5 abr 2010

LA OPERACION por José León Cano


Con delicada saña pasó la hoja del bisturí sobre la piel rozándola apenas. Al hacerlo, sintió la euforia de un patinador sobre hielo que acabara de realizar una graciosa pirueta. El vientre desnudo de la muchacha se ofrecía a sus manos de cirujano como un fruto prohibido. Luego posó sus dedos enguantados sobre la tentación del pubis y el ombligo y no pudo evitar un hondo estremecimiento. Era la adolescente más hermosa que había tocado en su vida. Advirtió cómo, pese a la anestesia, la piel de la enferma se erizaba con aquel contacto. Tenía diecisiete años y había ingresado poco tiempo atrás en el hospital, aquejada de una peritonitis. Era necesario operar de inmediato.
"En el mejor de los casos - pensó- le quedará la huella de la cuchillada para siempre."
Esta idea le produjo un extraño sentimiento, en el que participaban por igual la compasión y la complacencia. Porque con el bisturí entre las manos se creyó un ser todopoderoso, capaz de otorgar la vida o la muerte a su capricho, y en este último caso, impunemente. Al fin hundió su instrumento el Sitio preciso, y de la piel cortada comenzó a manar la sangre con una insistencia que a él casi le pareció gozosa.
El espectáculo de la sangre caliente puso en funcionamiento un tortuoso mecanismo de su mente, cuyo resultado (si de sangre femenina se trataba) era una creciente satisfacción de carácter sexual. Observar su roja fluidez, sentir su tibia textura, apreciar su olor agridulce y penetrante, su curso lento y cada vez más viscoso le estimulaba hasta la excitación, compensándole su impotencia crónica, sublimándole el temible deseo de la cópula. Por eso  reconoció eufórico se había hecho cirujano.
La mañana, sin embargo, era especialmente desagradable y triste. Como lo habían sido, en general, los cuarenta años de su vida. La soledad y el resentimiento se acumulaban en su pasado, como esas grisáceas brumas de otoño que intentaban traspasar los grandes ventanales del hospital. En compensación, deseó poseer de aquella chica algo más que el equívoco calor de la sangre: quiso experimentar el placer supremo de los sacerdotes aztecas ante la losa de los sacrificios. Proclamar, en su fuero interno, la realidad de un poder ilimitado.
La tentación del sacrificio fue acogida por su conciencia, al principio, con irónico distanciamiento. Pero la belleza de la muchacha le turbaba tanto como le exasperaba la imposibilidad de poseerla. Adivinó las apetecibles formas de sus muslos, sin duda desnudos y anhelantes bajo las sábanas. Deseó conocer su rostro y, suspendiendo su labor cisoria pero sin que su mano abandonara el bisturí, ordenó a una de las enfermeras que levantase la tela que lo cubría. El cabello rubio le caía, con abundancia casi impertinente, sobre la redonda tersura de los hombros. Le atrajo como una llamada imperiosa su boca entreabierta, de labios abultados y gesto sugerente. Sus pequeños senos quedaron igualmente al descubierto, palpitantes en el sincronismo de la respiración, en la dulce simetría de los pezones. Levantó uno de los párpados de la anestesiada y contempló la mirada ciega de un espléndido ojo azulado, en cuyo iris se reflejó la adusta y ansiosa cara del oficiante. Aunque la presencia de las dos enfermeras le impedían besar esa boca, atraer hacia el suyo aquel cuerpo delicioso, cuyo vientre acababa de conocer la violación simbólica de su bisturí, advirtió, por la forma en que le miraban, que una y otra estaban sorprendidas ante su inusual forma de actuar. No tuvo más remedio, por tanto, que volver a centrar su atención en la incisión del vientre.
Introdujo sus dedos en la herida y profanó el secreto de los intestinos. Descubrió la raíz del mal y operó con impecable destreza, sajando, saturando y cosiendo donde era menester. Pero oprimió también determinado conducto venoso, cierta zona vulnerable donde se concentraba el fluido de la vida. Un rayo de maldad iluminó su mente, producido por la insania de un placer prohibido. Porque oprimir ese punto era como apretar el corazón de la muchacha. Sentía en las yemas de los dedos el ritmo de la sangre detenida como los golpes de un tambor, y la muchacha sufrió las primeras convulsiones.
- ¡Rápido! ¡La mascarilla de oxígeno!
Sabía ahora lo que significaba ser dueño de una vida, tenerla enteramente a su merced. Imaginó la inmensa alegría del verdugo con el hacha levantada, segundos antes de descargar el golpe mortal. Pero se contuvo, tratando de prolongar lo más posible aquel placer terrible y desconocido. Mientras las enfermeras le obedecían con puntualidad, colocando los conductos del oxígeno sobre la boca de la paciente, aflojó la presión de su mano. Su propia audacia le asustó, y a la vez que una parte de su ser se compadecía de la muchacha, la otra estaba exultante por el triunfo de su poder: la anestesia era impotente para contener el horror de la respiración entrecortado, ansiosa, y un alarido animal se escapó de la garganta de la chica. Flotó la sombra de la muerte en el quirófano, invocada por los dedos asesinos del cirujano:
- ¡Es el corazón, doctor Rand!
- ¡El corazón... Sí... ¡Más oxígeno! ¡Inyectar escopolamina!
Pero los dedos de su mano segaran acariciando el conducto peligroso, y de nuevo volvía a ejercer presión sobre él. Tanta, que la cara de la muchacha se contrajo, echando espuma por la boca, y un tinte amoratado cubrió sus mejillas... Las enfermeras vieron cómo se nublaban los ojos del doctor Rand, cómo dejaba asomar la punta de su lengua y cómo trataba de ocultar, en vano, un obsceno gesto de placer. Mientras, el cuerpo de la muchacha se estremecía, su respiración se agotaba cada vez más, y la inminencia de un final inevitable parecía reflejarse en la terrible lucidez de sus ojos, triunfante a duras penas de la anestesia. Irrumpió, de pronto, toda la fuerza de su juventud. Se incorporó en un supremo esfuerzo, cayendo al suelo la mascarilla de oxígeno, sin que los histéricos gestos de las enfermeras pudieran evitarlo. Pero la muerte segó su movimiento antes de que pudiera liberarse de aquella infame mano que oprimía sus entrañas. Cayó sobre la mesa de operaciones como un pelele, inundada de odio. Acto seguido, el semen fluyó y manchó los calzoncillos del doctor Rand.
El cuerpo sin vida de la muchacha componía una figura atroz mientras la sangre goteaba inexorablemente, manchando los ladrillos del suelo. Una última lágrima, producto tal vez de la desesperación póstuma, rodaba por su mejilla hasta sumirse en la magnificencia del cabello. Los brazos tensos, las manos agarrotadas, caían a ambos lados de la mesa, señalando en un imposible gesto acusatorio el charco de sangre cada vez mayor que se iba formando en el suelo. Los destrozos ocasionados en el vientre constituían un espectáculo nauseabundo, pues saltaba a la vista el pálido y complicado trenzado de las vísceras, el horrendo contraste de la incisión sanguinolento en una piel que rezumaba delicadeza y seguía inspirando el deseo, a pesar de todo.
El doctor Rand contemplaba su macabra labor atónito, como si le costara trabajo despertarse a la terrible realidad que había creado. Los ojos de la muchacha continuaban abiertos, y el horror que había sellado sus últimos momentos los seguían empujando fuera de las órbitas. «Si esos ojos pudieran volver a la vida y me miraran  pensó , no podría soportarlo». Sintió asco de sí mismo, y al recordar su miserable acción no pudo evitar el vómito. Luego se puso a temblar, lloró sin proferir un solo gemido, y su camisa se empapó de un sudor viscoso y frío. En ese estado, ayudado por las dos enfermeras, logró salir del quirófano.
