmo de locomotora. La alteración nerviosa del señor Atkins, evidentemente fuera de sí, prestaba a la descripción de los hechos tanta vivacidad que consiguió despertar la imaginación del inspector Blunt hasta el extremo de hacerle visualizar mentalmente, con la nitidez de una pesadilla, todo el horror contenido en le relato. «Este hombre –pensó para sus adentros– hubiera sido un excelente vendedor a domicilio, o ese actor pluscuamperfecto que Shakespeare no logró encontrar en su vida. Tal vez así le hubieran ido mejor las cosas que como gerente de hotel».
–Las cosas empezaron a ir mal –repitió por enésima vez el señor Atkins, gerente del vetusto Hotel Amsterdam, enclavado en el corazón del Soho– cuando la señora Holliday abrió el armario de la habitación 231...
El momento en que la señora Holliday abrió el armario de su habitación, recién llegada al hotel, se había convertido para el señor Atkins en una imagen obsesionante, espantosa como la propia escena que evocaba.
–... Escuchamos su grito y luego la vimos descender aceleradamente las escaleras sudorosa, blanca como el mármol, con los ojos desorbitados. Las manos le temblaban y estuvo un momento con la respiración entrecortada, sin poder articular palabra. Cuando al fin pudo hablar nos dijo que había visto cómo se balanceaba despacio, colgado por el cuello con una cuerda de violín, el cuerpo de una mujer muerta en el interior del armario. Pidió un vaso de agua, lo bebió de un tirón, y luego se le cayo de las manos, haciéndose añicos en el suelo. Pero estoy seguro, inspector, que la señora Holliday ni se dio cuenta de ello, tanta era su excitación al recordar los ojos vidriosos del cadáver, su lengua cárdena y babeante colgando desmesuradamente del labio inferior, la espeluznante marca que la cuerda del violín, hundiéndose en la carne, había dejado en su cuello hasta casi decapitarlo... Encargué al botones que consiguiera un sedante fuerte y la llevé a mi despacho. Apenas consiguió tranquilizarse tras la ingestión del fármaco, pero sí lo bastante para escucharme. «Lo que usted ha visto –le dije– no es real. Puedo demostrárselo si se encuentra con ánimo suficiente para acompañarme a la habitación 231». Logré convencerla y en su presencia abrí el armario. Efectivamente, estaba vacío. La señora Holliday me aseguró que había visto el cadáver con absoluta nitidez. «Usted no está loca –repuso–, y aunque lo que ha visto no es real, puede haber una explicación». Entonces me vi obligado a contarle una historia que usted y sus hombres ya conocen, la del presunto suicidio de Mary Watts. Ustedes mismos dictaminaron que había sido un suicidio. Recordará, inspector Blunt, que el cuerpo de Mary Watts apareció en ese mismo armario y de esa misma forma exactamente igual a la descrita por la señora Holliday... Aunque lo sorprendente del asunto es que la señora Holliday tuvo la visión una semana después de ocurrido el lamentable suceso, cuando el cadáver de la señorita Watts ya había sido enterrado.
–Bien, señor Atkins. La suya es una historia extraordinaria, pero...
–Pero no termina ahí, inspector. Desgraciadamente, no termina ahí.
Con la voz ronca por el peso de sus emociones, el gerente del Hotel Amsterdam (vieja reliquia victoriana en cuyas habitaciones, según cierta leyenda, se inyectaba dosis masivas de heroína el mismísimo Conan Doyle) continuó provocando el asombro y la inquietud en el inspector Blunt, mucho menos curado de espanto de lo que su larga experiencia profesional permitía suponer.
–Naturalmente, ofrecimos a la señora Holliday la suite del hotel, completamente gratis y por el tiempo que quisiera, a condición de no divulgar nada de lo ocurrido. Así lo hizo, y hubiéramos olvidado el desagradable incidente a no ser porque días después volvió a repetirse la misma historia, esta vez protagonizada por un viejo clérigo recién llegado de las Indias Occidentales. Decidimos que sería mucho más rentable cerrar definitivamente la habitación 231, pero...
–Pero a pesar de ello –interrumpió esta vez el inspector– continuaron ocurriendo cosas raras, ¿no es así?
–En efecto, así es. Continuaron y continuarán, para desgracia del negocio... Aceptaría un poco más de su té, si no le importa.
–Con mucho gusto.
El señor Atkins paladeó el té ofrecido por el inspector con un gesto de absoluta desesperación. Su mano temblorosa hizo que la cucharilla tintinease sobre el plato hasta que consiguió posarlo, sano y salvo, sobre la mesa del despacho. Por un momento, el temor a que se rompiese la valiosa porcelana pesó más en el ánimo del inspector Blunt que el que le inspiraba el relato del señor Atkins. Pero fue sólo un momento, porque lo que contaba el gerente del Amsterdam (cuyo sentido común no cabía poner en duda) podía hacer estremecer incluso a una piel de elefante como la del curtido Blunt.
–La habitación fue cerrada a cal y canto. Incluso borramos el número 231 de la puerta y del casillero. Aquella habitación, a efectos comerciales, había muerto definitivamente. Pero a otros efectos, seguía más viva que nunca. Todas las madrugadas, minutos antes de las dos y media (hora aproximada en que, según el forense, Mary Watts dejó de existir), un sordo gemido que no podía confundirse con ruido de las viejas cañerías se extendía por todo el hotel, procedente de la maldita habitación 231. Las condiciones acústicas de un edificio tan viejo permiten toda clase de resonancias, y por eso advertimos a nuestros clientes que procuren no hacer ruido a partir de las diez de la noche. En consecuencia, el aullido, quejido o lo que fuese, se transmitía con una claridad impresionante...
El señor Atkins no ahorraba detalle alguno, sino que parecía complacerse en una descripción detallada y minuciosa. Así fue como el inspector Blunt se enteró de que el raro sonido podía identificarse al principio como el de un animal moribundo. Era una especie de «E» prolongada, ronca, monocorde, que de vez en cuando dejaba paso al silencio para reproducirse nuevamente después. En el profundo silencio de la madrugada, tan desacostumbrado sonido ponía los pelos de punta a quien tuviera la desgracia de escucharlo. Los clientes de las habitaciones contiguas exigieron el libro de reclamaciones y se quejaron airadamente al señor Atkins antes de abandonar el hotel. No quedó más remedio, por tanto, que clausurar también las habitaciones 230 y 232.
–El personal de servicio y yo mismo estábamos tan nerviosos que apenas podíamos pegar ojo. Cierta noche el sonido se hizo insoportablemente quejumbroso y mis nervios no aguantaron más. Extraje las llaves de la caja fuerte, abrí un cajón de mi escritorio y saqué un pequeño revólver. Era una decisión desesperada y, según sospeché, completamente inútil, pero de alguna manera había que hacer frente a la situación, si no quería que la indecible angustia de aquel gemido acabase volviéndome loco. Guardé el revólver, empuñándolo, en el bolsillo de la chaqueta, y me encaminé a la recepción para pedir al conserje que me acompañara a la 231.
Richard, el anciano conserje, estaba en su puesto muerto de miedo. Saludó la aparición del señor Atkins como si se tratara de un arcángel celestial: «Gracias a Dios que está usted despierto, señor. Creí que no podría soportarlo. Esta parece ser una noche especial, ¿verdad? Los gritos son más fuertes que nunca».
–En efecto, los gemidos se habían convertido en auténticos gritos, aunque su volumen no llegaba a ser lo bastante alto como para despertar a todo el hotel. Richard debió leer en mis ojos la determinación que había tomado, puesto que con apenas un hilo de voz me dijo: «No irá usted a subir, ¿verdad, señor?» «Sí, Richard –repuse–, es absolutamente necesario. Y quiero que usted me acompañe». Tendría que haber visto ,inspector, la cara de espanto del pobre Richard cuando le pedí que subiera conmigo. Se negó en rotundo y de nada sirvieron mis amenazas. Tuve que subir solo y soportar los lamentos igualmente odiosos: el que procedía de la 231, y a mis espaldas, el histérico Richard instándome por todos los santos a que desistiera de mi descabellado empeño. Volví la cabeza y le dije que, a partir de ese momento, se considerara despedido. Pero Richard seguía insistiendo, con la garganta atenazada por el terror, en que regresara y no cometiera semejante locura.
La pipa del inspector Blunt parecía un pequeño Vesubio a punto de entrar en erupción.
–Nunca podrá imaginarse el enorme esfuerzo que me costó subir peldaño a peldaño aquella escalera. Porque, a cada nuevo paso el inadmisible sonido, aumentando su intensidad, se pegaba persistentemente a mis oídos como un beso del Diablo. Nada pude hacer para dominar el temblor de mis piernas. Apretaba con fuerza la pistola, empapada con el sudor de mi mano, y me decía a mi mismo que, fuese lo que fuese aquello que provocaba el gemido, habría alguna forma de acabar con él... Lo angustioso era no saber cuál podría ser esa forma.
Dejando atrás la escalera, el señor Atkins caminó lentamente por la oscuridad del pasillo en dirección a la habitación 231, sobre cuya puerta parpadeaba apenas la mortecina luz de una pequeña bombilla. El miedo despertaba con violencia todos sus sentidos, y las vibraciones de aquel sonido espantoso, ahora ya tan cercano, parecían habérsele incrustado en el corazón. Con toda la mente concentrada en tales vibraciones, comprobó ahora que estaban modulando de distinta forma hasta acabar pareciéndose a largos y siseantes estertores. Estaba tan despierto que el ruido de un mosquito le hubiera producido el mismo impacto que una explosión de dinamita. Por eso se le cortó súbitamente la respiración cuando, a sus espaldas, escuchó un sonido cuya imprevista irrupción no le dio tiempo a identificar. Se volvió rápidamente y tuvo que enfrentarse con el perfil de una larga sombra que avanzaba por el pasillo. El corazón le dio un vuelco al tiempo que su mano se crispaba sobre la pistola...
–¡Santo Dios! Era el bueno de Richard, quién finalmente había optado por no dejarme solo y estuvo siguiéndome sin que me diera cuenta. Me indicó con un gesto que no me alarmara y seguidamente llevó su dedo índice a sus labios, tan asustado y tembloroso como un flan, y componiendo con ello una buena figura tan grotesca que si las circunstancias hubieran sido otras me habría echado a reír. Pero allí estábamos los dos, frente a la puerta, empuñando yo la pistola con una mano y la llave con la otra, sin saber qué hacer con ninguna de las dos, mientras el rostro de Richard había pasado de una palidez de cera a un inquietante tono casi verdoso que el miedo se complacía en estamparle, perlándole además la frente con multitud de minúsculas gotas de sudor frío... Debo confesarle que a pesar del dramatismo del momento, una parte de mi aterrorizado ánimo se conmovió por aquel gesto final de acompañarme, con el que Richard demostraba una inesperada solidaridad...
De pronto el estertor se convirtió en un grito agudo, cortante, similar al que provoca en ocasiones una muerte violenta, y a continuación reinó un silencio absoluto sobrecogedor. Pero por poco tiempo, porque al cabo de un rato fue seguido por un estrépito indescriptible, sin duda producido por el desplazamiento y caída simultánea de todos los muebles de la habitación.
–Entonces actué como un autómata, inspector. Porque de buena gana hubiera echado a correr pasillo adelante y no parar hasta llegar a la calle. En vez de eso, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta, no sin antes cerciorarme de que, a pesar del ruido producido, ningún cliente daba señales de vida. Borrachos como cubas debían estar todos para no haberse dado cuenta.
Renqueó suavemente la puerta al abrirse. La pequeña bombilla de la entrada apenas mitigaba la casi completa oscuridad del interior. Richard se aferraba tenazmente al brazo izquierdo del señor Atkins en un desesperado intento de evitar el desmayo. El señor Atkins, sin soltar la pistola, se atrevió a introducir en la oscuridad el mismo brazo que sujetaba el conserje hasta que sus dedos alcanzaron el obturador de la luz. Cuando al fin logró encender, el espectáculo que se ofreció a sus ojos les dejó atónitos: las puertas del armario giraban todavía sobre sus goznes, las ventanas estaban abiertas de par en par, los cuadros se habían desprendido de la pared, las camas, desplazadas de sus lugares adecuados, aparecían deshechas, con las sábanas hechas girones... Y no había nadie.
–No había nadie, inspector. ¿Comprende? No había absolutamente nadie. Era comprensible que Richard acabara desmayándose. Yo mismo no sé como podía soportarlo.
La pipa del inspector Blunt soltó por su cazoleta un grandioso chorro de humo, como la cola de un efímero e improbable cometa.
