11 jun 2010

EL REGALO DE LAS ESTRELLAS por Peter Van Door


En la noche del 18 de agosto de 197... un meteorito del extraña luminosidad verdosa cayó en el jardín de Peter van der Velde, a pocos kilómetros de la ciudad de Amsterdam. Chamuscó un buen espacio de hierba y tardó varias horas en enfriarse. Peter entonces comprobó, que se trataba de una masa de tierra calcinada que se despedazó en parte al ser levantada. En su interior había un objeto metálico, semejante al plomo por su excesivo peso, pero poseedor de otras características en extremo inquietantes. Eran estas su color verde oscuro y su gran ductilidad, que permitía variar su forma con una simple presión de la mano. Su tamaño era el de un puño y en la oscuridad emitía una débil fosforescencia.
Sólo hizo partícipe a Vania, su mujer, del hallazgo.
Convinieron en que se trataba de algo tan extraordinario que, al menos de momento, era preferible no divulgar su existencia. Al parecer, ningún vecino había sido testigo de la caída del meteorito.
El objeto excitaba la imaginación de Peter, quien sentía un raro placer en manosearlo.
—Emite fuerza —le había dicho a Vania—. Cuando lo toco me parece que algo muy bueno y muy poderoso entra en mi cuerpo. Noto como si estuviera vivo y me acariciase la piel.
Al atardecer, cuando volvía del trabajo, Peter había tomado la costumbre de encerrarse en su estudio y entregarse a las sensaciones táctiles que le proporcionaba el objeto. En la penumbra irradiaba un halo verde diminuto que a veces se comunicaba a su mano, desapareciendo al cabo de un segundo y volviendo a aparecer después de repetidas caricias. Pero Vania no participaba de su entusiasmo por aquella cosa, sino que le inspiraba una desconfianza instintiva. Jamás consintió en tocarla. AL cabo de unos días se convenció de su aparente inocuidad. Consideró como una expresión inocente, aunque algo infantil, la nueva afición de su marido. Y como la novedad dejó de serlo, acabó olvidándose del meteorito. No del todo, puesto que su existencia le producía, a nivel inconsciente, una vaga inquietud.
Peter, por el contrario, se mostraba crecientemente entusiasmado. Había advertido que la cosa, de ordinario fría, comenzaba a calentarse después de repetidos toques, como si algo vivo despertase en su interior. Sin saber exactamente por qué, guardó este nuevo descubrimiento para sí. Se resistía a aceptar, pese a su evidencia, que algún inusitado lazo de carácter afectivo se estaba estableciendo entre ambos, como si el metal verde hubiera adquirido la categoría de un animal doméstico.
Las cosas marchaban bien, extraordinariamente bien, para Peter desde la caída del meteorito. Una calma armoniosa se había asentado en su espíritu. Dormía menos horas que antes, pero la profundidad de su sueño, sin sueños, era tan envidiable como su carácter, en extremo reparador. Desapareció, como por encanto, el lastre de antiguas melancolías y su mujer pudo comprobar, noche tras noche, un inesperado y gozoso aumento de su virilidad. Estaba siempre pletórico y su vida se había convertido en el discurrir de un sol sobre un cielo carente de nubes. Rendía en el trabajo el doble que antes, se incrementó su lucidez mental y se veía capaz de resolver sin esfuerzo cualquier problema. Era reconfortante comprobar hasta qué grado se había intensificado el color de sus mejillas, con qué cordialidad sincera y espontánea trataba a todo el mundo y cómo desapareció por completo su necesidad de recurrir a estimulantes. Dejó de fumar y de beber y se entregó, en cambio, a placeres más suculentos. A consecuencia de su redoblada actividad vio redoblados sus ingresos y podía permitirse lujos gastronómicos tan sustanciosos que el perímetro de su cintura comenzó a aumentar.
En suma, deba gloria verle. Su organismo se había adaptado tan perfectamente al medio que había alcanzado el techo de sus posibilidades vitales. Lo que era, para Peter, como tocar el cielo con las manos. Le rozaron las equívocas alas del triunfo y sus compañeras de oficina, e incluso algunas chicas con las que se tropezaba por la calle, comenzaron a mirarle con cierta clase de fiebre. Tuvo, incluso, alguna aventurilla pasajera y sumamente satisfactoria a espaldas de Vania. Se sentía el hombre más feliz de la Tierra achacaba la causa de su felicidad al regalo que, inmerecidamente, le había venido de los astros.
No se acordaba de que las frutas perfectamente maduras terminan siempre por caer del árbol. Su nueva naturaleza rolliza traspasó los límites de la armonía, pero no lograba saciar el hambre. Se estaba poniendo demasiado gordo. Pero lo más triste fue que una noche el metal celeste dejó de emitir su fosforescencia. Se volvió duro y frío como un informe trozo de mármol verde.
Era una noche de diciembre. Vania dormía a su lado, en la cama contigua. Helados vientos del Norte habían barrido las habituales brumas de la estación, y a través de la ventana podía ver la dureza diamantina de las estrellas refulgiendo como una congregación de ojos acechantes. «Me van a pasar la factura», pensó de pronto, y sintió miedo. Recordó que la tarde anterior su corazón sin causa aparente, había latido en tres ocasiones con fuerza inhabitual. La primera fue en la oficina, frente a la máquina de escribir, en un raro momento de silencio general en el que dejó de percibir, incluso, los ruidos de la calle. Más tarde le ocurrió a la salida del trabajo, mientras esperaba la llegada del tranvía a la parada del Estadio. También entonces un helado silencio parecía haber tomado posesión de las calles. ¿O era que él había dejado de percibir las vibraciones del mundo exterior? No estaba seguro. Duró apenas unos segundos. Pero la adrenalina comprimía violentamente sus latidos y una opresión de origen desconocido atenazaba su garganta. Se sentía acechado. Cuando el tranvía inició su marcha volvió repetidas veces la cabeza a la espera de encontrar unos ojos inquisidores malignamente clavados en su nuca. Pero no había nadie a sus espaldas, sacudidas por un agudo escalofrío. Al llegar a la puerta de su casa, nuevamente el corazón pugnó por salírsele del pecho. Tenía la misma impresión de estar percibiendo un hedor insoportable, aunque nada hería su olfato de una manera particular. Experimentó como si una inteligencia amenazadora susurrara infames palabras en su oído, aunque sólo pudiera escuchar los rugidos del viento. A cada nuevo paso sentía vívidamente el peso de su vientre palpitante, desmesurado, como si una mano invisible y fría se complaciera en palpar sus pliegues.
Y ahora, en la cama, sostenía nuevamente entre las manos el helado trozo de metal. Las yemas de sus dedos, en la penumbra de la habitación, le permitían comprobar que había adquirido formas retorcidas, plagadas de aristas diminutas, y le transmitían la sensación de sostener algo muerto, algo que en otro tiempo había sido cálido y radiante, y cuyo peso parecía haber aumentado ahora, como parece incrementarse el peso de un cadáver.
De pronto advirtió, estupefacto, que desde la llegada del meteorito no se había formulado las preguntas más elementales. ¿De qué extraño mundo procedía? ¿Por qué había ido a parar precisamente a sus manos? ¿Por medio de qué insólitos mecanismos había operado en su persona aquellas extraordinarias transformaciones? ¿Por qué ahora, precisamente, ahora, había «muerto»? ¿Qué era loo que realmente había dejado de vivir en aquel metal? ¿Por qué le asaltaba el miedo? ¿Por qué se sentía observado, «codiciado», desde Dios sabe qué ominosas lejanías?
Fue, por primera vez, plenamente consciente de su excesiva gordura. Se tocó despacio el vientre y las caderas, y la grasa acumulada le sugirió la imagen de un cerdo profusamente cebado por su dueño. Recordó una frase del inquietante libro de Charles Fort: «No somos otras cosa que ganado al que apacientan desde las estrellas.»
Una espantosa revelación sacudió su mente. El meteorito había caído a sus pies con una función determinada. Esa función ya se había cumplido y por ello había dejado de emitir su radiante fosforescencia, sus benéficas vibraciones. Nadie, en éste o en cualquiera de los mundos posible, da nada gratuitamente. Y él, Peter van der Velde, ciudadano holandés, insignificante habitante de este planeta, había caído en una burda trampa, tendida desde las estrellas por seres de naturaleza tan terrible que ningún nigromante se atrevería jamás a invocar. Entendía ahora por qué el poderoso instinto de Vania le había preservado de tocar el metal y por qué en ocasiones le había sugerido, con voz trémula, que se deshiciera de él, aunque no acertara a darle una explicación razonable que le motivara a hacerlo... Pero no entendía por qué, al llegar a este pasaje de sus pensamientos, el perro comenzó a aullar desde el jardín de aquella forma aguda y estridente que ponía los pelos de punta.
Los lúgubres aullidos del animal habían hecho añicos el espeso silencio que, tras el viento, se había posesionado de la casa. La tenebrosa naturaleza de sus reflexiones le hizo percibir los aullidos del perro como cuchilladas en el alma. Se incorporó sobresaltado y trató de convencerse de que estaba siendo víctima de sus propios demonios interiores. Era absurdo suponer la existencia de seres improbables en las heladas lejanías del cosmos, por muy raros meteoritos que aterrizasen en su jardín. Las fantasías de Lovecraft nunca habían sido capaces de transponer los inocentes ámbitos del papel impreso. La realidad era distinta. La realidad era...
Inútilmente trató de acumular tranquilizantes definiciones de la realidad. Pensó en las familiaridades cotidianas, en las pequeñas cosas que no cambian nunca y que nos proporcionan reconfortantes mentiras, tales como la de que nosotros dominamos siempre la situación. Pero sus esfuerzos fueron en vano, porque el perro seguí aullando y aullando, como un ser humano gritaría ante la inminencia de su muerte. Comenzó a sudar y a temblar. De nuevo sintió cerca, espantosamente cerca, la oscura Presencia que le había desasosegado durante la tarde. Quiso despertar a Vania, pero fue incapaz de emitir el más leve sonido, a la vez que sus manos, apretando tensas el objeto, negaban obediencia a los imperiosos deseos de su voluntad. Sin embargo, al cabo de unos segundos angustiosos la tensión se quebró en su garganta con un grito:
—¡Vania!
Su mujer despertó sobresaltada.
—¿No oyes al perro, Vania? ¿No lo oyes? ¿Lo estás oyendo?
Vania no contestó. Su despertar fue tan brusco que la mente se adhirió al horror de aquellos aullidos y no fue capaz de reflexionar. Pero pudo contemplar, a la difusa luz de las estrellas, el cuerpo convulso de Meter, sus manos aferradas al meteorito, su frente salpicada de gotas, el brillo desesperado de sus ojos. Luego consiguió articular dos palabras:
—El perro…
—Sí —contestó Peter—, el perro… Algo pasa.
Oyeron el último grito del animal. Y luego una especie de chasquido, seguido de un obsceno gorgoteo. El perro —rememoró Peter— había sido el primero en acercarse al meteorito. Lo había olisqueado cuando se enfrió, lo había empujado repetidas veces con el hocico.
—Peter… Deberíamos salir.
—No, Vania, no… Es mejor que nos quedemos y no hablemos más. Que no nos oigan.
—Nos han oído ya. Saben que estamos aquí.
—No, no lo saben, Vania. No piensan. Pero nuestro calor les atrae. El calor…
Nunca pudo Vania saber qué soplo clarividente había inspirado a Meter sus últimas palabras. Porque en ese momento crujieron las paredes y la ventana se abrió de golpe, dando paso a un viento impalpable y poderoso que llenó la estancia con las notas de una gélida sinfonía, como si los hielos primordiales del espacio hubieran tomado de pronto posesión de la tierra. Vania retorció sus miembros. Un grito delirante escapó de su garganta. Meter, por el contrario, quedó paralizado. Tenía los ojos muy abiertos y miraba, con obsesiva fijeza, a un punto determinado de la habitación, donde parecían flotar pequeñas y brillantes manchas rojizas. Como sostenidas por hilos invisibles, avanzaban despacio hacia la cama de Meter. Vania advirtió la boca desmesuradamente abierta de su marido, su respiración suspendida, la creciente crispación de sus manos, aferradas al raro metal. Algo parecido al agitado rumor de las olas llenó la estancia. Era un sonido rítmico, prolongado, jubiloso, como la respiración de un monstruo prediluviano vuelto milagrosamente a la vida, como si el hálito de otro mundo pasara a través de afilados e invisibles dientes. Algo rozó la sábana de Vania, a los pies de la cama, produciéndole en los dedos la insufrible sensación de un arañazo viscoso. Pero nada veía, sino las manchas gelatinosas avanzando torpemente hacia el petrificado cuerpo de Meter, hacia el infinito horror reflejado en unos ojos a los que pronto les sería negada la luz para siempre, ojos que jamás llegarían a percibir la abominable Forma. Varios hierros de la cama se quebraron, chirriantes, y eso hizo que Meter reaccionara con tardía celeridad. Arrojó ante sí el meteorito, con increíble fuerza, y su trayectoria quedó interrumpida en el espacio, donde se sostuvo por un momento, produciendo un ruido blando, acuoso, para resbalar después por una ondulada superficie invisible hasta caer suavemente en el suelo.
Vania fue luego testigo, al borde de la locura, de la rapidez con que se sucedieron las cosas. Ahogada en un horror inasimilable, su lucidez era absoluta. Vio que Meter era empujado hacia arriba con una fuerza incontenible. Alcanzó a ver en su rostro una última expresión helada. Algo que no lograba percibir sujetaba el cuerpo en el aire, a un metro de la cama. El espanto hacía que los ojos del hombre quisieran escapar de las órbitas. Luego el cuerpo se dobló hacia atrás, hasta alcanzar un ángulo inverosímil, cuyo vértice estaba situado a la altura de los riñones. Y escuchó el terrible chasquido de su columna vertebral fracturada. Aún con vida, Meter profirió un gemido apenas articulado, como el de un cachorrillo violentamente privado de su madre. Después sufrió en el vientre un extraño impacto que, desgarrando la chaqueta del pijama, le produjo un agujero ovalado en la carne viva, ancho como una mano extendida alrededor del ombligo. Vania sintió que se hacían añicos los últimos vestigios de su razón. Porque desde ese agujero, como succionado por el vacío, se expandió, y quedó suspendido en el aire, un enorme charco de sangre.
El horror multiplicaba en Vania los mecanismos de la vigilia, y pudo contemplar la escena centrando su atención en varios puntos a la vez, como si llegara a su cerebro a través de los múltiples cristales del ojo de una mosca. Así observó al mismo tiempo cómo la cabeza de Meter se consumía, semejante a un globo que pierde aire, y cómo su cuerpo quedaba reducida en pocos segundos a un informe montón de piel huesos, para ser luego arrojado al suelo como guiñapo. Pero también veía simultáneamente algo más espantoso y enloquecedor. Era que la sangre se Peter, al ser absorbida por aquella lóbrega presencia, hizo visible su horrenda forma. Una masa tentacular, sanguinolenta y translúcida, carente de cabeza y ojos, palpitando al unísono sus brazos innumerables, sarmentosos, al extremo de los cuales aparecían esas bocas nauseabundas, ovaladas, que algún Engendro de la Noche había sembrado de dientes verdosos y fosforescentes. El destino fue misericordioso con Vania, privándola en aquel momento de la razón. Pero entre las consoladoras brumas de la locura, mientras gritaba y reía alternativamente, privada ya de todo control, pudo asistir aún a los últimos movimientos de aquella danza macabra. La Forma se arrastraba pesadamente hacia la ventana. El más repulsivo de sus tentáculos se había apoderado del meteorito. En el marco de la ventana se comprimió y pudo así salir al exterior, donde un helado torbellino la zambulló en las tenebrosas profundidades del firmamento.