Regresó a su casa más temprano que de costumbre, agobiado por el peso de su conciencia, deseando dar cuanto le quedase de vida a cambio de poder borrar de su pasado lo sucedido por la mañana. Hay angustias que, el ser humano no puede soportar sin perder la razón, pero el doctor Rand no temía tanto esa pérdida como la horrorosa prueba de verse a solas consigo mismo, en la soledad de su casa. Pese a lo cual había traspasado la puerta de su apartado chalet una hora antes de lo acostumbrado, harto de vagar con su culpa a cuestas por las heladas calles de la ciudad. Estaba dispuesto a tomar un fuerte somnífero, beberse media botella de whisky y meterse inmediatamente en la cama con la esperanza de perder el sentido y, con un poco de suerte, no volver a recuperarlo nunca.
El sol, agonizante y perdido entre las brumas, aún repartía un poco de luminosidad por el cielo. Envuelto en sombras, fundiéndose con las del interior, un viento helado penetró en su casa cuando el doctor Rand abrió la puerta. Pulsó el interruptor de la luz, pero las bombillas no se encendieron. «Tal vez el viento - pensó- ha derribado algún poste, y por eso se ha cortado el fluido eléctrico». El viento, en efecto, comenzaba a ulular por los intersticios de las ventanas mal cerradas. Aceptó que el inconveniente de vivir casi en el campo, aislado de las muchedumbres urbanas, era precisamente que los fenómenos de la naturaleza se percibían con mayor intensidad, y sus consecuencias se sufrían de una forma más directa e inmediata. Pero apenas si le molestó esta fastidiosa circunstancia, sumido como estaba en la densa atmósfera de la desesperación. «Mejor si no hay luz  se dijo . Así no tendré la oportunidad de verme la cara cuando pase delante de un espejo».
A tientas, sin molestarse siquiera en encender un fósforo, se acercó al bar y cogió la botella de whisky, dirigiéndose con ella hacia el dormitorio. Dejó la botella sobre la mesilla de noche, cogió el somnífero de uno de los cajones, se lo tomó y se desvistió a oscuras. Una vez en la cama descorchó la botella y bebió un largo trago que le quemó las entrañas. Pero continuó bebiendo con celeridad hasta más allá de donde se había propuesto, y esperó luego la benigna llegada de la inconsciencia.
Sin embargo, la acción del somnífero, combinada con la del alcohol, le produjo justamente un efecto contrarío al esperado, puesto que una aguda y distorsionada lucidez se adueñó de su mente, y recordó con espantosa claridad todas las imágenes de lo sucedido por la mañana. Vio de nuevo el cuerpo retorcido y jadeante de la muchacha. El calor de sus entrañas le seguía quemando la mano, y las lágrimas brotaron inútil y abundantemente de sus ojos. Jamás se había sentido tan solo, tan deseoso de dar por terminada de una vez su miserable existencia.
El viento bramaba en los cristales, mientras la noche extendía por todas partes su negro poderío. El silencio comenzó a poblarse de susurros sigilosos, apenas audibles cuando el viento cesaba momentáneamente en su furia. Un calor nauseabundo, procedente del alcohol acumulado con exceso en el estómago, le anegó el cerebro, sin perder por ello la conciencia de sí, del mundo circundante y de los espantosos recuerdos de la mañana.
Creyó percibir cómo se abría lentamente, tal vez empujado por una mano invisible, la puerta de su dormitorio. Se incorporó sobresaltado, logrando reprimir un grito. Dedujo, en plena oscuridad, que era eso lo que estaba ocurriendo, habida cuenta del gruñido característico de las bisagras, de ese ruido familiar que ahora, sin embargo, le tenía paralizado. El gruñido se estiraba despacio, muy despacio, como si la fuerza que intentaba abrir esa puerta encontrara dificultades en el empeño o careciera absolutamente de prisa. Una angustia intolerable parecía querer arrancarle el corazón, y éste se resistía bombeando desesperadamente, reproduciendo en su propio pecho la horrible cadencia de latidos que su mano había cercenado por la mañana.
«Será una corriente de aire - trató de engañarse- . Sin duda es eso. Las ventanas no encajan como debieran».
Pero el lento chirriar de las bisagras era demasiado lento, demasiado persistente y prolongado como para atribuirlo a una causa tan inocente. De pronto, un pavor irresistible se apoderó de su respiración, suspendiéndola: estaba viendo los dedos de una mano fosforescente, pálida como el papel, empujar la puerta.
Y entonces ya no pudo reprimir el grito que pugnaba por escapársele de las entrañas desde hacía largos minutos. Durante un segundo, su cerebro chisporroteó, espoleado por el terror, con mil ideas contradictorias. Quería levantarse rápidamente y cerrar la puerta, antes de que se abriera por completo, dejando ver la figura que la empujaba; quería extender el brazo izquierdo y encender la luz de la mesilla de noche; quería esconderse debajo de la cama; quería el poder de atravesar las paredes y lograr escapar de esta forma; quería que su tamaño se redujese hasta el punto de hacerse inencontrable; quería...
Pero lo cierto es que su cuerpo se negaba a obedecerle, que permanecía inmóvil sobre el lecho, que comunicaba a la cama las vibraciones de su temblor irreprimible, que su esfínter se había aflojado, que había desaparecido la tensión de la vejiga, y que el alma quería escapársele, aterrorizado, por todos los poros de su cuerpo.
La puerta, empujada por aquella mano inconcebible, continuaba lentamente su recorrido. El doctor Rand no veía otra cosa que el halo fosforescente de unos dedos acercándose cada vez más. Pero al fin la puerta se abrió del todo, y la figura abominable de una pesadilla se mostró a sus ojos. Algo como una leve gasa negra semiocultaba la increíble fosforescencia de un cuerpo femenino desnudo, apenas esbozado entre las sombras, que portaba en la mano izquierda un bisturí. Pero lo que más impresionó al hombre acurrucado sobre la cama eran los movimientos rígidos, casi automáticos, de esa figura hierático cuya palidez semejaba la de un cadáver; la expresión de un rostro enajenado cuyos ojos sonámbulos, carentes de iris, aparecían con los glóbulos limpios como los ojos de las estatuas griegas; la boca entreabierta, grotesca, de belfo caído y dientes puntiagudos, de cuyas comisuras brotaba un líquido espeso y rojizo; el cabello enmarañado, pastoso, cuyo color pajizo lo hacía semejante a una estopa.
Escuchó un sonido gutural, inarticulado, mientras la figura, ya traspuesta del todo la puerta, señalaba a su vientre con la mano derecha. El doctor Rand observó entonces la existencia de una cicatriz sanguinolenta, y el miedo congeló la médula de sus huesos. Incapaz de reaccionar fue testigo del lento avance de la figura, cuyo bisturí expandía un brillo siniestro. Algo cayó entonces sobre su cabeza, ocultándole la visión e impidiéndole todo movimiento. Los últimos resortes del instinto le hicieron gritar de nuevo, con la desesperación atenazándole la garganta. Sus gritos se transformaron en aullidos cuando sintió la presencia de un cuerpo aplastándose contra el suyo, de una respiración afanosa junto a su cara cubierta por la sábana que no le dejaba moverse, de unas manos que aferraban tenazmente sus muñecas. Pero sus aullidos no le impidieron escuchar una voz femenina, proferida con tranquila furia:
- ¡Cerdo!
Luego sintió la espantosa caricia del bisturí adentrándose en su vientre. En vano trató de incorporarse para repeler la agresión. No se lo permitieron la sábana que le había echado encima y las manos que le sujetaban. De nuevo sintió el bisturí adentrándose cruelmente en las entrañas, y otra vez escuchó la vengativa voz:
- ¡Cerdo! ¡cerdo! ¡cerdo!