–No había nadie –insistió Atkins– Puede creerme: nadie en absoluto.
–Le creo, señor Atkins, le creo. Pero sigo sin comprender por qué quiere que sea exhumado el cadáver de la señorita Watts.
–¿No lo entiende? Creo que está bastante claro. A la vista de los extraordinarios acontecimientos ocurridos en el Amsterdam, sólo podemos pensar que Mary Watts no se suicidó, sino que fue asesinada. Está además el hecho de que, por muy masoquista que sea, nadie se suicida ahorcándose con una cuerda de violín. Los hechos paranormales de la habitación 231 podrían tener su raíz en la enorme tensión emocional que sufrió el psiquismo de la señorita Watts al saberse víctima de un asesinato tan horrible, y es muy posible que un minucioso examen de su cuerpo pueda establecer alguna pista segura para dar con el asesino... Francamente, inspector Blunt, yo no creo en los espíritus. Pero si creyera en ellos, no dudaría en afirmar que Mary Watts nos está pidiendo venganza desde otro mundo.
La pipa del inspector Blunt, exhausta, abandonó su boca y fue a encontrar un merecido descanso sobre la mesa. Su propietario compuso un gesto de conmiseración y trató de consolar al atribuido señor Atkins.
–Por si le sirve de algo, le diré que su historia me parece desusada, pero no inverosímil. Scotland Yard sí cree en los espíritus, sobre todo cuando están dispuestos a colaborar eficazmente con la policía. De hecho, hemos contratado a videntes (de forma extraoficial, claro está) en ciertos casos difíciles. Y casi siempre han dado buenos resultados. Pero me temo que la pobre opinión de un pobre inspector de policía no le servirá de mucho en esta ocasión. Se necesita un mandamiento judicial para ordenar el levantamiento de un cadáver. Y no creo que, con los datos que usted aporta, pueda convencer a ningún juez. Por otra parte, el forense ya realizó la autopsia, y no encontró en el caso de Mary Watts otras señales que las propias de una muerte por asfixia. Si fue asesinada, el asesina se cuidó muy bien de no dejar ninguna huella. No quedó más remedio que aceptar la tesis del suicidio... El caso está cerrado, señor Atkins, y mucho me temo que no haya nada que hacer.
–Pero todo lo ocurrido en la habitación 231...
–Usted mismo ha dicho que no encontró a a nadie en esa habitación. Lamentablemente, nosotros sólo podemos ocuparnos de los delitos cometidos por personas vivas. Las otras están completamente fuera de nuestra jurisdicción. Créame que lo siento muy de veras, pero en este caso no podemos ayudarle... Aunque, si me permite que le dé un consejo...
–Diga, diga...
–¿Por qué no prueba a cambiar la cerradura? Ya sé que es una prueba demasiado simple, tal vez. Y desde luego, nada parapsicológica. Pero le aseguro que, en ocasiones, ha dado muy buenos resultados.
«Quizá tenga razón después de todo», pensó Atkins desilusionado por la entrevista, aunque contento por no tener que soportar ya más el poco soportable aroma de la pipa del inspector Blunt. Pero le daba miedo tener que regresar al hotel con las manos vacías.
Londres fumaba su smog de cada tarde a grandes bocanadas, y los primeros faroles encendidos, envueltos en la espesa neblina, presagiaban una densa noche de otoño. Camino de su hotel, Atkins se encontró con muy pocos transeúntes, pero todos ellos, con toda probabilidad, creían en fantasmas, a juzgar por el paso rápido y el aire receloso de sus miradas, incapaces de traspasar la niebla más allá de su nariz. Y la noche hacía crecer en las esquinas su inexorable oscuridad.
Al doblar una de ellas contempló la vetusta mole del Hotel Amsterdam, difuminada por las crecientes sombras del ocaso. La historia del presunto fantasma se había extendido lo bastante como para que sólo unos pocos clientes, poco supersticiosos o ignorantes de la misma, se albergaran en sus rancias habitaciones en los últimos tiempos. Todas las que daban a la calle tenían cerradas sus ventanas salvo la 231, cuyo inexplicable desorden, del que él mismo fue testigo, había sido respetado. Los blancos visillos de aquella habitación maldita tremolaban sobre una pared que la vejez y la polución habían embadurnado de negro, y el contraste entre ambos colores resultaba más evidentes a causa de la escasa luz. Atkins no dejó de advertirlo, concentrando su atención en la ventana abierta.
Y de pronto, durante el tiempo de una exhalación, creyó haber visto tras la ventana la imagen borrosa de una mujer. Sobrecogido, sospechó que aquella visión fugaz no podía ser sino un subproducto de la tensión nerviosa, pero una furia irracional se desparramó por sus venas y la adrenalina golpeó despiadadamente su corazón.
–«¡Maldita, maldita!»
La figura entrevista volvió a cruzar la ventana, pero esta vez tan despacio como para que el señor Atkins, sobre cuya mente se posó la furia como una nube roja, pudiera contemplarla en todos sus detalles. El espanto que le producía su cuello ensangrentado, el inusitado brillo de sus ojos y de sus dientes, la torva expresión de angustia que reflejaba aquel rostro desencajado cuya mirada, cargada de odio, no se apartaba de la suya propia, todo ello actuó en su ánimo como un revulsivo. Completamente fuera de sí, cruzó la calle, atravesó el hall y subió la escalera a grandes zancadas. Richard, el conserje, contempló atónito cómo el señor Atkins corría escaleras arriba con la cara congestionada y los ojos en blanco, pero el señor Atkins no se dio cuenta de su presencia, obsesionado por la insana idea de acabar como fuera, de una vez para siempre, con aquella espantosa pesadilla.
Richard corrió tras él, pero no pudo alcanzarlo. Le escuchó farfullar unas palabras incomprensibles y se asombró al comprobar cómo un hombre ya entrado en años pudiera remontar las escaleras con tan pasmosa celeridad. Al llegar al rellano del primer piso desistió de perseguirle a tanta velocidad. Se apoyó en la baranda, resollando mientras recuperaba fuerzas, y escuchó cómo el señor Atkins, en el piso de arriba, derribaba a golpes la puerta de la habitación 231.
–¡No lo haga, señor Atkins, no lo haga!
Y olvidándose de sus muchos años, el viejo Richard Perkins subió también las escaleras que le faltaban como una liebre. Vio la puerta derribada de la habitación, al final del oscuro pasillo, y percibió la agitada voz del señor Atkins envuelta en un aullido inconfundible.
–¡Sal de ahí, maldita, engendro del Diablo!
El aullido resonaba ahora en el pasillo en un tono desgarrador, ahogando con creces los gritos del señor Atkins, y Richard tuvo miedo de seguir adelante. Volvió a escuchar el ruido de los muebles desplazándose, y un frío mortal recorrió su espalda. Paralizado por el terror, pudo oír todavía cómo el señor Atkins profirió un grito seco, inarticulado, un último grito que dejó paso al silencio. Al cabo de una rato se atrevió a llamarle por su nombre, pero nadie contestaba. Ni una maldita mosca se escuchaba más allá de la puerta derribada.
Cuando al fin logró reunir los arrestos suficientes para traspasar el umbral de la habitación, todavía llegó a tiempo de ver un ligero movimiento en las puertas del armario. El señor Atkins no estaba allí, y Richard huyó despavorido, temeroso de que también a él se lo llevaran los espíritus sin dejar rastro.
Si en vez de huir hubiera tenido el valor de acercarse a la ventana abierta, hubiera descubierto que abajo, en la calle, se encontraba el cuerpo sin vida del señor Atkins, bañado ya por un gran charco de sangre.
–Exhumar el cadáver, inspector. Creo que no queda otro remedio.
El inspector Blunt, jefe de la Brigada de Servicios Especiales de Scotland Yard, tenía una bien merecida fama de flemático, pero estuvo a punto de perderla escuchando tan desconcertante historia. Los detalles eran tan espeluznantes que por primera vez en su vida se atragantó con el té y su pipa, cuya combustión era de ordinario parsimoniosa, despedía gigantescas volutas a ritmo de locomotora. La alteración nerviosa del señor Atkins, evidentemente fuera de sí, prestaba a la descripción de los hechos tanta vivacidad que consiguió despertar la imaginación del inspector Blunt hasta el extremo de hacerle visualizar mentalmente, con la nitidez de una pesadilla, todo el horror contenido en le relato. «Este hombre –pensó para sus adentros– hubiera sido un excelente vendedor a domicilio, o ese actor pluscuamperfecto que Shakespeare no logró encontrar en su vida. Tal vez así le hubieran ido mejor las cosas que como gerente de hotel».
–Las cosas empezaron a ir mal –repitió por enésima vez el señor Atkins, gerente del vetusto Hotel Amsterdam, enclavado en el corazón del Soho– cuando la señora Holliday abrió el armario de la habitación 231...
El momento en que la señora Holliday abrió el armario de su habitación, recién llegada al hotel, se había convertido para el señor Atkins en una imagen obsesionante, espantosa como la propia escena que evocaba.
–... Escuchamos su grito y luego la vimos descender aceleradamente las escaleras sudorosa, blanca como el mármol, con los ojos desorbitados. Las manos le temblaban y estuvo un momento con la respiración entrecortada, sin poder articular palabra. Cuando al fin pudo hablar nos dijo que había visto cómo se balanceaba despacio, colgado por el cuello con una cuerda de violín, el cuerpo de una mujer muerta en el interior del armario. Pidió un vaso de agua, lo bebió de un tirón, y luego se le cayo de las manos, haciéndose añicos en el suelo. Pero estoy seguro, inspector, que la señora Holliday ni se dio cuenta de ello, tanta era su excitación al recordar los ojos vidriosos del cadáver, su lengua cárdena y babeante colgando desmesuradamente del labio inferior, la espeluznante marca que la cuerda del violín, hundiéndose en la carne, había dejado en su cuello hasta casi decapitarlo... Encargué al botones que consiguiera un sedante fuerte y la llevé a mi despacho. Apenas consiguió tranquilizarse tras la ingestión del fármaco, pero sí lo bastante para escucharme. «Lo que usted ha visto –le dije– no es real. Puedo demostrárselo si se encuentra con ánimo suficiente para acompañarme a la habitación 231». Logré convencerla y en su presencia abrí el armario. Efectivamente, estaba vacío. La señora Holliday me aseguró que había visto el cadáver con absoluta nitidez. «Usted no está loca –repuso–, y aunque lo que ha visto no es real, puede haber una explicación». Entonces me vi obligado a contarle una historia que usted y sus hombres ya conocen, la del presunto suicidio de Mary Watts. Ustedes mismos dictaminaron que había sido un suicidio. Recordará, inspector Blunt, que el cuerpo de Mary Watts apareció en ese mismo armario y de esa misma forma exactamente igual a la descrita por la señora Holliday... Aunque lo sorprendente del asunto es que la señora Holliday tuvo la visión una semana después de ocurrido el lamentable suceso, cuando el cadáver de la señorita Watts ya había sido enterrado.
–Bien, señor Atkins. La suya es una historia extraordinaria, pero...
–Pero no termina ahí, inspector. Desgraciadamente, no termina ahí.
Con la voz ronca por el peso de sus emociones, el gerente del Hotel Amsterdam (vieja reliquia victoriana en cuyas habitaciones, según cierta leyenda, se inyectaba dosis masivas de heroína el mismísimo Conan Doyle) continuó provocando el asombro y la inquietud en el inspector Blunt, mucho menos curado de espanto de lo que su larga experiencia profesional permitía suponer.
–Naturalmente, ofrecimos a la señora Holliday la suite del hotel, completamente gratis y por el tiempo que quisiera, a condición de no divulgar nada de lo ocurrido. Así lo hizo, y hubiéramos olvidado el desagradable incidente a no ser porque días después volvió a repetirse la misma historia, esta vez protagonizada por un viejo clérigo recién llegado de las Indias Occidentales. Decidimos que sería mucho más rentable cerrar definitivamente la habitación 231, pero...
–Pero a pesar de ello –interrumpió esta vez el inspector– continuaron ocurriendo cosas raras, ¿no es así?
–En efecto, así es. Continuaron y continuarán, para desgracia del negocio... Aceptaría un poco más de su té, si no le importa.
–Con mucho gusto.
El señor Atkins paladeó el té ofrecido por el inspector con un gesto de absoluta desesperación. Su mano temblorosa hizo que la cucharilla tintinease sobre el plato hasta que consiguió posarlo, sano y salvo, sobre la mesa del despacho. Por un momento, el temor a que se rompiese la valiosa porcelana pesó más en el ánimo del inspector Blunt que el que le inspiraba el relato del señor Atkins. Pero fue sólo un momento, porque lo que contaba el gerente del Amsterdam (cuyo sentido común no cabía poner en duda) podía hacer estremecer incluso a una piel de elefante como la del curtido Blunt.