28 may 2010

No eres feliz


No eres feliz. En cualquier caso, tampoco eres infeliz, ni desgraciado. Estás perfectamente sano, eres considerado una persona inteligente, atractiva, y además tienes dinero en el banco, más del que necesitas. Te has montado la vida de tal manera que si te preguntan por tu felicidad puedes recitar una lista con la que queda demostrada.

Pero no eres feliz. En esa lista sólo hay cosas. Y has llegado al convencimiento de que las mejores cosas de la vida no son cosas. Es esa clase de pensamiento que tienen los que están más cerca de su ocaso que del alba. Sabes que eso es bueno, que estás convirtiéndote en la persona que quieres ser. Quieres entender la vida cuando aún te quede tiempo para vivirla. Pero te jode.

Eres joven. Eres joven y tienes miedo. Ni siquiera sabes de qué. Eres capaz, ni temeroso ni imprudente. Pero tienes miedo. Has sido educado con el propósito de encajar en la sociedad; en su parte buena, incluso. Pero miras a tu alrededor, a tu pequeño mundo, y no ves felicidad. Encajas en un sitio en el que no quieres estar, pero estás ahí porque es donde encajas.

Lees libros, ves películas. Y te gustan. Lejos de ser una distracción, te han acompañado en toda clase de momentos. Sus historias siempre te dicen: hizo esto porque. Y, mientras tanto, la vida te dice: hizo esto. Entiendo que te gusten los libros. En ellos te explican lo ocurrido, cómo y por qué pasó lo que pasó. Pero siempre te explican la vida de otras personas, de otra gente, nunca la tuya. Y empiezas a preguntarte cómo será tu propia película, la que sólo se proyecta una vez, como despedida, como cierre. No tienes miedo de que sea mala; lo que realmente temes es que sea aburrida.

Estás viviendo la vida a medio gas, y eres consciente de ello. Por la noche das vueltas entre las sábanas pensando en cómo debería ser todo, en cómo podrías cambiar a mejor, pero al día siguiente te levantas anhelando sólo el momento en el que volverás a la cama. Te convences de que no merece la pena. Lo que más rabia te da es que crees tener las respuestas, pero nunca las preguntas son las adecuadas. Nunca es el momento.

Eres incapaz de imaginarte dentro de cinco años. Y si lo haces, te ves parecido. Atrás quedan esos tiempos en los que tu futuro lo ocupaba un ser extraordinario, en los que tenías la certeza de que pasaría algo que te transformaría radicalmente. Y esperaste a que llegase. Así te has quedado estos años, esperando. Esperando a que alguien llegue y cambie por ti, a que alguien mejor ocupe tu lugar.

Estás en un camino que no sabes dónde acaba. Has andado lo suficiente como para olvidar también dónde empieza. No preguntas, porque eres demasiado orgulloso para reconocer que te has perdido, y desconoces si los desvíos que de cuando en cuando se presentan llevan a un sitio mejor. Pero sigues caminando porque crees que es lo que debes hacer.

Y mientras tanto, la vida sigue. Sigue sin ti. La ves de lejos. Estás de vuelta de todo sin haber estado en ningún sitio. Existes, y lo haces porque no sabes hacer otra cosa.

Mil gracias Saportes por prestarmelo

16 may 2010

ASEDIO A LA CASA ROJA por Joseph Sheridan Le Fanu

Mediado el siglo XVIII tuvo lugar un extraño pleito entre Harper, consejero del municipio de Dublín, y lord Castlemallard, tutor de lord Chattesworth durante su minoría de edad, con motivo de una casa conocida en el lugar como «La Casa Roja», por tener dicho color el tejado.
Mr. Harper alquiló la casa para su hija en enero de 1753. Como llevaba mucho tiempo sin habitar ordenó hacer las reparaciones pertinentes y amueblarla, gastando una importante suma en su acondicionamiento.
La hija de Mr. Harper estaba casada con un tal Mr. Rosser, y se estableció en su nueva casa en junio; pero aún no habían transcurrido tres meses cuando la joven pareja, que en este tiempo se había visto obligada varias veces a cambiar el servicio, manifestó que aquella casa era inhabitable.
Mr. Harper acordó un a entrevista con lord Castlemallard para comunicarle que consideraba cancelados los compromisos adquiridos, ya que «La Casa Roja» había resultado ser escenario de singulares y desagradables acontecimientos. Dicho de otra manera: la casa estaba hechizada y no se podían encontrar sirvientes que permanecieran allí más de unas pocas semanas. Mr. Harper añadió que después de lo que sus hijos habían padecido, consideraba que no sólo debía rescindirse el contrato de arrendamiento, sino que la casa entera debería destruirse, ya que era refugio del más terrorífico ser que imaginarse pueda.
Lord Castlemallard apremió a Mr. Harper, por vía legal, a cumplir el contrato; pero el consejero municipal repuso con un detallado informe de los hechos, acompañado del testimonio de siete testigos, y ganó el pleito sin mayores dificultades. Su señoría prefirió capitular antes que llevar el asunto a los tribunales.
He aquí los hechos que Mr. Harper arguyó en su informe: Una tarde, hacia finales de agosto, en la hora crepuscular, Mrs. Rosser se encontraba sola en una pequeña habitación que daba al huerto, situado en la parte posterior de la casa. Llevaba un buen rato cosiendo, sentada cerca de la ventana abierta, cu ando levantó la vista de su labor y vio con toda claridad una mano que se asía cautelosamente en el alféizar de la ventana, como si alguien tuviera intención de escalarla desde el huerto. Era una mano pequeña, bien constituida, blanca y gordezuela; una mano no muy joven, de alguien que se acercara a la cuarentena. Semanas antes, en un castillo de los alrededores, se cometió un robo en vuelto en circunstancias particularmente espantosas: los asesinos mataron a la dueña del castillo y prendieron fuego a gran parte del mismo. La policía todavía no había atrapado a los autores. Mrs. Rosser pensó en el acto que aquella mano pertenecía a uno de los asesinos que intentaba entrar en «La Casa Roja». Aterrorizada, lanzó un estridente alarido y la mano se retiró, pero sin denotar la menor precipitación.
En seguida se procedió a una minuciosa investigación en el huerto, sin encontrar rastro del desconocido. Incluso se llegó a dudar de la realidad que viera Mrs. Rosser, ya que debajo de la ventana había una hilera de macetas que se hallaban en perfecto orden y nadie hubiera podido acercarse a la pared sin derribar alguna.
Aquella noche se escucharon en la ventana de la cocina unos tenues pero persistentes golpes. Los sirvientes se asustaron. Uno de ellos, empuñando un atizador, abrió la puerta trasera. Escudriñó en las tinieblas, pero no logró ver a nadie. Sin embargo, justo en el momento en que cerraba la puerta, tuvo la sensación de que alguien golpeaba el batiente con el puño, como si intentase introducirse a la fuerza en la casa. Sintió un profundo temor y, aunque siguieron golpeando en los cristales de la ventana de la cocina, no se atrevió a realizar nuevas averiguaciones.
El sábado siguiente, aproximadamente a las seis de la tarde, la cocinera, mujer de edad, tranquila y sensata, se encontraba sola en la cocina. De pronto vio la misma mano, leve y aristocrática, con la palma apoyada contra la ventana y moviéndose lentamente de abajo a arriba, como buscando minuciosamente alguna irregularidad en la superficie del cristal. Ante esta visión, la cocinera gritó y se puso a rezar, pero la mano tardó unos instantes en desaparecer.
Durante los días siguientes se oyó de nuevo llamar a la puerta, al principio con suavidad y después con el puño. El mayordomo rehusaba abrir y reiteradamente preguntaba en voz alta la identidad del autor de las llamadas, pero no obtenía otra contestación que la del ruido de una mano que se deslizaba de derecha a izquierda, con un movimiento suave y vacilante.
Los Rosser, que pasaban la velada en el saloncito, escuchaban igualmente los golpes en la ventana: unas veces, discretos y furtivos, como si de una contraseña se tratase; otras, tan fuertes y enérgicos que llegaban a temer que los cristales se rompieran.
Hasta entonces los ruidos sólo tenían lugar en la parte posterior de la casa, que, como se sabe, daba al huerto. Pero cierto martes, hacia las nueve y media de la noche, los golpes sonaron en la puerta principal. Durante dos horas para desesperación de Mr. Rosser, cuya mujer estaba aterrorizada.
Transcurrieron varios días sin que sucediese ninguna anormalidad, y ya todo el mundo comenzaba a encontrarse más tranquilo, cuan do la noche del 13 de septiembre tuvo lugar un nuevo incidente en la despensa, adonde una de las sirvientas fue a guardar una jarra de leche. La despensa obtenía luz y ventilación por un tragaluz en el que había un agujero destinado a la abrazadera que sujetaba el postigo. Mirando distraídamente el tragaluz, la sirvienta vio cómo se introducía por el agujero un dedo blanco y fofo que penduleaba en busca de asir el pestillo para abrirlo. De un salto retornó a la cocina, donde se desvaneció, y al día siguiente abandonó para siempre la casa.
Mr. Rosser tenía las ideas muy firmes y presumía de ser un espíritu fuerte: «la mano fantasma» le hacía reír y se burlaba del terror de su esposa. Creía con firme seguridad que no se trataba más que de una superchería, de una broma de mal gusto, y ansiaba descubrir al culpable. No se reservó esta opinión y se la comunicó a todos, diciendo que el autor de tal intriga debía ser algún criado despedido.
No obstante, era ya hora de tomar una decisión, porque los criados, e incluso Mrs. Rosser, tan dulce y pacífica, comenzaban a sentirse inquietos y asustados. Ninguna de las mujeres se atrevía a andar a solas por la casa después del anochecer.
Cierta tarde, cuando los golpes llevaban más de una semana sin producirse, Mr. Rosser, que se encontraba trabajando en su despacho, oyó llamar con suavidad a la puerta principal. La absoluta clama de la noche permitía oír con toda claridad. Mr. Rosser abrió la puerta de su despacho y salió al vestíbulo con sigilo. La forma de llamar había variado un poco: los golpes era ahora suaves y regulares, dados con la palma de la mano sobre la puerta. Mr. Rosser se dispuso a abrir bruscamente, pero se contuvo, y tomando las precauciones de antes se dirigió a un armario donde se guardaban los bastones, las espadas y las armas de fuego. Introdujo una pistola en cada bolsillo y empuño un pesado bastón; llamó a un criado de su confianza y le entregó otro par de pistolas. Los dos hombres, armados hasta los dientes, se dirigieron a la puerta principal, sin hacer el más pequeño ruido. Todo ocurrió como Mr. Rosser había supuesto: el desconocido, lejos de asustarse por su proximidad, arreció en los golpes, que se tornaron cada vez más enérgicos.
Mr. Rosser abrió la puerta, furioso, impidiendo le paso con el brazo armado con el bastón. No había nadie, pero sintió una fuerte sacudida en el brazo, dada con la palma de una mano, y percibió que algo se deslizaba por su costado. El criado, que nada vio ni oyó, no pudo entender la razón por la que su amo miraba hacia atrás, asombrado, y daba garrotazos en el vacío, al tiempo que cerraba la puerta con la mano izquierda.
Desde entonces, Mr. Rosser dejó sus burlas y comenzó a sentir la misma preocupación temerosa que el resto de la familia. Su intranquilidad estaba fundada en la seguridad de que al abrir la puerta había dejado entrar al invisible enemigo que les acosaba.
Aquella noche, Mr. Rosser, que no dijo una sola palabra de lo sucedido a su mujer, se retiró a su habitación más pronto de lo acostumbrado. Antes de meterse en el lecho leyó algunas páginas de la Biblia y, cosa inhabitual en él, rezó. Se mantuvo despierto un buen rato y cuando, a eso de las doce y cuarto empezaba a adormilarse, oyó unos golpes ligeros en la puerta de su cuarto y después el ruido de una mano deslizándose por la parte exterior.
Saltó del lecho aterrorizado y se acercó a la puerta gritando: «¿Quién anda ahí» Mas no oyó otra respuesta que el ruido, que él conocía tan bien, de una mano acariciando suavemente la puerta.
A la mañana siguiente una sirvienta descubrió, temblando de horror, la huella de una mano en el polvo de una mesa en la que aún permanecían diversos objetos del día anterior. Mr. Rosser examinó la huella y fingió concederle menos importancia de la que en realidad tenía; no obstante, hizo que todos los habitantes de la casa pusieran la mano derecha sobre la mesa. De esta forma obtuvo la huella de todas la manos, incluida la de su mujer y la suya propia. La mano desconocida era distinta de todas las demás y respondía a la descripción que de ella habían realizado Mrs. Rosser y la cocinera.
Estaba claro que el dueño de la mano, fuese quien fuese, se encontraba en el interior de la casa. El nerviosismo general, que ya era inmenso, creció considerablemente.
Durante las noches siguientes Mrs. Rosser sufrió espantosas pesadillas que la hacían incorporarse bruscamente de la cama, pálida y temblorosa, pero que luego no podía explicar en qué consistían. Al despertarse no recordaba más que una lucha atroz con algo imposible de ser descrito. Y entraba en lo posible que lo que ella consideraba pesadillas no fuese sino una enfermedad producida por el miedo.
Una noche al entrar en el dormitorio conyugal, Mr. Rosser se sintió atemorizado por el absoluto silencio que allí reinaba; tenía el oído muy fino y, sin embargo, n o llegaba a percibir la respiración de su mujer, que se había acostado momentos antes.
Una luz, colocada sobre una mesa, iluminaba débilmente el lecho, cuyas cortinas, que pendían del dosel, se hallaban corridas como de costumbre. Mr. Rosser, que había estado repasando unas cuentas, llevaba en la mano un pesado libro Diario. Con el corazón oprimido se acercó al lecho y abrió las cortinas. Por un instante creyó que su mujer había muerto; yacía tendida, inmóvil, con la frente perlada de sudor frío, y sobre la almohada, cerca de la cabeza, había algo que confundió por un momento con sapo, pero que era en realidad la mano blanca y gordezuela, cuya muñeca descansaba en la almohada y cuyos dedos apuntaban hacia la sien de Mrs. Rosser.
Presa del pánico, Mr. Rosser arrojó el pesado volumen con todas sus fuerzas hacia el lugar donde debía hallarse el dueño de la mano. Esta se retiró al instante, pero sin precipitación, mientras la cortina se ondulaba ligeramente.
Mr. Rosser corrió hacia el otro lado de la cama y llegó a tiempo de ver cómo se cerraba la puerta del gabinete contiguo. La abrió y entró en la habitación: estaba vacía. Cerró la puerta con llave y cerrojo, llamó a los criados y entre todos, con grandes esfuerzos, consiguieron que Mrs. Rosser se recuperara de su desmayo. La pobre señora era víctima de una crisis nerviosa.
Este suceso motivó que los Rosser abandonaran «La Casa Roja» para siempre. Una extraña enfermedad atacó de pronto a su hijo, un niño de dos años y medio. Este pasaba horas enteras de vigilia, presa de un terror paroxístico. Los médicos diagnosticaron un principio de hidroencefalitis, y su madre, llena de inquietud, no abandonaba al niño y, acompañada de una doncella, lo velaba continuamente.
El lecho del niño se encontraba adosado a la pared, con la cabecear bajo una alacena cuya puerta no cerraba bien. Una cortina lo rodeaba y descendía hasta la almohada.
La dos mujeres tardaron muy poco en notar que el niño se tranquilizaba poco a poco cundo le cogían en brazos. Pero una vez que se dormía y era devuelto a la cuna empezaba, a los cinco minutos, a gemir presa de un acceso de pánico. En una de aquellas ocasiones, primero la doncella y después la madre, descubrieron la causa de los horribles sufrimientos.
Deslizándose por la entreabierta puerta de la alacena, semioculta por la cortina de la cuna, apareció la misma mano blanquecina y fofa, con la palma hacia abajo, sobre la cabeza del niño. Lanzando un grito de terror, la atribulada madre cogió al niño en brazos y, seguida por la doncella, penetró en la habitación donde dormía su marido. Apenas cerraron la puerta tras ellas se oyó un suave repiqueteo al otro lado.
Al día siguiente los Rosser dejaron la casa para siempre.
Años más tarde, un tal Mr. Rosser —hombre de aspecto severo y empedernido charlador— narró con gran precisión de detalles la historia de un primo suyo llamado James Rosser. Su primo había dormido siendo niño en la habitación de una casa de tejado rojo de la que se decía que estaba hechizada y que, al cabo de unos años, fue demolida. Durante toda su vida, cuando caía enfermo, se encontraba fatigado o sencillamente en estado febril, tenía una penosa visión: se el aparecía un personaje gordo y pálido. Esta pesadilla se le repitió desde su más tierna infancia, y era tan precisa que conocía mejor los rasgos de aquella cara fofa y enfermiza, los rizos de la peluca empolvada y los bordados de su traje negro que la cara y el traje de su abuelo, cuyo retrato, colgado de la pared, presidía todas sus comidas.
Mr. Rosser contó esto a modo de ejemplo de una pesadilla extrañamente monótona, precisa y persistente, añadió que su primo, al que se refería llamándole «el pobre Jimmy», estimara especialmente terrible el hecho de que el personaje de la pesadilla apareciera con la mano derecha amputada.