El insulto resonó largamente en su cerebro agonizante hasta las puertas mismas de la muerte. Las atravesó con el cuerpo cubierto de una infame mezcla: la que formaban su sangre y sus defecciones. Aceptó como parte del castigo el no llegar a conocer la identidad de sus ejecutores. Si su mente no hubiera estado tan alterada por el somnífero, el alcohol y el remordimiento, no le hubiera costado trabajo reconocer a las dos enfermeras que le habían asistido durante la operación.

3 abr 2010

LA VENGANZA DE ISIS (II) por Bruce G. Bancroft


En primer lugar, queda claro que este relato es una continuación de LOS MENDIGOS DE ISIS, por lo que no es recomendable saltearse la primera parte. En segundo lugar, y como dice la data de LOS MENDIGOS... en la SELECCION SEGUNDA, este cuento fue publicado en el volumen No 2 que no pertenece a la colección de tomos que hacen posible a CUENTOS NEGROS.


Cuando iba aproximándome a la mansión Lenton pude comprobar que una gran parte de la propiedad estaba rodeada por un muro de regular altura que no existía la última vez que yo había visitado la residencia de mi amigo.
Aquella pared, que partiendo del ala derecha de la casa encerraba dentro de su perímetro un gran sector del jardín, debía de tener unos tres metros de altura, y como se erigía sin solución de continuidad hasta la parte posterior del edificio, impedía al visitante la contemplación de lo que antaño había sido el sector más bello del parque.
Las últimas noticias acerca de mi amigo las había obtenido a través de su hermana cuatro o cinco meses atrás. Mercedes, cuando ya Víctor había puesto rumbo al norte de Africa, me notificó que, preocupada por la falta de nuevas acerca de su esposo, que se interesaba en gran modo por la arqueología, había rogado a su hermano que se desplazara a Egipto a fin de localizarle y obtener una explicación que aclarara el motivo de su prolongado silencio.
La falta de afecto puesta de manifiesto en la s últimas misivas del marido de Mercedes, así como las vaguedades acerca de las cuales trataba en sus cartas, hicieron nacer en el ánimo de la hermana de Víctor la sospecha de que alguna otro mujer se había posesionado del corazón de su esposo.
Durante varios meses se mantuvo silenciosa considerando que podría tratarse de una aventura pasajera que tendría su epílogo apenas él pusiera de nuevo los pies en Inglaterra. El temor a provocar un escándalo basándose tan sólo en dudosas conjeturas, y la respetabilidad del nombre de su familia, caso de que sus sospechas resultaran ciertas, fueron el motivo de que permaneciera pacientemente a la espera del regreso de Adriano. El tiempo, no obstante, se encargó de demostrar que sus presunciones tenían algo de cierto.
Las vaguedades referidas por Adriano en sus cada en más espaciadas misivas fueron dejando paso a incoherencias y desvaríos que hicieron nacer e Mercedes la sospecha de que su esposo estaba a punto de perder el juicio, y alarmada por la situación mental que se traslucía en la correspondencia de Adriano, rogó a su hermano, cuando hacía ya semanas que no recibía ninguna carta, que se trasladara a Egipto a fin de localizar a su esposo y convencerle de que regresara al solar familiar.
Cuando fui sabedor de los acontecimientos que acabo de referir, Víctor se encontraba ya rumbo a Africa del Norte, adonde, según los medios de transporte y el itinerario que había elegido, debía haber llegado ya, pese a todo lo cual, Mercedes continuaba sin recibir confirmación de su arribada a Egipto. Días más tarde supo finalmente, merced a una breve carta, que mi amigo se encontraba ya en El Cairo, y que su retraso había sido debido a un singular suceso que le avino durante una breve escala en Atenas. Cuál fue la naturaleza del singular acontecimiento que le acaeció en la capital griega es cosa que, a pesar de mi enorme curiosidad, no me ha sido revelado todavía.
Supe por medio de terceras personas el regreso de Víctor tras algunas semanas de permanencia en Egipto, y me llegaron rumores de que, al parecer, había vuelto solo. Quizá Adriano no había consentido en retornar, o acaso las presunciones de Mercedes se habían visto confirmadas.
Sea como fuere, una vez que transcurrió un período de tiempo prudencial, y cuando consideré que mis deberes de cortesía así me lo exigían, intenté ponerme en contacto con Víctor, pero todas mis tentativas resultaron infructuosas. Finalmente, a riesgo de resultar impertinente, escribí a Mercedes una breve nota den la que le preguntaba por el resultado de las pesquisas de su hermano.
La respuesta de Mercedes no se hizo esperar, y en aquella me comunicaba la triste noticia de que, con arreglo a las averiguaciones que Víctor había llevado a cabo, Adriano había fallecido víctima de una enfermedad causada por la insalubridad de aquella remota región del globo. Nada me indicaba acerca de destino que habían decidido dar al cadáver de su esposo, por lo que sospeché que, como era lo más lógico en una familia de su nombre y posibilidades, realizarían el traslado del cuerpo tan pronto como las autoridades egipcias dieran su visto bueno y se cumplieran los engorrosos trámites que conllevan semejantes casos.
Decidí entonces, como la cosa más lógica, visitar a mis amigos a fin de transmitirles mi pésame por la desaparición de Adriano, por lo que, a fin de o resultar inoportuno, les solicité por medio de una letras que fijaran la fecha más conveniente a fin de rendirles visita. Pero transcurrieron los días, e incluso las semanas, y yo no recibía la respuesta a mi carta.
Supe entonces, por medio de unos amigos comunes, que Mercedes había vuelto a residir con su hermano en la mansión familiar, y que, desde el regreso de éste de Egipto, no habían vuelto a recibir visitas ni a salir de sus dominios campestres. Todas las tentativas de amigos y parientes para cumplimentarles habían resultado inútiles.
Mientras me aproximaba ahora a la mansión Lenton, consideraba a qué podría deberse la erección de aquel muro y por qué Víctor había juzgado necesario ocultar aquella parte del parque a la vista de extraños.
Dejando estacionado mi automóvil junto a la gran escalinata de acceso a la puerta principal, ascendí las gradas con la convicción de que mi legada ya había sido advertida por los habitantes de la mansión. Deseaba que mi presencia, que en contra de los convencionalismos sociales no había notificado de antemano, no fuera tomada como una muestra de descortesía, sino como un modo de forzar, de forma afectuosa, el voluntario encierro al que los dos hermanos se habían sometido debido al luctuoso suceso acaecido algún tiempo atrás. No en vano me consideraba el mejor amigo de Víctor y había sido acogido con gran cordialidad hacía años en el círculo de Mercedes.
Golpeé varias veces sobre la puerta con el pesado aldabón, y, tras esperar unos instantes, retrocedí unos pasos y miré hacia las ventanas. No parecía haber nadie en el piso superior, de manera que, aproximándome de nuevo a la puerta llamé insistentemente. Pocos instantes después oí el descorrer de cerrojos, pero cuando pensé que iban a franquearme por fin el paso, se abrió una pequeña sección enrejada y alguien, a quien no podía ver, me miró desde la oscuridad interior.
–¿A qué has venido? –dijo una voz que al pronto no pude reconocer.
–¿Víctor? –pregunté indeciso.
–¿Qué quieres? –repuso la voz.
–Víctor. ¿Eres tú?
Hubo unos instantes de silencio, y a continuación la voz manifestó:
–¿Qué buscas aquí?
–Abre, te lo ruego –insistí.
De pronto escuché un rumor que en principio no supe a qué atribuir, pero poco después comprendí que mi amigo, si era él quien se encontraba tras la puerta, estaba sollozando.