–La habitación fue cerrada a cal y canto. Incluso borramos el número 231 de la puerta y del casillero. Aquella habitación, a efectos comerciales, había muerto definitivamente. Pero a otros efectos, seguía más viva que nunca. Todas las madrugadas, minutos antes de las dos y media (hora aproximada en que, según el forense, Mary Watts dejó de existir), un sordo gemido que no podía confundirse con ruido de las viejas cañerías se extendía por todo el hotel, procedente de la maldita habitación 231. Las condiciones acústicas de un edificio tan viejo permiten toda clase de resonancias, y por eso advertimos a nuestros clientes que procuren no hacer ruido a partir de las diez de la noche. En consecuencia, el aullido, quejido o lo que fuese, se transmitía con una claridad impresionante...
El señor Atkins no ahorraba detalle alguno, sino que parecía complacerse en una descripción detallada y minuciosa. Así fue como el inspector Blunt se enteró de que el raro sonido podía identificarse al principio como el de un animal moribundo. Era una especie de «E» prolongada, ronca, monocorde, que de vez en cuando dejaba paso al silencio para reproducirse nuevamente después. En el profundo silencio de la madrugada, tan desacostumbrado sonido ponía los pelos de punta a quien tuviera la desgracia de escucharlo. Los clientes de las habitaciones contiguas exigieron el libro de reclamaciones y se quejaron airadamente al señor Atkins antes de abandonar el hotel. No quedó más remedio, por tanto, que clausurar también las habitaciones 230 y 232.
–El personal de servicio y yo mismo estábamos tan nerviosos que apenas podíamos pegar ojo. Cierta noche el sonido se hizo insoportablemente quejumbroso y mis nervios no aguantaron más. Extraje las llaves de la caja fuerte, abrí un cajón de mi escritorio y saqué un pequeño revólver. Era una decisión desesperada y, según sospeché, completamente inútil, pero de alguna manera había que hacer frente a la situación, si no quería que la indecible angustia de aquel gemido acabase volviéndome loco. Guardé el revólver, empuñándolo, en el bolsillo de la chaqueta, y me encaminé a la recepción para pedir al conserje que me acompañara a la 231.
Richard, el anciano conserje, estaba en su puesto muerto de miedo. Saludó la aparición del señor Atkins como si se tratara de un arcángel celestial: «Gracias a Dios que está usted despierto, señor. Creí que no podría soportarlo. Esta parece ser una noche especial, ¿verdad? Los gritos son más fuertes que nunca».
–En efecto, los gemidos se habían convertido en auténticos gritos, aunque su volumen no llegaba a ser lo bastante alto como para despertar a todo el hotel. Richard debió leer en mis ojos la determinación que había tomado, puesto que con apenas un hilo de voz me dijo: «No irá usted a subir, ¿verdad, señor?» «Sí, Richard –repuse–, es absolutamente necesario. Y quiero que usted me acompañe». Tendría que haber visto ,inspector, la cara de espanto del pobre Richard cuando le pedí que subiera conmigo. Se negó en rotundo y de nada sirvieron mis amenazas. Tuve que subir solo y soportar los lamentos igualmente odiosos: el que procedía de la 231, y a mis espaldas, el histérico Richard instándome por todos los santos a que desistiera de mi descabellado empeño. Volví la cabeza y le dije que, a partir de ese momento, se considerara despedido. Pero Richard seguía insistiendo, con la garganta atenazada por el terror, en que regresara y no cometiera semejante locura.
La pipa del inspector Blunt parecía un pequeño Vesubio a punto de entrar en erupción.
–Nunca podrá imaginarse el enorme esfuerzo que me costó subir peldaño a peldaño aquella escalera. Porque, a cada nuevo paso el inadmisible sonido, aumentando su intensidad, se pegaba persistentemente a mis oídos como un beso del Diablo. Nada pude hacer para dominar el temblor de mis piernas. Apretaba con fuerza la pistola, empapada con el sudor de mi mano, y me decía a mi mismo que, fuese lo que fuese aquello que provocaba el gemido, habría alguna forma de acabar con él... Lo angustioso era no saber cuál podría ser esa forma.
Dejando atrás la escalera, el señor Atkins caminó lentamente por la oscuridad del pasillo en dirección a la habitación 231, sobre cuya puerta parpadeaba apenas la mortecina luz de una pequeña bombilla. El miedo despertaba con violencia todos sus sentidos, y las vibraciones de aquel sonido espantoso, ahora ya tan cercano, parecían habérsele incrustado en el corazón. Con toda la mente concentrada en tales vibraciones, comprobó ahora que estaban modulando de distinta forma hasta acabar pareciéndose a largos y siseantes estertores. Estaba tan despierto que el ruido de un mosquito le hubiera producido el mismo impacto que una explosión de dinamita. Por eso se le cortó súbitamente la respiración cuando, a sus espaldas, escuchó un sonido cuya imprevista irrupción no le dio tiempo a identificar. Se volvió rápidamente y tuvo que enfrentarse con el perfil de una larga sombra que avanzaba por el pasillo. El corazón le dio un vuelco al tiempo que su mano se crispaba sobre la pistola...
–¡Santo Dios! Era el bueno de Richard, quién finalmente había optado por no dejarme solo y estuvo siguiéndome sin que me diera cuenta. Me indicó con un gesto que no me alarmara y seguidamente llevó su dedo índice a sus labios, tan asustado y tembloroso como un flan, y componiendo con ello una buena figura tan grotesca que si las circunstancias hubieran sido otras me habría echado a reír. Pero allí estábamos los dos, frente a la puerta, empuñando yo la pistola con una mano y la llave con la otra, sin saber qué hacer con ninguna de las dos, mientras el rostro de Richard había pasado de una palidez de cera a un inquietante tono casi verdoso que el miedo se complacía en estamparle, perlándole además la frente con multitud de minúsculas gotas de sudor frío... Debo confesarle que a pesar del dramatismo del momento, una parte de mi aterrorizado ánimo se conmovió por aquel gesto final de acompañarme, con el que Richard demostraba una inesperada solidaridad...
De pronto el estertor se convirtió en un grito agudo, cortante, similar al que provoca en ocasiones una muerte violenta, y a continuación reinó un silencio absoluto sobrecogedor. Pero por poco tiempo, porque al cabo de un rato fue seguido por un estrépito indescriptible, sin duda producido por el desplazamiento y caída simultánea de todos los muebles de la habitación.
–Entonces actué como un autómata, inspector. Porque de buena gana hubiera echado a correr pasillo adelante y no parar hasta llegar a la calle. En vez de eso, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta, no sin antes cerciorarme de que, a pesar del ruido producido, ningún cliente daba señales de vida. Borrachos como cubas debían estar todos para no haberse dado cuenta.
Renqueó suavemente la puerta al abrirse. La pequeña bombilla de la entrada apenas mitigaba la casi completa oscuridad del interior. Richard se aferraba tenazmente al brazo izquierdo del señor Atkins en un desesperado intento de evitar el desmayo. El señor Atkins, sin soltar la pistola, se atrevió a introducir en la oscuridad el mismo brazo que sujetaba el conserje hasta que sus dedos alcanzaron el obturador de la luz. Cuando al fin logró encender, el espectáculo que se ofreció a sus ojos les dejó atónitos: las puertas del armario giraban todavía sobre sus goznes, las ventanas estaban abiertas de par en par, los cuadros se habían desprendido de la pared, las camas, desplazadas de sus lugares adecuados, aparecían deshechas, con las sábanas hechas girones... Y no había nadie.
–No había nadie, inspector. ¿Comprende? No había absolutamente nadie. Era comprensible que Richard acabara desmayándose. Yo mismo no sé como podía soportarlo.
La pipa del inspector Blunt soltó por su cazoleta un grandioso chorro de humo, como la cola de un efímero e improbable cometa.
–No había nadie –insistió Atkins– Puede creerme: nadie en absoluto.
–Le creo, señor Atkins, le creo. Pero sigo sin comprender por qué quiere que sea exhumado el cadáver de la señorita Watts.
–¿No lo entiende? Creo que está bastante claro. A la vista de los extraordinarios acontecimientos ocurridos en el Amsterdam, sólo podemos pensar que Mary Watts no se suicidó, sino que fue asesinada. Está además el hecho de que, por muy masoquista que sea, nadie se suicida ahorcándose con una cuerda de violín. Los hechos paranormales de la habitación 231 podrían tener su raíz en la enorme tensión emocional que sufrió el psiquismo de la señorita Watts al saberse víctima de un asesinato tan horrible, y es muy posible que un minucioso examen de su cuerpo pueda establecer alguna pista segura para dar con el asesino... Francamente, inspector Blunt, yo no creo en los espíritus. Pero si creyera en ellos, no dudaría en afirmar que Mary Watts nos está pidiendo venganza desde otro mundo.
La pipa del inspector Blunt, exhausta, abandonó su boca y fue a encontrar un merecido descanso sobre la mesa. Su propietario compuso un gesto de conmiseración y trató de consolar al atribuido señor Atkins.
–Por si le sirve de algo, le diré que su historia me parece desusada, pero no inverosímil. Scotland Yard sí cree en los espíritus, sobre todo cuando están dispuestos a colaborar eficazmente con la policía. De hecho, hemos contratado a videntes (de forma extraoficial, claro está) en ciertos casos difíciles. Y casi siempre han dado buenos resultados. Pero me temo que la pobre opinión de un pobre inspector de policía no le servirá de mucho en esta ocasión. Se necesita un mandamiento judicial para ordenar el levantamiento de un cadáver. Y no creo que, con los datos que usted aporta, pueda convencer a ningún juez. Por otra parte, el forense ya realizó la autopsia, y no encontró en el caso de Mary Watts otras señales que las propias de una muerte por asfixia. Si fue asesinada, el asesina se cuidó muy bien de no dejar ninguna huella. No quedó más remedio que aceptar la tesis del suicidio... El caso está cerrado, señor Atkins, y mucho me temo que no haya nada que hacer.
–Pero todo lo ocurrido en la habitación 231...
–Usted mismo ha dicho que no encontró a a nadie en esa habitación. Lamentablemente, nosotros sólo podemos ocuparnos de los delitos cometidos por personas vivas. Las otras están completamente fuera de nuestra jurisdicción. Créame que lo siento muy de veras, pero en este caso no podemos ayudarle... Aunque, si me permite que le dé un consejo...
–Diga, diga...
–¿Por qué no prueba a cambiar la cerradura? Ya sé que es una prueba demasiado simple, tal vez. Y desde luego, nada parapsicológica. Pero le aseguro que, en ocasiones, ha dado muy buenos resultados.
«Quizá tenga razón después de todo», pensó Atkins desilusionado por la entrevista, aunque contento por no tener que soportar ya más el poco soportable aroma de la pipa del inspector Blunt. Pero le daba miedo tener que regresar al hotel con las manos vacías.
Londres fumaba su smog de cada tarde a grandes bocanadas, y los primeros faroles encendidos, envueltos en la espesa neblina, presagiaban una densa noche de otoño. Camino de su hotel, Atkins se encontró con muy pocos transeúntes, pero todos ellos, con toda probabilidad, creían en fantasmas, a juzgar por el paso rápido y el aire receloso de sus miradas, incapaces de traspasar la niebla más allá de su nariz. Y la noche hacía crecer en las esquinas su inexorable oscuridad.
Al doblar una de ellas contempló la vetusta mole del Hotel Amsterdam, difuminada por las crecientes sombras del ocaso. La historia del presunto fantasma se había extendido lo bastante como para que sólo unos pocos clientes, poco supersticiosos o ignorantes de la misma, se albergaran en sus rancias habitaciones en los últimos tiempos. Todas las que daban a la calle tenían cerradas sus ventanas salvo la 231, cuyo inexplicable desorden, del que él mismo fue testigo, había sido respetado. Los blancos visillos de aquella habitación maldita tremolaban sobre una pared que la vejez y la polución habían embadurnado de negro, y el contraste entre ambos colores resultaba más evidentes a causa de la escasa luz. Atkins no dejó de advertirlo, concentrando su atención en la ventana abierta.
Y de pronto, durante el tiempo de una exhalación, creyó haber visto tras la ventana la imagen borrosa de una mujer. Sobrecogido, sospechó que aquella visión fugaz no podía ser sino un subproducto de la tensión nerviosa, pero una furia irracional se desparramó por sus venas y la adrenalina golpeó despiadadamente su corazón.
–«¡Maldita, maldita!»