NUNCA MAS por Lewis Mahoney


"EL cuervo dijo: ´nunca más´"
Edgar Allan Poe

He visto caer a los hombres como muñecos de trapo bajo ráfagas de fusil; he contemplado los ojos vidriosos y la helada mueca final de los ahorcados; la sangre de la guillotina ha salpicado varias veces mi insana curiosidad. Un cuerpo que cae, una respiración que se rompe, e incluso el golpe seco, terrible, de la cabeza seccionada, son « espectáculos» que, al igual que ocurre con las representaciones teatrales, pueden ser presenciados con cierto distanciamiento, como si aquellas muertes, a fin de cuentas, no tuvieran nada que ver con nosotros. Esto ocurre porque en esa clase de ejecuciones conocemos el «guión» de antemano. Sabemos lo que va a pasar, conocemos los ritos establecidos, de la misma forma que el aficionado a las corridas de toros sabe por dilatada experiencia que en las diversas suertes existe muy poco margen para las sorpresas. Pero también he asistido a una ejecución en la cámara de gas, y puedo asegurar que por nada del mundo volvería a repetir la experiencia. ¡Nunca más! Porque fue ahí y sólo así, ante el cristal que nos separaba del condenado, donde contemplé el verdadero, el imprevisible, el espantoso rostro de la muerte.
Mi condición de escritor y ciertas influencias en las altas esferas me permitieron asistir el lunes, veintidós de octubre de 1979, al horror que desde entonces siembra mis noches de sobresaltos y pesadillas. Yo era uno de los catorce testigos que presenciaron la ejecución de J.B., convicto de asesinato, desde una habitación contigua.
«Es preferible que vayas en ayunas —me aconsejaron—, no se te ocurra tomar ni una taza de café». Pero yo tenías mis propias teorías y decidí que, aunque fueran las cuatro de la madrugada, era mejor atiborrarse con un buen desayuno. No era la primera vez que iba a ver morir a un ser humano. En anteriores ocasiones, la coartada gastronómica había dado muy buenos resultados, ya que la fisiología de la digestión siempre me ha producido el inestimable beneficio de adormecerme la conciencia. Me maldije por haberlo hecho en cuanto vi el rostro desafiante, tranquilo y lleno de desprecio del condenado, y supe que esta vez iba a ser muy diferente de las otras.
Nadie había logrado dormir esa noche en la prisión de Carson City. Escuché una cadena de murmullos ininteligibles, amenazadores, procedentes de las celdas, mientras caminaba, junto con los otros testigos, por los corredores salpicados de barrotes que conducían a la cámara de gas. Alguien gritó: «¡Asesinos!», y los ecos de ese grito resonaron largamente en mi cerebro como una inesperada acusación. Reconocí entonces, bien a mi pesar, que no era inocente, que mis manos no estaban limpias, desde el momento en que me prestaba a representar el papel de testigo, y empecé a sentir vergüenza de mí mismo. ¿Qué diferencia había, en realidad, entre el ejecutor y el testigo de un acto tan execrable como quitar la vida fríamente, legalmente, a un ser humano? Confieso que nunca me había planteado estos problemas. Tal vez porque nunca tuve ocasión de estar físicamente tan cerca de las víctimas. La ejecución estaba empezando a tomar matices sumamente desagradables, incluso antes de que comenzara.
Pero fue, como digo, al ver el rostro del condenado, cuando supe que una oscura sombra iba a entenebrecer mi vida durante mucho tiempo. Paradójicamente, ver en la cara de un semejante que va a morir las señales del terror resulta reconfortante. Porque el miedo de la víctima nos facilita la justificación de lo injustificable. Es como si de alguna forma reconociéramos en ese terror a morir la consecuencia lógica de un justificado sentimiento de culpabilidad por parta de la víctima, y se nos hace entonces evidente el cómodo axioma de que «quien haya hecho algo malo debe pagarlo», aunque sea al monstruoso precio de la propia vida. Pero había algo en el rostro de J. B. que no encajaba en el juego. Y ese algo era, sencillamente, que no mostraba miedo.
Conocía las facciones duras, angulosas, la frialdad de los ojos azules de J. B., por haberlas visto decenas de veces en los periódicos, en ocasión de su sonado proceso. Pero desconocía que un rostro presentado por el sistema como «típico de maleante» pudiera ser capaz de tan inimaginable serenidad ante la hora final. Reconocía entonces que J. B. no era «esencialmente otro» que yo, sino que navegaba como yo mismo en la corriente de la vida, con todas sus contradicciones, y que la distinción maniquea entre «buenos» y «malos» no era sino una mentira estúpida. J. B. sabía que la mejor manera de hacernos daño era no mostrar miedo alguno, y estaba cumpliendo su cometido con la mayor perfección.
Entró en la cámara de gas con una sonrisa. Iba sin zapatos, con calcetines blancos y vistiendo un sencillo pijama azul. Antes de sentarse por última vez en su vida nos miró a todos, uno por uno. Nos miró directamente a los ojos y, como si pudiera adivinar nuestros pensamientos, como si se hubiera convertido en la imagen de un espejo, compuso un gesto adecuado al estado de ánimo de cada cual, irónicamente. De esta forma consiguió que, al menos en lo que a mí respecta, nos sintiéramos dentro y no fuera de la cámara. Eso me provocó las primeras náuseas.
Pero J. B. no había perdido su sonrisa. Podría decirse que se disponía, cuando fue obligado a sentarse, a ver un divertido programa de televisión. Su último espectáculo éramos nosotros mismos, los testigos, y al parecer no estaba dispuesto a perdérselo. Y entonces fue cuando tuvo su primer gesto increíble. Sin abandonar su sonrisa, sin manifestar la menor compasión por sí mismo, levantó su puño izquierdo con el pulgar hacia arriba, y luego giró la muñeca haciendo que el pulgar se colocara en sentido inverso. Era el mismo gesto con el que los césares, desde el estrado del coliseo , condenaban a muerte a los gladiadores. La ambigüedad del gesto me produjo un insoportable escalofrío. No estaba claro si con él nos condenaba a nosotros o aceptaba, soberanamente, su propia condenación. En cualquier caso, la propia muerte parecía seguir importándole muy poco. La lentitud del proceso mortal, característica de las ejecuciones en la cámara de gas, nos iba a permitir conocer si esa indiferencia era real o fingida, si J. B. sería capaz de aguantar el tipo hasta el final.
Unos simples correajes en las muñecas y en los tobillos le sujetaron a la silla metálica. Los dos guardianes encargados de realizar la operación, hombres fornidos con el rostro cubierto por una especie de mascarilla negra, de seda, no encontraron dificultad alguna en su trabajo. Mientras le sujetaban las muñecas estuve atento a las manos de J. B., pero no pude advertir en ellas el más mínimo temblor.
El rostro de J. B., sin abandonar la sonrisa, comenzó a palidecer en cuanto los guardianes se marcharon, cerrando tras de sí la puerta de la cámara de gas con un golpe sádico, anormalmente más fuerte de lo que fuera necesario. Siguió un lento compás de espera que J. B. aprovechó para volvernos a mirar intensamente, hasta el fondo de los ojos. Era una mirada demasiado humana para soportarla, y la mayoría de los testigos volvió la cabeza. Yo la aguanté un buen rato, creyendo ilusoriamente que al hacerlo podría infundirle valor. Pero cuando advirtió mis compasivas intenciones, sus ojos me inundaron de un orgulloso desprecio, y tuve que volver la cabeza como todos, con la vergüenza aflorando en mis mejillas, teniendo que reconocer que no era mejor que los demás testigos. En ese momento hubiera deseado marcharme, no sólo porque sabía que el verdadero horror iba a comenzar entonces, sino también, sencillamente, porque no podía soportarme a mí mismo.
Lo más digno hubiera sido precisamente eso: levantarme de la butaca y testimoniar con esa huida mi disconformidad ante aquella macabra farsa, y estoy seguro de que no fui el único testigo que experimentó este sentimiento. Pero tuve que reconocer la existencia de otro infinitamente más fuerte, el de la morbosa, la insana curiosidad de ver morir a un hombre. Un sentimiento horrible si se quiere, pero sin duda más apasionante que ninguno.
Sabía cómo iba a funcionar el hipócrita mecanismo. Tres funcionarios de la prisión, desde un lugar que permanecía oculto tanto a las miradas de los testigos como a la del condenado, pulsarían otros tantos botones, aunque sólo uno de ellos accionaría en realidad el dispositivo. Así, nadie sabría nunca quién fue el verdadero verdugo, y de esta forma el sentimiento de culpa se diluía hasta alcanzarnos a todos nosotros. El mecanismo estaba concebido de tal manera que, al ser accionado, dejaba caer varias pastillas de cianuro potásico en un recipiente con ácido sulfúrico, colocado justamente delante de las narices de J. B.
Vimos con toda claridad cómo caían siete gruesas pastillas blancas dentro del recipiente, vimos que el ácido iniciaba una furiosa ebullición y que un humo blanquecino, denso, comenzaba a desprenderse en el interior de la cámara. J. B. dio entonces un extraño alarido, mitad de terror y de satisfacción, y comenzó a inhalar rápidamente, sin duda creyendo que con ello podría acortar los terribles momentos del final. Pero la cámara de gas no está concebida para una muerte rápida. La cámara de gas es una cámara de tortura que hace sufrir indeciblemente, prolongando al máximo la agonía del condenado, y permitiendo que el espectador experimente la sádica satisfacción de seguir con toda minuciosidad las ominosas fases de esa agonía. Quien imaginó esta tortura estaba pensando en acabar con la integridad física de la víctima, pero sobre todo con su integridad moral, socavando lentamente su condición de ser humano hasta reducirlo al estado de bestias.
Probablemente, J. B. intuía esta realidad, ya ello se debía que desde el primer momento hubiera adoptado esa actitud orgullosamente digna y despreciativa que nos había sobrecogido. Y, por lo que pudimos ver, estaba dispuesto a seguir manteniendo tal postura hasta donde le fuera posible.
Tenía los ojos excesivamente abiertos, casi desorbitados, y comenzó a resollar, dando muestras de una insufrible angustia fisiológica. Pero sus ojos conservaban, en toda su integridad, el brillo de su altivez. El gas proseguía lentamente su insidiosa labor, y no tardamos en ver su rostro cada vez más rojizo, como si la sangre quisiera escapársele de las venas. Volvió a gritar de nuevo varias veces, pero ahora eran puros alaridos desesperados, probablemente proferidos de una manera refleja, orgánica, aún en contra de su propia voluntad. Y hasta ese momento, su espantosa lucidez no le había abandonado ni un sólo segundo.
Sin embargo, la acción del gas tuvo para J. B. algunos instantes de clemencia, ya que en varias ocasiones vimos que su cabeza se caía, durante unos momentos de obnubilación, para levantarse de nuevo, despertada por el imperativo horror de lo que le estaba sucediendo. Le vimos contraerse con tanta fuerza que consiguió soltar la correa de su mano derecha. Confieso que sentí un pánico cerval pensando en la improbable posibilidad de que lograra desasirse del todo, romper el cristal con furia y abalanzarse sobre todos nosotros. ¿Qué hubiera sucedido entonces? Probablemente, lo hubiera rematado a tiros allí mismo, como a una bestia. No fue eso lo que ocurrió, sino que al comprobarse que había roto la correa, un nuevo montón de pastillas, tal vez quince o veinte, cayeron sobre el ácido.
Era una precaución tan inútil como excesiva, ya que J. B., pese a la extraordinaria robustez de su naturaleza, estaba entrando en franca agonía. Su mano libre, mostrando una horrorosa crispación, manoteaba inútilmente, como queriendo espantar, en un último esfuerzo, al fantasma de la muerte. Por las comisuras de sus labios comenzó a desprenderse la saliva, y una lengua enorme, cárdena, seca, asomó hasta quedar apoyada en el labio inferior. Por los ojos enrojecidos, entreabiertos, comenzaron a manar abundantes lágrimas. Y aunque no podíamos oírle, porque su voz era ya muy débil, entendimos por los acompasados movimientos de su rostro que estaba sollozando.
A mi lado, uno de los testigos perdió el conocimiento. Otro tamborileaba nerviosamente con los dedos en los brazos de su butaca, y casi todos estábamos pálidos, deseando que el macabro espectáculo terminara cuanto antes. Pero también advertí un rostro sonrosado, sonriente, de ojos duros como cristales, cuya inequívoca sonrisa mostraba bien a las claras la naturaleza de su profunda satisfacción. Me compadecí de aquel pobre sujeto mucho más que del propio J. B. quien, conforme a la promesa hecha días antes, había tratado al menos de «morir como un hombre».
Pero, ¿cómo muere un hombre? Un hombre muere como un cerdo, como un perro o como cualquier otro animal. No hay dignidad posible en una muerte violenta porque el organismo, cuando está rebosante de vida, se niega desesperada, absolutamente, a dejar de existir, y muestra su disconformidad ante los verdugos con mil signos adversos y escalofriantes: el temblor de las manos, la contracción del cuerpo, el grito angustiado, la inútil furia de la desesperación. Y eran precisamente esos signos lo que congregaban a las multitudes, cuando las ejecuciones se realizaban en la plaza pública.
Semejantes reflexiones me embargaban el ánimo cuando creía que ya no quedaba nada por ver. Pero la cámara de gas es una caja de sorpresas macabras. Todos creíamos que J. B. había entrado ya en las últimas. Pero entonces le vimos abrir los ojos, mientras respiraba a un ritmo alocado, y levantar el puño derecho hacia donde estábamos, como si quisiera descargar en nosotros sus últimas fuerzas. Y volví a escuchar de sus labios convulsionados, a pesar del obstáculo que constituía el grueso cristal, el mismo grito con que fuimos recibidos al encontrar en la prisión de Carson City:
—¡Asesinos!
Luego cayó desplomado, con la barbilla hundida en el pecho y sus pantalones se humedecieron más y más hasta que las gotas de orín llegaron al suelo. Había muerto.
Entonces vomité. Como vomito nuevamente cada vez que lo recuerdo…