Al cabo de unos instantes se cerró la mirilla, lo que yo consideré preludio para que se me franqueara la entrada, pero, ante mi sorpresa, no ocurrió tal cosa. La puerta continuó cerrada, y los sollozos, ahogados por la sólida madera de los macizos entrepaños, me permitieron deducir que la persona con la que había hablado continuaba del otro lado de la puerta.
En el cielo se reflejaban las últimas luces de crepúsculo y un viento desapacible y frío comenzó a agitar las ramas de los árboles. Desde el horizonte iban cerniéndose sobre la casa y los campos que la rodeaban amenazadoras nubes que presagiaban tormenta, y yo, inmóvil sobre la escalinata, permanecía indeciso acerca de la determinación que me convenía tomar.
Por último, cuando ya me disponía a utilizar de nuevo el aldabón, un relámpago iluminó la mansión, a cuya blanquecina y fugaz luminosidad la casa adquirió perfiles siniestros. El trueno no se hizo esperar y cuando su tableteo fue extinguiéndose, el aire trajo hasta mí como un eco de la tempestad: un rumor de tonos graves, un apagado cántico procedente del ala derecha de la casa, llegó hasta mi oído; una sorda melopea que me hizo pensar al instante en el claustro de un monasterio o en una salmodia surgida de gargantas que yacieran bajo tierra.
Abandonando la fachada principal de la mansión me dirigí hacia el lugar de donde parecían surgir los cánticos. El rumor se iba haciendo más elevado a medida que me aproximaba al ala derecha de la casa, y las extrañas preces –pues estoy seguro de que se trataba de oraciones–, se dejaron oír con gran intensidad cuando llegué al pie del muro que circundaba el jardín.
En aquel momento comenzó a llover con gran fuerza, y el fragor de la lluvia, mezclado al estrépito producido por los truenos y al inquietane cántico al que me he referido –todo ello bajo la deslumbradora claridad de los relámpagos–, configuraron un cuadro de tan sobrenaturales características que, sobrecogido por un espanto irracional, corrí hacia mi automóvil y me alejé de la mansión Lenton perseguido por el retumbar de las exhalaciones.
Durante dos días me mantuve en un estado de confusión que únicamente atribuí a la desafortunada coincidencia de aquellos elementos, naturales por otra parte, que contribuyeron a teñir mi llegada a la mansión Lenton con tintes extraordinarios; siendo así que, salvo el lógico disgusto de mi amigo, causa de que prefiriera hurtarme su presencia, nada ocurrió durante mi visita que hubiera podido causarme semejante desasosiego. Nada, excepto aquel turbador cántico surgido de la tierra misma.
Considerando que el dolor por la pérdida de Adriano habría de mitigarse con el tiempo, decidí dejar pasar unas semanas antes de volver a la casa de mi amigo, pero, no habían transcurrido quince días, cuando mi sirvienta me entregó una carta que había sido traída en propia mano por alguien cuya descripción no supo darme con precisión
Lo ajado del sobre daba ya indicios de que aquella misiva había pasado por toda una suerte de vicisitudes desde que fuera librada.
En efecto, la fecha de encabezamiento databa de hacía ocho días, y los primeros renglones de la carta me hicieron temer que su entrega su hubiera demorado tanto que fuera ya demasiado tarde para impedir que se cumplieran los presentimientos que su remitente ponía en ella de manifiesto.
«Mi querido amigo» –comenzaba diciendo Mercedes (pues no era otra la firmante de la misiva). Nada pude hacer la otra tarde, a pesar de hallarme en la casa, para franquearle el paso; nada en absoluto, puesto que, desde hace algún tiempo, vivo en un estado de reclusión forzada. La única ocasión que me ha sido dada en esto s últimos meses de comunicarme con el mundo exterior se materializa en esta carta que escribo a escondidas y que confío pueda llegar hasta usted (no me pregunte por qué medio) antes de que sea demasiado tarde.
Como usted sabe, la prolongada ausencia de mi marido me indujo a rogar a mi hermano Víctor que partiera en su búsqueda. Sus últimas cartas me hacían temer que se encontrara a punto de perder el juicio o quizá de algo peor. Ni que decir tiene que mi hermano, presto a satisfacer siempre mis menores deseos, emprendió el viaje hacia El Cairo, en las proximidades de la cual ciudad, trabajando en unas excavaciones arqueológicas, debería de hallarse mi esposo.
Transcurrió la fecha en que, según mis cálculos, Víctor debería haber arribado a Egipto, pero, no habiendo recibido confirmación de su llegada, comencé a inquietarme temiendo que hubiera sufrido algún accidente en ruta. Pocos días más tarde recibí finalmente noticias suyas. Se encontraba ya en El Cairo y su retraso había sido debido a una singular aventura que le acaeció en la capital de Grecia, donde se vio forzado a hacer escala. Aunque en todo momento se ha negado a describirme qué género de acontecimientos le sobrevinieron en aquella ciudad, y he retenido acceso a un manuscrito, especie de diario, en donde narra pormenorizadamente todo lo que día a día, le avino desde que dejó nuestro país. Los sucesos de Atenas son de naturaleza tan increíble y de tan espantosas características que, por el momento, me veo incapacitada de repetir su relato para usted. Tal es el pavor que me produciría la reproducción de esa parte del diario de Víctor.

No puedo precisar cuánto tiempo ha transcurrido desde que inicié esta carta. Solamente diré que, debido a causas que no comprendo muy bien, me he visto forzada a interrumpir mi relato y quizá tenga que hacerlo nuevamente. Hay algo dentro de mí que, pese a mis deseos de comunicarme con usted, me invita a veces a destruir el papel sobre el que estoy escribiendo estas líneas. En ocasiones temo estar a punto de perder el juicio. No recuerdo ningún caso de locura entre nuestros antepasados, pero es posible que el germen de la demencia que parece poseerme a veces proceda de tiempos mucho más antiguos.
El regreso de mi hermano fue para mí causa de gran dolor, no porque no anhelara su vuelta, sino debido a que, como yo me temía, fue portador de luctuosas noticias: mi esposo había fallecido en Egipto debido a ciertas fiebres endémicas.
Yo acogí la noticia con el natural pesar que no disminuyó la presunción que del fatal acontecimiento me había forjado, y cuando transcurrieron algunas fechas, me extrañé de que Víctor no me hablara palabra acerca del traslado de los restos de Adriano a nuestro país a fin de darles sepultura en nuestro panteón familiar.
Me apercibí de que, lo que en principio me había parecido una generosa evasiva tendente a no aumentar mi dolor, no era sino un empeño manifiesto de no tocar el tema de los restos de mi difunto esposo.
Cada vez que yo intentaba hablar de ello, Víctor pretextaba alguna ocupación y me dejaba con la palabra en la boca.
Debido a la soledad en que me había sumido la muerte de mi marido mi hermano me rogó que viniese de nuevo a vivir con él, a lo que yo accedí gustosa: el aislamiento y la incomunicación nunca han sido de mi gusto.
La tristeza que me embargaba pareció comunicarse también a mi hermano. Seguramente al contemplar mi pesadumbre se sentía asimismo infeliz. Abandonó todas sus ocupaciones habituales, y no volvió a preocuparse de los negocios a los que normalmente se dedicaba, dejándolos en manos de administradores más o menos honrados.
Frecuentemente se recluía en sus habitaciones durante largos períodos de tiempo, y poco a poco, se dio maña para irse desprendiendo de los miembros de la servidumbre y contratar empleados que se dedicaban sólo durante una horas a las tareas de limpieza, pero que o pernoctaban en la mansión. Con el tiempo habría de prescindir incluso de éstos, y ya hace más de tres meses que la suciedad y la inmundicia invaden nuestra casa sin que yo, con mis menguadas fuerzas, pueda hacer nada por evitarlo.