La figura entrevista volvió a cruzar la ventana, pero esta vez tan despacio como para que el señor Atkins, sobre cuya mente se posó la furia como una nube roja, pudiera contemplarla en todos sus detalles. El espanto que le producía su cuello ensangrentado, el inusitado brillo de sus ojos y de sus dientes, la torva expresión de angustia que reflejaba aquel rostro desencajado cuya mirada, cargada de odio, no se apartaba de la suya propia, todo ello actuó en su ánimo como un revulsivo. Completamente fuera de sí, cruzó la calle, atravesó el hall y subió la escalera a grandes zancadas. Richard, el conserje, contempló atónito cómo el señor Atkins corría escaleras arriba con la cara congestionada y los ojos en blanco, pero el señor Atkins no se dio cuenta de su presencia, obsesionado por la insana idea de acabar como fuera, de una vez para siempre, con aquella espantosa pesadilla.
Richard corrió tras él, pero no pudo alcanzarlo. Le escuchó farfullar unas palabras incomprensibles y se asombró al comprobar cómo un hombre ya entrado en años pudiera remontar las escaleras con tan pasmosa celeridad. Al llegar al rellano del primer piso desistió de perseguirle a tanta velocidad. Se apoyó en la baranda, resollando mientras recuperaba fuerzas, y escuchó cómo el señor Atkins, en el piso de arriba, derribaba a golpes la puerta de la habitación 231.
–¡No lo haga, señor Atkins, no lo haga!
Y olvidándose de sus muchos años, el viejo Richard Perkins subió también las escaleras que le faltaban como una liebre. Vio la puerta derribada de la habitación, al final del oscuro pasillo, y percibió la agitada voz del señor Atkins envuelta en un aullido inconfundible.
–¡Sal de ahí, maldita, engendro del Diablo!
El aullido resonaba ahora en el pasillo en un tono desgarrador, ahogando con creces los gritos del señor Atkins, y Richard tuvo miedo de seguir adelante. Volvió a escuchar el ruido de los muebles desplazándose, y un frío mortal recorrió su espalda. Paralizado por el terror, pudo oír todavía cómo el señor Atkins profirió un grito seco, inarticulado, un último grito que dejó paso al silencio. Al cabo de una rato se atrevió a llamarle por su nombre, pero nadie contestaba. Ni una maldita mosca se escuchaba más allá de la puerta derribada.
Cuando al fin logró reunir los arrestos suficientes para traspasar el umbral de la habitación, todavía llegó a tiempo de ver un ligero movimiento en las puertas del armario. El señor Atkins no estaba allí, y Richard huyó despavorido, temeroso de que también a él se lo llevaran los espíritus sin dejar rastro.
Si en vez de huir hubiera tenido el valor de acercarse a la ventana abierta, hubiera descubierto que abajo, en la calle, se encontraba el cuerpo sin vida del señor Atkins, bañado ya por un gran charco de sangre.
7 jul 2011
EL ROBLE por Pedro Montero
En torno al tronco del roble había un rústico banco de tablas, y allí se sentaba Lisa las tardes de verano para leer apaciblemente bajo la densa sombra que proyectaba su copa.
Una de las ramas del árbol llegaba justamente hasta la ventana de la habitación de la muchacha, la cual había tomado la costumbre, desde muy niña, de deslizarse por ella hacia el suelo.
La primera vez que su abuela descubrió aquel sistema de abandonar la casa, se enojó sobremanera y amenazó a Lisa con un sinfín de castigos si insistía en utilizar aquel medio de descenso en lugar de la escalera. Por aquel entonces, Lisa no contaba más de nueve años de edad, y, durante dos o tres semanas, renunció a deslizarse por la rama hasta el tronco, y desde allí al suelo, pero al poco tiempo regresó al antiguo hábito. Con el paso de los años, hasta la abuela terminó por acostumbrarse, y, viendo que la niña descendía por el roble con tanta seguridad como por la escalera, no volvió a mencionar el tema.
Si alguna vez una compañera de la escuela hacía una visita a Lisa y se encerraban juntas en su cuarto para hacer los deberes, la acompañante, al finalizar la tarea, pedía permiso a Lisa para utilizar aquella original vía de escape; pero la muchacha, absolutamente inflexible a este respecto, denegaba su autorización. Ella exclusivamente gozaba del privilegio de utilizarlo.
— ¿Me dejas bajar por el roble? — solicitaba tímidamente la amiga.
— Ni hablar — respondía Lisa— . El roble es mío.
Durante las largas tardes de verano, sentadas ambas en el rústico banco, Lisa preguntaba a su abuela cosas acerca del árbol.
— ¿Cuántos años tiene el roble, abuela?
— Muchos — respondía la anciana levantando la vista hacia las ramas que les proporcionaban sombra.
— ¿Quién lo plantó?
— Un hermano de tu padre — explicaba la abuela— ; tu tío Florencio. Y la mirada de sus ojos azules se ensombrecía un instante— . Lo plantó el mismo día en que cumplía los diecisiete años.
— ¿Y dónde está tío Florencio ahora?
— Murió. Se lo llevó Dios muy pocos meses después de que plantara el árbol.
— ¿Por qué...? — insistía la niña— ; pero la abuela, al llegar a este punto, daba por terminada la conversación.
— Tráeme las gafas, hija. Están encima de la mesilla.
En las noches de primavera, con la ventana entreabierta, el sueño de Lisa era arrullada por el leve agitarse de las hojas a impulsos de la brisa. Durante el invierno, las ramitas del roble, movidas por el viento helado, eran como dedos que llamaran a los cristales de la ventana de Lisa.
En cierta ocasión, durante la época de los frutos, y cuando la muchacha se contaba ya doce años de edad, se hallaba ésta adormecida sobre el banco que rodeaba el tronco del roble. La tarde era calurosa y, abandonando el libro que estaba leyendo, Lisa fue sumergiéndose en un agradable sopor. Al cabo de un rato se removió inquieta. Oscuros sueños se agolparon tras su frente y fueron extendiéndose en oleadas hasta su cintura. De súbito, un agudo pinchazo despertó a la muchacha, que, llevándose la mano hacia uno de sus muslos, advirtió que sus dedos se llenaban de sangre. Una bellota desprendida de las ramas del roble había venido a caer sobre sus piernas produciéndole una pequeña herida.
Presa de una gran agitación, y temblando de miedo, Lisa corrió hasta la casa llamando a su abuela, la cual lejos de perder la calma, acunó a la muchacha entre sus brazos y la besó tiernamente.
Al cabo de algún tiempo, los abuelos mantuvieron una entrevista con la maestra de Lisa y, como responsables que eran del porvenir de la muchacha, solicitaron consejo de la profesora acerca de los estudios que podía seguir. Entre los tres decidieron que lo que le convenía a la joven era adquirir lo que venía en llamarse «cultura general». En vista de lo cual, se decidió que Lisa se trasladara durante uno o dos años a Santa Agueda, donde, viviendo en casa de unos parientes lejanos, podría asistir a las clases e un colegio reconocido.
La noche anterior a su partida, Lisa se asomó a la ventana de su dormitorio y acarició las hojas del roble con cierta nostalgia. Se hallaba tan acostumbrada a aquella habitación y a aquel rasguñar de las ramas sobre los cristales, que le parecía que no podría volver a conciliar el sueño sin escuchar el rumor de las hojas del árbol movidas por el viento.
A media noche se despertó. Había dejado la ventana abierta, y una difusa luz lunar bañaba las ramas del roble, que parecían tiritar bajo un manto de escarcha. Acercándose a la ventana, contempló el roble detenidamente, agitado por el vientecillo nocturno, y las lágrimas acudieron a sus ojos, y, aproximando su mano a las hojas del árbol, arrancó unas cuantas y las guardó entre las páginas de un libro.
A la mañana siguiente, después de haber hecho la maleta y haberla depositado en el porche, subió de nuevo a su habitación y, saliendo a través de la ventana, descendió pausadamente por la rama del roble hasta poner los pies sobre el banco que rodeaba el tronco. Después se sentó con los abuelos a la espera de que se hiciera la hora de encaminarse a la estación.
La primera noche en Santa Agueda apenas si consiguió dormir dos horas. Los rumores de la ciudad eran tan distintos de aquellos a los que estaba acostumbrada, que, no bien percibió la claridad del día, se levantó de la cama, y, descorriendo las cortinas, se asomó a la ventana que daba al bulevar. Lo primero que sus ojos vieron fueron las achaparradas acacias de redondeadas copas. Rodeadas por el asfalto, sus escuálidos troncos surgían a través de exiguos cuadriláteros en los que podía verse una tierra negruzca y reseca. Las hojas de las acacias estaban cubiertas con una capa de polvo que ocultaba su natural verdor otorgándoles un color grisáceo y sucio. Inmediatamente sus pensamientos se dirigieron hacia el roble.
La segunda noche durmió mejor, y la tercera, no en vano era una muchacha joven y vigorosa, descansó tan profundamente como hubiera podido hacerlo en casa de sus abuelos.
Al cabo de unas semanas dejó de sentir nostalgia por la casa de campo y no volvió a echar de menos el rozar de las ramas del roble contra los cristales de la ventana. Tan sólo de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia, abría el libro y contemplaba las hojas que aquella noche introdujera entre sus páginas.
Durante aquel año de estancia en Santa Agueda, la muchacha se desarrolló extraordinariamente, y, cuando se aproximaban las vacaciones de verano, nuevamente renació en ella la ilusión por la vida campestre.
Apenas puso el pie en la finca, después de saludar a los abuelos, que la recibieron alborozados, subió a su habitación, y abriendo la ventana de par en par hacia el crepúsculo, se apoyó en el alféizar y contempló el roble a la luz carmesí del atardecer. Su primer impulso fue descender por la gran rama, y, con sumo cuidado, apoyó los pies sobre la áspera corteza. Entonces tuvo miedo, y advirtió que había crecido demasiado y que su sentido del equilibrio se había embotado durante los meses de ausencia. Vaciló un instante, y luego, volviendo a recoger las piernas, se introdujo de nuevo en la habitación y descendió por la escalera.
Aquella noche, como una salutación a su llegada, se levantó un fuerte viento, y las ramas del roble repicaron incesantemente en la ventana impidiendo a Lisa conciliar el sueño. Molesta en un principio, fue sin embargo poco a poco vencida por los antiguos rumores y los familiares chasquidos que ya casi había olvidado, y abandonando el lecho, se asomó a la ventana. La luna derramaba su luz sobre el árbol, que parecía invitarla en su incesante movimiento a sentir sobre su cuerpo aquella misma agitación, e incapaz de sustraerse a aquel extraño encanto, descalza y con ropa de dormir. Lisa salió a través de la ventana y puso sus pies sobre la rugosa corteza de la gran rama. El suave vaivén producido por el viento se transmitió a todo su cuerpo. Poco a poco fue alejándose de la ventana, y, como un equilibrista fantástico y convaleciente, comenzó a descender por el roble. La fresca brisa nocturna agitaba sus ropas y enredaba sus cabellos. Las ramas más pequeñas rozaban ásperamente su cuerpo, y centenares de hojas y renuevos obstruían el pasillo por donde antaño acostumbraba a bajar.
Cuando puso pie sobre el banco, una sonrisa iluminaba sus labios, y una violenta respiración agitaba su pecho. Gran cantidad de hojas se habían enredado en su cabello; su camisón aparecía desgarrado en algún punto, y sus brazos y piernas mostraban largos arañazos como los producidos por el estrecho y apasionado abrazo de un transporte de amor.
Una de aquellas tardes, sentadas abuela y nieta en el banco del roble, Lisa sintió la necesidad de saber algo más acerca del árbol.
— ¿Cómo era Florencio? — insistió al ver que su abuela no levantaba la cabeza de la labor.
— Murió muy joven — respondió la remisa abuela.
— ¿De qué murió?
— Se despeñó. Un accidente — explicó la abuela con un tono que no dejaba lugar a dudas acerca de que no deseaba hablar más del asunto.
Los días durante aquel verano transcurrían apacibles. Lisa se sumergió de nuevo en los placeres de una vida relajada y sin horario. Olvidó en gran parte los conocimientos que había adquirido durante su estancia en Santa Agueda, o quizás los almacenó en alguna parte de su cerebro y no se preocupó más que de vagar por los campos cercanos o tenderse perezosamente a la sombra del roble.
Acostada en el rústico banco de tablas, se sentía protegida por la frondosa enramada que se extendía sobre su cabeza; experimentaba la sensación de que nada malo podría ocurrirle bajo aquel dosel vegetal, pero, simultáneamente, se sentía infeliz sabiendo que, al cabo de algunas semanas volvería a estar lejos de su árbol.