5 abr 2010

LA OPERACION por José León Cano


Con delicada saña pasó la hoja del bisturí sobre la piel rozándola apenas. Al hacerlo, sintió la euforia de un patinador sobre hielo que acabara de realizar una graciosa pirueta. El vientre desnudo de la muchacha se ofrecía a sus manos de cirujano como un fruto prohibido. Luego posó sus dedos enguantados sobre la tentación del pubis y el ombligo y no pudo evitar un hondo estremecimiento. Era la adolescente más hermosa que había tocado en su vida. Advirtió cómo, pese a la anestesia, la piel de la enferma se erizaba con aquel contacto. Tenía diecisiete años y había ingresado poco tiempo atrás en el hospital, aquejada de una peritonitis. Era necesario operar de inmediato.
"En el mejor de los casos - pensó- le quedará la huella de la cuchillada para siempre."
Esta idea le produjo un extraño sentimiento, en el que participaban por igual la compasión y la complacencia. Porque con el bisturí entre las manos se creyó un ser todopoderoso, capaz de otorgar la vida o la muerte a su capricho, y en este último caso, impunemente. Al fin hundió su instrumento el Sitio preciso, y de la piel cortada comenzó a manar la sangre con una insistencia que a él casi le pareció gozosa.
El espectáculo de la sangre caliente puso en funcionamiento un tortuoso mecanismo de su mente, cuyo resultado (si de sangre femenina se trataba) era una creciente satisfacción de carácter sexual. Observar su roja fluidez, sentir su tibia textura, apreciar su olor agridulce y penetrante, su curso lento y cada vez más viscoso le estimulaba hasta la excitación, compensándole su impotencia crónica, sublimándole el temible deseo de la cópula. Por eso  reconoció eufórico se había hecho cirujano.
La mañana, sin embargo, era especialmente desagradable y triste. Como lo habían sido, en general, los cuarenta años de su vida. La soledad y el resentimiento se acumulaban en su pasado, como esas grisáceas brumas de otoño que intentaban traspasar los grandes ventanales del hospital. En compensación, deseó poseer de aquella chica algo más que el equívoco calor de la sangre: quiso experimentar el placer supremo de los sacerdotes aztecas ante la losa de los sacrificios. Proclamar, en su fuero interno, la realidad de un poder ilimitado.
La tentación del sacrificio fue acogida por su conciencia, al principio, con irónico distanciamiento. Pero la belleza de la muchacha le turbaba tanto como le exasperaba la imposibilidad de poseerla. Adivinó las apetecibles formas de sus muslos, sin duda desnudos y anhelantes bajo las sábanas. Deseó conocer su rostro y, suspendiendo su labor cisoria pero sin que su mano abandonara el bisturí, ordenó a una de las enfermeras que levantase la tela que lo cubría. El cabello rubio le caía, con abundancia casi impertinente, sobre la redonda tersura de los hombros. Le atrajo como una llamada imperiosa su boca entreabierta, de labios abultados y gesto sugerente. Sus pequeños senos quedaron igualmente al descubierto, palpitantes en el sincronismo de la respiración, en la dulce simetría de los pezones. Levantó uno de los párpados de la anestesiada y contempló la mirada ciega de un espléndido ojo azulado, en cuyo iris se reflejó la adusta y ansiosa cara del oficiante. Aunque la presencia de las dos enfermeras le impedían besar esa boca, atraer hacia el suyo aquel cuerpo delicioso, cuyo vientre acababa de conocer la violación simbólica de su bisturí, advirtió, por la forma en que le miraban, que una y otra estaban sorprendidas ante su inusual forma de actuar. No tuvo más remedio, por tanto, que volver a centrar su atención en la incisión del vientre.
Introdujo sus dedos en la herida y profanó el secreto de los intestinos. Descubrió la raíz del mal y operó con impecable destreza, sajando, saturando y cosiendo donde era menester. Pero oprimió también determinado conducto venoso, cierta zona vulnerable donde se concentraba el fluido de la vida. Un rayo de maldad iluminó su mente, producido por la insania de un placer prohibido. Porque oprimir ese punto era como apretar el corazón de la muchacha. Sentía en las yemas de los dedos el ritmo de la sangre detenida como los golpes de un tambor, y la muchacha sufrió las primeras convulsiones.
- ¡Rápido! ¡La mascarilla de oxígeno!
Sabía ahora lo que significaba ser dueño de una vida, tenerla enteramente a su merced. Imaginó la inmensa alegría del verdugo con el hacha levantada, segundos antes de descargar el golpe mortal. Pero se contuvo, tratando de prolongar lo más posible aquel placer terrible y desconocido. Mientras las enfermeras le obedecían con puntualidad, colocando los conductos del oxígeno sobre la boca de la paciente, aflojó la presión de su mano. Su propia audacia le asustó, y a la vez que una parte de su ser se compadecía de la muchacha, la otra estaba exultante por el triunfo de su poder: la anestesia era impotente para contener el horror de la respiración entrecortado, ansiosa, y un alarido animal se escapó de la garganta de la chica. Flotó la sombra de la muerte en el quirófano, invocada por los dedos asesinos del cirujano:
- ¡Es el corazón, doctor Rand!
- ¡El corazón... Sí... ¡Más oxígeno! ¡Inyectar escopolamina!
Pero los dedos de su mano segaran acariciando el conducto peligroso, y de nuevo volvía a ejercer presión sobre él. Tanta, que la cara de la muchacha se contrajo, echando espuma por la boca, y un tinte amoratado cubrió sus mejillas... Las enfermeras vieron cómo se nublaban los ojos del doctor Rand, cómo dejaba asomar la punta de su lengua y cómo trataba de ocultar, en vano, un obsceno gesto de placer. Mientras, el cuerpo de la muchacha se estremecía, su respiración se agotaba cada vez más, y la inminencia de un final inevitable parecía reflejarse en la terrible lucidez de sus ojos, triunfante a duras penas de la anestesia. Irrumpió, de pronto, toda la fuerza de su juventud. Se incorporó en un supremo esfuerzo, cayendo al suelo la mascarilla de oxígeno, sin que los histéricos gestos de las enfermeras pudieran evitarlo. Pero la muerte segó su movimiento antes de que pudiera liberarse de aquella infame mano que oprimía sus entrañas. Cayó sobre la mesa de operaciones como un pelele, inundada de odio. Acto seguido, el semen fluyó y manchó los calzoncillos del doctor Rand.
El cuerpo sin vida de la muchacha componía una figura atroz mientras la sangre goteaba inexorablemente, manchando los ladrillos del suelo. Una última lágrima, producto tal vez de la desesperación póstuma, rodaba por su mejilla hasta sumirse en la magnificencia del cabello. Los brazos tensos, las manos agarrotadas, caían a ambos lados de la mesa, señalando en un imposible gesto acusatorio el charco de sangre cada vez mayor que se iba formando en el suelo. Los destrozos ocasionados en el vientre constituían un espectáculo nauseabundo, pues saltaba a la vista el pálido y complicado trenzado de las vísceras, el horrendo contraste de la incisión sanguinolento en una piel que rezumaba delicadeza y seguía inspirando el deseo, a pesar de todo.
El doctor Rand contemplaba su macabra labor atónito, como si le costara trabajo despertarse a la terrible realidad que había creado. Los ojos de la muchacha continuaban abiertos, y el horror que había sellado sus últimos momentos los seguían empujando fuera de las órbitas. «Si esos ojos pudieran volver a la vida y me miraran  pensó , no podría soportarlo». Sintió asco de sí mismo, y al recordar su miserable acción no pudo evitar el vómito. Luego se puso a temblar, lloró sin proferir un solo gemido, y su camisa se empapó de un sudor viscoso y frío. En ese estado, ayudado por las dos enfermeras, logró salir del quirófano.
Regresó a su casa más temprano que de costumbre, agobiado por el peso de su conciencia, deseando dar cuanto le quedase de vida a cambio de poder borrar de su pasado lo sucedido por la mañana. Hay angustias que, el ser humano no puede soportar sin perder la razón, pero el doctor Rand no temía tanto esa pérdida como la horrorosa prueba de verse a solas consigo mismo, en la soledad de su casa. Pese a lo cual había traspasado la puerta de su apartado chalet una hora antes de lo acostumbrado, harto de vagar con su culpa a cuestas por las heladas calles de la ciudad. Estaba dispuesto a tomar un fuerte somnífero, beberse media botella de whisky y meterse inmediatamente en la cama con la esperanza de perder el sentido y, con un poco de suerte, no volver a recuperarlo nunca.
El sol, agonizante y perdido entre las brumas, aún repartía un poco de luminosidad por el cielo. Envuelto en sombras, fundiéndose con las del interior, un viento helado penetró en su casa cuando el doctor Rand abrió la puerta. Pulsó el interruptor de la luz, pero las bombillas no se encendieron. «Tal vez el viento - pensó- ha derribado algún poste, y por eso se ha cortado el fluido eléctrico». El viento, en efecto, comenzaba a ulular por los intersticios de las ventanas mal cerradas. Aceptó que el inconveniente de vivir casi en el campo, aislado de las muchedumbres urbanas, era precisamente que los fenómenos de la naturaleza se percibían con mayor intensidad, y sus consecuencias se sufrían de una forma más directa e inmediata. Pero apenas si le molestó esta fastidiosa circunstancia, sumido como estaba en la densa atmósfera de la desesperación. «Mejor si no hay luz  se dijo . Así no tendré la oportunidad de verme la cara cuando pase delante de un espejo».
A tientas, sin molestarse siquiera en encender un fósforo, se acercó al bar y cogió la botella de whisky, dirigiéndose con ella hacia el dormitorio. Dejó la botella sobre la mesilla de noche, cogió el somnífero de uno de los cajones, se lo tomó y se desvistió a oscuras. Una vez en la cama descorchó la botella y bebió un largo trago que le quemó las entrañas. Pero continuó bebiendo con celeridad hasta más allá de donde se había propuesto, y esperó luego la benigna llegada de la inconsciencia.
Sin embargo, la acción del somnífero, combinada con la del alcohol, le produjo justamente un efecto contrarío al esperado, puesto que una aguda y distorsionada lucidez se adueñó de su mente, y recordó con espantosa claridad todas las imágenes de lo sucedido por la mañana. Vio de nuevo el cuerpo retorcido y jadeante de la muchacha. El calor de sus entrañas le seguía quemando la mano, y las lágrimas brotaron inútil y abundantemente de sus ojos. Jamás se había sentido tan solo, tan deseoso de dar por terminada de una vez su miserable existencia.
El viento bramaba en los cristales, mientras la noche extendía por todas partes su negro poderío. El silencio comenzó a poblarse de susurros sigilosos, apenas audibles cuando el viento cesaba momentáneamente en su furia. Un calor nauseabundo, procedente del alcohol acumulado con exceso en el estómago, le anegó el cerebro, sin perder por ello la conciencia de sí, del mundo circundante y de los espantosos recuerdos de la mañana.
Creyó percibir cómo se abría lentamente, tal vez empujado por una mano invisible, la puerta de su dormitorio. Se incorporó sobresaltado, logrando reprimir un grito. Dedujo, en plena oscuridad, que era eso lo que estaba ocurriendo, habida cuenta del gruñido característico de las bisagras, de ese ruido familiar que ahora, sin embargo, le tenía paralizado. El gruñido se estiraba despacio, muy despacio, como si la fuerza que intentaba abrir esa puerta encontrara dificultades en el empeño o careciera absolutamente de prisa. Una angustia intolerable parecía querer arrancarle el corazón, y éste se resistía bombeando desesperadamente, reproduciendo en su propio pecho la horrible cadencia de latidos que su mano había cercenado por la mañana.
«Será una corriente de aire - trató de engañarse- . Sin duda es eso. Las ventanas no encajan como debieran».
Pero el lento chirriar de las bisagras era demasiado lento, demasiado persistente y prolongado como para atribuirlo a una causa tan inocente. De pronto, un pavor irresistible se apoderó de su respiración, suspendiéndola: estaba viendo los dedos de una mano fosforescente, pálida como el papel, empujar la puerta.
Y entonces ya no pudo reprimir el grito que pugnaba por escapársele de las entrañas desde hacía largos minutos. Durante un segundo, su cerebro chisporroteó, espoleado por el terror, con mil ideas contradictorias. Quería levantarse rápidamente y cerrar la puerta, antes de que se abriera por completo, dejando ver la figura que la empujaba; quería extender el brazo izquierdo y encender la luz de la mesilla de noche; quería esconderse debajo de la cama; quería el poder de atravesar las paredes y lograr escapar de esta forma; quería que su tamaño se redujese hasta el punto de hacerse inencontrable; quería...
Pero lo cierto es que su cuerpo se negaba a obedecerle, que permanecía inmóvil sobre el lecho, que comunicaba a la cama las vibraciones de su temblor irreprimible, que su esfínter se había aflojado, que había desaparecido la tensión de la vejiga, y que el alma quería escapársele, aterrorizado, por todos los poros de su cuerpo.
La puerta, empujada por aquella mano inconcebible, continuaba lentamente su recorrido. El doctor Rand no veía otra cosa que el halo fosforescente de unos dedos acercándose cada vez más. Pero al fin la puerta se abrió del todo, y la figura abominable de una pesadilla se mostró a sus ojos. Algo como una leve gasa negra semiocultaba la increíble fosforescencia de un cuerpo femenino desnudo, apenas esbozado entre las sombras, que portaba en la mano izquierda un bisturí. Pero lo que más impresionó al hombre acurrucado sobre la cama eran los movimientos rígidos, casi automáticos, de esa figura hierático cuya palidez semejaba la de un cadáver; la expresión de un rostro enajenado cuyos ojos sonámbulos, carentes de iris, aparecían con los glóbulos limpios como los ojos de las estatuas griegas; la boca entreabierta, grotesca, de belfo caído y dientes puntiagudos, de cuyas comisuras brotaba un líquido espeso y rojizo; el cabello enmarañado, pastoso, cuyo color pajizo lo hacía semejante a una estopa.
Escuchó un sonido gutural, inarticulado, mientras la figura, ya traspuesta del todo la puerta, señalaba a su vientre con la mano derecha. El doctor Rand observó entonces la existencia de una cicatriz sanguinolenta, y el miedo congeló la médula de sus huesos. Incapaz de reaccionar fue testigo del lento avance de la figura, cuyo bisturí expandía un brillo siniestro. Algo cayó entonces sobre su cabeza, ocultándole la visión e impidiéndole todo movimiento. Los últimos resortes del instinto le hicieron gritar de nuevo, con la desesperación atenazándole la garganta. Sus gritos se transformaron en aullidos cuando sintió la presencia de un cuerpo aplastándose contra el suyo, de una respiración afanosa junto a su cara cubierta por la sábana que no le dejaba moverse, de unas manos que aferraban tenazmente sus muñecas. Pero sus aullidos no le impidieron escuchar una voz femenina, proferida con tranquila furia:
- ¡Cerdo!
Luego sintió la espantosa caricia del bisturí adentrándose en su vientre. En vano trató de incorporarse para repeler la agresión. No se lo permitieron la sábana que le había echado encima y las manos que le sujetaban. De nuevo sintió el bisturí adentrándose cruelmente en las entrañas, y otra vez escuchó la vengativa voz:
- ¡Cerdo! ¡cerdo! ¡cerdo!
El insulto resonó largamente en su cerebro agonizante hasta las puertas mismas de la muerte. Las atravesó con el cuerpo cubierto de una infame mezcla: la que formaban su sangre y sus defecciones. Aceptó como parte del castigo el no llegar a conocer la identidad de sus ejecutores. Si su mente no hubiera estado tan alterada por el somnífero, el alcohol y el remordimiento, no le hubiera costado trabajo reconocer a las dos enfermeras que le habían asistido durante la operación.

3 abr 2010

LA VENGANZA DE ISIS (II) por Bruce G. Bancroft


En primer lugar, queda claro que este relato es una continuación de LOS MENDIGOS DE ISIS, por lo que no es recomendable saltearse la primera parte. En segundo lugar, y como dice la data de LOS MENDIGOS... en la SELECCION SEGUNDA, este cuento fue publicado en el volumen No 2 que no pertenece a la colección de tomos que hacen posible a CUENTOS NEGROS.