A pesar de que Víctor no abandonaba casi nunca nuestra residencia, yo, tentada por la curiosidad, me introducía a veces en sus habitaciones y, a riesgo de ser descubierta, leía algunas páginas del diario que había llevado durante su viaje a Egipto. Así supe acerca de sus desvelos para conmigo y de las pesquisas que realizó en la capital egipcia intentando localizar a mi esposo a través de la Oficina de Investigaciones Arqueológicas. También conocí de aquella forma subrepticia que, finalmente, había dado con el paradero de mi esposo, o al menos con el lugar donde había sido visto por última vez.
Intentando descubrir el porqué de aquellos repentinos y prolongados aislamientos de mi hermano en sus habitaciones, me apercibí un día de que, junto a su dormitorio, existía un pequeño gabinete cuya puerta estaba continuamente cerrada con llave. Por más intentos que realicé para forzar prudentemente el acceso a aquella cámara me fue imposible poner los pies en ella, pero observando por el hueco de la cerradura pude verle un día ocupado en ordenar sobre una mesa ciertos fragmentos de cerámica que parecían constituir una especie de gigantesco rompecabezas.
Una mañana advertí que, procedentes del ala derecha de la casa se oían fuertes golpes. Salí al jardín y pude ver que una legión de operarios, contratados sin duda por mi espo... »(esta palabra aparecía tachada en la carta)«... por mi hermano, procedían a levantar una pared que, partiendo de muro de la mansión, encerraba en su perímetro un gran sector de jardín. Aquella pared, según los cimientos que pude ver finalizaba también junto a la del edificio, de tal forma que, al menos desde el exterior, no podría ser contemplada aquella zona en cuanto las obras estuvieran terminadas.
Al pedir a mi hermano una explicación acerca de aquellos trabajos, me ofreció una interpretación que yo fingí aceptar, pero que en ningún momento di por cierta.
Una vez que el muro estuvo terminado, y como me pareciera que las obras continuaban en el interior de su perímetro, subí a una de las habitaciones del piso superior, y con gran sorpresa comprobé que todas las ventanas que daban hacia la reciente construcción habían sido tapiadas.

Debería extenderme ahora sobre la impresión que tengo de que, desde que mi esp... mi hermano regresó de Egipto, y conforme transcurre el tiempo, algo impalpable y siniestro parece ir apoderándose de nuestra casa y de nuestras vidas, pero, a pesar de que, si tengo ocasión, volveré sobre ello, creo que debo limitarme por el momento a continuar la descripción de lo que ha sido mi vida a partir de la vuelta de Víctor.
Una vez que las obras, a las que en todo momento me impidió el acceso, estuvieron terminadas, nuestro aislamiento se hizo completo. Los criados y asistentes fueron despedidos, y ninguna visita admitida en la mansión. Tan sólo mi hermano hacía esporádicas salidas para subvenir a nuestras necesidades más elementales.
La confirmación de que me encontraba prisionera, y de que él también lo estaba, aunque, paradójicamente, nada le impidiera abandonar los límites de nuestra propiedad, la tuve cierto día e que, ataviada con traje de calle, le rogué que me abriera la puerta principal. Nada repuso, sino que abandonándome en el vestíbulo, se recluyo e sus habitaciones, de forma que, al carecer yo de llave y estar todas las ventanas de la casa fuertemente aherrojadas, me resultaba imposible abandonarla sin su consentimiento.
El sentimiento de que la tristeza por el fallecimiento de mi esposo era la causa del extravagante comportamiento de Víctor, fue dejando paso a la impresión de que una extraña transformación iba operándose en su espíritu.
No puedo decir, no obstante, que la reclusión a la que me obligaba, y yo consideraba meramente temporal, le restara afecto hacia mi persona; antes al contrario, su amor hacia mí aumentaba gradualmente, y, si con esto no ofendiera sus sentimientos y su fino espíritu, le diría que las manifestaciones de la ternura que mi hermano siempre me ha profesado se acrecentaban día a día, y sin abandonar su carácter fraternal, iban dejando paso a demostraciones más propias de un enamorado.
Debo referirme ahora a una revelación que le impresionará en gran modo; tanto como, cuando tomé conocimiento de ella, conturbó mi ánimo: Adriano no ha muerto».
Confieso que, al llegar a este punto, no pude por menos de abandonar por unos instantes la lectura de la carta para reflexionar acerca de la singular situación ante la que me veía enfrentado. ¿Cómo sospechar la primera vez que intenté visitar la mansión Lenton lo que estaba sucediendo en su interior? ¿Qué extraña transformación debida a desconocidas influencias estaba experimentando mi amigo? ¿Cómo interpretar el desviado afecto que comenzaba a sentir por su hermana? Y, sobre todo, ¿cómo explicar que este incestuoso sentimiento, a pesar de que ella lo negara, no parecí disgustar a Mercedes? Más de una vez, refiriéndose a Víctor le había llamado inconscientemente «mi esposo», aunque después hubiera tachado la palabra y la hubiera sustituido por la adecuada de hermano. Finalmente, ¿qué se ocultaba tras aquel elevado muro que impedía la visión de parte del jardín, y qué rumores eran aquellos que yo había oído el día en que intenté visitar a mis amigos?
«Leyendo a hurtadillas el diario de Víctor –continuaba la carta de Mercedes–supe que mi... mi esposo había sido seducido por una secta de carácter místico llamada «Los Mendigos de Isis» que pretendía resucitar el culto a las antiguas divinidades egipcias.
De igual modo que una persona puede sentir repentinamente una vocación y abandonar el mundo para entrar en religión, sin que eso quiera decir que ha dejado de amar a sus parientes y deudos de igual forma, supongo, Adriano había sido subyugado por aquel culto místico y permanecía en algún lugar de Egipto formando parte de los que se llamaban a sí mismos mendigos de las dios Isis...

No le oculto, no obstante, que al enterarme de que Adriano continuaba con vida, experimenté un extraño sentimiento que nada tiene que ver con la alegría. Más bien pudiera ser calificado de sorpresa. Me horroriza lo que a continuación confieso, pero, en algunas ocasiones, y debido a no sé qué diabólica influencia, no me repugnan como debieran las atenciones de que mi hermano Víctor me hace objeto. Otras veces, y cuando me apercibo de lo nefando de mi consentimiento a sus leves caricias, me desespero y no acierto a comprender cómo no pongo fin a mi vida antes de que sea demasiado tarde.
He tendido conocimiento, merced al diario de Víctor, de que él mismo se sintió subyugado por los Mendigos de Isis, y de que asistió a una experiencia de carácter místico en la que creyó ver a la propia hija de la diosa, la cual, deseosa de apoderarse de su cuerpo y de su alma, y al haber tomado Víctor precauciones para impedirlo, le maldijo y le condenó a penar durante el resto de su vida.
Creo que... yo, a veces,... siento como si algo fuera infundido en mí. Igual que si alguien superior... no desearía continuar estas letras

No sé que extraña locura o posesión está apoderándose de mi ser. Sólo puedo explicar que, a veces, me siento retrotraída a épocas remotas y a ámbitos intemporales. En esas ocasiones experimento un placer infinito, y una pena infinita a la vez por no haber podido todavía conseguir amor... el amor que me inspira... Pero no debo decirlo. Es demasiado horrible para ser expresado en voz alta o puesto por escrito.
Creo habrá intuido, por otra parte, a lo que Víctor se dedica en sus cada vez más frecuentes encierros en la saleta contigua a su dormitorio.
Ya le dije que, mirando por el ojo de la cerradura, le había visto manipular las innumerables piezas de una especie de rompecabezas o puzzle de grandes dimensiones. Pues bien, en su diario hay un párrafo, que a continuación transcribo, que puede orientarle acerca de lo que intento decirle.