La noche anterior a la partida, permaneció hasta muy tarde en la ventana. El brillo hiriente de las estrellas se filtraba de forma intermitente a través del follaje, y las ramas del roble eran mecidas por una suave brisa. Acodada en el alféizar, dejó que las ásperas hojas juguetearan con sus manos hasta que, sobresaltada, le pareció que la leve caricia de las pequeñas ramas se iba convirtiendo en algo que no acertaba a definir, pero que le producía una mezcla de atracción y miedo.
Aquella noche, mientras los dedos del roble llamaban insistentemente en la ventana, soñó que su tío Florencio había vuelto a la casa y la llamaba pronunciando su nombre desde el pie del roble.
Las tías solteronas de Lisa se sorprendieron, al término de las vacaciones, de lo cambiada que estaba la muchacha. El leve parecido de sus rasgos con las facciones de su difunta madre se había acentuado de tal modo que, para corroborar el hecho, se apresuraron a sacar de los cajones de la cómoda los viejos álbumes de fotografías. Así fue cómo la joven vio par primera vez el rostro de Florencio.
Independientemente de contemplar con detenimiento la efigie de su madre, a fin de cerciorarse de lo que sus tías consideraban extraordinario parecido, Lisa fue conociendo, a través de una larga serie de fotografías, al que, años ha, plantara el árbol.
Ya desde muy pequeño, llamaba la atención la intensidad de la mirada de Florencio. Cinco años menor que el padre de la muchacha, la diferencia de edades se iba diluyendo con el paso de los años, y si, en las primeras fotografías Florencio aparecía como un bebé al lado de su hermano mayor, en la última existente la estatura de ambos era idéntica, y podía preverse que, de haber continuado con vida, Florencio habría aventajado en altura al padre de Lisa, puesto que ya a los diecisiete años su complexión era mucho más robusta.
Sorprendió a la muchacha el hecho de que una de las instantáneas apareciera cortada, como si, junto a su madre, hubiera posado otra persona a la que el paso del tiempo hubiera hecho indeseable. Sintió deseos de preguntar de quién se trataba, pero temiendo una respuesta evasiva, se abstuvo.
A la par que las fotografías iban pasando de mano en mano, las tías de Lisa, con cierta resistencia al principio, fueron sacando a relucir detalles de la vida de Florencio.
Tímido y apocada desde la primera infancia, sus padres tomaron como vocación religiosa lo que no era sino una cierta cortedad fruto de un espíritu reconcentrado, y obedeciendo a deseos de la abuela, en parte, y para que no se desaprovechasen las dotes intelectuales del muchacho, se decidió lo que por entonces se consideraba como la cosa más natural del mundo, y Florencio ingresó a los doce años en el seminario.
Una larga serie de fotografías mostraba a los dos hermanos creciendo juntos. Marcos, el mayor, luciendo casi siempre un rústico pantalón de pana y camisa abotonada hasta el cuello. Florencio con traje oscuro, al principio, y sotana desde los quince o dieciséis años. La abierta sonrisa del primogénito contrastaba con la seriedad del pequeño, cuyos ojos negros parecían mirar a la cámara con más fijeza e intensidad que el objetivo le miraba a él.
En la colección de instantáneas del último verano hacía su aparición la que más tarde habría de ser madre de Lisa, una muchacha muy bella, y, con la que, en efecto, Lisa tenía un extraordinario parecido.
En las fotografías, aparecía frecuentemente flanqueada por los dos hermanos. Marcos sonreía eternamente a la cámara, pero los ojos de Florencio no miraban y a al objetivo, sino que se dirigían las más de las veces hacia los de la novia de su hermano. Y en los labios de Florencio comenzó a dibujarse una sonrisa ausente hasta entonces.
A partir de la muerte del hermano menor, las fotografías no eran tan numerosas, y sí mucho más espaciadas en el tiempo. La última de la serie, previa a la boda, mostraba a la novia sentada sobre una roca con la mirada perdida en la lejanía. El futuro padre de Lisa pasaba su brazo por los hombros de la novia, pero en sus labios ya no había huellas de la sonrisa que tanto acostumbraba a prodigar.
—¿Cómo murió tío Florencio? —preguntaba Lisa.
—Un accidente —respondían con parquedad as solteronas.
—¿Qué clase de accidente?
—Se despeñó.
—¿Dónde está enterrado? —insistía curiosa la muchacha.
—Las niñas educadas no hacen tantas preguntas —argüían las tías dando por terminada la conversación.
De nuevo llegó el verano, y con él las vacaciones. En el andén de la estación, los abuelos esperaban a la muchacha. Apenas puso ésta pie en tierra, el abuelo corrió hacia ella y tomándola en sus brazos la estrechó contra él. La abuela permaneció unos pasos más atrás, y cuando Lisa pudo verla, advirtió que había lágrimas en sus ojos.
—Cómo te pareces a tu madre —sollozó la anciana apenas conteniendo el llanto—. Te has convertido en su vivo retrato —y la joven se sintió durante unos instantes la encarnación de su madre, muerta pocas horas después del parto.
Lo primero que hizo Lisa, apenas traspasó la cerca, fue depositar la maleta en tierra y correr hacia su árbol. Encaramándose en el viejo banco de madera, rodeó el tronco con sus brazos y aproximó su mejilla hasta que la rugosa corteza le arañó la piel. Por primera vez, la abuela no festejó aquel reencuentro con una sonrisa. Mientras el abuelo entraba en la casa llevando la maleta, la anciana se aproximó a Lisa.
—Ya eres una mujer, hija —dijo—. Déjate de niñerías—. Y suavemente separó los brazos de la muchacha del roble y se la llevó hacia la casa.
Lisa se entristeció al comprobar que carecía ya de la seguridad suficiente para descender, como antaño, por la rama del roble. Más de una vez intentó abandonar su dormitorio utilizando el antiguo sistema, pero, temerosa de perder pie, tuvo que renunciar a última hora. Se contemplaba en el gran espejo del armario ropero que le devolvía la imagen e una muchacha casi por completo convertida en mujer. Se debatía indecisa entre la satisfacción de saberse madura y la nostalgia, materializada en el ya imposible descenso, de saber que se alejaba para siempre de la dorada época de la niñez.
Segura de que en la casa tenía que haber copias, y quién sabe si nuevos originales, de las fotografías que había visto en Santa Agueda, rebuscó, a espaldas de su abuela, en todos los cajones y arcas que había en la vivienda. Finalmente, un día, dio con un envoltorio, y al separar cuidadosamente el papel de seda, una colección de fotografías apareció ante sus ojos.
Temerosa de ser descubierta, decidió obrar con calma. Volvió a dejar todo en el mismo orden en que lo encontró; se guardó las fotografías y, pretextando dar un paseo, se alejó caminando hasta la orilla del río. Allí, sentada entre los cañaverales, desenvolvió el paquete.
La mayoría de los retratos los había visto ya en casa de sus tías, pero había algunos inéditos. Especial sorpresa le causó la contemplación de sí misma en alguno de ellos, y le costó verdadero trabajo llegar a admitir que era la imagen de su madre, tan parecida a la suya, la que había quedado fijada para siempre en la amarillenta cartulina.
Cuando ya estaba dando fin al examen de las fotografías, halló finalmente una copia de aquella que más le intrigaba, y, esta vez, ninguna mano purificadora había cortado por la mitad la instantánea. No era difícil comprender los sentimientos que habían embargado a su padre, si había sido él, como parecía lógico, el autor de aquel retrato.
La parte derecha de la foto estaba ocupada por su madre, que sonriendo plácidamente, miraba con tranquilidad, no exenta de cierto descaro, hacia el objetivo. En la parte izquierda, aquella que un drástico tijeretazo había hecho desaparecer del álbum de Santa Agueda, aparecía Florencio cuando, a juzgar por la fecha escrita en el reverso, no faltaban sino escasas semanas para su muerte.
Toda la persona de Florencio aparecía como presa de un incontenible movimiento de atracción hacia la novia de su hermano. A pesar de que los dos jóvenes se hallaban discretamente separados, se hubiera dicho que, segundos más tarde, la distancia que mediaba entre los iba a desaparecer. El aire ausente de la madre de Lisa, la plácida sonrisa que afloraba en sus labios, y la indiferente contemplación del objetivo de la cámara, daban la impresión de un mudo consentimiento a la, ya indiscreta, adoración de su futuro cuñado.
En cuanto a Florencio, todo su cuerpo aparecía recorrido, y así había quedado congelado para siempre en la instantánea, por una corriente que le impulsaba hacia la muchacha que posaba a su lado. Sus manos parecía desear una inmediata aproximación a la mujer. Su cuerpo todo se inclinaba imperceptiblemente hacia la izquierda igual que una goleta, con el viento en sus velas, se ladea cómplice deseosa de recalar en el puerto. Su rostro, despreciando la fría mirada del objetivo, aparecía de perfil, y en sus labios, por vez primera, florecía una sonrisa parecida a la que, constantemente se asomaba a la faz de su hermano.
La última fotografía mostraba a Florencio, en mangas de camisa, plantando el roble. Una de sus manos sostenía al arbolillo por el tronco, y la otra un azadón con el que, sin duda, había practicado el hoyo donde iban a plantar el árbol. Sus ojos, no obstante, contemplaban a alguien que se hallaba fuera del campo de la cámara. El encuadre de la fotografía era imperfecto, y el ligero desenfoque parecía revelar que la cámara fotográfica había temblado un momento en manos del autor de la instantánea.
—Cómo te pareces a Lisa —dijo una voz a su espalda.
La muchacha se estremeció sobresaltada, y guardando apresuradamente las fotografías en el papel de seda, se puso en pie. La mujer que había hablado portaba a la cabeza un cesto de ropa, que, con toda probabilidad, pensaba lavar en el río. Sonriendo apaciblemente, continuó diciendo:
—Como se entere tu abuela de que has estado viendo las fotos, se va a enfadar.
Lisa sintió el deseo de parar los pies a la intrusa.
—Son mis padres —dijo con un tono retador que al instante le pareció innecesario.
—Lo sé —repuso la mujer—. Y tu tío Florencio —añadió depositando sobre la hierba el cesto de ropa—. Mi marido era aparcero, y vivíamos en la casucha, al lado de la casa de tus abuelos —explicó.
—¿Conociste a mi padre? —preguntó Lisa sin poder evitarlo.
—Todos los meses le llevo la ropa limpia a la cárcel de Villarta —repuso la mujer atusando suavemente un mechón de cabellos que se derramaba sobre el hombro de la muchacha.
Faltaba todavía una semana para que finalizaran las vacaciones de verano, cuando los abuelos decidieron que Lisa se trasladara a Santa Agueda. La muchacha no se extrañó en lo más mínimo. Alguien se habría encargado de comunicarles que la antigua aparcera y Lisa tenían frecuentes charlas a la orilla del río, y los ancianos habían considerado más prudente cortar aquella comunicación antes de que el espíritu de la muchacha se viera turbado por revelaciones inconvenientes para la que todavía consideraban una niña.
En el transcurso de aquel verano, no obstante, la transformación física de Lisa se había acentuado de tal modo que, solamente el natural deseo de los ancianos y su resistencia a que la joven adquiriera la independencia consustancial a la mayoría de edad, podían ser causa de que sus abuelos continuaran viéndola como a una niña.
Por otra parte, algo se había quebrado en el alma de la muchacha. A través de su mirada podía intuirse que, lejos de hallarse todavía en aquel tranquilo y sosegado mundo de la infancia, su espíritu había arrobado ya a otras playas tras sortear los procelosos mares de la edad adolescente.
Lisa no gustaba ya de sentarse a la sombra del roble a leer un libro o a hacer compañía a su abuela mientras ésta tejía interminables labores de punto. Mas bien parecía rehuir al árbol y si, al salir de la casa, se dirigía hacia el extremo sur de la empalizada, prefería dar un pequeño rodeo antes de cruzar bajo la copa del roble.
Sin embargo, en más de una ocasión, había sido sorprendida por su abuela apoyada en la cerca y contemplando desde lejos el roble, como si la distancia interpuesta constituyera una especie de salvaguarda previsora. En aquellos momentos, si algún observador hubiera podido mirar de cerca en los ojos de Lisa, habría sorprendido en ellos una extraña mezcla de temor y de fascinación, una paradójica alianza de miedo y culpable ansiedad similar a la que se observa en el gorrión fascinado por la serpiente.
La noche anterior a la partida de Lisa, se levantó un fuerte viento, y las ramas del árbol e agitaron como brazos en la oscuridad.