Cuando iba aproximándome a la mansión Lenton pude comprobar que una gran parte de la propiedad estaba rodeada por un muro de regular altura que no existía la última vez que yo había visitado la residencia de mi amigo.
Aquella pared, que partiendo del ala derecha de la casa encerraba dentro de su perímetro un gran sector del jardín, debía de tener unos tres metros de altura, y como se erigía sin solución de continuidad hasta la parte posterior del edificio, impedía al visitante la contemplación de lo que antaño había sido el sector más bello del parque.
Las últimas noticias acerca de mi amigo las había obtenido a través de su hermana cuatro o cinco meses atrás. Mercedes, cuando ya Víctor había puesto rumbo al norte de Africa, me notificó que, preocupada por la falta de nuevas acerca de su esposo, que se interesaba en gran modo por la arqueología, había rogado a su hermano que se desplazara a Egipto a fin de localizarle y obtener una explicación que aclarara el motivo de su prolongado silencio.
La falta de afecto puesta de manifiesto en la s últimas misivas del marido de Mercedes, así como las vaguedades acerca de las cuales trataba en sus cartas, hicieron nacer en el ánimo de la hermana de Víctor la sospecha de que alguna otro mujer se había posesionado del corazón de su esposo.
Durante varios meses se mantuvo silenciosa considerando que podría tratarse de una aventura pasajera que tendría su epílogo apenas él pusiera de nuevo los pies en Inglaterra. El temor a provocar un escándalo basándose tan sólo en dudosas conjeturas, y la respetabilidad del nombre de su familia, caso de que sus sospechas resultaran ciertas, fueron el motivo de que permaneciera pacientemente a la espera del regreso de Adriano. El tiempo, no obstante, se encargó de demostrar que sus presunciones tenían algo de cierto.
Las vaguedades referidas por Adriano en sus cada en más espaciadas misivas fueron dejando paso a incoherencias y desvaríos que hicieron nacer e Mercedes la sospecha de que su esposo estaba a punto de perder el juicio, y alarmada por la situación mental que se traslucía en la correspondencia de Adriano, rogó a su hermano, cuando hacía ya semanas que no recibía ninguna carta, que se trasladara a Egipto a fin de localizar a su esposo y convencerle de que regresara al solar familiar.
Cuando fui sabedor de los acontecimientos que acabo de referir, Víctor se encontraba ya rumbo a Africa del Norte, adonde, según los medios de transporte y el itinerario que había elegido, debía haber llegado ya, pese a todo lo cual, Mercedes continuaba sin recibir confirmación de su arribada a Egipto. Días más tarde supo finalmente, merced a una breve carta, que mi amigo se encontraba ya en El Cairo, y que su retraso había sido debido a un singular suceso que le avino durante una breve escala en Atenas. Cuál fue la naturaleza del singular acontecimiento que le acaeció en la capital griega es cosa que, a pesar de mi enorme curiosidad, no me ha sido revelado todavía.
Supe por medio de terceras personas el regreso de Víctor tras algunas semanas de permanencia en Egipto, y me llegaron rumores de que, al parecer, había vuelto solo. Quizá Adriano no había consentido en retornar, o acaso las presunciones de Mercedes se habían visto confirmadas.
Sea como fuere, una vez que transcurrió un período de tiempo prudencial, y cuando consideré que mis deberes de cortesía así me lo exigían, intenté ponerme en contacto con Víctor, pero todas mis tentativas resultaron infructuosas. Finalmente, a riesgo de resultar impertinente, escribí a Mercedes una breve nota den la que le preguntaba por el resultado de las pesquisas de su hermano.
La respuesta de Mercedes no se hizo esperar, y en aquella me comunicaba la triste noticia de que, con arreglo a las averiguaciones que Víctor había llevado a cabo, Adriano había fallecido víctima de una enfermedad causada por la insalubridad de aquella remota región del globo. Nada me indicaba acerca de destino que habían decidido dar al cadáver de su esposo, por lo que sospeché que, como era lo más lógico en una familia de su nombre y posibilidades, realizarían el traslado del cuerpo tan pronto como las autoridades egipcias dieran su visto bueno y se cumplieran los engorrosos trámites que conllevan semejantes casos.
Decidí entonces, como la cosa más lógica, visitar a mis amigos a fin de transmitirles mi pésame por la desaparición de Adriano, por lo que, a fin de o resultar inoportuno, les solicité por medio de una letras que fijaran la fecha más conveniente a fin de rendirles visita. Pero transcurrieron los días, e incluso las semanas, y yo no recibía la respuesta a mi carta.
Supe entonces, por medio de unos amigos comunes, que Mercedes había vuelto a residir con su hermano en la mansión familiar, y que, desde el regreso de éste de Egipto, no habían vuelto a recibir visitas ni a salir de sus dominios campestres. Todas las tentativas de amigos y parientes para cumplimentarles habían resultado inútiles.
Mientras me aproximaba ahora a la mansión Lenton, consideraba a qué podría deberse la erección de aquel muro y por qué Víctor había juzgado necesario ocultar aquella parte del parque a la vista de extraños.
Dejando estacionado mi automóvil junto a la gran escalinata de acceso a la puerta principal, ascendí las gradas con la convicción de que mi legada ya había sido advertida por los habitantes de la mansión. Deseaba que mi presencia, que en contra de los convencionalismos sociales no había notificado de antemano, no fuera tomada como una muestra de descortesía, sino como un modo de forzar, de forma afectuosa, el voluntario encierro al que los dos hermanos se habían sometido debido al luctuoso suceso acaecido algún tiempo atrás. No en vano me consideraba el mejor amigo de Víctor y había sido acogido con gran cordialidad hacía años en el círculo de Mercedes.
Golpeé varias veces sobre la puerta con el pesado aldabón, y, tras esperar unos instantes, retrocedí unos pasos y miré hacia las ventanas. No parecía haber nadie en el piso superior, de manera que, aproximándome de nuevo a la puerta llamé insistentemente. Pocos instantes después oí el descorrer de cerrojos, pero cuando pensé que iban a franquearme por fin el paso, se abrió una pequeña sección enrejada y alguien, a quien no podía ver, me miró desde la oscuridad interior.
–¿A qué has venido? –dijo una voz que al pronto no pude reconocer.
–¿Víctor? –pregunté indeciso.
–¿Qué quieres? –repuso la voz.
–Víctor. ¿Eres tú?
Hubo unos instantes de silencio, y a continuación la voz manifestó:
–¿Qué buscas aquí?
–Abre, te lo ruego –insistí.
De pronto escuché un rumor que en principio no supe a qué atribuir, pero poco después comprendí que mi amigo, si era él quien se encontraba tras la puerta, estaba sollozando.
Al cabo de unos instantes se cerró la mirilla, lo que yo consideré preludio para que se me franqueara la entrada, pero, ante mi sorpresa, no ocurrió tal cosa. La puerta continuó cerrada, y los sollozos, ahogados por la sólida madera de los macizos entrepaños, me permitieron deducir que la persona con la que había hablado continuaba del otro lado de la puerta.
En el cielo se reflejaban las últimas luces de crepúsculo y un viento desapacible y frío comenzó a agitar las ramas de los árboles. Desde el horizonte iban cerniéndose sobre la casa y los campos que la rodeaban amenazadoras nubes que presagiaban tormenta, y yo, inmóvil sobre la escalinata, permanecía indeciso acerca de la determinación que me convenía tomar.
Por último, cuando ya me disponía a utilizar de nuevo el aldabón, un relámpago iluminó la mansión, a cuya blanquecina y fugaz luminosidad la casa adquirió perfiles siniestros. El trueno no se hizo esperar y cuando su tableteo fue extinguiéndose, el aire trajo hasta mí como un eco de la tempestad: un rumor de tonos graves, un apagado cántico procedente del ala derecha de la casa, llegó hasta mi oído; una sorda melopea que me hizo pensar al instante en el claustro de un monasterio o en una salmodia surgida de gargantas que yacieran bajo tierra.
Abandonando la fachada principal de la mansión me dirigí hacia el lugar de donde parecían surgir los cánticos. El rumor se iba haciendo más elevado a medida que me aproximaba al ala derecha de la casa, y las extrañas preces –pues estoy seguro de que se trataba de oraciones–, se dejaron oír con gran intensidad cuando llegué al pie del muro que circundaba el jardín.
En aquel momento comenzó a llover con gran fuerza, y el fragor de la lluvia, mezclado al estrépito producido por los truenos y al inquietane cántico al que me he referido –todo ello bajo la deslumbradora claridad de los relámpagos–, configuraron un cuadro de tan sobrenaturales características que, sobrecogido por un espanto irracional, corrí hacia mi automóvil y me alejé de la mansión Lenton perseguido por el retumbar de las exhalaciones.
Durante dos días me mantuve en un estado de confusión que únicamente atribuí a la desafortunada coincidencia de aquellos elementos, naturales por otra parte, que contribuyeron a teñir mi llegada a la mansión Lenton con tintes extraordinarios; siendo así que, salvo el lógico disgusto de mi amigo, causa de que prefiriera hurtarme su presencia, nada ocurrió durante mi visita que hubiera podido causarme semejante desasosiego. Nada, excepto aquel turbador cántico surgido de la tierra misma.
Considerando que el dolor por la pérdida de Adriano habría de mitigarse con el tiempo, decidí dejar pasar unas semanas antes de volver a la casa de mi amigo, pero, no habían transcurrido quince días, cuando mi sirvienta me entregó una carta que había sido traída en propia mano por alguien cuya descripción no supo darme con precisión
Lo ajado del sobre daba ya indicios de que aquella misiva había pasado por toda una suerte de vicisitudes desde que fuera librada.
En efecto, la fecha de encabezamiento databa de hacía ocho días, y los primeros renglones de la carta me hicieron temer que su entrega su hubiera demorado tanto que fuera ya demasiado tarde para impedir que se cumplieran los presentimientos que su remitente ponía en ella de manifiesto.
«Mi querido amigo» –comenzaba diciendo Mercedes (pues no era otra la firmante de la misiva). Nada pude hacer la otra tarde, a pesar de hallarme en la casa, para franquearle el paso; nada en absoluto, puesto que, desde hace algún tiempo, vivo en un estado de reclusión forzada. La única ocasión que me ha sido dada en esto s últimos meses de comunicarme con el mundo exterior se materializa en esta carta que escribo a escondidas y que confío pueda llegar hasta usted (no me pregunte por qué medio) antes de que sea demasiado tarde.
Como usted sabe, la prolongada ausencia de mi marido me indujo a rogar a mi hermano Víctor que partiera en su búsqueda. Sus últimas cartas me hacían temer que se encontrara a punto de perder el juicio o quizá de algo peor. Ni que decir tiene que mi hermano, presto a satisfacer siempre mis menores deseos, emprendió el viaje hacia El Cairo, en las proximidades de la cual ciudad, trabajando en unas excavaciones arqueológicas, debería de hallarse mi esposo.
Transcurrió la fecha en que, según mis cálculos, Víctor debería haber arribado a Egipto, pero, no habiendo recibido confirmación de su llegada, comencé a inquietarme temiendo que hubiera sufrido algún accidente en ruta. Pocos días más tarde recibí finalmente noticias suyas. Se encontraba ya en El Cairo y su retraso había sido debido a una singular aventura que le acaeció en la capital de Grecia, donde se vio forzado a hacer escala. Aunque en todo momento se ha negado a describirme qué género de acontecimientos le sobrevinieron en aquella ciudad, y he retenido acceso a un manuscrito, especie de diario, en donde narra pormenorizadamente todo lo que día a día, le avino desde que dejó nuestro país. Los sucesos de Atenas son de naturaleza tan increíble y de tan espantosas características que, por el momento, me veo incapacitada de repetir su relato para usted. Tal es el pavor que me produciría la reproducción de esa parte del diario de Víctor.

No puedo precisar cuánto tiempo ha transcurrido desde que inicié esta carta. Solamente diré que, debido a causas que no comprendo muy bien, me he visto forzada a interrumpir mi relato y quizá tenga que hacerlo nuevamente. Hay algo dentro de mí que, pese a mis deseos de comunicarme con usted, me invita a veces a destruir el papel sobre el que estoy escribiendo estas líneas. En ocasiones temo estar a punto de perder el juicio. No recuerdo ningún caso de locura entre nuestros antepasados, pero es posible que el germen de la demencia que parece poseerme a veces proceda de tiempos mucho más antiguos.
El regreso de mi hermano fue para mí causa de gran dolor, no porque no anhelara su vuelta, sino debido a que, como yo me temía, fue portador de luctuosas noticias: mi esposo había fallecido en Egipto debido a ciertas fiebres endémicas.
Yo acogí la noticia con el natural pesar que no disminuyó la presunción que del fatal acontecimiento me había forjado, y cuando transcurrieron algunas fechas, me extrañé de que Víctor no me hablara palabra acerca del traslado de los restos de Adriano a nuestro país a fin de darles sepultura en nuestro panteón familiar.
Me apercibí de que, lo que en principio me había parecido una generosa evasiva tendente a no aumentar mi dolor, no era sino un empeño manifiesto de no tocar el tema de los restos de mi difunto esposo.
Cada vez que yo intentaba hablar de ello, Víctor pretextaba alguna ocupación y me dejaba con la palabra en la boca.
Debido a la soledad en que me había sumido la muerte de mi marido mi hermano me rogó que viniese de nuevo a vivir con él, a lo que yo accedí gustosa: el aislamiento y la incomunicación nunca han sido de mi gusto.
La tristeza que me embargaba pareció comunicarse también a mi hermano. Seguramente al contemplar mi pesadumbre se sentía asimismo infeliz. Abandonó todas sus ocupaciones habituales, y no volvió a preocuparse de los negocios a los que normalmente se dedicaba, dejándolos en manos de administradores más o menos honrados.
Frecuentemente se recluía en sus habitaciones durante largos períodos de tiempo, y poco a poco, se dio maña para irse desprendiendo de los miembros de la servidumbre y contratar empleados que se dedicaban sólo durante una horas a las tareas de limpieza, pero que o pernoctaban en la mansión. Con el tiempo habría de prescindir incluso de éstos, y ya hace más de tres meses que la suciedad y la inmundicia invaden nuestra casa sin que yo, con mis menguadas fuerzas, pueda hacer nada por evitarlo.
A pesar de que Víctor no abandonaba casi nunca nuestra residencia, yo, tentada por la curiosidad, me introducía a veces en sus habitaciones y, a riesgo de ser descubierta, leía algunas páginas del diario que había llevado durante su viaje a Egipto. Así supe acerca de sus desvelos para conmigo y de las pesquisas que realizó en la capital egipcia intentando localizar a mi esposo a través de la Oficina de Investigaciones Arqueológicas. También conocí de aquella forma subrepticia que, finalmente, había dado con el paradero de mi esposo, o al menos con el lugar donde había sido visto por última vez.
Intentando descubrir el porqué de aquellos repentinos y prolongados aislamientos de mi hermano en sus habitaciones, me apercibí un día de que, junto a su dormitorio, existía un pequeño gabinete cuya puerta estaba continuamente cerrada con llave. Por más intentos que realicé para forzar prudentemente el acceso a aquella cámara me fue imposible poner los pies en ella, pero observando por el hueco de la cerradura pude verle un día ocupado en ordenar sobre una mesa ciertos fragmentos de cerámica que parecían constituir una especie de gigantesco rompecabezas.
Una mañana advertí que, procedentes del ala derecha de la casa se oían fuertes golpes. Salí al jardín y pude ver que una legión de operarios, contratados sin duda por mi espo... »(esta palabra aparecía tachada en la carta)«... por mi hermano, procedían a levantar una pared que, partiendo de muro de la mansión, encerraba en su perímetro un gran sector de jardín. Aquella pared, según los cimientos que pude ver finalizaba también junto a la del edificio, de tal forma que, al menos desde el exterior, no podría ser contemplada aquella zona en cuanto las obras estuvieran terminadas.
Al pedir a mi hermano una explicación acerca de aquellos trabajos, me ofreció una interpretación que yo fingí aceptar, pero que en ningún momento di por cierta.
Una vez que el muro estuvo terminado, y como me pareciera que las obras continuaban en el interior de su perímetro, subí a una de las habitaciones del piso superior, y con gran sorpresa comprobé que todas las ventanas que daban hacia la reciente construcción habían sido tapiadas.