Anoche he vuelto a oír el sonido del sistro. Alguien lo agitaba cadenciosamente desde la oscuridad, pero en cuanto encendí la luz y miré en derredor la vibración cesó y no pude ver a nadie. Me desperté creyendo que cerca de la cama había una serpiente que sacudía los anillos de su cola. En seguida me pareció que aquel tintinear metálico era producido por el entrechocar de las ajorcas presas en la garganta del pie de una bailarina sagrada. Pero unos segundos antes de que mis dedos oprimieran el pulsador de la luz comprendí que lo que llegaba a mis oídos era el sonido del sistro. Me levanté estremeciéndome de frío y, abandonando el dormitorio, pasé a la saleta inmediata. Sobre el tablero de la mesa reposaban las innumerables piezas del mosaico tal y como las había dejado antes de que el sueño me rindiera. Sé que si algún día logro recomponer la figura oculta y diseminada entre los incontables pedazos alcanzaré la paz que me fue arrebatada en las riberas del gran río, junto a las ruinas de Dar-el-Sakar.
«No sé –continuaba la carta de Mercedes– lo que Víctor intenta recomponer, pero le aseguro que temo el momento en que llegue a lograrlo.
Desde que regresó de su viaje, ha decorado sus aposentos con objetos de arte egipcio, y en los escasos minutos de que dispongo para leer a escondidas su diario, me siento acechada por el dios-chacal o por el ibis sagrado. Las estatuillas negras parecen mirarme desde los rincones de la habitación , y un tembloroso efluvio eléctrico parece surgir por debajo de la puerta en la que se encuentra el entretenimiento en el que se ocupa mi esp... hermano la mayor parte del día y de la noche...
Pero lo que me ha inducido a dirigirle estas letras ha sido el último de los acontecimientos.
Hace dos días, Víctor salió, como de costumbre, en busca de alimentos con que sustentarnos, pero, cosa contraria a lo habitual, no regresó hasta bien entrada la noche.
Yo, acechando desde la puerta de mi habitación, o más bien debería decir de mi celda, observé que venía cargado de paquetes y envoltorios de considerables dimensiones que introdujo en su dormitorio sin más dilación
Aproximándome a la puerta de sus aposentos, pude oír el ruido que hacía al desenvolver los paquetes y al filo de la media noche, cuando comprobé que se hallaba recluido en la saleta próxima a su dormitorio, entré sigilosamente en la alcoba y quedé horrorizada al contemplar los objetos que se había proporcionado.
Sobre una mesa se hallaba extendido el más completo arsenal de instrumentos de cirugía: bisturíes, sierras pinzas, tenacillas de varias dimensiones brillaban bajo la luz de la pequeña lámpara de la mesilla. Pero a su lado también pude ver otros instrumentos herrumbrosos y, al parecer, mucho más antiguos: garfios curvados por sus dos extremos, cuchillos de formas orientales, vasijas para contener Dios sabe qué inmundicias, tenazas oxidadas y...
Le ruego –terminaba improvisadamente la carta– que venga a casa y entre en ella aunque sea forzando la puerta. No tengo tiempo. El ronda mi alcoba desde hace rato, y ella... yo...»
La misiva finalizaba con un tembloroso garabato en el que apenas se adivinaba la firma de Mercedes, y, mientras guardaba la carta, consideré que habían transcurrido ya numerosos días desde que aquellos renglones habían sido escritos. Ignoraba lo que podía haber pasado desde entonces, pero, sin pérdida de tiempo, me dispuse a visitar la mansión Lenton.
La naturaleza parecía haberse puesto en consonancia con mi ánimo y querer recordar la primera visita que hiciera a la casa de Víctor después de que mi amigo regresara de Africa.
Mientras me aproximaba a la mansión, el cariz de día, uno de los últimos del mes de marzo, cambió repentinamente, y lo que había sido una mañana espléndida, dejó paso a una tarde borrascosa que amenazaba con derivar en una noche procelosa. Negras nubes se fueron acumulando desde los cuatro puntos cardinales y parecían converger sobre la zona en que se encontraba la mansión, la cual, aislada en medio de los campos, asemejaba un imán que atrajera, lo mismo que un árbol en el llano, la furiosa descarga de la tempestad.
De aquel modo, habiendo llegado a la residencia de mis amigos a una hora en la que consideraba que gozaría de una perfecta claridad solar me vi envuelto, debido a súbito cambio de tiempo, en una oscuridad caliginosa con la que no había contado.
Abandonando mi vehículo unos cien metros antes de la entrada en el parque, caminé por el sendero de grava flaqueado por setos de altos arbustos, hasta que, al torcer un recodo, la mansión Lenton apareció ante mí. En los cristales de sus ventanas se reflejaban las últimas y débiles luces del sol muriente, y mientras me aproximaba a ella, una gran nube se interpuso entre el horizonte y la casa, de manera que los cristales dejaron de brillar y la fachada de la mansión se tronó tan oscura como la tierra sobre la cual se asentaban sus cimientos. En aquel instante una chispa eléctrica saltó de una nube a otra, y de no haber sido yo un hombre de carácter frío y eminentemente racional, hubiera jurado que la exhalación había dibujado en su quebrado y fugaz recorrido una figura que me recordó ciertos signos jeroglíficos de la antigua estructura egipcia.
Una vez en lo alto de la escalinata, alcé la mano para alcanzar el pesado aldabón, y cuando ya lo tenía asido, un deslumbrante relámpago iluminó los campos. El ruido de mis golpes coincidió con el horrendo trueno que siguió a la fulminación, y durante un momento consideré que mi llamada se habría confundido con el fragor producido por la exhalación .
Poco después, no obstante, se abrió bruscamente la mirilla de forma cuadrada y unos ojos brillaron en la oscuridad. La luz de un relámpago me permitió descubrir que el rostro que se ocultaba tras la rejilla tenía un cierto parecido con el de mi amigo.
–Víctor –exclamé y los ojos continuaron escrutándome imperturbables–. Víctor –repetí, pero mi voz quedó ahogada por un trueno horrísono.
–Desdichado –gimió el que perecía ser mi amigo.
–Abreme, te lo ruego.
–Pobre de mí –musitó el que se encontraba tras la puerta.
–Es preciso que me abras –grité–. He recibido una carta de Mercedes.
Un tristísimo lamento salió de la garganta del que parecía ser Víctor cuando oyó aquel nombre, y, de pronto, la mirilla se cerró con violencia dejándome abandonado bajo aquel cielo tempestuoso y cambiante. Golpeé con ira la puerta durante varios minutos; grité de rabia y desesperación, pero mi voz apenas si se oía en el fragor de la tormenta.
Al cabo de cierto tiempo la mirilla volvió a abrirse, y aquellos ojos aparecieron de nuevo tras el enrejado. Una voz procedente del interior me habló:
–¿Por qué has venido?
–Necesito verte y hablar contigo –repuse–. Déjame entrar.
–Lo lamentarás al instante –me dijo el que se ocultaba tras la mirilla.
–Mucho más lamentaría tener que marcharme sin haberos visto a los dos. Abreme –insistí.
La mirilla volvió a cerrarse, y al cabo de unos instantes se escuchó el ruido producido por el descorrer de cerrojos. Un instante después la puerta se entreabría.
El vestíbulo estaba completamente a oscuras y apenas pude orientarme merced al resplandor de los relámpagos y a la mortecina luz de una vela que parecía situada en una estancia interior. Apenas hube puesto los pies dentro de la casa, la puerta se cerró, y una sombra que sin duda era Víctor, me invitó a pasar a un amplio salón, en el centro de cual, y sobre una mesa, brillaba la tenue llama producida por una lámpara de aceita que apenas conseguía iluminar una reducida porción de la estancia. «Siéntate», dijo la voz de Víctor, el cual, manteniéndose a mis espaldas, se situó en un sillón fuera del alcance de la luz.