—El roble se está despidiendo de ti —comentó el abuelo jocoso. Pero Lisa sabía que las movedizas ramas la estaban llamando.
Cuando la joven se retiró a su habitación, los dedos del roble repiqueteaban en los cristales de la ventana con una insistencia y una urgencia tales que amenazaban con quebrarlos. Lisa comenzó a desnudarse, pero enseguida se detuvo, y, aproximándose a la ventana, echó las cortinas con un rápido movimiento. Acto seguido, terminó de despojarse de sus vestidos y se sumergió en el lecho.
El viento se colaba por las rendijas de la madera, y sus suspiros, unidos al rozar de las ramas contra el cristal, fueron inundando el alma de la muchacha que, al rato, se vio sumida en una extraña pesadilla.
Soñó que, a la pálida luz de la luna, que bañaba veladamente el cuarto, difuminada por la cortina interpuesta, abría un armario de roble y se probaba uno de los vestidos de su madre. Después, aproximándose al antiguo lavabo de loza, humedecía ligeramente un peine en agua e iba modelando sus cabellos de una manera distinta a la habitual. Un ligero toque de sombra en los párpados y una leve aplicación de colorete en las mejillas dieron fina a la transformación.
De pronto, un golpe de aire hizo rechinar las maderas, y, un segundo más tarde, la ventana se abrió de para en par. El viento inundó la estancia, y la cortina de lienzo revoloteó como una gran ave arrebatada por el huracán. La gran rama del roble crujía cerca de la ventana, y las ramas más menudas arañaban el marco como los dedos engarfiados de un asaltante que pretendiera introducirse en la habitación.
Bañada por la claridad lunar, Lisa se levantó del lecho, y, al tiempo que innumerables hojas del roble rozaban sus brazos desnudos, se acercó a ala ventana y la cerró no sin esfuerzo. El viento, al colarse entre las ramas del árbol, le arrancaba suspiros prolongados y tristes. La muchacha, hollando con sus pies descalzos las ásperas hojas de roble, volvió sobre sus pasos y se acostó nuevamente.
Al cabo de algunas horas, algo la sustrajo del intranquilo sueño en que se hallaba sumida. El viento había cesado por completo, y las ramas habían desistido de repicar contra los cristales. El lienzo rectangular pendía terso, y la luz de la luna dibujaba contra él la silueta de la ventana. El aullido de un perro en la lejanía ascendía vertical hacia el cielo estrellado.
Cuando Lisa abrió la puerta del armario, el reflejo de la luna recorrió como un fugaz relámpago las paredes de la habitación. Su mano, guiada quién sabe por qué misterioso influjo, se alzó hasta la barra metálica y descolgó un vestido que no le pertenecía.
Se contempló ante el espejo ataviada con aquel antiguo atuendo, y, con un gesto sonámbulo, ordenó su peinado pasando después del dedo corazón por el arco de sus cejas. Reacomodó los volantes del encaje balcón sobre su pecho y se detuvo largo rato mirándose bajo la fantasmal luz del astro nocturno. Un chasquido resonó en el cristal de la ventana. Lisa volvió la cabeza en aquella dirección y al cabo de unos instantes se repitió aquel leve crujido. Se hubiera dicho que, desde el exterior, alguien lanzaba piedrecitas contra la ventana para llamar la atención de la muchacha.
Descorrió lentamente la cortina de lienzo, y, procurando no hacer ruido, fue abriendo con sigilo la ventana. Instantes después se apoyaba en el alféizar ofreciendo la mitad de su cuerpo a la noche. Desde aquella posición contempló el roble. La ausencia de viento hacía que sus ramas se mantuvieran inmóviles y dirigidas hacia el lugar en que ella se encontraba. La opalina claridad de la luna se derramaba sobre el árbol, que bajo aquel manto frío parecía bañado por gélida escarcha. La sombra producida por la copa proyectaba un denso círculo de oscuridad que mantenía oculta la zona del tronco. El reflejo de la luna propiciaba el ambiente fantástico al arrancar reflejos metálicos de los pendientes frutos.
De súbito, una ligera ráfaga de viento estremeció las ramas más pequeñas del roble, y aquel movimiento se transmitió hasta las alturas. Las ásperas hojas acariciaron los brazos desnudos de Lisa y trazando en ellos delgadas líneas blanquecinas. La brisa cesó, y en aquel hiriente silencio nocturno, un susurro llegó desde la sombría base del árbol hasta los oídos de la muchacha. «Lisa, Lisa», creyó sentir confusamente.
Como obedeciendo a algún mandato extraño, la joven, de igual manera que en tantas ocasiones, salió a través de la ventana y puso sus pies descalzos sobre la gran rama del roble. De algún modo sabía que aquella era la última vez que podría intentarlo; que a partir de aquella noche habría perdido definitivamente la necesaria ingenuidad fruto de la niñez; que aquella iba a ser la postrera ocasión en que descendería hasta el suelo d aquel modo.
Sintiendo bajo sus plantas las rugosidades de la gran rama, caminó como una fantasmal funámbula apartando suavemente la hojarasca. Apenas había dado dos pasos, cuando se sintió rodeada por la maraña vegetal. Las pequeñas ramas se enganchaban en el vestido igual que dedos que desearan apresarla, las boscosas hojas arañaban su piel y retenían sus cabellos. La rugosa corteza cosquilleaba la planta de sus pies a cada paso. Nuevamente un susurro se elevó desde la oscuridad. «Lisa», oyó, al tiempo que la sangre palpitaba en sus oídos.
En aquel momento se levantó una ligera brisa que, en pocos segundos, adquirió una fuerza inusitada. La muchacha extendió los brazos en cruz y, agarrándose a las ramas laterales, continuó el descenso. La fuerza del viento arreció, y la gran rama por la que caminaba se meció a impulsos del huracán. Una ráfaga arrancó numerosas hojas que se enredaron en los cabellos de la muchacha, y, mezclado con el naciente ulular del viento, un nuevo suspiro surgió muy cerca del tronco.
—«Lisa...»
Incapaz de mirar hacia abajo, con los cinco sentidos puestos en guardar el equilibrio, la muchacha, impertérrita, y sin que la mínima muestra de pánico aflorara a sus ojos, continuó el descenso. En aquel momento, una sombra se separó de la oscura zona en que estaba sumido el tronco, y una figura humana se encaminó hacia la puerta de la casa.
—«Lisa...»
Sólo dos pasos más y llegaría a la zona del tronco, al que podría asirse con más seguridad. El aire hacía ondear el blanco vestido de la joven, y todas las ramas, como si el huracán las hubiera dotado de vida independiente, rodeaban el cuerpo de Lisa en un apretado abrazo que cada vez iba haciéndose más estrecho.
—«Lisa...»
Esta vez, la muchacha no pudo impedirse mirar hacia la ventana, y, al percibir la silueta del hombre que la contemplaba con los brazos apoyados en el alféizar, lanzó un grito de terror. Aquella sonrisa era algo que había llegado a conocer muy bien.
Al girar la cabeza, perdió el sentido del equilibrio y vaciló. El huracán adquirió una fuerza tan brutal que amenazaba con arrancar de cuajo el árbol. Un momento después, al intentar alcanzar el tronco con sus manos, Lisa perdió pie y se desplomó en el vacío, pero, antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo, las ramas más bajas, seguramente impulsadas por el viento, formaron un ligero entramado que fue suficiente para aliviar la fuerza de la caída. En aquel momento, se desató toda la furia del vendaval. Se escuchó un horrísono crujido, y el roble, abatido por la violencia del huracán, se desplomó contra la casa aplastando en su caída a la figura que contemplaba el cuerpo de Lisa en tierra.
Si la muchacha no hubiera perdido el conocimiento al precipitarse en el suelo, se habría apercibido de que, dos metros más allá, justamente al lado de donde, segundos antes, se encontraba el tronco del roble, se hallaba un maleta de madera como as que dan en la prisión de Villarta a los reclusos que acaban de cumplir su condena.
Una de las ramas del árbol llegaba justamente hasta la ventana de la habitación de la muchacha, la cual había tomado la costumbre, desde muy niña, de deslizarse por ella hacia el suelo.
La primera vez que su abuela descubrió aquel sistema de abandonar la casa, se enojó sobremanera y amenazó a Lisa con un sinfín de castigos si insistía en utilizar aquel medio de descenso en lugar de la escalera. Por aquel entonces, Lisa no contaba más de nueve años de edad, y, durante dos o tres semanas, renunció a deslizarse por la rama hasta el tronco, y desde allí al suelo, pero al poco tiempo regresó al antiguo hábito. Con el paso de los años, hasta la abuela terminó por acostumbrarse, y, viendo que la niña descendía por el roble con tanta seguridad como por la escalera, no volvió a mencionar el tema.
Si alguna vez una compañera de la escuela hacía una visita a Lisa y se encerraban juntas en su cuarto para hacer los deberes, la acompañante, al finalizar la tarea, pedía permiso a Lisa para utilizar aquella original vía de escape; pero la muchacha, absolutamente inflexible a este respecto, denegaba su autorización. Ella exclusivamente gozaba del privilegio de utilizarlo.
— ¿Me dejas bajar por el roble? — solicitaba tímidamente la amiga.
— Ni hablar — respondía Lisa— . El roble es mío.
Durante las largas tardes de verano, sentadas ambas en el rústico banco, Lisa preguntaba a su abuela cosas acerca del árbol.
— ¿Cuántos años tiene el roble, abuela?
— Muchos — respondía la anciana levantando la vista hacia las ramas que les proporcionaban sombra.
— ¿Quién lo plantó?
— Un hermano de tu padre — explicaba la abuela— ; tu tío Florencio. Y la mirada de sus ojos azules se ensombrecía un instante— . Lo plantó el mismo día en que cumplía los diecisiete años.
— ¿Y dónde está tío Florencio ahora?
— Murió. Se lo llevó Dios muy pocos meses después de que plantara el árbol.
— ¿Por qué...? — insistía la niña— ; pero la abuela, al llegar a este punto, daba por terminada la conversación.
— Tráeme las gafas, hija. Están encima de la mesilla.
En las noches de primavera, con la ventana entreabierta, el sueño de Lisa era arrullada por el leve agitarse de las hojas a impulsos de la brisa. Durante el invierno, las ramitas del roble, movidas por el viento helado, eran como dedos que llamaran a los cristales de la ventana de Lisa.
En cierta ocasión, durante la época de los frutos, y cuando la muchacha se contaba ya doce años de edad, se hallaba ésta adormecida sobre el banco que rodeaba el tronco del roble. La tarde era calurosa y, abandonando el libro que estaba leyendo, Lisa fue sumergiéndose en un agradable sopor. Al cabo de un rato se removió inquieta. Oscuros sueños se agolparon tras su frente y fueron extendiéndose en oleadas hasta su cintura. De súbito, un agudo pinchazo despertó a la muchacha, que, llevándose la mano hacia uno de sus muslos, advirtió que sus dedos se llenaban de sangre. Una bellota desprendida de las ramas del roble había venido a caer sobre sus piernas produciéndole una pequeña herida.
Presa de una gran agitación, y temblando de miedo, Lisa corrió hasta la casa llamando a su abuela, la cual lejos de perder la calma, acunó a la muchacha entre sus brazos y la besó tiernamente.
Al cabo de algún tiempo, los abuelos mantuvieron una entrevista con la maestra de Lisa y, como responsables que eran del porvenir de la muchacha, solicitaron consejo de la profesora acerca de los estudios que podía seguir. Entre los tres decidieron que lo que le convenía a la joven era adquirir lo que venía en llamarse «cultura general». En vista de lo cual, se decidió que Lisa se trasladara durante uno o dos años a Santa Agueda, donde, viviendo en casa de unos parientes lejanos, podría asistir a las clases e un colegio reconocido.
La noche anterior a su partida, Lisa se asomó a la ventana de su dormitorio y acarició las hojas del roble con cierta nostalgia. Se hallaba tan acostumbrada a aquella habitación y a aquel rasguñar de las ramas sobre los cristales, que le parecía que no podría volver a conciliar el sueño sin escuchar el rumor de las hojas del árbol movidas por el viento.
A media noche se despertó. Había dejado la ventana abierta, y una difusa luz lunar bañaba las ramas del roble, que parecían tiritar bajo un manto de escarcha. Acercándose a la ventana, contempló el roble detenidamente, agitado por el vientecillo nocturno, y las lágrimas acudieron a sus ojos, y, aproximando su mano a las hojas del árbol, arrancó unas cuantas y las guardó entre las páginas de un libro.