Debería extenderme ahora sobre la impresión que tengo de que, desde que mi esp... mi hermano regresó de Egipto, y conforme transcurre el tiempo, algo impalpable y siniestro parece ir apoderándose de nuestra casa y de nuestras vidas, pero, a pesar de que, si tengo ocasión, volveré sobre ello, creo que debo limitarme por el momento a continuar la descripción de lo que ha sido mi vida a partir de la vuelta de Víctor.
Una vez que las obras, a las que en todo momento me impidió el acceso, estuvieron terminadas, nuestro aislamiento se hizo completo. Los criados y asistentes fueron despedidos, y ninguna visita admitida en la mansión. Tan sólo mi hermano hacía esporádicas salidas para subvenir a nuestras necesidades más elementales.
La confirmación de que me encontraba prisionera, y de que él también lo estaba, aunque, paradójicamente, nada le impidiera abandonar los límites de nuestra propiedad, la tuve cierto día e que, ataviada con traje de calle, le rogué que me abriera la puerta principal. Nada repuso, sino que abandonándome en el vestíbulo, se recluyo e sus habitaciones, de forma que, al carecer yo de llave y estar todas las ventanas de la casa fuertemente aherrojadas, me resultaba imposible abandonarla sin su consentimiento.
El sentimiento de que la tristeza por el fallecimiento de mi esposo era la causa del extravagante comportamiento de Víctor, fue dejando paso a la impresión de que una extraña transformación iba operándose en su espíritu.
No puedo decir, no obstante, que la reclusión a la que me obligaba, y yo consideraba meramente temporal, le restara afecto hacia mi persona; antes al contrario, su amor hacia mí aumentaba gradualmente, y, si con esto no ofendiera sus sentimientos y su fino espíritu, le diría que las manifestaciones de la ternura que mi hermano siempre me ha profesado se acrecentaban día a día, y sin abandonar su carácter fraternal, iban dejando paso a demostraciones más propias de un enamorado.
Debo referirme ahora a una revelación que le impresionará en gran modo; tanto como, cuando tomé conocimiento de ella, conturbó mi ánimo: Adriano no ha muerto».
Confieso que, al llegar a este punto, no pude por menos de abandonar por unos instantes la lectura de la carta para reflexionar acerca de la singular situación ante la que me veía enfrentado. ¿Cómo sospechar la primera vez que intenté visitar la mansión Lenton lo que estaba sucediendo en su interior? ¿Qué extraña transformación debida a desconocidas influencias estaba experimentando mi amigo? ¿Cómo interpretar el desviado afecto que comenzaba a sentir por su hermana? Y, sobre todo, ¿cómo explicar que este incestuoso sentimiento, a pesar de que ella lo negara, no parecí disgustar a Mercedes? Más de una vez, refiriéndose a Víctor le había llamado inconscientemente «mi esposo», aunque después hubiera tachado la palabra y la hubiera sustituido por la adecuada de hermano. Finalmente, ¿qué se ocultaba tras aquel elevado muro que impedía la visión de parte del jardín, y qué rumores eran aquellos que yo había oído el día en que intenté visitar a mis amigos?
«Leyendo a hurtadillas el diario de Víctor –continuaba la carta de Mercedes–supe que mi... mi esposo había sido seducido por una secta de carácter místico llamada «Los Mendigos de Isis» que pretendía resucitar el culto a las antiguas divinidades egipcias.
De igual modo que una persona puede sentir repentinamente una vocación y abandonar el mundo para entrar en religión, sin que eso quiera decir que ha dejado de amar a sus parientes y deudos de igual forma, supongo, Adriano había sido subyugado por aquel culto místico y permanecía en algún lugar de Egipto formando parte de los que se llamaban a sí mismos mendigos de las dios Isis...

No le oculto, no obstante, que al enterarme de que Adriano continuaba con vida, experimenté un extraño sentimiento que nada tiene que ver con la alegría. Más bien pudiera ser calificado de sorpresa. Me horroriza lo que a continuación confieso, pero, en algunas ocasiones, y debido a no sé qué diabólica influencia, no me repugnan como debieran las atenciones de que mi hermano Víctor me hace objeto. Otras veces, y cuando me apercibo de lo nefando de mi consentimiento a sus leves caricias, me desespero y no acierto a comprender cómo no pongo fin a mi vida antes de que sea demasiado tarde.
He tendido conocimiento, merced al diario de Víctor, de que él mismo se sintió subyugado por los Mendigos de Isis, y de que asistió a una experiencia de carácter místico en la que creyó ver a la propia hija de la diosa, la cual, deseosa de apoderarse de su cuerpo y de su alma, y al haber tomado Víctor precauciones para impedirlo, le maldijo y le condenó a penar durante el resto de su vida.
Creo que... yo, a veces,... siento como si algo fuera infundido en mí. Igual que si alguien superior... no desearía continuar estas letras