Conforme mis ojos se fueron habituando a la débil iluminación, puede apercibirme del radical cambio que había sufrido aquella habitación. La rica decoración que llenaba paredes y techo había sido arrancada de cuajo. No había rastro de cuadros ni espejos, y la mayoría de los muebles se hallaban en un lamentable estado de abandono. Recorriendo con mis ojos el salón, pude darme cuenta de que en el lugar que antes habían ocupado artísticos candelabros estaba ahora ocupado por oscuras estatuas que representaban divinidades egipcias, y los elegantes relojes de estilo habían dejado paso a antiguas vasijas toscamente torneadas en barro.
–¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Mercedes? –pregunté finalmente.
Un suspiro escapó del pecho de m amigo, del cuál sólo podía ver la figura recortada contra la pared y el brillar en sus ojos del reflejo de la lámpara de aceite.
Te advertí que no deberías entrar –repuso con voz fatigada–. Pero ahora ya es demasiado tarde. No sé el tiempo que podré permanecer aquí contigo y en este estado, pero ya que los hechos que van a seguir son por su propia naturaleza inevitables, voy a narrarte lo que ha ocurrido. Considera esto como tu última voluntad –terminó.
Al oír aquellas sentenciosas palabras no pude por menos de estremecerme y recordé con cierta aprensión que, una vez sentado en aquella estancia, y mientras mi amigo permanecía todavía en el vestíbulo, había oído el correrse de cerrojos y el ruido de llaves en la cerradura.
–Tengo noticias de tu viaje a Egipto –comencé a decir–. Y por medio de una carta de Mercedes estoy enterado de algunos pormenores y sucesos que no acierto a comprender bien. Te ruego, por tanto, que satisfagas mi curiosidad y me aclares aquello de lo que tan sólo fragmentariamente estoy enterado.
–Sea –sentenció mi amigo lacónicamente. Y dio comienzo a su relato:
–Conocí por boca de mi esposa los detalles que reveló en su carta. Sé, porque yo mismo lo permitía sin que ella lo advirtiera, que se dedicaba a leer a escondidas mi diario cuando creía que yo no la veía, y sé que, a última hora, hizo llegar hasta ti, aunque ignoro por qué medios, una misiva en la que te ponía al corriente de diversos sucesos cuya culminación han tenido lugar estos últimos días.
No te extrañes si me oyes nombrar a mi hermana Mercedes con el título de esposa, porque en verdad lo ha sido, aunque más adelante comprenderás que lo que ahora tomas como pecado nefando no es sino la lógica conclusión de unos hechos que tenían que cumplirse. Es inútil poner trabas a lo inevitable, y yo lo he comprendido ya bien a mi pesar.
Ella te relataba en su carta casi todo lo referente a mi estancia en Egipto mis pesquisas en busca de Adriano y la terrible experiencia por la que pasé en las ruinas de Dar-el-Sakar.
Sé que Mercedes no dio crédito en principio a mi narración, como igualmente sé que tú te resistirás a creerme, pero has de saber que no hay ni un ápice de mentira en lo referente a la secta de los mendigos de Isis.
Recuerdo ahora aquella noche en la que, deseoso de contemplar de cerca los misterios del más allá, pero temeroso de verme arrastrado a participar en ellos, me hice atar fuertemente a un árbol, por mediación de una amigo, y de esta guisa permanecí a la espera de que sucediera lo que tenía que ocurrir en las ruinas de Dar-el-Sakar.
Desde la altura en la que me había situado podía contemplar el río y el desierto, que como una antítesis irreconciliable, discurrían a mi izquierda y a mi derecha. Pero más allá, justamente detrás de las ruinas del templo, a muchos kilómetros de distancia, el río y el desierto parecían unirse como ahora lo están en m cerebro. Así como los musulmanes efectúan sus abluciones con arena produciendo ésta los mismos efectos espirituales que el agua, cuando el líquido al que aludo no se encuentra presente, de igual forma es posible ahogarse con arena. El río y el desierto, la sequedad y la frescura, tienen un punto de contacto, consideradas desde el cual, sólo son una única cosa. Esto es lo que debiera haber comprendido aquella noche en Dar-el-Sakar.
Sea como fuere, desoyendo la llamada de quien es más poderosa que todos los mortales, hurté mi ser a sus deseos, y desde entonces arrastro una maldición de la que seguramente tú estás llamado a liberarme.
Ofendiendo de la forma que ya conoces a la diosa de la luna, pensé que huyendo de aquel país me libraría de su influencia, sin apercibirme de que el pálido astro nocturno ofrece su faz por las noches a todos los puntos del planeta.
Al regresar a nuestra patria, preferí, puesto que sabía que la recuperación de Adriano era imposible hacer creer a Mercedes que su esposo había muerto. La invité en consecuencia a vivir conmigo a fin de aliviar su soledad en la medida de mis posibilidades, y me dediqué a algo de lo cual ya tienes noticia.
Ignoro de qué forma llegó hasta aquí, pero al abrir una de mis maletas descubrí en ella una pequeña, pero venenosa serpiente a la cual di muerte de inmediato. Bajo sus anillos se encontraban innumerables fragmentos de cerámica que casi llenaban mi maleta, y que parecían las piezas de un antiguo puzzle o juego ritual.
Deduje por alguno de los trozos, que aquellos fragmentos, una vez recompuestos y situados en su lugar correspondiente, permitirían la contemplación de un rostro de mujer, precisamente aquel de la aparición que me robó la calma desde que la pude contemplar junto a las ruinas de Dar-el-Sakar, y, desde aquel momento, no tuve tregua ni reposo. Todo mi afán era recomponer el mosaico y contemplar, de una vez por todas, el rostro de aquella a la que, muy a mi pesar, pertenecían ya mi cuerpo y mi alma.
Poco a poco las piezas fueron encajando en sus respectivos lugares, y poco a poco también, me fui dando cuenta de que aquellos labios, aquel mentón, el lóbulo de aquella oreja tenían gran similitud con las facciones de mi hermana Mercedes.
Asombrado por mi descubrimiento, me ensimismé tanto en mi tarea que me pasaba las noches y los días encerrado en mi gabinete. En mi mente se confundían el agua del padre río y las arenas del desierto, y en el mosaico iban apareciendo, también confundidos, los rasgos de mi hermana y los de aquella embrujadora aparición que una noche me fue dado contemplar.
En los escasos momentos en que me reunía con Mercedes, a la que tenía sometida a un enclaustramiento forzoso al principio, advertí que comenzaba a mirarla con ojos diferentes. En algunas ocasiones sus gestos y sus actitudes me recordaban algo que permanecía grabado en mi memoria desde cierta noche, y hasta tenía la impresión de que mis incipientes caricias no le resultaban indiferentes. Otras veces, no obstante, sorprendía en su mirada unos destellos de odio similares también a los que vi en el rostro de la aparción cuando se sumergió despechada en las profundidades de su tumba.
Poco a poco, la idea de convertir a mi hermana en mi esposa me fue pareciendo natural, y no sé de qué manera, recordé que, entre la realeza egipcia, era frecuente que el propio faraón desposara a su hermana, única persona digna de ser poseída por el señor de Egipto.
De este modo, y al tiempo que, tras construir un recinto en el que consumar mis deseos, iba dando fin a la recomposición del mosaico, me aislé por completo del mundo, y conmigo a Mercedes.