A la mañana siguiente, después de haber hecho la maleta y haberla depositado en el porche, subió de nuevo a su habitación y, saliendo a través de la ventana, descendió pausadamente por la rama del roble hasta poner los pies sobre el banco que rodeaba el tronco. Después se sentó con los abuelos a la espera de que se hiciera la hora de encaminarse a la estación.
La primera noche en Santa Agueda apenas si consiguió dormir dos horas. Los rumores de la ciudad eran tan distintos de aquellos a los que estaba acostumbrada, que, no bien percibió la claridad del día, se levantó de la cama, y, descorriendo las cortinas, se asomó a la ventana que daba al bulevar. Lo primero que sus ojos vieron fueron las achaparradas acacias de redondeadas copas. Rodeadas por el asfalto, sus escuálidos troncos surgían a través de exiguos cuadriláteros en los que podía verse una tierra negruzca y reseca. Las hojas de las acacias estaban cubiertas con una capa de polvo que ocultaba su natural verdor otorgándoles un color grisáceo y sucio. Inmediatamente sus pensamientos se dirigieron hacia el roble.
La segunda noche durmió mejor, y la tercera, no en vano era una muchacha joven y vigorosa, descansó tan profundamente como hubiera podido hacerlo en casa de sus abuelos.
Al cabo de unas semanas dejó de sentir nostalgia por la casa de campo y no volvió a echar de menos el rozar de las ramas del roble contra los cristales de la ventana. Tan sólo de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia, abría el libro y contemplaba las hojas que aquella noche introdujera entre sus páginas.
Durante aquel año de estancia en Santa Agueda, la muchacha se desarrolló extraordinariamente, y, cuando se aproximaban las vacaciones de verano, nuevamente renació en ella la ilusión por la vida campestre.
Apenas puso el pie en la finca, después de saludar a los abuelos, que la recibieron alborozados, subió a su habitación, y abriendo la ventana de par en par hacia el crepúsculo, se apoyó en el alféizar y contempló el roble a la luz carmesí del atardecer. Su primer impulso fue descender por la gran rama, y, con sumo cuidado, apoyó los pies sobre la áspera corteza. Entonces tuvo miedo, y advirtió que había crecido demasiado y que su sentido del equilibrio se había embotado durante los meses de ausencia. Vaciló un instante, y luego, volviendo a recoger las piernas, se introdujo de nuevo en la habitación y descendió por la escalera.
Aquella noche, como una salutación a su llegada, se levantó un fuerte viento, y las ramas del roble repicaron incesantemente en la ventana impidiendo a Lisa conciliar el sueño. Molesta en un principio, fue sin embargo poco a poco vencida por los antiguos rumores y los familiares chasquidos que ya casi había olvidado, y abandonando el lecho, se asomó a la ventana. La luna derramaba su luz sobre el árbol, que parecía invitarla en su incesante movimiento a sentir sobre su cuerpo aquella misma agitación, e incapaz de sustraerse a aquel extraño encanto, descalza y con ropa de dormir. Lisa salió a través de la ventana y puso sus pies sobre la rugosa corteza de la gran rama. El suave vaivén producido por el viento se transmitió a todo su cuerpo. Poco a poco fue alejándose de la ventana, y, como un equilibrista fantástico y convaleciente, comenzó a descender por el roble. La fresca brisa nocturna agitaba sus ropas y enredaba sus cabellos. Las ramas más pequeñas rozaban ásperamente su cuerpo, y centenares de hojas y renuevos obstruían el pasillo por donde antaño acostumbraba a bajar.
Cuando puso pie sobre el banco, una sonrisa iluminaba sus labios, y una violenta respiración agitaba su pecho. Gran cantidad de hojas se habían enredado en su cabello; su camisón aparecía desgarrado en algún punto, y sus brazos y piernas mostraban largos arañazos como los producidos por el estrecho y apasionado abrazo de un transporte de amor.
Una de aquellas tardes, sentadas abuela y nieta en el banco del roble, Lisa sintió la necesidad de saber algo más acerca del árbol.
— ¿Cómo era Florencio? — insistió al ver que su abuela no levantaba la cabeza de la labor.
— Murió muy joven — respondió la remisa abuela.
— ¿De qué murió?
— Se despeñó. Un accidente — explicó la abuela con un tono que no dejaba lugar a dudas acerca de que no deseaba hablar más del asunto.
Los días durante aquel verano transcurrían apacibles. Lisa se sumergió de nuevo en los placeres de una vida relajada y sin horario. Olvidó en gran parte los conocimientos que había adquirido durante su estancia en Santa Agueda, o quizás los almacenó en alguna parte de su cerebro y no se preocupó más que de vagar por los campos cercanos o tenderse perezosamente a la sombra del roble.
Acostada en el rústico banco de tablas, se sentía protegida por la frondosa enramada que se extendía sobre su cabeza; experimentaba la sensación de que nada malo podría ocurrirle bajo aquel dosel vegetal, pero, simultáneamente, se sentía infeliz sabiendo que, al cabo de algunas semanas volvería a estar lejos de su árbol.
La noche anterior a la partida, permaneció hasta muy tarde en la ventana. El brillo hiriente de las estrellas se filtraba de forma intermitente a través del follaje, y las ramas del roble eran mecidas por una suave brisa. Acodada en el alféizar, dejó que las ásperas hojas juguetearan con sus manos hasta que, sobresaltada, le pareció que la leve caricia de las pequeñas ramas se iba convirtiendo en algo que no acertaba a definir, pero que le producía una mezcla de atracción y miedo.
Aquella noche, mientras los dedos del roble llamaban insistentemente en la ventana, soñó que su tío Florencio había vuelto a la casa y la llamaba pronunciando su nombre desde el pie del roble.
Las tías solteronas de Lisa se sorprendieron, al término de las vacaciones, de lo cambiada que estaba la muchacha. El leve parecido de sus rasgos con las facciones de su difunta madre se había acentuado de tal modo que, para corroborar el hecho, se apresuraron a sacar de los cajones de la cómoda los viejos álbumes de fotografías. Así fue cómo la joven vio par primera vez el rostro de Florencio.
Independientemente de contemplar con detenimiento la efigie de su madre, a fin de cerciorarse de lo que sus tías consideraban extraordinario parecido, Lisa fue conociendo, a través de una larga serie de fotografías, al que, años ha, plantara el árbol.
Ya desde muy pequeño, llamaba la atención la intensidad de la mirada de Florencio. Cinco años menor que el padre de la muchacha, la diferencia de edades se iba diluyendo con el paso de los años, y si, en las primeras fotografías Florencio aparecía como un bebé al lado de su hermano mayor, en la última existente la estatura de ambos era idéntica, y podía preverse que, de haber continuado con vida, Florencio habría aventajado en altura al padre de Lisa, puesto que ya a los diecisiete años su complexión era mucho más robusta.
Sorprendió a la muchacha el hecho de que una de las instantáneas apareciera cortada, como si, junto a su madre, hubiera posado otra persona a la que el paso del tiempo hubiera hecho indeseable. Sintió deseos de preguntar de quién se trataba, pero temiendo una respuesta evasiva, se abstuvo.
A la par que las fotografías iban pasando de mano en mano, las tías de Lisa, con cierta resistencia al principio, fueron sacando a relucir detalles de la vida de Florencio.
Tímido y apocada desde la primera infancia, sus padres tomaron como vocación religiosa lo que no era sino una cierta cortedad fruto de un espíritu reconcentrado, y obedeciendo a deseos de la abuela, en parte, y para que no se desaprovechasen las dotes intelectuales del muchacho, se decidió lo que por entonces se consideraba como la cosa más natural del mundo, y Florencio ingresó a los doce años en el seminario.
Una larga serie de fotografías mostraba a los dos hermanos creciendo juntos. Marcos, el mayor, luciendo casi siempre un rústico pantalón de pana y camisa abotonada hasta el cuello. Florencio con traje oscuro, al principio, y sotana desde los quince o dieciséis años. La abierta sonrisa del primogénito contrastaba con la seriedad del pequeño, cuyos ojos negros parecían mirar a la cámara con más fijeza e intensidad que el objetivo le miraba a él.
En la colección de instantáneas del último verano hacía su aparición la que más tarde habría de ser madre de Lisa, una muchacha muy bella, y, con la que, en efecto, Lisa tenía un extraordinario parecido.
En las fotografías, aparecía frecuentemente flanqueada por los dos hermanos. Marcos sonreía eternamente a la cámara, pero los ojos de Florencio no miraban y a al objetivo, sino que se dirigían las más de las veces hacia los de la novia de su hermano. Y en los labios de Florencio comenzó a dibujarse una sonrisa ausente hasta entonces.
A partir de la muerte del hermano menor, las fotografías no eran tan numerosas, y sí mucho más espaciadas en el tiempo. La última de la serie, previa a la boda, mostraba a la novia sentada sobre una roca con la mirada perdida en la lejanía. El futuro padre de Lisa pasaba su brazo por los hombros de la novia, pero en sus labios ya no había huellas de la sonrisa que tanto acostumbraba a prodigar.
—¿Cómo murió tío Florencio? —preguntaba Lisa.
—Un accidente —respondían con parquedad as solteronas.
—¿Qué clase de accidente?
—Se despeñó.
—¿Dónde está enterrado? —insistía curiosa la muchacha.
—Las niñas educadas no hacen tantas preguntas —argüían las tías dando por terminada la conversación.
De nuevo llegó el verano, y con él las vacaciones. En el andén de la estación, los abuelos esperaban a la muchacha. Apenas puso ésta pie en tierra, el abuelo corrió hacia ella y tomándola en sus brazos la estrechó contra él. La abuela permaneció unos pasos más atrás, y cuando Lisa pudo verla, advirtió que había lágrimas en sus ojos.
—Cómo te pareces a tu madre —sollozó la anciana apenas conteniendo el llanto—. Te has convertido en su vivo retrato —y la joven se sintió durante unos instantes la encarnación de su madre, muerta pocas horas después del parto.
Lo primero que hizo Lisa, apenas traspasó la cerca, fue depositar la maleta en tierra y correr hacia su árbol. Encaramándose en el viejo banco de madera, rodeó el tronco con sus brazos y aproximó su mejilla hasta que la rugosa corteza le arañó la piel. Por primera vez, la abuela no festejó aquel reencuentro con una sonrisa. Mientras el abuelo entraba en la casa llevando la maleta, la anciana se aproximó a Lisa.
—Ya eres una mujer, hija —dijo—. Déjate de niñerías—. Y suavemente separó los brazos de la muchacha del roble y se la llevó hacia la casa.
Lisa se entristeció al comprobar que carecía ya de la seguridad suficiente para descender, como antaño, por la rama del roble. Más de una vez intentó abandonar su dormitorio utilizando el antiguo sistema, pero, temerosa de perder pie, tuvo que renunciar a última hora. Se contemplaba en el gran espejo del armario ropero que le devolvía la imagen e una muchacha casi por completo convertida en mujer. Se debatía indecisa entre la satisfacción de saberse madura y la nostalgia, materializada en el ya imposible descenso, de saber que se alejaba para siempre de la dorada época de la niñez.
Segura de que en la casa tenía que haber copias, y quién sabe si nuevos originales, de las fotografías que había visto en Santa Agueda, rebuscó, a espaldas de su abuela, en todos los cajones y arcas que había en la vivienda. Finalmente, un día, dio con un envoltorio, y al separar cuidadosamente el papel de seda, una colección de fotografías apareció ante sus ojos.
Temerosa de ser descubierta, decidió obrar con calma. Volvió a dejar todo en el mismo orden en que lo encontró; se guardó las fotografías y, pretextando dar un paseo, se alejó caminando hasta la orilla del río. Allí, sentada entre los cañaverales, desenvolvió el paquete.
La mayoría de los retratos los había visto ya en casa de sus tías, pero había algunos inéditos. Especial sorpresa le causó la contemplación de sí misma en alguno de ellos, y le costó verdadero trabajo llegar a admitir que era la imagen de su madre, tan parecida a la suya, la que había quedado fijada para siempre en la amarillenta cartulina.
Cuando ya estaba dando fin al examen de las fotografías, halló finalmente una copia de aquella que más le intrigaba, y, esta vez, ninguna mano purificadora había cortado por la mitad la instantánea. No era difícil comprender los sentimientos que habían embargado a su padre, si había sido él, como parecía lógico, el autor de aquel retrato.
La parte derecha de la foto estaba ocupada por su madre, que sonriendo plácidamente, miraba con tranquilidad, no exenta de cierto descaro, hacia el objetivo. En la parte izquierda, aquella que un drástico tijeretazo había hecho desaparecer del álbum de Santa Agueda, aparecía Florencio cuando, a juzgar por la fecha escrita en el reverso, no faltaban sino escasas semanas para su muerte.