No sé que extraña locura o posesión está apoderándose de mi ser. Sólo puedo explicar que, a veces, me siento retrotraída a épocas remotas y a ámbitos intemporales. En esas ocasiones experimento un placer infinito, y una pena infinita a la vez por no haber podido todavía conseguir amor... el amor que me inspira... Pero no debo decirlo. Es demasiado horrible para ser expresado en voz alta o puesto por escrito.
Creo habrá intuido, por otra parte, a lo que Víctor se dedica en sus cada vez más frecuentes encierros en la saleta contigua a su dormitorio.
Ya le dije que, mirando por el ojo de la cerradura, le había visto manipular las innumerables piezas de una especie de rompecabezas o puzzle de grandes dimensiones. Pues bien, en su diario hay un párrafo, que a continuación transcribo, que puede orientarle acerca de lo que intento decirle.
Anoche he vuelto a oír el sonido del sistro. Alguien lo agitaba cadenciosamente desde la oscuridad, pero en cuanto encendí la luz y miré en derredor la vibración cesó y no pude ver a nadie. Me desperté creyendo que cerca de la cama había una serpiente que sacudía los anillos de su cola. En seguida me pareció que aquel tintinear metálico era producido por el entrechocar de las ajorcas presas en la garganta del pie de una bailarina sagrada. Pero unos segundos antes de que mis dedos oprimieran el pulsador de la luz comprendí que lo que llegaba a mis oídos era el sonido del sistro. Me levanté estremeciéndome de frío y, abandonando el dormitorio, pasé a la saleta inmediata. Sobre el tablero de la mesa reposaban las innumerables piezas del mosaico tal y como las había dejado antes de que el sueño me rindiera. Sé que si algún día logro recomponer la figura oculta y diseminada entre los incontables pedazos alcanzaré la paz que me fue arrebatada en las riberas del gran río, junto a las ruinas de Dar-el-Sakar.
«No sé –continuaba la carta de Mercedes– lo que Víctor intenta recomponer, pero le aseguro que temo el momento en que llegue a lograrlo.
Desde que regresó de su viaje, ha decorado sus aposentos con objetos de arte egipcio, y en los escasos minutos de que dispongo para leer a escondidas su diario, me siento acechada por el dios-chacal o por el ibis sagrado. Las estatuillas negras parecen mirarme desde los rincones de la habitación , y un tembloroso efluvio eléctrico parece surgir por debajo de la puerta en la que se encuentra el entretenimiento en el que se ocupa mi esp... hermano la mayor parte del día y de la noche...
Pero lo que me ha inducido a dirigirle estas letras ha sido el último de los acontecimientos.
Hace dos días, Víctor salió, como de costumbre, en busca de alimentos con que sustentarnos, pero, cosa contraria a lo habitual, no regresó hasta bien entrada la noche.
Yo, acechando desde la puerta de mi habitación, o más bien debería decir de mi celda, observé que venía cargado de paquetes y envoltorios de considerables dimensiones que introdujo en su dormitorio sin más dilación
Aproximándome a la puerta de sus aposentos, pude oír el ruido que hacía al desenvolver los paquetes y al filo de la media noche, cuando comprobé que se hallaba recluido en la saleta próxima a su dormitorio, entré sigilosamente en la alcoba y quedé horrorizada al contemplar los objetos que se había proporcionado.
Sobre una mesa se hallaba extendido el más completo arsenal de instrumentos de cirugía: bisturíes, sierras pinzas, tenacillas de varias dimensiones brillaban bajo la luz de la pequeña lámpara de la mesilla. Pero a su lado también pude ver otros instrumentos herrumbrosos y, al parecer, mucho más antiguos: garfios curvados por sus dos extremos, cuchillos de formas orientales, vasijas para contener Dios sabe qué inmundicias, tenazas oxidadas y...
Le ruego –terminaba improvisadamente la carta– que venga a casa y entre en ella aunque sea forzando la puerta. No tengo tiempo. El ronda mi alcoba desde hace rato, y ella... yo...»
La misiva finalizaba con un tembloroso garabato en el que apenas se adivinaba la firma de Mercedes, y, mientras guardaba la carta, consideré que habían transcurrido ya numerosos días desde que aquellos renglones habían sido escritos. Ignoraba lo que podía haber pasado desde entonces, pero, sin pérdida de tiempo, me dispuse a visitar la mansión Lenton.
La naturaleza parecía haberse puesto en consonancia con mi ánimo y querer recordar la primera visita que hiciera a la casa de Víctor después de que mi amigo regresara de Africa.
Mientras me aproximaba a la mansión, el cariz de día, uno de los últimos del mes de marzo, cambió repentinamente, y lo que había sido una mañana espléndida, dejó paso a una tarde borrascosa que amenazaba con derivar en una noche procelosa. Negras nubes se fueron acumulando desde los cuatro puntos cardinales y parecían converger sobre la zona en que se encontraba la mansión, la cual, aislada en medio de los campos, asemejaba un imán que atrajera, lo mismo que un árbol en el llano, la furiosa descarga de la tempestad.
De aquel modo, habiendo llegado a la residencia de mis amigos a una hora en la que consideraba que gozaría de una perfecta claridad solar me vi envuelto, debido a súbito cambio de tiempo, en una oscuridad caliginosa con la que no había contado.
Abandonando mi vehículo unos cien metros antes de la entrada en el parque, caminé por el sendero de grava flaqueado por setos de altos arbustos, hasta que, al torcer un recodo, la mansión Lenton apareció ante mí. En los cristales de sus ventanas se reflejaban las últimas y débiles luces del sol muriente, y mientras me aproximaba a ella, una gran nube se interpuso entre el horizonte y la casa, de manera que los cristales dejaron de brillar y la fachada de la mansión se tronó tan oscura como la tierra sobre la cual se asentaban sus cimientos. En aquel instante una chispa eléctrica saltó de una nube a otra, y de no haber sido yo un hombre de carácter frío y eminentemente racional, hubiera jurado que la exhalación había dibujado en su quebrado y fugaz recorrido una figura que me recordó ciertos signos jeroglíficos de la antigua estructura egipcia.
Una vez en lo alto de la escalinata, alcé la mano para alcanzar el pesado aldabón, y cuando ya lo tenía asido, un deslumbrante relámpago iluminó los campos. El ruido de mis golpes coincidió con el horrendo trueno que siguió a la fulminación, y durante un momento consideré que mi llamada se habría confundido con el fragor producido por la exhalación .
Poco después, no obstante, se abrió bruscamente la mirilla de forma cuadrada y unos ojos brillaron en la oscuridad. La luz de un relámpago me permitió descubrir que el rostro que se ocultaba tras la rejilla tenía un cierto parecido con el de mi amigo.
–Víctor –exclamé y los ojos continuaron escrutándome imperturbables–. Víctor –repetí, pero mi voz quedó ahogada por un trueno horrísono.
–Desdichado –gimió el que perecía ser mi amigo.
–Abreme, te lo ruego.
–Pobre de mí –musitó el que se encontraba tras la puerta.
–Es preciso que me abras –grité–. He recibido una carta de Mercedes.
Un tristísimo lamento salió de la garganta del que parecía ser Víctor cuando oyó aquel nombre, y, de pronto, la mirilla se cerró con violencia dejándome abandonado bajo aquel cielo tempestuoso y cambiante. Golpeé con ira la puerta durante varios minutos; grité de rabia y desesperación, pero mi voz apenas si se oía en el fragor de la tormenta.
Al cabo de cierto tiempo la mirilla volvió a abrirse, y aquellos ojos aparecieron de nuevo tras el enrejado. Una voz procedente del interior me habló:
–¿Por qué has venido?
–Necesito verte y hablar contigo –repuse–. Déjame entrar.
–Lo lamentarás al instante –me dijo el que se ocultaba tras la mirilla.
–Mucho más lamentaría tener que marcharme sin haberos visto a los dos. Abreme –insistí.
La mirilla volvió a cerrarse, y al cabo de unos instantes se escuchó el ruido producido por el descorrer de cerrojos. Un instante después la puerta se entreabría.
El vestíbulo estaba completamente a oscuras y apenas pude orientarme merced al resplandor de los relámpagos y a la mortecina luz de una vela que parecía situada en una estancia interior. Apenas hube puesto los pies dentro de la casa, la puerta se cerró, y una sombra que sin duda era Víctor, me invitó a pasar a un amplio salón, en el centro de cual, y sobre una mesa, brillaba la tenue llama producida por una lámpara de aceita que apenas conseguía iluminar una reducida porción de la estancia. «Siéntate», dijo la voz de Víctor, el cual, manteniéndose a mis espaldas, se situó en un sillón fuera del alcance de la luz.
Conforme mis ojos se fueron habituando a la débil iluminación, puede apercibirme del radical cambio que había sufrido aquella habitación. La rica decoración que llenaba paredes y techo había sido arrancada de cuajo. No había rastro de cuadros ni espejos, y la mayoría de los muebles se hallaban en un lamentable estado de abandono. Recorriendo con mis ojos el salón, pude darme cuenta de que en el lugar que antes habían ocupado artísticos candelabros estaba ahora ocupado por oscuras estatuas que representaban divinidades egipcias, y los elegantes relojes de estilo habían dejado paso a antiguas vasijas toscamente torneadas en barro.
–¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Mercedes? –pregunté finalmente.
Un suspiro escapó del pecho de m amigo, del cuál sólo podía ver la figura recortada contra la pared y el brillar en sus ojos del reflejo de la lámpara de aceite.
Te advertí que no deberías entrar –repuso con voz fatigada–. Pero ahora ya es demasiado tarde. No sé el tiempo que podré permanecer aquí contigo y en este estado, pero ya que los hechos que van a seguir son por su propia naturaleza inevitables, voy a narrarte lo que ha ocurrido. Considera esto como tu última voluntad –terminó.
Al oír aquellas sentenciosas palabras no pude por menos de estremecerme y recordé con cierta aprensión que, una vez sentado en aquella estancia, y mientras mi amigo permanecía todavía en el vestíbulo, había oído el correrse de cerrojos y el ruido de llaves en la cerradura.
–Tengo noticias de tu viaje a Egipto –comencé a decir–. Y por medio de una carta de Mercedes estoy enterado de algunos pormenores y sucesos que no acierto a comprender bien. Te ruego, por tanto, que satisfagas mi curiosidad y me aclares aquello de lo que tan sólo fragmentariamente estoy enterado.
–Sea –sentenció mi amigo lacónicamente. Y dio comienzo a su relato:
–Conocí por boca de mi esposa los detalles que reveló en su carta. Sé, porque yo mismo lo permitía sin que ella lo advirtiera, que se dedicaba a leer a escondidas mi diario cuando creía que yo no la veía, y sé que, a última hora, hizo llegar hasta ti, aunque ignoro por qué medios, una misiva en la que te ponía al corriente de diversos sucesos cuya culminación han tenido lugar estos últimos días.
No te extrañes si me oyes nombrar a mi hermana Mercedes con el título de esposa, porque en verdad lo ha sido, aunque más adelante comprenderás que lo que ahora tomas como pecado nefando no es sino la lógica conclusión de unos hechos que tenían que cumplirse. Es inútil poner trabas a lo inevitable, y yo lo he comprendido ya bien a mi pesar.
Ella te relataba en su carta casi todo lo referente a mi estancia en Egipto mis pesquisas en busca de Adriano y la terrible experiencia por la que pasé en las ruinas de Dar-el-Sakar.
Sé que Mercedes no dio crédito en principio a mi narración, como igualmente sé que tú te resistirás a creerme, pero has de saber que no hay ni un ápice de mentira en lo referente a la secta de los mendigos de Isis.
Recuerdo ahora aquella noche en la que, deseoso de contemplar de cerca los misterios del más allá, pero temeroso de verme arrastrado a participar en ellos, me hice atar fuertemente a un árbol, por mediación de una amigo, y de esta guisa permanecí a la espera de que sucediera lo que tenía que ocurrir en las ruinas de Dar-el-Sakar.