Cierta noche terminé mi trabajo, y pude finalmente contemplar la figura que ocultaba el disgregado mosaico. Ante mí apareció un rostro de mujer, en el cual se confundían los rasgos de la hija de Isis y de mi hermana, y lejos de encontrar la paz, como había creído que ocurriría al terminar aquella ardua tarea, experimenté una aguda desazón. Viendo a Mercedes comprendí que aquella mujer no era y mi hermana, sino que la despechada divinidad había tomado posesión de ella y se me ofrecía de aquel modo a fin de dar conclusión a la ceremonia que se frustrara una noche junto a las ruinas de Dar-el-Sakar.
Dándome cuenta de que toda resistencia era inútil, me introduje una noche en el aposento de Mercedes, la cual, sospechando mis intenciones, huyó aterrorizada a otro lugar de la casa. Yo la perseguí por diferentes habitaciones, y finalmente, la encontré refugiada en la construcción que en mi delirio había ordenado edificar en una parte del jardín.
Allí estaba, vestida con el traje que yo me había procurado tiempo ha.
Aparecía hierática en la puerta de la cámara. La luz de la luna la envolvía en un halo al incidir sobre los sutiles velos con que cubría su cuerpo. Sus ojos, perfilados con negrísimo khol, destellaban en la semipenumbra en la que los sumía su peluca azabache. Sus labios, ligeramente entreabiertos, eran una ardiente invitación al amor más desesperado. Sus breves senos se adivinaban bajo la gasa transparente que caía en pliegues inundando sus muslos. Sus pies desnudos eran como dos palomas en tierra blanqueados por el resplandor lunar. Uno de sus brazos se desmayaba lánguido a lo largo de su cuerpo, y el otro, doblado en ángulo recto, adoptaba en su mano de nácar, y al agitarse era como si ríos de plata inundaran la noche...
En aquel momento –continuó mi amigo– comprendí que hay designios contra los que es imposible luchar, y que existen voluntades superiores contra cuyos deseos la huida resulta vana.
El rostro de aquella mujer aparecía cambiante, y fluctuaba igual que si estuviera sumergido bajo el agua. Tan pronto sus facciones se asemejaban a las de mi hermana Mercedes como a las de aquella que me fue dado contemplar en Dar-el-Sakar. A veces parecía invitarme a compartir con ella las delicias del amor, y un instante después parecía aterrorizada de mis avances y dispuesta a defenderse de mis acosos.
Por fin, venció la fuerza mayor, y llevando en brazos a la que batía místicamente el sistro, la introduje en la construcción del jardín y la hice mi esposa».
Un terrible lamente surgió del pecho de mi amigo, y hundiendo la cabeza entre sus manos, comenzó a sollozar amargamente. Yo, aunque espantado por tan horrorosa historia, deseaba ver cuanto antes a la que, solicitando mi ayuda, me había remitido la misiva que anteriormente transcribí. Me aproximé a Víctor, y poniendo una mano sobre su hombro procuré calmarlo. Entonces él levantó el rostro hacia mí y pude contemplar la transformación que el sufrimiento y la desesperación habían obrado en sus facciones. Parecía haber envejecido quince años. Su faz estaba surcada de arrugas, su cabello blanquecino; su barbilla temblaba presa de una agitación incontenible, y en sus ojos brillaba una remota luz de odio y de terror.
–¿Dónde está Mercedes? –pregunté.
El permaneció mirándome con el aspecto de no haber comprendido mi pregunta.
–¿Dónde está ella? –repetí.
–¿Dónde está ella? –repuso Víctor reiterando mi pregunta. Y sin que mediaran más palabras, se levantó vacilante, e invitándome con un gesto a que le siguiera, salimos de la habitación.
Una vez abierta la puerta que daba a la sección de jardín que rodeaba el muro, observé con perplejidad que, en el centro de aquella parcela había una construcción en estado ruinoso. Al aproximarnos al pequeño edificio pude comprobar que aquello era una especie de mastaba, en una de cuyas paredes había practicada una puerta que permanecía abierta.
Víctor, con el rostro transfigurado, me invitó a entrar en el interior, y de pronto nos encontramos en una cámara que parecía hacer las veces de capilla. Sus paredes estaban decoradas con pinturas sometidas a la ley de frontalidad, y extensas zonas aparecían cubiertas con tetos en escritura jeroglífica. Sobre una gran mesa aparecía, perfectamente reconstruido, el puzzle del que Mercedes me había hablado en su carta, y aproximándome a él, vi un terrible rostro, bellísimo y terrorífico a la vez, cuyos ojos parecían mirarme como si estuvieran vivos. Ante mi asombro advertí que las facciones de aquella cara no tenían el menor parecido con las de la hermana de Víctor.
–¿Dónde está Mercedes? –pregunté con un hilo de voz.
Víctor señaló en cierta dirección, y a la fluctuante luz de unas lámparas de aceite, pude ver que lo que me había indicado no eran sino varias vasijas de barro, al mirar en el interior de las cuales creí morir. Sumergidas en un líquido de penetrante olor, aparecían las vísceras de un ser humano perfectamente conservadas.
Tuve que apoyarme en la mesa para no caer desmayado, y entonces, mis manos tropezaron con algunos objetos metálicos de tacto herrumbrosos. Cuando los vi pude comprobar que se trataba de retorcidos garfios e incisivos bisturíes todavía manchados de sangre.
–¡Dios mío! –exclamé horrorizado–. ¿Qué has hecho?
En aquel momento me sentí violentamente empujado hacia una estrecha escalera que parecía hundirse en el subsuelo por la que caí rodando.
Aturdido por el golpe, intenté levantarme, y al ponerme en pie en aquella cámara subterránea, a punto estuve de desplomarme nuevamente ante el espectáculo que se ofreció a mis ojos: en el interior de un sarcófago egipcio, que se hallaba destapado, yacía una figura de mujer totalemente demacrada.
Me aproximé temblorosamente a ella, mientras sentía a mis espaldas la presencia de Víctor, y, una vez cerca del cadáver, pude comprobar horrorizado que aquel cuerpo momificado pertenecía a la que había sido Mercedes.
De aquellos despojos habían sido sin duda extraídas las vísceras corruptibles por medio de procedimientos propios de la antigüedad, y con toda probabilidad eran las que yo había visto en las vasijas situadas en la capilla. Todo el cuerpo de la difunta estaba cubierto con vendas al modo de las momias egipcias, y tan sólo el rostro, cuya piel aparecía apergaminada, era visible.
Temblando de pavor, me aproximé más al sarcófago, y en aquel momento creí percibir un ligero temblor en uno de los brazos que la momia tenía cruzados sobre el pecho. Contemplé el rostro más de cerca y, de súbito, los ojos del cadáver se abrieron, y la expresión de su faz cambió súbitamente hasta adquirir los rasgos de la cara que había visto reconstruida en el mosaico de la capilla.
Retrocedí espantado, y dando un empujón a Víctor, que cayó sobre la momia, subí vertiginosamente las escaleras. Atravesé la capilla velozmente, y en mi precipitación derribé una de las vasijas, cuyo contenido se esparció por el suelo y se incendió al contacto con la llama de una de las lámparas que también habían caído. Al instante se produjo un devastador incendio. Salí de edificación, y cerrando fuertemente la puerta de la mastaba, atravesé el jardín y entré en la casa. Desde allí pude ver cómo el fuego devoraba la ruinosa construcción, y a través del ramaje y de los arbustos secos, se propagaba hasta la mansión.
Corrí hacia el vestíbulo, y tras unos minutos de laboriosos manejos con cadenas y cerrojos, conseguí abrir la puerta y huí por el sendero de graba como alma que lleva el diablo. Una vez llegado hasta el lugar en que había dejado mi vehículo, lo puse en marcha y no me detuve hasta alcanzar el final de la planicie, desde donde contemplé la mansión Lenton envuelta en llamas.