Toda la persona de Florencio aparecía como presa de un incontenible movimiento de atracción hacia la novia de su hermano. A pesar de que los dos jóvenes se hallaban discretamente separados, se hubiera dicho que, segundos más tarde, la distancia que mediaba entre los iba a desaparecer. El aire ausente de la madre de Lisa, la plácida sonrisa que afloraba en sus labios, y la indiferente contemplación del objetivo de la cámara, daban la impresión de un mudo consentimiento a la, ya indiscreta, adoración de su futuro cuñado.
En cuanto a Florencio, todo su cuerpo aparecía recorrido, y así había quedado congelado para siempre en la instantánea, por una corriente que le impulsaba hacia la muchacha que posaba a su lado. Sus manos parecía desear una inmediata aproximación a la mujer. Su cuerpo todo se inclinaba imperceptiblemente hacia la izquierda igual que una goleta, con el viento en sus velas, se ladea cómplice deseosa de recalar en el puerto. Su rostro, despreciando la fría mirada del objetivo, aparecía de perfil, y en sus labios, por vez primera, florecía una sonrisa parecida a la que, constantemente se asomaba a la faz de su hermano.
La última fotografía mostraba a Florencio, en mangas de camisa, plantando el roble. Una de sus manos sostenía al arbolillo por el tronco, y la otra un azadón con el que, sin duda, había practicado el hoyo donde iban a plantar el árbol. Sus ojos, no obstante, contemplaban a alguien que se hallaba fuera del campo de la cámara. El encuadre de la fotografía era imperfecto, y el ligero desenfoque parecía revelar que la cámara fotográfica había temblado un momento en manos del autor de la instantánea.
—Cómo te pareces a Lisa —dijo una voz a su espalda.
La muchacha se estremeció sobresaltada, y guardando apresuradamente las fotografías en el papel de seda, se puso en pie. La mujer que había hablado portaba a la cabeza un cesto de ropa, que, con toda probabilidad, pensaba lavar en el río. Sonriendo apaciblemente, continuó diciendo:
—Como se entere tu abuela de que has estado viendo las fotos, se va a enfadar.
Lisa sintió el deseo de parar los pies a la intrusa.
—Son mis padres —dijo con un tono retador que al instante le pareció innecesario.
—Lo sé —repuso la mujer—. Y tu tío Florencio —añadió depositando sobre la hierba el cesto de ropa—. Mi marido era aparcero, y vivíamos en la casucha, al lado de la casa de tus abuelos —explicó.
—¿Conociste a mi padre? —preguntó Lisa sin poder evitarlo.
—Todos los meses le llevo la ropa limpia a la cárcel de Villarta —repuso la mujer atusando suavemente un mechón de cabellos que se derramaba sobre el hombro de la muchacha.
Faltaba todavía una semana para que finalizaran las vacaciones de verano, cuando los abuelos decidieron que Lisa se trasladara a Santa Agueda. La muchacha no se extrañó en lo más mínimo. Alguien se habría encargado de comunicarles que la antigua aparcera y Lisa tenían frecuentes charlas a la orilla del río, y los ancianos habían considerado más prudente cortar aquella comunicación antes de que el espíritu de la muchacha se viera turbado por revelaciones inconvenientes para la que todavía consideraban una niña.
En el transcurso de aquel verano, no obstante, la transformación física de Lisa se había acentuado de tal modo que, solamente el natural deseo de los ancianos y su resistencia a que la joven adquiriera la independencia consustancial a la mayoría de edad, podían ser causa de que sus abuelos continuaran viéndola como a una niña.
Por otra parte, algo se había quebrado en el alma de la muchacha. A través de su mirada podía intuirse que, lejos de hallarse todavía en aquel tranquilo y sosegado mundo de la infancia, su espíritu había arrobado ya a otras playas tras sortear los procelosos mares de la edad adolescente.
Lisa no gustaba ya de sentarse a la sombra del roble a leer un libro o a hacer compañía a su abuela mientras ésta tejía interminables labores de punto. Mas bien parecía rehuir al árbol y si, al salir de la casa, se dirigía hacia el extremo sur de la empalizada, prefería dar un pequeño rodeo antes de cruzar bajo la copa del roble.
Sin embargo, en más de una ocasión, había sido sorprendida por su abuela apoyada en la cerca y contemplando desde lejos el roble, como si la distancia interpuesta constituyera una especie de salvaguarda previsora. En aquellos momentos, si algún observador hubiera podido mirar de cerca en los ojos de Lisa, habría sorprendido en ellos una extraña mezcla de temor y de fascinación, una paradójica alianza de miedo y culpable ansiedad similar a la que se observa en el gorrión fascinado por la serpiente.
La noche anterior a la partida de Lisa, se levantó un fuerte viento, y las ramas del árbol e agitaron como brazos en la oscuridad.
—El roble se está despidiendo de ti —comentó el abuelo jocoso. Pero Lisa sabía que las movedizas ramas la estaban llamando.
Cuando la joven se retiró a su habitación, los dedos del roble repiqueteaban en los cristales de la ventana con una insistencia y una urgencia tales que amenazaban con quebrarlos. Lisa comenzó a desnudarse, pero enseguida se detuvo, y, aproximándose a la ventana, echó las cortinas con un rápido movimiento. Acto seguido, terminó de despojarse de sus vestidos y se sumergió en el lecho.
El viento se colaba por las rendijas de la madera, y sus suspiros, unidos al rozar de las ramas contra el cristal, fueron inundando el alma de la muchacha que, al rato, se vio sumida en una extraña pesadilla.
Soñó que, a la pálida luz de la luna, que bañaba veladamente el cuarto, difuminada por la cortina interpuesta, abría un armario de roble y se probaba uno de los vestidos de su madre. Después, aproximándose al antiguo lavabo de loza, humedecía ligeramente un peine en agua e iba modelando sus cabellos de una manera distinta a la habitual. Un ligero toque de sombra en los párpados y una leve aplicación de colorete en las mejillas dieron fina a la transformación.
De pronto, un golpe de aire hizo rechinar las maderas, y, un segundo más tarde, la ventana se abrió de para en par. El viento inundó la estancia, y la cortina de lienzo revoloteó como una gran ave arrebatada por el huracán. La gran rama del roble crujía cerca de la ventana, y las ramas más menudas arañaban el marco como los dedos engarfiados de un asaltante que pretendiera introducirse en la habitación.
Bañada por la claridad lunar, Lisa se levantó del lecho, y, al tiempo que innumerables hojas del roble rozaban sus brazos desnudos, se acercó a ala ventana y la cerró no sin esfuerzo. El viento, al colarse entre las ramas del árbol, le arrancaba suspiros prolongados y tristes. La muchacha, hollando con sus pies descalzos las ásperas hojas de roble, volvió sobre sus pasos y se acostó nuevamente.
Al cabo de algunas horas, algo la sustrajo del intranquilo sueño en que se hallaba sumida. El viento había cesado por completo, y las ramas habían desistido de repicar contra los cristales. El lienzo rectangular pendía terso, y la luz de la luna dibujaba contra él la silueta de la ventana. El aullido de un perro en la lejanía ascendía vertical hacia el cielo estrellado.
Cuando Lisa abrió la puerta del armario, el reflejo de la luna recorrió como un fugaz relámpago las paredes de la habitación. Su mano, guiada quién sabe por qué misterioso influjo, se alzó hasta la barra metálica y descolgó un vestido que no le pertenecía.
Se contempló ante el espejo ataviada con aquel antiguo atuendo, y, con un gesto sonámbulo, ordenó su peinado pasando después del dedo corazón por el arco de sus cejas. Reacomodó los volantes del encaje balcón sobre su pecho y se detuvo largo rato mirándose bajo la fantasmal luz del astro nocturno. Un chasquido resonó en el cristal de la ventana. Lisa volvió la cabeza en aquella dirección y al cabo de unos instantes se repitió aquel leve crujido. Se hubiera dicho que, desde el exterior, alguien lanzaba piedrecitas contra la ventana para llamar la atención de la muchacha.
Descorrió lentamente la cortina de lienzo, y, procurando no hacer ruido, fue abriendo con sigilo la ventana. Instantes después se apoyaba en el alféizar ofreciendo la mitad de su cuerpo a la noche. Desde aquella posición contempló el roble. La ausencia de viento hacía que sus ramas se mantuvieran inmóviles y dirigidas hacia el lugar en que ella se encontraba. La opalina claridad de la luna se derramaba sobre el árbol, que bajo aquel manto frío parecía bañado por gélida escarcha. La sombra producida por la copa proyectaba un denso círculo de oscuridad que mantenía oculta la zona del tronco. El reflejo de la luna propiciaba el ambiente fantástico al arrancar reflejos metálicos de los pendientes frutos.
De súbito, una ligera ráfaga de viento estremeció las ramas más pequeñas del roble, y aquel movimiento se transmitió hasta las alturas. Las ásperas hojas acariciaron los brazos desnudos de Lisa y trazando en ellos delgadas líneas blanquecinas. La brisa cesó, y en aquel hiriente silencio nocturno, un susurro llegó desde la sombría base del árbol hasta los oídos de la muchacha. «Lisa, Lisa», creyó sentir confusamente.
Como obedeciendo a algún mandato extraño, la joven, de igual manera que en tantas ocasiones, salió a través de la ventana y puso sus pies descalzos sobre la gran rama del roble. De algún modo sabía que aquella era la última vez que podría intentarlo; que a partir de aquella noche habría perdido definitivamente la necesaria ingenuidad fruto de la niñez; que aquella iba a ser la postrera ocasión en que descendería hasta el suelo d aquel modo.
Sintiendo bajo sus plantas las rugosidades de la gran rama, caminó como una fantasmal funámbula apartando suavemente la hojarasca. Apenas había dado dos pasos, cuando se sintió rodeada por la maraña vegetal. Las pequeñas ramas se enganchaban en el vestido igual que dedos que desearan apresarla, las boscosas hojas arañaban su piel y retenían sus cabellos. La rugosa corteza cosquilleaba la planta de sus pies a cada paso. Nuevamente un susurro se elevó desde la oscuridad. «Lisa», oyó, al tiempo que la sangre palpitaba en sus oídos.
En aquel momento se levantó una ligera brisa que, en pocos segundos, adquirió una fuerza inusitada. La muchacha extendió los brazos en cruz y, agarrándose a las ramas laterales, continuó el descenso. La fuerza del viento arreció, y la gran rama por la que caminaba se meció a impulsos del huracán. Una ráfaga arrancó numerosas hojas que se enredaron en los cabellos de la muchacha, y, mezclado con el naciente ulular del viento, un nuevo suspiro surgió muy cerca del tronco.
—«Lisa...»
Incapaz de mirar hacia abajo, con los cinco sentidos puestos en guardar el equilibrio, la muchacha, impertérrita, y sin que la mínima muestra de pánico aflorara a sus ojos, continuó el descenso. En aquel momento, una sombra se separó de la oscura zona en que estaba sumido el tronco, y una figura humana se encaminó hacia la puerta de la casa.
—«Lisa...»
Sólo dos pasos más y llegaría a la zona del tronco, al que podría asirse con más seguridad. El aire hacía ondear el blanco vestido de la joven, y todas las ramas, como si el huracán las hubiera dotado de vida independiente, rodeaban el cuerpo de Lisa en un apretado abrazo que cada vez iba haciéndose más estrecho.
—«Lisa...»
Esta vez, la muchacha no pudo impedirse mirar hacia la ventana, y, al percibir la silueta del hombre que la contemplaba con los brazos apoyados en el alféizar, lanzó un grito de terror. Aquella sonrisa era algo que había llegado a conocer muy bien.
Al girar la cabeza, perdió el sentido del equilibrio y vaciló. El huracán adquirió una fuerza tan brutal que amenazaba con arrancar de cuajo el árbol. Un momento después, al intentar alcanzar el tronco con sus manos, Lisa perdió pie y se desplomó en el vacío, pero, antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo, las ramas más bajas, seguramente impulsadas por el viento, formaron un ligero entramado que fue suficiente para aliviar la fuerza de la caída. En aquel momento, se desató toda la furia del vendaval. Se escuchó un horrísono crujido, y el roble, abatido por la violencia del huracán, se desplomó contra la casa aplastando en su caída a la figura que contemplaba el cuerpo de Lisa en tierra.
Si la muchacha no hubiera perdido el conocimiento al precipitarse en el suelo, se habría apercibido de que, dos metros más allá, justamente al lado de donde, segundos antes, se encontraba el tronco del roble, se hallaba un maleta de madera como as que dan en la prisión de Villarta a los reclusos que acaban de cumplir su condena.
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