Desde la altura en la que me había situado podía contemplar el río y el desierto, que como una antítesis irreconciliable, discurrían a mi izquierda y a mi derecha. Pero más allá, justamente detrás de las ruinas del templo, a muchos kilómetros de distancia, el río y el desierto parecían unirse como ahora lo están en m cerebro. Así como los musulmanes efectúan sus abluciones con arena produciendo ésta los mismos efectos espirituales que el agua, cuando el líquido al que aludo no se encuentra presente, de igual forma es posible ahogarse con arena. El río y el desierto, la sequedad y la frescura, tienen un punto de contacto, consideradas desde el cual, sólo son una única cosa. Esto es lo que debiera haber comprendido aquella noche en Dar-el-Sakar.
Sea como fuere, desoyendo la llamada de quien es más poderosa que todos los mortales, hurté mi ser a sus deseos, y desde entonces arrastro una maldición de la que seguramente tú estás llamado a liberarme.
Ofendiendo de la forma que ya conoces a la diosa de la luna, pensé que huyendo de aquel país me libraría de su influencia, sin apercibirme de que el pálido astro nocturno ofrece su faz por las noches a todos los puntos del planeta.
Al regresar a nuestra patria, preferí, puesto que sabía que la recuperación de Adriano era imposible hacer creer a Mercedes que su esposo había muerto. La invité en consecuencia a vivir conmigo a fin de aliviar su soledad en la medida de mis posibilidades, y me dediqué a algo de lo cual ya tienes noticia.
Ignoro de qué forma llegó hasta aquí, pero al abrir una de mis maletas descubrí en ella una pequeña, pero venenosa serpiente a la cual di muerte de inmediato. Bajo sus anillos se encontraban innumerables fragmentos de cerámica que casi llenaban mi maleta, y que parecían las piezas de un antiguo puzzle o juego ritual.
Deduje por alguno de los trozos, que aquellos fragmentos, una vez recompuestos y situados en su lugar correspondiente, permitirían la contemplación de un rostro de mujer, precisamente aquel de la aparición que me robó la calma desde que la pude contemplar junto a las ruinas de Dar-el-Sakar, y, desde aquel momento, no tuve tregua ni reposo. Todo mi afán era recomponer el mosaico y contemplar, de una vez por todas, el rostro de aquella a la que, muy a mi pesar, pertenecían ya mi cuerpo y mi alma.
Poco a poco las piezas fueron encajando en sus respectivos lugares, y poco a poco también, me fui dando cuenta de que aquellos labios, aquel mentón, el lóbulo de aquella oreja tenían gran similitud con las facciones de mi hermana Mercedes.
Asombrado por mi descubrimiento, me ensimismé tanto en mi tarea que me pasaba las noches y los días encerrado en mi gabinete. En mi mente se confundían el agua del padre río y las arenas del desierto, y en el mosaico iban apareciendo, también confundidos, los rasgos de mi hermana y los de aquella embrujadora aparición que una noche me fue dado contemplar.
En los escasos momentos en que me reunía con Mercedes, a la que tenía sometida a un enclaustramiento forzoso al principio, advertí que comenzaba a mirarla con ojos diferentes. En algunas ocasiones sus gestos y sus actitudes me recordaban algo que permanecía grabado en mi memoria desde cierta noche, y hasta tenía la impresión de que mis incipientes caricias no le resultaban indiferentes. Otras veces, no obstante, sorprendía en su mirada unos destellos de odio similares también a los que vi en el rostro de la aparción cuando se sumergió despechada en las profundidades de su tumba.
Poco a poco, la idea de convertir a mi hermana en mi esposa me fue pareciendo natural, y no sé de qué manera, recordé que, entre la realeza egipcia, era frecuente que el propio faraón desposara a su hermana, única persona digna de ser poseída por el señor de Egipto.
De este modo, y al tiempo que, tras construir un recinto en el que consumar mis deseos, iba dando fin a la recomposición del mosaico, me aislé por completo del mundo, y conmigo a Mercedes.
Cierta noche terminé mi trabajo, y pude finalmente contemplar la figura que ocultaba el disgregado mosaico. Ante mí apareció un rostro de mujer, en el cual se confundían los rasgos de la hija de Isis y de mi hermana, y lejos de encontrar la paz, como había creído que ocurriría al terminar aquella ardua tarea, experimenté una aguda desazón. Viendo a Mercedes comprendí que aquella mujer no era y mi hermana, sino que la despechada divinidad había tomado posesión de ella y se me ofrecía de aquel modo a fin de dar conclusión a la ceremonia que se frustrara una noche junto a las ruinas de Dar-el-Sakar.
Dándome cuenta de que toda resistencia era inútil, me introduje una noche en el aposento de Mercedes, la cual, sospechando mis intenciones, huyó aterrorizada a otro lugar de la casa. Yo la perseguí por diferentes habitaciones, y finalmente, la encontré refugiada en la construcción que en mi delirio había ordenado edificar en una parte del jardín.
Allí estaba, vestida con el traje que yo me había procurado tiempo ha.
Aparecía hierática en la puerta de la cámara. La luz de la luna la envolvía en un halo al incidir sobre los sutiles velos con que cubría su cuerpo. Sus ojos, perfilados con negrísimo khol, destellaban en la semipenumbra en la que los sumía su peluca azabache. Sus labios, ligeramente entreabiertos, eran una ardiente invitación al amor más desesperado. Sus breves senos se adivinaban bajo la gasa transparente que caía en pliegues inundando sus muslos. Sus pies desnudos eran como dos palomas en tierra blanqueados por el resplandor lunar. Uno de sus brazos se desmayaba lánguido a lo largo de su cuerpo, y el otro, doblado en ángulo recto, adoptaba en su mano de nácar, y al agitarse era como si ríos de plata inundaran la noche...
En aquel momento –continuó mi amigo– comprendí que hay designios contra los que es imposible luchar, y que existen voluntades superiores contra cuyos deseos la huida resulta vana.
El rostro de aquella mujer aparecía cambiante, y fluctuaba igual que si estuviera sumergido bajo el agua. Tan pronto sus facciones se asemejaban a las de mi hermana Mercedes como a las de aquella que me fue dado contemplar en Dar-el-Sakar. A veces parecía invitarme a compartir con ella las delicias del amor, y un instante después parecía aterrorizada de mis avances y dispuesta a defenderse de mis acosos.
Por fin, venció la fuerza mayor, y llevando en brazos a la que batía místicamente el sistro, la introduje en la construcción del jardín y la hice mi esposa».
Un terrible lamente surgió del pecho de mi amigo, y hundiendo la cabeza entre sus manos, comenzó a sollozar amargamente. Yo, aunque espantado por tan horrorosa historia, deseaba ver cuanto antes a la que, solicitando mi ayuda, me había remitido la misiva que anteriormente transcribí. Me aproximé a Víctor, y poniendo una mano sobre su hombro procuré calmarlo. Entonces él levantó el rostro hacia mí y pude contemplar la transformación que el sufrimiento y la desesperación habían obrado en sus facciones. Parecía haber envejecido quince años. Su faz estaba surcada de arrugas, su cabello blanquecino; su barbilla temblaba presa de una agitación incontenible, y en sus ojos brillaba una remota luz de odio y de terror.
–¿Dónde está Mercedes? –pregunté.
El permaneció mirándome con el aspecto de no haber comprendido mi pregunta.
–¿Dónde está ella? –repetí.
–¿Dónde está ella? –repuso Víctor reiterando mi pregunta. Y sin que mediaran más palabras, se levantó vacilante, e invitándome con un gesto a que le siguiera, salimos de la habitación.
Una vez abierta la puerta que daba a la sección de jardín que rodeaba el muro, observé con perplejidad que, en el centro de aquella parcela había una construcción en estado ruinoso. Al aproximarnos al pequeño edificio pude comprobar que aquello era una especie de mastaba, en una de cuyas paredes había practicada una puerta que permanecía abierta.
Víctor, con el rostro transfigurado, me invitó a entrar en el interior, y de pronto nos encontramos en una cámara que parecía hacer las veces de capilla. Sus paredes estaban decoradas con pinturas sometidas a la ley de frontalidad, y extensas zonas aparecían cubiertas con tetos en escritura jeroglífica. Sobre una gran mesa aparecía, perfectamente reconstruido, el puzzle del que Mercedes me había hablado en su carta, y aproximándome a él, vi un terrible rostro, bellísimo y terrorífico a la vez, cuyos ojos parecían mirarme como si estuvieran vivos. Ante mi asombro advertí que las facciones de aquella cara no tenían el menor parecido con las de la hermana de Víctor.
–¿Dónde está Mercedes? –pregunté con un hilo de voz.
Víctor señaló en cierta dirección, y a la fluctuante luz de unas lámparas de aceite, pude ver que lo que me había indicado no eran sino varias vasijas de barro, al mirar en el interior de las cuales creí morir. Sumergidas en un líquido de penetrante olor, aparecían las vísceras de un ser humano perfectamente conservadas.
Tuve que apoyarme en la mesa para no caer desmayado, y entonces, mis manos tropezaron con algunos objetos metálicos de tacto herrumbrosos. Cuando los vi pude comprobar que se trataba de retorcidos garfios e incisivos bisturíes todavía manchados de sangre.
–¡Dios mío! –exclamé horrorizado–. ¿Qué has hecho?
En aquel momento me sentí violentamente empujado hacia una estrecha escalera que parecía hundirse en el subsuelo por la que caí rodando.
Aturdido por el golpe, intenté levantarme, y al ponerme en pie en aquella cámara subterránea, a punto estuve de desplomarme nuevamente ante el espectáculo que se ofreció a mis ojos: en el interior de un sarcófago egipcio, que se hallaba destapado, yacía una figura de mujer totalemente demacrada.
Me aproximé temblorosamente a ella, mientras sentía a mis espaldas la presencia de Víctor, y, una vez cerca del cadáver, pude comprobar horrorizado que aquel cuerpo momificado pertenecía a la que había sido Mercedes.
De aquellos despojos habían sido sin duda extraídas las vísceras corruptibles por medio de procedimientos propios de la antigüedad, y con toda probabilidad eran las que yo había visto en las vasijas situadas en la capilla. Todo el cuerpo de la difunta estaba cubierto con vendas al modo de las momias egipcias, y tan sólo el rostro, cuya piel aparecía apergaminada, era visible.
Temblando de pavor, me aproximé más al sarcófago, y en aquel momento creí percibir un ligero temblor en uno de los brazos que la momia tenía cruzados sobre el pecho. Contemplé el rostro más de cerca y, de súbito, los ojos del cadáver se abrieron, y la expresión de su faz cambió súbitamente hasta adquirir los rasgos de la cara que había visto reconstruida en el mosaico de la capilla.
Retrocedí espantado, y dando un empujón a Víctor, que cayó sobre la momia, subí vertiginosamente las escaleras. Atravesé la capilla velozmente, y en mi precipitación derribé una de las vasijas, cuyo contenido se esparció por el suelo y se incendió al contacto con la llama de una de las lámparas que también habían caído. Al instante se produjo un devastador incendio. Salí de edificación, y cerrando fuertemente la puerta de la mastaba, atravesé el jardín y entré en la casa. Desde allí pude ver cómo el fuego devoraba la ruinosa construcción, y a través del ramaje y de los arbustos secos, se propagaba hasta la mansión.
Corrí hacia el vestíbulo, y tras unos minutos de laboriosos manejos con cadenas y cerrojos, conseguí abrir la puerta y huí por el sendero de graba como alma que lleva el diablo. Una vez llegado hasta el lugar en que había dejado mi vehículo, lo puse en marcha y no me detuve hasta alcanzar el final de la planicie, desde donde contemplé la mansión Lenton envuelta en llamas.